El viento por la cerradura (Una novela de la Torre oscura)

Stephen King

Fragmento

Ahora: Sandy

UNO

Durante los días posteriores a dejar el Palacio Verde que a la postre resultó no ser Oz —pero que ahora era la tumba del indeseable individuo que el ka-tet de Roland había conocido con el nombre de señor Tic-Tac—, el chico, Jake, empezó a distanciarse, abriendo cada vez más hueco por delante de Roland, Eddie y Susannah.

—¿No te preocupa que ande por ahí solo? —preguntó Susannah a Roland.

—Acho va con él —dijo Eddie, aludiendo al bilibrambo que había adoptado a Jake como su amigo especial—. El señor Acho hace buenas migas con la gente simpática, pero tiene una boca llena de dientes afilados reservada para los que se portan mal, como pudo descubrir ese tal Chirlas para su desgracia.

—Jake también lleva la pistola de su padre —les recordó Roland—. Y sabe usarla. Eso lo sabe muy bien. Además, no abandonará el Camino del Haz. —Apuntó hacia arriba con la mano mutilada. El cielo, a baja altura, permanecía esencialmente en calma, pero un solitario corredor de nubes se movía a un ritmo constante hacia el sudeste. Hacia la tierra de Tronido, si no mentía la nota que les había dejado el hombre que firmaba como RF.

Hacia la Torre Oscura.

—Pero ¿por qué…? —empezó a inquirir Susannah, y entonces su silla de ruedas chocó contra un montículo. Se giró hacia Eddie—. Fíjate bien por dónde me llevas, encanto.

—Perdón —se disculpó Eddie—. El Departamento de Obras Públicas ha descuidado últimamente las tareas de mantenimiento en este tramo de autopista. Debe de ser por los recortes presupuestarios.

No se trataba de una autopista, pero era una carretera… o lo fue otrora: dos surcos fantasmales con alguna esporádica cabaña ruinosa que jalonaba el camino. Esa misma mañana habían pasado por delante de un almacén abandonado con un letrero apenas legible: COMPAÑÍA MERCANTIL DE LAS TIERRAS EXTERIORES TOOK. Habían registrado el interior en busca de provisiones —Jake y Acho aún los acompañaban en ese momento— sin encontrar nada salvo polvo, viejas telarañas y el esqueleto de lo que podría haber sido un mapache de gran tamaño, un perro pequeño o un bilibrambo. Acho lo olfateó de forma somera y orinó sobre los huesos antes de salir del almacén y sentarse en el montículo en el centro de la vieja carretera, con el garabato de su cola enroscada a su alrededor. Miraba en la dirección por la que habían venido, olfateando el aire.

Roland había observado al brambo hacer esto varias veces en los últimos días, y aunque nada dijo, ponderaba sobre ello. ¿Acaso alguien les seguía la pista? No lo creía realmente, pero la postura del brambo —la nariz levantada, las orejas aguzadas, la cola enroscada— le traía a la memoria algún viejo recuerdo o asociación que no era capaz de definir del todo.

—¿Por qué querrá Jake estar solo? —preguntó Susannah.

—¿Lo encuentras molesto, Susannah de Nueva York? —preguntó a su vez Roland.

—Sí, Roland de Gilead. Lo encuentro molesto. —Sonrió con afabilidad, pero en sus ojos centelleó aquella antigua malevolencia. Era la parte de su interior perteneciente a Detta Walker, imaginaba Roland. Nunca se iría completamente, pero él no lo lamentaba. Si la extraña mujer que había sido en otro tiempo no continuara enterrada en su mente como una esquirla de hielo, ella tan solo sería una bonita mujer negra sin piernas por debajo de las rodillas. Con Detta a bordo, se convertía en una persona a tomar muy en consideración. Una persona peligrosa. Una pistolera.

—Tiene un montón de cosas en las que pensar —comentó Eddie en voz baja—. Ha pasado por mucho. No todos los niños vuelven de la muerte. Y es como dice Roland: si alguien intenta hacerle frente, ese alguien tiene todas las papeletas para salir escaldado. —Eddie dejó de empujar la silla de ruedas, se enjugó el sudor de la frente con el brazo, y miró al pistolero—. ¿Queda algún alguien en este particular suburbio de ninguna parte, Roland? ¿O se han ido todos?

—Oh, pondero yo que quedan unos cuantos.

De hecho, podía atestiguarlo; habían sido acechados en varias ocasiones mientras seguían el curso del Camino del Haz. Una vez por una mujer asustada que rodeaba con los brazos a dos niños y que transportaba un bebé en un cabestrillo alrededor del cuello. En otra ocasión por un granjero, un viejo medio mutaye con un tentáculo tembloroso que le pendía de un ángulo de la boca. Eddie y Susannah no habían advertido a ninguna de estas personas ni presentido a las otras que a Roland le constaba que, desde la seguridad de los bosques y la hierba alta, vigilaban su avance. Eddie y Susannah tenían mucho que aprender. 

No obstante, al parecer habían aprendido al menos algunas de las lecciones que necesitarían, porque Eddie preguntó ahora:

—¿Son los que Acho no deja de olisquear detrás de nosotros?

—No lo sé. —Roland pensó en añadir que intuía que a Acho le rondaba algo más por su extraña cabecita de brambo, pero decidió callar. El pistolero había pasado largos años sin un ka-tet, y reservarse para sí su propio consejo se había convertido en un hábito. Uno que debería romper si quería que el tet se mantuviera fuerte. Sin embargo, no era el momento, no esa mañana—. Sigamos adelante —sugirió—. Estoy seguro de que encontraremos a Jake esperándonos. 

DOS

Dos horas más tarde, al rayar el mediodía, coronaron una elevación y se detuvieron a contemplar un río ancho que discurría lentamente, gris como peltre bajo el cielo nublado. En la ribera noroeste —donde estaban ellos— se alzaba un edificio similar a un granero pintado de un verde tan brillante que daba la impresión de estar chillando al día mudo. Su boca sobresalía por encima del agua apoyada en pilares teñidos de un color similar. Amarrada a dos de estos pilares con gruesos calabrotes había una balsa enorme que fácilmente mediría más de veinticinco por veinticinco metros. Estaba pintada con rayas alternas de color rojo y amarillo. Un poste alto de madera que recordaba un mástil se elevaba en el centro, pero no se veía rastro alguno de velas. Había varias sillas de mimbre colocadas delante, de cara a la orilla en su lado del río. Jake estaba sentado en una de ellas. A su lado se encontraba un anciano con un gigantesco sombrero de paja, pantalones verdes anchos y botas altas. De cintura para arriba vestía una fina prenda de color blanco, la clase de camisola que Roland identificaba como una slinkum. Jake y el anciano parecían estar comiendo popkins bien rellenos. A Roland se le hizo la boca agua solo con verlos.

Detrás de ellos, en el borde de la balsa de los colores circenses, Acho contemplaba embelesado su propio reflejo en el agua. O tal vez le intrigara el reflejo del cable de acero que corría por encima de un lado a otro del río.

—¿Es el río Whye? —preguntó Susannah a Roland.

—Ajá.

Eddie sonrió burlonamente.

—Tú dices Whye; yo digo «Guay, ¿no?». —Levantó una mano y la agitó por encima de la cabeza—. ¡Jake! ¡Eh, Jake! ¡Acho!

Jake le devolvió el saludo, y aunque el río y la balsa amarrada aún distaban casi un kilómetro, los ojos de todos ellos poseían una agudeza uniforme, y vislumbraron el blanco de la dentadura del muchacho cuando este sonrió.

Susannah ahuecó las manos alrededor de la boca.

—¡Acho! ¡Acho! ¡A mí, precioso! ¡Ven con mamá!

Profiriendo estridentes gañidos que eran lo más cercano a un ladrido que conseguía articular, Acho cruzó volando la balsa, desapareció en la estructura similar a un granero y emergió por el lado más próximo a ellos. Se lanzó por el camino a toda velocidad, con las orejas pegadas al cráneo y brillantes los ojos engastados de oro.

—¡Frena, precioso, o sufrirás un ataque al corazón! —exclamó Susannah entre risas.

Acho pareció interpretar esto como una orden para acelerar. Tardó menos de dos minutos en llegar hasta la silla de Susannah, saltó a su regazo y luego de vuelta al suelo, donde se quedó mirándolos alegremente.

—¡Olan! ¡Ed! ¡Suze!

—Salve, sir Throcken —saludó Roland, empleando el término arcaico para brambo que oyera por primera vez de un libro que le leía su madre: El throcken y el dragón.

Acho levantó la pata, desarraigó un trozo de hierba y luego se volvió de cara hacia el camino por el que habían venido, olfateando el aire, los ojos oteando fijamente el horizonte.

—¿Por qué no deja de hacer eso, Roland? —preguntó Eddie.

—No lo sé. —Pero casi lo sabía. ¿Se trataba de algún viejo relato del estilo de El throcken y el dragón aunque no ese en concreto? Roland así lo creía. Durante un instante visualizó unos ojos verdes, al acecho en la oscuridad, y sintió un leve escalofrío, no exactamente de temor (aunque podría ser en parte), sino de remembranza. Entonces se esfumó.

«Habrá agua si Dios quiere», pensó, y solo notó que lo había pronunciado en voz alta por la expresión de sorpresa de Eddie.

—¿Qué?

—No importa —repuso Roland—. Tengamos parlamento con el nuevo amigo de Jake, ¿os parece? Tal vez le queden uno o dos popkins de sobra.

A Eddie, harto de la correosa comida que llamaban burritos de pistolero, se le iluminó el rostro de inmediato.

—Coño, sí. —Y tras echar un vistazo a un reloj imaginario en su bronceada muñeca, dijo—: Por Dios, veo que ya son las engullir en punto.

—Cállate y empuja, cariño —le ordenó Susannah.

Eddie se calló y empujó.

TRES

El anciano estaba sentado cuando entraron en el cobertizo del embarcadero, de pie cuando salieron por el lado del río. Vio las armas que Roland y Eddie portaban —los grandes hierros con las culatas de sándalo—, y se le agrandaron los ojos. Cayó sobre una rodilla. El día estaba en calma y Roland verdaderamente oyó cómo le crujían los huesos.

—Salve, pistolero —dijo, y se llevó un puño hinchado por la artritis al centro de la frente—. Yo os saludo.

—Levanta, amigo —respondió Roland, con la esperanza de que el anciano fuese un amigo. Jake parecía creerlo así, y Roland había llegado a confiar en el instinto del chico. Sin mencionar al bilibrambo—. Levanta, sea.

El anciano pasó por unos momentos de apuro al intentar ponerse en pie, de modo que Eddie subió a bordo y le tendió un brazo.

—Gracias, hijo, gracias. ¿Y usté qué? ¿Sos un pistolero también, o un aprendiz?

Eddie miró a Roland. Roland no le aportó nada, así que Eddie se volvió de nuevo hacia el anciano, se encogió de hombros, y sonrió.

—Un poco de las dos cosas, supongo. Soy Eddie Dean, de Nueva York. Esta es mi esposa, Susannah. Y este es Roland Deschain. De Gilead.

Los ojos del barquero se abrieron aún más.

—¿Gilead que fue? ¿Lo decís de cierto?

—Gilead que fue —confirmó Roland, y sintió que un desacostumbrado pesar se elevaba desde el fondo de su corazón. El tiempo era un rostro en el agua, y como el gran río ante ellos, no hacía sino fluir.

—Subíos a bordo, pues. Y bienvenidos seáis. Este hombrecito y yo nos hemos hecho amigos muy rápido, sí señor. —Acho saltó a la gran balsa y el anciano se agachó a acariciar la cabeza erguida del brambo—. Igual que nosotros, ¿eh, compañero? ¿Os acordáis de cómo me llamo?

—¡Bix! —respondió Acho con prontitud, y acto seguido se volvió hacia el noroeste y levantó el hocico. Los ojos orlados de oro miraban embelesados la columna móvil de nubes que marcaba el Camino del Haz.

CUATRO

—¿Comeríais algo? —les preguntó Bix—. Lo que tengo es poco y duro, pero sea como fuere, me agradará compartirlo.

—Con nuestra gratitud —dijo Susannah. Miró el cable que cruzaba el río en diagonal—. Esto es un ferry, ¿verdad?

A esto respondió Jake.

—Sí. Bix me ha dicho que hay gente en el otro lado. No están cerca, pero tampoco lejos. Cree que son agricultores de arroz, pero no vienen mucho por aquí.

Bix desembarcó de la enorme balsa y entró en el cobertizo. Eddie esperó hasta que oyó al anciano rebuscar y entonces se inclinó hacia Jake e inquirió en voz baja:

—¿Es un tío legal?

—Sí —afirmó Jake—. Está contento de tener a gente que cruzar. Dice que han pasado años.

—Me lo puedo imaginar —asintió Eddie.

Bix reapareció con una cesta de mimbre, que Roland le quitó de las manos, o de lo contrario el anciano podría haber caído al agua. Pronto todos estuvieron sentados en las sillas de mimbre, masticando popkins rellenos con algún tipo de pescado rosáceo. Estaba sazonado y poseía un sabor delicioso.

—Comed cuanto gustéis —invitó Bix—. El río está lleno de peces crestudos, y bien encauzados que están la mayoría. Aquí en las Baronías Exteriores, casi todas las cosas nacen ya como debe ser. Los mutayes los devuelvo al río. En otra época nos ordenaron que tirásemos la estirpe mala a la orilla para que no criasen más, y eso hice una temporada, pero ahora… —Se encogió de hombros—. Vive y deja vivir, es lo que yo digo. Y como yo mismo he vivido mucho, me siento con derecho a decirlo.

—¿Cuántos años tiene usted? —le preguntó Jake.

—Cumplí los ciento veinte ya hace algún tiempo, pero desde entonces he perdido la cuenta, así de cierto. El tiempo es corto a este lado de la puerta, ¿no os consta?

«A este lado de la puerta.» El recuerdo de alguna historia antigua volvió a zarandear a Roland y desapareció al instante.

—¿Vais siguiendo… eso? —Señaló con un dedo retorcido a la cinta móvil de nubes en el cielo.

—Así es.

—¿Hacia los Callas? ¿O más allá?

—Más allá.

—¿Hacia la gran oscuridad? —La idea turbó y fascinó a Bix al mismo tiempo.

—Seguimos nuestro camino —dijo Roland—. ¿Qué peaje nos cobrarías por cruzarnos al otro lado, sai barquero?

Bix soltó una risa. Fue un sonido cascado y alegre.

—El dinero no vale nada cuando no hay para gastarlo, no tenéis ganado, y está claro como el agua que no vus sobra la comida. Y siempre pudiereis avasallarme y obligarme a cruzaros.

—Jamás —declaró Susannah, conmocionada.

—Lo sé —repuso Bix, moviendo una mano en su dirección—. Los devastadores, tal vez (y después para colmo me quemarían el ferry en cuanto llegaren al otro lado), pero verdaderos hombres de la pistola, jamás. Y las mujeres tampoco, supongo. No parece que vayáis armada, señora, pero con las mujeres uno nunca puede fiarse.

Susannah sonrió fríamente en respuesta y no dijo nada.

Bix se volvió hacia Roland.

—Venís de Lud, figúrome yo. Me gustaría que me hablaseis de cómo andan las cosas por allá, pues era una ciudad maravillosa, de cierto es. Ya se caía a cachos cuando la visité, y las cosas se fueron poniendo cada vez más raras, pero todavía estaba llena de prodigios.

Los cuatro intercambiaron una mirada que era completamente an-tet, esa telepatía característica que ellos compartían. Era una mirada, además, ensombrecida por el shume, el término antiguo de Mundo Medio que puede significar vergüenza, pero que también significa aflicción.

—¿Qué? —se alarmó Bix—. ¿Qué he dicho? Si vus he pedido algo que no pudiereis concederme, imploro vuestro perdón.

—En absoluto —dijo Roland—, pero Lud…

—Lud es polvo en el viento —completó Susannah.

—Bueno —intervino Eddie—, no exactamente polvo.

—Cenizas —dijo Jake—. De la clase que brilla en la oscuridad.

Bix rumió esta información y a continuación asintió lentamente con la cabeza.

—De todas formas, me gustaría escuchar lo que pasó, o tanto como os dé tiempo a contarme en una hora. Es lo que se tarda en cruzar.

CINCO

El barquero se envaró cuando se ofrecieron a ayudarle con los preparativos. Ese era su trabajo, indicó, y aún podía hacerlo, aunque no tan rápido como en otro tiempo, cuando había granjas y unos cuantos puestos de mercadeo a ambos lados del río.

En cualquier caso, no había mucho que hacer. Entró en el cobertizo y trajo dos objetos: un taburete y un cáncamo grande de fustaferro. Utilizó el primero para subirse a acoplar el tornillo a lo alto del poste, y luego enganchó el perno al cable. Volvió a guardar el taburete en el edificio y regresó con una manivela grande de metal con forma de Z. La depositó con cierta ceremonia junto a una cubierta de madera en el extremo más alejado de la balsa.

—Que nadie le dé una patada y la tire por la borda, o jamás podré volver a casa —avisó.

Roland se puso en cuclillas para estudiarlo. Con un gesto indicó a Eddie y a Jake que se acercaran. Señaló las palabras grabadas en el trazo largo de la Z.

—¿Dice lo que yo creo que dice?

—Sí —confirmó Eddie—. North Central Positronics. Nuestros viejos camaradas.

—¿Cuándo consiguió eso, Bix? —preguntó Susannah.

—Si tuviera que hacer cábalas… hace noventa años o más. Hay un lugar bajo tierra por allá. —Apuntó vagamente en dirección al Palacio Verde—. Se extiende por kilómetros y está lleno de cosas que pertenecieron al Pueblo Antiguo, todo en un estado de conservación perfecto. Todavía suena una música rara en el techo, una música como jamás habríais oído. Te estruja la mollera, así de rara es. Y no te atrevas a quedarte allí mucho rato, que te saldrán llagas por todas partes y te pondrás a vomitar y se te caerán los dientes. Yo fui una vez. Nunca más. Por un tiempo creí que me iba a morir.

—¿Perdiste también pelo además de los piños? —preguntó Eddie.

Bix puso cara de sorpresa y asintió.

—Ajá, una miaja, pero volvió a crecerme. Esa palanca, se hizo de cero, ¿sabes?

Eddie meditó esto por unos instantes. Por supuesto que se hizo desde cero, era un objeto inanimado, no se reproducía. Entonces comprendió que el anciano estaba diciendo acero.

—¿Estamos listos? —les preguntó Bix. Le brillaban los ojos casi tanto como a Acho—. ¿Zarpamos?

Eddie se enderezó bruscamente y ejecutó un seco saludo militar.

—Capitán, sí, mi capitán. Hacia la Isla del Tesoro que nos vamos, arr.

—Ven a ayudarme con estos cabos, Roland de Gilead, si ten a bien.

Roland acudió, y gustosamente.

SEIS

La balsa se movía despacio a lo largo del cable en diagonal, impulsada por la lenta corriente del río. Los peces saltaban en derredor mientras el ka-tet de Roland, por turnos, le narraba al anciano la historia de la ciudad de Lud y lo que allí les aconteció. Acho observó los peces con interés durante un rato, plantadas las zarpas en el borde corriente arriba de la balsa. Después volvió a sentarse de cara al camino por el que habían venido, levantado el hocico.

Bix gruñó cuando le contaron cómo habían huido de la ciudad condenada.

—Blaine el Mono, decís. Me acuerdo. Un tren de primera. Había otro, también, aunque no me acuerdo del nombre…

—Patricia —dijo Susannah.

—Ea, ese era. Bonitas paredes de cristal que tenía ella. ¿Y decís que la ciudad entera ya no existe?

—Muerta del todo —confirmó Jake.

Bix agachó la cabeza.

—Es triste.

—Lo es —asintió Susannah, que le tomó la mano y le dio un ligero y breve apretón—. Mundo Medio es un lugar triste, pero también puede ser muy hermoso.

Callaron durante un rato. Para entonces ya habían llegado al centro del río y una suave brisa, sorprendentemente cálida, les alborotó el cabello. Habían dejado a un lado las pesadas ropas de abrigo y estaban sentados en las sillas de mimbre para los pasajeros, que giraban en un sentido y otro, presumiblemente por las vistas que este vaivén proporcionaba. Un pez de gran tamaño —lo mas probable que del género que les había llenado la barriga a «las engullir en punto»— saltó a la balsa y permaneció allí, aleteando a los pies de Acho. Aunque por lo general mataba a cualquier criatura pequeña que se cruzara en su camino, el brambo no dio muestras de percatarse. Roland lo mandó de vuelta al río de una patada con su desgastada bota.

—Vuestro throcken sabe que viene —comentó Bix. Miró a Roland—. Más vale que vos andéis con ojo avizor, ¿ea?

Por un momento Roland no pudo pronunciar palabra. Un nítido recuerdo surgió de las profundidades de su mente, un recuerdo de una docena de ilustraciones grabadas en madera y coloreadas a mano en un antiguo y bien preciado libro. Seis brambos sentados en un árbol caído en el bosque bajo una luna creciente, todos con los hocicos levantados. Aquel volumen, Los cuentos mágicos del Eld, había sido su preferido de todos cuando no era sino un infante, escuchando a su madre, que le leía en su dormitorio de la torre del homenaje a la hora de acostarse, mientras que en el exterior, el viento de otoño cantaba su solitaria canción invocando el invierno. «El viento por la cerradura» era el título del relato al que acompañaba la imagen, que lo había aterrado y a la vez maravillado.

—Por todos los dioses del cielo —masculló Roland, y se golpeó la frente con el canto de su mutilada mano derecha—. Debería haberlo sabido de inmediato, aunque solo fuera por lo calurosos que han sido los últimos días.

—¿Quieres decir que no te diste cuenta? —preguntó Bix—. ¿Y tú vienes de Mundo Interior? —Emitió una interjección de reproche.

—¿Roland? ¿Qué pasa? —preguntó Susannah.

Roland la ignoró. Paseó la mirada de Bix a Acho y de vuelta a Bix.

—¿Una boreastada? ¿Se avecina una boreastada?

Bix asintió. 

—Ea. El throcken así lo dice, y con las boreastadas los throcken nunca se equivocan. Aparte de hablar un poquito, es su esplendor.

—¿Qué esplendor? —preguntó Eddie.

—Quiere decir su talento —explicó Roland—. Bix, ¿sabes de algún lugar en el otro lado donde podamos refugiarnos y aguardar a que pase?

—Pues da la casualidad que sí. —El anciano apuntó hacia las colinas arboladas que descendían suavemente hacia la otra orilla del Whye, donde otro embarcadero y otro cobertizo (este sin pintar y mucho menos grandilocuente) los esperaba—. Encontraréis allende esos montes la forma de llegar, un senderito que antes era una calzada. Sigue el Camino del Haz.

—¡Cómo no! —dijo Jake—. Todas las cosas sirven al Haz.

—Dices bien, hombrecito, dices bien. ¿En qué vos manejáis mejor, en ruedas o kilómetros?

—Nos da lo mismo, aunque la mayoría de nosotros preferimos kilómetros —respondió Eddie.

—De acuerdo, entonces. Si vais por la vieja carretera del Calla unos ocho kilómetros… o a lo mejor son diez…, entonces llegáis a un poblado desierto. Casi todos los edificios son de madera y no vos valdrán, pero el salón de reuniones del pueblo es de buena piedra. Allí estaréis bien. Yo he entrado y tiene un hogar grande precioso. Vos convendrá revisar la chimenea, dende luego, porque querréis que tire bien el día o dos que tengáis que resguardaros allí. El remanente de las casas servirá para usallo como leña.

—¿Qué es esa boreastada? —preguntó Susannah—. ¿Una tormenta?

—Sí —dijo Roland—. Hace muchos, muchísimos años que no he presenciado ninguna. Es una suerte que tengamos a Acho. Aun así, no lo habría sabido de no ser por Bix. —Le dio un apretón en el hombro al anciano—. Gracias, sai. Todos decimos gracias.

SIETE

El embarcadero en la orilla sudeste del río estaba al borde del derrumbe, como tantas otras cosas en Mundo Medio; murciélagos posaban cabeza abajo en las vigas y gordas arañas se escurrían por las paredes. Todos se alegraron de salir a cielo abierto. Bix amarró la balsa y se unió a ellos. Le abrazaron uno a uno, poniendo cuidado en no estrangular y dañar sus viejos huesos.

Cuando todos hubieron completado el turno de abrazos, el anciano se enjugó las lágrimas y se agachó para acariciarle la cabeza a Acho.

—Protégeilos bien, sir Throcken, sea.

—¡Acho! —convino el brambo. Después—: ¡Bix!

Se incorporó y de nuevo oyeron el crujir de sus huesos. Se llevó las manos a la parte baja de la espalda e hizo una mueca de dolor.

—¿Podrás volver a cruzar sin problemas? —preguntó Eddie.

—Ea —asintió Bix—. Si fuera primavera tal vez no, el viejo Whye no es tan dócil cuando se derriten las nieves y llegan las lluvias, pero ¿ahora? Como un charco de pis. La tormenta todavía está lejos. Le doy un poco a la manivela contracorriente, luego aprieto el perno para descansar sin miedo a retroceder, y luego remo un poco más. Tardaré cuatro horas en vez de una, pero llegaré. Bueno, al menos siempre he llegado. Lo único malo es que oxalá tuviese más comida que daros.

—Nos apañaremos —aseguró Roland.

—Bien, pues. Bien. —El anciano parecía reacio a marcharse. Paseó la mirada de rostro en rostro (con seriedad) y a continuación esgrimió una sonrisa que reveló unas encías desdentadas—. Hemos sido bien hallados en el camino, ¿no es cierto?

—Así es —convino Roland.

—Y si volviereis por esta senda, paraos un rato a visitar al viejo Bix y contalle vuestras aventuras.

—Lo haremos —dijo Susannah, aunque sabía que nunca volverían a pisar aquellos parajes. Eso era algo que todos ellos sabían.

—Y ojo con la boreastada. No es ninguna broma. Pero acaso todavía vos quede un día, a lo mejor hasta dos. Todavía no ha empezado él a correr en círculos, ¿estás conmigo, Acho? 

—¡Acho! —coincidió el brambo.

Bix lanzó un suspiro. 

—Ahora, seguid vuestro camino —dijo el anciano— que yo seguiré el mío. Muy pronto habremos de encerrarnos bajo techo.

Roland y su tet iniciaron la marcha.

—¡Una última cosa, mis muchachos! —gritó Bix detrás de ellos, y se giraron—. ¡Si viereis a ese cabezota de Andy, decille que no quiero canciones, ni tampoco quiero que me lea mi condenado horráscopo!

—¿Quién es Andy? —preguntó Jake en respuesta.

—Bah, da igual. Toas formas, lo más probable es que no lo veáis.

Esas fueron las últimas palabras del anciano sobre el tema, palabras que ninguno de ellos recordarían pese a que conocieron a Andy, en la comunidad agrícola de Calla Bryn Sturgis. Pero eso sucedió más tarde, después de que la tormenta hubo pasado.

OCHO

El pueblo abandonado distaba solo ocho kilómetros. Tardaron en llegar menos de una hora después de dejar el ferry. Roland necesitó menos tiempo para hablarles de las boreastadas.

—Solían descender desde los Grandes Bosques al norte de Nuevo Canaán una o dos veces al año, aunque nunca sufrimos ninguna en Gilead; siempre terminaban desvaneciéndose en el aire antes de llegar tan lejos. Pero sí recuerdo una vez que vi carretas cargadas con cadáveres congelados en la Calzada de Gilead. Granjeros y sus familias, supongo. Dónde habían estado sus throcken (sus bilibrambos), lo ignoro. Quizá enfermaron y murieron. En cualquier caso, sin brambos que les avisaran, esas gentes no pudieron prepararse. La boreastada llega de repente, si no os consta. Un instante te quema como una tostada (porque el tiempo siempre se torna caluroso antes de estas tormentas) y al siguiente se abate sobre ti, como lobos sobre un rebaño de ovejas. El único aviso es el sonido que producen los árboles cuando el frío de la boreastada los aplasta a su paso. Una especie de estallido seco, como grenadas enterradas en el suelo. El sonido que hace la madera viva cuando se contrae bruscamente, supongo. Y para cuando lo oyesen, ya sería demasiado tarde para aquellos en los campos.

—Frío —caviló Eddie—. ¿Cuánto frío?

—La temperatura puede caer hasta cuarenta limbits por debajo del helamiento en menos de una hora —dijo Roland en tono grave—. Los estanques se congelan al instante, con un ruido como de balas al perforar una vidriera. Los pájaros se convierten en estatuas de hielo en el cielo y caen como piedras. La hierba se convierte en cristal.

—Tienes que estar exagerando —dijo Susannah.

—En absoluto. Y el frío solo es una parte. Le acompaña el viento también, que sopla con la fuerza de un vendaval y quiebra las ramas congeladas como si fueran pajitas. Estas tormentas llegan a avanzar trescientas ruedas antes de elevarse y desaparecer en el cielo tan de repente como llegaron.

—¿Cómo lo saben los brambos? —preguntó Jake.

Roland se limitó a sacudir la cabeza. El cómo y el porqué de las cosas nunca le habían interesado demasiado.

NUEVE

Tropezaron con el trozo roto de una señal tirado en el camino. Eddie lo recogió y leyó los restos descoloridos de una única palabra.

—Resume a la perfección lo que es Mundo Medio —comentó—. Misterioso pero extrañamente gracioso.

Se volvió hacia ellos mostrando el trozo de madera a la altura del pecho. Lo que decía, en grandes letras irregulares, era GOOK.

—Sí. Un gook es un pozo profundo. Las leyes tradicionales estipulan que cualquier viajero podrá beber de su agua sin que medie consentimiento ni castigo.

—Bienvenido a Gook —dijo Eddie, arrojando el letrero a los arbustos que crecían a la vera del camino—. Me gusta. De hecho, quiero una pegatina para el coche que diga «Me resguardé de la boreastada en Gook».*

Susannah se rió. Jake no. Se limitó a señalar a Acho, que había empezado a girar sobre sí mismo en círculos cerrados y rápidos, como si se persiguiera su propia cola. 

—Será mejor que nos demos un poco de prisa —sugirió el chico.

DIEZ

Los árboles retrocedieron y el camino se ensanchó dando paso a lo que en otro tiempo debió de ser la calle mayor de un pueblo que en sí mismo era un triste cúmulo de abandono que la flanqueaba a ambos lados durante unos cuatrocientos metros. Algunos de los edificios habrían sido casas, otros tiendas, pero ahora resultaba imposible discernir qué había sido qué. No eran más que cascarones vencidos que miraban con fijeza a través de oscuras cuencas vacías que en otro tiempo podrían haber enmarcado cristales. La única excepción se alzaba en el extremo sudeste del pueblo. Aquí la calle cubierta de vegetación se bifurcaba bordeando un edificio achaparrado con aspecto de fortín construido de piedra gris. Se hundía en una profusión de arbustos que alcanzaban la altura de la cadera y se hallaba parcialmente oculto por abetos jóvenes que debían de haber crecido después de que Gook quedara deshabitado; las raíces ya habían empezado a abrirse paso hacia los cimientos del salón de reuniones. Con el transcurso del tiempo terminarían derribándolo, y tiempo era algo que a Mundo Medio le sobraba a espuertas.

—Acertó en cuanto a la leña —comentó Eddie. Recogió un tablón seco y lo colocó sobre los brazos de la silla de ruedas de Susannah a modo de mesa improvisada—. Tendremos más que suficiente. —Lanzó una mirada al colega peludo de Jake, que una vez más giraba en enérgicos círculos—. Es decir, si es que nos da tiempo a recogerla, claro.

—Nos pondremos a acumular leña en cuanto nos cercioremos de que tendremos cobijo para nosotros solos en aquel edificio de piedra —dijo Roland—. Hagámoslo rápido.

ONCE

El salón de reuniones de Gook era gélido, y los pájaros —que los neoyorquinos reconocieron como golondrinas y que Roland llamaba «herrumbreros de carbón»— habían penetrado en el segundo piso, pero por lo demás disponían efectivamente del lugar para ellos solos. Una vez bajo techo, Acho pareció liberado de su compulsión de mirar hacia el noroeste o girar en círculos, e inmediatamente retornó a su esencial naturaleza curiosa y subió a saltos la destartalada escalera hacia los aleteos y arrullos de arriba. Enseguida se oyeron los agudos ladridos del brambo, y pronto los miembros del tet vieron cómo los herrumbreros escapaban en desbandada hacia regiones de Mundo Medio menos pobladas. Aunque si Roland estaba en lo cierto, caviló Jake, los que volaran en dirección al río Whye pronto quedarían convertidos en polos de pájaro.

La planta baja consistía en una única y espaciosa estancia. Mesas y bancos habían sido apilados contra las paredes. Roland, Eddie y Jake los trasladaron hasta las ventanas sin cristales, que afortunadamente eran pequeñas, y taparon las aberturas. Bloquearon por fuera las que daban al noroeste con el fin de que el viento procedente de esa dirección los presionara firmemente en su sitio más que derribarlos.

Mientras ellos llevaban a cabo esta tarea, Susannah hizo rodar la silla de ruedas hasta la boca de la chimenea, cosa que fue capaz de conseguir sin siquiera agachar la cabeza. Escudriñó hacia arriba, asió un anillo oxidado que colgaba, y tiró de él. Se produjo un chirrido infernal… una pausa… y entonces una espesa nube negra de hollín descendió sobre ella con un pesado ruido sordo. Su reacción fue inmediata, subida de tono y totalmente característica de Detta Walker.

¡Ay, cabrona, bésame el culo pa’ ir al cielo! —increpó a voz en grito—. ¡Cagüen tu madre, furcia zampapollas, mira toa esta purquiría!

Retrocedió, tosiendo y agitando las manos delante de la cara. Las ruedas de la silla trazaron surcos en el hollín. Un enorme montón de cenizas se acumulaba en su regazo. Se lo quitó de encima con una serie de fuertes palmadas que se asemejaban más a puñetazos.

¡Jodía chimina roñosa! ¡Que tienes to’l coño estrecho lleno de mierda, so guarra! ¡Bruja hijeputa…!

Dio media vuelta y vio que Jake la miraba de hito en hito, con la boca abierta y los ojos como platos. Detrás de él, en las escaleras, Acho lo imitaba.

—Lo siento, corazón —se disculpó Susannah—. Me he dejado llevar un poco. Más que nada, estoy enfadada conmigo misma. Crecí entre estufas y chimeneas, y debería haberlo previsto.

En un tono que denotaba el más profundo de los respetos, Jake dijo:

—Tus palabrotas son mejores que las de mi padre. Creía que nadie sabía mejores palabrotas que mi padre.

Eddie se acercó a Susannah y empezó a limpiarle el rostro y el cuello. Ella le apartó la mano.

—Lo estás esparciendo más. Vamos a ver si encontramos ese gook, o lo que sea. A lo mejor todavía tiene agua.

—Habrá si Dios quiere —dijo Roland.

Susannah giró la silla sobre las ruedas y lo miró con los ojos entornados.

—¿Estás haciéndote el listillo, Roland? Porque te advierto que no deberías hacerlo mientras esté yo aquí sentada como lady Tizón.

—No, sai, jamás se me ocurriría —aseguró Roland, pero se vislumbraba una minúscula curvatura en la comisura izquierda de sus labios—. Eddie, ve a ver si encuentras agua para que Susannah pueda lavarse. Jake y yo empezaremos a reunir madera. Necesitaremos tu ayuda lo antes posible. Espero que nuestro amigo Bix haya logrado alcanzar su orilla del río, porque creo que el tiempo es más escaso de lo que calculó.

DOCE

Hallaron el pozo del pueblo al otro lado del salón de reuniones, en lo que Eddie supuso que en otro tiempo fue el parque comunal del pueblo. La cuerda que colgaba del tambor operado por manivela bajo la tapa podrida llevaba mucho tiempo desaparecida, pero aquello no representaba ningún problema; entre sus pertenencias terrenales (en su artilla) se incluía un buen rollo de soga.

—El problema —expuso Eddie— está en qué vamos a atar al final de la cuerda. Me figuro que una de las viejas alforjas de Roland podría…

—¿Qué es eso, cariño? —Susannah señalaba una zona de hierba alta y zarzas a la izquierda del pozo.

—No veo… —Pero entonces lo vio. Un destello de metal oxidado. Con cuidado para que las espinas le arañaran lo menos posible, Eddie introdujo la mano en la maraña y, con un gruñido de esfuerzo, sacó de un tirón un oxidado cubo que contenía en su interior una espiral de hiedra muerta. Contaba incluso con asa.

—Déjame ver eso —pidió Susannah.

Eddie volteó el cubo para verter la hiedra y se lo entregó. Ella probó el asa y se rompió de inmediato, no con un chasquido, sino con suspiro flojo e inútil. Susannah lo miró con una expresión de disculpa y se encogió de hombros.

—No pasa nada —dijo Eddie—. Es mejor saberlo ahora que no cuando estuviera en el fondo del pozo. —Arrojó a un lado el asa, cortó un trozo de cuerda, desenredó los hilos externos para hacerla más fina, y enhebró el resto por los orificios que habían sujetado la vieja asa.

—No está mal —aprobó Susannah—. Para ser un muchachito blanco, estás hecho un manitas tremendo. —Se asomó al borde del pozo y escudriñó el fondo—. Veo el agua. No está ni a tres metros. Au, parece fría.

—Los deshollinadores no tienen derecho a ser exigentes —dijo Eddie.

El cubo aterrizó en el agua con un chapoteo, se escoró y empezó a llenarse. Cuando se hundió bajo la superficie, Eddie lo subió de un tirón. Tenía varias fugas en los puntos donde el óxido había corroído por completo el metal, pero eran pequeñas. Se quitó la camisa, la sumergió en el agua y empezó a lavarle la cara a Susannah.

—¡Válgame Dios! —exclamó él—. ¡Si veo a una chica!

Ella tomó la malograda camisa y la aclaró, luego la escurrió y empezó a limpiarse los brazos. 

—Al menos conseguí despejar el maldito humero. Podrías sacar un poco más de agua cuando haya terminado de quitarme lo peor, así cuando tengamos encendido un fuego podré lavarme con agua caliente…

A lo lejos, hacia el noroeste, se oyó un ruido grave, una explosión seca. Hubo una pausa, luego una segunda detonación. La siguieron varias más, y a continuación una perfecta descarga de artillería. Avanzando en su dirección con paso militar. Sus ojos sobresaltados se encontraron.

Eddie, desnudo de cintura para arriba, se situó tras la silla de ruedas. 

—Creo que será mejor que aceleremos esto.

Desde la distancia —pero claramente acercándose— llegaban sonidos que bien podrían ser producidos por un ejército yendo a la guerra.

—Me parece que tienes razón —concordó Susannah.

TRECE

Cuando regresaron, vieron a Roland y a Jake corriendo hacia el salón de reuniones con brazadas de leños medio podridos y trozos de madera astillada. Aún al otro lado del río, pero definitivamente más cerca, se oían más explosiones ahogadas cuando los árboles en el camino de la boreastada se tronchaban hacia dentro en busca de sus sensibles núcleos. Acho estaba en el centro de la calle mayor cubierta de vegetación, dando vueltas y más vueltas.

Susannah se impulsó fuera de la silla, aterrizó hábilmente sobre las manos, y empezó a arrastrarse con lentitud hacia el salón de reuniones. 

—¿Qué cojones est

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos