I. Qué es un tratado sobre el hambre
Para vivir en la calle es necesario cumplir una condición: no pasar hambre. Lo peor de tener hambre no es el hambre sino no poder dejar de pensar en el hambre. ¿Cómo se lo digo a mi hija cuando la traiga hacia mí de repatriación? ¿Le hablo de frente manteca de que es necesario cumplir esa condición y otros tres trámites más? Buscar un lugar en donde con la primera luz del día te dé el sol. Debo explicárselo todo de corrido y como un zumbido, como el largo y anticipado zumbido con decibeles indecibles y a kilométricas distancias en que sienten los perros los petardos de Año Nuevo. Con voz profunda y severa como Oscar Casco le diré así: Si te ibas a despertar a las 7 por entumecimiento, podés pegarle hasta las 9, algo así. Esto, un clásico o manifiesto de todo desdentado, estrábico y externo como yo, el Alirio, el inmutable. Externo de afuera que ya no será interno de adentro, porque de tan afiliado te sacaron la ficha en el parador y no te dejan entrar hasta que consigas changas. Después, como parte del decálogo de todo buen “bichicome”, pichicome a caballo de bicho cazador, debés estar listo como una lady a las 11 y 40 para el almuerzo en la Iglesia Ortodoxa Rusa, acá nomás, antes que Brasil caiga en Azopardo. Mi turno de mesa es 12 y 15, pero hay que estar cuarenta antes haciendo la cola. Si llueve o tempestad, te lo volio dire. A las 10 y 12 ya estoy acicalándome en el baño de la galería de arte, por Humberto Primo. Es como si me duchara. Un trapeado por sobaco. Inmediatamente pongo las patas en el inodoro siempre impecable de los coleccionistas. Parece que nunca coleccionan mugre como une. No, no viene del verbo unir. ¡Qué va! Deviene de la diversidad de cada une. Pará, ya te dije, agarrá los libros feministas un poco, te va a venir bien. Además, uno nunca sabe cuándo pasa del otro lado del charco. No, paspartú, no es para Uruguay ni el puente de Largo Brazo, es salir del clóset. ¿Y qué mierda es clóset? El verbo salir lo entiendo, incluso te lo puedo conjugar entero, de pe a pa, en sus tres formas: indicativables, subjuntivables e imperativables. Pero, por ejemplo, lo que no me sale es el verbo ir de la misma conjugación, o sea, tercera, pero en dormir. Nunca sé por qué se mueve igual que partir, el cual se toma como paradigma y te hace durmiendo y no dormiendo. ¿Qué mierda va a ser irregular, qué catzo vas a saber? A ver, decime cómo es que ir pasa a yendo. Tal vez sabés porque lo escuchaste, pero no lo entendés o escuchaste mal. Es imposible equivocarse cuando aprendiste bien esa clase de palabra, esa que indica acción o estado de los sustantivos concretos o abstractos. No, con los colectivos no. ¿Ves? No se pueden usar verbos, solo epítetos. No, colectivo no es bondi. Seguime y no te delires pensando en fiestas electrónicas. Los verboides sí se dan muy bien con los sustantivos propios e impropios, es decir, individuales comunes. No, máquina, no hay chance de equivocarse cuando los aprendiste y los parafraseás bien de derecha a izquierda y de la cara externa al centro, desde donde sale el radio y de allí viene el π = 360. Redondeo, son así los infinitivos y participios en los tres tiempos o compases, porque viste cuando los conjugás en todas las personas y números hacen musiquita maraca, pero al fin musicalidad de sonoridad y métrica.
No sé cómo se cuentan los años en que no te veo, Moira. ¿En pesadillas, en tangos como Grisel, en cuerdas partidas de mi garganta de tanto llorarte, en la birome dura al trazo que escribe estos sintagmas, en las terribles calles de Chas, en las anotaciones de la Biblia de María o como en esos damascos pasados que son mi músculo y nervadura?
Se cuentan, de alguna manera se cuentan. La enumeración puede ser casi infinita pero la certera no me interesaría tanto porque sería como beber hipoclorito de sodio, comercialmente, lavandina. La certera sería hostil como canon, por eso más que la verdadera me interesa la posible, porque al final de la inverosible concatenación, de esa probable desmesura, nos encontraríamos, lo cual no será resarcimiento sino justicia y no justicia divina, me cago en esa justicia. Sería justicia de la otra, de la pulenta: justicia de juntura padre-hija, una justicia de dioses y sacerdotisas que no existen.
Cuando tenga su tenencia, si me interrumpe mientras le explico estas apotemas le diré: Vos sabrás mucho de diseño de indumentaria, pero no te hagas la sabionda en esto de la barrecheneidad. Los tres fantásticos: infinitivo, gerundio y participidad no se conjugan. Todas las cosas en la vida se conjugan. Se conjugan, se empanan, se embadurnan con mierda o sin mierda, se marinean, se magentan o se verdean al pesto, a voluntad, pero justo los verboides llanos, no. Todas las pasiones son variables y mutantes como la lengua, algo vivo, camaleón o medusa. ¿Viste cómo leí mucho de gramática todos estos años? Me las sé todas dentro de la Kovacci vida y fuera en la yeca. Eso es lo que da leer en Gredos a la María Moliner o al Lázaro Carreter. Pero me separé muy lejos de lo que te iba a decir. Estaba en que el almuerzo ruso ortodoxo, que no sé muy bien dónde queda con todo el change y revuelo en Europa como Asia y Pakistán. Pero, por suerte, toda esa infamia de que te cambian el mapa de los países del Mundial 86 acá no pasa. Me conozco todo: cada país, capital, pueblo, barrio, calle de polvo, rancho piso de tierra, descampado, chaperío, tablón, tierra tomada, lodado, tosquera, aldea, comuna, terreno ocupa, edificio, parque o baldío. También te lo indico uno a uno como cartográfica hoja. Cartografía estudié por una beca en Casa Amarilla, que fuera la residencia de nuestro “Padre de la Marítima de Guerra Argentina”, el almirante Brown, donde funciona el Instituto Histórico de Estudios Navales. Me la gané por un concurso de Hecho en Buenos Aires. Yo en realidad siempre quise estudiar Vigilancia Volcánica, Geofísica, Geodesia y Ortofotografía Aérea, pero esto fue lo más cercano a lo que pude arribar. Como escribía tan mal en vez de Ortofotografía me dieron Ortografía y Redacción, que me sirvió mucho para tramitar planes y proyectos de restauración ciudadana del casco histórico. Sí, me dieron la plata, pero me la deliré y no restauré un carajo a la vela. El tema, y antes que me aleje o desgrane en otro subtema, que a su vez parece ser idea subsidiaria, particular, minuciosa y no general o global, es la cena y cómo obtenerla. El problema de la Ortodoxia es que solo te dan el almuerzo. La cena arreglátela, reza el cartel que hicimos en tiza amarilla mojada sobre cartón aglomerado pintado a negro pizarra con los muchachos, no vaya a ser que un desprevenido se quede después del almuerzo para nutrición e hidratación y se vea frustrado esperando al pedo. Y nadie se debe quedar frustrado en tema hambre. Damos la posta, para qué vamos a dar la localización de un comedor que no tiene comida y, es más, cuando llegás te quieren manguear a vos para un kilo de pan. De qué nos sirve mentirte, mejor hacerte peregrinar por el hostial un poco más y que no conozcas una decepción evitable.
Tenés que confiar en mí, en nosotros, le señalaré. Nosotros, mi grupo, jamás te vamos a chamuyar. Todos los otros, chamuyeros muchachos, te inflan la cabeza con que están limpios, pero etílicas catingas evaporan por sus tegumentos. Tegumentos gruesos de caminatas al sol, tegumentos de chancho por caminatas al sudeste del río que pasa por la costanera. Algunas veces se tiran hasta la Costanera Norte y piden en los carritos más caros: Negro el Once, Saint Tropez, Bahamas Club, Pizza Banana, Hapenning o Los platitos 57. Pero iba a la cena barrial. Para cenar nos vamos caminando a la capilla gótica del parque Pereyra, Barracas. Más al sur de la ciudad es imposible. Así, a las 19 y 15 te sirven la cena y te llevás si te piacce un termo de café con leche caliente para el desayuno al otro día. Ahora si no aguanta temperatura hervor, le enchufás el mejor invento argentino que se haya creado, el calentador pituto, dentro del alargue de los cortacésped. Los pibes del ambo verde te dejan imbricarlo mientras se fuman un faso. Se esconden en la casilla de herramientas para que no les saque foto el gorilastro. No va a ser el de la película del treinta, chabón, King Kong, no, no es tan artístico. Muy lejos de ello, es el inspector de espacios verdes. ¿Después del desayuno qué te queda? Ir con el bidón que afanaste en el Todo suelto derecho a tu sector. Que cómo se hace. Es baldear tus nueve baldosas, 3 × 3 = 9, pero grandes cada una como palcos. Las fregonás con hipoclorito de sodio puro. Ahí corrés la mierda que es bien mierda tanto humanoide como caniloide. Bue, dejame pensar en las cosas que encontrás. ¡Cada cosa!, merde, meo, vómito, escupitajo. Después vienen en orden de frecuencia: salivazo, afrecho, guasca, sangre de pelea de borrachines de cuarta categoría, lo cual es siempre crecimiento negativo, siempre en picada descendente como motocross infernal. Ahora eculubro algo interesante de analizarse a puro pensamiento crítico, empírico, dialecticado. Escupitajo no es lo mismo que salivazo. Escupitajo es péstido moco verdoso previo a chapar con un tajo de cualquier arrastrada trabajado en Parque Chas, parque Avellaneda, parque Lezama, cualquier parque porque todos le calzan como el cristal a Cenicienta. Dije previo chapar porque contaminarían a la fulana al subir las flemas del alvéolo fumador a la boca en donde fermentan para deglutible bolo salival, que es el previo al más pesado: el bolo estomacal. Con Uvasal anda. ¡Y no, no da tener mal aliento cuando estás frente a una dama indómita a la cual te morís por partirle la delantera a comilones gorgotones hasta la asfixia por imperiosa sed! Hay que seguir diferenciando. Escupitajo nunca será salivazo. Este es más largo y debe caer lejos, mínimo cien metros. Salivazo es plaqueta, plasma de hematíes mitocondriales, eosinófilos y consilófilos que sirve, entre otras muchas cosas, para embocar en cachiola u ortongo obteniendo así buena lubricencia. Si tenés algo cortado en la boca, te pasan al apretar flor de sida, hepatitis C o un degenerativo proceso intestinal, llamado cáncer, y terminás con la bolsa colostómica y una sonda nasogástrica. ¡Che, la curación de la papa ni los de la NASA la tienen, tampoco los de la ONU! Los que parece que sí son los de la Unesco y los de la Academia Nacional del Lunfardo, dirigida por un amigazo, Maurico Mauricio. Querete, Salbio, vos querete y no seas lacra con vos mismo. ¡Cuidate, que si alguna no te viene con tuberculosa sangre, te viene con sarampiones o procesos genitales ampollados! Todas enfermedades extinguidas, pero en ellas latentes a morir. Descuidate nomás, descuidate, que la enfermad te da maza y palo antidisturbios. ¿Viste cómo hoy me vine leído? Leo mucho yo. Ahora bien, por su parte, así como escupitajo es binomio de salivazo, se puede trazar un paralelismo entre guasca y afrecho. Guasca es lo desprendido cuando te lo sopletea una chirusa trabajadora full time, no appart time, esas que vienen con menos podredumbres. Al afrecho vos llegás solito y solo, manito a manito, o sea, con el extremo final de los miembros superiores, preferentemente el derecho, aunque seas zurdo, que tiene más intensidad de movimiento que la Itaipú represa. Redondeando, con los carpos y metacarpos y palmas que te hacen unas cosquillitas bárbaras cremallera adentro y profundo viejo, paja siempre, pero nunca dígase masturbación, autosatisfacción ni autodeleite para evacuar el tanque del seminal líquido que se llenó a tope, pensando en la Cris Morena. Guasca es guasca, tautologismo puro y recurso explicativo-expositivo que no se deja definir. Pero ya, por esto que te confieso como de maestro a aprendiz, hay que hacer el tratado sobre la higiene. La higiene de tu sector no la hacés por vos, muy por el contrario, la hacés por el otro, por el turista o el visitante de la plaza, esos que salen de cacería fotográfica de flora y fauna. En verano es para sacarles a los reptilíneos y en invierno para cotorras o caranchos, que parece que por las Europas ni pintan. ¡Aro, aro, aro! Está lo otro. Cuando hacen cacería fotográfica para decir yo toqué a un mugriento pobre, un pobre museo, como pigmeo reducido en la mata, cuando todo empezó. ¿Y cuándo? Qué buena pregunta, como esas que hacían Mancera, Repetto, Pettinato o Labruna viejo y solo, fortuna cuantiosa que no sabría el premio de esa cuatrifecta que ganó.
El hambre da coraje. El hambre te da curiosidad, desafío y estertor. Nuestros niños, los que nacen en la calle, saben de microbacterias, del sistema de clonarse, de cálculos de la rotación de la Tierra, del efecto Marie Curie, de las ondas gravitacionales, del procesamiento de la insulina en sangre, de los ritos en la Manchuria, de las bases de nucleótidos, de las leyes del movimiento, la teoría de la selección natural porque allí estamos insertos. Somos elementos didácticos para evolucionistas, pero al verre ya que dentro de esas teorías todos mejoraron mientras nosotros nos vamos al carajo. Nuestros niños van por las calles preguntando por qué, por qué, por qué; porqués de formulaciones que finalmente son respondidas por médicos, radiólogos, profesores, becarios del Conicet en inútiles jornadas sobre la desnutrición. Así como el saber es poder, el saber en determinadas ocasiones es no hambre, declive o conmiseración, ergo, su curiosidad devendrá en coraje. Nosotros tenemos el coraje porque el hambre te da coraje.
Está esa, la de preguntar o la otra: tambor, silencio, chiflido. Sonido, silencio, sonido. Sonido, sonido, silencio. Sonido, silencio, sonido. Sonido, sonido. Silencio, silencio. Sonido estruendo. Estertor, silencio, equilibrio. Así es la rítmica de la murga de Boca. A ello se agregan voluptuosidad y castidad en letras y obscenidad y lascividad en muecas. El cantar te saca el hambre. El bailar ya es otra cosa. Nuestros hijos en la murga cantan, pero no bailan. Eso bambolea y desmaya. Solfear es una cosa, bullir y danzar es otra. Para este sistema se necesita otro sistema: el sistema entubado y digestivo bien llenado y no de la súper, sino de la más común. Panza llena es adiós lipotimia, arritmia y piorrea. Hello, Traviata con picadillo, recato next.
Para existir en la calle es dable cumplir un estado: no pasar hambre, pero si esa suerte no se cumple, en el mientras tanto, hay que nutrirse de otro manjar mientras llegue el primero que, aunque sea rodaja ácida de centeno, será exquisitez. Eso, que te abra la puerta una nereida. Uno se alimenta de todo aquello que se pueda hacer con la saliva un pelmazo. Cuando el hambre está saciada, cuando ocupados los jugos gástricos porque hay pan, uno se dedica a leer cachos de diarios, sección de espectáculos. Uno se dedica a sentarse en Macdonal, escuchar radio Aspen o ir a conciertos al auditorio Belgrano, sucumbirse en el mundo de la paciencia y el arte, que no será maná, pero te alienta a esperar su llegada.
Lo de ir a conciertos tiene su yeite: te bañás, te empilchás, te adecentás y te mandás pa’ dentro. Tal vez se llame colarse, pero para mí colado o colador da más hora del té con almibarados vigilantes. Ya adentro, te profugás hacia los camerinos y les choreás a los músicos las billeteras. ¿Viste que ellos dejan sus camperas porque entran al proscenio hechos unos figurines en esmoquin negro? Bueno, ahí vas y les afanás. Una vez con el Garca nos llevamos hasta once relojes suizos. El director, un fanático de la clásica, se los hacía sacar porque decía que hacían ruido. No, imbécil, por el sistema no va a ser, porque son todos esos digitales que traen de sus giras internacionales. Lo que hacía ruido imperceptible pero audible al maestro eran las pulseras frotando la materia instrumento. Madera, cuerda, cola. Cola del piano me refiero.
Barriga llena te deja cantar, pockear, imaginar. Por ejemplo, en la glorieta de acá arriba ves a Masaccio, Uccello, Piero della Francesca. ¿Cómo a quiénes? Agarrá, no te digo la Enciclopedia Británica, agarrá un libro una vez en la vida, Chupindanga, que sé yo, Reader’s o Paturuzito. Si alguien me nombra, por ejemplo, la representación de volúmenes yo sé que son reacciones o geométricas octogonales. Como octagonales que te permiten armar movimientos en cuerpos o posiciones arquitectónicas, o sea, el 3D. Gracias a Dios hoy podés dar profundidad a las cosas y no como en la Edad Media que todo era plano rebatido porque no manyaban ni medio la perspectiva. Acá en la plaza se ve de todo, pero con algunas no te ilusiones ni por ilusionismo. De la fuga de las cosas, lo único que ves es la profundidad y de la fuga de la profundidad en la copa de los árboles, ves la fuga de la glorieta con imágenes massachiescas. De fuga en fuga, así es la substancia de la existencia, lo orgánico, del numen nombrable en fuga como paralelismo con la vida misma, que nunca es profunda y siempre se fuga como contrapartida a su supuesta claridad y cristalería.
El hambre es la cosa que más miedo le tiene al hambre. Nosotros no le tenemos miedo al hambre sino al hambre que es tenido por ella. Nosotros no tenemos miedo al hambre del primer término sino al hambre del segundo porque te cambia, te vira y te envilece como el alcohol. Es como el tipo amoroso, tranquilo y familiero que cuando toma el primer trago, el segundo y el que lo pierde es un monstruo, una máquina de estropearlo todo; es el mismo tipo que antes pero que ahora ya no lo conocés, el mismo tipo que adoraba a su china y que ahora la muele a palos y entrenza el pelo arrancado. El hambre es un sarcófago sin pasadizo, un precipicio imaginario, la huida de un ciervo cojo, el aleteo sin despegue de un búho tuerto. A nosotros no nos dan pena los muertos de hambre sino los vivos del hambre. Nos entristece sobremanera que si consiguen una raíz para sopa, la mordisquean con su único diente o si consiguen un miñón, lo achican y rascan con sus encías para luego amasar el migajón granuloso y de pronto tragárselo de un tirón, sin ver, como le pasó a Edipo pero en distinto cinemascope, que no se come frente a otros bandoleros, malhabidos y famélicos o se comparte dejando de lado rencores, agarradas a trompadas y quebraduras de brazo.
El hambre lo que te da es duda. Te hace ver dos cosas que ya tenías adentro o una hiperpotenciada. Te hace ver el aditamento que tienen las cosas que no tenés y las ganas de bancártelas hasta que consigas algo que morfar. El hambre es como un psicólogo, me dijo el pichicome, el hambre es como una reflexión, como un psicólogo que te pone a prueba, que te da reflexión y más reflexión o te quiere hacer pisar el palito para que afloren todos tus internos demonios sueltos. La reflexión, la inflexión, el quid y el punto de apoyo versan en cómo conseguir aditamentos como la sal, la pimienta, el morrón picado. Con la mostaza y con la miel ya te alcanza para sentirte colectivamente saciado porque si vos te saciás, podés ayudar al que tenés al lado, a otro pichicome, para que se sacie y ese a otro y ese a otro del otro y del más allá y ese del más allá, que no es precisamente un viajante volador no identificado, pero sí aditamentado que retoma con eso, se viene hacia el más acá y deja de orbitar infructuosa e insastisfachosamente en estratósfera de la ingustatividad.
Qué animales morfan los pobres vos te preguntarás: carne de chajá, pero para eso primero hay que criarlos en pareja. Claro que lo tenés que tener atado como barrilete para que no se haga cósmico y se te piante volando, pero sin volando como es el caso de otras aves porque esta lo huele, lo intuye, zozobra porque se ve venir el hacha sobre la piedra cogote mediante.
Qué animales se comen. Se comen alacranes, lagartijas, anguilas de la costanera, sapos de alcantarillas, baldíos o soporíferos. Como lo que venga. Comés escuerzo de chancro, cosas con ojos y formas extrañas te comés. Te comés bichazos, lo que se te cruce y tengas el reflejo de atrapar, de insertarlo en la boca, lo que al andar empalmes del cuarto ramal del arroyo Maldonado. El tema es que antes era más fácil, pero ahora con el entubamiento de la avenida San Martín-Maldonado se complica, porque tenés que bajar a lo subterráneo de la antigua naturaleza y alumbrarte con velas ya que no se dispone de luz de celular porque no se tiene celular. A veces al animal cazado no lo matás de una sino que le provocás una infección. Así tenés dos comidas: en primer lugar, podés comer como mantequilla lo que supure, lo que le drenés de la defectuosa herida y, en segundo término, no ya los fluidos sino el animal propiamente dicho, vale decir, su enigmático músculo y tegumento. Digo enigmático y mistificado porque un ejemplar de la misma especie jamás sabrá igual que otro.
Y qué se come, me seguís preguntando. Se come gato, perro, víbora, vizcacha, pájaro, cualquier cosa que ande por ahí, arácnido, cualquier ser vivo que se transporte por ahí, rana, sabandija, lombriz, cualquier batracio, lagartija, lagarto. Solo basta pensar en qué no comerían los otros para comértelo vos, para hincar el diente, la mandíbula superior con la inferior como mordida certera y cerrada rottweilense. Solo basta pensar en lo que no haría la tercera persona del plural, en lo que no comería el ellos y que vos dichoso y provechoso apurás a comer. Uno no se comería una paloma, loro o canario, lechuza o lechuzón. Si vas a la Reserva Ecológica, tenés una cacerola llena, hay carne muy dura pero igual la manducás. Por ejemplo, en un canario vos no vas a pensar, gastar energía en cazarlo, cocinarlo, porque tiene muy poca carne. Pero justo allí yo te respondo rápido y al pie que sí, porque el canario para sopa tiene muchos minerales, calcio y cartílago, es igual que la gelatina para los huesos. O sea, canario igual a gelatina, pero no sabor a frutilla. O sea, canario igual a gelatina inodora, incolora, insípida e insatisfecha. Es un tema el de lo desaborido porque si el miligramo alimenticio que mascullás tiene sabor a asado, listo, ya te comiste una res completa. Adentro marmota, adentro tapir.
Por otro lado, no comemos insectos o cucarachas, pero sí otro animal. Todo está minado por ese animal: las ratas. La vida está minada por ellas, nuestra existencia está vinculada a roedores que roen 7×24, o sea, que pican cabezas como piojos, se reproducen y proliferan como conejos en covacheras. Todo muy rico: armiño, carpincho, cobayos, hurones, ardillas, ratones cola larga, ratones cola corta, ratones pirincho, lacio, filigramados o eslabonados, todos esos cávidos que viven en cavidades, grutas o cuevas.
Usamos el mismo método cazaperdiz pero, en vez de semillas tostadas, usamos zanahoria, caja del loro y cascotes puros separados del cemento. Así, cuando nuestros animalitos están en época de apareamiento, nos vamos con el San Martín hasta el Zoológico-Botánico a cazar maras. Las maras cruzan del Zoológico al Botánico soberbiamente bellas y del Botánico al Zoológico, nobles. Los días que no abren se cagan de hambre y están todas pobrecitas mirando hacia afuera, que te da una lástima, Moira. Te explico algo: ni necesitás usar cascote con las vacas cotidianas. No, si te digo que acá, en las villas de emergencia, que se come bien se come bien, no pasamos ragú como los de afuera, los de Barrio Culo al Norte. Mucho Punta del Este, mucho Río y todo el año paty con salchichas. Esos, mucho hornito eléctrico; nosotros, mucho alto horno zapala de la quema, con lo que les ganamos por goleada.
Son pertinentes los asuntos del hambre, de la caza, de la no siembra y de las medias. Los pichicomes se dan vuelta las medias al mediodía. Aguantan de las 9 a las 11 de la mañana. Ya después se humedecen y el frío gela los tarsos, espolones, metatarsianos. La tela que estaba en la base del pie, llamada planta, pasa al empeine, y la tela que te cubría el empeine, el cabriolet y el juanete pasa a la base llamada planta madre del eje del todo humano: las patas, vale decir, extremidades inferiores externas, para diferenciarlas de las extremidades internas, la horqueta y demases anexos genitales masculinos, porque así lo explicaron en la clase que nos dieron en el Fiorito de higiene, venéreas, prevención, salubridad y natalidad controlable y responsable. Resumiendo, hay que darse vuelta las medias: anverso pasa a reverso, reverso pasa a anverso. Lo del curso es una anécdota aparte. No llegué al certificadito que te aptaba para cobrar los doscientos pesos, pero me quedó eso del doctor Tudeno. El hombre es el único ser con cuatro extremidades inferiores externas: dos piernas y dos bolas, si es que bajan a los cuatro años. Si no bajan, se atascan y se forma lo que en medicina se llama eunuco etrusco enano. Etrusco porque ellos lo descubrieron y enano porque con cada inviable e interna pelota sin crecer por año se pierden tres centímetros de eslora.
Don Mezcalino tiene un cria
