Un crimen japonés

Daniel Guebel

Fragmento

1

A finales del período Nara, las tribus norteñas de los Emishi (llamados “hombres peludos”) se alzaron contra el poder central y el emperador Shōmu decidió combatirlas enviando tropas comandadas por cuatro integrantes de su familia. Tal sistema de dominio, llamado Shidö Shögun o “Comandantes del Ejército de los Cuatro Caminos”, había funcionado eficazmente durante centurias, pero los Emishi empleaban tácticas de guerrilla y usaban armas curvas y obtuvieron resultados favorables. Los derrotados eran masacrados sin misericordia y a veces devorados crudos. Semejante conducta escandalizaba los corazones de la corte, y a eso se sumaba la vergonzosa incapacidad de los Shidö Shögunes para vencer a los insurrectos, por lo que Shōmu debió sustituirlos por generales con experiencia en la batalla, que comenzaron a recibir el nombre de Shögunes.

Pasan los siglos y el traspaso de funciones continúa. El año inicial del período Kamakura, el general Minamoto no Yorimoto derrota a la dinastía Taira, enclaustra a su emperador y se proclama Shögun. El Shögunato se presenta a partir de entonces como la institución llamada a consolidar un ideal de nación construido alrededor de un señor de la guerra. Sin embargo, a fines de la tercera década del siglo XIV, esa institución empieza a verse asediada por la proliferación de señores feudales (daimyos), que en el fondo son como pequeños shögunes provinciales de creciente autonomía, peso territorial y militar, cuyas pugnas internas multiplican los conflictos regionales y debilitan la necesaria unidad del país. A comienzos del período Nanboku chô, el general Ashikaga Takauji, luego de traicionar primero y derrotar después al emperador, Go Daigo, quien debió abandonar la Corte del Norte y, tras refugiarse en el monte Hiei, huir a Yoshino y, tiempo después, fundar la Corte del Sur, establece su Shögunato en Kyoto e intenta restablecer la armonía del país al proclamar la norma “un señor, un castillo”. Pero los daimyos son ambiciosos y expansionistas. Cada uno de ellos anhela la posesión del castillo del daimyo vecino, ya sea porque está situado en un monte más alto, o es más antiguo o de aposentos más cálidos, o porque mira a un valle más verde.

Y es dentro de ese marco de inestabilidad que comienza esta historia.

En junio de 1344, pocos días después del paso del monzón, Yutaka Tanaka, noble y poderoso daimyo de la provincia de Sagami, vio gravemente afectados el nombre y honor de su clan. Mientras estaba reunido con sus consejeros en el salón principal del Primer Castillo, el Tercero —donde residían sus padres, el señor Nishio y dama Mitsuko— fue atacado por un grupo de samuráis que llevaban los rostros cubiertos por máscaras de idéntico diseño y no portaban distintivos heráldicos ni banderas con los colores de su amo. Apenas comenzó el asalto, Nishio Tanaka se defendió valerosamente, conduciendo a tres enemigos a la muerte. Sus servidores también peleaban con denuedo, por lo que la suerte del combate oscilaba entre uno u otro bando. Pero la cantidad de atacantes excedía en mucho a los defensores y finalmente Nishio sucumbió cuando una flecha artera se clavó en su cuello. Aunque se la arrancó gritando de furia, hubo una segunda que atravesó su pecho y otra entró en su costado. La vida se le escapó a los borbotones y él fue cayendo como una montaña que se desploma, y agonizó y murió en posición de loto, manchando de rojo sus medias blancas. Los agresores lo trataron sin el menor respeto, trozando sus restos y cargándolos en bolsas. Luego ingresaron en los pabellones femeninos, rasgando las separaciones y desgarrando los kimonos de las damas de compañía, para finalizar sometiendo a dama Mitsuko a toda clase de acciones incalificables.

Apenas enterado de los sucesos, Yutaka enloqueció de furor. ¿Qué clase de cobardes atacaban a traición y no lucían estandartes y banderas? ¿Cuál era la razón para esconder sus identidades? Al presentarse de modo tan bajo, el enemigo seguramente habría supuesto que evitaría la represalia. Y eso, además de ser un desafío a su autoridad, le planteaba un enigma.

Mientras preparaban su caballo con el apuro del caso, el señor de Sagami debatía estas alternativas con Kitiroichï Nijuzana, su consejero principal, heredado de Nishio:

—En mis años mozos era costumbre que una casa que se sabe inferior a otra en potencia guerrera esquivara el enfrentamiento en campo abierto y eligiera el asalto inesperado para emparejar fuerzas —dijo Kitiroichï—. Pero nunca supe de un ataque así llevado a cabo. ¡Esconder la responsabilidad de un acto es indigno de un verdadero samurái! Parece algo propio de despreciables ronines o miserables ninjas...

—¿Pretenderán inducirme a sospechar de un adversario erróneo y forzarme a un combate equivocado, de modo de debilitar mis fuerzas, e incluso suprimirme sin costo alguno? —se preguntó Yutaka.

—Siempre que pelean dos, lucra un tercero —comentó el anciano.

—No me has revelado ninguna genialidad —protestó el joven daimyo—. Pero, de querer esto, ¿no les habría sido beneficioso reforzar el engaño esparciendo en todo el campo de batalla los signos distintivos del clan al que pretenderían implicar?

—Quizá tu enemigo dio por supuesto que no caerías en una trampa tan obvia. Al abstenerse de revelar su identidad, lo que hace es multiplicar el número de posibles responsables por la totalidad de los daimyos existentes. Y hay más daimyos esparcidos en Japón que pulgas en un tatami desaseado.

—¿Odiaba a alguien mi padre? ¿Alguien lo odiaba?

—No que yo sepa.

—La estratagema de su asesino, entonces, parece buscar menos mi respuesta que mi desconcierto. ¡Pero no lo conseguirá! —dijo Yutaka, y montando en su corcel se lanzó al galope hacia la escena del crimen.

Mientras atravesaba los diez mil ri de distancia que separan un castillo de otro, se determinó a actuar metódicamente y obtener pronto una respuesta cierta. Al arribar al Tercer Castillo interrogó a los servidores sobrevivientes, pero no obtuvo más que lo informado por el mensajero: los atacantes llevaban cubiertos los rostros y oscurecidas las armaduras. En el combate habían sido precisos e inflexibles, aumentada su mortífera eficacia por el silencio con que procedían; el que caía, caía sin gritar y era retirado del combate por sus compañeros.

Al indagar en el asunto, buscando la verdad en cada detalle, el señor de Sagami dilataba el momento de entrar al pabellón de descanso de su madre. En su lecho de convalecencia, dama Mitsuko debía de estar sufriendo lo indecible, tanto por las heridas como por los tratos infligidos; lo que le tocó vivir carecía de justificación, excepto que los atacantes hubieran buscado aumentar con su inconducta la ofensa inferida. Nishio Tanaka al menos tuvo la suerte de morir peleando, pero a su esposa la habían condenado al mismo tiempo a la viudez, a la insoportable humillación de los hechos y a su duro y perdurable recuerdo. No es extraño entonces que Yutaka demorara el ingreso. Considerando el panorama, ¿era decoroso visitar a su madre? Y, además, luego de lo sucedido, ¿obraba ella con ligereza al no suprimirse a sí misma, mitigando aunque fuese en parte el deshonor? Tal vez había intentado hacerlo y no pudo encontrar una solución satisfactoria. Quizás iba de desmayo en desmayo y no tenía fuerzas para alzar un brazo, menos aún para ingerir un veneno o degollarse con un puñal. Quizás había muerto y ya era tarde para cualquier reclamo o reproche...

Pero, sumándose a estas razones, Yutaka tenía motivos de carácter más íntimo para diferir el momento de su acceso al pabellón. En su niñez no fue criado siguiendo la regla vigente para los primogénitos de los daimyos, que manda separar tempranamente a los hijos de las madres para fortalecer su espíritu en la formación integral que proporciona el camino del guerrero (bushido). A él, en cambio, Nishio lo dejó al cuidado de su joven esposa. Sin embargo, no habría que juzgar severamente a quien ocupaba su mente en las cuestiones relativas a la conservación y expansión de su feudo y no en la crianza de su heredero. Siendo un hombre en la flor de la edad, vigoroso y lleno de ambiciones, Nishio Tanaka había tomado a la jovencísima Mitsuko Akiwara luego de apoderarse de los castillos y territorios de su clan y de eliminar a sus padres, parientes y hermanos, lo que se justificaba en la concentración del poder regional y la forja de nuevas alianzas. Tan usual era semejante accionar durante aquel período histórico que el día mismo en que las llamas cubrían los cinco techos de la torre principal del castillo del clan Akiwara, el conquistador cargó a la huérfana en su montura y dejó a sus espaldas el edificio incendiado. Orgulloso de sí mismo, la llevaba a horcajadas convencido de que la adolescente sonreía. Y lo cierto es que a partir de aquel momento Mitsuko no dejó de hacerlo. Era como si la sonrisa se hubiera estampado sobre sus labios para ocultar el pensamiento. No es asombroso, tampoco, que una dama de elevada alcurnia, preparada para dominar sus emociones, crea que estas no existen cuando vuelve la mirada hacia atrás y solo encuentra las ruinas de un pasado irrecuperable que espejea sórdidamente las promesas de un futuro incierto. Así que Mitsuko sonrió; sonrió todo el tiempo. Noche tras noche, día tras día.

A Nishio, el trato con geishas lo había preparado para obtener satisfacción carnal, pero en modo alguno para departir durante horas con una jovencita que tenía por actividad predilecta correr al atardecer por las laderas de la montaña capturando luciérnagas que luego encerraba en farolillos de papel y cuyos parpadeos luminosos contemplaba a lo largo de la noche mientras un viejo criado ciego pulsaba las cuerdas del samisén. Eso se completaba con el recitado de poesías dedicadas a celebrar el rocío que cae, las estrellas suspendidas en el cielo y las barcas meciéndose en lagos quietos. Hombre de trato brusco, Nishio se impacientaba al escuchar las risitas agudas de su esposa, lo exasperaba el sonido de sus grititos cuando lograba resolver una adivinanza, y sobre todo no sabía qué hacer cuando ella callaba, lo miraba seria y fijamente, y de golpe la sonrisa de siempre empezaba a coser su cicatriz en la redonda y tersa cara: una tímida sonrisa donde se dibujaban mundos de expectativa. Frente a ese panorama, el guerrero no supo contener su deseo de huida y apenas tuvo la paciencia suficiente para yacer con ella unas pocas veces; en esas escenas inconclusas, todo rápido y de apuro, obtuvo y deparó escaso goce, y encima con el auxilio de abundantes raciones de sake y valientes himnos de batalla. Así que, apenas supo que su semilla prendía, escaseó las visitas y luego del nacimiento de Yutaka solo las dispensaba en oportunidades ceremoniales.

Mitsuko depositó toda su ternura en el recién nacido; se consolaba brindando la rosada areola de su pezón al pequeño y cantándole las canciones de su tierra natal. El niño se prendía al pecho con la fijeza de un hipnotizado; alimentándose, incorporaba en raciones cada vez más amplias su dolor.

Poco de esto cambió durante la infancia de Yutaka; la diferencia de edad era escasa y madre e hijo parecían hermanos. Pero con el arribo del período de maduración, el joven buscó un modelo de conducta viril y quiso acercarse al padre.

Nishio recibió de manera ambigua el intento de aproximación. Habiéndola creado, sabía medir la distancia que los separaba. Con la anticipación prejuiciosa de un rústico, creía que Yutaka estaba hecho de la materia blanda del cortesano. Sin embargo, al verlo crecer, él también buscó cerrar la brecha y más de una vez se sorprendió al descubrir que aquel muchacho llevaba sus propios rasgos pintados en la cara y que se entregaba a los entrenamientos de combate con una fiereza similar a la de sus propios años de juventud. Finalmente, reconociéndose en su espejo, aceptó que tenía un hijo. La leche de la madre le había conferido una sustancia distinta de la que él estaba hecho, pero en ese extraño tan próximo podía confiar. Y tanto terminó confiando en él que, sin esperar a que Yutaka se casara y estableciera, decidió que ya era lo bastante viejo para delegarle el mando de los territorios, cederle a Kitiroichï Nijuzana y retirarse al Tercer Castillo. Como sabemos, tuvo poco tiempo para disfrutar de su descanso, y tampoco lo obtendría fácilmente después de muerto. Según uno de los sirvientes, antes de que le vaciaran la cuenca de los ojos, Nishio había logrado descorrer la máscara de uno de los enemigos y conocer su rostro. Y al hacerlo, había lanzado un horrible grito de furor.

2

Yutaka ingresó al pabellón de su madre con aire marcial, dando a entender que no descansaría hasta encontrar al responsable de lo ocurrido. Incluso había pensado en una manera altiva de iniciar el diálogo, diciendo: “Es indignante...” y luego el resto de la frase se encadenaría solo. Pero, al entrar, comprobó que el ambiente carecía de crispación y lamentos. Los shōjis estaban descorridos y la luz entraba a raudales, sin filtro alguno, mientras que el viento suave traía el bálsamo perfumado de los pinos. La propia Mitsuko, en reposo sobre el futón, contemplaba serena el atardecer.

En el primer instante Yutaka creyó que su madre mostraba ese aspecto porque se estaba preparando para recibir a la muerte; de hecho, aquella blancura sobrenatural esparcida sobre sus facciones era propia de un maquillaje fúnebre. O tal vez estaba muerta y él no se había dado cuenta. Pero, segundos más tarde, las dos bolitas negras de las pupilas se volvieron en su dirección. Alzando la mano, Mitsuko lo invitó a acercarse. De acuerdo con su rango, el daimyo debería haber esperado a que algún sirviente le acercara un taburete, pero en un impulso se arrodilló y tomó la mano tendida. Luego las palabras fluyeron. Preguntó a su madre cómo estaba, lamentó la muerte de Nishio, prometió investigación y venganza y castigo a los culpables y quiso saber si había reconocido a alguno. Mientras hablaba, sin embargo, no podía menos que preguntarse dónde y cómo se expresaba en ella el tormento infligido. Las heridas en la piel, que había imaginado múltiples, cada una fatal, parecían poco más que raspones de trazo irregular, como si Mitsuko viniese de ser azotada con un puñado de ramas empleado durante el baño de vapor para favorecer la circulación; era claro que las más profundas debían de estar ocultas bajo el kimono, pero el kimono tenía un aspecto inmaculado. O tal vez ya había sangrado demasiado y lo que permanecía era su espíritu, dispuesto a recordarle que debía reparar el honor de la familia. Para disipar esa sospecha, Yutaka rozó con un dedo el borde de la prenda, y como no hubo respuesta, ascendió con la mano sobre el brazo de su madre, que tampoco se movió. Si se trataba de un espíritu, entre sus atribuciones estaba la de adoptar una apariencia idéntica a la que había llevado en vida, pero lo que resultaba imposible era que conservara la naturaleza carnal, por lo que, al intentar tocarla, habría debido atravesar el aire... ¿Era su madre esa presencia inmóvil y átona, o los dioses habían concebido la posibilidad de una representación encarnada?

Para diluir toda sospecha, Yutaka pensó en recurrir a la fuente misma de sus recuerdos, y entonces, inclinándose con toda la suavidad posible, extendió su diestra y descorrió la parte superior del kimono. Se veía el nacimiento del suave montículo, que la respiración hacía ondular. Quiso tocar el pecho, percibir el calor, la textura de la piel, y retiró aún más la tela:

—Madre.

Pero ella apartó la mano y dijo:

Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua

El agua no piensa recibir su imagen

Yutaka se cruzó de brazos y meditó durante unos instantes acerca de aquellos dos versos tradicionales. Desde luego, el sentido depende de muchas cosas: la voz de quien recita, su entonación, el público al que va dirigido, el momento y lugar en que el poema es recitado. Toda esa serie de aspectos determina la circunstancia general del hecho poético y de su recepción, y toda circunstancia es esencialmente cambiante. De lo contrario sería tenida por la eternidad, una eternidad inmodificable. Como es natural, las circunstancias cambian con el tiempo y con las acciones que en su interior se realizan, aunque era claro que pensar en el interior del tiempo resulta impreciso, hasta abrumador. Porque el tiempo no tiene interioridad sino duración, aunque esta a la larga termine siendo una forma del espacio. La espacialidad del tiempo está dada, en el fondo, por las acciones que se precipitan o demoran en su transcurso, la cadena de los sucesos. Y eso era lo más extraño de todo, lo raro de lo raro, la rareza misma, lo que Yutaka Tanaka no terminaba de comprender. Porque en la secuencia presente, la infamia cometida contra su madre, infamia aún sin reparación, estaba siendo sucedida por nuevos hechos que momento a momento eran sucedidos por otros, como lo demostraba la misma Mitsuko, que acababa de recitar esos dos versos. ¡Nada se suspendía bajo los cien mil universos tras ocurrir la peor de las abominaciones, tan grande que ella no era capaz de mostrársela, tan descomunal que ni siquiera se permitía mencionarla! Y, sin embargo, precisamente por haberlos recitado, su madre había obrado una interrupción en la cadena de las causas y los efectos, ya que, en el momento de ser dicho o leído, todo poema (o fragmento de poema) introduce el milagro de una especie de suspensión, algo ocurre y no ocurre, algo se agrega a esa cadena a la vez que fija a los hechos que la componen en una eternidad sin circunstancia, volviéndose a la vez tiempo fugitivo y detenido, tiempo demorado y reverberante, materia que se evapora girando dentro de su propia bruma, y que en su misma evanescencia... en su misma evanescencia... ¿qué?

En cualquier caso, estaban a la vez dos hechos, la acción infame y el poema, uno relativamente reciente y el otro completamente reciente, y este último aludía a aquel y de algún modo lo modificaba. Y también era claro que su madre había preferido expresarse en términos alusivos, de lo contrario habría resuelto todo empleando una sola frase (“sé quiénes son mis atacantes” o “no sé quiénes son”). Pero Mitsuko había elegido dar paso a la exégesis literaria, lo que probaba que creía haber educado bien a su hijo, preparándolo para su correcta interpretación.

Frente a ese desafío, Yutaka Tanaka inclinó el mentón sobre su pecho y se rascó la pera, donde comenzaba a crecer una barba rala. En voz baja repitió el primer verso:

Los gansos salvajes no se proponen reflejarse en el agua

Sin duda, pensó el joven daimyo, para su madre los gansos salvajes eran la banda de atacantes, y su falta de voluntad de reflejarse —“no se proponen”— refería a la determinación de ocultar su identidad. El segundo verso, en cambio, exigía una lectura más detallada, porque al escribirlo el poeta se había complacido en un juego delicioso.

El agua no piensa recibir su imagen

Que lo inerte sea móvil, que sea móvil y fluido, supone de por sí una condición paradojal, y esa paradoja era exquisita. Al escribir “el agua no piensa”, el poeta plantaba, en esa negación, una afirmación implícita: la existencia de la posibilidad de que esto pudiera ocurrir. En realidad, se trataba de una negativa segunda, pero más fuerte, a la previa decisión de los gansos de “no proponerse”. Que los gansos salvajes se propongan o no reflejarse, es asunto de los gansos salvajes. Allá ellos con su determinación. El agua podría recibirlos, pero no piensa hacerlo más allá del propósito que tengan. Así, en el marco de lo sucedido, la clave del asunto se resumía en la quinta palabra. “Recibir”. En la realidad que existe fuera de las palabras, el agua carece de alma, raciocinio y voluntad, ni piensa ni deja de pensar, aunque si es lo suficientemente límpida puede “recibir” (es decir, reflejar) la imagen de cualquier ser u objeto. Es su condición y no depende de su arbitrio. Por eso, habiéndola dotado el poeta de algo parecido a un ánima, y siendo Mitsuko quien recibió la afrenta de los samuráis/gansos salvajes, este segundo verso no podía menos que referirse a ella misma, y en ese sentido se debía realizar una doble lectura; por una parte, de manera literal, indicaba su decisión de comportarse como si nada hubiera ocurrido (El agua no piensa —es decir, no quiere ni admite— recibir su imagen —es decir, guardar la memoria de los hechos infamantes—); pero, por otra, y en un sentido figurado, más ambiguo y misterioso, expresaba otra decisión tan personal como la primera. Si Mitsuko había conseguido identificar a los atacantes, su negativa (el agua no piensa recibir su imagen) traicionaba de algún modo su propia naturaleza, ya que el agua no puede no recibir (es decir, reflejar) lo que se le pone por delante. ¡Y eso era absurdo! Si lo que no es recibido no es devuelto (acusado, denunciado), en modo alguno puede ser capturado y castigado. Así que, callando los nombres de aquellos miserables, fingiendo poéticamente que nada había ocurrido —concluyó Yutaka Tanaka—, su madre se protegía de reconocer el abuso pero a él le impedía lavar el deshonor familiar y cobrar el precio de la venganza.

Ahora bien —se preguntaba el joven daimyo— ¿qué determinación la obstinaba en la negativa, al punto de superar su obligación de lealtad al clan Tanaka e incluso a la debida a su propio hijo? Tal vez, sencillamente, Mitsuko estaba tan afectada por lo ocurrido que recitó el fragmento de poema inadecuado para el momento. Desde luego, prueba de mayor perturbación aún habría sido que citara estos otros versos de Hsüan-Chüe:

Sobre el río la Luna brillante, en los pinos el viento que suspira

Toda la noche tan tranquila; ¿por qué? ¿Para quién?

3

La noche se precipitó como un león hambriento y cuando tendió sus garras sobre Yutaka él aún seguía pensando; había permanecido durante horas musitando aquellos versos (Gan ga mizu ni han’ei sa reru monode wa arimasen/mizu wa anata no gazō no yō ni kangaete imasen), contemplando las facciones sin expresión de su madre hasta que las borró la sombra. Al abandonar el pabellón de descanso no había arribado a conclusión alguna, salvo que en lo inmediato debía ocuparse de la ceremonia funeraria de Nishio.

La Luna lanzaba centellas contra las altas masas de los árboles, trazaba líneas de fuego de plata filtrándose en la espesura. Era un paisaje propicio a las fantasías, y a su amparo Yutaka Tanaka se daba a sueños insensatos. Construir un monumento superior en grandiosidad y fasto al kofun del período Yamato, combinar líneas rectas y curvas, expresar la cordura y lo monstruoso, el orden y lo abigarrado. El monumento se alzaría hacia un cielo vacío de dioses para imponer, en bruñida piedra sobre las nubes, el nombre de su padre. Porque lo cierto era que recién ahora reconocía cuánto lo había amado, y a eso se sumaba el odio contra los causantes del estado en que se hallaba Mitsuko. Galopaba llorando, soltando gritos estridentes que hacían temblar a su caballo, y hasta las aves nocturnas apagaban su canto por respeto al dolor del daimyo, que se reprochaba sus emociones. “¡Qué vergüenza, qué vergüenza, ser lo que soy y sufrir tanto!”.

En el momento en que ingresó al patio interior del castillo ya estaba en calma. Una idea extravagante y feroz empezaba a ocupar espacio en su mente.

Como fue dicho, Nishio Tanaka había sido atrozmente descuartizado y cada uno de sus trozos guardado en bolsas por los atacantes y llevado a destinos ignotos: quizás a esas horas el enemigo se solazaba en la contemplación de su cabeza, sumergido en vagas ensoñaciones, luego de arrojar torso y extremidades a los perros. O tal vez ocultó esos restos bajo un túmulo cualquiera. En cualquier caso, de la desaparición del cuerpo solo estaban enterados los autores directos de la profanación y unos pocos sirvientes del clan Tanaka, que por lealtad y temor permanecerían callados. Pero el resto del país, empezando por los daimyos vecinos, no tenía conocimiento de lo ocurrido y era de esperarse que la noticia del ataque tardara unos días en esparcirse. Por lo que Yutaka decidió actuar con celeridad y mandó a buscar, o bien a producir —las crónicas de época no concuerdan acerca de este detalle— un cadáver para hacerlo pasar por el difunto. No fue difícil conseguirlo, de una manera u otra. Las mujeres del castillo disimularon los defectos del cutis mediante polvo de arroz y buscaron la concurrencia de los rasgos con profusión de pintura negra en pómulos, ojos y cejas. Luego lo vistieron con las ropas ceremoniales, le pusieron la armadura ceremonial de Nishio y lo sentaron sobre el tokonoma. El sustituto coincidía en altura pero carecía de su contextura ósea y de su soberbia musculatura. De todos modos, la armadura hacía las veces de exoesqueleto y, con las piernas abiertas y la katana puesta sobre la falda metálica que protegía el vientre y los muslos, el muerto ofrecía un aspecto impresionante.

La idea era extravagante y feroz y difería de cualquier método conocido para la investigación de un crimen. En principio, prescindía de la delación y el tormento de un sospechoso, de la ambigua verdad que se esconde en una confesión forzada, y apostaba todo al efecto de la mirada. Yutaka había decidido que fuese a ese sustituto a quien le rindieran honores fúnebres los daimyos vecinos, creyendo que homenajeaban al original. Y por supuesto, el asesino no faltaría a la ceremonia, porque su ausencia equivaldría a una autoincriminación. Se haría presente, como el resto, con la idea de que asistiría a una de las tantas despedidas propias de aquella época belicosa, en las que en muchos casos faltaba el cuerpo del difunto. Y ahí estaría él, Yutaka Tanaka, señor de Sagami, atento como un águila, dispuesto a observarlo todo. A estudiar las reacciones de los daimyos ajenos al asesinato, que se asombrarían de estar asistiendo a las exequias de un colega que, a cambio de reposar en el ataúd de rigor, se exhibía vestido con sus atuendos marciales. Pero sobre todo atento a buscar, entre las muecas de consternación diplomática y de condolencia y respeto, la expresión del único de los presentes que se encontraría sometido a una sorpresa verdadera al verse en presencia de algo que tenía por imposible. Porque el asesino sería el único que, habiendo matado y cortajeado y hecho desaparecer el cuerpo de Nishio Tanaka, sabía de antemano que no existía cadáver al que rendir homenaje.

Considerada críticamente, la invención de Yutaka Tanaka se sostenía en el supuesto de que aquel acontecimiento produciría una fuerte turbación en su enemigo, cuyas facciones revelarían desconcierto y culpa. Pero este supuesto no aquilataba de manera suficiente el perfecto dominio de la emoción al que estaban acostumbrados los señores feudales. Así, resultaría harto improbable obtener una expresión de asombro de un alma oscura, extraer una verdad óptica a la luz de un artificio. Sin embargo, la ideación de un recurso que contaba con pocas posibilidades de conseguir lo buscado, al menos sirve para asomarse a la personalidad de Yutaka Tanaka. De haber vivido en siglos futuros y en el seno de otra civilización, el daimyo habría pasado por un luctuoso dandy de pensamiento barroco, incluso por un snob que se complace en la búsqueda de soluciones complicadas. Pero, siendo justos con él, hay que admitir que solo se trataba de un daimyo de provincias movido por la devoción filial, y es necesario reconocer que tampoco apostó todo a un golpe de fortuna: también había indicado a los sobrevivientes del ataque al Tercer Castillo que se mezclaran con los invitados a efectos de examinarlos. En su opinión, no debía descartarse la posibilidad de que su enemigo cometiera un error y asistiera a la ceremonia trayendo algún elemento reconocible, algo previamente utilizado en el ataque. El joven daimyo confiaba en lo que pudiera revelar la observación de la conducta física de sus invitados —algún gesto o rasgo singular, una renguera, una cierta inclinación, un movimiento afectado— y, sobre todo, de sus atuendos. Y esta última esperanza, en el fondo, implicaba una fuerte creencia en la evolución cultural del Japón.

Concretamente, de la ocurrida a partir de fines del siglo VIII, cuando el poder empezó a pasar a manos de los Shögunes.

A partir de entonces los emperadores habían ido encerrándose en una atmósfera cada vez más exigente y cultivada, un mundo autosuficiente. La estratificación social de los inicios se mantenía, seguían siendo las autoridades reinantes, solo que cada uno de ellos a su turno se desentendía del manejo del Estado; tarde, los Shögunes comenzaron a descubrir que, lejos de haberse apoderado de todo, estaban esclavizados a las tareas de la guerra (civil o de defensa nacional) y a los tedios de la administración de los asuntos públicos, mientras que la corte de Kyoto crecía en elegancia. Las crónicas históricas refieren el fastidio de algún Shögun semianalfabeto cuando transitaba los patios exteriores de palacio y veía cómo a su paso los cortesanos retrocedían inclinándose en reverencias mientras se tapaban la boca con la mano disimulando la risa ante su aspecto poco sofisticado.

Desde luego, así en la tierra como en el cielo. Intimidados por la pompa y el ceremonial, por los sahumerios que ardían en pebeteros de jade y por el lento bostezo de las cortesanas, por las arquitecturas y las formas de ensueño de un mundo que parecía desvanecerse y erigirse en burbujas, tras la visita a Kyoto cada Shögun (y cada una de sus versiones reducidas, los daimyos) regresaba a su terruño sintiendo que, en la comparación, todas sus posesiones se asemejaban a una caricatura grotesca. Ninguno de ellos podía continuar fingiendo que despreciaba aquello que admiraba hasta la locura, así que todos quisieron enriquecer sus vidas en un esfuerzo de imitación.

El acceso a esas cumbres civilizatorias supuso un trabajo de generaciones. Y Shögunes y daimyos afrontaron la escalada. Contrataron monjes para que les enseñaran a dibujar kanas, músicos para que los educaran en la vocalización y sastres para que les cortaran kimonos y obis a la moda de la ciudad capital; cada castillo se convirtió en una pequeña corte en la que al principio los señores no distinguían entre cultivados y farsantes y entre músicos verdaderos y rascatripas. Pero como el alma, en definitiva, aspira a lo bello y a lo bueno, fueron depurando sus estilos, no hasta el punto de superar al modelo (porque entretanto el modelo continuaba mejorando), pero sí lo suficiente para no sentir que sus vidas eran insustanciales.

Ese proceso de competencia significó el comienzo de la prosperidad nacional y marcó un ciclo ascendente de la industria bélica.

En rigor, a partir del período Heian, la guerra había cesado de ser un estado permanente, por lo que daimyos y Shögunes se aplicaron al estudio y perfeccionamiento de las armas, atuendos y estilos de batalla. Entonces no existían mesas de arena en las que los generales pudieran replicar los antiguos combates y especular con luchas futuras, pero numerosas pictografías informan del surgimiento de técnicas de ataque y defensa. Las formaciones militares llevaban nombres poéticos (Ganko, Hoshi, Saku, Engetsu...) y se disponían como ideogramas, caligrafías. En realidad ya no se trataba de eficacia sino de estética: habían empezado a encontrar la belleza en sus propias prácticas. La corte imperial de Kyoto seguía siendo el modelo supremo, el motor que los movía sin moverse, pero ya no funcionaba en la realidad sino que había ascendido a la esfera de los arquetipos.

En ese marco los herreros producían katanas que se empleaban en luchas cuerpo a cuerpo cada vez menos frecuentes; wakisazis y tantos destinados al corte traicionero y a la evisceración en espacios reducidos y oscuros como pasillos, corredores y retretes; tachis y ukigatanas que los tradicionalistas usaban en despliegues incómodos pero vistosos; nokachis, nagakamis y naginatas para las funciones de combate en campo abierto. Y no hay que olvidar que las mujeres samuráis (onnabugeishas) se ejercitaban en el uso del yari y el kaiken...

Pero el punto más alto de este nuevo ciclo se encuentra en la evolución de la armadura.

En los principios de la historia japonesa, sus guerreros salían al combate cubiertos por corazas de cuero incrustadas de elementos metálicos que permitían desviar o amortiguar el impacto de una flecha, aunque no sirvieran para detener un golpe de katana. Pero, a medida que las armas portables y arrojadizas mejoraron, también lo hicieron las armaduras. Sumaron resistencia, flexibilidad y ligereza (de nada valía un samurái bien protegido que no pudiera dar un paso a causa del peso de su cobertura); la combinación de materiales blandos y rígidos requería una elaboración impecable, porque si el trabajo de encastre de las piezas se realizaba de manera tosca, la falta de terminación daba por resultado una infinidad de bordes internos punzantes y se habían dado casos de guerreros que se desangraban antes de entrar al combate. Así, en el curso de dos o tres generaciones, los maestros armadores (gusoki-shi) se volvieron artífices de éxito mundano. Cientos de samuráis hacían cola ante sus tiendas y hasta permitían que los destrataran en su afán de darse lustre. Los Myochin, los Saotome, los Haruta y los Nagasone eran célebres por sus gritos, sus caprichos, su mal talante. Arogome Unkai llegó a la cúspide de la extravagancia cuando destrozó a martillazos su mejor armadura porque le disgustó el acabado de un remache del protector de brazos, y Kenzaburo Yashimoto, para no ser menos, arrojó al río la suya (con el asistente-probador metido adentro) porque no ajustaba bien la soga de cáñamo trenzado con la que se cerraba el peto. Y aunque no todos llegaban a esos extremos, las citas para tomar las medidas corporales duraban meses y hasta años en concretarse, y en ocasiones se cancelaban porque el gusoki-shi maestro había fallecido o porque su nombre, ayer tenido por excelso, palidecía en el cotejo con otro: la sucesión de nuevos talentos era imparable, cada renombre duraba lo que un tsunami en una laguna. Y como la demanda de maestros armadores superaba a la oferta, la lógica comercial determinó desplazamientos e incorporaciones: algunos sastres sumaron el arte de la armadura a los artificios de su tarea y la fantasía ya no tuvo límites. Las justas guerreras derivaron en desfile de modas en los que los samuráis exhibían audaces combinaciones de color y diseño en telas y protecciones. El criterio decorativo primó sobre la función originaria al punto de que los samuráis más jóvenes y faroleros se rehusaban a arriesgar sus armaduras en la liza y minutos antes de comenzar las colgaban en percheros o maniquíes y luchaban en taparrabos. Muchos de ellos, además, creían que la mostración de músculos era la antesala del alquiler de sus cuerpos y redundaría en la obtención del dinero suficiente para adquirir más y más pertrechos; así, hasta el sexo se había vuelto parte de la industria.

Una armadura samurái completa (Yoroi) se componía, primero, de un casco (Kabuto), integrado por un bacinete hecho de un mínimo de tres y un máximo de cien placas metálicas (Tate hagi-no-ita) remachadas entre sí, ya en planos que no dejaban espacio entre placa y placa, ya en uniones elevadas que favorecían la ventilación. Algunos kabutos contaban con una abertura en la cima del bacinete para que los samuráis más coquetos lucieran su “coleta de caballo”, pero el guerrero experimentado prescindía de la abertura pues sabía que en combate un enemigo podía capturarlo agarrándolo por el pelo, como si fuera una mujer. Otros despreciaban el riesgo y exaltaban ese agujero, festoneando su contorno con bandas metálicas suaves en forma de racimo o capullo o crisantemo. Se le llamaba anillo decorativo (tehen kanamono) o, por cierta semejanza con la hendidura femenina, Pusshï Kinzoku o Ha chitsu. Es claro que no había casco sin protector de nuca o shikoro, compuesto de entre tres y siete planchas semicirculares de cuero o de metal laqueado; a esta protección se le sumaba una malla, también de metal o de cuero, que en definitiva solo evitaba la separación completa de la cabeza si en el momento del degüello el arma atacante era esgrimida por un contendiente inepto o de físico endeble, y en otros casos apenas servía para limitar el corte; entonces las cabezas terminaban colgando de las vértebras enlazadas por unas hebras de carne. Naturalmente, para que ese kabuto calzara cómodo en la testa del samurái, se tejían revestimientos internos primorosos (ukebari), hechos de lanilla fresca y absorbente teñida con tintura de almejas.

Pero todos estos elementos, siendo de suma importancia, quedaban en segundo lugar en la atención de los samuráis, a quienes ni se les habría ocurrido salir a la calle sin que las crestas de sus cascos (Tatemonos) estuvieran lujosamente trabajadas; ya se tratara de crestas frontales, laterales, superiores o traseras (maedate, wakidate, kashiradate y ushirodates, respectivamente); todas llevaban emblemas de clanes y aditamentos de metal cuyas formas curvas, espiraladas, cuneiformes o vitrificadas imitaban la Luna, el fuego, el sol, un anillo, un bastón de mando, un puño de hierro o de hielo, representaban animales y entidades míticas o reproducían oraciones o símbolos mágicos de protección.

En un principio, esas crestas guardaban proporción respecto del casco, pero comenzaron a crecer cuando sus dueños decidieron que el aumento las volvía amenazantes o sugería equivalencias entre sus medidas y las íntimas propias; y hubo quien sustituyó las crestas por cuernos de ciervo de hasta tres shakus de largo, para risa de algunas geishas que conocían las verdaderas dimensiones. Además, se exageraban las proyecciones laterales en forma de alas o de orejas (fukigaeshi), se ornamentaban los visores (Mabizashi), se añadían anillos de primorosa factura para cargar las banderillas de identificación (kasa jirushi).

Ahora bien, si todos estos arreglos despertaban el fanatismo de los samuráis, estos directamente enloquecían con los petos (Hikiawase-o). De las toscas armaduras hechas de cuero de animal entero se pasó pronto a una composición hecha de recortes superpuestos, al estilo del tejado de los templos; el gusoki-shi trabajaba cada recorte con una técnica particular. Alguno era repujado, otro barnizado, un tercero desgastado con leznas de dientes irregulares, y el efecto general resultaba de una cuidadísima asimetría. A la distancia, el portador de la armadura se asemejaba a un armadillo.

Algunos daimyos consideraban incompletas sus vidas si no peregrinaban una vez por año a la corte de Kyoto a enterarse de las últimas novedades de la temporada (artes y letras) y a visitar, en compañía, de esposas y concubinas, las tiendas de sus modistos de cabecera. Entonces, mientras examinaban las telas que colgaban esponjosas de los estantes, mientras se abanicaban y escupían de costado con aire desdeñoso, se iban entregando a lo transformador de esa experiencia, y tan profundos eran los cambios emocionales que a la vuelta al terruño natal corrían a los talleres de sus gusoki-shi para exigir nuevas formas y materiales inverosímiles. Yoshida Kenkö, por ejemplo, se presentó a una fiesta de los muertos luciendo una armadura hecha a base de piezas de porcelana, cerámica resquebrajada y fibras de bambú hervidas y laqueadas. Definitivamente, los hijos de Hachiman, el dios de la guerra, se habían puesto bajo las banderas de Amaterasu, la diosa del sol, y bajo su luz resplandecían.

Y era por eso que Yutaka Tanaka se preguntaba quiénes serían esos samuráis y por qué, que a la hora de asesinar a su padre y mancillar a su madre, habían consentido en vestir de manera idéntica. Resignar los encantos de la apariencia suponía una poderosa renuncia personal, era una suprema muestra de lealtad a la causa del amo. De ahí su esperanza en el hallazgo de algún resquicio donde se filtrara la verdad. Formando en fila a sus sirvientes sobrevivientes del ataque al pabellón de verano, el joven daimyo los exhortó:

—Del mismo modo en que dentro del infierno hay siempre una zona que no es infierno y nuestra obligación es reconocerla, hacerla durar y darle espacio, así, dentro de esa masa idéntica de criminales y cobardes debemos encontrar a aquel que en el combate mostró una diferencia. Yo sé que esa diferencia no les habrá saltado a la vista durante el enfrentamiento, pero hoy nos permitirá conocer su pertenencia a un clan, el nombre y la casa de nuestro enemigo. ¡Fíjense en las pequeñeces! Puede ser un Mabizashi que tiene una muesca o grieta en la celada, un Datemono que brilla de forma particular, un Ukebari que se soltó en el ardor de la batalla y cuyo trenzado ahora vemos cuando alguien se quita el Kabuto. Puede ser un Fukigaeshi, un Tehen kanamono, o un sencillo gesto del sospechoso, una manera de doblar la rodilla o de alzar la máscara facial para meterse el dedo en la nariz. Puede ser eso o cualquier cosa, pero tiene que ser algo, algo, algo...

4

Los daimyos de las comarcas vecinas fueron llegando.

Abrazos, expresiones de dolor, muestras del más profundo de los respetos. En esas manifestaciones Yutaka Tanaka encontraba exageración y reticencia, falsedad, y hasta muestras de sincera simpatía, pero nada que le permitiera reconocer a su enemigo. Un samurái debe mantenerse por fuerza impasible, y su tarea era quebrar esa máscara con el martillo de la sorpresa. Por eso, a medida que sus pares se presentaban los hacía pasar sin preámbulos a la sala principal de la ciudadela, donde se exhibía el falso cadáver de su padre vestido con su armadura. Murmullos, voces apagadas. Las fluctuaciones del misterio eterno bailando entre el humo de los pebeteros. Comentarios entre los visitantes.

—¿Pensará el querido Yutaka que su padre hallará la paz llegando así al país de la sombra? —decía Katzumi Furukawa.

—¡Qué descanso incómodo, con todo ese laterío! —protestaba Hideo Oyuni.

—Hay que reconocer que, estéticamente, tiene lo suyo —Azuma Miyai.

—Sí. Un espectáculo infartante —admitió Oniro Yazumi.

—¡A mí, muerto, que me acuesten! Sentado por toda la eternidad no me da la cintura... —bromeaba Sato Mishi.

—Por favor... No es el momento de risas —reprobaba Masato Ide.

—Pero ¿cómo enfrentar sin humor la angustia de la muerte? —suspiraba Terugo Nogani.

—Tal vez al pobre Nishio le pusieron la armadura facial porque le comió la nariz una enfermedad vergonzante... —Satoru Izeki.

—¡Qué va! Ni en sueños... Si ya estaba retirado, era un pan de arroz, un marido fidelísimo... O eso era lo que él decía... —Takashi Ohasi.

—Espero que el momento de los rezos no dure demasiado. Últimamente vengo de entierro en entierro y las rodillas ya no me aguantan —Masaharu Ueda.

—Me llama la atención el atrevimiento del nuevo señor de Sagami. ¿Qué habría opinado el propio Nishio de esto? —Yoshiro Muraki.

—A determinada edad un hijo hace con el padre lo que quiere. ¡Y ahora el padre ya no puede opinar! —Fumio Yanoguchi.

—Quizá nuestro anfitrión tiene preparadas ceremonias de purificación especiales... ¿O se estarán imponiendo nuevos rituales...? —Shutaro Yoshida.

—Lo que antes era, ya no es. Y lo que hoy es, mañana dejará de ser —Toru Takemitsu.

Y así seguían. Deslizándose como una sombra cortés entre los daimyos, Yutaka Tanaka se preguntaba si de verdad serían lo que parecían, unos tremendos idiotas, o solo simulaban serlo para protegerse de sus sospechas. Pero, en ese caso, ¿cuándo y cómo habrían convenido semejante sucesión de imbecilidades? Eso supondría un acuerdo previo, el reparto de líneas de diálogo, su aprendizaje y reiteración para que fluyeran con naturalidad... “No”, se decía Yutaka... “No. Estos son completos idiotas. Cretinos. Frívolos. Hablan como piensan. Además: si hubieran decidido destruirme, ¿por qué no juntaron sus hombres en un solo ejército y me atacaron? Me habrían liquidado en un santiamén... Mi enemigo. Uno solo. Anónimo. Inteligente. Y fingiendo la misma imbecilidad que estos patanes”.

El día siguió así, con los daimyos charlando en voz baja, intercambiando noticias, estudiándose de reojo las vestimentas. Por la noche se sirvió el banquete: pasteles de arroz, guisado de onishime con konnyaku, tofu y onori, regado con shöchû. Conversación acerca de las diferencias entre sintoísmo y budismo. ¿Las almas de los difuntos suben al paraíso antes, durante o después del entierro? ¿Cuándo y de qué forma sería enterrado Nishio Tanaka? La charla derivó hacia temas de política contemporánea: alianzas, matrimonios, escaramuzas de límite. El dueño de casa, que parecía haber abusado del aguardiente de arroz, se retiró temprano, dejando que sus visitantes consumieran libremente los manjares y el alcohol y los cuerpos de la servidumbre. Desde luego, la ebriedad del señor de Sagami era fingida. Había concebido la idea de que, si su enemigo se hallaba entre los visitantes, tal vez buscaría aprovechar su borrachera para cruzar sigilosamente los patios, subir por las escaleras de piedra de su torre y atacarlo en medio de la oscuridad. Era su oportunidad de atraparlo en pleno intento. Pero nada de aquello ocurrió. A la madrugada, después de una noche de excesos, los daimyos roncaban en los aposentos de huéspedes de la torre externa, separados por los tres muros interiores, y solo Yutaka Tanaka y sus vasallos se presentaron para el desayuno de homenaje al difunto.

Esa mañana, el joven daimyo encendió la vela ritual y pronunció las palabras propicias mientras en su fuero interno comenzaba a tambalear su convicción acerca de la necesidad de continuar con la farsa. Esto requiere ciertas explicaciones.

Durante aquel período histórico, era de rigor que los daimyos intercambiaran sus hijos con los hijos de los daimyos de provincias cercanas. Cada señor entregaba y recibía un número variable de vástagos propios, de pares y vasallos, a los que se proporcionaba entrenamiento militar en el caso de los varones, y preparación para las tareas del hogar en el de las mujeres. Con ese pretexto educativo, el procedimiento funcionaba como un intercambio de rehenes que garantizaba la paz, pues ningún daimyo atacaría a un par capaz de eliminar a su descendencia y la de sus allegados. Los niños de los intercambios crecían compartiendo vida y costumbres de sus anfitriones, por lo que terminaban formando parte de ese ambiente, casándose, fornicando y amancebándose con sus huéspedes, forjando amistades y sistemas de lealtades cruzadas entre la familia de sangre y la de “adopción”. Y era de rigor que los hijos de daimyos contaran con el servicio de samuráis que también oficiaban de espías. Esto favorecía el desarrollo de sistemas de conspiraciones cruzadas. En un esquema de intriga simple, el samurái-niñero del hijo varón del señor del castillo de Okendo, que tenía por misión visible cuidar a su amito y por misión oculta recabar datos sobre armas, estrategias, hombres, vituallas, estado de las defensas y de la caballería del castillo de Hosukai donde ambos estaban alojados, podía entretanto haber sido contratado bajo cuerda por el señor de ese mismo castillo para enviar información falsa al señor de Okendo. Así, no era inusual que esos samuráis-niñeros asistieran a los dos amos y a otros tantos, y que en ocasiones mezclaran adrede o confundieran el destinatario de la información por transmitir. Tampoco era extraordinario que dos daimyos fingieran enemistad y obligaran a sus samuráis al espionaje mutuo solo para comprobar si pasaban el examen de lealtad o se mostraban permeables a un intento de soborno. Y había otras complicaciones. Los romances, los cruces de pareja y los embarazos secretos producían cambios de bando, retornos, abandonos, arrepentimientos: el amor era un mecanismo loco aplicado a las políticas de espionaje y cada individuo era capaz de sumar capas y más capas de fidelidad y de engaño. En definitiva, nadie confiaba en nadie y la imposibilidad de contar con información veraz abortaba las aventuras bélicas y preservaba la paz en un país dedicado al chisme. Por eso, cuando un daimyo decidía cortar los hilos de esa maraña lanzándose katana en mano sobre territorios ajenos, el resto suspiraba aliviado. ¡Al fin alguien mostraba carácter! Claro que semejante acto era una excepción a la regla, una excepción que se presentaba de manera convencional: con ejércitos convencionales, asedios convencionales, convencionales despliegues de signos. Pero, en este caso, el enemigo oculto de la casa de Sagami, al atacarla y ofenderla sustrayéndose a la constatación de su identidad, había vuelto complejo lo sencillo, enrareciendo la práctica del combate y obligando a Yutaka Tanaka a proceder a su vez de manera inusual. O al menos eso le confió a su consejero principal al fin de la ceremonia:

—El empleo del cadáver sustituto constituye un intento desesperado y endeble por restituir los usos y costumbres tradicionales en el arte de la guerra —dijo—. El problema es que con la circulación de personas y de rumores de hoy en día, ya nada puede mantenerse en secreto —suspiró—. Solo en un acceso de optimismo pude imaginar que el enemigo no se enteraría de este intento.

—Es cierto que en los últimos tiempos el cotorreo aumentó tanto en este país que en vez de guerreros parecemos loros, pero...

—¿Pero qué?

—Pero mi señor exagera en el reproche, que es una forma pudorosa de la autoconmiseración —contestó Kitiroichï—. Has hecho lo que pudiste con lo que tenías a mano y tu esfuerzo es digno de ser admirado. De todos modos, creo que tu operación habría resultado más sutil y efectiva si hubieras diseminado la especie de que pensabas implementar la sustitución, pero que finalmente te habías abstenido de hacerlo. Ahí sí, entonces...

—¿Ahí sí qué?

—Ahí sí, durante la ceremonia fúnebre, con todos tus pares convencidos de tu desistimiento, habría sido el momento de sorprenderlos con la evidencia de que sí había un cadáver. Y ahí sí, entonces.

—¡¿Ahí sí entonces qué?!

—Ahí sí, entonces, una vez que todos creyeran que habías sido tan imbécil como para recurrir a ese truco, ahí sí, entonces, habrías debido quitar pieza a pieza la armadura de tu padre para dejar al descubierto...a tu propio padre. ¡Entonces tu enemigo no habría podido contener la expresión de asombro!

—¡Ese sí habría sido un golpe definitivo! —se entusiasmó por un instante el daimyo. Y un segundo después—: Claro que sería imposible que algo así ocurriera, porque no contamos con el cadáver de mi padre... Ni siquiera con uno de sus trozos.

—Exacto. Por eso es que nada útil sucedió.

—Sí. Es una pena.

Recién comienza el segundo día. Resta una semana para que los daimyos consideren cumplidos sus deberes sociales y vuelvan a sus territorios. Entretanto, traman y disuelven alianzas, visitan las tumbas de los antepasados del clan de Sagami, realizan ofrendas. Por las noches el señor de Sagami preside las comilonas. Ha mandado traer la armadura con su contenido y la puso a su lado. En la proximidad, siente los efluvios del cadáver en proceso de descomposición. A la distancia, al aire libre, brillan las lámparas votivas que mandó encender como recordatorio de la afrenta y testimonio de su ira. Luciérnagas de la venganza, iluminan las arboledas y trazan ambiguos reflejos en los valles. Los invitados murmuran su desconcierto. La viuda del difunto no se ha presentado aún. Los motivos de su ausencia deben de ser graves. ¿Estará en desacuerdo con la ceremonia que lleva adelante su hijo? Llegan rumores de que Mitsuko permanece postrada en su lecho, que no se mueve ni habla. A veces, en medio de la noche, el taciturno Yutaka Tanaka hunde la cabeza en el pecho y canta canciones libertinas, estirando las vocales graves mientras las visitas beben lo que se les ofrece y comen lo que les sirven sin entender bien por qué, cada tanto, el anfitrión lanza miradas asesinas. Es una descortesía atroz o un principio de demencia. Al filo de la madrugada, cuando cada daimyo visitante duerme o come o caga o ama, los servidores del castillo cargan con la armadura del padre y su contenido y los llevan a los aposentos interiores, donde el cadáver sustituto es extraído y lavado y perfumado y repuesto en su lugar, aunque la maceración natural tienda a la disgregación de la piel, a la aparición de gusanos y a la hinchazón de los órganos internos. Una vez retirado, resulta difícil volver a meterlo dentro de la armadura. Noche tras noche se incrementa la cantidad de pebeteros de jade y de varillas de incienso. Las mujeres asperjan el ambiente con perfume de sándalo. Igual, el olor no se aguanta. En la quinta noche un daimyo se atreve a comentar el detalle con voz audible. Yutaka Tanaka no contesta —si su madre no habla, él tampoco— y ordena ampliar la plantilla de servicio trayendo mujeres de las localidades vecinas. Son de categoría inferior a las que residen en el castillo, pero no hay goce sin contraste ni finura que no anhele su opuesto. Los presentes se juegan a las geishas a los dados, buscan ganar el derecho a no saber cuál visitará sus cuartos. Cada una de las nuevas fue contratada para extraer una verdad huidiza, una confesión que debería escapar durante el delirio de la carne. Pero si hay un criminal de cuerpo presente, ese criminal calla, como calla el señor de Sagami y como calla su madre, quieta en el lecho, los ojos abiertos, contemplando las lámparas votivas que arden en la negrura de aquel cielo. Durante el curso de la séptima noche Yutaka manda a que se vacíe y limpie la armadura de su padre y se arrojen los restos falaces al pudridero. A la mañana siguiente, vestido con un kimono azul estampado con un dragón de oro, despide a los daimyos, que parten al paso lento de sus caballos.

Antes de separarse en el primer cruce de los caminos, Misao Saito entona:

Yo te alabo

Eterno paraíso de Oriente

Yo te alabo Buda eterno

En treinta y seis millones de millones de manifestaciones

5

Tras la partida de los pares, hundido en la decepción, Yutaka se encerró en sus aposentos. Al mediodía comió sin hambre, tragando como quien se castiga, y vació tazón tras tazón de sake, sosteniendo alzado el brazo mientras se lo llenaban hasta que el brazo se fue aflojando y él se deslizó de costado sobre el tatami. Murmuraba palabras inconexas, no podía contener el flujo de su saliva, la transpiración brotaba lenta y lo cubría, los jugos gástricos se acumulaban en la zona alta del estómago dificultándole la respiración y los movimientos del diafragma. Sus ojos se cerraron.

Soñó que caminaba sobre un desierto de hielo; llevaba las medias de siempre y no usaba sandalias. El blanco del algodón se fundía con la blancura reinante. Parecía que su cuerpo terminaba en los tobillos. Y así era. De tan áspera, la superficie del hielo iba limando sus extremidades. A Yutaka Tanaka le parecía extraña su capacidad de seguir avanzando cuando la frotación ya había hecho desaparecer pies, tobillos y pantorrillas y estaba a punto de llegar a la altura de las rodillas. Y más extraño aún era que la limadura no dejara rastros, como si fuera cauterizando las heridas al tiempo que roía huesos y carne. El joven daimyo no pudo averiguar si esa modalidad cicatrizante tenía un carácter completo o si él había dejado restos de sí esparcidos a lo largo del camino, ya que su atención fue convocada por algo que reposaba sobre el hielo a unos cien han de distancia.

Se trataba de un objeto de forma cilíndrica y tamaño mediano. Sobre la parte superior del óvalo había una zona amarillento mate, lisa como una cáscara de huevo. La zona intermedia poseía dos manchas negruzcas divididas por una protuberancia, también amarilla, y correosa. Hacia los costados poseía otras dos protuberancias en forma de asas, y hacia abajo, un triángulo invertido que parecía sostener al objeto sobre su vértice, una especie de base blanca.

El señor de Sagami redobló su ímpetu y trató de acercarse a aquel objeto para estudiarlo. De inmediato comprobó que su avance se demoraba. Cada paso insumía el doble de tiempo que el anterior y recorría la mitad del espacio precedente. De seguir esa progresión, la duplicación del tiempo y la división de la distancia terminarían dando por resultado la necesidad de un tiempo infinito para el logro de una aproximación ínfima. Pero, como en el ámbito de los sueños las cosas no resplandecen por su lógica, Yutaka Tanaka consiguió avanzar hasta que distinguió la naturaleza del objeto. Era la cabeza de su padre. Apoyada sobre la superficie de hielo, con las cuencas de los ojos vacías, ocupadas por un resplandor negro. Las mejillas sumidas, la barba antes oscura y ahora cincelada por la nieve, la boca abierta. De sus oídos manaba un río de sangre que, al derramarse sobre el hielo, no lo fundía ni era absorbido sino que iba abriendo surcos. Pese a lo completo de la mutilación, su padre había llegado mucho más lejos que él, más lejos que nadie, hasta los bordes del desierto blanco, quizás hasta la misma fortaleza de la soledad que se yergue al fin del mundo conocido, y luego de toparse con los límites había dado la vuelta y permaneció en ese sitio, esperándolo.

Yutaka Tanaka despertó en estado de confusión. En Japón siempre se aceptó que los sueños son mensajes que envían dioses y difuntos y que de su correcta lectura dependen los destinos de las personas y los hechos de la historia. Siguiendo esa línea, el joven daimyo entendió que, al aparecer bajo forma cercenada, Nishio le recordaba que su espectro permanecería flotando en el aire hasta tanto él no hallara la manera de procurarle una venganza completa, lo que incluía el castigo del asesino y su horda de samuráis. ¡Vergüenza! ¡Su padre ni siquiera había podido mirarlo a los ojos por carecer de ellos! Pero, además de otorgar crédito a esa creencia tradicional, Yutaka Tanaka también daba por cierto que los sueños no solo eran signos externos sino —sobre todo— producciones mentales propias que combinan elementos poco relevantes de la existencia diurna con núcleos de preocupación más persistentes. Así, el hielo en su sueño se explicaba por el deseo de frescura que él había sentido instantes antes de dormir, asediado como estaba por el ardor ácido de su estómago. La mutilación de Nishio ni falta que hacía examinarla, era un dato de la realidad. Pero la cuestión del espacio y la distancia y los grados de las respectivas mutilaciones... En vida, Yutaka Tanaka siempre sintió que su padre era más grande y poderoso que él, más inflexible. Su misma muerte, siendo ya casi un anciano, había sido soberbia. En la sangre derramada se mezclaba la propia con la de los enemigos que supo arrastrar en su caída. Y todo eso le estaba diciendo algo. De hecho, él ya creía escuchar la propia voz de Nishio, mordiendo sus palabras: “No estoy seguro de que cuando llegue tu turno seas capaz de tener una muerte tan bella como la mía. Te estás descarnando sin sufrir y sin luchar, nunca conocerás la íntima consistencia de los héroes. Incapaz de seguir mi camino, cuando tú vas yo vuelvo. Hijo estéril, inútil, infeliz, don nadie a quien cualquier conspiración inicua despojará pronto de bienes y atributos dejándote sin descanso y sin consuelo. Quedarás desnudo como viniste al mundo, arrastrándote por los confines del Universo. Entretanto, yo te maldigo y no te perdono. Te maldigo y te culpo de mi estado y no retiraré mi maldición hasta que limpies el nombre de nuestro clan y yo pueda obtener entonces reposo en mi tumba, mi tumba, mi tumba”.

Yutaka Tanaka pasó el resto del día en un estado calamitoso. Tenía los pelos de punta, los ojos inyectados en sangre, balbuceaba palabras inconexas. Tuvo la prudencia de no mostrarse y no permitió que nadie lo viera cuando se encaminó al retrete. La forma, color y consistencia de sus deposiciones le indicaron que era víctima de un intenso desarreglo digestivo, en tanto que aquel sueño espantoso debía atribuirlo al sake. ¡No fue su padre quien le habló sino su propio sentimiento de culpa por el deber incumplido! Si hubiese

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