El día menos pensado

Fragmento

Alma oscura

Cuando gira en la esquina del club ve la columna de autos que orillan la vereda arbolada, muchos estacionados en doble fila. Son las cuatro y veinte de una tarde de domingo en la que hubiera preferido quedarse echada en un sillón o durmiendo la siesta o paseando por el río, pero está ahí como tantas otras personas: chicos, padres, abuelos, hermanos y algunas morochitas, niñeras o empleadas domésticas. Todos bajan de las cuatro por cuatro y avanzan como hormigas hacia el portón, hoy abierto de par en par.

Su hijo, aún en el asiento del acompañante, está distraído, rascando el escudito del equipo de fútbol en el short que estrena. El partido de Interclubes se disputará en un rato y le gustaría que Andy mostrara la adrenalina que hay en sus compañeros, que salen corriendo de los coches y dejan a sus familias atrás, llevados por ese ímpetu deportivo, esa garra. Pero no, su Andy parece estar tarareando una música que ella no escucha, absorto en rascar las protuberancias del escudo. Le quita el cinturón de seguridad con un gesto rápido:

—Entendés por qué no voy a estar en las gradas alentándote como siempre, ¿no? —pregunta, aunque sabe que se lo ha explicado ya.

Él la mira con un gesto asombrado, como si la voz de su madre fuera el aleteo de una paloma:

—¿Por cábala?

Sonríe satisfecha:

—Sos tan hermoso. Acordate de que es un secreto entre vos y yo. Andá y meté muchos goles.

—Capaz que no salgo del banco, ma —le advierte él, mirándola con esos ojazos azul diáfano que tiene.

—Hoy vas a jugar. —Ella intenta mostrar seguridad y sonreír, pero siente en la boca esa mueca dura, vengativa, que la asusta un poco—. Andá, a ver si todavía Rolo te deja afuera.

Ve cómo Andy baja, con esa lentitud exasperante. Lo ayuda empujando un poco el bolso hacia el borde para que lo agarre más rápido mientras recuerda la frase del entrenador con la que empezó su plan: El que no llega a las cinco menos veinte no juega, así de fácil se los digo: el fútbol no es para los que no saben acatar las reglas. Escucha las bocinas de los autos que esperan ocupar su sitio, pero ella sigue atenta a esa figurita de once años, hasta que la ve perderse entre las demás.

Arranca y sube la pendiente de la calle, esquivando a las familias que se apuran por llegar. Es un partido importante, quizá el primero en el que su hijo pueda demostrar cuánto vale. Se siente culpable al dejarlo solo enfrentando a la multitud; su papá tampoco estará presente, aunque lo ha llamado desde Chicago esa mañana para decirle que, ganara o perdiera, lo importante era participar, aunque fuera desde el banco.

Qué sabrá él, piensa buscando los cigarrillos, revolviendo la cartera con una mano; qué viene a hacerse el padre, si lo único que aporta es el cheque mensual. La culpa crece al pensar en su hijo solo, gambeteando entre rivales. Pero se lo explicó con calma: un sacrificio de madre para que salgan campeones, las mamás somos capaces de hacer eso y mucho más. Pisa el acelerador, cruza con el semáforo en rojo y ya le pesan los sesenta minutos más entretiempo que deberá deambular por las calles del barrio mientras su hijo demuestra que puede ser tan confiable como Darío Molinari.

A su casa no puede volver. La mentira tiene patas cortas, decía siempre su abuela, y ella ha debido mentir mucho y a mucha gente para sostener esta ausencia en un partido definitorio. ¿Qué iba a decir? ¿Que era por cábala, como le había dicho a Andy? ¿Que por cábala se perdería ese momento glorioso en el que Rolo tuviera que convocar a su hijo? Ojalá pudiese ver al entrenador ahora. Pedazo de bruto que no había tenido ni siquiera la delicadeza de escucharla cuando llegó con el chico por primera vez al club. Qué edad tiene este, dijo haciéndole sacudir el flequillo con un manotazo que quiso ser canchero y solo fue un manotazo. Andy tiene once pero padece una levísima discapacidad motora queEntra al grupo de once, la cortó Rolo y ella se quedó con ganas de pedirle que lo ayudara un poco, explicarle que el diagnóstico original había sido horrible pero que ella le había prometido a la Virgen de Lourdes que si se lo salvaba le entregaría la vida cuando la llamaran. Así que después no fueran diciendo por ahí que estar ausente cuando su hijo por primera vez iba a jugar de 3 era ser una mala madre.

Viene esperando este domingo desde hace meses, la tarde que Darío Molinari faltó por paperas y Rolo anunció que, en caso de que faltara alguno, los demás tenían que saber cuáles eran sus posibilidades. Ella vio cómo el tipo armaba a dedo una nueva estrategia de juego. Plan B, le llamó. Su hijo atendía sin ganas, igual que si viera una película aburrida, mientras uno de sus compañeros le pasaba el brazo por el hombro, protegiéndolo acaso o tratando de transmitirle la ansiedad por probarse en un rol que no fuera el de suplente. El día llegó. Molinari no va a venir; el otro chico —que siempre acompaña a Andy en el banco suplente— está paseando con su familia en Disney, y ella está haciendo todo lo que tiene que hacer. Amor y sacrificio es lo que le sobra. De eso está compuesta su vida desde que Andy nació.

Después de un rato dando vueltas con el auto por calles que ya le parecen un escenario hostil mira el reloj. Quedan cuarenta y dos minutos para la finalización del partido. Trata de imaginar la escena, entrar al club por la rampa, escuchando el murmurar eufórico que irá creciendo a medida que se acerca a la zona de las canchas. Los padres y madres felicitando a sus hijos mientras pasan hacia los vestuarios, imagina las mejillas pálidas de su Andy iluminadas por el calor de lo físico, de la energía de equipo, de los goles logrados y cantados por todos, no importa que él no pueda hacerlos, pero sí puede abrazarse a los demás en la cancha, salir de ese banco que lo aplasta contra el enrejado todos los domingos, viendo a sus amigos disputándose la pelota, dándose órdenes, palmeándose la espalda. Abrazarse, subirse las medias que se le han bajado al correr. Dios, pide, dame esa camiseta transpirada, su boca abierta buscando el aire, el pelo mojado por el esfuerzo, las medias caídas. Pero algo le dice que mejor no pedirle nada a nadie. Ella sola deberá lograr lo que sea para él, como ha hecho siempre.

Piensa que lo mejor será pasar el resto del tiempo en algún bar. Tomando algo y fumando. No sea cosa que alguien la vea en las inmediaciones del club y le vaya con el chisme a la madre de Darío Molinari. Un compromiso imposible de eludir, le dijo al chico hace un rato, cuando lo llamó por teléfono, lo siento tanto. Estaciona frente a la placita de la Vicente López, los decks con sombrillas y tiestos de flores parecen acogedores en la tarde calurosa. Pero de dónde le viene esa sensación que lleva encima, la de ser una grandísima hija de puta. Como si la gente la mirara raro, como si supieran que es una madre que no está en el momento en que su hijo es vitoreado por sus compañeros. Olé, olé olé, olé… Andyyy, Andyyy. Ha escuchado tantas veces ese coro en los actos de fin de curso, cuando su hijo sube al escenario del colegio para recibir la medalla al compañero del año. Hoy Andy va a mostrarles que no solo es eso, el pibe gauchito que en los campamentos fue capaz de prestar su carpa de alta montaña para que hicieran noche los que no tenían; el que los lleva a todos al club convidándoles jugo o papas fritas, mientras espera que su madre le quite rápido el cinturón de seguridad para que pueda bajar junto con los demás. Igual siempre es el último, igual en algo se enredan sus piernas o sus brazos, un mínimo instante definitorio que lo pone en evidencia: categoría diferente. Aunque el imbécil del entrenador no quiera ni haya querido escuchar nunca los ruegos de su madre: Sería bueno buscar una manera, un modo cómplice de darle ventaja. Once años. Él tiene cabeza, le falta destreza pero tiene que luchar. Querés que te cuente, pedazo de bestia, las inyecciones en la médula que recibió, los ayunos y estudios que tuvo que aguantarse mientras vos tocabas el pito en la cancha, qué lucha me venís a aconsejar.

Hoy también ha visto el ritual: los demás bajando de los autos con sus bolsos apenas se arriman al cordón. Cuántas veces se ha quedado fascinada mirando ese movimiento ágil en las piernas de los chicos, el que su hijo jamás podría hacer, aunque ella probaba formas de darle segundos de ventaja, le desabrochaba el cinturón con una maniobra disimulada, por ejemplo, mientras estacionaba, no apagaba el motor, para amedrentar a los demás, para que esperaran la orden de bajar. Pero eran segundos inútiles, que agigantaban la distancia: apenas giraba la llave, Molinari siempre salía corriendo a la cabeza del grupo, con esa piel morena de deporte y acción, jamás contaminada por el olor a equipos médicos, a sábanas, delantales o jeringas esterilizadas. Un chico 10, un crack, había dicho el entrenador, a este pibe no lo para nadie. Ella cerraba el auto, mirándolos correr, Andy tratando de alcanzarlos. Alguno se daba vuelta para gritarle algo, te toca pagar la coca, Andy, o copemos el vestuario. Se reían, bromeaban entre ellos, su hijo riendo, siempre dos o tres metros más atrás que el resto.

El aire que corre entre las sombrillas le trae el murmullo impersonal de la gente que pasa la tarde en la confitería, pero ella igual ha elegido una mesa al fondo. A espaldas de todos. Ha pedido un café en jarrito y una medialuna de manteca. Espera. Sin saber de dónde ni por qué, le llega un ramalazo de imágenes a su memoria, en su adolescencia entrando a misa. Su abuela avanzando entre los bancos y ella relegándose, quedándose atrás, para estar cerca de la puerta, para salir a fumar en el momento de la consagración o algún otro en el que los fieles no miraran. Sinvergüenza. Siente que es eso desde su adolescencia. Quizá como castigo Dios hizo que lo que más quiere en este mundo esté obligado a ver cada domingo la espalda de los demás alejándose, como ella veía alejarse la espalda de su abuela.

Tiene ganas de mandarle un mensaje a Andy, Fuerza hijito, mostrá que vos también podés. Pero no le va a llegar ni mensaje ni llamado. Rolo prohíbe el uso de celulares, que tienen que quedar apagados en una caja de galletitas en los vestuarios, como si entraran a una embajada, un territorio distinto: el fútbol, la patria de los nacidos con físico y condiciones para el deporte. Rolo gobierna y pone leyes, todos dicen que él es justo, imparcial. Los chicos y sus padres le obedecen sin reclamos. Ahí quedan los celulares como bizcochos viejos. El de ella también está apagado, aunque lo tiene en la cartera. Por algo se ocupó de avisar a todas las mamás —y a Darío Molinari también— que surgió un inconveniente. Les dijo que iba a estar trabajando, traduciendo una conferencia en la cancillería, un compromiso de último momento que no ha podido eludir. Solo Andy tiene la versión de la cábala, porque él sabe perfectamente que su madre dejó la profesión con el primer diagnóstico que le dieron en la clínica.

El mozo trae el café y la medialuna. Los deposita en la mesa mientras ella piensa en todas las semanas de rutina, domingos enteros, invierno, primavera, con frío o con solazo, con viento, tardes destempladas esperando que Darío Molinari faltara. Pero cómo va a faltar un crack, siempre que pasa a recogerlo para ir al club está ahí, firme, apoyado en la medianera de su casa sin revoque, con ese bolso gastado de entrenamiento, sus zapatillas baratas que no necesitan ser botines con tapones ni plantillas anatómicas porque el lujo está en lo que llevan dentro. Chico de potrero. De club municipal. Un crack. El talento abre puertas, consigue becas aquí y allá, directores y entrenadores que dan palmadas orgullosas, gente solidaria que lo lleva y lo trae. El pibe 10, el mayor de cinco hermanos que espera en su casa humilde, llueva o diluvie, a que ella lo pase a buscar. Para que se siente detrás de Andy y le haga esa caricia de amigo, varonil, segura, en la cabeza. Despeinándole el pelo lacio y finito como el de su papá. Qué hacés, capo, dice siempre el 10, y ella sonríe y le convida una barrita de cereal. Andy capo, dicho por el crack. Dos amigos, dos pibes de once años que no se parecen en nada.

Se ha levantado un aire raro, húmedo y algo fresco. El mozo trae el ticket y lo clava en el pinche de la mesa, mirando hacia otro lado. ¿Qué hay que hacer para no verse como una basura ante los ojos de la gente? Darío estará esperándola contra la medianera. Darío no podrá llamar a nadie desde su celular barato, porque en el club los celulares están en la caja de galletitas. O quizá sí, quizá Darío haya marcado los números del teléfono de su madre para contarle con desesperación que la mamá de An

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