La nieve va cubriendo la zona del parque donde dos adolescentes continúan columpiándose: él vuelve a empujarla con fuerza, ella grita cada vez que sube hacia el cielo entre los copos que le van cayendo alrededor. De vez en cuando abre la boca para intentar atrapar alguno de ellos con la lengua, aunque lo único que consigue es helarse el rostro. Sonríe.
De pronto, sin previo aviso, salta del columpio y se queda de pie en medio de una alfombra blanca. Observa el paisaje que le rodea y descubre un pequeño rincón donde puede conseguir lo que se propone.
Se acerca corriendo, se agacha y coge un poco de nieve, la cantidad suficiente para hacer una pequeña bola con sus manos. Se gira y se la lanza a su pareja desde lejos.
No le da, ni siquiera le pasa cerca, pero consigue el efecto que desea: él comienza a correr en su dirección.
Y ella huye sin prisa, y salta una cerca de pocos centímetros con la intención de subir por un pequeño montículo rodeado de arbustos. Tropieza y cae sobre un césped helado.
Y él se tira encima.
Y caen rodando.
Y ambos se mojan.
Y ambos se ensucian.
Y a ninguno de ellos le importa.
Y eso es importante.
Y ahí, en el suelo, se abrazan como náufrago y salvavidas, como lo hace el miedo a la esperanza; con tanta fuerza que nadie podría distinguir en qué momento acaba el cuerpo de uno y en qué momento empieza el del otro.
Y se vuelven a besar.
Y es en el mezclar de sus lenguas, de sus salivas, cuando él mueve las manos para acariciar, con cuidado, los pechos de ella por encima de la ropa.
Y los aprieta.
Y ella se muerde el labio.
Y con el frío sobre sus cuerpos, construyen un beso eterno que a la vez son mil besos.
Un beso de esos de relación a estrenar,
de los que arrastran amor y deseo;
de los de víspera de sexo.
Mientras sus bocas juegan a morderse, son las manos de ambos las que buscan un atajo para llegar hasta la piel del otro a través de toda la ropa que llevan. Algo prácticamente imposible.
Y así, durante esa eternidad que a veces cabe en un instante, dos cuerpos continúan amándose sin darse cuenta de que alguien les podría estar observando.
* * *
Desde la pequeña terraza de un cuarto piso de un edificio cercano, un rostro lleva minutos observando cómo la ciudad es devorada lentamente por la noche.
Su mirada ha ido recorriendo cada uno de los hogares que hay alrededor, imaginando qué historias se pueden esconder en ellos, soñando con convertirse en alguna de las vidas que habitan allí y así poder escapar de su castillo.
En el repaso a las ventanas del vecindario su mirada ha llegado hasta el parque que hay a unos metros, a la derecha. Desde su posición ha ido revisando cada pequeño espacio del mismo hasta que se ha fijado en un punto concreto: justo ese donde están los columpios; justo ese donde cada noche se esconden tantas parejas.
Hoy también hay dos adolescentes allí, abrazados sobre el césped. No puede verlos con detalle pero se los imagina hablándose con cariño, acariciándose la vida, siéndolo todo el uno para el otro, olvidándose por un momento del mundo...
Se queda varios minutos con la mirada fija en ellos hasta que escucha un ruido en el interior de su propio hogar. Se gira bruscamente para comprobar si ha ocurrido algo.
Abre la puerta de la terraza que da acceso al comedor y se asoma: el cuerpo que hay sobre el sofá sigue ahí, en el mismo lugar de siempre, desde hace tanto tiempo... Lo vigila desde la distancia: no se mueve.
Suspira.
Vuelve a salir a la terraza intentando localizar de nuevo a los dos adolescentes.
* * *
La pareja continúa besándose en el suelo: se miran casi haciéndose daño. No hacen falta palabras para entender lo que quieren. Él se levanta y le alarga el brazo para tenerla a su lado. Y así, ambos ya en pie, se aprietan las manos con tanta fuerza que sus dedos parecen raíces.
Cruzan la calle en dirección a un portal que está a unos pocos metros. Un portal que ambos conocen muy bien, porque es el lugar que cada noche se convierte en frontera del placer. Allí es donde se separan los caminos de dos vidas demasiado jóvenes para vivir juntas, pero demasiado adultas para alimentarse solo de besos.
Ese portal es donde el carruaje se convierte en calabaza, donde a ella le gustaría perder los zapatos; ese portal es el reloj que siempre marca las doce. Pero hoy ha llegado el momento de dejar de creer en los cuentos. Y en lugar de, como cada noche, alargar la despedida con besos y tactos que nunca llegan a nada más, la chica —nerviosa— saca la llave del bolso, la introduce en la puerta y, tras varios intentos, la abre.
Él la mira sorprendido.
Y ambos, casi atropellándose, casi pidiéndose permiso y perdón a la vez, entran en un portal que a esas horas de la noche duerme.
* * *
El rostro que continúa observando la ciudad desde una terraza traslada su mirada del parque al portal que está justo enfrente.
Y sonríe.
Sonríe porque sabe que el cuento va a acabar demasiado pronto.
* * *
La pareja accede al portal. Un portal que ella conoce de memoria porque es donde vive con sus padres.
Entran con las manos unidas, mirando un alrededor en silencio, vacío, asumiendo que a esas horas ya no vendrá nadie: porque nieva, porque es tarde y hace frío, mucho frío. Y porque ese primer momento debería ser solo suyo.
No han querido encender la luz, por eso, a oscuras, se empujan contra la pared, sin saber muy bien quién es el que empuja a quién.
Ambos cuerpos, a pesar del frío, sudan.
Ambos cuerpos, a pesar de conocerse, tiemblan.
Miran entre sombras el hueco de la escalera, hacia arriba: no hay nadie.
Y sienten cómo un imán invisible les obliga a unirse. Ambos se quitan las chaquetas.
Él, nervioso, desliza la mano por debajo del jersey de ella como tantas veces ha hecho en el cine, en el coche, en el parque, en algún garaje... Repasa toda su espalda, como ese explorador que sabe adónde quiere llegar, pero aun así le da miedo hacerlo. Va rodeando un cuerpo que tiembla con cada caricia hasta que consigue llegar a sus pechos. Y ahí, sobre el sujetador, los aprieta sin saber muy bien dónde está el límite entre la caricia y el dolor.
Ella se estremece con el tacto de unos dedos que, con más timidez que experiencia, la tocan. Pero hay algo más que ahora quiere sentir. Se lo pide con la mirada.
Él, torpemente, saca la mano de debajo del jersey y se desabrocha el cinturón. No lo hace bien, no lo hace a la primera. Ella intenta ayudar y, entre los dos, finalmente consiguen que el pantalón caiga al suelo.
Ahora es ella quien se quita también toda la ropa de su parte inferior.
Durante unos instantes ambos se miran tímidamente, como quien descubre un tesoro.
Ella, con las manos frías, le toca.
Y a él no le importa.
Y así, de pie ambos —quizás porque lo han visto en muchas películas—, él la coge en brazos, la sube y, torpemente, intentan unirse. No lo consiguen.
A pesar de que ambos han tenido alguna experiencia anterior, no han sido demasiadas, por eso son las dudas las que están dominando la situación.
Ella se baja, está nerviosa.
Él, también nervioso, la vuelve a coger para intentarlo de nuevo: tampoco.
Tiemblan los dos cuerpos, uno frente al otro.
Ella se aparta, está tensa y no permite la entrada.
Él ha dejado de estar preparado.
Se miran tristes, como si se les estuviera escapando la oportunidad de su vida.
Silencio.
Fuera sigue nevando, cada vez más fuerte.
Dentro hace cada vez más frío.
Ella le coge de la mano y le anima a sentarse en el suelo, a su lado. Y le besa lentamente, con el vaho de su respiración acariciándole cada poro del rostro. Continúa recorriendo con su boca la barbilla, rozándole con su lengua el cuello.
Suspira.
Le besa el pecho por encima del jersey, notando el calor de la ropa en su piel. Baja hasta el ombligo y ahí, ese beso infinito escapa en dirección sur, hacia su sexo.
Y la magia, a pesar del frío, a pesar de los nervios, a pesar de ser su primera vez juntos, aparece de nuevo.
La chica se tumba en un suelo helado, bocarriba, y abre lentamente las piernas.
Él se tumba sobre ella, con cuidado, incluso con miedo, no quiere que aquello deje de funcionar de nuevo.
Y ambos cuerpos se unen en un baile de placer.
Ella se siente Alicia,
él, la madriguera.
Y se olvidan de todo:
se olvidan del lugar,
del alrededor,
del tiempo,
del mundo,
de la vida...
Y cuando todo parece indicar que la magia es posible, cuando los dos cuerpos son solo uno, es cuando llega el sapo, la bruja, el malo...
* * *
Una de las vecinas de ese mismo edificio donde ellos están haciendo el amor por primera vez ha salido unos minutos antes a pasear al perro. Jamás lo hace tan tarde, pero siempre le ha gustado la nieve y hoy ha querido verla de cerca.
Apenas ha dado la vuelta a la manzana porque en realidad hace demasiado frío y las calles se están poniendo peligrosas: podría resbalar en cualquier momento. Por eso, tras unos quince minutos, la mujer, ya mayor, vuelve al portal. Introduce la llave para abrir con un pequeño sonido que ellos no oyen, quizás porque sus cuerpos han dejado de estar en el presente, quizás porque hay momentos en los que ciertos sentidos dejan de funcionar.
Es el perro el que, con un ladrido, rompe la magia.
Ambos se separan de forma brusca.
Ella se tapa instintivamente, él no sabe muy bien cómo subirse los pantalones; y con ellos en los tobillos comienza a correr hacia ningún sitio, como un ratón en una trampa.
La mujer no grita, solo mira. Porque quizás a esas edades ya hay pocas sorpresas.
El perro continúa ladrando.
La chica coge la ropa y, semidesnuda, corre escaleras arriba. Él, intentando subirse los pantalones, sale apresuradamente hacia la calle.
—Sé quién eres —le dice la mujer con más envidia que enfado.
El chico escapa por la puerta mientras el pequeño perro le persigue durante varios metros por la acera, intentando morderle la pierna.
* * *
Su mundo
El rostro que está observando el portal desde una terraza sonríe, pero es una sonrisa que se desdibuja a los pocos segundos. Últimamente la alegría y la tristeza bailan junto a su cuerpo cambiando de pareja a cada momento.
Continuaría allí, observando las vidas del exterior durante el resto de su vida con tal de no volver a entrar en casa, pero ya se ha hecho tarde.
Cierra la puerta de la terraza con cuidado para no hacer demasiado ruido. Atraviesa el comedor en silencio, con los pies descalzos para no despertar a quien duerme en el sofá.
Llega hasta el pasillo y se dirige a la habitación donde hay un niño de cuatro años que también duerme.
Se sienta a su lado, en la cama, y se queda allí mirando su rostro durante varios minutos. Le acaricia lentamente el pelo, haciendo que su cabello pase entre sus dedos; le coge suavemente la mano, una mano pequeña, con uñas pequeñas, perfectamente colocadas. El milagro del ser humano, piensa. Acerca su rostro al del niño y le da un beso con tanto cuidado que quizás ninguno de los dos lo haya notado.
Y es ahí, justo después de esa muestra de cariño, cuando una lágrima comienza a recorrerle la mejilla. Cada noche se promete no hacerlo, pero al final no puede evitarlo.
—¿Qué culpa tienes tú? —le susurra al pequeño apretándole la mano.
Y mientras intenta borrar la tristeza de su rostro mira con miedo hacia la puerta, pues teme que la otra persona que vive en el piso se acerque. Sería un momento demasiado incómodo, porque esa lágrima exigiría una explicación.
Permanece allí unos minutos más con su mano unida a la del niño hasta que oye un pequeño ruido que viene del comedor. Se levanta de golpe de la cama.
Sale de la habitación y se dirige al baño.
Allí intenta borrar con agua su tristeza, sin demasiado éxito. Levanta la cabeza y al mirarse de frente descubre un rostro que quiere sonreír en el espejo pero que es incapaz de hacerlo en la realidad. Lo intenta: fuerza sus músculos para arquear la boca simulando una sonrisa, pero su mente no le deja.
Sabe que en esos momentos siempre hay algo que le devuelve parte de la alegría, de hecho solo con pensarlo se le iluminan brevemente los ojos. Se mete la mano en el bolsillo en busca de su móvil... pero no está.
¡No está!, se grita en silencio.
Y comienza a temblar.
Mira desordenadamente hacia todos lados mientras sus manos tocan de forma compulsiva cada uno de los rincones de su ropa: no lo encuentra.
Sale del baño, casi corriendo, en dirección a la habitación del niño por si se le ha caído allí.
Mira sobre la cama: nada.
Se agacha por si se ha caído debajo: nada.
Mira por los muebles: nada.
¿Dónde está? ¿Dónde está?, se impacienta.
¿Y si ha cometido la torpeza de dejarlo en el comedor?
En sus pulmones deja de entrar aire.
Inspira lentamente, espira lentamente... Inspira lentamente de nuevo...
Espira de nuevo...
* * *
¿Y si estuviera en la cocina?, se pregunta.
Y respira esperanza.
Se acerca y recorre la encimera con la mirada. Y aunque en un primer momento no es capaz de verlo, finalmente lo descubre sobre la mesa. Alarga el brazo y lo coge como si fuera el último salvavidas de un naufragio.
Suspira.
Aún le tiembla el pulso, no se le ha ido el miedo.
En la pantalla no hay ninguna notificación. Aun así pone el código y mira en el interior por si acaso. Todo parece normal, nadie lo ha cogido.
Le quita el sonido y lo guarda en el bolsillo.
Se sienta y respira profundamente. Cuenta del diez al uno varias veces, hasta que va dejando de notar los latidos del corazón en cada parte de su piel.
Se levanta y se llena un vaso de agua.
Respira.
Se vuelve a sentar ya de una forma más tranquila.
Bebe un pequeño sorbo.
A los pocos minutos, cuando parece que tiene el miedo controlado se levanta, deja con cuidado el vaso en el fregadero y, con paso len
