PRÓLOGO
Murisenghi, Turín
Piemonte, Italia, 1860
Algunas veces la vida resultaba capciosa. Un traqueteo emocional producía malestar. Algún reflujo que subía y amargaba el paladar. La niebla que se empeñaba en opacar la nitidez. Muchas veces costaba verle el color rosa a los días, saborear la miel de la esperanza.
Ella siempre lo supo.
Ella nunca lo supo.
Assunta había nacido el día en que su madre había muerto. Ese hecho sellaría en carne viva el destino de culpas y amarguras que conduciría el resto de su vida. Sin entender por qué las cosas son como son.
Un hombre solo con una niña resolvía su vida con una botella por acá, otra por allá. En el día de su cumpleaños número ocho y el octavo aniversario de la muerte de su madre, su padre no despertó.
Assunta aguardó tres días antes de salir a la calle y pedir ayuda.
Se llevaron al hombre que yacía frío sobre la cama. Pero nadie se percató de la niña que solo atinó a tapar con ambas manos su rostro y esperar que el silencio regresara.
El chisme del hombre muerto en la casa corrió entre las lenguas más feroces del pueblo. Algunos dejaron paquetes con comida en la escalera, luego espiaron escondidos para ver si la niña realmente seguía en la casa del horror.
Rosa, la curandera del pueblo, un día salió de su precaria guarida, dejando la fila de gentes que esperaba por la palabra que los animara a seguir el día, y caminó hacia la casa de Assunta. Subió la escalera y golpeó varias veces con el puño cerrado la puerta de madera. Nadie salió. Pechó la puerta con su pie, ingresó. El lugar olía a encierro y mugre. Recorrió con la mirada el espacio vacío de vidas humanas. Pensativa, aguardó unos minutos y luego se arrodilló, posó las manos sobre el piso, torció la cabeza y la vio. Acurrucada debajo de la cama. La tironeó como pudo. La arrastró hasta su casa. Le hizo muchas limpiezas con ruda y manzanilla, esa niña tenía que encender su alma con la sonrisa perdida.
Assunta poco a poco fue entregando su ser a las manos huesudas de Rosa, que la impregnaron varias veces con diferentes ungüentos. No emitía palabra y cada noche, cuando Rosa se dormía, la niña huía a su casa.
Un día, Rosa amontonó sus cosas en un viejo carro prestado y se mudó a la casa de Assunta. Problema resuelto para las dos.
—Tengo hambre —dijo, y nunca volvió a quedarse callada.
Un invierno más frío que de costumbre, entrada la noche, un joven tocó a la puerta de la casa de Assunta y Rosa. Estaba herido y buscaba ayuda. No era de por ahí, donde todos se conocían. Rosa lo asistió y lo dejaron pasar la noche abajo, en el establo. Tenía varias partes del cuerpo tajeadas.
Antes de que el sol despuntara sobre la tierra, lo hicieron subir a la casa. Las personas se amontonaban en los escalones esperando que Rosa las atendiera. Había que esconder al intruso. No era cuestión de que la gente pensara…
Assunta se tuvo que encargar de él. Volaba de fiebre, el frío de la noche había empeorado la salud del forastero. Repasó sus heridas con ungüentos, las tapó apenas y se concentró en bajarle la temperatura.
Pasaron los días y empeoraba, pero el desconocido nunca se fue de la casa. Les pagó con trabajo, limpiando el establo, arreglando el carro viejo, y, cuando llegó la hora de marcharse, le pidió la mano de Assunta a Rosa. Le dijeron que espere afuera. Rosa le preguntó a Assunta si quería. Ella dijo que sí. Rosa, antes de ir a buscar al muchacho, hizo sus propias predicciones y escuchó las voces de los invisibles que le contaban al oído el futuro de ese matrimonio.
Y así fue que Assunta recibió, como regalo en su cumpleaños número catorce, un esposo. Se casaron con los papeles necesarios, sin parientes ni amigos. De ese matrimonio nacieron dos hermosas niñas: Raffaella y Giuseppina.
Rosa le legó toda su sapiencia a Assunta y, cuando estuvo lista, la anciana huesuda, rodeada de su familia que ella misma había creado, no despertó.
Francesco fue un compañero amoroso y fueron felices hasta que el buen hombre, un día, tropezó con tan mala suerte que, cuando cayó de la escalera, se quebró la nuca en uno de los escalones de piedra. Assunta y las niñas quedaron solas. Otra vez. Y entonces tuvo que regresar a lo que la vida y Rosa le habían legado, el don de curar, de sanar, de adivinar, de aplacar.
PRIMERA PARTE
EL VIEJO MUNDO
CAPÍTULO 1
Las Caralione, vestidas de negro, observaban el montículo de tierra que contenía el cajón de madera barata con su madre en el interior. La muerte al fin había otorgado paz a Assunta. Ella ya descansaba en algún misterioso lugar. ¿Y sus hijas?
“La Giuseppina es la que tiene el don”. “Sí, ella me curó la sangre”. “¿Seguirá?”. “Dicen que se van a La Mérica”, rumiaban las personas mientras bajaban del cementerio al pueblo.
—Vamos, Raffaella, tenemos que llegar antes de que oscurezca —dijo Giuseppina tomando el brazo de su hermana.
—No podemos dejarla sola acá —se lamentó Raffaella.
—La mamma ya no está ahí, vamos —insistió.
Giuseppina observaba las sombras que se movían sobre el piso pedregoso al ritmo de ellas, dependiente, sujetas. Tomó el brazo de su hermana y entonces era una sola sombra ancha con dos cabezas. A medida que avanzaban, la sombra variaba. Forzó a Raffaella hacia la derecha.
—¿Qué hacés?, ¿querés que me caiga? —dijo Raffaella con congoja.
—No, solo quería ver cómo se mueve la sombra —aclaró—. Yo lloré antes —dijo Giuseppina excusándose por no continuar llorando como su hermana.
—No me importa.
—Por las dudas, digo.
Desde pequeña, Giuseppina no podía controlar su genio. Llorar cuando había que llorar, callarse cuando había que callarse. Su cuerpo, su alma, su voz y sus actos hablaban cuando querían. Y eso la dejaba descolocada en algunas situaciones, muy a menudo.
Con el último rayo de sol, las hermanas cruzaron el pueblo. “Las personas son raras”, pensó Giuseppina al ver los paquetes sobre la escalera al pie de la entrada a la casa.
—Nos dejaron comida —dijo Raffaella curioseando.
—Vamos, abrí la puerta. Nos dejan la comida en la puerta como si fuéramos unos animales.
—Bueno, al menos piensan en nosotras.
—Claro que no piensan en nosotras, Raffaella, cómo podés ser tan pavota. Ellos solo quieren que siga curando como lo hacía la mamma. Si en el cementerio todos se me acercaron a preguntarme si yo seguía con el don…
—Bueno, bueno —dijo Raffaella subiendo con los paquetes acomodados en sus brazos.
—Un té nos va a aliviar un poco —dijo Giuseppina enseguida, atizonando el fogón y cargando con agua un jarro de lata.
—Me parece tan raro que la mamma ya no esté. Me parece escuchar su voz —lamentó Raffaella—. ¿Viste qué bien el Peppe y el Alfonso?, la llevaron a la mamma con los otros, menos mal, yo pensaba que, si nadie ayudaba a llevar a la mamma…, íbamos a tener que hombrear el cajón nosotras. ¿Y si se nos caía? ¿Y la mamma terminaba de boca en el piso…? Muerta y tirada… Propiamente mirá…
—¡Porca madonna, Raffaella! ¡No digas esas cosas! Siempre exagerando vos. Al cajón siempre lo llevan los hombres —la retó Giuseppina.
—¿Habrá llegado al cielo? ¿Dónde estará? ¿Estará bien? ¿Qué pasará cuando uno se muere?
—¡Basta, Raffaella! Qué sé yo… Mirá, allá está la bolsa del tejido —indicó Giuseppina, tejer la calmaba, la sosegaba.
—Espero que la mamma ya esté viviendo con todos los muertos, con la abuela Rosa, con el papá. Seguro está feliz, ¿no? Espero que el papá la haya esperado con algún regalo especial ¿Qué regalos se harán en el cielo? ¿Será como acá? ¿Estarán juntos? ¿Serán felices? Tal vez la mamma lo extrañaba tanto que quiso irse con él…
—No sé…
—Y ahora, ¿cómo seguimos…? —preguntó Raffaella. Giuseppina ya no contestaba—. No vamos a poder solas, no vamos a poder —continuaba Raffaella mientras tosía y lloraba.
—Lo que nos dijo la mamma. Vendemos la casa a don Enzo y nos vamos —contestó Giuseppina.
—No sé, se siente tan raro… Estamos tan solas…
—La mamma dejó todo arreglado, no te preocupes.
—Pero ella no está, ¿y ahora…?
—La mamma dejó todo anotado. Vamos a hacer su voluntad.
—Vamos a morir ahogadas, ¿y si el barco se hunde? ¿Cómo será La Mérica? ¿La mamma no tenía ningún hermano y ahora aparece ese tío?
—Qué sé yo. ¡Basta, Raffaella!, no tengo todas las respuestas y estoy muy asustada yo también.
—Bueno, no querés conversar. Dame el té, no le habrás puesto nada, ¿no?
—Unas hojas de tilo para que te tranquilice y un poco de tomillo para la tos. Yo también estoy cansada y preocupada. Voy a quemar incienso para limpiar un poco el polvo de la muerte. Este me lo consiguió la prima de la Pinuccia, es del bueno, tiene mirra y cedro con aceite de sándalo, romero y lavanda. Cerremos la puerta…
—Bueno, dale, nos hace bien, y así me calma un poco la tos también.
—Claro que hace bien, nos ayuda a liberar todo lo que nosotros no queremos, pero principalmente a no estar tan tristes.
El humo enturbió la visión y los aromas llenaron cada rincón del lugar. Abrieron la puerta y las ventanas y el humo escapó llevándose todo rastro de muerte.
Las hermanas, ahumadas y solas, se abrazaron y lloraron y lloraron.
CAPÍTULO 2
Assunta se había encargado de todo antes de morir. Había logrado una familia, no la iba a perder. No iba a permitir que la maldición escondida en esa casa cayera sobre sus hijas. Las iba a sacar de ahí, las iba a escupir al mundo. Sus hijas iban a hacer lo que soñaron y planearon ella y Francesco. Empezar de nuevo. Empezar en otro lado.
Rosa, la curandera, fue la familia que jamás tuvo y que jamás hubiera imaginado. Un Viernes Santo comenzó a pasarle el don de curar. Le enseñó cómo usar la palabra, las manos, el corazón y la mente. Assunta pudo ver en esa mujer huesuda, agrietada, con pocos dientes amarillos, la cara del amor en todas sus facetas.
Rosa le explicó que la muerte de sus padres estaba anotada en algún lugar en los libros de los muertos y que ella estaba en la lista de los libros de los vivos. Estaba obligada a vivir y a seguir adelante…
Assunta caminaba sus días maravillada, viendo cómo Rosa convertía el mal en bien, lo amargo en dulce. Le dolía la falta de reconocimiento de las personas a todo su saber. La gente iba, dependía de ella, de sus palabras, de sus curaciones, pero luego daban media vuelta y la convertían en el ser más despreciable del pueblo.
Un día, Rosa tomó las manos de Assunta, besó cada una y, mirándola a los ojos, le dijo: “El amor va a golpear nuestra puerta dentro de poco, muy pronto”. Y llegó Francesco. Assunta sonrió el mismo día que abrió la puerta y lo vio moribundo, chorreado de sangre.
Lo supo. Siempre lo supo.
Otro Viernes Santo le enseñó a encontrar las palabras para curar. A poner las manos sobre las dolencias y crear la oración. A escuchar las voces de los invisibles.
Assunta aprendió cada día a su lado. Amó a Rosa con cada aliento, con cada palabra, en todas las situaciones.
Rosa siempre supo lo que iba a pasar. Desde el primer día que abrazó ese esqueleto pequeño y tembloroso acurrucado debajo de la cama. La preparó cada día para esa vida. Encarnó a la niña en su línea de sangre y entregó su don para que siguiera y siguiera, y viajara al mundo.
¿Se puede cambiar el mapa de la vida? Assunta sabía que iba a morir. La enfermedad estaba ahí, como le había dicho Rosa, “ese bicho está ahí, un día va a despertar”. Y despertó más temprano de lo previsto. Tal vez el dolor, la angustia, la tristeza ayudaron el proceso.
Cuando murió Francesco de esa forma tan tonta, Assunta dijo basta. Sus hijas no iban a correr esa suerte de muertes tempranas, de soledades injustas. Sus hijas iban a iniciar un nuevo enlace, como un día Rosa lo hizo con ella, pero lejos, muy lejos, donde hasta los recuerdos se cansan y quedan en el camino.
Una nueva vida para ellas.
Ella lo supo. Como un día lo supo Rosa.
Francesco primero y luego ella tenían un pasaje al otro mundo. Nunca se preocupó en saber por qué esa línea de vida tenía que retirarse temprano, pero se paró al frente de sus dos hijas y dijo: “hasta acá”.
Cuando la enfermedad despertó, entendió que la hora había llegado. Que el momento de cambiar el destino del rumbo de la vida de sus hijas era ese. Y entonces se puso manos a la obra.
Ella organizó todo para que su descendencia huyera de ese lugar, de esa comunidad, de ese país. Para que sus hijas pudieran comenzar a crear una nueva historia. Las vio, las imaginó y les generó una vida lejos. Las escupió al mundo, a las dos. “Ustedes tienen que cambiar la racha de esta familia”, repetía.
Ella había pensado en todo, claro, ¿quién querría casarse con alguna de las hijas de la curandera del pueblo? Eran y serían las Caralione, hijas y nietas de la curandera. Eso no iba a cambiar. Nunca.
Ella lo sabía. Ella lo supo. Ella iba a desvelar su sueño para sacar a sus hijas de ese lugar.
CAPÍTULO 3
La penumbra abrazaba el rústico lugar. Giuseppina buscó un frasco y sacó un puñado de hierbas secas, las puso dentro de un colador de tela y la posó sobre un jarro de loza.
—¿Estás mejor? —preguntó Giuseppina.
—Un poco. Hace frío, ¿para qué era la manzanilla?
—Para calmar el dolor de panza y dormir un poco más tranquila, esta manzanilla tiene algo de tilo y lavanda. La preparé yo misma.
—Poneme mucho. ¿Cómo imaginás que será la Argentina? —indagó Raffaella.
—El tío en la carta dice que es lindo, él vive con su esposa ahí —contestó Giuseppina.
—Sí, ¿cómo serán…? ¿Serán contentos? —insistía Raffaella.
—No sé, lo importante es que nos están esperando. Una gran familia nos espera. Me hace ilusión —dijo Giuseppina.
Raffaella suspiró, bebió un sorbo de té.
—Vamos a estar bien, Pinina —dijo Giuseppina acariciando su cabello. Pinina le comenzaron a decir cuando apenas daba sus primeros pasos, caminaba igual que las pininas que Assunta tenía en su gallinero, abajo, en el establo.
—Correte, siempre agarrando todo el lugar, vos… —protestó Raffaella.
El miedo se confundió con la tristeza y se derramó en la oscuridad. Acostadas, abrazadas, lloraban en silencio. No querían estar tristes y aterradas. No habían elegido la soledad a tan temprana edad. Las asustaba mucho la idea de ir a un lugar desconocido. Lejos. ¿Lo lograrían? ¿Por qué su madre las obligaba a irse de esa forma?
El cielo plomizo amenazaba con gotas incipientes. Giuseppina despertó y volvió a cerrar los ojos con el afán de volver a dormirse. No quería enfrentar todo lo que venía. La rutina de sus días ya no sería la misma. Pero el sueño no llegó y su mente se saturó de pensamientos, preguntas sin respuestas, inquietudes, inseguridades. Se levantó sin despertar a su hermana.
Limpió la ceniza y activó el fogón. Una cortina de incertidumbre y malestar la contenía. Fue a buscar un poco de mantequilla que aún quedaba de la última batida. Agregó un huevo, un chorro de anís dulce, rascó con el cuchillo la cáscara de un limón, unas cucharadas de azúcar y una pizca de sal, y entonces sí espolvoreó una taza de harina y la magia comenzó con la danza de sus manos sobre la masa. Un poco de grasa en la olla de hierro. Bollitos fritos, un baño de azúcar y listo. No entendía lo que sucedía, pero cocinar la conectaba con la calma, la quietud, la felicidad.
—Ay, Giuseppina, qué rico olor —dijo Raffaella refregándose los ojos sentada en el catre.
—Vení, comete uno —contestó extendiendo la fuente.
—Nuestro primer día sin ella.
—Ella siempre va a estar con nosotras.
Solas, envueltas en el aroma dulzón y ahumado, en silencio, cada una abrumada por sus propios pensamientos, dejaban que los bollos inundaran sus paladares…
—¿Hiciste las muñecas? —preguntó Giuseppina.
Raffaella se levantó y buscó en su bolsa del tejido.
—Sí, como me dijiste —dijo, y puso sobre la mesa dos muñecas de tela rellenas de lana.
—Esta, la ruluda, sos vos y esta soy yo —aclaró Raffaella.
—Pero las dos tienen lana en la cabeza, ¿cómo las diferenciamos?
—Vos, la amarilla y yo, la marrón.
—Ahora sí, son muy lindas. ¿Les pusiste puntilla al vestido?
—Sí, somos nosotras, les puse el mejor vestido.
—Bueno, vamos a curarlas. ¿Me alcanzás la caja? ¿Les agregaste los cabellos al relleno?
—Ay, sí, Giuseppina, y no me equivoqué, la amarilla tiene tu tela y tus cabellos, y la otra soy yo.
—Bueno, bueno.
Tomó la muñeca que representaba a Raffaella primero y le cruzó una cinta roja en el cuerpo a la altura del corazón. Enganchó una flor seca de lavanda en el cinto de cada muñeca.
“Donde Jesús fue nombrado, todo mal y quebranto quitado. Que nuestro camino a La Mérica esté limpio y bendecido con la buena suerte en la gracia de Dios”.
—Pedí que, si nos tenemos que quedar, no tengamos problemas nosotras. No tenemos problemas, ¿no?
—Raffaella, le prometiste a la mamma que no me ibas a hacer esto. Que nos íbamos a ir como ella dijo. Y dejame, ahora tengo que empezar todo de nuevo.
Giuseppina se paró, con la mano barrió algo invisible sobre las muñecas. Espolvoreó azúcar sobre la flor de lavanda y luego comenzó a balbucear. Encendió la vela y con una gota caliente de cera inmortalizó los granos de azúcar.
“Que la suerte no nos abandone jamás, que la suerte no nos abandone jamás y que Dios le gane a Satanás”.
CAPÍTULO 4
Enzo detuvo su marcha en el último escalón y, antes de golpear la puerta, inspiró el aroma graso y dulzón que lo envolvió como un paquete. Sonrió. Pegó tres veces los nudillos de la mano sobre la madera. Esperó.
—Hola, don Enzo, ¿ya por acá? —preguntó Giuseppina sorprendida al abrir la puerta.
—Sí, sí, hay que madrugar. ¿Puedo pasar? Qué aroma —dijo Enzo, viejo conocedor de las habilidades de Giuseppina—. Traje los papeles para que firmen las dos, como era la voluntad de su madre.
—¿Ya los papeles? Pero si enterramos a la mamma ayer nomás… —dijo Raffaella.
—Claro, enseguida. Como era la voluntad de doña Assunta… —repitió y se metió un bollo entero en la boca.
—Don Enzo, tiene azúcar en el bigote —indicó Giuseppina.
—Acá, vení, empezá vos, Giuseppina, firmá acá, acá y acá —dijo señalando diferentes lugares sobre el papel con el dedo engrasado.
Giuseppina leía sin comprender mucho y firmaba donde Enzo le indicaba. Estaba todo organizado, acordado con anterioridad, ¿qué podría salir mal?
—¿Ahora que va a pasar con nosotras? —dijo Giuseppina.
—Voy a presentar todo. Pero mañana mismo tengo que viajar a Génova, así que compro los dos pasajes de ida para ustedes dos. Y listo.
—Don Enzo, pero ¿nosotras no tendríamos que ir con usted?, digo, hasta Génova. ¿No? —preguntó Giuseppina.
—No se preocupen, ustedes arreglen todo esto para irse, que yo cumplo con lo que me encargó su madre: que las saque de acá… Yo me encargo de comprar los pasajes y llevarlas hasta Génova.
Assunta, antes de morir, se aseguró de que sus hijas se fueran del pueblo. Por eso había escrito a Michele Losano, un primo de su esposo Francesco, con el que habían imaginado y soñado el viaje a Argentina. Pero luego, cuando Francesco murió, el primo se fue y Assunta quedó con sus hijas en el pueblo, no se animó, las predicciones no eran buenas. Una enfermedad se avecinaba. Ella supo que iba a morir.
—Listo, está todo firmado por las dos —indicó Giuseppina.
—Bueno, me voy. Apenas tenga todo vengo a buscarlas, así que preparen lo que se van a llevar y acomoden el resto. Yo voy a querer que esto quede desocupado para entonces —dijo Enzo manoteando los bollos que pudiera con su mano.
—Mi madre no nos aclaró que teníamos que desocupar la casa —dijo Raffaella tratando de terminar la frase sin toser.
—Sí, tiene que ser así, bueno, me voy, me llevo estos bollos para el viaje —dijo, y salió dejando a las hermanas con la palabra en la boca y muchas preguntas sin respuestas.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Raffaella.
—Preparemos nuestro equipaje y el resto que se las arregle ese viejo. No entiendo por qué la mamma le dejó toda la responsabilidad a ese engañoso —dijo Giuseppina.
—Tal vez porque es el que todo lo sabe, todo lo maneja. La mamma se aseguró de que nosotras nos fuéramos. Era su voluntad. Desde que recuerdo nos repite lo mismo —dijo Raffaella.
—Tal vez tenga razón, acá vamos para solteronas las dos. Nadie se va a querer casar con nosotras, las hijas de la curandera, si ni se nos acercan a hablarnos en público. Mejor que nos vamos —aclaró Giuseppina.
—No sé. Me da un poco de miedo, no conocemos nada, no sabemos nada, no sabemos la palabra —agregó Raffaella.
—Vamos a estar bien, ella nos acompaña desde el cielo —concluyó Giuseppina—. Ayudame a envolver esto. ¿Hiciste las bolsitas para las semillas?
—Sí, muchas —contestó Raffaella.
—Bueno, voy a buscar mi cuaderno. Me quiero llevar todo lo que la mamma me dejó.
—Sí, sí, lo vamos a necesitar para espantar la mala suerte ahí donde vamos. Pero acordate lo que nos dijo la mamma, nada de curanderas, todo eso queda en el pueblo. A las curanderas nadie las quiere —sentenció Raffaella.
—Sí, sí.
—Pero nosotras podemos seguir usando tus dones, ¿no?
—Sí, claro que sí. Imaginate un poco...
—¿Tendríamos que curarlo al viejo Enzo? —preguntó Raffaella.
—Ya lo hice, siempre me dio mala espina ese viejo tramposo.
—¿Querés otro muñequito? —preguntó Raffaella.
—¿Tenés? Hacemos uno para el viejo Enzo.
—Sí, bueno, hice varios por las dudas de que necesitemos. Tengo como veinte, creo. Por si necesitamos en el viaje…
Giuseppina sonrió. Esa era Raffaella, todo o nada.
—Ma qué miércole, vení, vamos a curar al viejo ese.
¿Podrían las Caralione cumplir la voluntad de su madre?
CAPÍTULO 5
Giuseppina aceptó algunos trabajos para incrementar un poco más los ahorros que tenían para el viaje. Algunos espasmos, dolores de muelas, predicciones amorosas, amarre para el amor por acá, alguna venganza por allá… El don de la curandera seguía habitando la casa.
Cansada, se estiró sobre la cama con los brazos debajo del cuello, mirando el techo. A su derecha, Raffaella ribeteaba un pañuelo para la cabeza.
—Estoy tan intranquila… —dijo Raffaella y comenzó a toser.
—Otra vez la tos. Ya te preparo un poco de tomillo y limón —indicó Giuseppina y se puso en acción.
—Gracias, me duele la garganta de tanto toser —contestó Raffaella, desde que Enzo había estado en la casa, no podía controlar la tos.
—Son los nervios. Vamos a tener que hacer algo con eso —agregó Giuseppina.
Los días pasaban y las hermanas trataban de acomodarse al plan gestado por su madre y puesto en las manos de Enzo. Entregadas a la incertidumbre. A lo que vendría…
—¿Y si nos quedamos? A mí no me importa quedarme solterona —dijo Raffaella.
—Pero mirá que sos, ¿eh? La mamma trabajó su vida entera para que nosotras nos fuéramos a la Argentina —contestó Giuseppina.
—Es que tengo un mal presentimiento —dijo Raffaella.
—Vos siempre tenés malos presentimientos. Tenés que tranquilizarte, vamos a estar muy bien. Muy bien —mintió. Había algo que no salía muy bien en las cartas. Cuando tiró las piedras de Rosa, hizo la cruz, y allí estaba otra vez, la gris con la raya negra. No era bueno… Un contratiempo… Algo que no podía definir.
—¿Y el maíz?, ¿lo consultaste? —insistió Raffaella.
—Sí, también. Todo hice, y está todo bien. —Volvió a mentir—. Tranquilizate, me ponés nerviosa… Todo nos va a salir bien, ¡confiá un poco!, ¡madonna santa! Así nunca te vas a curar esa tos.
Raffaella era la hermana mayor, pero las cosas a ella no le resultaban tan fáciles como a Giuseppina. La tos era su detonante. Esa tos seca que lastima por dentro, que avergüenza por fuera, no podía controlarla. La vencía, la torturaba, la demacraba.
—Si somos hermanas, ¿por qué vos sos sana? —preguntó Raffaella tapando su boca sin parar de toser.
—No soy sana, también tengo mis cosas…
—Mentira, decí, a ver, a ver… ¿Qué enfermedad tenés vos que no te deja vivir en paz?
—La enfermedad de curar.
CAPÍTULO 6
Don Enzo apareció antes de lo previsto.
—Hola, don Enzo, pero ¿qué lo trae por la casa? —preguntó Giuseppina al ver cómo ese hombre gordo y maleducado se hizo espacio entre la gente para llegar primero y luego ingresar sin ser llamado.
—Tengo una noticia para darles, cosas del destino, quevaser —dijo Enzo—. ¿No hay algún bollito?
—Don Enzo, ¿cómo le va? —dijo Raffaella—. No, estamos ocupadas con el asunto del viaje. Y hay gente esperando afuera…
—Bueno, estoy con el encargo de la madre de ustedes y con los pasajes —aclaró.
—¿Pudo comprarlos? —preguntó Giuseppina.
—Sí, solo que tuve un pequeño problemita, pero el alma de tu madre vino a asistirme y enseguida lo solucioné.
—¿Qué pasó, don Enzo? —indagó Giuseppina y se apresuró a cerrar la puerta, era un tumulto de cabezas cogoteando para escuchar mejor.
—No van a ir directo a la Argentina.
Raffaella se sentó y Giuseppina se paró. Raffaella comenzó a toser.
—¿Pero qué dice, don Enzo? Esa era la voluntad de la mamma. Y nos espera el tío allá. Está todo listo eso, ¿no?
—Sí. Sí, tranquilas. El asunto es que ayer salió el barco para la Argentina y el próximo sale dentro de muchos meses, y que les cuento que el pasaje aumentó a casi el triple. Yo ya había acordado un precio con Assunta. Pero, como les dije, el alma de ella estuvo ahí, y justo me ofrecieron una oferta de dos pasajes para Estados Unidos y me sobró algo para que tengan por cualquier cosa que necesiten.
—¿Estados Unidos? —preguntó Raffaella, y otra vez la tos le quitó la voz—. Don Enzo, ¿no tendrá un pañuelo?
Enzo sacó de su bolsillo un bollo de tela y se lo ofreció a Raffaella, extendiendo la mano y alejándose. “Esa chica siempre tosiendo”, pensó.
—Sí, y salen en tres días —agregó Enzo.
Las hermanas se quedaron en silencio, cruzaban miradas, trataban de respirar con normalidad. Paralizadas por la noticia.
—Bueno, me voy, las vengo a buscar en tres días, antes de que salga el sol, el viaje es largo. —Salió como un rayo de la casa, dejando a las dos mujeres impávidas. Confundidas, aturdidas.
Y ahora, ¿qué?
Cuando Enzo vio la oferta que había para viajar a Estados Unidos y, luego de sumar y restar, no dudó un segundo en cambiar el destino de las hermanas Caralione. La ganancia era importante. Después de todo, Assunta lo que quería era sacar a sus hijas del pueblo.
Como siempre, los billetes nublaron su vista y se olvidó de que las mujercitas no hablaban el idioma y que había familiares esperándolas en Argentina. Todo en el olvido. Compró la oferta y listo. Luego ellas tendrían que comprar otro pasaje y entonces llegarían a destino, no era para tanto después de todo, pensaba mientras acomodaba su bigote.
Ese tipo de maniobras le había otorgado el dominio del pueblo entero. Era un hombre de palabras fáciles y poco compromiso. El dinero mandaba en su vida. Cuentan que había vendido la casa de su hermano con él adentro porque no le había pagado una deuda.
Así era Enzo. Ese era Enzo.
—¡Mamma mía! ¿Y ahora? —dijo Raffaella—. Tengo el pañuelo del viejo para el muñequito. Por eso se lo pedí. Te diste cuenta, ¿no? Ya va a ver, viejo de mierda, ¿no, Giuseppina?
—Sí, rellenalo con e
