No me importa que me ames

Jacqueline Golbert

Fragmento

No me importa que me ames

1

Si el local estaba medio vacío, me sentaba en una mesa cerca de la ventana y desplegaba carpetas y cuadernos aprovechando el sol en la cara; de lo contrario, el jefe me mandaba a atender la caja. Me habían contratado principalmente para tareas administrativas, pero era tan tentador el mundo restaurante que limitarme a lo contable hubiera sido una pena. Aprendí a hacer café con leche de máquina, a hacer pedidos en la panadería, a lavar los platos y las copas muy rápido. En realidad, el café con leche me lo enseñó a hacer El Rubio.

Durante la primera semana de trabajo, alrededor de las dos de la tarde, El Rubio se me acercaba, como en un ritual sentencioso, y me preguntaba: “¿Quiere café, señorita?”, y yo le respondía: “Sí, sí quiero”, directo a los ojos. Salía disparado a buscarlo y me lo traía, nervioso, como si ya lo tuviera preparado. Lo apoyaba en mi mesa con la mirada baja y se volvía a la bacha en una cuidadosa coreografía. A partir de ese intercambio de gestos y miradas yo no podía volver a concentrarme en las cuentas. Lo que empezó como un agasajo, se convirtió en una rutina.

Arturo tenía diecinueve años, era paraguayo y lo apodaban El Rubio. Me contó que en Paraguay, al norte, hay una colonia alemana y que su familia es de ahí. En El Cortejo cumplía con tareas generales como bachero, también cargaba las heladeras apenas llegaba y antes de irse. Revisaba que los baños tuvieran papel y que el piso no estuviera mojado y pisoteado. Desde que me mandaron a atender la caja, estaba más cerca de la bacha y lo veía lavar los platos.

Erótido tenía unos sesenta años, también era paraguayo y muy simpático aunque exigente. Al poco tiempo de contratarme me dijo que era igual a sus hijos: una vaga, pero que él iba a sacarme buena. Para eso me sometió a entrenamientos de resistencia: “Ordene los recibos, ahora atienda la caja, vaya a pagar el alquiler, busque cambio en el banco, reciba a los proveedores, sería agradable que semanalmente brindara charlas motivacionales a los empleados, ¿puede ir a transferir plata por Western Union a su nombre?”. Generalmente me hacía transferirle quince mil pesos por semana a una de sus exesposas en Paraguay. Mientras tanto sacaba cuentas en uno de sus cuadernos y al mismo tiempo hablaba a los gritos —en guaraní— en medio del salón principal. Me contó que era la única de las seis mujeres con las que había estado casado, y con quien se llevaba mal. Pero acababan de tener un hijo y tenía que cumplir con la manutención. Mirian tenía veintiséis años y la historia de cómo se conocieron no la supe, pero al parecer Erótido seguía enamorado de ella —o al menos no la quería olvidar— y entonces el fondo de pantalla de su celular llevaba la cara de Mirian. Además estaba construyéndole una casa a ella y al niño en Paraguay con plata que retiraba diariamente de El Cortejo.

En realidad no gritaba, se desplazaba como una foca por los salones con la cara contraída, y hacía fuerza desde el estómago, pero la voz no le salía; aunque por sus ademanes creía entenderlo, quería gritar, quería que alguien lo respetara, pero ya estaba viejo y, sobre todo, gastado. Revoloteaba las manos en el aire como un niñito en medio del salón.

Desde que empecé a trabajar fui adquiriendo nuevos conocimientos: cómo hablar con los proveedores (soy buena persuadiendo a la gente), la fecha de pago del alquiler (Roberto, el dueño del local, “está más tranquilo” porque es la primera vez que “el negocio” tiene una “empleada administrativa”), tener al día la habilitación del local (la arquitecta me pasó tips para distraer a los de la municipalidad), mantener a los empleados en regla (hablé con el contador y le pasé los datos de todos, ahora hay que ver si Erótido deposita lo correspondiente de la obra social y las cargas sociales), controlar el pago de los servicios e impuestos (hay mucha deuda de luz y gas, pedimos prórroga, el susodicho prometió pagar), controlar las libretas sanitarias (saqué turno para todos por internet, la mayoría están yendo a hacerse los chequeos de salud), etc. Era mucho y me preguntaba quién hacía esto antes.

Mientras cumplía las órdenes de Erótido, una tras otra, y escuchaba las explicaciones del contador por teléfono de línea y de la arquitecta por celular, veía pasar por delante de mí a El Rubio con bolsas de consorcio al hombro. Tantos músculos para un solo cuerpo, jamás pensé en interesarme en una llanura tan montañosa.

A la tercera semana, hacía cuentas cuando oí un chistido. Levanté la vista y era Erótido que me llamaba desde una mesa en la otra punta del salón. Le sonreí con una mueca falsa y él, agitando el dedo índice, me pedía que me acercara, mientras comía un postre blanco y grasoso. Tardé en reaccionar porque no estaba acostumbrada a que me llamaran como si fuera un perrito que se alejó de su dueño en una plaza.

Me acerqué y al sentarme apoyé los codos con fuerza sobre la mesa.

Estuvimos unos segundos callados.

—Con usted quería hablar, señorita —fue lo primero que me dijo. Sostuve el silencio como si no lo hubiera oído e interrumpió—: ¿Oye? ¿En qué planeta vive?

Me pareció un halago su presuposición; lo menos que quería yo era compartir el mismo planeta con él, pero respondí rápido y alzando la voz:

—Acá estoy, ¿qué pasa, señor?

Volvió a agitar el dedo y me pidió que me acercara todavía más. Me susurró algo al oído, que no entendí del todo, aunque la frase terminaba con “Rubio”.

Me alejé de golpe, como si me hubiera dado electricidad. Lo miré y con otro gesto me señaló la bacha:

—¿A Arturo? —le pregunté.

—¿Conoce a algún otro rubio acá? —dijo, seco.

—¿Pero qué pasa, por qué? —insistí.

—Es lento, se distrae y se olvida de poner papel en los baños.

Intenté convencerlo para que cambiara de opinión, y le dije que yo hablaría seriamente con él. Me sostuvo unos minutos la mirada, pero en absoluto silencio continuó hincando el postre con un cucharón de metal, y con cada cucharada que daba yo perdía poco a poco su atención. El que no se encontraba en este mundo ahora era él, volaba perdido en el paraíso de los triglicéridos. Blandengue, blandengue. Babeado hasta la pera con la mirada anclada en un ángulo del salón, no volvió a acotar ni una palabra, como un descerebrado terminal.

Volví a la caja, abatida, no podía con la idea de tener que echarlo, acercarme y decirle: “Desde mañana no vengas más, estás despedido, o dice el Führer que agarres tus cosas y te largues”. Imaginé, incluso, que si yo renunciaba primero no tendría que cargar con esa desoladora tarea. ¡No puedo quedarme sin trabajo! ¡Además tengo que pagar el alquiler! ¡No puedo volver a la casa de mis padres! ¡Menos pedir un préstamo! ¡Mucho menos exponerme de nuevo a la humillante tarea de buscar trabajo! ¡Justo ahora que recién empiezo a saborear mi independencia!

No me importa que me ames

2

Era muy lindo verlo pasar en musculosa blanca con bolsas verdes sobre los hombros y su pantalón, que alternaba entre el azul y el mostaza, o verlo lavar los platos… ¡Cómo los lavaba! Nadie lo hacía como él. Salpicaba agua, dejaba las canillas abiertas, desperdiciaba un montón de detergente, sí, pero cuando cualquier otro se paraba frente a la pileta, yo miraba la escena y era como un cuadro abstracto. Sin emoción. Para mí era de lo más bello verlo fregar; me lo imaginaba con esa pasión desenfrenada dándome un chupón o agitándome el culo, apretándome de atrás como a un tubo de dentífrico. ¡Tan fácil romantizar de afuera cuando es el otro el que lava!

Tenía la tarea más importante de todas, una operación encubierta, la cual empalmaría con tareas administrativas, llamados y órdenes del contador: debía captar la atención de Arturo, costara lo que costara, lograr que se enfocara en su trabajo y perfeccionara sus tareas, era mi misión.

Me acerqué a la caja y le hice una pregunta algo confusa al cajero para que ese tema abriera más temas entre nosotros y, entre cosa y cosa, poder sacarle charla sobre Arturo. Me respondió que no sabía a qué me refería con “ingresos brutos federales”, que él solo se encargaba de cobrar. Erótido seguía postrado en la mesa con un hilo brillante de baba sobre la pera, sus ojos estaban cerrados y apenas emitía un ronquido suave.

—Che, ¿sabés qué? —Y señalé a Erótido para no mencionar su nombre en voz alta—: Me dijo que eche a El Rubio, así de la nada… ¿Podés creer?

—Uuuhhh—me respondió estirando mucho la u, y siguió en la suya.

En El Cortejo me decían “doctora”. Pensaban que era seria; a veces cuando iba bien vestida me preguntaban de dónde sacaba la ropa, y cuando creía que tenía que dar explicaciones, me entregaba a un vacío existencial: no explique, agradezca y sonría. Sentía tanto pudor, porque no solo no había estudiado en la universidad, sino que agarré este trabajo para zafar de mi último empleador. En cuanto a la ropa, bueno, ropa heredada de mi mamá, que a su vez heredó de su mamá, más ropa comprada en Flores y algo de feria americana… Pero para ser sincera nunca supe muy bien cómo sacar cuentas. Erótido también me creía seria, halagaba mi título de periodista (sin ejercer), y mi ropa… Si viera mis bombachas rotosas, ja ja ja.

La comanda muchas veces no salía, o en la cocina no atendían el teléfono, entonces el cajero, o Andrea, la hija más chica de la familia, me mandaban hasta la cocina a pasar el pedido con la comanda en la mano. Establecida ahí, cantaba los pedidos, como una niña cantora de la quiniela nacional… Aprovechaba unos minutos para estar entre el olor del bori bori, la sopa paraguaya, el chipá guazú y la milanesa con fritas, aire aceitoso y paraíso, pero el calor y el hacinamiento me expulsaban, descompuesta: no hay ventanas, ni ventiladores, así que volvía siempre fatigada al salón principal. En la hora del almuerzo podría haber comido lo que quisiera (exceptuando ojo de bife y salmón), pero cuando quería mantener la concentración no podía pensar en comida.

La caja la controlábamos con Andrea. Erótido tenía dos cuadernos, uno forrado de azul y otro de gris. Al final del día, me lo daba y yo pasaba del azul los gastos y las ventas a la computadora. En la primera hoja del cuaderno decía: “Tocar solo si está autorizado”. A cada rato tenía que acercarme y preguntarle: “Disculpe, ¿qué dice acá?, no entiendo su letra”. “No me molesta, señorita”, me respondía, palpitante y lascivo.

Andrea me ayudaba a hacer las cuentas a cambio de que yo atendiera la caja en mi horario de almuerzo. Mientras comía, fichaba mesas de parada. Llevaba el cuaderno gris siempre consigo, debajo de la axila; era más pequeño que el azul, y de esos espiralados. A veces, lo veía escribiendo en ese cuadernito y, con la excusa de ir al baño, pasaba por detrás de él a ver si lograba leerle las anotaciones. Lo único que llegué a ver es que tenía pegadas fotos viejas y recortes de notas del diario.

No me importa que me ames

3

El día que tendría que haber echado a El Rubio, Erótido se me acercó.

—No lo haga, dígale que le va a dar una oportunidad más, como cosa suya. Además, no quiero problemas con su familia —me dijo.

Volé por los pasillos mientras me miraba en las paredes espejadas, con movimientos acompasados me peiné para atrás y, con una mueca apresurada, abrí la boca frente al mural de espejos, para ver si tenía algo entre los dientes. Esa expresión de tener el “comedor entero” para referirse a la dentadura siempre me pareció chistosa. Mi comedor está un poco dañado, sobre todo los de abajo, a causa de los sinfines de chicles globo que comí durante la temporada en el infierno del kiosco de mi mamá.

Llegué al mostrador del salón principal, y entre el ruido de las heladeras y el timbre aguzado de la voz de Didi, la moza de la tarde, le dije a Arturo por detrás de la barra que necesitaba conversar con él.

—¿Te puedo hablar?

—Diga.

Sin mirarme, siguió golpeando la bolsa de hielo cerrada contra uno de los vértices de la heladera. Me pregunté si no había manera menos fría de conseguir triturar hielo. A mí era a la única que trataba de usted, me respetaba como a una licenciada. Le quería decir que no hacía falta semejante decoro, pero tuve que advertirle:

—Mirá, la cosa es que ayer a la mañana se me acercó Erótido y me dijo que te ve muy distraído, quiere echarte…

Noté que la piel se le ponía violeta, así que agregué:

—Pero también me dijo que te diera una oportunidad. ¿Qué pensás? No te sientas presionado, tenés que llegar, ir al baño, revisar que haya papel, limpiar el piso, y antes de irte lo mismo. Cargar las heladeras, antes de irte, lo mismo. Lavar la bacha de este salón y si te piden que vayas a la cocina, no vas. Y cuando tengas tiempo libre, pelá papas, pero no estés sin hacer nada. Si llegás a necesitar algo, me decís,

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