La contravida

Philip Roth

Fragmento

1. Basilea

1. BASILEA

Desde el momento mismo en que su médico de cabecera, en el transcurso de un chequeo rutinario, descubrió algo anormal en su ECG y hubo que hacerle, de la noche a la mañana, una cateterización cardiaca que puso de manifiesto las dimensiones del mal, Henry, gracias a la medicación que le recetaron, pudo seguir trabajando en la consulta y llevar una vida normal en su casa, exactamente igual que antes. Ni siquiera se quejaba de los dolores en el pecho y la falta de aire al respirar que su médico habría muy bien podido esperar de un paciente con obstrucción arterial avanzada. El trastorno era asintomático antes del chequeo rutinario que lo reveló y siguió siéndolo durante el año que tardó en tomar la decisión de pasar por el quirófano: ningún síntoma, salvo un terrible efecto secundario del medicamento que estabilizaba su dolencia, y que reducía además, sustancialmente, el riesgo de un ataque al corazón.

El problema empezó cuando llevaba dos meses tomando la medicina.

—Esto lo llevo oído unas mil veces —le dijo el cardiólogo cuando Henry le contó por teléfono lo que estaba ocurriéndole.

El cardiólogo, que era un hombre con los cuarenta años sin cumplir, profesional de mucha iniciativa y no poco éxito, igual que Henry, no pudo ser más comprensivo. Intentaría reducir la dosis hasta el punto en que el fármaco —un betabloqueante—, sin dejar de controlar la enfermedad coronaria, ni de reducir la hipertensión, dejase de interferir en la función sexual de Henry. Afinando la medicación, dijo, hay veces en que se consigue alcanzar un «equilibrio».

Estuvieron seis meses experimentando, primero con la dosificación y luego, en vista de que aquello no funcionaba, con otras marcas del mismo medicamento; y de nada valió: ya no despertaba con su erección matutina, ni tenía suficiente potencia para efectuar el coito con su mujer, Carol, ni con su ayudante, Wendy, que estaba convencida de ser ella, no aquel fármaco, la causa del sorprendente cambio. Al término de la jornada, con la puerta de la consulta cerrada con llave y las persianas bajadas, la chica se esforzaba, con todo su arte, en la tarea de excitarlo, pero todo venía a ser eso, esfuerzo por ambas partes, y cuando él le decía que era inútil, y le suplicaba que parase ya, cuando tenía que llegar hasta el punto de separarle la boca a la fuerza para que lo dejase, lo que conseguía era convencerla aún más de que la culpa era suya. Un día en que, a última hora de la tarde, ella se echó a llorar y le dijo que lo sabía, que era sólo cuestión de tiempo, que acabaría yéndose por ahí a buscarse otra, Henry le cruzó la cara de un bofetón. Si hubiera sido una acción propia de un rinoceronte, de un individuo totalmente desquiciado por un orgásmico frenesí, la reacción natural en Wendy habría consistido en la complacencia; aquello, sin embargo, no fue una manifestación de placer supremo, sino de estar completamente harto de su ceguera. ¡No se enteraba, la muy estúpida! Pero, claro, tampoco él se enteraba, tampoco él comprendía la confusión que semejante pérdida podía provocar en una mujer que lo adoraba.

Inmediatamente después le sobrevino el arrepentimiento. Teniéndola en sus brazos, le garantizó a Wendy, aún sollozante, que ella era virtualmente lo único en que pensaba cada día —de hecho (aunque eso no podía decírselo así), si Wendy se aviniera a permitir que le encontrase trabajo en otra clínica dental, él no tendría que estar recordando cada cinco minutos lo que ya no podía tener—. Aún había momentos, durante la jornada laboral, en que Henry la acariciaba subrepticiamente, o la miraba con el deseo de antes mientras ella deambulaba por la consulta, embutida en su uniforme blanco de chaqueta y pantalón; pero en seguida se acordaba de sus pildoritas color de rosa, y se hundía en la desesperación. Pronto empezó a tener muy demoníacas fantasías en que la joven, que habría hecho cualquier cosa por devolverle la potencia, se sometía, ante sus ojos, al abrumador dominio de otros tres, cuatro y hasta cinco hombres.

No lograba controlar las fantasías con Wendy y sus cinco hombres sin rostro; y, sin embargo, en el cine, con Carol, ahora prefería bajar los párpados y descansar los ojos hasta que concluían las secuencias amorosas. No soportaba la contemplación de las revistas para hombres amontonadas encima de la mesa de su peluquería. Le costaba ímprobos esfuerzos no levantarse de la mesa y marcharse cuando algún amigo, en alguna cena, se ponía a contar chistes verdes. Empezó a tener sentimientos propios de una persona profundamente desprovista de atractivo, a experimentar un desdén puritano, impaciente y rencoroso por los hombres viriles y las mujeres apetitosas, cuando los veía absortos en sus juegos eróticos. El cardiólogo, tras prescribirle el fármaco, le dijo: «Ahora olvídese usted del corazón y viva a gusto»; pero no podía, porque durante cinco días a la semana, de nueve a cinco, le resultaba imposible olvidarse de Wendy.

Volvió a hablar con el médico para plantearle muy en serio la posibilidad de recurrir a la cirugía. También eso lo había oído mil veces el cardiólogo. Con mucha paciencia, le explicó que no les gustaba la idea de meter en el quirófano a personas asintomáticas en quienes la dolencia daba todos los signos de hallarse estabilizada por efecto de la medicación. Si Henry, al final, optaba por la cirugía, no sería el primer paciente en preferirla a un número indefinido de años de inactividad sexual; no obstante, el médico le aconsejaba enérgicamente que esperara a ver cómo evolucionaba el «ajuste» con el paso del tiempo. Henry no era el peor candidato al baipás que había en el mundo, pero la localización de los injertos que tendrían que ponerle tampoco lo convertía en el candidato óptimo.

—¿Qué quiere decir eso? —le preguntó Henry.

—Quiere decir que esta operación no es ninguna broma, ni siquiera en el mejor de los casos, y el tuyo no es el mejor de los casos. Incluso perdemos pacientes, Henry. Vive con ello.

Tanto miedo le metieron en el cuerpo tales palabras, que, ya en el coche, camino de su casa, estuvo recordándose, con mucho rigor, la cantidad de hombres que han de vivir, necesariamente, sin mujeres, y ello en circunstancias mucho más desgarradoras que las suyas: los presos, los soldados en el frente de batalla... Pero no tardó en acordarse otra vez de Wendy, evocando todas y cada una de las posiciones en que podía ser penetrada por alguna erección como las que ya no tenía, representándosela con más afán que un presidiario imaginativo, sólo que sin disponer del recurso rápido y brutal que sirve para que no pierda del todo la razón un hombre encerrado en su celda. Se acordó de lo feliz que había vivido sin mujeres antes de la pubertad: ¿había estado alguna vez más a gusto que allá por los años cuarenta, durante aquellos veranos a la vera del mar? Imagina que tienes once años otra vez... pero no era más eficaz que figurarse que estaba cumpliendo sentencia en Sing Sing. Recordó la terrible indisciplina, fruto del deseo incontrolable: la preparación, el ansia, el acto propiamente dicho —demencialmente impetuoso—, el infatigable soñar con el otro; y cuando, al fin, una de aquellas terceras personas, fascinantes como eran, se trocaba en amante clandestina, la intriga y la ansiedad y el engaño. Ahora sí que podía ser el fiel esposo de Carol: nunca tendría por qué mentirle. Ahora podían disfrutar otra vez de ese matrimonio sencillo, honesto, digno de confianza, de que habían disfrutado durante años, hasta que Maria se presentó en la consulta, hacía ya toda una década, para que le arreglaran una corona.

Fue tal la impresión inicial que le produjeron el vestido verde de seda y los ojos turquesa y el refinamiento europeo, que apenas si pudo mantener la charla ligera que de ordinario tan bien se le daba, y menos aún coquetear un poco con Maria mientras ella permanecía tendida en el sillón, con la boca obedientemente abierta. Basándose en la meticulosidad con que se trataron durante las cuatro visitas, Henry jamás habría imaginado que Maria, diez meses después, ya en vísperas de su regreso a Basilea, llegaría a decirle: «Nunca me consideré capaz de amar a dos hombres al mismo tiempo», ni que la despedida fuese tan terrible: todo fue tan nuevo para ambos que hicieron del adulterio algo decididamente virginal. Nunca se le había pasado por la cabeza a Henry, hasta que vino Maria y se lo dijo, que un hombre con su pinta tuviera la posibilidad de acostarse prácticamente con todas las mujeres atractivas de la ciudad. Henry carecía de vanidad sexual y era profundamente tímido: un hombre joven a quien aún movían, sobre todo, unos sentimientos de decoro muy arraigados y muy interiorizados, que jamás había puesto en duda. Por lo general, cuanto más seductora fuese una mujer, más se apartaba de ella Henry: ante una desconocida que se le antojase especialmente deseable, solía sentirse desamparado, presa de una tremenda rigidez formal, sin espontaneidad alguna; muchas veces, ni siquiera lograba establecer contacto con ella sin ruborizarse. Así era el hombre, en su época de marido fiel, y por eso precisamente había sido fiel. Y ahora se veía de nuevo condenado a la fidelidad.

Lo peor de adaptarse a la medicación fue eso, que se fue adaptando. Lo sorprendió mucho comprobar que podía vivir sin sexo. Podía hacerse, lo estaba haciendo, y era algo que lo mataba, igual que, en otros tiempos, lo mataba la evidencia de no poder vivir sin sexo. Adaptarse significaba resignarse a ser así, y él se negaba a ser así, y aún lo desmoralizaba más someterse al eufemismo «así». Y sin embargo funcionó tan bien el ajuste, que ocho o nueve meses después de que el cardiólogo le aconsejara que no se precipitara en recurrir a la cirugía, sin constatar antes el efecto del tiempo, Henry ya ni recordaba en qué consistía una erección. Intentándolo, le venían a la cabeza imágenes de las antiguas revistas pornográficas, los blasfemos «cuadernos calientes» que habían revelado a los chicos de su generación las partes bajas de la carrera de Dixie Dugan.* Se le infestaba la cabeza de pollas exóticas, y le venían fantasías de ver a Wendy con todos esos hombres. Se la imaginaba chupándosela a todos. Se imaginaba a sí mismo chupándosela a todos. En secreto, empezó a convertir en ídolos a todos los varones potentes, como si él hubiera dejado de contar como hombre. A pesar de lo alto y de lo guapo que era —tan atezado— y de su físico atlético, parecía como si, de la noche a la mañana, hubiese pasado de los treinta y tantos a los ochenta y tantos.

Un sábado por la mañana, después de decirle a Carol que iba a dar un paseo por Reservation Hills —para «estar a solas conmigo mismo», le explicó, en tono lúgubre—, se metió en el coche y se acercó a Nueva York a ver a Nathan. No llamó por teléfono para avisar porque prefirió reservarse la posibilidad de dar media vuelta y regresar a su casa, si en el último minuto llegaba a la conclusión de que no era buena idea. Ya no eran precisamente aquel par de chavales que compartían secretos divertidísimos en el dormitorio: desde la muerte de sus padres, ni siquiera podía afirmarse que siguieran siendo hermanos. Y, no obstante, estaba desesperadamente necesitado de alguien que lo escuchase. Carol lo único que podía decirle era que ni se le pasara por la cabeza la idea de recurrir a la cirugía si existía el menor riesgo de dejar huérfanos de padre a sus tres hijos. La dolencia estaba bajo control y Henry, a sus treinta y nueve años, seguía cosechando un éxito tremendo en todos los campos imaginables. ¿Qué importancia podía tener lo otro, así, de repente, cuando llevaban años sin hacer el amor más que de higos a brevas, y nunca con auténtica pasión? No es que ella se quejara, porque le pasaba igual a todo el mundo: no conocía ningún matrimonio que no se hallase más o menos en la misma coyuntura.

—Pero es que yo sólo tengo treinta y nueve años —le replicaba Henry.

—Igual que yo —decía ella, en un intento de ayudar a su marido, transmitiéndole inteligencia y firmeza—, pero llevamos dieciocho años casados y, después de tanto tiempo, no se me ocurre esperar que ningún matrimonio mantenga una tórrida pasión amorosa.

Henry no concebía nada más cruel que una mujer pudiera decirle a su marido: La verdad, ¿qué falta nos hace el sexo? La despreció por haberlo dicho, pasó a odiarla de tal modo que en aquel mismo punto y hora tomó la decisión de hablar con Nathan. Odiaba a Carol, odiaba a Wendy y, si la hubiese tenido cerca, también habría odiado a Maria. Y odiaba a los hombres, que se empalmaban de semejante forma sólo con mirar las fotos de Playboy.

Encontró un parquing en la calle ochenta y tantos del lado Este y llamó a casa de Nathan desde un teléfono público, leyendo, mientras sonaba el timbre, lo que quedaba de una dirección garrapateada al bies en la portada de una guía de Manhattan encadenada al cubículo: ¿Quieres correrte en mi boca? Melissa 879-0074. Colgó antes de que Nathan respondiera y marcó el 879-0074. Contestó un hombre. «Póngame con Melissa», dijo Henry, y colgó de inmediato. Luego volvió a marcar el número de Nathan y dejó que el teléfono sonase veinte veces.

No puedes permitir que se queden huérfanos.

Una vez en el edificio de arenisca en que vivía Nathan, a solas en el zaguán, escribió una nota que inmediatamente rompió en pedacitos. En un hotel que hacía esquina con la Quinta Avenida encontró un teléfono público y volvió a marcar el 879-0074. A pesar del betabloqueante, que, en su opinión, debería haberle evitado toda sobrecarga de adrenalina, el corazón le latía como el de una bestia salvaje en un arrebato de violencia: cualquier médico lo habría percibido sin necesidad de estetoscopio. Henry se llevó la mano al pecho, como ponderando lo que le faltaba para el estallido final, y en ese mismo momento contestó una voz aparentemente infantil:

—¿Diga?

—¿Melissa?

—Sí.

—¿Cuántos años tienes?

—¿Quién habla?

Colgó justo a tiempo. Cinco, diez, quince golpetazos más como aquéllos, y la coronaria lo habría resuelto todo por la vía rápida. Poco a poco se le fue nivelando la respiración, y el comportamiento de su corazón empezó a parecerse más al de una rueda que gira inútilmente en el barro.

Sabía que debía llamar por teléfono a Carol, para que no se inquietase, pero lo que hizo fue cruzar la calle en dirección a Central Park. Pensaba darle una hora a Nathan: si, transcurrido ese tiempo, no había vuelto, se olvidaría de la operación y regresaría a su casa. No podía dejarlos sin padre.

Al tomar el pasadizo subterráneo de detrás del museo, vio al otro lado a un chico grande, blanco, de unos diecisiete años, con una radio portátil de buen tamaño al hombro y deslizándose perezosamente hacia el interior del túnel sobre unos patines de ruedas. El aparato sonaba a todo volumen: Bob Dylan cantando «Lay, lady lay ... lay across my big brass bed»... Justo lo que Henry necesitaba oír: «Acuéstate en mi enorme cama de latón.» Como si, inesperadamente, acabara de tropezarse con un viejo amigo, el risueño chico levantó el puño y, mientras pasaba junto a Henry, gritó: «Hay que volver a los sesenta, tío.» Su voz resonó sordamente en el umbrío túnel, y Henry, no sin amabilidad, contestó: «Estamos de acuerdo, amigo», pero cuando el chico lo dejó atrás fue incapaz de seguir reteniendo lo que llevaba dentro y rompió por fin a llorar. «Hay que volver a todo», pensó, «los sesenta, los cincuenta, los cuarenta: a los veranos en la playa de Jersey, a los panecillos recién hechos que aromatizaban la tienda de ultramarinos, bajo el hotel Lorraine, la playa donde vendían los pejerreyes recién llegados en los barcos de pesca matutinos...» Permaneció en aquel túnel de detrás del museo, volviendo a sus inocentísimos recuerdos de sus muy inocentes meses de sus más inocentes años, recuerdos sin verdadera trascendencia, fervorosamente revividos, tan adheridos a él como el légamo orgánico que le cerraba el paso de las arterias camino del corazón. La cabaña, a dos bocacalles de la pasarela de tablas, con un grifo en un costado, para limpiarse la arena de los pies. El tenderete de «adivine usted su peso» en la galería del parque Asbury. Su madre, inclinándose sobre el alféizar para recoger la ropa tendida, en cuanto empezaba a llover. Esperar el autobús de regreso a casa, a la salida del cine, en el crepúsculo, los sábados. Sí, el hombre a quien aquello ocurría era el muchacho que esperaba el autobús 14 con su hermano mayor. No le entraba en la cabeza, era como tratar de comprender la física de partículas. Pero tampoco conseguía convencerse de que él era el hombre a quien aquello ocurría, el hombre que habría de padecer sus padecimientos. «Devolvámonos al pasado, al futuro, que me devuelvan mi presente. ¡Sólo tengo treinta y nueve años!»

No regresaba a Nathan, aquella tarde, para hacer como si nada trascendente hubiera ocurrido entre ellos desde los tiempos en que fueron hijos de los mismos padres. Venía pensando que tenía que verlo porque Nathan era la única familia que le quedaba, sabiendo muy bien, y desde hacía tiempo, que la familia ya no existía, que estaba rota y acabada: de ello se había ocupado Nathan, echándoles encima todo el oprobio del mundo en el libro aquel, y Henry había puesto todo lo demás, con las brutales acusaciones que levantó cuando su padre acababa de morir en Florida de un ataque al corazón. «Eres tú quien lo ha matado, Nathan. Nadie te lo va a decir, te tienen demasiado miedo para decírtelo. Pero tú lo has matado, con ese libro.» No, confesarle a Nathan lo que entre él y Wendy llevaba tres años ocurriendo en la consulta sólo iba a servir para darle una alegría al muy bastardo, para darle la razón; sería como proporcionarle la segunda parte de Carnovsky. «Suficiente idiotez fue ya, hace diez años, cuando le conté todo lo de Maria, el dinero que le daba, la lencería negra y las cosas suyas que guardaba en mi caja fuerte, pero estaba a punto de explotar y tenía que contárselo a alguien... y ¿cómo iba a comprender, entonces, que el modo de vida de mi hermano consistía precisamente en sacar partido, distorsionándolos, de los secretos familiares? No se identificará con lo que me está ocurriendo, no me escuchará siquiera. “No quiero saber nada”, me dirá, oculto tras la mirilla de la puerta, sin molestarse siquiera en abrir. “Lo incluiré en un libro y tú te llevarás un disgusto.” Y estará con alguna mujer: una esposa saliente, que lo aburre ya, o una grupi literaria entrante. O ambas a la vez. No podría soportarlo.»

En lugar de volver directamente a casa, una vez en Jersey se plantó en el apartamento de Wendy y la obligó a fingir que era una negrita de doce años, Melissa de nombre. Ella aceptó —negra, diez años, doce años, lo que le pidiera—, pero a la medicina le trajo sin cuidado. Henry le dijo que se desnudara, que se pusiera a cuatro patas y que se le acercara gateando, y ella obedeció, y él le pegó. Tampoco sirvió de mucho. Su ridícula crueldad, lejos de llevarlo a la excitación, lo redujo a las lágrimas por segunda vez en aquel día. Wendy, produciendo una espantosa sensación de desamparo, le daba golpecitos en la mano mientras él sollozaba. «¡Éste no soy yo! ¡Yo no soy así!»

—Cariño mío —le decía ella, sentada a sus pies con el liguero puesto y echándose también a llorar—, tienes que pasar por el quirófano. Es que te vas a volver loco, si no.

Había salido de casa poco después de las nueve de la mañana, y no volvió hasta cerca de las siete de la tarde. Temiendo que estuviera muriéndose en alguna parte —o ya muerto—, Carol llamó a la policía a las seis de la tarde y pidió que buscaran el coche; dijo que Henry había salido a dar un paseo por Reservation Hills, y el policía le contestó que subirían a echar un vistazo. Henry se inquietó al oír que su mujer había llamado a la policía: había confiado en que Carol nunca haría como Wendy, en que no se vendría abajo ni perdería el control; y ahora resultaba que había logrado alterarla con su comportamiento.

Seguía demasiado aturdido y demasiado mortificado para calibrar en todo su alcance la pérdida que aquello significaba para todos los afectados.

Cuando Carol le preguntó que por qué no había llamado por teléfono para avisarla de que no volvería hasta la hora de la cena, le contestó en tono acusador: «¡Porque soy impotente!», como si la culpa hubiera sido de ella, y no del medicamento.

Era de ella. Estaba seguro. Era la obligación de permanecer a su lado y asumir la responsabilidad por los hijos lo que había provocado todo. Si se hubieran divorciado hacía diez años, si hubiera dejado a Carol y los tres niños y se hubiera ido a Suiza, a emprender una nueva vida, nunca habría caído enfermo. El estrés, según los médicos, era un factor determinante en las enfermedades del corazón, y renunciar a Maria le supuso un estrés intolerable, y en ello estaba el origen de todo. De ningún otro modo podía explicarse que un hombre como él, tan joven y tan en forma, padeciera semejante enfermedad. Todo era consecuencia de no haber sabido reunir la suficiente crueldad para tomar lo que deseaba, en vez de rendirse a las obligaciones. Esta enfermedad era su recompensa por haber cumplido como padre, como marido y como hijo. «Te encuentras en el sitio de siempre, tras tantísimos años, sin escape posible, y de pronto aparece una mujer como Maria; y en vez de ser fuerte y egoísta, eres, mira tú por dónde, una buena persona.»

El cardiólogo le echó una buena reprimenda cuando acudió al chequeo siguiente. Le recordó que en los electrocardiogramas se estaba apreciando una clara reducción del factor anómalo que había denunciado el mal, y ello desde que había empezado con la medicación; y que, a diferencia de otros pacientes suyos, que no podían ni lavarse los dientes sin que les diera un ataque al corazón, él tenía bajo control la tensión arterial y podía pasarse el día entero trabajando, de pie, sin sentirse incómodo ni quedarse sin aliento. Henry volvió a recibir toda clase de garantías de que si se producía un empeoramiento en su situación, ello ocurriría, con toda probabilidad, de modo paulatino, y se vería previamente en los electros o en alguna modificación de los síntomas. Si ello ocurriera, volverían a tener en cuenta la posibilidad de recurrir a la cirugía. El cardiólogo le recordó que podía seguir con este tratamiento, sin peligro, unos quince o veinte años más, cuando ya la técnica del baipás se hubiera convertido en una antigualla: según su predicción, en los años noventa era más que probable que ya no se recurriese exclusivamente a la cirugía para remediar los problemas de obstrucción arterial. Bien podía ser que el betabloqueante quedara pronto sustituido por alguna medicación que no afectase al sistema nervioso central, con las muy lamentables y ya conocidas consecuencias. Era ése un adelanto de los que pueden considerarse inevitables. Pero, mientras llegaba, como ya le había explicado y sólo podía repetirle, lo que debía hacer Henry era olvidarse del corazón, tan sencillo como eso, y echarse a la calle y vivir. «Tienes que valorar la medicación en su contexto», dijo el cardiólogo, dando unos ligeros golpecitos en la superficie de su mesa de despacho.

Y ¿qué era lo último que quedaba por decir? ¿Se suponía que ahora tenía que ponerse en pie y marcharse a su casa? En tono lúgubre, Henry dijo:

—Pero el golpe sexual no puedo aceptarlo.

Carol conocía a la mujer del cardiólogo, de modo que a éste no podía contarle nada de Maria o de Wendy, ni de las otras dos mujeres que hubo en el interregno, ni de lo que cada una de ellas había significado para él.

—Esto es lo más difícil que he tenido que afrontar en mi vida —dijo.

—O sea, que no has tenido una vida muy difícil, ¿verdad?

Lo dejó atónito la crueldad de la respuesta: ¡soltarle semejante frase a un hombre tan vulnerable como él! Ahora también odiaba al médico.

Aquella noche, desde su estudio, volvió a llamar a Nathan, último consuelo que le quedaba, y esta vez sí lo encontró en casa. Apenas pudo evitar deshacerse en lágrimas mientras le decía a su hermano que estaba gravemente enfermo y que viniera por favor a verlo. Le era imposible seguir viviendo solo con su terrible pérdida.

No eran las tres mil palabras lo que Carol esperaba cuando llamó la noche antes del funeral y, a pesar de todo lo que había distanciado a los dos hermanos, le preguntó a Zuckerman si deseaba ocuparse del panegírico. El escritor, por su parte, tampoco ignoraba qué era lo apropiado, ni era indiferente a los convencionalismos que rigen en tales ocasiones. Y, sin embargo, cuando se puso a ello perdió toda noción de los límites, y se pasó la noche en vela, o casi, juntando las piezas de la historia de Henry, con los pocos datos que tenía.

A la mañana siguiente, nada más llegar a Jersey, le confesó a Carol la verdad de lo ocurrido:

—Si contabas conmigo lo lamento mucho —dijo—, pero todo lo que escribí estaba mal. No me salió.

Dio por supuesto que ella, ahora, supondría que si un escritor profesional no encontraba el modo de decir algo en el funeral de su hermano, la causa habría que buscarla en lo irremisiblemente encontrado de sus sentimientos o en una mala conciencia de las que ya no están de moda en estos tiempos. Pero menos daño haría lo que de él pensase Carol que pronunciar ante los integrantes del cortejo fúnebre aquel texto suyo tan brutalmente incorrecto.

Carol dijo lo único que decía siempre: que lo comprendía; incluso le dio un beso, ella que nunca se había contado entre sus más fervientes admiradores.

—Está bien. No te preocupes. Era sólo que no queríamos darte de lado. La pelea ya no importa. Se acabó. Lo que hoy importa es que erais hermanos.

Claro, claro. Pero ¿qué pasaba con las tres mil palabras? El problema era que unas palabras moralmente inadecuadas para un funeral eran precisamente el tipo de palabras con que él se identificaba. Ni veinticuatro horas llevaba muerto Henry cuando el relato empezó a quemarle en el bolsillo a Zuckerman. Ahora le iba a resultar dificilísimo dejar pasar el día sin ver todo lo ocurrido como una especie de plus: no la prolongación de la vida, sino de su obra, o de su obra futura. Ya por el mero hecho de no haber utilizado la cabeza, de no haber juntado sin cortapisas unos cuantos recuerdos de la infancia con otros tantos sentimientos convencionalmente confortadores, había conseguido que no le fuera posible sentarse con los demás, como un probo señor maduro, a lamentar la temprana muerte de su hermano: volvía a ser el intruso de la familia. Mientras entraba en la sinagoga, con Carol y los chicos, pensó: «Esta profesión es capaz de cargarse hasta la pena.»

La sinagoga era muy amplia, pero todos los asientos estaban ya ocupados y, arracimados al fondo y en los laterales, había unos veinte o treinta adolescentes, jóvenes lugareños de cuya dentadura se llevaba ocupando Henry desde que eran niños. Los chicos miraban el suelo con estoicismo y alguna de las muchachas lloraba ya. A unas cuantas filas del final, muy discreta con su jersey y su falda gris, había una rubia menuda, con pinta de jovencita, en quien Zuckerman nunca se habría fijado si no la hubiera estado buscando, y a quien no habría sido capaz de reconocer sin haber visto la foto que Henry le mostró en el transcurso de su segunda visita.

—La foto —le dijo Henry— no le hace justicia.

Zuckerman, no obstante, se expresó en términos admirativos:

—Muy guapa. Me das envidia.

Al hermano pequeño se le escapó una sonrisita de hermano pequeño, de admiración de sí mismo, mientras contestaba:

—No, no, no es nada fotogénica. Por esta foto no puedes saber lo que de veras tiene.

—Sí que puedo —dijo Nathan, sorprendido y no sorprendido ante la ausencia de belleza en Wendy.

Maria tampoco era, en su foto, tan asombrosamente guapa como Henry la había descrito antes, pero sí poseía un considerable atractivo, teutónico y simétrico. Esa insignificante bobita, en cambio... Bueno, hasta la propia Carol, con su pelo negro rizado y sus largas pestañas oscuras, parecía ofrecer mejores perspectivas eróticas que ella. Fue entonces, claro está, con la foto de Wendy en la mano, cuando Nathan debería haber cargado contra Henry sin freno ni medida; pudiera ser, incluso, que para eso le hubiera llevado Henry la foto, para facilitarle el arranque del discurso, para oír a Nathan decirle:

—¡Imbécil! ¡Burro! ¡De ninguna de las maneras! Si no fuiste capaz de abandonar a Carol y fugarte con Maria, una mujer a quien de verdad amabas, no vas a ir al hospital, en busca de una operación peligrosa, sólo porque una chiquita de la consulta te la chupa todas las tardes antes de marcharte a cenar a tu casa. He escuchado tus alegatos a favor de la operación, y hasta ahora no he abierto la boca; pero mi veredicto, que hace ley, ¡es no!

No obstante, teniendo en cuenta que en aquel entonces Henry aún no estaba muerto, sino vivo —vivo e indignado ante el hecho de que un hombre de sus credenciales morales se viera constreñido a una transgresión tan aislada, tan pequeña, tan inofensiva—, y teniendo en cuenta que ya había aceptado a Wendy como solución de compromiso, cuando lo que para sí mismo había soñado era volverse a hacer en Europa con una esposa europea, convertirse, en Basilea, en un dentista norteamericano en el destierro, una persona hecha y derecha, robusta, sin trabas, Zuckerman había descubierto que sus ideas se ajustaban más a lo siguiente: «Es su rebelión con el acuerdo a que había llegado, lo que resulta de los restos de la pasión brutal. Doy por supuesto que no acude a mí para oírme decir que la vida pone barreras y que la vida niega cosas, y que lo único que se puede hacer es aceptarlo. Está aquí para discutirlo y descartarlo en mi presencia, porque la capacidad de negarme algo a mí mismo no está, desde luego, entre mis mejores cualidades: yo, tal como ellos me ven, soy un impulsivo temerario e irresponsable, a mí me han asignado el papel de ello familiar, y él es el hermano ejemplar. No, un espíritu con certificado de insensatez no puede salir ahora con tonos paternales, no puede soltarle, afablemente: “No te hace ninguna falta lo que deseas, chico; renuncia a tu Wendy y te ahorrarás padecimientos.” No, Wendy es su libertad y su hombría, por mucho que a mí me parezca la viva imagen del aburrimiento. Es una buena muchacha con fijación oral, una muchacha que nunca llamaría por teléfono a su casa, como bien sabe Henry; es decir que ¿por qué no había de quedarse con ella? Cuanto más contemplo esta foto, mejor entiendo la actitud de Henry. Tampoco es para tanto lo que el pobre hombre pide.»

Pero el razonamiento cambia cuando estás tan cerca del ataúd de tu único hermano que bien podrías apoyar la mejilla en la caoba resplandeciente. Cuando hizo el inevitable esfuerzo de imaginar a Henry dentro de la caja, a quien vio, ya reducido al silencio, no fue al adúltero sobreexcitado y sin control que se había negado a la resignación ante la pérdida de su potencia, sino al niño de diez años, ahí tendido, con su pijama de franela. Una noche de Halloween, cuando ambos eran niños, horas después de que Nathan hubiera devuelto a casa a su hermano pequeño, tras la ronda de visitas a las casas del vecindario, cuando toda la familia llevaba ya un buen rato en la cama, Henry salió del dormitorio, bajó las escaleras, salió por la puerta y se plantó en la calle, para luego poner rumbo al cruce con la avenida Chancellor, sin zapatillas siquiera, y todavía dormido. De verdadero milagro, un amigo de la familia que vivía en la zona alta de Hillside acertó a pasar en coche por la esquina, cuando Henry estaba a punto de abandonar la acera y cruzar la calle con el semáforo en rojo. El hombre frenó, se dio cuenta de que era el hijo pequeño de Victor Zuckerman, y sólo hubieron de transcurrir unos minutos para que Henry estuviera de regreso en casa, sano y salvo, bajo las mantas de su cama. A la mañana siguiente le provocó una gran excitación enterarse de lo que había hecho en sueños y de la singular coincidencia que hizo posible su rescate. Desde aquel día hasta la adolescencia —cuando empezó a desarrollar una noción más espectacular del heroísmo personal, como miembro del equipo colegial de salto de vallas—, debió de repetirles a unas cien personas el relato de la osada excursión nocturna, de la que él, en realidad, no había sido consciente en ningún momento.

Pero ahora el niño sonámbulo estaba dentro de su ataúd. Esta vez, nadie se había ocupado de devolverlo al seno del hogar, nadie lo había arropado en su cama, tras haberse adentrado a solas en la oscuridad, incapaz de renunciar a sus regalitos de Halloween. Igualmente poseído, en una especie de trance monumental, excitado por una inyección de fanfarronería propia del Salvaje Oeste: ésa fue la impresión que le produjo a Zuckerman la tarde en que se le presentó en casa directamente desde la consulta del cirujano cardiovascular, sin haber pasado antes por ningún otro sitio. Zuckerman quedó sorprendido: no era así como él imaginaba que se salía de la consulta de un especialista cuando éste acaba de explicarnos el modo en que piensa tallarnos el cuerpo.

Henry desplegó sobre la mesa de Nathan algo parecido al trazado de un nudo de carreteras. Era un esbozo que le había hecho el médico, para que viera en qué sitio irían los implantes. Tal como Henry la describía, la operación no parecía revestir más peligro que una endodoncia. Sustituimos este vaso y este otro, y los conectamos aquí, y evitamos mediante baipás estos tres tan pequeñitos, conectando con el de aquí detrás... y sanseacabó. El cirujano, un especialista de Manhattan sobre cuya reputación profesional se había informado Zuckerman a fondo, le dijo a Henry que había practicado el baipás quíntuple montones de veces, y que no le inquietaba la perspectiva de hacerlo otra vez. Le tocaba ahora a Henry superar sus dudas y meterse en el quirófano en la plena confianza de que sería un éxito total. De allí saldría con todo un nuevo sistema de vasos desatascados suministrándole sangre a un corazón que seguía totalmente incólume y tan fuerte como el de un buen deportista.

—¿Y sin medicación posterior? —le preguntó Henry.

—Lo que diga su cardiólogo —fue la respuesta—. Quizá algo que controle la leve hipertensión que puede sobrevenir; pero nada como esas píldoras de ahora, que lo dejan a usted noqueado.

A Zuckerman se le ocurrió que, tras semejante prognosis maravillosa, la euforia de Henry podía haberlo llevado a regalarle al cirujano cardiovascular una foto dedicada, tamaño 24 x 36, de Wendy con el liguero puesto. Cuando llegó, venía lo suficientemente enloquecido como para haberlo hecho, pero seguramente era así como había que estar para blindarse contra una perspectiva tan espantosa. Cuando Henry, por fin, reunió el coraje suficiente como para dejar de exigir garantías de buen éxito, levantarse y marcharse, el muy confiado cirujano lo acompañó a la puerta.

—Si unimos nuestros esfuerzos —le dijo a Henry, estrechándole la mano al mismo tiempo—, no veo que puedan surgir problemas. Al cabo de una semana, pongamos diez días, habrá salido usted del hospital y estará en casa con su familia. Hecho un hombre nuevo.

Sí, pero, visto desde donde ahora estaba sentado Zuckerman, no daba la impresión de que Henry, en el quirófano, hubiese puesto suficiente esmero. Aparentemente, lo que fuera que tuviese que hacer para ayudar al cirujano se le había borrado de la cabeza. Son cosas que suceden cuando está uno inconsciente. «¡Mi hermano, el sonámbulo! ¡Muerto! ¿Eres tú de verdad quien está ahí metido, tú, aquel muchachito tan obediente y correcto? ¿Y todo por veinte minutos con Wendy, para luego salir disparado hacia el amado hogar? ¿O era que estabas marcándote el farol conmigo? No puede ser que tu negativa a sobrellevar una vida sin sexo fuera lo que tú considerabas tu heroísmo, porque, si por algo sobresalías, era precisamente por tu represión. Lo digo en serio. En contra de lo que tú pensabas, yo nunca desprecié tanto las restricciones bajo las cuales floreciste, ni las fronteras que respetabas, como tú despreciaste las excesivas libertades que, según tu imaginación, yo me tomaba. Confiaste en mí porque estabas convencido de que yo comprendería la boca de Wendy —y tenías razón—. La cosa fue mucho más allá del suculento placer. Era tu gotita de vida teatral, tu escapada, tu riesgo, tu pequeña insurrección diaria contra tus abrumadoras virtudes: pervertir a Wendy durante veinte minutos al día y luego volverte a casa, en busca de las satisfacciones temporales de la vida en una familia normal. La boca esclava de Wendy era tu ración de divertimiento insensato. Más viejo que andar para adelante: el mundo entero funciona así... Y, sin embargo, tiene que haber algo más. ¿Cómo es posible que un chico como tú, tan auténticamente bueno, con ese feroz sentido de lo correcto y lo incorrecto, haya acabado en ese ataúd por mor de una boca? Y ¿por qué no te lo impedí yo?»

Zuckerman ocupaba un asiento de pasillo, en primera fila, al lado de Bill y Bea Goff, los padres de Carol. Ésta ocupaba el centro de la fila, junto a su madre; al otro lado tenía colocados a los niños: su hija de once años, Ellen, luego su hijo de catorce años, Leslie, luego, al final, Ruth, la hija de trece años. Ruth tenía su violín en las rodillas y no quitaba los ojos del féretro. Los otros dos hermanos decían que sí con la cabeza cuando Carol se dirigía a ellos y preferían mantener la vista en el regazo. Estaba programado que Ruth interpretase al violín una pieza que siempre le había gustado mucho a su padre, y que Carol dijese unas palabras al final de la ceremonia.

—Le pregunté al tío Nathan si quería hablar, pero dice que ahora mismo está demasiado alterado. Demasiado aturdido, y lo comprendo. Y lo que yo voy a decir —les explicó—, no va a ser un panegírico de verdad. Sólo unas cuantas palabras sobre papá, para que todos las oigáis. Nada especialmente florido, pero muy importante para mí. A continuación lo llevaremos nosotros mismos al cementerio, sólo la abuela y el abuelo, el tío Nathan y nosotros cuatro. Le diremos adiós en el cementerio, en familia, y luego volveremos aquí y nos reuniremos con todos nuestros amigos y parientes.

El chico llevaba un blazer de botones dorados y unas botas de cuero vuelto; y, aunque estábamos a finales de septiembre y el sol se había pasado el día mostrándose y ocultándose, las chicas iban con vestiditos ligeros color pastel. Todos ellos eran altos y de piel oscura, con pinta de sefardíes, igual que su padre, con unas cejas demasiado vistosas para lo inocentes y lo sobreprotegidos que estaban. Todos ellos tenían unos bellos ojos de color caramelo, un poco más claros y una pizca menos intensos que los de Henry: seis ojos exactamente iguales, con destellos líquidos de sorpresa y miedo. Parecían conejitos que alguien hubiera atrapado y domesticado y vestido. A Zuckerman le gustaba especialmente Ruth, la de en medio, ocupada con mucha diligencia en emular la calma de su madre, pese a la enormidad de la pérdida. Leslie, el chico, parecía ser el más blando, el más afeminado, el que más a punto estaba de desmayarse, aunque luego, a los pocos minutos de abandonar la sinagoga, se llevó aparte a su madre, y Zuckerman lo oyó preguntar:

—Tengo un partido a las cinco, mamá, ¿puedo jugar? Si te parece que no debo...

—Vamos a esperar un poco, Les —dijo Carol, alisándole ligeramente el pelo con el dorso de la mano—, a ver si luego te sigue apeteciendo.

Mientras la gente seguía amontonada al fondo de la sinagoga, y traían sillas plegables para acomodar a unos cuantos viejos recién llegados, mientras lo único que se podía hacer era permanecer ahí sentado, en silencio, a escasa distancia del féretro, pensando si mirarlo o no mirarlo, Bill Goff se puso a abrir y cerrar el puño de la mano derecha rítmicamente, como si fuera una bomba hidráulica para darse el valor o para desaguarse el miedo. Su aspecto apenas recordaba ya a aquel golfista siempre elegantísimo, ingenioso, ágil que Zuckerman había visto por primera vez unos dieciocho años antes, bailando con todas las damas de honor de la novia en la boda de Henry. Aquella misma mañana, cuando Goff le abrió la puerta para que entrara, Nathan ni siquiera había sabido, al principio, a quién pertenecía la mano que estaba estrechando. Lo único en él que no presentaba mengua era el pelo ondulado que le cubría enteramente el cráneo. En el interior de la casa, dirigiéndose tristemente a su mujer —y no sin cierta ofensa en el tono—, Goff le dijo:

—¿Qué te parece? Ni siquiera me ha reconocido. Cuánto he podido cambiar.

La madre de Carol se llevó a las niñas para que Carol pudiera decidir a gusto, por segunda vez, cuál de sus mejores vestidos debía ponerse; Leslie regresó a su habitación a sacarles otra vez brillo a las botas nuevas; y ambos hombres salieron de la casa en busca de aire fresco. Se quedaron en el patio, mirando, mientras Carol cortaba los últimos crisantemos para que los chicos los llevasen al cementerio.

Goff se puso a explicarle a Nathan por qué había tenido que cerrar su zapatería de Albany.

—Empezaron a venir personas de color. No podía rechazarlas. Iba contra mi naturaleza. Pero a los cristianos que llevaban veinte o veinticinco años comprándome zapatos no les gustaba nada. Me lo dijeron directamente, sin ambages: «Mira, Goff, no voy a estarme aquí sentado mientras tú le pruebas diez pares de zapatos a uno de esos negros asquerosos. No pienso llevarme lo que ellos dejen.» De modo que me fueron abandonando, uno por uno, mis maravillosos amigos cristianos. Entonces tuve el primer ataque. Vendí la tienda y me marché, en la creencia de que lo peor ya había pasado. Quítate esa presión de encima, me decía el médico, de modo que corté por lo sano y, un año y medio después, estando de vacaciones en Boca, jugando al golf, me vino el segundo ataque. Hice todo lo que me dijo el médico, de veras, pero el segundo ataque fue peor que el primero. Y ahora esto. Carol ha sido una verdadera fortaleza: con lo ligerita que parece, aguantando es gigantesca. Fue igual cuando murió su hermano. Perdimos al hermano mellizo de Carol cuando estudiaba segundo de derecho. Primero Eugene a los veintitrés, ahora Henry a los treinta y nueve.

De repente dijo:

—¿Qué iba a hacer yo? —y sacó del bolsillo un frasquito de plástico—. La píldora para la angina. Nitroglicerina. He vuelto a quitarle el tapón.

Durante todo el tiempo que se pasó lamentando la pérdida de la tienda, quejándose de su salud y por la muerte del yerno, había mantenido las manos en lo más hondo de los bolsillos del pantalón, jugando con las monedas y con el llavero. Ahora se vació los bolsillos y se puso a recuperar las pastillitas blancas de entre las monedas, las llaves y un paquete de Rollaids. Pero cuando intentó introducirlas de nuevo en el frasquito la mitad de ellas se le cayeron al suelo de losetas. Fue Zuckerman quien las recogió, pero el señor Goff volvió a dejar caer unas pocas en su nuevo intento de rellenar el frasquito. Acabó rindiéndose: hizo ambuesta con todo y Nathan fue cogiendo las pastillas y metiéndolas en su frasco, una por una.

En ello andaban aún cuando Carol subió del jardín, con las flores, y dijo que ya había que irse. Miró maternalmente a su padre, con una sonrisa dulce, para tranquilizarlo. La misma operación que le acababa de costar la vida a Henry, a los treinta y nueve, se cernía sobre él a los sesenta y cuatro, si la angina empeoraba.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Carol.

—Estoy bien, cariño mío —contestó él, pero en cuanto ella dejó de mirarlo se puso una píldora de nitroglicerina debajo de la lengua.

La pequeña pieza para violín que Ruth interpretó vino precedida por unas palabras del rabino, que las pronunció de un modo afable, sin pretensiones: un hombre fornido, con la cara cuadrada, pelirrojo, con gafas de concha y dotado de una voz suave y meliflua:

—Ruth, que es hija de Henry y de Carol y que tiene trece años, va a tocarnos el largo de Jerjes, una ópera de Händel. Hablando con ella anoche, en su casa, Ruth me comentó que su padre, cuando la oía ensayar esta pieza, siempre le decía: «Es la música más reconfortante del mundo.» Ahora va a compartirla con todos nosotros en recuerdo de su padre.

Una vez en el centro del altar, Ruth se colocó el violín bajo la barbilla, hizo un brusco movimiento para ajustar la columna vertebral y se quedó mirando a los allí presentes casi con desafío. Un segundo antes de situar el arco en posición, se permitió una mirada al féretro, y a su tío le pareció una mujer con los treinta años cumplidos: de pronto, vio en ella la expresión que toda su vida llevaría en el rostro, la gravedad que impide que el rostro de una niña desamparada se derrumbe en lágrimas de cólera.

No extrajo impecablemente de su violín todas las notas, pero la interpretación resultó melódica y tranquila, de lento y solemne fraseo; al terminar, uno habría esperado darse la vuelta y ver allí sentado, entre el público, al padre de la joven ejecutante, con una sonrisa en los labios.

Carol se puso en pie y pasó por delante de los chicos para llegar al pasillo. Su única concesión a lo convencional era la falda negra de algodón, cuyo ribete inferior, sin embargo, era un alegre bordado indio norteamericano de colores escarlata, verde y naranja; por no mencionar la blusa, que era verde lima y tenía el cuello amplio, con canesú, dejando ver la prominencia de las clavículas en su delicado torso. Al cuello lucía un collar de coral que Henry le había comprado a escondidas en París, tras haberlo admirado ella en el escaparate y no habérselo quedado porque el precio se le antojó ridículamente alto. La falda también se la había comprado él, en un mercadillo de Albuquerque, cuando estuvo allí para participar en una conferencia.

Ya empezaban a brotarle canas en las sienes, pero seguía uno viéndola tan ligera y tan vivaracha, mientras subía la escalinata del altar, que no parecía sino la adolescente más vieja de la familia. Ante Ruth, Zuckerman creyó percibir un vislumbre de la mujer que más tarde sería; ante Carol vio a la joven universitaria, llena de decisión y de ánimo, que había sido antes de alcanzar la plena madurez: la ambiciosa y resuelta becaria a quien sus amigos, con admiración, siempre llamaron por las iniciales de su nombre, hasta que llegó Henry y puso fin a aquella costumbre, obligando a todo el mundo a llamarla por el nombre completo. Por aquel entonces, Henry, mitad en serio, mitad en broma, le confió a Nathan:

—La verdad, me resultaba completamente imposible ponerme cachondo con alguien llamado C.J.

Pero es que tampoco con alguien llamado Carol sería nunca tan grande su deseo como con Maria o con Wendy.

Nada más llegar Carol al atril situado junto al altar, su padre se sacó del bolsillo las pastillas de nitroglicerina y, sin querer, las desparramó todas por el suelo. El largo de Händel no lo había tranquilizado tanto como solía tranquilizar a Henry. Nathan se las apañó para deslizar la mano debajo del asiento y localizar al palpo unas cuantas pastillas, que recogió. Luego le dio una al señor Goff y decidió echarse las demás al bolsillo, para el cementerio.

Mientras Carol hablaba, Zuckerman volvió a imaginarse a Henry con su pijama de franela adornado de payasos y trompetas, lo vio espiando desde el interior del oscuro féretro, no sin malicia, como hacía desde la cama cuando había partida en casa y dejaba entreabierta la puerta del dormitorio, para poder oír los dimes y diretes de los adultos en la planta baja. La memoria de Zuckerman se remontó a la época en que no había absolutamente ninguna tentación erótica conocida, ni nada que desafiara a la muerte en el dormitorio de los chicos, cuando la vida era el más inocente de los pasatiempos y la felicidad familiar se les antojaba eterna. Henry el inofensivo. Si pudiera oír lo que Carol decía ahora, ¿qué haría? ¿Se echaría a reír, se echaría a llorar, o diría, aliviado: «Ahora, ya nadie lo sabrá.»?

Pero Zuckerman sí lo sabía, por supuesto, y Zuckerman no era tan inofensivo. ¿Qué debía hacer con esas tres mil palabras? ¿Traicionar la confianza final de su hermano, asestar a la familia uno de esos golpes que ya antes lo habían apartado de ella? La noche anterior, tras agradecer a Carol su gentileza y decirle que inmediatamente se pondría a escribir el panegírico, localizó, entre los diarios de hojas cambiables amontonados en lo alto de su archivador, el cuaderno en que había levantado acta de la aventura de Henry con su paciente suiza. ¿Tendría ahora que entrar a saco en esas notas, que la caridad le había hecho olvidar, o casi, y que llevaban años allí, esperando alguna inspiración tan imprevista como ésta?

Dispersas en las páginas manuscritas había decenas de anotaciones más breves sobre Henry, Maria y Carol. Algunas no pasaban de un par de líneas, otras cubrían casi una página; y, antes de ponerse a buscar algo que decir en el funeral, Zuckerman, sentado a su mesa de trabajo, las leyó todas despacio, pensando, mientras subrayaba las frases más prometedoras: «Y aquí fue donde empezó el final, con una aventura tan vulgar y corriente y tan falta de originalidad como ésta, con la antañona experiencia de la revelación carnal.»

H., a las doce de la noche:

—Tengo que llamar a alguien por teléfono. Tengo que decirle a alguien que la quiero. ¿No te molesta, con lo tarde que es?

—No, no, adelante.

—Yo, por lo menos, te tengo a ti para contártelo. Ella no tiene a nadie. Estoy reventando por decírselo a todo el mundo. De hecho, me muero de ganas de decírselo a Carol. Quiero que sepa lo terriblemente feliz que soy.

—No le hace ninguna falta saberlo.

—Lo comprendo. Pero sigo deseando decirle: «¿Sabes qué me dijo Maria hoy? ¿Sabes lo que dijo la pequeña Krystina anoche, cuando Maria la estaba bañando?»

—Parecía perdida en la distancia, como veía los pilares de la cama, en nuestra habitación, cuando éramos pequeños. ¿Te acuerdas de las bolas que remataban los postes de madera de arce? Muchas veces me dormía imaginándolas muy lejos, hasta que se iban de verdad muy lejos, y tenía que parar, porque me entraba miedo. Bueno, pues ella daba la impresión de estar muy lejos del mismo modo, como si me hubiera resultado imposible alargar la mano y tocarla. Estaba sobre mí, lejos, lejísimos, y tras cada orgasmo suyo le decía yo: «¿Quieres más, quieres más?» Y ella decía que sí con la cabeza, como un niño montado en su caballito de balancín, y volvía a empezar, con el rostro ruborizado y cabalgándome, y yo lo único que quería era que disfrutara más y más y más... mientras seguía viéndola muy lejos todo el tiempo.

—Tendrías que verla con tus propios ojos, tendrías que ver a esa chica rubia, tan bella, con esos ojos que tiene, encima de mí, con su camisola negra de seda.

Maria creyó que para encontrar ropa interior negra tendría que ir a Nueva York, pero al final la encontró en el pueblo. H. se pregunta si no debería haber ido a Nueva York a comprarla, de todas formas.

El sábado pasado, H. vio por la calle al marido de Maria. Parece un buen chico. Grande y guapo. Más grande que H., incluso. Muy jovial y alegre en su modo de tratar a los niños.

—¿Vas a enseñarle la ropa interior?

—No.

—¿Vas a ponértela estando con él?

—No.

—Sólo para mí.

—Sólo para ti.

H. lo siente por él. Parece tan confiado...

En la habitación del motel, mientras la mira vestirse para volver a casa.

H.:

—¿A que eres mi puta?

Maria, riéndose:

—No, no soy tu puta. Las putas cobran.

H. lleva dinero en la cartera, un fajo, para pagar el motel, etc., sin recurrir a las tarjetas de crédito. Extrae dos crujientes billetes de cien dólares y se los ofrece.

Ella, al principio, no sabe qué decir. Luego, aparentemente, se le ocurre algo:

—Tienes que arrojarlos al suelo —dice—. Tengo entendido que es así como se hace.

H. los lanza al suelo, haciéndolos revolotear en el aire. Ella, con la camisola negra, se inclina para recogerlos y se los guarda en el bolso.

—Gracias.

H., a mí:

—Me dije: «Cielos, doscientos dólares que no volveré a ver. Un montón de pasta.» Pero no pronuncié una sola palabra. Pensé: «Vale la pena pagar doscientos dólares para ver qué se siente.»

—Y ¿qué se siente?

—Aún no lo sé.

—¿Se quedó con el dinero?

—Sí, se quedó con el dinero. Me dice que soy un loco.

—Parece como si ella también quisiera saber lo que se siente.

—Creo que nos pasa igual a los dos. Tengo que darle más dinero.

Maria cuenta que una amiga que tuvo un rollo con su marido antes de casarse con ella le dijo a otra amiga común: «Nunca en mi vida me había aburrido tanto.» Pero es una maravilla de hombre con los niños. Y la sostiene en pie. «La impulsiva soy yo», dice.

Maria dice que cada vez que no logra creer que H. sea auténtico y que de veras están teniendo una aventura, sube a su casa y mira los dos billetes escondidos en el cajón de la ropa interior. Con ello se convence.

H. está sorprendido de no sentirse en modo alguno culpable de serle tan gozosamente infiel a Carol. Le gustaría saber cómo es posible que alguien que pone tanto empeño en ser bueno, que es bueno, pueda hacer una cosa así con tanta facilidad.

Carol habló sin leer, aunque apenas había empezado cuando Zuckerman ya tuvo claro que cada una de sus palabras estaba pensada y repensada de antemano, que no había dejado nada al azar. Si Carol había guardado alguna vez algún secreto para su cuñado, tenía que ver con lo que fuera que ocultase tras su naturaleza súper simpática, si de veras algo ocultaba: Zuckerman nunca había sido capaz de calibrar hasta dónde llegaba su ingenuidad, y lo que ahora estaba diciendo no contribuía a aclarárselo. El relato que Carol había decidido contar no era el que Nathan acababa de componer (y había decidido guardarse, al menos por el momento): las penas de Henry vivían en el recuerdo de Zuckerman con una significación y un sentido enteramente distintos. La de Carol era la historia que debía quedar como versión oficialmente autorizada; y Nathan no tenía más remedio que preguntarse, mientras la contaba, si ella misma se la creería.

—Hay algo relativo a la muerte de Henry —comenzó— que me gustaría que todos los aquí reunidos supierais. Quiero que lo sepan los hijos de Henry. Quiero que lo sepa su hermano. Quiero que lo sepan todos cuantos alguna vez le tuvieron cariño, o se preocuparon por él. Creo que puede contribuir a quitarle fuerza a este golpe formidable, si no ahora mismo, sí en algún momento del futuro, cuando hayamos salido del estupor.

»Si lo hubiera querido, Henry habría podido seguir viviendo sin esta horrible operación. Y si no hubiera pasado por esta operación, ahora mismo estaría trabajando en su consulta y, dentro de unas horas, volvería a casa, conmigo y con los niños. No es verdad que le fuese imperativo pasar por el quirófano. La medicación que le pusieron los médicos tras el primer diagnóstico de su enfermedad controlaba con toda eficacia su dolencia cardiaca. No padecía dolores ni corría peligro inmediato. Pero la medicación lo había afectado de un modo drástico, como hombre, poniendo fin a nuestra relación física. Y eso Henry no pudo ace

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