I
Hay quienes realizan sus destinos en un circuito modesto de distancias: una aldea, una ciudad, un puñado de acres en la tierra solariega: ése es el límite que se les ha marcado para dibujar, en apariencia sin mayores trabajos, la trayectoria plena de una vida. Otros, en cambio, nos demoramos en el diseño de una imagen complicada y tardía.
Yo tuve que cruzar el océano, adquirir otra lengua, cambiar de trajes como si fueran los disfraces de un teatro o las caras desconocidas que aparecen en las transformaciones del sueño, para completar el camino. Pero creo que todos nosotros, Elizabeth, tanto el que no ha salido jamás de su casa y de su pueblo, como los que nos hemos perdido primero en los laberintos del espacio, todos, tarde o temprano, alguna vez llegamos a Finisterre. Al Finis Terrae: al límite del mundo familiar, de la realidad que creemos conocer, por dentro o por fuera de nosotros mismos. Como Decio Junio, el capitán romano que hace tantos siglos arribó al cabo más extremo de Occidente en la Costa da Morte, sobre el mar de Galicia, quedamos deslumbrados y casi cegados por la luz de un sol que cae a pico sobre las aguas desmesuradas, sobre las rocas mudas del fin de la tierra. Y acaso como él también, doblemos las rodillas y bajemos los ojos, sin atrevernos a seguir más allá, a dar el gran salto sobre el abismo de la Mar Océana.
Así comenzaba la última de las cartas que Elizabeth Armstrong estuvo recibiendo regularmente durante meses, cuando aún no había cumplido los veinte años. Con ellas inició su propio camino de Finisterre hasta alcanzar los bordes del mundo seguro y acotado que conocía. Se asomó al lado ciego de su vida, a la memoria negada de los que la precedieron.
La primera de esas cartas llegó poco antes de la primavera, en una mañana nublada cuyo cielo no dejaba pasar luz ni calor. Ese día su padre vino a casa muy tarde y de un humor intratable. Elizabeth lo estaba esperando junto a la ventana, sin decidirse a abrir el sobre de textura gruesa, sellado con lacre. No era frecuente que hubiese correo sólo a su nombre, ni de lugares semejantes. El remitente no acusaba persona alguna, sólo una indicación geográfica: Finisterre, en la Galicia española. Carecían de amistades en aquellas latitudes, si bien el señor Armstrong, por sus negocios, no dejaba de estar al tanto de lo que se embarcaba y se desembarcaba en el puerto de Vigo. Una sola vez, cuando niña, Elizabeth recordaba haberlo acompañado en un viaje comercial que terminó en excursión a la Catedral de Saint James (el Apóstol Santiago, para los lugareños). No los habían movido hasta allí razones de fe. El honorable Oliver Armstrong pertenecía sólo nominalmente a la Iglesia anglicana. De hecho era un librepensador, poco dispuesto a rendir reverencia a religión alguna, y menos aún, a la de los papistas. Sin embargo llevó a su hija para que admirase las figuras del Pórtico de la Gloria, y escuchase las campanadas de la Torre del Reloj, que se llamaba, como si fuese una mujer viviente, la Berenguela.
Pero la carta no provenía tampoco de ese paisaje de piedra que desde hace siglos amenaza disolverse bajo la lluvia. En alguna villa próxima al cabo que representó para los antiguos el fin de las certezas y el vértigo temible de lo nuevo, alguien estaba al tanto de que, del otro lado del Mar del Norte, en una casa de Londres, habitaba una joven llamada Elizabeth Armstrong. Alguien había querido enviar un mensaje a esa joven, que poco o ningún trato directo cultivaba con extranjeros allende la isla, ni con las aventuras del comercio. Alguien sabía acaso, también, quién era ella verdaderamente. Alguien, entonces, sabía más de Elizabeth Armstrong, que lo que sabía ella de sí misma.
Cuando el señor Armstrong llamó por fin a la puerta esa noche, Elizabeth se había dormido sobre el respaldo del sillón, junto al fuego. La carne con papas ya estaba fría bajo las tapas de porcelana, el agua se había vuelto turbia en la jarra de cristal de Bohemia, los panes habían perdido su aroma crujiente. Mrs. Grant, el ama de llaves, descansaba en su cuarto. Él le dio un beso rápido en la frente. Habló de malos negocios, de un barco escorado y naufragado en una larga travesía, de ganancias y pérdidas. Elizabeth no estaba incluida en ninguna de esas preocupaciones. Cenaron apenas y el sobre quedó abandonado sobre el asiento.
El día siguiente prometía ser igual a todos los otros, desde su egreso del colegio de señoritas: tocar (un poco) el piano, leer más de lo conveniente, preparar vestidos de baile y trajes de tarde para los tés y las fiestas de la inminente primavera, donde muchas otras muchachas ofrecerían sus encantos en el mercado matrimonial. Pero el señor Armstrong —lo decían todos— no tenía apuro en casarla: un hombre viudo y solitario lo pensaría tres veces antes de desprenderse de las atenciones de una hija única. Según su hermana Audrey, hasta sería capaz de acceder a una boda con un joven pobre, que no pensara en llevarla de la casa familiar y se sometiera contento a las condiciones de vivir bajo su protección o gobierno.
El sobre seguía donde Elizabeth lo había dejado la noche anterior. Lo tomó con involuntaria cautela, casi como si se escondiera, y se encerró en su cuarto. Quizás era mejor que no hubiese consultado a su padre. Quizá la suerte, a la que no acompañaba su audacia, le otorgaba un regalo que sólo a ella correspondía. Lo colocó sobre la cama, y varias veces alargó las manos para comenzar a abrirlo, pero las retiró en seguida, como si se tratara de un objeto peligroso que al tocarlo pudiese explotar y destruirlo todo.
¿Eso era lo que temía entonces, a la vez que lo deseaba más que ninguna otra cosa? ¿El contacto furioso y candente de la verdad? Aunque su vida era relativamente buena —o quizá sólo cómoda—, se edificaba sobre un origen clausurado y cubierto de sombras. Cuando intentaba penetrarlas, el silencio y la perceptible molestia de su padre caían sobre sus ansias como un cerrojo, la dejaban inexorablemente del otro lado de la puerta.
Él había viajado durante años al Río de la Plata. Allí —sabía Elizabeth— había nacido su madre, que la dio a luz para morir al poco tiempo. Nada había logrado averiguar sobre ella fuera de su nombre: Ignacia. Después de mucho insistir consiguió un daguerrotipo mínimo, guardado en un relicario. Desde allí la miraba una cara excesivamente joven y morena, con ojos que parecían exasperados por el susto. ¿De quién tendría miedo? ¿De un marido tanto mayor que ella y con quien tal vez la habrían casado sin mediar su consentimiento? ¿De la muerte prematura que quizá presentía? Pero esa cara estaba en el daguerrotipo, no en el recuerdo de su hija. Le era tan ajena como podía serlo algún retrato exótico comprado en un bazar del Oriente. Su pelo negro, que contrastaba reciamente con unos ojos muy claros, sólo podía provenir de ella. Sin embargo, cuando buscaba indicios mirando hacia la hondura del pasado, como si atisbara una moneda de oro extraviada en el fondo de un pozo, escuchaba el rumor de una lengua que no podía ser el inglés ni el español, y sólo veía, al alcance de su mano pequeña y ávida, la cinta brillante de una trenza roja. “Lo habrás soñado”, decía su padre cuando se animaba a confiarle estos destellos de clarividencia en el túnel oscuro de su primera vida. Y no añadía más. Quizá su mutismo —pensaba Elizabeth— tuviera que ver con cuestiones de religión. Probablemente hubiera condescendido a casarse con “la española”, como la llamaba su tía, según el rito católico. Quizás hasta ella misma había sido bautizada conforme a la religión romana y él prefería entonces que olvidara o desconociera esos trámites iniciales. Acaso por eso se habían ido de la República Argentina cuando ella apenas balbuceaba las primeras palabras, y habían perdido (o negado) todo contacto con la familia de su madre.
Volvió a mirar el sobre. Los bordes se habían deteriorado levemente, quizá por los roces y el desgaste de un transporte azaroso. Tomó unas tijeras del nécessaire y lo abrió como quien desprende, con extremo cuidado, las vestiduras de un cuerpo que no desea herir.
La carta era breve. No estaba escrita en castellano, a pesar del remitente, sino en inglés. No le pareció extraño, dado el obvio primer apellido irlandés de quien firmaba. La caligrafía era de rasgos amplios, aunque precisa y estricta.
Miss Elizabeth Armstrong
Kensington High Street 415
Kensington, London
Mi querida Elizabeth:
Te extrañará, sin duda, que me dirija a ti de esta manera familiar. Te preguntarás con razón qué derecho tengo, si seguramente crees no conocerme ni haberme visto nunca. Yo sí conozco en cambio, a la niña que fuiste, la que a poco de nacer ya no tuvo otros brazos que los míos en donde refugiarse.
Es muy difícil, imposible, diría, que hayas oído hablar de mí. Y creo saber bastante de Oliver Armstrong como para suponer que no sólo ha borrado mi nombre de tu vida, sino tu propia historia, la historia de tu madre y la de la tierra donde has nacido. Yo puedo restituírtela, puedo reescribirla para ti. Pero tengo el deber de advertirte que si la verdad hace libres a los hombres, también les trae dolor. Lo que voy a contarte no se parece en nada a tu historia inglesa. Quizás esa historia ya no te sirva después de que hayas sabido lo que puedo decirte. Antes de dar ese paso necesito, entonces, contar con tu aprobación.
Aguardo tu respuesta. Y si no hay respuesta, entenderé tu silencio como tal y no volveré a molestarte.
Cualquiera sea tu decisión, recibe el cariño antiguo y las bendiciones de
Rosalind Kildare Neira
En Finisterre, a los dos días del mes de marzo de 1874
Cuando terminó de leer esas líneas ya estaba lejos de su habitación en la casa londinense. Lejos del balcón, cerrado todavía, que daba al parque. Lejos de la cama con respaldo tapizado, del fuego confortable que ardía en la chimenea, de las cortinas suntuosas pero de estampado ligero, tal como convenía a una joven de buena familia, virgen y casadera.
Por un momento fue otra vez una niña muy pequeña, deslumbrada por la luz de un invierno sin nieve, envuelta en pieles de tacto suave y olor fuerte a cuero recién curtido, mirando una llanura tan ancha como el cielo. Dos brazos la sostenían en alto, para que se asomase por la ventana estrecha. Pero no podía ver la cara de esos brazos ni de esas manos, que eran blancas, delgadas y huesudas.
Cuando abrió los ojos nuevamente hacia fuera, fue al escritorio, tomó la pluma y escribió apenas dos líneas.
A Mrs. Rosalind Kildare Neira:
Estoy dispuesta a escuchar cuanto quiera confiarme.
Espero su próxima carta ansiosamente.
II
Al día siguiente el señor Armstrong llegó puntual a la cena. Elizabeth se había empeñado en preparar, ella misma, una receta nueva de pescado relleno con hierbas, que él apreció.
—¿A qué no sabes de dónde saqué este plato?
—¿Tal vez del baúl de un mago?
—No, señor. Es una receta gallega.
—¿Ah sí? Es verdad que allí se come buen pescado. Pero lo mejor son los mariscos.
—Podríamos volver. Estuvimos ya hace tiempo, y sólo recuerdo haber visto la catedral.
—No hay mucho más que ver. Iglesias, conventos y campesinos. Para campiña, basta con la inglesa.
—¿No vive algún amigo tuyo en esas tierras? ¿O algún pariente de una rama irlandesa?
—¿Pariente? ¡Qué disparate! Y menos de una rama de Irlanda. ¿Cómo se te ocurre que pueda haber tal cosa en la familia? Sólo descendemos de ingleses, por fortuna.
—Yo también desciendo de españoles.
—Pero no de Galicia. Y en cuanto a los irlandeses, son unos fanáticos a quienes tengo que agradecer la muerte de mi padre.
—Nunca me habías hablado de eso.
—No es mala ocasión para empezar. Fue en un atentado callejero. Un agitador del Ulster, que, como tantos otros, no estaba conforme con que Irlanda formara parte del Reino Unido.
—Pues ellos siguen sin resignarse. Ya has visto lo que pasa con los Fenians.
—Nunca se resignarán. Como todos los bárbaros, son impermeables a la razón y a la ley, atados buena parte de ellos a una religión supersticiosa y a una lengua absurda. La única forma de evitar que descarrilen es tenerlos sujetos. La ejecución de los asesinos de Manchester estuvo bien hecha, aunque los irlandeses consideren como mártires políticos a esos delincuentes. Creo que Gladstone se equivoca haciendo concesiones a Irlanda en materia de tierras. Cuanto más se les dé, será peor. Más pedirán. Lo mismo pasaba en las Pampas, en las negociaciones con los salvajes de la frontera.
—¿Son tan salvajes como ellos los irlandeses?
Su padre la miró entonces a los ojos, como si buscara en ellos los rasgos de una identidad temible y desaparecida.
—Por lo que me ha tocado ver —contestó por fin— no hay mayor diferencia entre los unos y los otros.
—¿Por qué nunca me cuentas nada de esos años? ¿De tus aventuras allí?
—Más bien son desventuras que no vale la pena recordar.
Concentró la mirada sobre su plato y terminó el pescado.
El exabrupto del señor Armstrong la confirmó en su decisión inicial. La correspondencia con Rosalind Kildare sería su secreto. Creía poder confiar en Mrs. Grant, que sólo miraba y callaba, y tenía para cuestiones semejantes una reflexión sabia: It’s not my business.
Cuando recibió la segunda carta, ya no estaba encendido el fuego de su dormitorio, y los árboles del parque comenzaban a llenarse de brotes. Se refugió con el sobre de Rosalind en la intimidad de la pérgola.
No conocí a tu padre en la ciudad de Santa María de los Buenos Aires. No nos cruzamos en el paseo de la Alameda, ni en los estrenos del Teatro Argentino. Tampoco en las tiendas adornadas con baldosas de mármol bajo los arcos de la Recova, ni en los salones de familia donde se recibía a los residentes extranjeros. No nos sorprendimos juntos, como los niños que descubren un nuevo juguete, ante las calabacitas de plata labrada que pasaban de mano con una infusión de raro té caliente —la yerba mate— y una bombilla para sorberlo. Nuestros pasos coincidirían solamente después, durante un viaje que iba a cambiar brutalmente su dirección.
Buenos Aires era entonces una ciudad blanca y baja, quizá sólo atractiva desde la lejanía. Ilusionaba los ojos a la distancia pero a medida que los barcos iban acercándose a la entrada del río ancho y playo, donde resultaba imposible fondear, cedía el encantamiento. Ya era toda una prueba llegar a la orilla. Tuvimos que aproximarnos en botes, y luego pasar a carros pintorescos con ruedas que me parecieron grotescamente grandes. Las calles eran irregulares y sucias, pantanosas de a trechos. Animales muertos y montones de desperdicios se acumulaban en algunas esquinas.
Nos alojamos al principio en un hotel español cercano al Fuerte: el Comercial, que nos habían recomendado por la calidad de la comida. Cuando mi marido cerró con llave la puerta de nuestro cuarto, me quité las botas, me aflojé el corsé, abrí el embozo de la cama y le tendí los brazos. Me parecía maravilloso estar con él a solas, tranquilos por fin sobre una tierra firme que sería la nuestra.
Llegué a Buenos Aires casi recién casada. Nos habíamos elegido libremente, con el beneplácito de mi padre viudo que me entregó confiado a Tomás Farrell, doctor en medicina, como él, e hijo, como yo, de un irlandés y una gallega. Sólo algo lamentaba Sean Kildare: que nos fuéramos de su lado. Pero Tomás era joven y animoso. Quería hacer fortuna; ni Galicia ni Irlanda, cada vez más pobres, estaban en condiciones de ofrecérsela. Cuando lográramos establecernos provechosamente, en seguida llamaríamos a mi padre. Mis suegros vivían ambos, y tenían otros hijos en los que recostar su vejez.
Yo, más joven aún que mi marido, ansiaba salir de mi ciudad medieval, de su tiempo inmóvil, esculpido en piedra. Quería ver los campos infinitos, los pueblos de pieles doradas que veneraban al Sol, y que hablaban, acaso, en una lengua más próxima que las nuestras al origen del mundo. Sin embargo, sólo había llegado a una villa cimentada sobre el barro, contra el rumor de un río desmedido y marrón que jamás lograría ser el mar. Sólo había visto mujeres de ojos negros, de belleza andaluza, vestidas como las españolas, y había escuchado las voces de Babel: una población mezclada de extranjeros que aturdía las calles del centro y del comercio, movidos, como nosotros, por el afán y la curiosidad.
Creo haber amado mucho y sinceramente a Tomás Farrell. Sin embargo, cuando se apagan las luces de mi casa y las luces del pueblo y me quedo a solas con la remota vibración del mar y el tumulto de mi pasado, no puedo recordar la forma de su cara. Tan sólo unos ojos azules brillan todavía, extrañamente intactos, aunque han estado un tiempo excesivo cubiertos por otras caras y otras miradas, corroídos por una marea de salitre. Los ojos resplandecientes, y el tacto de una mata quizás oscura de pelo crespo, en la que mis dedos gustaban enredarse: eso es cuanto me queda de él.
Tomás y yo no pensábamos afincarnos en Buenos Aires. Los médicos eran aun más apreciados en las provincias interiores que en el puerto cosmopolita, y ya nos esperaba un puesto vacante, en una villa cercana a la ciudad que se llama Córdoba, a imitación de la Córdoba española. Acaso ansiosos por la llegada de un médico joven, o simplemente acostumbrados a la discordia como al paisaje cotidiano, no habían insistido lo suficiente acerca del estado de las luchas intestinas en el Río de la Plata, región dividida entonces por los odios acérrimos entre dos partidos: uno llamado unitario y el otro federal. El uno decía defender el Progreso y la Ilustración bajo el poder central de Buenos Aires; el otro, las tradiciones, y las autonomías de las provincias, pero ambos eran iguales en la pasión por destruirse mutuamente. Tampoco nos habían prevenido sobre la guerra de fronteras que los pueblos indios sostenían contra la sociedad criolla. De todas formas, para un carácter como el de Tomás Farrell, tales prevenciones hubiesen sido, antes bien, un acicate.
Cuando llegamos a Buenos Aires, a principios de 1832, Juan Manuel de Rosas, federal, transitaba con éxito su último año en el gobierno. Vimos repartir, por las calles, proclamas y poesías impresas que lo aclamaban como el “moderno Cincinato”, “héroe y salvador de la República”, “César argentino”. Antes de que marcháramos, el pueblo más oscuro de la ciudad y la campaña —el de caras mestizas, el de los hijos del África, esclavos o libertos, el de los jinetes que duermen sobre el lomo de su cabalgadura— aclamaba a ese hombre rubio y blanco, mucho menos parecido a un campesino “gaucho” que a un caballero inglés. No eran los únicos. Vimos hacer lo propio a los miembros más encumbrados de la sociedad porteña. Todos pedían la reelección de Rosas tal vez por creerlo capaz de fijar en sus lugares precisos los objetos inestables, sacudidos por la guerra, de un mundo incierto. Él, sin embargo, iba a negarse a aceptar esas solicitudes. Pretendía que para gobernar con la eficacia que la hora imponía, le eran imprescindibles facultades extraordinarias: un poder absoluto que la Legislatura no estaba dispuesta a concederle. Pero eso —lo sabríamos después— era sólo cuestión de tiempo. El miedo y los ojos vendados enloquecen tanto a los hombres como a los caballos. En aquel momento Rosas me pareció un hombre extrañamente hermoso, que no sólo debía agradar a las multitudes por su fuerza, sino por su belleza. Estaba lejos de pensar que, poco más tarde, el azar lo convertiría en mi enemigo.
Partimos a los pocos días. Aunque otro médico de familia irlandesa, el doctor José Antonio Wilde, había querido presentarnos ante las autoridades, mi marido prefirió declinar esa oferta. Contratamos los servicios de una galera que tenía la República de Chile como destino final. Entre nuestros compañeros de viaje había dos extranjeros: una española, que arrastraba un gran despliegue de joyas, de sedas y de baúles. Y un inglés, no mayor que Tomás; era fibroso y alto, pálido y reacio a la conversación. Se presentó como Mr. Oliver Armstrong y casi no volvió a dirigirnos la palabra durante buena parte del trayecto. Mi esposo, de ordinario franco y expansivo, se sintió desdeñado por un silencio que consideró arrogancia. Por fortuna, no llegó a percatarse de las dos o tres veces en que Armstrong me miró, pese a su reserva, con una fijeza descarada, que juzgué insultante para una señora. Di vuelta la cara ardiente hacia la ventanilla que mostraba el confín difuso de la llanura. El sol de la última tarde lo iba ablandando y disolviendo en una promesa monótona de sueño.
Elizabeth dobló los pliegos, sobresaltada. No había tarde, ni llanura en lontananza. Sólo un golpe de campanillas en el portón de entrada, y la herradura sumisa de otros caballos de tiro, y la voz alegre de Audrey Armstrong que abría la puerta del carruaje sin esperar la ayuda del cochero, se alzaba el velillo de la gorra, y la saludaba, toda sonrisa, con una mano enguantada de violeta.
III
Sin la tía Audrey, pensaba Elizabeth, su infancia hubiera sido, sin duda, tanto peor.
Con ella entraba siempre en la casa una ráfaga de perfumes franceses, un roce de chales hindúes y un rasguido de abanico. Entraba también un espíritu provocativo, propenso a la risa, suelto como los rizos que invariablemente se escapaban de su peinado. Su mayor placer era incomodar la seriedad de su hermano. Y a juicio de su sobrina, lo hacía muy bien, en dosis progresivas, cultivando pequeños detalles irritantes, hasta que lo sacaba de quicio.
Era viuda de Geoff rey Kent, un abogado de éxito, pero no habían tenido hijos. Le quedaba de su matrimonio cierta fortuna, sabiamente invertida. Disfrutaba de su dinero, viajaba por toda Europa, y alguna vez, incluso, llegó hasta las colonias inglesas en la India. Hubiera llevado a Elizabeth consigo de habérselo permitido su hermano, que en este aspecto era, para desdicha de ambas, irreductible. Por aquel entonces, Audrey se había mudado a Chelsea, decisión que Oliver Armstrong desaprobaba abiertamente. Chelsea había sido hasta hacía poco un barrio muy recomendable por su tranquilidad, aunque ya amenazaba convertirse en una guarida de artistas o de aspirantes a esa condición. Para Armstrong, en cualquier caso, todos ellos eran seres vanidosos y estrafalarios, de moral poco recomendable. Pero Mrs. Kent desoía sus opiniones y paseaba a su sobrina por los jardines italianos, las galerías de arte y las salas de teatro. Adoraba a Shakespeare y si algo parecía lamentar profundamente era no haber vivido en la edad isabelina.
—Ésos fueron tiempos mejores, niña. Los ingleses eran piratas, no meros comerciantes. Robaban cuerpo a cuerpo y con la espada en mano, no, como ahora, protegidos por la mole de los Bancos, detrás de sus escritorios. Bebían jarras de cerveza rubia delante de las damas, eran galantes y pendencieros. Y a nadie le importaba que la Reina Virgen hubiese tenido una docena de amantes. Era hija de su padre, ciertamente, pero más considerada. Creo que se abstuvo de casarse con sus enamorados sólo para no tener que decapitarlos luego.
Aquella mañana fue la primera de una serie de visitas, para Elizabeth entretenidas y deliciosas. La tía Audrey siempre volvía a Londres para pasar la primavera, que en ningún otro lugar del mundo, porfiaba, tenía la misma intensidad dorada y fresca. Una de esas tardes la invitó al estreno de As you like it, la mejor de las comedias shakespeareanas, para su gusto, así como la Rosalind de esta obra era su personaje favorito. A Elizabeth le costó ocultarle la carta de la mujer del mismo nombre.
