Inicio
Según el relato del niño, hacia las seis de la tarde los tres camperos superaron la curva y entraron a la hondonada que cruza el río Ullucos. En el primero y el tercero iban los guardaespaldas y eran dos Nissan Discovery, ambos gris platino o eso le pareció, pues tenía el último sol de la tarde pegándole en los ojos. El del medio, el más grande, era un inconfundible Hummer de color negro con blindaje nivel seis —esto se sabría luego— y vidrios tan polarizados que no parecía posible que se pudiera ver de adentro hacia afuera. Los atacantes esperaban desde tres puntos, dispuestos en escuadra. Habían planeado dinamitar el pequeño puente, pero algo pasó y al final no lo hicieron. Sólo le cerraron el paso a la caravana atravesando el tronco seco de un viejo eucalipto, lo que no fue del todo inútil, pues cuando los camperos se vieron en medio de las ráfagas no pudieron retroceder.
Los viajeros tenían buena formación militar. Al recibir los primeros impactos y ver que no podrían llegar hasta la siguiente curva se dispusieron en V, protegiendo al Hummer e iluminando el área con los faros, lo que funcionó por un rato, pues las balas trazadoras golpearon los chasises, quebraron los focos y perforaron los neumáticos. A pesar de estar acorralados, los hombres se organizaron para repeler el ataque. Lo primero fue bajar a tierra y detectar dónde se había situado el enemigo. Pronto comprendieron que estaban rodeados. El fuego más nutrido parecía llegar de la propia carretera, como si unos metros por delante hubiera un nido de ametralladoras.
Y lo peor estaba por venir.
El niño los vio pasar muy cerca del árbol (un mango) en que estaba subido y sintió una mezcla de miedo y vértigo. Eran dos asaltantes. Subieron desde la orilla del riachuelo y se apostaron en el barranco. Tenían una bazuca. Desde ahí estaban a menos de cien metros del Hummer blindado. Se recostaron en el pasto, gesticularon y movieron los brazos, como estudiando el tiro a través de complicados cálculos, pero sin hacer el menor ruido. Finalmente se decidieron. Uno se puso de rodillas y sostuvo el cañón en su hombro. El otro, desde atrás, calculó la trayectoria, tardó unos segundos que al niño le parecieron infinitos, y disparó.
El Hummer dio un salto hacia atrás, derribando a uno de los hombres. Volvió a caer y comenzó a incendiarse. Los artilleros tuvieron tiempo de recargar la bazuca con calma y retomar su posición. El segundo disparo hizo volar el Nissan de la derecha, mostrando que su blindaje era inferior. Un segundo guardaespaldas murió aplastado y el fuego le consumió parte del cuerpo.
La balacera arreció.
Desde donde estaba el niño, el aire era un tejido de centellas y fogonazos.
Uno de esos plomos cruzó la noche y se introdujo en la base del cráneo de otro de los hombres, tal vez el más joven y aguerrido, que en ese instante manipulaba un extinguidor. Luego se supo que se llamaba Enciso Yepes. De estatura media, complexión fuerte, pelo cortado al rape con un islote central, a la moda de los futbolistas. Sobre la tetilla izquierda tenía un tatuaje con el escrito: «Dios es mi bacán, mi parcero, mi llave», y en el brazo derecho otro que decía: «Estéphanny es el Amor y es Dios y la ReQK». El perdigón cruzó su masa encefálica y, desde adentro, rompió el hueso frontal a la altura del ojo derecho. Después de matarlo, la bala salió al aire enrarecido por el humo y las ráfagas, golpeó ligeramente un guardabarros y, modificando su trayectoria, fue a clavarse en el tronco de un cedro a cincuenta metros de la vía.
Si hubiese sobrevivido, Enciso Yepes habría quedado inválido y perdido el habla. Tenía treinta y cinco años y tres hijos menores con dos mujeres. En su cuenta bancaria resultaban 1.087.000 pesos, pero debía en créditos 7.923.460. La vida con él no había sido avara, pero sí tremendamente asimétrica, pues en el mismo instante en que su alma se abría paso hacia (suponemos) el purgatorio, su amadísima segunda esposa, Estéphanny Gómez, de treinta y un años, nacida en la localidad de Dosquebradas, Risaralda, yacía desnuda en un lecho en forma de corazón, en el Motel Panorama, sito en Pereira, en una posición denominada «del perrito» o «Mirando al Cocora», con las caderas levantadas en pirámide y el rostro hundido en un floreado almohadón, ahogada en increíbles bufidos de placer. Más tarde se sabría que Estéphanny era de sexualidad gritona, y entre lo que pudieron oír los vecinos de cuarto esa tarde alguien habría de recordar frases del tipo: «Machácame, corazón, dame rejo!» o «¡Más duro, papi, empótrame!», o «Tan rico que es pichar trabada, bebé». Todo esto en compañía de un varón que, en honor a la verdad, era su cuñado, Anselmo Yepes.
Lejos de ahí, en la hondonada, el combate se hacía aún más fiero y los hombres, sudorosos e iluminados por las llamas, ya no parecían héroes. Pero resistían. Desde ese nido de carburante y fierros retorcidos, un intrépido grupo seguía empeñado en la defensa y al parecer contaban con bastante munición. Estaban bien entrenados. Apenas debían mirarse para adoptar una estrategia. El Hummer quedó de lado, y cuando las llamas amainaron se vio que el chasis continuaba hermético. Imposible imaginar que los ocupantes estuvieran vivos, a pesar del impacto y el calor.
Pero estaban vivos.
La irrupción de un helicóptero los sorprendió a todos. Era un Hurricane 9.2, pero esto se supo después. Desde el aire y a través de radares la aeronave detectó los focos de ataque y los destruyó con sus metralletas .52. La sorpresa de los que asaltaban, ya a punto de ganar, fue absoluta, y no atinaron a comprender qué diablos sucedía. Entonces sobrevino el caos. Los de la bazuca corrieron al talud para bajar a la orilla del riachuelo y sólo en ese instante pensaron que podrían enfrentar al helicóptero y tal vez derribarlo. Esos segundos de indecisión fueron fatales. Quien la cargaba la puso en su hombro y se arrodilló, pero al ver que el foco de luz se dirigía a él saltó a un lado y poco faltó para que disparara en sentido contrario. Luego las metralletas los fueron derribando desde lo alto. Uno, dos. Los balazos cruzados, como en el último misterio de Fátima, provenían de lo más oscuro de la noche. Uno de ellos saltó al agua y se golpeó la cabeza contra una piedra. En los demás nidos de atacantes debió pasar lo mismo, pues de pronto el fuego se detuvo. Los asaltantes que sobrevivieron lograron fugarse; todo sucedió muy rápido.
Entonces el helicóptero se posó al lado de los camperos. Las puertas del maltrecho Hummer se abrieron y el niño, desde el árbol, vio salir a un hombre vestido enteramente de negro y a dos mujeres jóvenes, una de ellas en ligera ropa de baño, cubierta apenas con una toalla.
Los tres subieron al helicóptero, que de inmediato volvió a alzar el vuelo y se perdió en la noche.
Luego, los guardaespaldas cargaron los cadáveres en el campero y en el Hummer, recogieron las armas y partieron con todo en dirección a San Andrés de Pisimbalá. Un rato después llegó un segundo grupo en dos enormes camiones de mecánico. Retiraron el tronco de eucalipto y alzaron los restos del combate con gran minuciosidad hasta dejar el terreno y la carretera limpios.
El niño esperó todavía una hora. Bajó del árbol y caminó por el borde buscando algo, pero se habían llevado todo: los chasises del campero y hasta el último casquillo de fusil. Ni siquiera encontró cartuchos quemados.
Protagonistas
La persona que me contó esta historia es una vieja amiga. Su nombre es Julieta Lezama, una aguerrida reportera independiente que vende sus crónicas a medios de prensa de España, Estados Unidos y América Latina. Es joven —está por llegar a los cuarenta—, con dos hijos y un divorcio a cuestas de otro periodista especializado en política y finanzas, asuntos muy alejados de aquello que hace vibrar el alma de Julieta. Lo que la mueve a ella es la dura realidad, el orden público, los crímenes y la sangre que sale del interior de los cuerpos para darles un color trágico a los exteriores de este bonito país, ya sea sobre el asfalto o la hierba, o sobre las suaves alfombras de las casas burguesas.
La pasión de Julieta es la muerte violenta que unos seres humanos, un buen día, deciden causarles a otros, por los motivos que sean: aliviar antiguos odios, amor, resentimiento o interés, y, claro, por plata y sus infinitos derivados: ventajas comerciales, extorsión, competencia, envidia, desfalco y robo, herencia, suplantación, estafa, ¿cuántas justificaciones existen para el crimen? Según Julieta, son tan variadas y creativas como la humanidad misma. Nadie mata igual que otro, pues incluso en esto hay algo muy personal que nos define, como en el arte. Y que llegado el momento nos delata.
Tiene una pequeña oficina en el mismo edificio donde vive con sus dos hijos adolescentes, en la zona de Chapinero Alto, Bogotá Oriental. El único lujo (y sólo desde hace once meses, cuando su colaboración con la revista dominical del diario El Sol de México se hizo estable) es una secretaria y colaboradora multifunciones llamada Johana Triviño, que organiza sus archivos y lleva al día el calendario de entregas de artículos. Además, y esto es lo que más le gusta a Johana, se encarga de arreglar citas con personas involucradas en los casos y algunas veces la acompaña, sobre todo cuando Julieta prefiere que haya algún testigo. Johana tiene una virtud que no es fácil de encontrar entre las egresadas de las facultades de Comunicación Social y es que sabe usar (y reconocer) todo tipo de armas, desde las pequeñas hasta las menos convencionales, pues estuvo doce años en el Bloque Conjunto de Occidente de las FARC. Al principio fue algo un poco extravagante: convivir en el trabajo con alguien que provenía de un mundo tan diferente al suyo, de esa nebulosa Colombia que, increíblemente, estuvo separada del resto durante más de cincuenta años y que ahora, con la llegada de la paz y el posterior acceso al poder de la ultraderecha, estaba en una posición muy frágil, en la cuerda floja.
Johana, la protagonista número dos de este relato (aunque no necesariamente en orden jerárquico), es caleña, de una familia que emigró desde Cajibío, Cauca, en los años ochenta, al distrito urbano de Aguablanca. El más tenaz de Cali, esa ciudad asombrosa a la que le dicen «la sucursal del cielo». Ahí creció entre inmigrantes de Tumaco, Cauca y Buenaventura. Entre bandas criminales, farianos, elenos, paramilitares y vendedores de droga. Su papá fue conductor de jeep, taxista informal y al final chofer privado de una familia rica, los Arzalluz, en una elegante residencia del barrio Santa Mónica.
Los Arzalluz, vaya casualidad, tenían una niña, Constanza, que había nacido el 9 de noviembre del 90, el mismo día del mismo año que Johana. Esto les pareció conmovedor (a los Arzalluz) y entonces, para el cumpleaños compartido, le daban a Johana maletas con ropa casi sin usar, zapatos, libros y juguetes que su niña ya no quería. El ritual se repetía cada año: ese día, tempranito, el papá chofer llevaba a su hija donde la niña Connie (Constanza) para hacerle un saludo y recibir los regalos. Partían una tortica con las empleadas, se tomaban un vaso de gaseosa y ya. Luego Connie se preparaba para su otro cumpleaños con los primos, amigos del club y compañeros de colegio, y a Johana la mandaban de vuelta a Aguablanca.
Así se hizo, siempre, hasta que llegaron los quince años.
Por supuesto que la niña Arzalluz tenía fiesta de largo en el Club Colombia, y debido a los intensos preparativos no se alcanzó a hacer la tradicional celebración con Johana. Desde temprano, el padre chofer debió hacer mil viajes entre el club y Santa Mónica. La camioneta empresarial de la casa de banquetes no dio abasto y como las cosas debían estar frescas, el chofer tuvo que hacerse cargo de llevar las bandejas con pasabocas, rollitos primavera, pinchos, carpaccios de pulpo y, sobre todo, las seis pirámides de langostinos que debían presidir las mesas centrales. A esto venía a sumarse una infinidad de canastas de loza, copas de tres tamaños, vasos y cubiertos. Tuvo que transportar los adornos especiales que la madre quiso traer de su casa al salón del club para realzar la elegancia y que iban variando según se acercaba la hora, al vaivén de su capricho y sus nervios: un sofá Chesterfield de dos puestos para los abuelos de la quinceañera, varios bronces de Mercurio Galante y jóvenes Baco, con su pelo de racimos de uva, un espejo de marco dorado estilo Luis XV y un cuadro antiguo del período clásico inglés, escena de cacería que, según la familia, podría ser escuela de Rubens; ayudó a supervisar las luces y las pruebas de sonido de la orquesta, que empezó a montar su equipo desde las cuatro de la tarde, y de remate tuvo que ir tres veces al aeropuerto a recibir parientes que venían de Bogotá y Medellín.
Quedó libre a las once de la noche, muerto del cansancio.
A esa hora pudo ir a su casa para la fiesta de quince de su hija.
En Aguablanca, Johana y su familia celebraban en el salón comunal de la parroquia, con amplificadores y un buen equipo. Su papá era amante de la salsa clásica y ahí estaban las compilaciones de Héctor Lavoe, la Fania, Ismael Rivera, Richie Ray y Bobby Cruz, la pesada de Cali, los dueños de la rumba de esta ciudad que adoraba el ritmo, el sonido de la trompeta, los bajos y la percusión. Carlos Duván, el hermano mayor, ayudó a instalar pancartas y a decorar el salón con carteleras y bombas. Las amigas escribieron frases sobre la vida, ideas entusiastas y «aspiracionales» sobre el futuro. El padre compró doce cajas de aguardiente Blanco del Valle, Ron Viejo de Caldas y unas cuantas botellas de whisky Something Special para los más allegados.
¡Y la comida!
Marranitas, aborrajados, tajadas con hogao y guacamole, tres enormes ollas de sancocho, arroz blanco y diferentes tipos de carne. Cuando el padre llegó ya estaban bailando, pero en atención a él se repitió el vals y así pudo sacar a su hija en medio de los aplausos de amigos y familia.
La llamada llegó pasada la medianoche. Era la señora Arzalluz; se moría de la vergüenza, pero la niña Connie quería pedirle un favor. ¿Qué era? En las idas y venidas había dejado el bolso de maquillaje en el carro en que el chofer recogió a los abuelos del aeropuerto, y que luego el papá usó para irse a su casa. El problema es que ya con los primeros bailes la niña quería retocarse y, ¡tragedia!, la bolsita en el carro que se llevó el chofer. Connie la dejó ahí y luego se olvidó pedirle que la sacara, con todo el volate. La niña quería saber si no era mucho pedirle que se la trajera, porque el baile iba a durar toda la noche y ahí estaba el maquillaje que una prima le había conseguido en Miami con los tonos exactos del vestido.
El chofer explicó que estaba en la fiesta de su hija y ya se había tomado unos tragos, no era buena idea salir así, pero entonces pasó la niña Connie y le suplicó que se los llevara, ¿qué iba a hacer sin su maquillaje? ¡Tenía que retocarse en mitad de la fiesta! Al padre no le quedó más remedio que decir sí. Se puso la chaqueta y le explicó a Johana que debía volver al Club Colombia, sólo un momento. Viendo las caras largas, agregó: qué se le va a hacer, es el trabajo.
«Lo que suponemos, o lo que nos dijo la policía, fue que, llegando al club, no vio venir a un ciclista y al tenerlo encima pegó un timonazo, saltó el separador y fue a dar al río con el carro volcado. Murió de una fractura en el occipital. Los Arzalluz vinieron al velorio, pero no al entierro. Nos dieron grandes abrazos y me di cuenta de algo: los pobres somos importantes cuando nos morimos, nada más. Connie no vino ni al velorio ni al funeral, pues estaba muy enguayabada de su fiesta. La malparida que mató a mi papá por una puta bolsa de maquillaje, mi amiguita rica, no vino siquiera a darme el pésame.
»A partir de ese día me llené de odio.
»Y dije: Colombia no puede seguir en manos de esos hijueputas. Este es un país perverso, está enfermo y hay que cambiarlo, así sea a las malas. No me voy a quedar sentada llorando.
»Por el barrio había milicias urbanas que iban y venían, también paracos, a cada rato se oían balaceras. A mí me gustaban los farianos porque tenían mística y eran los duros. Nada de blandenguería, ese era el camino. Un primo mío, Toby, ya estaba con ellos. Hablé con él y me dio folletos sobre la lucha guerrillera. Hasta un libro manoseado. Así se templó el acero, de Nikolai Ostrovski. Estaba tan leído y sudado que creí que me iba a dar sarna al pasar las páginas. No entendí nada, pero me gustó. Me quedé con la idea de que había que estudiar y conocer la Historia, con mayúsculas. Fue lo que hice, por mi cuenta, en toda mi vida de guerrillera. Pelear y educarme. Muchas veces las dos cosas eran lo mismo. Antes de cumplir los dieciséis ya me había ido a Toribío con Carlos Duván. Logramos un contacto y pedimos la entrada a las FARC. Nos recibieron. Hicimos el curso político y de formación, luego el entrenamiento militar. A los pocos meses, oyendo las historias de los compañeros, se me fue pasando la ira. Lo que nos había ocurrido a mi hermano y a mí no era nada comparado con los horrores que habían vivido otros.
»Me acuerdo que pensé: este puto país en el que tuve la desgracia de nacer es un patio de fusilamientos, una sala de tortura y una prensa mecánica para destripar campesinos, indios, mestizos y afros. Es decir, la gente pobre. Los ricos, en cambio, son dioses porque sí. Heredan patrimonio y apellidos, les importa un huevo el país y lo desprecian. Detrás de los apellidos elegantes, ¿qué hay? Un bisabuelo ladrón, un tatarabuelo asesino. Ladrones de recursos y de tierras. Entonces decidí: me voy a darles plomo a esos malparidos, que es lo único que temen o respetan. Lo único que oyen. Plomo venteado, para que aprendan.
»Así empecé, primero ayudando en el campamento y luego ya con un arma».
Fue gracias a ella que Julieta conoció a su principal socio, un fiscal de origen indígena, de la brigada de asuntos criminales, con quien intercambiaba informaciones e hipótesis de los casos investigados y que, con el tiempo, se había convertido en su amigo.
Se llamaba Edilson Javier Jutsiñamuy y los colegas lo apodaban «el Tigrillo». Su familia era de la etnia huitoto nipode, de Araracuara, Caquetá, y su apellido quería decir, de modo cuasi profético, «luchador insaciable». Un hombre bien instalado en la cincuentena, pausado y filiforme, que había dejado atrás la vida familiar y un matrimonio sin hijos para dedicarse por entero a la justicia. Había buscado a Johana al inicio del proceso de paz para corroborar ciertas informaciones y tener a alguien de confianza que pudiera aportarle datos. Desde esa época se conocían y con el tiempo cultivaron una cordial amistad que luego se extendió a Julieta, pues al fiscal le interesaban las investigaciones de la periodista y, sobre todo, su libertad para entrar en ambientes que él tenía vedados y que podían ser esclarecedores, según el tema en que estuviera trabajando. Este es el tercer protagonista.
Y habrá más que irán llegando.
¡Acción!
La historia comienza en un despacho de la Fiscalía General, en Bogotá, un jueves cualquiera de un mes de julio, cuando el fiscal Edilson Jutsiñamuy recibió una llamada de uno de sus hombres de más confianza, el agente René Nicolás Laiseca, notificándole de un hecho ocurrido en la zona de Tierradentro. Esa misma mañana, muy temprano, alguien había llamado al puesto de policía de San Andrés de Pisimbalá para hacer una denuncia (anónima) sobre un combate con armamento pesado que había ocurrido la tarde y noche del día anterior, en una carretera veredal. A pesar de tratarse de una jurisdicción pequeña y muy lejana, el posible uso de «armamento pesado» y sus implicaciones hicieron saltar las alarmas y la información pasó al circuito nacional, llegando a las pantallas de la Fiscalía en Bogotá.
Jutsiñamuy tenía por costumbre recibir este tipo de noticias a cualquier hora del día, así que escuchó el informe distraído. ¿Un combate con armamento pesado? Caramba, ¿y qué será ahora? ¿De nuevo la «disidencia»? ¿Contra quién? ¿Intervino el ejército? ¿Cuántos muertos hay? Un poco más tarde, hacia las once, se le informó que los agentes habían hablado con algunos vecinos y se estaban haciendo las primeras indagaciones. Durante la tarde Laiseca le dio seguimiento al tema con lo que retransmitían desde el lugar, pero la información empezó a ser contradictoria: «Hubo un violento combate con varios carros y un helicóptero», dijo el anónimo al teléfono. «No oímos nada especial, fue la lluvia, fueron los truenos», dijeron los vecinos.
¿Quién tenía razón?
La malicia del fiscal se puso en marcha y empezó a mirar el teléfono con ansiedad, pero no hubo más llamadas. Al día siguiente tampoco, y al otro, que fue sábado, los agentes de Inzá —la cabecera municipal de la región— le dijeron a Laiseca que lo mejor era dejar el asunto hasta que encontraran algo más concreto. Ante ese extraño silencio creció el recelo del fiscal. ¿Qué había por esa zona? De todo. El departamento del Cauca, con sus comunidades indígenas y sus páramos, había sido y seguía siendo uno de los grandes invernaderos de la violencia del país.
El fin de semana transcurrió sin noticias, pero el lunes hubo algo nuevo: otra llamada a la comisaría de Inzá, al parecer de la misma persona anónima. Y otra vez lo mismo: que había habido un fuerte combate con varios muertos y armas de grueso calibre la tarde del miércoles anterior. Mencionó incluso una bazuca. Un escenario militar.
Laiseca llamó al fiscal a informarle.
—¿Así que volvió a llamar nuestro informante? —dijo Edilson Jutsiñamuy, acariciándose la barbilla—. Muy bien, ¿y cómo es la voz de la persona que llama?, ¿qué le han contado?
—Según el secretario que contestó al teléfono pudo haber sido un hombre —explicó Laiseca—, o incluso una mujer.
Jutsiñamuy apretó el auricular. «Mucho pendejo», pensó.
—Muy buena apreciación, Laiseca —le dijo con ironía—. Eso nos ayuda a precisar… pero, dígame, ¿tiene usted noticia de algún otro tipo de ser vivo capaz de hacer una llamada a la policía?
Hubo un silencio incómodo en la línea. Finalmente, Laiseca se atrevió a responder.
—Claro que sí.
—Ah, caramba. Dígame cuál.
—Un niño, jefe —dijo Laiseca.
Esa misma tarde, Jutsiñamuy decidió seguir su olfato de tigrillo. Ahí había algo, y algo grande. Aun si la evidencia hasta ahora era poca. Entonces decidió llamar a Julieta y a Johana para hablarles del asunto. Si lograba interesarlas, le podrían ayudar a dilucidar qué diablos era lo que había pasado en esas frías montañas y si en realidad se requería la atención de Bogotá, lo que le evitaba intervenir desde lejos, con riesgo de que sus colegas de Popayán lo acusaran de quitarles los casos locales.
Buscó el celular en el bolsillo y marcó.
—Madre mía, qué sorpresa —dijo Julieta al responder—, ¿qué cuenta, mi querido fiscal?
Por el parlante del aparato sonó una risita baja y sostenida que a ella le recordó al Conejo de la Suerte.
—Es una cosa un poco extraña y sobre todo muy delicada, Julieta —dijo Jutsiñamuy—. Hubo un combate en una carretera veredal, allá por los lados de Tierradentro. Puede ser una cosa grande.
—¿Soldados? ¿ELN? ¿Disidencias? ¿Bandas?
—No se sabe aún —dijo Jutsiñamuy—, pero creo que no es de hablar por teléfono.
Se dieron cita donde siempre y media hora después estaban en una de las mesas de la cafetería Juan Valdez, en la calle 53 con Séptima. Jutsiñamuy, fiel a su tradición indígena, no tomaba café, ni siquiera a las once de la mañana. Lo suyo eran el té o el agua de hierbas.
—Fue en la carretera que va hacia San Andrés de Pisimbalá —explicó—, una ruta angosta y de montaña que atraviesa el río Páez y después de un montón de vericuetos llega a Tierradentro. ¿Le suena ese sitio? Las tumbas decoradas, los hipogeos, lo habrán visto en televisión. Es territorio de los indígenas paeces o nasas. Un testigo anónimo dice que hubo disparos y explosiones desde varios carros. Incluso un helicóptero, co
