La victoria de la Conspiración

Hania Czajkowski

Fragmento

CAPÍTULO 1
Los Vientos del Cambio

—Primero parecieron ser sólo unas brisas, luego crecieron, tomaron fuerza y se transformaron en vientos. Vientos, como tantos otros vientos que recorren la tierra, de norte a sur, de este a oeste. Y viceversa. Y viceversa —dijo Ojos de Fuego sosteniendo firmemente el volante en sus manos—. Y desde entonces jamás se detuvieron.

—Sí, Amo, los árboles comenzaron a mecerse y a oscilar, el mundo entero comenzó a oscilar con ellos —aseguró Hidhbodedut con voz chillona sacudiendo su sombrero de cinco puntas—. Y cuando los árboles crujieron desde las raíces, muchos seres comenzaron a crujir de incertidumbre. Nadie podía encontrar una explicación a lo que estaba pasando. Pero Amir y yo lo sabíamos: los Vientos de Dios habían envuelto la tierra en una bendita Tempestad Espiritual.

—Los Vientos se desataron al mismo tiempo alrededor de mundo entero, Amo. Sus ráfagas despertaron una tremenda rebeldía. Una irresistible alegría. Los Aventureros fueron los primeros en darse cuenta, abrieron de par en par todas las ventanas y olieron los aires buscando información. Los Románticos, los Soñadores, los Místicos, se quedaron en silencio y comenzaron a escuchar: Los Vientos susurraban mensajes de amor y de compromiso. Alertaron a los Ensoñadores y éstos alertaron a todas las fuerzas de la Luz y fue entonces cuando, en todo el planeta, los grupos espirituales entraron en acción. Y comenzaron a construirse los Refugios, a toda velocidad.

—Sí, y enviaron aquella información que corrió como un reguero de pólvora y llegó hasta los desiertos —aseguró Ojos de Fuego—; recuerdo las palabras exactas: “¡Alerta compañeros! La Tormenta espiritual se ha desatado. ¡Los Vientos del Cambio arrasan la tierra! Son buenos, muy buenos. Traen bálsamos para el alma: sencillez, dulzura, amor. Barren soledades, derriban muros de aislamiento y ahuyentan desamparos”.

—Son fuertes. Pero serán cada vez más fuertes. Y se infiltrarán en nuestra alma… Déjenlos entrar —completó Hidhbodedut.

Ojos de Fuego sonrió.

—Sí, ése había sido el irreversible comienzo de la gran Tormenta Espiritual a escala planetaria —musitó tomando la curva del camino, como siempre, a máxima velocidad—. Al poco tiempo Los Vientos se volvieron más y más intensos. Y desde entonces vienen sucediendo muchos, muchísimos, y son cada vez más: desean por fin amar. Simplemente amar… Y este sueño comienza a ganar más y más adeptos.

—Pero hay quienes, aterrados, todavía resisten. Y resisten, y resisten —dijo con voz burlona Hidhbodedut—. ¡Oh! No. Ellos no van a cambiar. Nunca. Jamás. “Son sólo unos vientos”, aseguraban una y otra vez, “son sólo unos vientos, aseguran una y otra vez, una y otra vez” — el Elfo dio una graciosa vuelta carnero en el volante.

—Los conservadores, los escépticos, los indecisos, los terriblemente aferrados a sus costumbres, enseñan los dientes y resisten con toda su alma —rió con ganas Ojos de Fuego.

—Muchos siguen intentando negar lo que pasa. Sin embargo los Vientos ya están comenzando a entrar por las siempre cerradas orejas que no quieren escuchar, por los pequeños ojos que no quieren ver, por las apretadas bocas que sólo emiten juicios. Por las noches se siente ese misterioso ulular, penetrando en los sueños. Y entonces… —El Elfo abrió desmesuradamente los ojos mirando fijamente a su Amo.

—Entonces, déjame adivinar… —Ojos de Fuego sonrió— suben los volúmenes de sus grandes pantallas planas de televisores y computadoras y las dejan prendidas, prendidas, prendidas día y noche, noche y día, en un último intento de ignorar la inquietante presencia. Y de seguir desconectados de sí mismos. Pero tú los viste en la ciudad. Elfo, dime, ¿qué más hacen?

—¡Oh! Cierran bien todas las ventanas, aseguran a fondo todas las puertas. Toman antidepresivos. Antiimpulsivos. Antisentimientos. Antitodo… En algunas miradas ya brilla esa metálica indiferencia que hiela las almas. Sin embargo, los vientos no dejan de soplar y las fuerzas del cambio se infiltran entre las rendijas cada día más. Ellos apretan los dientes y siguen resistiendo, resistiendo y resistiendo hasta que ya no puedan más. Porque tarde o temprano, cansados de agarrarse de las paredes para ir a cumplir sus ritos diarios con el sistema, como si nada estuviera pasando, y mareados por los vientos y los vaivenes de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, finalmente todos tendrán que detenerse. Y aspirar los dulces aromas del mundo nuevo. Y tendrán que ver y escuchar. No se puede mirar siempre hacia otro lado, Ojos de Fuego. ¿No te parece?

Ojos de Fuego acarició con cariño los mínimos pies que, enfundados en puntiagudos zapatos rojos, colgaban sobre su hombro. Hidhbodedut, el pequeño Elfo, lo acompañaría de ahora en más donde fuera, reflexionó contento. El extraño ser verde había llegado a él por destino, o por casualidad, o por estar en el lugar adecuado en el momento justo. Mucho tiempo antes de que él llegara a la Caverna Sagrada, Shémesh, el gran Kabalista, había estado allí, visitando a su entrañable amigo, el alquimista Amir. Y le había traído un especial obsequio: un pequeño y entrenado Elfo. La criatura verde había acompañado a Amir en muchas aventuras en el camino de los alquimistas. Y Amir, en un gesto que jamás olvidaría, le había entregado al Elfo antes de partir:

—Ojos de Fuego, llévatelo para que te proteja y te acompañe —dijo poniéndolo en sus brazos—. En las ciudades siempre es bueno tener cerca a estos sabios seres de la naturaleza.

—Cuando todo empezó yo estaba lejos, Elfo, muy lejos, danzando con los derviches en los desiertos, y creímos que habíamos convocado los vientos con nuestros giros místicos. Pero luego nos dimos cuenta: algo muy fuerte estaba aconteciendo en la tierra. Y comenzaron a llegar los informes secretos. Pero cuéntamelo todo, Hidhbodedut. ¡Cuéntame, Elfo!

—Apenas Los Vientos comenzaron a soplar, Amir supo que el gran cambio había llegado. Por eso me envió de recorrida por las grandes orbes del planeta para informarle lo que estaba aconteciendo. Y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que el Maestro Shémesh, el gran Kabalista que conocerás ahora, era quien dirigía la Gran Conspiración en las ciudades —dijo el Elfo mirando fijamente a Ojos de Fuego con sus grandes ojos amarillos—. ¡Hubo que organizarse, Amo! Los cambios siempre provocan resistencias y desorientación. Los cuadros de avanzada, entrenados por Shémesh, formaron aquellos primeros escuadrones de Comandos de Conciencia, y muchos, muchísimos conspiradores participaron voluntariamente de los trabajos de construcción de los Refugios que ahora existen bajo todas las ciudades del mundo. Estamos muy organizados, un nuevo mundo se está gestando en las entrañas del mundo viejo. La Conspiración avanza, Amo, y la victoria está muy cerca. Pero hay que actuar silenciosamente, nada se ve en la superficie, todo acontece en los subsuelos y en el interior de las personas.

—Como siempre…

El Elfo asintió sacudiendo alegremente su sombrero de cinco puntas.

El guerrero se ensimismó en sus pensamientos. Un profundo aroma a rosas se estaba filtrando por la ventanilla.

—Ojos de Cielo… —musitó—, no sé tu nombre real, pero sé que tú sí escuchaste siempre las voces del cambio, estoy seguro —cada vez que la recordaba, lo inundaba esa incontrolable oleada de ternura—. Tus ojos son tan azules, Ojos de Cielo. Ojos de Cielo… —repitió varias veces, como si fuera un mantra sagrado.

Hidhbodedut lo miró inquieto. ¿Quién sería esa Ojos de Cielo? Tal vez era una maga. Nunca había visto a un Amo tan enamorado.

Ojos de Fuego suspiró profundamente y apretó a fondo el acelerador. Las luces acababan de aparecer en el horizonte. Se estaban acercando a la ciudad.

CAPÍTULO 2
De regreso a la ciudad

De regreso…

Mi corazón era un tambor. Allí abajo estaban apareciendo las primeras luces de mi ciudad.

—De regreso… —musité.

La aventura que me había llevado a Polonia, la tierra de mis ancestros, y de allí a Chipre y a Turquía, había sido una de las más grandes de mi vida. Gracias a aquellos mensajes que me llegaban en sobres de colores llegué a la inquietante tierra de los maestros alquimistas, a los secretos “dergahs” de los derviches danzantes, a las colinas de las aldeanas sabias. A los territorios de las sirenas y a los misterios del fuego, recordé como en un sueño. Y en esas tierras lejanas entré en la Gran Conspiración Espiritual. De regreso, Ana, aquí estamos, me dije dándome coraje. De regreso con el corazón mareado de amor. Un apuesto guerrero, un bravo conspirador con quien jamás había intercambiado una palabra, me había atravesado el alma con una mirada tan ardiente que jamás pude olvidar. Tenía ojos de fuego. Como tampoco podía olvidar las palabras que Amir, el Maestro, había susurrado en mi oído…: “Ana, querida criatura, te entrego ahora tu nombre secreto. Desde hoy te llamas Ojos de Cielo. Ése es tu nombre iniciático. Volverás ahora a tu ciudad, allá ya está todo preparado, han sucedido muchas cosas y te espera un alto entrenamiento. Hasta pronto, futura Comando de Conciencia, por la Gran Obra Venceremos… El Reino será nuestro”.

—El Reino será nuestro… —susurró Ojos de Fuego—. La anunciada Rebelión de las Almas ya es imparable, y se ha desatado alrededor del mundo entero.

Sus ojos ardientes relampaguearon mirando furtivamente el mapa donde tenía que ubicar el primer Refugio de entrenamiento en esa ciudad a la cual llegó en misión, pero también por motivos muy personales. “Extremadamente personales”, pensó sonriendo para sí.

—¡Ah! Elfo, tienes razón, los Vientos del Cambio están cada vez más fuertes… —musitó el guerrero aspirando una fresca ráfaga de menta y de laurel—. Quien se cruce en sus coordenadas ya no podrá evitar sus efectos. No importa dónde esté, ni con quién, no importa cuán segura y cómoda sea su vida, su alma comenzará a rebelarse sin remedio. Se despertarán en él antiguos instintos. Olerá los aires sintiendo un rastro invisible, una sagrada huella. Y entonces, con un ansia irrefrenable, buscará cambiar, encontrar una salida, una vida diferente. Y allá lo estarán esperando nuestros amigos, los bravos Comandos de Conciencia, los cuadros de elite —dijo en un susurro subiendo el volumen de los antiguos cantos egipcios, un dulce regalo de su Maestro Amir. Y esos cantos extasiados le hicieron recordarla nuevamente—. Ojos de Cielo… — musitó conmovido— Ojos de Cielo…

—La encontrarás de nuevo —dijo Hidhbodedut agarrándose el sombrero para que no se le volara con el viento—. En el castillo, o tal vez en la fortaleza, atravesando el puente, quién sabe… Yo te ayudaré. Y por mis dones proféticos, mmmm, déjame ver —dijo el Elfo entrecerrando los ojos que se transformaron en dos líneas oblicuas—, sí, Amo, puedo anticiparte que te ofrecerá una copa de oro con el vino más delicioso que jamás hayas probado y que será en una noche de luna nueva. Y recuerda: cuando por fin ella esté en tus brazos, susurra en su oído tu poesía. Y envuélvela para siempre en tu encantamiento.

Ojos de Fuego sonrió a su fiel Elfo. Sí, iba a encontrarla, estaba seguro, aunque jamás hubiera cruzado una palabra con ella, sólo aquella interminable mirada de pasión y locura de amor en los desiertos de Turquía. Aceleró la marcha hasta que auto y corazón parecieron alcanzar la máxima velocidad. Quería llegar ya, buscarla, tomarla en sus brazos y llevársela con él, pero sabía muy bien que tenía que llegar el tiempo señalado. El tiempo, murmuró para sí, el misterioso tiempo, es la clave de la victoria. A veces conviene detenerlo, esperar, manejarlo con lentitud. Otras, acelerarlo, actuar con rapidez y extrema liviandad. Y hay que saber armar y desarmar situaciones, proyectos, conceptos, con la fuerza de los magos, y fijarlos con la seguridad de un emperador. El aprendizaje era largo y duraría toda la vida, lo sabía. Aun para él, que ya era un iniciado, un experto conspirador. Y también un aventurero que amaba vivir, un hombre que conoció amores apasionados, amores fugaces, amores que parecían permanentes y otros que querían serlo, recapituló Ojos de Fuego. Hasta que en aquella caravana en la que derviches, iniciados y principiantes cruzaban el desierto para encontrarse con el maestro Amir, aquella mirada azul le atravesó el alma para siempre. Los derviches danzantes también se lo confirmaron con sus dones proféticos: era para siempre.

Sus amigos, los derviches…

Recordó tantas caravanas del desierto compartidas con ellos. Las noches estrelladas. Los giros rituales que los embriagaron de Dios. Y ahora aquí estaba, en medio de una anónima gran ciudad. Estaba llegando allí en misión espiritual, sí, pero también para seguir a ese amor que lo había mareado tanto o más que las danzas sagradas.

—Cuando nuestras miradas se cruzaron, yo lo supe, Elfo, era la mujer de mi vida. Ella me miró mareada de sueños, bellísima. Caí rendido ante sus ojos azules. Ni siquiera intenté resistirme.

—Ni siquiera, Amo, estoy seguro —acotó el Elfo muy serio pensando para sí que sólo cuando un hombre se rinde de esta manera, el amor puede ser para siempre.

—Y por eso, cuando me encontré en medio de aquellos altos iniciados reunidos en la Caverna Sagrada, en la lejana Capadocia, rogué al Maestro que mi próximo destino en misión fuera donde sea que ella estuviera —recordó con una sonrisa.

—El Maestro Amir concedió tu pedido —confirmó el Elfo—. El alquimista tenía ya muchos años de experiencia en recorrer los caminos del corazón, sabía reconocer ese brillo en la mirada, esa ardiente obsesión. Hubiera sido cruel proponerte otro destino. E inútil. Estabas perdidamente enamorado. Sin embargo, te aclaró muy bien por qué te ha enviado aquí: “Harás el entrenamiento como lo hacen todos los conspiradores; en las grandes ciudades”, te dijo Amir —recordó el Elfo—, “aunque ya tengas tras de ti altas iniciaciones en el camino espiritual, este adiestramiento es diferente a todos los que has conocido”. Amir estuvo en lo cierto —susurró Hidhbodedut, sentado de nuevo sobre su hombro y muy cerca de su oreja—. Todos debemos ser entrenados para poder dar el salto quántico, Amo. Todos podemos saltar a otro estado de conciencia, como me lo aseguró Shémesh, el gran Kabalista —dijo el Elfo, orgulloso—. Iniciados y no iniciados, experimentados y novatos, místicos, alquimistas, todos, hasta los Elementales debemos pasar por este ejercicio espiritual que se realiza ahora en las ciudades. Y recibir las nuevas claves para conquistar el Reino. Ya sabes, así llaman los Kabalistas a la Nueva Tierra, a ese lugar que no es un lugar sino un elevado estado de conciencia.

—Así es, Hidhbodedut —dijo Ojos de Fuego palmeándole cariñosamente la pequeña espalda con el dedo índice—. Allá vamos. Amir nos lo explicó claramente en la Capadocia: el cambio ha llegado. El ascenso está disponible. El momento es ahora, hay una así llamada “fisura de la realidad”. La Matrix, el viejo sistema, está resquebrajándose con Los Vientos del Espíritu.

—Como las grandes ciudades están tan habitadas, y hay tantos seres que están a punto de dar el salto, se ha decidido construir los Refugios subterráneos allí, Amo. Cada vez más y más personas se están dando cuenta de que es posible vivir de otra manera, pero aún no saben cómo.

—El salto quántico de grandes proporciones es inminente —dijo Ojos de Fuego acelerando la marcha—. Y creo que ésta es la razón por la cual los Maestros decidieron contactar a tantos seres, por distintas vías. Este fuerte entrenamiento debe acelerar la evolución a velocidades inauditas.

—Así es, Amo. Y nos hace caminar por los hasta hace poco secretísimos caminos del Árbol de la Vida. Y nos abre a los todavía más secretos conocimientos que tienen los Kabalistas cristianos, hebreos y sufíes sobre el amor y la más alta felicidad —Hidhbodedut se agarró firmemente de la oreja de su amo. Allá adelante había aparecido una cerrada curva en el camino. Y ya sabía que Ojos de Fuego no pensaba ni remotamente disminuir la velocidad.

—Estoy ansioso por empezar, Elfo. Quiero conocer esas altas cumbres antes sólo reservadas a los grandes iniciados; me imagino que se trata de una felicidad total. Y quiero saber cómo es ese amor de alto voltaje sobre el que escuché hablar en la Caverna Sagrada —afirmó casi volando en el asfalto—. Los iniciados reunidos allí me anticiparon algo de lo que se revela en el Gran Entrenamiento, pues para los Kabalistas el amor humano es un tremendo misterio, hace siglos vienen investigándolo. El amor es un misterio, Elfo. Lo es. ¿No crees?

Ojos de Fuego se quedó en silencio mirando fijamente el horizonte. El Elfo lo miró inquieto, su amo parecía haberse perdido de nuevo en sus pensamientos.

—Ojos de Cielo, ya estoy llegando —dijo Ojos de Fuego en un murmullo—. Ojos de Cielo…

El Elfo meneó la cabeza cada vez más inquieto. Un guerrero enamorado era una gran preocupación para un Elfo. Cerró los ojos y ordenó al Viento volar rápidamente y entre sus ráfagas susurrar un mensaje de amor a aquella misteriosa Ojos de Cielo. ¿Sería ella una maga?, se preguntó nuevamente. Ya lo veremos. Lo veremos. Espero que la Gitana esté en la ciudad, necesitaré su ayuda.

—¿Dónde estás? —murmuró Ojos de Fuego con la voz quebrada por la emoción. El velocímetro alcanzó el máximo posible, la aguja tembló tratando de pasar el límite. Una nube de dulzura envolvió al guerrero fortificado por tantos desiertos y tantas batallas espirituales. Y sin embargo, tan turbado por ese sentimiento que jamás había conocido.

Hidhbodedut le rodeó el cuello con sus bracitos verdes. Una pequeña lágrima rodó por su mejilla. Se la enjugó rápidamente para no delatarse, los Elfos no resistían emociones tan fuertes.

—La encontraremos, Amo, te lo prometo —dijo aclarando la voz, muy serio. La encontraremos.

* * *

—Lo volveré a ver. Fue sólo un fugaz encuentro, sin palabras. No sé su nombre ni quién es, ni dónde vive, ni en qué lugar de la tierra se encuentra ahora, pero sé que lo volveré a ver —musité, sintiendo nuevamente el soplo del desierto envolviéndome en una oleada de amor. Y volví a aquella larga caravana de derviches y conspiradores con la que cruzamos las inquietantes estepas de la Anatolia. Y al instante en que nuestras miradas se cruzaron y nos quedamos sin aliento. Y a sus ojos de fuego. Ojos de Fuego… Ojos de Fuego —repetí hipnóticamente—. Ojos de Fuego, encendidos de pasión.

Una voz lejana anunció algo en el altoparlante.

Busqué mi pasaporte mientras, allá abajo, las luces de la gran ciudad titilaban enviándome guiños cómplices.

Todavía flotando en un dulce éxtasis, escuché la voz de la azafata confirmando el descenso.

De pronto recordé algo que el maestro Amir me había dicho en el instante de la despedida:

—Antes de llegar te entregarán el mapa para encontrar las puertas de los Refugios secretos. Los hemos ocultado bajo la superficie, en puntos estratégicos. Prepárate, conspiradora. Deberás encontrarlos allí, en tu propia ciudad. Hasta la vista, y que Dios te bendiga, Ojos de Cielo.

Revisé febrilmente mi pequeña mochila. Sí, allá estaba. No sé en qué momento ni dónde, en alguna de las escalas, tal como estaba previsto, alguien había deslizado en su interior un papiro prolijamente enrollado sin que me hubiera dado cuenta. Así procedía la Conspiración.

El avión comenzó a descender a toda velocidad y el vértigo del descenso me hizo recordar de nuevo aquel otro vértigo, cuando me hundí en sus ojos y toqué las estrellas. Y cuando rocé su mano y sentí este gusto a miel que sigo sintiendo, y este fuego que me quema por dentro todo el tiempo. “¿Dónde estás?”, suspiré mirando el inmenso laberinto de luces. “Caeré en tus brazos. Como sea… Pediré señales a los cielos, me guiaré con las estrellas, buscaré tus huellas. Como sea, Ojos de Fuego, te encontraré, como sea…”

* * *

Me senté en la mesa de siempre y pedí el café habitual. El que ritualmente tomaba cada vez que volvía de un viaje, en aquella conocida esquina de mi querida ciudad. Todo parecía estar igual, pero noté algo extraño en las miradas, las personas estaban como ausentes. Y sus gestos… sus gestos eran claramente robóticos, y la eterna preocupación estaba grabada más profundamente en los entrecejos. Y tal vez a causa de mi larga ausencia, ahora lo vi en toda su cruda realidad: tantas, pero tantas almas estaban desmesuradamente solas en la ciudad. Aunque los cines, los cafés, los restaurantes, los teatros, estuvieran llenos, casi desbordantes de espectadores, siempre estaba allí. Siempre presente: la terrible soledad. “¡Todos juntos acabaremos con ella!”, me prometí. “Una nueva Tierra está naciendo, y nacerá”, como había dicho el Maestro Amir. ¿Dónde estarían situados y en qué consistirían esos misteriosos Refugios?, me pregunté con curiosidad. Quiero entrar ya a esos sitios ultrasecretos construidos por la Gran Conspiración debajo de todas las metrópolis de la tierra. Quiero encontrarme cuanto antes con los rebeldes y los conspiradores de mi propia ciudad. Quiero saber dónde se esconden.

En mi viaje espiritual, los alquimistas me habían enseñado a percibir los mundos sutiles. Respiré profundamente, y cerré los ojos para sumergirme más en las almas, en los sentimientos de aquellos rostros anónimos que pasaban en una marcha interminable, delante de mí. Y entonces la sentí latir. Tuve que taparme la boca para no gritar: era una penetrante indiferencia, helada y monocorde. Y lo llenaba todo. Y como un virus, estaba empezando a borrar el amor, la amistad, la bondad. Comencé a temblar. Era como un vacío, un agujero negro que se tragaba el tiempo, la luz, los sueños, la libertad. Abrí los ojos rápidamente tratando de recuperar el aliento.

Sin embargo, las apariencias mostraban a los peatones caminando y centrados en sus mundos. Y parecía que todo estaba normal. A simple vista, allí realmente no pasaba nada demasiado extraño.

De pronto, las servilletas se volaron de la mesa y tuve que sostener firmemente la azucarera. De la nada, mi viejo café se llenó de vientos. Olían a rosas y a laurel, a cambios y a despertares. No necesité cerrar los ojos, sentí cómo me atravesaban hasta el alma las oleadas de cariño, de despreocupación, de lealtad. Un fresco olor a menta trajo una inexplicable oleada de alegría. Respiré extasiada, aquello era maravilloso.

—Pasan muchas cosas extrañas en la ciudad. ¿No crees? —dijo el mozo dejándome tranquilamente una humeante taza de café sobre la mesa—. Los Vientos están fatales.

—¿Conoces a los alquimistas? —le pregunté como al pasar. Tal vez fuera uno de los nuestros, pero no obtuve respuesta, había desaparecido. Como los vientos, que de pronto se habían calmado por completo. Saqué de mi mochila el papiro y lo dejé enrollado sobre la mesa. Recordé con dulzura algunas escenas de mi viaje, la misteriosa Varsovia, Chipre, las aldeanas, Capadocia. Había aprendido tanto sobre la alquimia, las oraciones, los milagros. Hasta había conocido verdaderas hadas y seductoras sirenas peinando sus cabellos de colores a orillas del lejano Bósforo en Estambul. Había sido una larga y romántica aventura espiritual en tierras lejanas. Pero ahora… ¿por dónde empezar?

El mozo me sonrió enigmáticamente desde el lejano mostrador.

Miré fijo el papiro. Lo abriría luego de tomar el café. Pero justo en ese momento todo comenzó a temblar. La taza de café tintineó sobre el platito y éste golpeó rítmicamente la mesa. Las baldosas del piso vibraron como si se estuviera acercando un terremoto o hubieran sido empujadas por quién sabe qué fuerza volcánica. Nadie se alteró a mi alrededor. Contuve la respiración, el temblor siguió.

—Por la Gran Obra venceremos, Compañera. Bienvenida a la Gran Ciudad. Y calma. La luz está en su máxima intensidad —susurró el mozo repentinamente cerca de mi oído—. Debes saber que estamos muy fuertes —dijo orgulloso.

—¡Por la Gran Obra venceremos! —contesté aliviada con la contraseña. Era uno de los nuestros—. Por favor. Dime qué está pasando aquí. ¿Acaso hay un temblor en la ciudad? —pregunté agarrándome de su brazo y tiritando de miedo. Aquí nunca hubo movimientos telúricos.

—Tranquila, tranquila —susurró—. Ya pasó. Puedes tomar tu café, criatura —dijo protector—. ¿No lo sabes? Los entrenamientos hacen trepidar las viejas estructuras. Los cambios son tan poderosos que sacuden el piso del viejo sistema de valores. Ya no se puede pararlos. ¿No crees?

—¿Pero por qué nadie parece darse cuenta?

—Están tomados por la “I. S” —dijo encogiéndose de hombros sin darme más explicaciones—. Tú haz también como si no estuviera pasando nada. Por ahora, hasta que estés entrenada. Te conviene, yo sé lo que te digo, no te delates, recuerda que los conspiradores siempre estamos vigilados. Ahora vayamos a lo nuestro —dijo mirando hacia los costados e inclinándose sobre la mesa que seguía temblando como una hoja al viento—. Escucha bien, debo pasarte la información. Ábrelo ya. ¡Ábrelo! —señaló enérgicamente mi Mapa todavía enrollado sobre la mesa.

Desplegué el papiro. Un deslumbrante mapa de todos los colores se extendía delante de mí lleno de misterios. Parecía un árbol.

—Lee al pie. Léelo —susurró el mozo mirando hacia los costados ahora visiblemente nervioso.

La Conspiración pone en tus manos el “Árbol de la Vida”. Es un Mapa para encontrar los nueve Refugios de entrenamiento que se encuentran exactamente debajo del territorio de lo obvio. Es una guía para dar el salto quántico. Para ascender y vivir en un elevado estado de conciencia.

Es un circuito mágico para conquistar la nueva realidad. Para saber amar. Para fortalecer tus fuerzas y librarte de tus debilidades. Para restaurar tu equilibrio rápidamente ante cualquier eventualidad.

Quienes por cualquier vía reciban este código estarán bajo nuestra total protección. Y pertenecerán como nosotros a la Gran Conspiración.

Búscanos, estamos refugiados en los niveles profundos. Y desde lo profundo se puede acceder al alma.

Por la Gran Obra venceremos. La Tormenta Espiritual ha comenzado. ¡El Reino será nuestro!

Los Maestros Kabalistas

Cerré los ojos y apreté el Mapa contra mi pecho. Reconocía esas consignas. Éste era un auténtico tesoro espiritual.

—Enróllalo. Rápido. Luego lo estudiarás con detenimiento. Ahora debo darte la información básica para moverte en la ciudad —dijo acercándose más a mi oído—. El Reino está a punto de ser coronado con el espíritu. Debemos participar todos para lograr la victoria final, dar el Gran Salto. La Caravana de Maestros avanza en silencio, los encontrarás en algún sendero del Árbol de la Vida. Cuídate de las Milicias de los Corazones Crueles y escúchame bien: jamás bajes tu nivel de conciencia.

Un nuevo “temblor”, pero esta vez más fuerte, volvió a sacudir la taza sobre el platito, y una ráfaga huracanada entró en el café haciendo volar no sólo las servilletas, sino algunos manteles. Las tazas cayeron con estrépito sobre el piso y las cucharitas volaron por los aires. Nadie pareció inmutarse. Los clientes del café conversaban despreocupados y afuera, entre las ráfagas, los transeúntes seguían caminando como si nada estuviera pasando. Allá iban, agarrados, firmemente agarrados a su pequeño mundo, pegados a sus baldosas, mirando el piso.

—¿Nadie se da cuenta de lo que está pasando aquí? —grité, a pesar de las advertencias de guardar silencio. Me levanté indignada atropellándome con la mesa y tirándola al piso. Miré alrededor, nadie se había alterado. Esa indiferencia generalizada, esos elegantes clientes de rostros gélidos e inmutables—. ¿No sienten este viento huracanado? ¿Nadie tiembla con este temblor? —grité cada vez más enojada.

Me miraron sin verme, sonrieron despectivos y siguieron tomando su café.

—Shhh —susurró el conspirador tomándome del brazo y arrastrándome rápido detrás del mostrador—. Tranquilízate o estaremos perdidos. Las noticias están en los diarios. La Tierra ha comenzado a dar las señales de que algo no anda bien, el calentamiento global es un hecho, no una fantasía. Pero nada se ha dicho oficialmente acerca de los Vientos del Cambio que traen en sus ráfagas una oleada de amor y conciencia de proporciones inimaginables. Todos los sienten, pero muchos prefieren ignorarlos. Porque no quieren cambiar, y el cambio ya es irreversible. ¿Comprendes?

Asentí, temblando todavía de indignación ante tanta indiferencia.

—Esta poderosa etapa anunciada por todas las profecías, y que ya ha llegado, es considerada crucial en todo el universo. Una parte de la humanidad está ascendiendo, entrando a otro nivel de conciencia, y la otra se resiste, conspiradora.

—Entiendo…— dije con un hilo de voz.

—No hagas alardes. Te aconsejo hablar lo menos posible. Maneja bien tu tiempo. Cuida tus estados de ánimo. Busca el primer Refugio: el Gran Entrenamiento comienza con la Humildad. Los Comandos intervendrán si tienes algún inconveniente.

—¿Los Comandos?

—Shhhh. No hables tan fuerte.

Y acercándose sigilosamente a mí, el conspirador deslizó en mi oído:

—La “I. S” no triunfará. ¡Debemos tomar posesión del Reino! Hay que salir de la neutralidad, volver a la pasión y a la acción. Ya no alcanza con ser buenos y meditar. Es necesario tomar partido y jugarnos por lo nuestro. Todos tenemos que participar en la coronación del Reino.

—¿Pero qué es la “I. S”? —aventuré casi sin voz.

—La “Indiferencia Suprema” —dijo clavándome una mirada metálica—. Muchos, muchísimos, están tomados por ella. Creo que ahora vas comprendiendo que es urgente ascender a un nivel elevado de conciencia y sostenernos allí, ¿verdad? Y debo decirte algo más, y es muy importante, escucha bien: quienes logramos atravesar todas las pruebas del entrenamiento conocemos por fin una especial felicidad. Una nueva felicidad que nada ni nadie podrá quitarnos —dijo con una mirada resplandeciente que yo jamás olvidaría—. Una felicidad que nos libera de todos los pesos y nos da liviandad —agregó iluminándose más y más con una intensa luz que parecía provenir de su interior—. ¿Quieres conocerla?

Asentí hipnotizada, mirándolo brillar. Nunca había visto nada igual.

—Toma el subterráneo y bájate en la plaza principal —susurró en mi oído—. Ya sabes, allí donde se yergue aquel alto edificio de cristal, el más alto y el más elegante de la ciudad, situado en el corazón mismo del Centro Financiero. Ése es nuestro primer Refugio. No te descuides, habrá interferencias, trata de llegar hasta allí como sea, suerte, y que Dios te bendiga —dijo dulcemente dejándome salir detrás del mostrador—. ¡El Reino será nuestro!

Sonrió y, guiñándome un ojo, envuelto en luz, se dio vuelta y fue a atender a la clientela.

Salí a la calle todavía deslumbrada por ese inexplicable resplandor. Felicidad… Había pedido ese don a los alquimistas y creí que me había sido otorgado. Y entonces volví a escuchar al Maestro en la Caverna Sagrada:

—Criatura. La felicidad a la que los iniciados llaman Gracia es un don interminable. Siempre puede ser mayor. Y crece, crece y crece, a medida que ascendemos en conciencia. Y se transforma en iluminación.

CAPÍTULO 3
Las Mareas

Me sumergí en la marea humana caminando junto con los miles de transeúntes, dándome coraje. Yo ya tenía experiencia en grandes aventuras en tierras lejanas y, después de todo, ahora estaba en mi ciudad. Conocía muy bien todas sus calles, sabía cómo llegar a ese edificio.

La primera estrella anunció el ocaso; pronto vendría la noche. Estaba tranquila, pero sentí que algo indefinido y muy inquietante enrarecía el aire. Como si una extraña nube flotara suspendida sobre la ciudad. Avancé caminando al mismo ritmo de los demás transeúntes, que parecían no verme. Pero, por las dudas, apuré el paso. Miré los rascacielos recortados en el cielo naranja del atardecer.

—El Refugio está abajo, muy abajo, en un profundo nivel de conciencia… —susurró alguien que pasó fugazmente a mi lado.

La sorpresa no me dejó reaccionar. Cuando traté de ver de dónde provenía la voz, ya había desaparecido. Pero alcancé a vislumbrar una silueta fugaz alejándose entre la muchedumbre, parecía estar vestido con una larga túnica negra, y un extraño sombrero de copa.

Mientras tanto los oficinistas se retiraban en olas compactas y uniformes, derecho a sus casas, sin mirar hacia ningún otro lado que no fuera el próximo día. Por si acaso. “¿Alguien más que yo y el señor del sombrero de copa sabrá lo que está pasando aquí?”, me pregunté inquieta.

Traté de encontrar una mirada, una sonrisa cómplice. Pero nadie estaba allí, todos parecían haberse perdido en sus pensamientos.

Caminaban como autoimpulsados, siguiendo alguna orden invisible que obligaba a todos a hacer lo mismo. Pero no juntos. Porque no se hablaban ni se miraban. Y de pronto me sentí sola, tan sola. Caminé y caminé y caminé siguiendo los pasos de esa muchedumbre formada por solitarios que se movía en masa en dirección al subte. Y de pronto me sentí sola, tan sola… Bajé con aquella marea humana por los interminables escalones que se internaron en los subsuelos hasta llegar casi al centro de la Tierra. Saqué mecánicamente el boleto, lo introduje en la ranura, avancé con la marea, las puertas del subterráneo se cerraron. Y se abrieron y se cerraron y se abrieron. Y nadie se miraba. Y las puertas se abrieron, y se cerraron. Bajé en la estación del Centro Financiero y caminé desorientada por el andén, todo era gris, muy gris, y me sentí cada vez más triste. Y más sola. Entonces, una ola de profundo desamparo se me infiltró hasta los huesos, hundiéndome en un abismo de vacío, de nada, de ausencia de mí misma. La escalera mecánica era tan mecánica y todos miraban el piso. Intenté acordarme de mi amor, Ojos de Fuego. Pero lo sentí tan lejos. ¿Habría existido de verdad? ¿Sería tan importante en mi vida? Subí y subí, y una vez en la calle me dejé llevar sin resistencia por la marea humana que iba hacia alguna parte, alguna parte. Estaba cada vez más perdida y entonces, mareada, cada vez más mareada, me dejé llevar por la corriente, que se volvió espesa, muy espesa, y me fue envolviendo y envolviendo y envolviendo, hasta borrar en mí todo vestigio de las maravillas que había vivido en mi viaje. “Después de todo, todo da igual…”, murmuraba la muchedumbre. “Después de todo, para qué pensar…”

“Para qué pensar…”, repetí maquinalmente. La multitud murmuraba, y yo con ella olvidándome de todos mis recursos espirituales, de mi fuego, de mi rebeldía. El mundo se volvió gris, gris, gris… Despuésdetodotalvezdespuésdetodoesmásseguroquedarseenlasituaciónes que ya conocemosparaquéeeeecambiiiiiaaaaaaar… Me disolví en aquella blanda marea que murmuraba y cavilaba, murmuraba y cavilaba y la ciudad entera comenzó a girar a mi alrededor como un carrousel de cemento. Traté de reaccionar, pero ya no podía volver a mí. Y de pronto me encontré envuelta en una espesa nube gris plomo. Y vi que la nube nos había envuelto a todos, y todos formábamos parte de una multitud uniforme que caminaba hacia adelante, y todos los seres eran seres sin rostro, sin ojos, sin expresión. Y entonces algunos de ellos me encerraron en un círculo cerrado, muy cerrado. Y me tomaron en sus brazos y me arrastraron hacia algún lugar. Y me arrastraron, y me arrastraron.

—¡En el nombre de Dios despiértate! San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. ¡Sé nuestro amparo contra el enemigo! —gritó alguien con voz potente.

—Salve, Arcángel Miguel. Altísimo Príncipe de los Cielos… Ampáranos. Protector de los luchadores solitarios, ¡socórrenos! ¡Socórrenos! ¡Socórrenos! —la conmovedora letanía retumbó en los cielos de la ciudad.*

—¡¡¡Agárrate fuerte de nosotros!!! Ya mismo —ordenaron a coro unas voces salvadoras—. Conspiradora… ¡Despierta! ¡No te dejes hipnotizar!

Sentí que ya no podría reconocer quién era ni sabía qué estaba haciendo en esa gran ciudad, que sin embargo era la mía…

—¡Confía en nosotros, no te sueltes por nada del mundo! —gritó alguien detrás de mí tomándome por la cintura y sujetándome por la espalda. Y entonces varias manos aparecieron de la nada al mismo tiempo y tirando con fuerza lograron arrastrarme fuera del círculo—. Rápido, avancemos, el Refugio está muy cerca —dijeron rodeándome protectores.

—¡Una baja en el nivel de conciencia! —gritó otro comunicándose rápidamente con su celular—. Alerta rojo. Comandos. ¡Ataque astral!

La fuerte ola de negatividad que detectamos esta tarde ya hizo de las suyas, compañeros. Y los seres muy sensibles son los primeros en caer si no están atentos. Las mareas psíquicas están fatales. Patrullen los alrededores para detectar más casos y manden efectivos ya mismo —ordenó con voz muy firme—. La atacada tiene signos de tristeza, inercia, debilidad y comienzo de indiferencia —y dio la posición exacta, lugar y hora del suceso.

—Allá van. Son ellos —dijo otra voz—. Esos sin rostro que huyen deslizándose sinuosos entre los transeúntes. Son los Depredadores que siempre navegan en las bajas frecuencias vibratorias, y han perdido a su presa. Creían que ya estaba lista, no nos vieron venir.

Al minuto llegaron más refuerzos y sentí un círculo de seres que emanaban una potente energía y me envolvían en un cerrado abrazo de protección.

—¡Apliquemos el tratamiento de emergencia! —gritó el que parecía dirigir el grupo tomándome el pulso—. La vitalidad está muy baja. ¡El Salmo dieciocho!

Casi desvanecida, sostenida firmemente por aquellos seres que habían aparecido de la nada, sentí un tibio arrullo. Era una oración que parecía venir de muy lejos y me daba fuerza, mucha fuerza:

Yo te amo, Señor, mi fortaleza.

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