Los fuegos artificiales vuelven a encandilar este barrio de empresas y constructoras. Es la fiesta de fin de año en la concesionaria que construyeron sobre lo que alguna vez fue el salón de fiestas de mis abuelos. Los invitados miran al cielo y sueñan con el famoso bono del que se habla en los pasillos de la oficina durante el año, la Nespresso, el cheque para electrodomésticos, la charla irrelevante con esa persona del otro sector con la que quizás hay una partícula de tensión sexual. Después de comer, suben la música y los más arriesgados salen a la pista, invitando a bailar al resto.
Algún empleado con dicción ebria evoca el pasado de la propiedad. Parado en posición de jarra cuchichea en el centro de una ronda buscando imantar los oídos de sus colegas, creyéndose portador de un secreto de Estado. Quizás sobreviva algo de información: El Motivo, el nombre del salón, el tiempo durante el cual la casa estuvo tomada después de la muerte de los dueños, las peleas de bandas callejeras, cómo antes de ser demolidas sus paredes fueron la cuna de los grafiteros de zona oeste. Es probable que invente un poco, que condimente algún hecho. En la historia van a faltar los dos ancianos, los bordes, los hilos que sostenían esa casa y ese negocio.
Después de todo, eso son las fiestas: usinas de ficción, tiempos suspendidos en los que todo es posible, cualquiera, por unas horas, puede ser otro. Y eso se parece mucho a contar una historia.
1
Viajo de Moreno a Capital hace más de siete años. Una vez saqué la cuenta: anualmente invierto un mes y trece días viajando. Una fracción de tiempo que podría haber usado vacacionando en Claromecó o haciendo un curso rápido de Photoshop e Illustrator.
“Tengo que mudarme”, frase boomerang que retorna en los días difíciles. Y los días difíciles sobran. No pasa uno sin que un cliente no me recuerde cuánto se aleja mi vida de cómo alguna vez la imaginé.
Es lunes veinte de diciembre de dos mil catorce. Llego a la plaza alrededor de las 20:30. Los días como hoy que cubro el turno tarde voy a Once; los días en que, en cambio, me toca a la mañana, vuelvo en el 57 que sale de Plaza Italia. Miserere, peleando cabeza a cabeza con Constitución, debe de ser la estación con el estado sanitario más depravado de la República Argentina.
Llegó ese día en la vida donde, encantada por el hechizo de la costumbre, la madurez, llámese como quiera, aparecí en estas filas junto a muchas otras personas que hacen filas. Al final del día, todos estamos ahí. Se cumple con la eficacia de un reflejo condicionado. Filas para todo. Para los que viajan en el expreso, para los que eligen el rápido, para los que esperan el que va por Roca, para los que esperan el expreso pero el que le sigue, cosa de conseguir asiento. Todo es una fila, todo es preguntar: Disculpe, ¿esta es la fila que va a Moreno?
Las filas encierran mecanismos complejos, negociaciones, contratos silenciosos. Si se es un observador afilado, se logra comprender el rol indicado para cada momento.
Delante de mí tengo un señor que intenta disimular su calvicie con un peinado muy divertido, inclinando las escasas hebras capilares de izquierda a derecha en el afán de negar su cráneo pelado. Finjo leer un mensaje mientras le saco una foto para mandar al grupo de los chicos del laburo. Mientras hago comentarios ocurrentes de su pelada en el chat del grupo, le escucho decir a su amigo: “La cosa es pasar el farol. Si estás adelante, entrás. Del farol para atrás, no conseguís lugar, es así, Luis”.
Yo, que viajo en este medio de transporte hace un cuarto de vida, sé que no inventa ni saca conjeturas. Es así, tal cual le cuenta a Luis. Lo compruebo a diario, en términos algebraicos. Un farol, un puto farol te puede condicionar la vida. Nada de formación académica constante, de invertir en capacitación y educación para elegir en la vida. Acá es un farol designando el destino de sesenta almas. Seres humanos esperando, sin esperanza. Seres humanos en filas viendo cómo se les agotan las banalidades. Cuesta asumirlo, pero la vida a veces es así: tan mínima, tan tontita.
Lo comento en el grupo y veo aparecer las risas generales. La idea era que se rieran por el peinado del hombre calvo, no de los problemas que acarrea mi condición semirural. Lisandro, sin el “ja, ja, ja” correspondiente, escribe: “Eso te pasa porque sos del campo, Lucía. Esas cosas solo te pasan a vos”. Estoy cansada de esa justificación blanda y débil de los cordones provinciales. No la quiero oír más. Pasando la General Paz también hay un par de lugares copados: algunos countries, Miramar, el Parque de la Costa. Qué sé yo, lugares, destinos, cosas. Cuestión de indagar en la Filcar amiga. Estoy convencida de que si tuviésemos transporte público decente, tal vez la gente descubriría la magia del conurbano. Todo esto lo pienso, me lo susurra la ira al oído. Pero solo me remito a contestar “Ay, perdón, no te quiero molestar con mis problemas proletarios. Me imagino que en Palermo tienen dilemas mucho más complejos por resolver, como ver si piden helado a Chungo o a Freddo”.
La fila avanza. Miro al farol. Trato de comunicarme en un dialecto que se transmita por un principio de fotodinámica. “Dejame entrar. Hace frío, me estoy meando, el de al lado tiene olor a tapir”. Todo esto transcurre mientras un señor que vende pelotas de látex luminoso grita “La bola de Harry Potter, la auténtica, la única”. Y lo último que puede llegar a compartir esa pelota es algún tipo de vínculo con Harry Potter, ¿es que este señor no leyó el libro? Pienso mientras miro atentamente a ver si la fila avanza. No había pelotas, era una piedra. Está en la tapa.
En ese preciso instante, una señora vestida en colores arena con un toldo por flequillo se me acerca y me da charla. Yo tengo la facultad de parecer buena mina frente a los ojos de los extraños. Y hay gente que tiene la facultad de hablar con extraños. Me pasa todo el tiempo. Gente sin ningún tipo de fobia social o miedo escénico. Algún día la Clínica Mayo hará algún estudio al respecto.
El diálogo entrador de esta señora fue algo sin precedentes: “¿Viste el accidente de tren que hubo? y “Ay, qué desgracia pobre gente, y vos en qué vagón ibas”, y no, señora, no, yo no estaba en ese tren. “Y… pero si hubieses ido, en qué vagón hubieses estado”. La señora sueña con ser guionista de Destino final. Y esta es una doña bien, pero se me acercan todos: vagabundos, indolentes, las palomas con sus cagos paracaidísticos, el de las pelotas de Harry Potter, el que vende el chocolate “hambler” y el espejo “doble Fax”. Y yo que no sé, mi cara engaña. Me gustaría responderles a los extraños con ganas de intercambiar un diálogo intrascendente: mirá, te agradezco, pero a mí el silencio no me incomoda. Me incomodan los sujetos como vos que quieren matar el tiempo a expensas del tiempo ajeno. No es algo que me enorgullezca, ya lo charlé en terapia, pero bueno, señor/a, en 3 2 1, esta conversación de compromiso va a terminar. Y si todo funciona como indica mi teoría, el señor o la señora, visiblemente dotados de una pelotudez de imponentes dimensiones, acatarán empíricamente quedándose mudos. Aaah… si tan solo el mundo funcionara como en nuestra mente.
La vida me tiene horrorizada. Todo lo que tengo que hacer para tomarme un colectivo me parece inmoral. Para inmiscuirse en esa masa pestilente que se proclama ferrocarril, colectivo, subte, hay que someterse a todo tipo de desgracias. Con tan mala leche de que yo me tomo todos juntos.
Tal como vaticinó el señor calvo, no consigo asiento.
Mientras le indico al conductor el pasaje, me suena el teléfono. Pienso que debe ser mi vieja preguntando si ya estoy en camino, pero me encuentro con un mensaje de Lisandro: “Che, te estaba jodiendo. ¿Te ofendiste posta?”. Quiero explicarle que no, que mi manera de vincularme con los hombres que me gustan es el contraataque, que la única forma que encontraba mi padre de vincularse conmigo de pequeña era la pelea, entonces ahora la calma me asusta. Según como tres psicólogos de distintas corrientes, ese y no otro es mi mecanismo de defensa; eso es lo que quiero decirle. Pero, en lugar de esa exposición de mi cartografía personal, le escribo: “Yo también te jodo. Igual tenés razón. Tengo que mudarme”.
Mensaje entrante de mamá: “Luli, pregunta tu papá cuál es la contraseña del email que le hiciste. Quiere entrar a ver si le respondieron los de la inmobiliaria por la casa de tus abuelos”.
2
Trabajo donde Buenos Aires se vuelve una ciudad vertical. Ahí donde todo es calles y calles de edificios grises y largos que se enroscan.
Llevo seis años y cuarenta y seis días diciendo: Buenas tardes, usted se comunicó con Xemax. Mi nombre es Lucía, ¿en qué le puedo ayudar?
Cada día, llego quince minutos antes. El ascensor puede estar parado por alguna reparación y subir las escaleras toma más o menos ese tiempo. Esta clase de sabidurías para mejorar la productividad me la reveló mi jefe diciendo “sino tené presente que eso se te descuenta”.
Apenas entro al piso, siento el olor espeso contaminando mis pulmones. La atmósfera de los call centers está enviciada por el olor a papel, alfombra y aromatizante sintético. Para mí ese es el perfume de la corporación. Mi capacidad olfativa se ha desarrollado al punto en que puedo sentir hasta las más sutiles notas de depresión y clonazepam provenientes de los empleados que subsisten a fuerza de psicotrópicos y libros de autoayuda.
Ya no padezco ningún tipo de hostilidad. No sé si es la costumbre o una variedad de elevación espiritual. Para mí los telefonistas somos seres tan molestos como necesarios. El mundo está sobrecargado de ira, de odio atragantado. Las personas necesitan una oreja donde vomitar sus lamentos y está bien que así sea.
Dos meses de call center te hacen cultivar la paciencia como madre de trillizos, pero, para eso, tenés que haber llegado acá.
En diciembre de 2009, en el primer training que realizo para comenzar a trabajar en las instalaciones de Xemax, ya vengo de desencantarme de tres carreras universitarias a un ritmo tan vertiginoso que mi credibilidad como estudiante se desmoronó para siempre. Mamá lee el aviso en el diario:
Prestigiosa empresa de multiservicios con inigualable trayectoria busca telemarketer. La búsqueda se orienta a perfiles con marcada aptitud comercial y amplia disponibilidad horaria. Capacitación a cargo de la empresa. Te brindamos todos los recursos para producción de ventas. Posibilidad de crecimiento. Beneficios.
Mando mi currículum más por la esperanza que se fortifica en la mirada de mamá que por convicción. Me responden a la media hora, con una inmediatez que anticipa lo que me espera.
Recibimos tu solicitud para aplicar como candidato al puesto de Telemarketer. Nos complace informarte que fuiste seleccionado para el puesto. Te esperamos el viernes a las ocho en Esmeralda 536. Especificar en recepción que concurrís al training day.
Al leer el enunciado conjugado en el masculino del singular, al percibir que no hace falta ni una entrevista laboral, al leer “training day”, me digo para mis adentros: “vas a trabajar en una picadora de humanos”. Y todo por no tener un talento, una vocación clara. El mundo no está pensado para nosotros, los sin don.
El viernes madrugo para llegar temprano, no sería la primera vez que el Sarmiento me juegue una mala pasada. Cuando llego le pregunto a la recepcionista, una chica de mi edad o menos que mastica chicle como si tuviera un resorte en la mandíbula, dónde es el training day. La chica me escanea en un parpadeo y me indica con desidia el ascensor: tercer piso. Es una sala amplia, con varias mesas y algunas personas desperdigadas, me recuerda a la escena que se consolidaba cada vez que me llevaba una materia y tenía que rendirla. Me siento sola, alejada de todos mis compañeros de team. Se dice así, nada de equipo. Los compañeros de team, sabré en algunos segundos, son esenciales en mi desarrollo profesional. Al haber vivido el training conmigo son la evidencia social más próxima que la compañía tiene a su alcance para medir mis social skills.
En Moreno a eso le decimos “tenés ángel”.
Pero cuando pasás a trabajar en estas usinas de lameortos del primer mundo entendés que en inglés todo es más serio. Ok, todo se dice en inglés. Esa es la leve sospecha que voy dejando crecer hasta que en el minuto quince mi team leader lo aclara: “No, Maca, es team, no grupo ni equipo”. Bueno, en este caso se lo aclara a Macarena, pero es preciso que uno esté lo suficientemente atento para registrar y aprender de los errores ajenos porque esas son cuestiones que no se van a andar repitiendo, aclara el team leader. Este, por ejemplo, es el discurso exacto que usa Tommy, mi primer team leader. Flaco, bajo, elástico del bóxer siempre visible, propenso al uso excesivo de gel y sonrisita entradora, Tommy reúne todas las condiciones para ser coordinador de viaje de egresados.
Desde el primer acercamiento, se dirige a su séquito de telefonistas por un diminutivo. Al morrudo con pinta de rugbier que está sentado atrás de mí, Nicolás, le dice Nico, a una flaca de cara afilada llamada Macarena le dice Maca, a una muy carilinda, Julieta, le dice Juli, Shuliet, Shules.
La creatividad del diminutivo es directamente proporcional al deseo de llevarte a la cama.
Se dirige por el diminutivo; así, sin que haga falta la confianza o una serie de experiencias acumuladas que lo validen. Lo hace porque quiere y puede, y eso, fundamentalmente, es ser un team leader.
Tommy toma una silla, la gira y se sienta en ella como si fuera una coreo de los Backstreet Boys. Nos comenta todo lo que (en teoría) es necesario saber: quiénes son los compañeros de team, que se dice team y no equipo, todas las otras jergas en inglés que necesitamos aprender y, por supuesto, despliega la arista motivacional.
Nos cuenta que el presidente de la compañía empezó trabajando en un rango raso, así, como nosotros, lo mismo que él, que en algún momento fue un telefonista desahuciado y miralo ahora, todo un team leader. Que gracias a la mentalidad ganadora, a los esfuerzos y sacrificios, el presidente, él y nosotros también (si nos ponemos las pilas, aunque no lo dice así, creo que la frase fue “si nos ponemos la camiseta”) podemos crecer. Entonces Tommy hace una pausa, mira el reloj, nos pide disculpas, dice que tiene muchas capacitaciones más por hacer y retoma la arista motivacional. Como les decía, dice Tommy, acá es muy simple crecer, y para eso están las etapas. Primero, dice, el crecimiento es horizontal. Es decir que después de más o menos cinco años rompiéndonos el lomo a puro sacrificio, con suerte pasamos a otra área de la empresa. Pero que después viene una etapa donde, siempre y cuando hayamos continuado laburando como esclavos, llegamos al crecimiento vertical. El crecimiento vertical incluye beneficios como una jornada de home office cada dos meses, una notebook, cajón propio con llave y poder defecar cuando las necesidades fisiológicas nos lo indiquen como cualquier ser humano que no es minero.
Recuerdo ese discurso ahora dentro del ascensor. Me es inevitable pensar que después de seis años este es el único ascenso vertical que tuve.
A la salida de mi primer training day, mamá me llama.
—¿Y? ¿Cómo estuvo?
Podría responder la verdad, pero la verdad, en tales circunstancias, no es más que un efecto secundario del egoísmo. Le respondo:
—Bien, ma. Relindo equipo.
3
Me apoyo sobre el poste de la parada del 57. Estoy esperándolo hace más de veinte minutos. Los de la fila murmuran, se hacen preguntas, se responden, que parece que sí, que el de menos cuarto viene atrasado. También parece que se viene una tormenta, dicen, anuncian piedras. Caído de quién sabe dónde cada tanto aparece un viajero no frecuente más que se confunde la parada Moreno-Once con la de Moreno-Palermo. Le explicamos que no, que esta es otra fila. Vemos al pasajero amateur perderse. El colectivo no solo está demorado, hace casi treinta grados y la aureola de transpiración comienza a avanzar sobre la camisa que traigo puesta. Pienso en mi team leader, que pretende que esté ahí a las diez puntual. Me lo hace saber a través de mails, sms o whatsapps, da igual el canal de telecomunicación que escoja. Sus mensajes son un espejo del resto de la rutina diaria
“Ya somos grandes, estemos en horario pls”.
Mi jefe es un individuo que pretende que se domestique a Dios y a las circunstancias para llegar en hora. Y, como si fuera poco, decir please en lugar de por favor; además lo escribe abreviado. Como si please fuese una palabra prolongada como independiente o departamento. Pienso en su cara, la cual jamás veo, pero perfectamente imagino y es algo tan vívido y real. Su cara cuando le mando un mensaje explicándole que voy a llegar más tarde, porque “te pido mil disculpas, pero hubo un accidente o un corte o un árbol que se cayó con la tormenta justo sobre Avenida Victorica. Su cara sin expresión indefectiblemente respondiendo Ok. Temo escribirle. Ese Ok equivale a un compendio de mis pesadillas más terroríficas. El solo apretar el ícono de WhatsApp ya me hace pensar en él.
Me suena el celular. Que es como una garrotera mental, o un panic attack. Nunca tuve uno, pero supongo que debe sentirse así. Y como nunca tuve uno puedo decirle panic attack. Todavía puedo.
El tiempo no alcanza para pensar que se trata de mi jefe. La situación es atravesada por el saludo de Omar, que esgrime una voz increíblemente similar a la de un guacamayo mientras mastica una empanada de carne. Nos ponemos a charlar, y es siempre esa charla liviana, refugio del desconocido que cree no estarse conociendo tanto.
Hace tres años que la secuencia es la misma. Llegar, hacer la fila, esperar, ver su rostro nacer entre otras caras, buscar un primer contacto en el día que suponga más calidez que la que encuentro en mi trabajo. Compartimos apenas la clase de intimidad que se teje con el allegado rutinario. Lentamente Omar y yo nos fuimos volviendo como amigos por carta. Sabemos el uno del otro la cantidad suficiente de datos, de pasado, vida y obra. Pero hay, se podría decir, hasta algún tipo de lealtad, producto de asimilarse como colegas laburantes a fuerza de esa máquina espantosa de repeticiones que no tiene otro nombre sino rutina.
Y en el día de hoy, Omar me vuelve a demostrar ese afecto noble que caracteriza nuestro vínculo: me invita por segunda vez a la fiesta de fin de año del 57.
Antes de que pueda decir que sí o que no, inventando alguna excusa con expectativa de vida, él apela a la insistencia prematura.
—Dale, Lu, no me arrugues este año de nuevo. Va a andar lindo. Además, con los muchachos tenemos a uno para vos… al Dani, un bomboncito de treinta, no sé si lo viste alguna vez vos. Él es chofer del expreso, viste. Un morochón alto, lindo guacho. Venite, dale.
Le digo que salgo con alguien (lo cual es mentira, porque mi vínculo con Lisandro es abierto y sin ningún tipo de rótulos), pero que nunca se sabe (lo cual también es mentira).
Me da coordenadas, me explica que primero se juntan en la Esso a picar algo y después arrancan para un pub de San Miguel.
Omar, tirador congénito de chistes con doble sentido, bípedo masculino con quien iniciamos esta linda relación pasajero/bondilero allá por 2012, es la clase de persona que no acepta como respuestas un no, así sea acompañado de un amparo penal.
—Dale, negrita… sabés cómo pregunta por vos el Dani —repite en cada viaje de la boca a la empanada. Busca complicidad en Norber (su pareja laboral, también portador del doble sentido más básico y primitivo). Con un gesto entre pekinés tuerto y guiño de ojo le dice—: El año pasado no nos podían sacar —aclara con énfasis pornográfico en la A y la R.
Tuve una imagen, una visión. Un carnaval de alcohol donde asistía hasta ese hombre muy muy viejo que se empeda con licor Cusenier de dulce de leche, a quien todos le tenemos mucho cariño porque no es tacaño y siempre convida.
Pienso, entonces, que no hay mucho que hacer. En casos así solo podemos mirar la pantalla de un teléfono o refugiarnos en la metafísica, y la verdad es que, entre mi jefe y Omar o Dani, elijo sin lugar a dudas a toda la cofradía del transporte público.
Mientras extiendo la charla, una silueta curvilínea de animal print llamada Mónica nos indica que al fin el 57 llegó, que con “esta calor” ya no se podía estar y por Dios, cómo pudo demorar tanto. A Mónica, que la conozco desde muy poco después que a Omar y le gustan mucho dos palabras: Dios y negri. Y aunque en reiteradas oportunidades me ha preguntado mi nombre, mientras sostenemos charlas de ascensor, siempre acabo siendo negri en lugar de Lucía. Como si fuese un perro que adoptó en la parada.
Una vez arriba del colectivo, saludo a Oscar, el chofer de ese horario, a quien ya ni debo gastarme en indicarle el valor del boleto, porque en lugar de decirle Once, por favor, le digo “mi jefe me va a rajar” o “¿cómo anduvo el finde?”.
Y después nada, trepar el bondi, un pasito más atrás por favor, hay olor, parada, conductor... la vida, negri, la vida.
4
En cuanto llegaba al trabajo miré el teléfono. Evité durante todo el viaje revisar las llamadas perdidas temiendo que sea Roger para implantarme un nuevo inciso mental. La semana pasada fue “Chequeemos que las máquinas estén correctamente apagadas pls” y la anterior un “El mate lo dejamos para el parque”.
Pero no. Es papá. Me llama al menos una vez por semana, desde un teléfono público, para colgarse un rato de mi voz. No tiene celular y se niega a tenerlo. Antes, si leía número desconocido pensaba en Claro y ni atendía. Ya no me puedo dar ese lujo. Cuando el número desconocido empieza a sonar, me llueven imágenes de mi viejo, apretado en una cabina de teléfono, en alguna esquina de algún barrio en el medio de la nada donde lleva a cabo cobranzas y aprieta morosos, rascándose la barba, con un zigzag triste en los ojos.
Si no atiendo, él procede a dejarme un mensaje de voz por cada llamada que no respondí. Porque sí, año dos mil catorce, pero todavía existen seres humanos que dejan mensajes en el correo de voz, y si alguna vez necesitaran un individuo que los represente, mi padre podría ser el presidente de ese gremio. “Hija, soy yo, papá. Bueno. No te encuentro, qué macana. Te llamo más tarde. Besitos”.
Si me encuentra, en cambio, eleva la voz como si la distancia de verdad fuera una barrera acústica. Yo me alejo el teléfono unos centímetros y voy respondiendo así, como en un manos libres. Grita tanto que se escucha de un modo que se traduce en una secuencia cinematográfica. Lo puedo ver aferrándose al teléfono con fuerza, como si temiera poder desprenderse a un mundo sin gravedad. Me dice si puedo hablar, si estoy ocupada, si me acordé de que jugó Racing. Me dice que le cuente del trabajo, de Roger. Me pide, esencialmente, historias.
Miro la pantalla y pienso en cuántas veces yo le pedí
