Hasta hace unos años a O’Connor venía el Circo de los Hermanos Lombardero. Para mayo, cuando empezaba a apretar el frío, o a veces antes si el verano había sido malo en la costa, subían por la provincia y aterrizaban en el deslinde de las últimas casas. Los chicos se enteraban enseguida porque el pueblo era más exiguo que ahora, y porque apenas descargaban los primeros carros empezaba a escucharse el ruido metálico y hueco que soltaba la estructura a medida que la levantaban.
A la gente del pueblo no le atraían, del circo, ni los payasos ni los animales cansados. El que de verdad los cautivaba era el maestro de ceremonias. Arístides Lombardero se llamaba. Algunos decían que no. Que en la intimidad de los carros rodantes su mujer lo llamaba Carlos, y que Arístides era su nombre artístico. Otros pensaban que nadie podía elegir un nombre como ese, y que la única justificación para cargar con él, como una condena, era que a uno lo hubieran bautizado así.
En mitad de la función, después de los trapecistas, Arístides se sentaba en un banco de madera tan mustio como el resto de las instalaciones, bajo la luz impiadosa del foco más poderoso. Abandonaba la entonación ampulosa de las presentaciones de los números y adoptaba un tono casi íntimo, cercano, y empezaba a contar una historia.
Ahora que han pasado muchos años desde la última vez que vino el circo, la gente no consigue ponerse de acuerdo para decidir si Arístides era un buen narrador, a fin de cuentas. A juzgar por la devoción absorta con la que seguían sus palabras, sus gestos y sus pausas, debió serlo. Si uno piensa, en cambio, en lo mucho que le costaba mantener el hilo de las historias, no se puede estar tan seguro.
Sus narraciones empezaban por cualquier sitio, y parecía encontrar placer en confundir al auditorio. Tenía un repertorio de quince o veinte historias. Los chicos las tenían numeradas porque cada año echaba mano a las mismas que ya había relatado. Quince o veinte, eso era todo. Suficientes para las dos o tres semanas que permanecía el circo en O’Connor. Y no demasiado extensas: duraban el tiempo necesario para que los trapecistas recuperaran las narices rojas y las pelucas ridículas o convencieran al león de salir otra vez a la arena circular.
Sin embargo, Lombardero jamás repetía una historia exactamente igual a como ya la había contado. Al público eso lo divertía y lo inquietaba. Los más memoriosos pretendían tenderle trampas, y a los gritos, desde la platea, le recordaban los hechos, le exigían que recorriese senderos ya transitados. Pero el maestro de ceremonias se burlaba de esos caprichos «de burguesitos». Así los llamaba, y los gritones, que no tenían ni la menor idea de lo que significaba ser un burguesito, sentían subir la vergüenza por la piel y por la sangre y se llamaban a silencio. Que contase lo que quisiera, como quisiera. Pero que contase.
Como un jugador socarrón y desinteresado, arrojaba imágenes, frases, escenarios inconexos. No respetaba el orden cronológico ni causal de los sucesos. No. Disparaba personajes, climas, hechos trascendentes, detalles, metáforas que nadie entendía, en una enumeración que parecía caótica. Después se ponía a contar, y era su auditorio el encargado de encontrar un hilo, una razón, un desenlace.
Si Lombardero hubiese elegido alguna vez el cuento de Cenicienta, habría empezado mirándolos a los ojos y diciendo que en ese cuento hay una búsqueda, un deseo, un hechizo roto, una vieja malvada, dos jóvenes que se enamoran mientras bailan, una niñez en soledad, un zapato. Y después habría empezado a contar, pero no por el principio, sino por el lugar adonde lo indujera su impulso, el azar o el escándalo de la concurrencia.
De todos modos Lombardero jamás contó «La Cenicienta». Sus cuentos eran otros, distintos, propios. Los chicos suponían que los inventaba. Los grandes, que aspiraban a llamarse suspicaces, se permitían sospechar que eran de algún autor cuya identidad Lombardero voluntariamente les ocultaba.
Nunca nadie pudo sacarse la duda, porque en los años noventa el circo dejó de detenerse en O’Connor. Cosa curiosa: nadie es capaz, ahora, de recordar completo ninguno de esos cuentos. En los días malos los vecinos piensan que se les extravió la memoria. En los buenos lo atribuyen a la insólita maestría de Lombardero para enredar las historias, para llenar la mesa con naipes inverosímiles, para ser el único que podía encontrar el orden capaz de ubicar las cartas en su lugar. Una por una.
A veces habla la gente, en el pueblo, de la noche de la Usina. Pero siempre de manera parcial, confusa e inconexa. En general se refieren a dónde estaba cada quien, a qué hicieron durante el apagón y la tormenta, a lo que pensaron cuando se enteraron de que había sido un sabotaje, a lo que sospecharon después con respecto a los culpables. Pero nadie puede contar la historia completa. Ni abarcarla, con sus pormenores, sus antecedentes y sus consecuencias. Son demasiados hilos enredados. Se supo de un periodista de Buenos Aires que viajó hasta O’Connor con la idea de indagar en el asunto. Se quedó varias semanas, pero terminó volviéndose con las manos vacías. No fue falta de voluntad de los testigos. Más de uno se sentó largamente con el forastero a contarle lo que sabía. Pero ese es el problema. Aunque junten a todos, aunque eslabonen con cuidado obsesivo todas sus palabras, sus recuerdos y sus sospechas, hay cosas que quedan sin saber, sin explicar y sin entender.
No es porque sí que sucede esto. Es porque los que saben la historia son apenas unos pocos, un puñado de personas. Y son los que estuvieron. Los que la pensaron, la prepararon y la llevaron a cabo. Y aunque están entre nosotros, y son parte de nosotros, fingen saber lo mismo que el resto. Es extraño. Uno podría pensar que en un pueblo chico como O’Connor no hay modo de guardar un secreto. Y sin embargo la noche de la Usina es un secreto. Un secreto a medias, es verdad. Un secreto hecho de asuntos sabidos y confundidos a propósito, o por azar, o por las dos cosas.
Por eso hace acordar a Lombardero. Porque parece que hubiese sido él, sentado en ese banco viejo bajo la luz central de la pista, el único capaz de contar esta historia. Si esta fuese una de sus noches de circo, Lombardero miraría alrededor, haría una pausa teatral y, alzando la mano, enumeraría algunos de los elementos que componen esta historia. Diría que en ella hay un villano, un accidente de autos y un gerente de banco que huye pero termina alcanzado por la muerte. Un tipo que sumerge una topadora en la parte más profunda de la laguna y un muchacho que escapa para siempre. Una chica enamorada, unos cables eléctricos enterrados a lo largo de kilómetros y un hombre que llora porque sabe que jamás será feliz. Un albañil rencoroso a punto de morir y una estación de servicio en el empalme de la ruta.
Lombardero terminaría su enumeración con otro silencio, igual de teatral, y con una sonrisa torcida. Diría que ve la confusión pintada en los rostros de su público. Así, exactamente, lo decía: «Veo la confusión pintada en vuestros rostros». Y agregaría que no se preocupasen. Que él disponía de las claves para contar esa historia. Y que si había que ponerle algún título a esa historia, el título podría ser... «La noche de la Usina».
Primer acto
Un corazón que deja de latir
1
Dicen los viejos que hubo un tiempo en que las cosas andaban bien en O’Connor, aunque les cuesta mucho ponerle fecha a esa época de abundancia. «Acá...», dicen con un gesto amplio de la mano que señala las casas y el campo alrededor, hasta el horizonte, «No sabés...», agregan, sin mayores precisiones. Pero esperan que quien los escucha sí sepa, que entienda que se refieren a un tiempo en que todo era progreso. Hablan de la época de sus propios padres, o de sus abuelos, unos italianos anarquistas que vinieron y fundaron Colonia Hermandad en 1907. Y se refieren a que vinieron sin nada, o casi, y que en quince o veinte años le dieron forma al pueblo. Y dicen que cambiarle el nombre, como se lo cambiaron décadas después, fue un error que trajo la mala suerte.
Los jóvenes se preguntan si dicen la verdad. Si será cierto. En realidad, viendo este pueblo chato y entristecido, siempre igual a sí mismo, les cuesta imaginarse un tiempo en el que sí, las cosas eran buenas y el futuro se palpitaba como progreso.
Por algo tantos muchachos, cuando terminan el secundario, optan por irse. Los más inteligentes o los más sacrificados se van a estudiar a La Plata y terminan siendo abogados, médicos o contadores. Claro que además de inteligencia y sacrificio necesitan plata, porque si son hijos de las familias pobres no se van a ningún lado, se sacrifiquen lo que se sacrifiquen.
Los pobres siempre se quedan. Los pobres y los que fracasan. Los que no terminan de estudiar se vuelven. Como si la ciudad los vomitara. «Por burros o por haraganes», concluyen las vecinas, que no se andan con vueltas al momento de ponerles nombre a las cosas. Si vienen en tren le piden a alguien que los acerque, porque el único servicio que para en la estación es el nocturno, y nadie quiere caminar esos tres kilómetros que separan la estación y el pueblo en mitad de la noche. La ventaja de llegar así, tardísimo, es que el fracaso se mantiene subrepticio por algunas horas o algunos días. Le da tiempo al recién llegado de armar una coartada, un decálogo de razones. «Volví porque extrañaba. Volví porque me necesitan en casa. Volví pero por un tiempo. Volví pero me voy a volver a ir», es lo que dice el repatriado. «Volví pero no se rían de mí porque me voy a ir a la mierda, ya van a ver», es lo que piensa.
Los que consiguen permanecer en La Plata o Buenos Aires o Rosario hasta alcanzar un título ya no vuelven. Regresan de visita, claro, para las Fiestas o las vacaciones. Se los recibe con asados pantagruélicos y la conversación se prolonga hasta que se hace de mañana. A los idos y los permanecidos les gusta comprobar que siguen teniendo cosas en común. Que pueden entenderse. Que se siguen queriendo. Pero no es suficiente. Ya no encajan. La vida de los que estudiaron es otra y queda en otro lado. Por eso lo mejor es que se queden pocos días. Si no, ellos y los que no han podido se sienten defraudados.
Está bien que vengan. Y está bien que se vayan. Para que los que se quedaron puedan extrañarlos y para que los idos sientan que, llegado el caso, pueden volver. Aunque no sea cierto. Porque ninguno vuelve, salvo de visita. Hay algo que se corta, que se mueve de su centro o de su sitio. No está ni bien ni mal, pero es así.
Cuando en esas sobremesas tardías se les da por discutir estas cosas, algunos traen a colación el caso de Fermín Perlassi. Lo dan como ejemplo de un tipo que se fue muy joven y le fue bien y volvió y se quedó acá. Y es verdad. Pero el caso de Perlassi es diferente. Primero porque su viaje y su regreso sucedieron hace muchos años. Más de treinta. Y las cosas, tal vez, en ese momento eran distintas. Y además porque no se fue a estudiar, sino a jugar al fútbol. Se fue de muy chico, con dieciséis, o diecisiete. Y la verdad es que triunfó. Se hizo famoso, con la fama de esa época. Es decir, una fama de salir en los diarios, en El Gráfico, en el noticiero de la televisión tres o cuatro veces. Dicen que una vez fue tapa de Gente; pero dicen, porque ninguno en el pueblo vio esa tapa y a Perlassi no le gusta alardear. Logró una fama que no significaba hacerse rico, aunque sí significase ganar plata.
Porque es cierto que Perlassi volvió con plata. Con mucha plata. Por lo menos, vista desde los horizontes de O’Connor, era mucha. ¿Cuáles eran, en 1971, cuando Perlassi volvió al pueblo, los grandes negocios que podía comprar, si no se hubiera decidido por la estación de servicio? La mueblería, que se había ampliado mucho y vendía televisores, radios y equipos de música. El restaurante de la plaza, que tenía de un lado pizzería y del otro menú a la carta. El hotel, en una de esas.
Pero Perlassi no sabía nada de hacer negocios e intuyó que la estación de servicio sería más sencilla. Tal vez tuvo razón. Por eso compró la estación. La estación vieja, diríamos ahora. Porque hay dos. Pero en ese tiempo era la única. Ahora no, porque también está la nueva. La otra, la nueva, es la de Fortunato Manzi. Está sobre el asfalto, también nuevo, que sale derecho a la ruta 7. Pero Manzi no es de O’Connor. Es de General Villegas, la ciudad, la cabecera del partido. Villegas es otra cosa. Lo mismo que Manzi.
2
Hace tanto calor que después de cenar prefieren sacar las sillas afuera, para esperar la medianoche.
—¿Vamos allá, debajo de los eucaliptus? —pregunta Fontana.
—No. Mejor acá. Corre un poco más de aire.
Ponen las sillas en la vereda angosta de baldosas, en el contrafrente del edificio. Al otro lado está la estación de servicio, con sus surtidores y su playón de cemento cuarteado y el parador.
—Acá se está mejor —dice Perlassi.
Silvia se asoma desde el frente.
—¿Traigo los turrones y las nueces para acá?
—Sí, gorda. Corre un poco de aire, por lo menos —asiente Perlassi.
Los hombres se quedan en silencio. Fontana toca la pava para comprobar que el agua sigue caliente. El mate puede esperar un rato. Silvia se aproxima con una fuente rebosante de confituras.
—¿Esperan a mucha gente? —pregunta Fontana, sonriendo.
—Lo que sobra de acá lo llevamos a la Cruz Roja para darle de comer a Etiopía entera durante cinco meses —ironiza Perlassi.
—Oíme, Cruz Roja, si querés podés ayudarme, en lugar de quedarte ahí sentado como un pazguato.
Perlassi ignora el comentario. Fontana hace ademán de incorporarse, pero el otro lo disuade con un gesto.
—Dejá. Lo dice para joder, nomás.
Una brisa sacude la fronda de los eucaliptus y les deja un rumor fresco, liviano. Fontana consulta su reloj y comenta:
—Falta media hora para las doce.
—¿Abro una sidra?
—Esperá. No hay apuro.
Fontana mira la pava. No tiene ganas de cebar.
—Si estuviéramos en un programa estúpido de tele tendría que preguntarte cuáles son tus proyectos para el año que empieza, Antonio.
—Peor, Fermín. Esta vez es el milenio. Así que la pregunta es más ambiciosa: «¿Qué espera usted para el milenio que viene?».
Silvia deja la botella de sidra y tres copas y vuelve adentro.
—¿El milenio empieza este año o empezó el año pasado? —pregunta Perlassi.
—Otro debate interesantísimo —considera Fontana—. Pero si esto fuera la tele nos pondríamos a hablar del Y2K.
—¿De qué?
—El Y2K, Fermín. ¿Viste eso de que en una de esas las computadoras interpretan que el cero uno de 2001 es el de 1901?
—¿Pero puede pasar algo así?
—Yo qué sé. Dicen que sí. Hay empresas que se gastaron una ponchada de guita para precaverse.
Silvia vuelve con un táper lleno de frutillas recién lavadas y lo deja sobre la mesita. Por fin se sienta.
—La ventaja de estar en la lona es que estamos más allá del Y2K, entonces...
—Ajá.
—¿De qué están hablando? —se interesa Silvia.
—Nada, gorda. Eso de que las computadoras se pueden enloquecer con el cambio de milenio.
—¿Enloquecerse por qué?
—Por el cambio de año. Pero en O’Connor da lo mismo, Silvia —interviene Fontana—. No hay laburo. No hay computadoras. No hay un carajo. Estamos vacunados contra el progreso y todas sus consecuencias.
—Las buenas y las malas —corrobora Perlassi.
—Las buenas y las malas.
—Hablando en serio —Silvia se dirige al invitado—: ¿Qué te imaginás que va a pasar?
—A las doce es fin de año —dice Perlassi.
—Estoy hablando en serio y no te estoy preguntando a vos, tonto.
—Ah...
Perlassi apoya un dedo sobre la botella de sidra, que se ha cubierto de gotas de agua recién condensadas. Lo deja resbalar desde el cuello hasta la base de vidrio verde.
—Veamos —Fontana carraspea—. Lo de «un peso, un dólar» lo van a dejar como está, porque si lo tocan el país se va a la mierda.
—¿Tan así?
—Ajá. Hay cualquier cantidad de gente que debe un montón de guita. En dólares. No lo van a tocar. Y como no lo van a tocar, la única es que sigan pidiendo guita afuera para tapar el agujero.
—¿Y les van a seguir dando?
—Les van a dar cada vez menos guita, y cada vez más cara. Hasta que llegue un momento en que no les van a dar más.
—¿Y cuando pase eso?
—El país se va a la mierda.
Se hace un silencio. Perlassi empieza a despegar el papel metalizado del corcho de la sidra, pero entre la humedad y el pegote se le hace difícil.
—Y como el dólar está regalado están entrando un montón de cosas importadas por dos mangos. Y así no hay fábrica que aguante. Así que cada vez van a rajar a más obreros. Y cuanta más desocupación, menos consumo.
—Y el país se va a la mierda —acota Perlassi.
—Exacto. El país se va a la mierda.
—¿Y no hay manera de hacer algo? —pregunta Silvia.
Se hace un silencio largo.
—Sí —dice por fin Fontana—. Que De la Rúa le entregue la banda presidencial a Alfonsín, que es el único que nos puede sacar de este quilombo.
Perlassi sonríe. La idolatría de Fontana no mengua jamás. Pasan los años y las desilusiones, pero el amor de su amigo por Raúl Alfonsín sigue incólume.
—Algún día me vas a tener que explicar cómo convive tu anarquismo libertario con ese amor alocado que sentís por el Alfonso.
Fontana asiente en silencio, con los ojos muy abiertos.
—Si querés empiezo hoy y para diciembre de 2001 termino de explicarte mis razones.
—No, dejá. Otro día.
—Ustedes búrlense. Pero así no tenemos esperanza —dice Silvia, y Perlassi piensa que a su esposa la angustian los laberintos.
—El campo —dice Fontana, después de otra pausa—. Eso va a quedar.
—¿En qué sentido?
—Cuando se vaya todo a la mierda, Silvia. El campo va a quedar.
Una bengala de brillos plateados cruza el cielo, para el lado del pueblo.
—¿Vieron eso?
—Raro. No sé quién puede tener guita en el pueblo para fuegos artificiales como ese.
Como si fuera una respuesta, otra bengala parecida surge del mismo punto del firmamento. Pero esta, además, se abre con una explosión en una docena de estelas de colores.
—Como en Plata dulce —dice Perlassi, de repente.
—¿De qué hablás, viejo?
—De lo del campo. ¿Te acordás de la película esa, que habla de la época de los milicos? Pero no habla directamente de los milicos. Sino de los que se llenaron de guita en la tómbola financiera.
—Sí...
—Bueno, en la última escena están los dos hermanos. Los protagonistas.
—De Grazia y Luppi —acota Fontana.
—Exacto. Luppi está en la cárcel, y De Grazia lo va a visitar.
—Y llueve —Fontana parece estar también recordando.
—Llueve y De Grazia comenta algo así como «Con una cosecha nos salvamos todos».
Otra estela de fuegos artificiales se levanta desde el pueblo. Y enseguida otra, y otra más.
—Era cierto, parece —de repente Silvia recuerda algo—. Hoy comprando en lo de Benítez me crucé con Graciela Salvio, que me dijo que Horacio Lamas había comprado un montón de fuegos artificiales en Villegas. Y que los pensaba tirar en la plaza, hoy a la medianoche.
Perlassi se acuerda de la conversación que mantuvieron con Lamas dos meses atrás, cuando cerró la fábrica de antenas para siempre. La fábrica la edificó el padre de Lamas y en su momento de mayor esplendor llegó a tener ochenta empleados, que en un pueblo de mil personas es decir mucho. Pero a fines de los setenta se empezó a ir a pique. Como los de la película, asocia Perlassi. Lamas hizo de todo. Antenas de televisor, telescópicas para radios y para autos... Al final intentó con linternas. Pero las suyas, de costo, salían cuatro veces más que las importadas de China. Ahí fue cuando bajó la persiana y echó a los nueve empleados que quedaban. Hace un par de semanas pasó por la estación de servicio para saldar la deuda de combustible y comentarle que el auto lo vendía para pagar las últimas deudas chicas. Por si conocía a algún interesado. Pobre Lamas. Ahí, cruzando el cielo nocturno de O’Connor, debían irse los últimos billetes del Renault 21 con tapizado de cuero.
—Lo del campo es imposible —está diciendo Fontana—. Comprar campos, digo. Cuando el país se va a la mierda, como ahora, los campos están baratos. Pero como nosotros no tenemos un mango, no podemos comprarlos. Y cuando el país levanta, los campos pasan a costar un ojo de la cara...
—Y nosotros no podemos comprarlos —completa Silvia, amargamente.
—Ajá... —concluye Fontana.
Ahora el cielo es un festival de luces que se cruzan en todas direcciones. Pobre Lamas, piensa Perlassi otra vez. Mira a su mujer. Le gusta ver el brillo de los fuegos en los ojos de ella.
—Comprar campos no podemos, pero tenemos otra opción —Perlassi se enfoca de nuevo en lo que están conversando con Fontana—. Que no es el campo, pero tiene que ver con el campo.
—¿Qué opción? —se interesa su amigo.
Perlassi alza el brazo hacia un costado. Señala más allá del ángulo del contrafrente del edificio, más allá de los surtidores de combustible, más allá del asfalto. Señala los seis silos enormes y vacíos, que se iluminan de tanto en tanto.
—La avícola La Metódica. Eso tenemos que comprar —dice Perlassi.
—Estupendo —dice Fontana—. Ya que el país se está por ir a la mierda definitivamente, compremos una empresa avícola que quebró hace veinticinco años y dediquémonos al engorde de pollos. Así después nos los metemos en el orto como hizo Leónidas hace veinticinco años.
—No —lo contradice Perlassi—. Vamos a comprar La Metódica por los silos. No por los pollos.
—¿Y para qué los querés? —pregunta Fontana.
—Yo coincido con vos en eso de que el campo, mal que mal, va a quedar. Y ponele que la cosa mejore un poco. Para el campo, digo.
—Sí.
—Bueno. Si ponemos una acopiadora de granos, les damos a los chacareros la posibilidad de almacenar, ¿entendés? Almacenan en nuestros silos, eligen cuándo vender, cuando mejor son los precios. ¿Me seguís?
—Supongamos que te sigo.
—Después, si la cosa prospera, uno lo puede armar mejor. Venderles a los productores las semillas, los agroquímicos, los fertilizantes. Pero ojo: como una cooperativa. Quiero decir, no para ganar plata.
—¿Y para qué lo haríamos?
—Mirá —Perlassi se lanza a enumerar sus razones con una seguridad que demuestra que lo tiene largamente madurado—. Lo armamos para la gente que tiene poco campo, ¿me seguís? Para que no tengan que arrendarle la tierra a un pool. Lo hacen ellos. Acopian con nosotros.
—En La Metódica.
—En La Metódica, sí, tarado. Después venden cuando les conviene. Como venden a mejor precio, y no tercerizan, nos pueden pagar a nosotros el servicio de almacenamiento. Y lo principal...
—¿Qué?
—Que les damos trabajo a unos cuantos, con eso.
Fontana, que al principio movía la cabeza negando, con escepticismo, a su pesar atiende a lo que dice su amigo.
—¿A cuántos?
—Ah, picaste... —sarcástico, sonríe Perlassi.
—No piqué nada, viejito. ¿Pero cuánta gente sería?
—Mirá. Yo creo que quince, veinte personas, por debajo de las patas. Y si la cosa prospera, más. Sobre todo si le incorporamos eso que digo de los insumos, y cosas así.
—¿Y qué sabemos nosotros de acopiar granos?
—No puede ser tan complicado, Fontanita. Es cuestión de ir aprendiendo.
—Un momento —alza el dedo Silvia, de repente—. Está mal.
—¿Qué cosa?
—Eso de las computadoras que decían ustedes.
Los hombres demoran en comprender que se refiere a lo que conversaron hace ya un rato.
—¿Mal por qué?
—Porque el lío podía armarse cuando pasó del 99 al 00. No del 00 al 01. Eso de las computadoras fue el fin de año pasado. No este. Andan atrasados, jóvenes.
Perlassi y Fontana se miran.
—Y después yo les doy bolilla a tus análisis económicos —ironiza Perlassi.
—Y yo, a tus planes empresariales —Fontana remeda su sarcasmo.
—A ver, a ver, que van a ser las doce. ¿Quién tiene bien la hora? —urgida, Silvia se pone de pie.
Perlassi descorcha la sidra y sirve las copas.
—¡Dale, Fermín, dale! —lo apura Silvia.
En el cielo de O’Connor sigue la fiesta de fuegos artificiales pagados por los últimos ahorros de Horacio Lamas.
3
Cualquier forastero que llegue a O’Connor lo ve a Antonio Fontana ahora y supone que siempre estuvo ahí, en la gomería destartalada que funciona en el garaje de su casa. Pero no es cierto. Ni siquiera es nacido en O’Connor. Llegó como subjefe del Campamento de Vialidad Nacional, el que instalaron en los tiempos de Frondizi. Se suponía que el Campamento iba a ser transitorio, mientras se pavimentaban las rutas del noroeste de la provincia. Pero fue quedando. Primero levantaron unas barracas para las oficinas y un galpón enorme para los vehículos. Después se agregaron dos playones, un depósito de materiales áridos, más oficinas. A veces llegaba la noticia desde la Capital de que iban a cerrarlo. Pero nunca pasaba. ¿Cómo lo iban a cerrar si la mitad de los del pueblo trabajaban ahí? Eso de la mitad es un modo de decir, capaz, porque claro que había gente que no. Los negocios de la calle San Martín, frente a la plaza, por ejemplo. Los que vivían del campo. Algunos más. Pero la mayoría sí.
Fontana es del gran Buenos Aires. Zona sur, por el lado de Quilmes o Longchamps. Llegó en los ochenta, cuando Alfonsín. Vino casado y con dos hijos chicos. En ese entonces había un plan de hacer unas lagunas encadenadas desde Salguero hasta General Pinto, para evitar que toda la provincia quedase otra vez tapada por el agua. Y lo de las lagunas iba a obligar a mudar un par de rutas y varios puentes.
Fontana se hizo el hábito de ir al bar de la plaza, aunque se cuidaba mucho con la bebida. Hablar, le gustaba. Discutir de política. Cuando los lugareños le decían que era todo un verso y que ese plan de las lagunas era un invento, alzaba la mano como pidiendo una calma que en realidad nadie había perdido. «Ya van a ver... Lo que sucede es que tienen que pasar las elecciones. Hasta entonces el Alfonso no se va a mover». Eso de «el Alfonso» era por el presidente Alfonsín, por quien Antonio Fontana profesaba una admiración apasionada «salvaguardando nuestras diferencias, porque en realidad yo soy anarquista». «Y si sos anarquista, ¿por qué lo querés, Fontana?», le preguntaban, para que soltase la lengua, porque a continuación Fontana despotricaba largamente contra los militares y los peronistas, a quienes odiaba con casi idéntica profundidad. Alfonsín había reemplazado a los primeros y evitado que los segundos ganaran las elecciones de 1983, y Fontana se sentía en deuda por eso.
Ya llegaría el tiempo de la sociedad libre. Pero primero había mucho que hacer dentro del marco de la democracia burguesa. Después sí, cuando esa democracia burguesa estuviera consolidada, Argentina iba a pasar «así» al futuro libertario, y acompañaba el «así» con un leve chasquido de las palmas, breve y fácil.
Enumeraba los logros de Raúl Alfonsín y consideraba que su propia venida a O’Connor era su modo de hacer patria. «¿Cómo, patria? ¿No se supone que los anarquistas odian la patria?», lo desafiaban. «Ustedes no entienden nada porque son una manga de chacareros brutos. El problema es la patria de los patrones, de los milicos y de los fascistas, no la patria-patria.» Eso de la patria-patria era un concepto difícil de situar, tanto para Fontana como para los que lo escuchaban, que no se privaban del placer de ponerlo en el aprieto de intentarlo.
Los radicales ganaron las elecciones legislativas de 1985, como quería Fontana, pero la licitación para las encadenadas del noroeste no salió nunca. «¿Y qué quieren?», preguntaba Fontana, tristón, mirando hacia la plaza. «Con la deuda externa y los hijos de puta del Fondo Monetario. Y los milicos, meta y meta haciéndole quilombo.»
Las elecciones para gobernador del 87 lo agarraron en O’Connor, todavía esperando. Para desolación de Fontana y solaz de sus críticos, el peronismo ganó en Buenos Aires y no volvió a perder en casi treinta años. Y el plan de las encadenadas se archivó para siempre.
«¿Y qué quieren...?», insistía Fontana, pero ya no terminaba las frases y dejaba vagar la mirada por la plaza vacía de las dos de la tarde. Su mujer ya se había cansado y se había vuelto a Buenos Aires con los hijos.
Para que hablase había que insistir con las preguntas que más lo irritaban. «A ver, Fontana, ¿cómo me defiende usted, siendo anarquista, a un presidente que saca una Ley de Obediencia Debida? ¿A ver?»
Fontana chasqueaba la lengua y negaba, como dando a entender que no iba a entrar otra vez en la trampa. Pero entraba. Siempre entraba. Y terminaba acalorado y afónico, soltando unas filípicas demoledoras contra los peronistas, los milicos y los comunistas, en orden aleatorio. Después, agotado, dejaba el dinero del café sobre la mesa y se iba de un portazo.
En las diez cuadras que lo separaban del deslinde del pueblo, ahí donde empezaba la cuadra larga de ripio mal pisado que llevaba al Campamento, se le iba apaciguando el ardor. Se metía en su oficina y encendía el primero de los muchos cigarrillos que fumaría durante la tarde, mientras destilaba su melancolía.
En el 92 llegó el aviso de que cerraban el Campamento. Ni siquiera entonces lo creyeron. Cerrar el Campamento era como cerrar la fábrica de antenas. O como cerrar el pueblo mismo. No podía ser.
Y sin embargo fue cierto. Una mañana de agosto que amaneció limpia y escarchada Fontana juntó al personal en el playón y dijo que la semana siguiente venían dos auditores de Buenos Aires a explicar bien el asunto. «¿Explicar qué?», le preguntaron. «Explicar qué carajo va a pasar cuando cierren este Campamento de mierda», dijo Fontana. Ese día se fue a su casa sin pasar por el bar del hotel.
Fue cierto eso de los dos tipos. Vinieron muy bien vestidos en un Peugeot 505 gris oscuro. Fontana les prestó la oficina y fueron llamando de a uno. Las opciones no eran muchas. O pedir el traslado o aceptar un retiro voluntario. Y dieron poco tiempo para pensar: hasta el día siguiente a la mañana, porque seguían viaje a La Pampa, al siguiente Campamento.
Mientras los auditores se iban a dormir al hotel Antonio Fontana armó una reunión medio improvisada en el comedor, para que cada empleado pudiera decir lo que pensaba. Nadie tenía demasiadas ganas de hablar.
«Agarren el traslado», aconsejó Fontana. «Pero yo soy de acá», dijeron algunos. «Yo no soy de acá pero estoy hace un montón de años», dijeron otros. Hasta los que se quedaron callados se notaba que querían agarrar lo del retiro. Un capataz, rápido para los mandados, ya los estaba haciendo firmar los papeles para comprar unos autos nuevos que venían importados de Europa del Este. «Óptimos para remís», remarcaba, mientras les mostraba el folleto.
«No sean boludos», insistía Fontana, «la guita parece mucha pero si no tienen laburo se la van a comer enseguida». «Claro, tiene razón», replicaba alguno, pero era porque los ponía incómodos llevarle la contra, porque lo querían. Pero estaban convencidos de que estaba equivocado. O, como ya estaban convencidos de comprar los Lada que venían de Rusia o los Dacia rumanos, necesitaban convencerse de que el equivocado era él.
Al final casi todos agarraron el retiro voluntario. Por unos meses pareció que O’Connor se había convertido en un pueblo de ricos, porque aparecieron un montón de autos nuevos. «Son una porquería», decía Fontana, «esos autos están hechos bajo la peor de las explotaciones: porque la explotación comunista es peor que la capitalista, porque engorda a los burócratas y pervierte los sueños de los proletarios». En realidad el comunismo ya no existía, pero a O’Connor las noticias siempre tardan mucho en llegar.
No pasó demasiado tiempo hasta que los que se habían metido a remiseros se dieron cuenta de que faltaba gente a quien llevar y sitios adonde ir, pero ya no había modo de echarse atrás. A tres de los empleados de Administración se les ocurrió asociarse, juntar las indemnizaciones y poner un videoclub. Esos tuvieron tres años de bonanza. Después llegó la televisión por cable y terminaron peleados y en la ruina.
«Hay que ser pelotudo», decía Fontana, en el bar del hotel, a la tardecita. «Los burgueses son explotadores, pero por lo menos saben hacer negocios. Ustedes se la quieren dar de empresarios pero son una manga de boludos.»
Se le terminó de agriar el carácter. Él también aceptó el retiro voluntario, pero no puso ningún negocio en el centro, ni se supo qué destino le dio al dinero. Lo que hizo fue abrir la gomería en el garaje enorme de su casa. Como vivía a varias cuadras de la principal, fijó una cubierta de camión en la vereda del boulevard y un letrero señalando en qué dirección había que hacer trescientos metros.
«¿Una gomería?», le preguntaban. «¿Va a pasar de ser jefe del Campamento de Vialidad a gomero?» Le insistían con eso, pero Fontana parecía dispuesto a evitar las respuestas. A las cansadas, porque se hartó de la pregunta, o porque la última en preguntar fue Cecilia, la mujer del hotelero de la que, según decían, Fontana estaba enamorado, porque se lo preguntó con interés genuino y con dulzura, a ella sí le contestó.
«De ahora en adelante quiero un trabajo así, Cecilia. Simple. Primero el cricket. Después la llave cruz, tuercas afuera, sacar la rueda. Darle aire a la cubierta, sumergirla en la bañera, localizar las burbujas, señalar con tiza la pinchadura. Rueda desarmada, caucho pulido, parche puesto. Rueda armada, llave cruz, cricket, llave cruz para el ajuste final. Eso es casi todo lo que puede pasar en una gomería. Y un montón de tiempo libre para pensar.»
Esa fue la única vez que lo explicó. Y, en honor a la verdad, le fue mejor que a los videoclubistas y los remiseros. La gomería tiene un aspecto deplorable, pero casi todas las gomerías tienen la misma apariencia sucia y desvalida. Y funciona. Cada día, algo de trabajo tiene. Y eso es decir mucho, sobre todo si uno piensa en todos los negocios vacíos, y en todos los Dacia y los Lada que terminan de picarse de óxido, con las gomas bajas, en algún baldío del pueblo.
4
Fontana y Perlassi se quedan varios minutos contemplando la mole gris y abandonada de los silos, el playón de pavimento agrietado y salpicado de yuyos, el alambre tejido oxidado y medio vencido del perímetro, el gigantesco cartel de letras oxidadas y un poco torcidas de La Metódica.
—¿No habría que avisarle a la familia? —pregunta Perlassi.
Fontana lo considera un instante y vuelve a mirar el alambrado.
—No me parece, Fermín. Mirá lo que es esto. No viene nadie desde hace años. Ayudame a buscar un agujero en el alambre.
—Y vos decís que el hijo vive en Buenos Aires...
—Sí. Desde hace años. Desde la muerte del viejo Leónidas, calculo, que viven allá.
Algunos en O’Connor dicen que Víctor Leónidas era de Laboulaye pero la mayoría está segura de que no, de que se crio en Venado Tuerto. Es cierto que la plata grande la hizo en Laboulaye, con la carne. Eso fue a fines de los cincuenta. Después se siguió agrandando, tal vez con eso de que la plata llama a la plata.
Llegó a O’Connor en el 65 y compró las dos carnicerías del pueblo, pero nunca se mudó para estos lares. Pasaba nomás a buscar la recaudación de los negocios, a conversar con los clientes un rato los sábados a la tarde o los domingos a la mañana.
En el 72 o 73 salió
