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Mi madre suele decir que su matrimonio fue una decisión que se renovaba día tras día. En cada oportunidad, dice, ella sabía que estaba eligiendo. Pero siempre terminaba quedándome con tu padre, sonríe, y yo me la imagino como una niña difícil que deshojaba una margarita. Él le llevaba diez años. Había entre ellos un valor que intercambiaban, una moneda que se pasaban entre sí y, aunque jamás ninguno de los dos nos habló de esto, mi hermano y yo lo respiramos desde que nacimos: mi madre era la dueña de la juventud y era quien dispensaba esa gracia o podía retacearla a su antojo.
Pensé mucho en ellos en estos últimos años, en especial en la época inmediatamente anterior a la muerte de mi padre. Mi madre tenía treinta y cuatro; él, diez más. En ese entonces faltaba apenas un año para que enfermara y muriera, pero todavía estaba intacto, no sabía, nadie sabía. Ella fumaba mucho, leía revistas antes de dormir, me dejaba jugar con sus pulseras de plata, se reía fuerte, se peleaba con mi hermano como un chico más, era dura, mala a veces, pero es él, mi padre, lo que más me interesa, era él quien iba a morirse pronto. El vértigo de lo que iba a suceder tiene ahora el efecto de una foto: la muerte los inmoviliza en la juventud, en el reino dorado de mi madre, todavía sexuales, aún inocentes, y es así como los imagino desde hace tiempo. Nunca tendré padres viejos. Aunque mi madre viva hasta los cien años, permanecerá imantada a esa figura que formaban juntos.
Tal vez esté pensando en una foto real, una que a Miguel le gustaba mucho. Cuando yo era chica estaba sobre la cómoda en la habitación de mis padres, enmarcada en un gran portarretratos de madera. Apenas entraba en ese cuarto enorme y siempre en penumbras, la foto en blanco y negro dominaba mis movimientos, los atraía, como si las manos que dormían en el retrato se despertaran de golpe y se agitaran hacia mí. Las manos de mis padres jóvenes. Era una foto de la luna de miel, en Bariloche, a principios de los sesenta. Sobre un fondo lejano de montañas que parecían pintadas a la acuarela, mi padre aparecía parado, sonriendo, con una polera cuyo cuello le llegaba hasta las orejas, y mi madre, con el pelo batido, estaba acostada a sus pies sobre el pasto, las piernas ligeramente curvadas, una semisonrisa de la que asomaban sus dientes de ratón. Él tenía un aspecto frágil, la ropa le colgaba un poco del cuerpo. Ella, en cambio, parecía haber interrumpido por un instante el retozo, contener una respiración jadeante, y también daba la impresión de querer retomar el impulso, salirse del cuadro, desaparecer. Me pregunto si ya en esa época decidía todos los días si se quedaba o no con mi padre.
Una noche los escuché discutir a los gritos. Ella llegó muy tarde, entró directamente a su dormitorio, se encerró, se puso a llorar. El taco de sus zapatos martillaba los pisos de madera. Mi padre la siguió. Los gritos cubrieron el sonido del televisor, oscurecieron los ojos de mi hermano. Después de un rato de pelea, mi madre gritó más fuerte que nunca y su voz se afinó hasta convertirse en un alarido. A veces, cuando tomamos el té en su balcón, me acuerdo todavía de esa noche, del aullido casi inhumano que salió de esa habitación, y observo sus manos delicadas que sostienen la taza o sus labios pintados de color cereza, y me parece increíble que esta mujer frágil y coqueta que entrecierra los ojos con el último sol haya sido alguna vez esa bestia herida de muerte que bramaba frente a mi padre. Imbécil, le gritó una y otra vez esa noche. Aullaba y zapateaba contra el piso, y la casa estaba casi a oscuras, las habitaciones eran nichos profundos impregnados del olor de mi madre, el olor ácido de su violencia. Muertos de miedo, mi hermano y yo nos acercamos hasta la habitación. Tocamos los vidrios de la puerta de doble hoja, entrevimos las sombras, detrás de las cortinas. Mi madre dejó de gritar. Entonces escuché el llanto de mi padre, un sollozo que parecía el de un niño, y le dije a Hernán que nos fuéramos a dormir.
No puedo olvidarme de esa noche. La luz del velador en el interior de la pieza era azafranada. Mi madre llevaba pulseras de plata que tintineaban cuando caminaba alrededor de la cama. Sus movimientos eran rápidos, precisos. Transpiraba, retorcía las manos, insultaba. Él estaba sentado en la cama, había puesto la cabeza entre las manos. Tenía una nuca perfecta, mi padre, una nuca que ella nunca podría olvidar, pero todavía era demasiado pronto para tomar en cuenta las evocaciones futuras, aún la vida rugía, era urgente, se precipitaba. Ninguno se detuvo ni siquiera un instante en considerar la incipiente fatiga de mi padre: lo que los animaba era la fascinación de odiarse. Estaban alertas como fieras. Incluso él, con la cabeza entre las manos, estaba midiendo el efecto de sus movimientos. Hacía tiempo que no era el hombre de la foto de Bariloche. Pero entonces no lo sabían y tal vez jamás lo iban a saber, porque la mirada que ahora pone en perspectiva la foto y esta noche de pelea es la mía, soy yo la que hace dos años, desde que Miguel me dejó, se esmera en armar este rompecabezas. Ellos, mis padres, son las piezas que trato de hacer coincidir entre sí. Él apoyaba la cabeza entre las manos y se sentía extrañamente fatigado porque estaba empezando a enfermarse, faltaban apenas algunos meses para que muriera, pero mi madre creía que le gritaba a un hombre fuerte. La luz del velador temblaba un poco cuando ella alzaba la voz.
Me lo dijo una tarde de domingo, cuando volvíamos de la plaza. No habíamos discutido, y el aire del verano era transparente mientras caminábamos detrás de Julia, nuestra hija. Me había comprado un solero azul la tarde anterior, en una feria americana. Qué linda estás, me dijo Miguel, y esas palabras, o tal vez el sol apretándome los breteles o esos zuecos de madera de los que sobresalían un poco mis talones, me dejaron libre para correr como otra niña. Me lo dijo por primera vez cuando volví de una de esas carreritas, esperando, quién sabe, que avanzara de nuevo para después retroceder hasta él, que repitiera ese movimiento para borrar una y otra vez la eternidad de nuestra vida. Me enamoré de otra mujer, dijo, simplemente.
Mi madre, que enviudó a mi edad, hace de cuenta que sigo casada. Su forma de ignorar mi estado civil consiste en dosificar las menciones de Miguel, soltarlas al pasar como si no le importara, pero previendo a cada paso, en cada conversación, una economía de esas referencias. Casi nunca habla directamente de él, ni pregunta por él, e incluso si yo misma lo nombro en algún momento, ella deja pasar la ocasión, con la astucia de una buena jugadora de truco. Y espera. Siempre, de modo indefectible, llega el instante preciso en que logra empalmar la mención de Miguel con una circunstancia doméstica, como una madre cualquiera hablando con una hija cualquiera de un marido que se fue al trabajo, que está en el baño, que duerme el sueño de los hombres casados junto al murmullo mujeril de la conversación telefónica.
Es cierto que, cuando recién me separé, me preocupaba el hecho de que mi madre no aceptara el estado de cosas, como si su terquedad a la hora de reconocer que Miguel me había abandonado fuera la parte visible del iceberg que yo llevaba adentro. Después terminé por entender que su modo de digerir lo que había pasado consistía en acumular la reserva de ese matrimonio que nos había hecho tan felices a las dos, en atesorar el recuerdo pero no para llorar sobre él como una viuda española sino para mantenerlo vívido y fresco a través de los años. Ambas habíamos sido muy felices con Miguel, del modo casi imperceptible en que a veces son felices algunas familias. Seguramente creyó que duraría para siempre, ese silencioso trío que almorzaba los domingos en su departamento o iba al cine algún viernes a la noche. Una mujer ya madura con dos jóvenes hermosos que la trataban amablemente. Una pareja con una madre sentada en el asiento de atrás, dócil como un niño en una silla para auto, sonriéndole a la velocidad.
El impacto fue espantoso para ella, que creía que la tragedia no podría repetirse casi idéntica en una misma vida. “Tu padre que decidió morirse y Miguel que se fue de esta forma...”, me dijo la única vez que la vi llorar por mi divorcio. Lloraba sin escándalo, con un dolor que atravesaba los años, más por mi desgracia que por su larga viudez, porque justamente mi matrimonio había sido su segunda oportunidad, la anhelada revancha. Pero esa fue la única vez, y después se dedicó a ignorar lo que había sucedido, como si un mero acto de voluntad pudiera retener —solo para ella, en una eterna función privada— la apariencia intermitente de la felicidad.
Me enamoré de otra mujer, dijo Miguel. La felicidad parece cabal, había dicho muchos años antes, cuando vio por primera vez la foto de Bariloche en el departamento de mi madre, colgada de la pared. Su dedo estaba apoyado sobre la figura de mi padre. Le señalé a mi madre, su posición en el pasto, la tensión que latía en su sonrisa. Acá parece que no, le dije. Miguel se largó a reír. Me da un poco de pena esta foto, dijo después. Nos quedamos en silencio. Vimos la luz que arrojaba el futuro sobre la imagen.
2
Hace dos años, cuando Miguel se fue, en esas primeras noches de soledad, le pedí a mi madre el proyector y me puse a mirar viejas películas familiares. Una vez que Julia se dormía, sacaba la caja donde estaban guardadas y elegía una, guiándome por el título que mi madre había anotado con su letra nerviosa mucho antes. Miré cantidad de veces una película que filmó mi padre en la playa de Miramar cuyo título era simplemente un año: 1972. Yo sonreía a la cámara y jugaba con una pelota de goma. La mano de mi madre me acariciaba la espalda. Mi hermano corría alrededor de un castillo de arena, aplaudía, tenía mucha arena en la cara. No había sonido. Yo abría la boca y decía algo. El viento traía al cuadro las puntas ondeantes del pelo de mi madre.
La casa de Miramar está a diez cuadras de la playa, sobre la calle que lleva al vivero. Es un chalé de un solo piso, rodeado de los árboles que mi padre iba plantando cada verano. Debe haber sido difícil lograr que las raíces se desarrollaran en ese suelo arenoso. Mi madre dice que mi padre pasaba mucho tiempo en el jardín, con las botas negras y los guantes de goma que todavía están en el armario del garaje. Dice que él iba muy poco a la playa, que nos llevaba en auto y bajaba las reposeras, los baldecitos, apurado por volver a sus árboles.
El mar, entonces, siempre fue de mi madre. Nos vigilaba desde la sombrilla, alzando cada tanto los ojos de un libro. Sus piernas me parecían violentamente hermosas cuando se levantaba de golpe y corría por la arena hirviente para decirle a mi hermano que no se alejara de la orilla o para pedirme que le fuera a comprar algo al quiosco del balneario. Tenía la cicatriz de la cesárea en el vientre, un tajo vertical que partía su ombligo y era bastante desagradable, pero nunca usaba malla enteriza. Era obra de mi nacimiento, esa cicatriz, porque mi hermano nació por parto natural, pero conmigo las cosas se habían complicado. Una vez, mientras ella estaba acostada tomando sol, transpirada y semidormida, toqué el reborde carnoso de ese costurón, lo repasé suavemente con el dedo. Su vientre era chato, olía a sal.
Si el día era lindo, almorzábamos en la playa. Alrededor de la una del mediodía, mi padre aparecía con la heladerita de viaje llena de sándwiches o de porciones de tarta y se quedaba un rato con nosotros. Después volvía a la casa. Subía de dos en dos los escalones hasta el estacionamiento del balneario y nos saludaba varias veces a medida que se alejaba.
El último año ya no fuimos en auto. Teníamos un Dodge 1500, color mostaza, que nos había llevado y traído por la ruta 2 en unas cuantas vacaciones. Siempre miraba manejar a mi padre. Me acomodaba en el medio de los asientos delanteros: la hija de esos adultos silenciosos que me flanqueaban. Era una sensación que se iba afianzando con la velocidad. Mi madre cebaba mate, prendía y apagaba la radio, estaba inquieta. Mi padre se aferraba al volante con la espalda tiesa y los brazos tirantes, era el capitán del barco, la garantía de que todos llegaríamos sanos y salvos a Miramar. Yo seguía los movimientos de sus manos, la presión de sus piernas sobre los pedales, el circuito de sus ojos que iban de la ruta al espejo retrovisor, de la ruta a mi madre.
No fuimos en el Dodge ese último año aunque mi padre insistió hasta el final. Odiaba los viajes en micro. Decía que los micros eran para las personas que viajaban solas, que las familias necesitaban un auto. Una familia dentro de un caracol, una familia cantando. Pero mi madre y el médico se pusieron inflexibles, y el último verano de su vida mi padre partió hacia Miramar desde la estación Retiro en un micro lleno de personas solas que no cantaban.
—Qué mierda es e
