Una nueva vida

Lucia Berlin

Fragmento

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Vida de Lucia

Luchia, Lusha, Lu-siii-a, Lucía, Luchíí-a. «Soy todos esos nombres», escribió Lucia Berlin en una carta, lo que, sin duda alguna, también quería decir «soy todas esas vidas». Una suma de experiencias singulares, en muchos casos extremas, de diferentes paisajes, ambientes, gentes y lenguas, narradas con hondura, vitalismo y exuberancia: así es la escritura de Lucia Berlin, siempre sorprendente, siempre inagotable. Si su biografía nos fascina no es solo por los hechos que la forman, de los que ya se ha hablado sobradamente, sino por el modo en que se sirve de esa materia prima para la construcción de un universo literario único. Leer estos textos inéditos es descubrir cómo se gesta este proceso, asistir a la transustanciación de la vida en ficción. Pegar los ojos al entramado del relato y encontrar rasgos nuevos. La cara B de algunas de sus más famosas historias, la prenda del revés o el ángulo contrario. Un privilegio.

«Vida de Elsa» (1995), uno de los cuentos incluido en este volumen, nos ofrece un ejemplo inmejorable de cómo, a partir de cualquier anécdota, la escritura de Berlin se expande y se llena de resonancias. Elsa, protagonista involuntaria del relato, es una mujer cuya historia, por desgracia, no da mucho de sí. Su vida, dura y marcada por la pobreza, ha sido rutinaria, sin aventuras. Limpiar, cuidar, trabajar, ver la televisión, enfermar, guardar cama. Nació en El Salvador, emigró de niña a Estados Unidos, no aprendió inglés porque se pasaba los días escurriendo sábanas en una lavandería, jamás viajó, ni siquiera ha salido nunca de su barrio. Ahora forma parte de un proyecto artístico estatal para ancianos, donde la han derivado al taller literario de Clarissa —trasunto de la propia Lucia Berlin—. Pero Clarissa no sabe cómo ayudarla. Entre lo que Elsa le va revelando, hay asuntos secretos y dolorosos que de ninguna manera quiere que queden por escrito. La única nota que Clarissa es capaz de tomar es «siempre me gustaron las naranjas», con lo demás ¿qué puede hacer? Quizá sea preferible que Elsa se apunte a otra cosa. Que escuche boleros, por ejemplo. Pero Elsa, a punto de morir, espera que le hagan el relato de su vida. Y Clarissa finalmente lo hace. Lo teje, con los hilos que va entresacando aquí y allá. Con lo que añade, sugiere, inventa. Hablando de pájaros, comidas, flores, música. Rodeando de carne, de sentido, el seco hueso de la historia. Quizá Elsa no se reconozca en esas páginas, pero así es como escribe Clarissa, no puede escribir de otra forma. «Vida de Elsa» no es solo un brillante ejercicio metaliterario, sino una poética en toda regla. ¿Qué se hace con el material de la vida, cuando el material de la vida supura soledad y dolor?

Prácticamente todo lo que escribió Lucia Berlin surge de sus propias vivencias, muchísimo más vertiginosas que las de Elsa, al menos en lo referido a la movilidad y el cambio. Luchia, Lusha, Lu-siii-a, Lucía, Luchíí-a: esta variedad de las vidas vividas, tanto para arriba (viajó, amó, fue amada, conoció la riqueza) como para abajo (su infancia fue solitaria y difícil, padeció la violencia, fue alcohólica, vivió rachas de pobreza), amplía su comprensión y compasión: rara vez hay juicios morales en sus historias, la cercanía con que narra es la de una amiga que hace confidencias. Su capacidad perceptiva es asombrosa: sus palabras se ven, se tocan, se huelen, se escuchan. En sus primeros recuerdos infantiles, recogidos en Bienvenida a casa, nos habla del olor de las flores de manzano y los jacintos en Idaho, cuando era poco más que un bebé. Sus sentidos están abiertos a todo: crujidos, risas, humo, «la cascada de las fichas de póquer y las maracas de cubitos de hielo». Una atención curiosa y sofisticada hacia todo lo que la rodea. Nada escapa a sus ojos: ropas, arquitectura, comportamientos, plantas, animales. A menudo hace retratos de la gente con la que se cruza. Gente anónima como el chófer Severino, pero también conocida como Richard Brautigan o Allen Ginsberg.

Berlin toma el pulso a la vida, a la suya pero también a la nuestra, que más que leer sus historias las experimentamos como propias. La magia está en la sinapsis del lenguaje, en las inesperadas conexiones y reverberaciones: es así como verdad y ficción se fusionan. En «Diseñar la literatura: El autor como tipógrafo», otro de los textos publicados en este libro, nos dice: «La imagen debe conectar irremediablemente con una experiencia concreta e intensa…, debe producirse una mínima alteración de la realidad. Una transformación, no una distorsión de la verdad. El relato mismo deviene en verdad». No es casualidad que este pequeño ensayo comience con una cita de Flaubert sobre el estilo, «rítmico y con ondulaciones».

Aquí hay versiones iniciales o alternativas de cuentos futuros, temas que asoman y que más adelante se desarrollarán por completo, apuntes que se propagan en varias direcciones como las ondas en el agua donde se arroja la piedra. Flecos que quedaron sueltos en otros textos y que ahora se retoman, nuevos recodos por explorar. Los cuentos «Fuego» o «Del gozo al pozo», por ejemplo, en torno a los últimos días de su hermana en México, se unen a una serie compacta de otros ya publicados. El dolor por la muerte del joven amante en «Suicidio» late de fondo en el canónico «Manual para mujeres de la limpieza». También hay ejercicios literarios (versiones de Thomas Hardy, de Anton Chéjov) de épocas en las que quizá afrontar la propia vida resultaba demasiado doloroso para ella. La mayoría de estos textos no son borradores, el material es de una calidad asombrosa. Fijémonos en «Manzanas», su primer cuento, escrito con veintiún años, donde ya aflora una escritora tocada por la gracia: la sensorialidad, el sentido de la narración, las potentes imágenes visuales (el fuego anticipado en los zapatos de color rojo, la cabeza del anciano «arrugada como un albaricoque»). En «Las aves del templo» utiliza una anécdota real de su primer matrimonio para crear un asfixiante relato sobre la soledad y el abandono. «Centralita» es un registro oral de las conversaciones de las teleoperadoras de un hospital, trabajo que la propia Berlin desempeñó, sus historias y sus problemas, los conflictos que surgen entre ellas: no pasa nada y, al mismo tiempo, pasa todo. Su capacidad para encontrar belleza hasta en el dolor más hondo es milagrosa. En «El foso», una versión inicial de «Su primera desintoxicación» (publicado en Manual para mujeres de la limpieza), la mujer que sufre por el delirium tremens se tumba en el suelo «como si fuera un estanque de mercurio azul, donde su cuerpo poco a poco absorbía el azul plomizo». Es un mundo violento, lleno de una amenazante masculinidad, pero también de solidaridad. La única luz para los adictos surge del combate de boxeo que están viendo en la televisión, una lucha que adquiere una dimensión simbólica.

Los fieles lectores de Berlin, pero también los interesados en conocer los procesos de creación literaria, disfrutarán también de los breves textos ensayísticos donde se recogen pequeñas historias, reflexiones formales, recuerdos. En «Bloqueada» se nos ofrece la intrahistoria del cuento «Sombra» (publicado en Una noche en el paraíso), una puerta directa al taller mental de Lucia Berlin, que nos hace entender que, cuando un cuento parece que habla de una cosa, en realidad está hablando de otra.

En los fragmentos de diarios, escritos en estancias en París, Yelapa, Boulder, Cancún y Berkeley en distintas etapas entre 1987 y 1991, nos encontramos quizá con la versión más vulnerable de una Berlin ya madura. Por un lado, pervive el entusiasmo por la vida y la glotonería de los sentidos. Acompañamos a la viajera que visita museos, compra en tiendas y prueba platos típicos, que se gasta impulsivamente el dinero en dos días y luego tiene que apañarse sin nada. Pero, por otro, asoma la honda sensación de fracaso y de culpa, una tristeza que lo empapa todo cuando aparece, y los esfuerzos de la escritora por sobrevivir. Son un documento excepcional que, cotejados con sus relatos de ficción, conforman una narración coherente de lo que significó la escritura para quien la entendía como herramienta de supervivencia. Reflexiones amargas de una mujer que envejece. El dolor de una madre y una autocrítica feroz hacia su propia obra. «Turismo. Posible título. Eso es lo que he hecho toda mi vida. Ni siquiera “ahí” he estado nunca del todo, el único lugar donde viajo de verdad son los libros, dentro de un libro. Muy de vez en cuando consigo crear una emoción genuina sobre la página y solo entonces podría decirse que existo».

Luchia, Lusha, Lu-siii-a, Lucía, Luchíí-a. «¿No ha leído todo el mundo a Dostoievski? A veces soy Dimitri, a veces Misha». En sus historias, Lucia Berlin reivindica la complejidad de la existencia, afronta con valentía las heridas, no oculta sus contradicciones, nunca se rinde. Pero también late el deseo de abrir nuevas puertas, o al menos de intentarlo. En «Una nueva vida», cuento de 1994 que da título a esta recopilación de inéditos, Berlin parte de una idea de Chéjov en El tío Vania para fabular una huida imposible, ese deseo tan humano de empezar de nuevo, libres de todo pasado. Pero no se puede escapar de quienes somos o, mejor dicho, de quienes fuimos; lo mejor es volver a casa con alegría, si es que hay una casa a la que volver.

Lucia Berlin tuvo muchas casas, en muchos sitios distintos. Alaska, Montana, Idaho, Texas, Arizona, Santiago de Chile, Nuevo México, Nueva York, California… Pero también construyó otras muchas en territorios propios, para que los demás las habitáramos. Casas coloridas y exóticas, repletas de estancias y rincones por explorar, ventanas, terrazas, sótanos, patios. Pasadizos y trampantojos. Casas hechas de narración y música, con exquisito cuidado pero también con todos los desconchones y averías de la vida. Con toda su belleza.

SARA MESA

Sevilla, mayo de 2023

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CUENTOS

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Manzanas

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Cuando acabó de limpiar la casa, sacó la basura. Echó los desperdicios en un cubo con tapadera y metió la bolsa de los papeles en un bidón metálico. Acercó una cerilla al papel y, una vez que prendió, volvió a entrar.

Se sentó junto a la ventana, mirando los manzanos a través de la neblina acuosa que ondeaba encima del bidón. No quedaba nada más por hacer hasta que llegara su marido, por la noche. A veces leía o planchaba o iba a ver a la casera, que vivía al otro lado del jardín.

Y sobre todo le gustaba contemplar los árboles. Cada día pensaba en su marido, hablaba con él mientras observaba los árboles, y a veces incluso se reía con él. Se sentaba junto a la ventana y aguardaba a oír las manzanas que caían en el tejado y rodaban hasta el suelo.

Una mañana vio al padre de la casera en el porche de atrás, de pie, con la cabeza arrugada como un albaricoque seco inclinada hacia el sol. Era el señor Hanraty, un hombre muy viejo, de noventa y ocho años, que había pasado todo el verano enfermo. Justo cuando ella iba a retirarse de la ventana, se fijó en sus zapatos y le entró la risa. Eran unos zapatos de bolera de un rojo vivo.

Se quedó observándolo mientras bajaba del porche, deteniéndose a cada pasito que daba, como una criatura que aprende a andar. Se paró al pie de las escaleras, tambaleándose un poco, y parecía que estaba cantando. Caminó por la hierba con sus zapatos rojos, guiándose con una vara que también temblequeaba, porque aún estaba verde y con las hojas. El viejo llegó a la mesa de pícnic que había en medio del jardín. Dejó la vara encima de la mesa y descansó, meciendo la cabeza suavemente. Sin quitarle ojo, ella pudo oír que canturreaba.

El viejo empezó a izarse sobre la mesa, boqueando en busca de aire, tomando impulso, pataleando. Tanteó y se retorció hasta que por fin consiguió sentarse encima. Sonrió. Balanceaba las piernas, con los zapatos rojos, como un crío encaramado a un taburete. Murmuraba por lo bajo, golpeteando con la vara en la mesa y agitándola en el aire. A veces echaba atrás la cabeza y se reía a carcajadas.

Bajó de nuevo. Ella lo oyó canturrear mientras cruzaba el jardín con paso renqueante hasta un manzano. Se detuvo y, girando en redondo con la ayuda de la vara, empujó todas las manzanas que alcanzaba y las juntó en un montoncito. Hizo tres montoncitos más, moviéndose despacio alrededor del pie del árbol. Y continuó haciendo lo mismo debajo de cada árbol hasta que el jardín pareció un cementerio; pero iba despacio, las manzanas seguían saltando del tejado y cayendo con un ruido sordo de los árboles. Así que tuvo que volver a empezar, desde el principio. Mucho más tarde, subió jadeando las escaleras y entró en la casa.

Desde entonces cada mañana esperaba al señor Hanraty. Deseaba que no apareciera, pero cada día aguardaba hasta verlo cruzar el jardín, tembloroso, con sus zapatos rojos, empujando las manzanas con la vara.

Una mañana, mientras estaba quemando una pila de papel, muy temprano, el señor Hanraty gritó desde el porche. Cruzó el jardín y se acercó. Venía riendo por lo bajo, blandiendo la vara, cargado con algunos periódicos. Se los dio, y ella señaló una cesta llena de hojarasca seca. El hombre se sentó en la mesa mientras ella acarreaba la caja hasta el bidón. Echó el papel al fuego, y cuando prendió, vació la hojarasca encima. El señor Hanraty gritó, aulló, y se le saltaban las lágrimas de la risa. Se mecía atrás y adelante encima de la mesa, pataleando.

Ella volvió adentro y observó cómo gritaba y daba golpes con la vara y se reía. Cuando se apagó el fuego, se bajó de la mesa. Empezó a cruzar el jardín, pero estaba cansado y no llegó hasta el final.

A la mañana siguiente, en cuanto se marchó su marido, vio al señor Hanraty ya sentado en la mesa. Corrió a la cocina y recopiló cosas para quemar. Hizo dos viajes hasta el bidón, con los brazos llenos de papeles; el viejo no se movió. La observaba en silencio, con la boca abierta, mientras ella llenaba de papel el bidón. Encendió una cerilla y la acercó a los cartones de la leche y el celofán. Como guinda final, vació un tarro de palomitas de maíz rancias que crepitaron en las paredes del bidón.

—¡Granizo! —gritó el hombre—. ¡Ha echado granizo al fuego!

Daba alaridos de risa cuando ella entró. Mientras limpiaba la casa, lo oía canturrear una y otra vez: «¡Granizo al fuego! ¡Granizo al fuego, al fueeego!».

Llamaron a la puerta. Encontró al señor Hanraty encorvado en la entrada; estaba pálido y tembloroso. Ella pensó que le había pasado algo y trató de ayudarlo a pasar.

—No, no —gimoteó el viejo.

Lloraba, tirándole desesperadamente de la manga. Lo siguió fuera. El hombre se detuvo al llegar al bidón, se recostó sobre su hombro, y los dos se echaron a reír.

Había palomitas por todas partes. ¡Pim, pam, pum!, reventaban contra la lata y estallaban como pétalos en la humareda, que flotaba entre los árboles arrastrada por el viento hasta los montones de manzanas. Las palomitas les explotaban en la cara y les aterrizaban con suavidad en el pelo. Se reían, dando gritos, hombro con hombro, hasta que todo acabó de repente.

Ayudó al viejo a subirse a la mesa y se sentó a su lado mientras él seguía riéndose por lo bajo, moviendo la cabeza. Las manzanas caían al suelo con un golpe sordo.

El señor Hanraty bajó de la mesa y cruzó el jardín hasta el primer árbol. Ella bajó también y buscó una vara. Empezó por el árbol del extremo opuesto del jardín. Trabajaron en silencio un buen rato. Entonces ella volvió corriendo hasta la otra punta, sorteando las manzanas. Él le sonrió, tenía las mejillas sonrosadas.

—Hagamos un único montón grande —le propuso ella.

El viejo asintió.

—Sí —susurró. Y, mientras trabajaban, siguió canturreando—: Sí, oh sí, sí, sí…


En 1957, el primer marido de Lucia, Paul Suttman, recibió una beca para estudiar escultura en la Academia de Cranbrook, Míchigan, durante el semestre de otoño, así que decidieron que Paul iría con antelación y Lucia y su hijo Mark (de nueve meses) lo seguirían en diciembre, cuando Lucia acabara el semestre en la Universidad de Nuevo México. Paul se marchó a principios de verano, y en su ausencia Lucia hizo un curso de escritura creativa para el que escribió este relato. Ni a la profesora ni a ninguno de los amigos a quienes se lo mostró les parecía muy bueno, pero a ella le encantaba, le encantó escribirlo y tenía fe en él. Fue su primera experiencia a la hora de construir un poso entrañable a partir de una experiencia traumática. No mucho antes, el vecino de Lucia, un viejecito que le caía simpático, se había desplomado muerto en el jardín de su casa. «Manzanas» es el primer cuento que escribió Lucia Berlin, en 1957, con veinte años. (Inédito). (Todas las anotaciones que siguen a los relatos son de Jeff Berlin).

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Las aves del templo

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Colgaron los pájaros entre las plantas tropicales del salón. «Son un regalo para la vista», comentó él. Era lo que siempre decía cuando algo le parecía de buen gusto. «Son muy bonitos», reconoció la mujer. Aunque los pájaros no le entusiasmaban demasiado, aquellos eran preciosos, negros y grises y con un pico rosa caracola.

Y después el marido se olvidó de los pájaros, a pesar de que había puesto mucho empeño en arreglarles la jaula. Andaba muy ajetreado.

Y la mujer se olvidó de los pájaros. No por falta de tiempo; ella nunca iba ajetreada, ni mucho menos.

Era porque los pájaros no cantaban. No hacían el menor ruido, ni siquiera el batir susurrante de las alas. La mujer no reparaba en su presencia y no se acordaba de darles de comer.

Una noche estaba con su marido sentada en el salón. «¡Los pájaros!», exclamó.

Fue corriendo y les llenó el platito de alpiste y les puso un cuenco con agua. Un poco más tarde volvió a la jaula. Los pájaros seguían posados frente a frente y al principio creyó que no habían comido nada de alpiste, pero sí, faltaba un poco. «Apenas lo han tocado —dijo—, prácticamente nada. —Y se sentó al lado de su marido—. A esos pájaros locos no les gusta comer, así que da lo mismo».

Pero se sentía culpable por el descuido, y al día siguiente les compró alpiste, un alpiste especial, con sésamo, cilantro, pipas de girasol y anís. Abrió la bolsa y olió las semillas. «Ah, sí, estas les gustarán», se dijo.

Qué va: los pájaros, ni caso. Fue a comprobar el platito varias veces, pero ni se habían acercado. Esparció un poco de alpiste por el suelo de la jaula. «Mirad, bobos, regaliz». Ni se movieron. «Maldita sea», farfulló, y esparció el resto.

Aquella noche se lo contó a su marido, y él le dijo que debería haber llevado el alpiste a la tienda para devolverlo.

Tardó casi una semana en dar de comer a los pájaros. Una noche se despertó de madrugada y zarandeó a su marido. «Qué pasa», preguntó él. «Creo que los pájaros están muertos». «Dios», dijo el marido, y se dio la vuelta. Ella se levantó y se puso un albornoz, aunque no hacía frío. Entró en el salón. No, por supuesto que los pájaros no estaban muertos. Les llenó el plato de alpiste y les puso agua y se quedó un rato junto a la jaula, pero nunca comían mientras estaba cerca, así que volvió a la cama.

Cuando fue de nuevo a echarles comida, no quedaba alpiste. Les puso un trozo de pan de centeno en el plato. Volvió al cabo de poco y los pájaros estaban acurrucados delante del comedero, picoteando el pan en silencio. «Oh», exclamó, y se asustaron, así que se apartó hacia un lado.

Se sentó en una silla y sonrió. Cuando llegó su marido, se lo contó. «Les ha gustado —dijo—, lo sé porque estaban los dos comiendo a la vez. ¿A que es una buena señal? Es la primera vez que han reaccionado, ¿verdad?». «Sí, supongo», contestó el marido, y le dijo que tenía que volver al trabajo y no le daba tiempo a cenar.

Ella se despertó cuando él llegó a casa y le preguntó cómo le había ido. «Bien», contestó él, y se desvistió rápido y se hundió en la cama. «Estoy cansado —dijo—. Buenas noches», y le pasó el brazo a su mujer por encima del hombro.

Al cabo de un rato ella se echó a reír y se puso a hablar con él. «Pensaba conseguir un espejo, ¿sabes? Dicen que los pájaros cantan si tienen un espejo, pero se me acaba de ocurrir que a los pájaros que no están solos les daría igual». Él estaba dormido.

Durante un tiempo los dos se olvidaron de los pájaros.

Hasta que un día uno de los pájaros se cayó de la percha y no podía volver a posarse encima. Se quedó en el suelo de la jaula aleteando desesperadamente hasta que al final consiguió volver a subir. Al pájaro le pasaba algo en las patas, en las garras.

Las garras del pájaro habían crecido por debajo de la pata y se retorcían hacia arriba otra vez, formando una ese escamada de color beis. «Es que les han crecido las uñas —dijo el marido—, porque no andan ni escarban para buscar comida. Córtaselas, da grima».

«¿Es cierto que a la gente le siguen creciendo las uñas después de morir?», preguntó ella. Pero no la oyó. Le preguntó si podía ayudarla a cortarles las uñas. «No», contestó él.

Las uñas se pusieron mucho peor. Se enganchaban y se enredaban unas con otras, y los pájaros estaban grotescos y torpes, y pronto apenas pudieron moverse en la percha para alcanzar la comida. La mujer fue a ver a la señora Dawson, la anciana que vivía al otro lado de la calle. La señora Dawson sujetó a los pájaros mientras ella les cortaba las uñas. Intentaba no tocarlos, le daba asco, porque tenían las patas descamadas, secas y frías. A la señora Dawson se le saltaban las lágrimas. «¿Cómo has podido, querida? ¿Cómo has podido dejar que llegaran a este punto estas pobres criaturas?». La mujer se sintió avergonzada, y se excusó diciendo que creía que era natural, como la muda.

Fue un alivio. Veía a los pájaros más contentos, aunque siguieran sin moverse salvo para comer. A medida que los días eran más cálidos también se pusieron más bonitos, con los ojos brillantes y el plumaje suave y lustroso.

Quería ser su amiga: cada día les silbaba, llamaba su atención, los arrullaba y metía el dedo en la jaula…


El segundo relato de Lucia, escrito en 1957 para el mismo curso de escritura creativa, se inspira en sucesos vividos durante su primer matrimonio. Escribió este cuento con la esperanza de que su marido comprendiera sus sentimientos encontrados, pero él nunca llegó a leerlo, y, aunque no sabemos cómo acababa la historia en un principio, probablemente tuviese un final feliz. En la vida real, contaba que lo primero que hizo el día que Paul se marchó a la escuela de posgrado (para nunca volver) fue soltar a los pájaros. Años después, en sus memorias Bienvenida a casa, menciona que regaló los pájaros a una anciana que vivía al otro lado de la calle. (También inédito).

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Mamá y Papá

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Las mujeres, cuando se juntaban, hablaban de sus casas recias estucadas, y de las casas donde vivían antes de mudarse a Enid.

Esther era la única que hablaba de su marido. «Papá», lo llamaba, y su marido a ella la llamaba «Mamá», a pesar de que no tenían hijos. Él tenía setenta y nueve años, ahora estaba prácticamente impedido por el asma y las úlceras. Antes de ponerse enfermo era vendedor de coches. Tenían a una chica de color dos veces por semana y muebles de Duncan Phyfe en el comedor.

—Papá era una estampa de hombre —recalcaba Esther a menudo, y a las otras mujeres les daba apuro.

Ella no era como las otras tres, con la permanente pajiza y el calendario en la sala de estar. Ella se pintaba los labios y se teñía el pelo, se hacía vestidos de paño de colores vivos en invierno, de cambray en tonos pastel en verano. Cada año rehacía, pintaba y cosía fundas y visillos.

—Me gusta tener las manos ocupadas —solía decir—. Así no pienso en mí misma.

Evelyn y Vera, que eran viudas, siempre se miraban poniendo caras cuando decía eso.

—Bastante se pavonea ya —comentaba Vera.

Nellie era la única que la apreciaba de verdad. Nellie respetaba el trabajo, el empeño. Owen y ella habían trabajado en la gasolinera que tenían en propiedad cada día desde que se casaron… «No me extrañaría que estiremos la pata cuando nos retiremos».

Y Owen había muerto, en primavera, de neumonía. Vera y Evelyn fueron después del funeral a ver si podían ayudar en algo. Nellie estaba viendo la televisión, como si nada hubiera pasado. En la pausa de los anuncios, Vera se inclinó hacia ella.

—Quizá te sentirías mejor si lo hablaras, Nellie. A mí me fue bien.

—No tiene sentido hablar. Sabíamos que pasaría.

—En fin, es un golpe, por más que se sepa —dijo Evelyn.

Vera y ella se levantaron.

—Va a ser muy duro para ti… —Vera suspiró—. Sé que cuando mi Edwin…

Nellie encendió un cigarrillo, y la llama del fósforo iluminó la robusta osamenta de su cara.

—No va a ser duro. No cambió nada de lo que pasó antes, y supongo que tampoco cambiará lo que venga ahora.

Esther llegó cuando las otras dos se marchaban. Prácticamente ni la saludaron.

—Te he traído café recién hecho, Nellie. Imagino que no dormirás mucho de todos modos.

Vera y Evelyn se despidieron en la acera.

—Habrase visto…

—Vera, ya conoces a Nellie, no es de las que muestran sus sentimientos.

—Podría mostrar un poco de respeto, como mínimo.

Cierto. Se dieron las buenas noches.

Esther y Nellie vieron a Ed Sullivan y El show del Chevy. Esther, por no hacer algo de mal gusto, no decía nada, y Nellie no le hablaba.

—Bueno, Papá se estará preguntando dónde me he metido —dijo Esther, al tiempo que se ponía de pie.

Nellie no se levantó de la silla.

—¿Quieres la cafetera?

—No hay prisa. Por las mañanas hago café instantáneo.

—Creo que me tomaré otra taza. Ha sido una buena idea, Esther.

—Ya te conozco, a ti con el café…

Esther lloró de camino a casa, por Nellie.

Los narcisos florecieron.

—¡Que me aspen! —exclamó Papá.

Olvidó que había plantado los bulbos. Se puso tan contento, quiso plantar más flores, zinnias y caracolillos y ásteres. Había salido al jardín con algunas semillas cuando se cayó, retorciéndose de dolor.

Esther fue junto a él en la ambulancia hasta el hospital del condado. Le había dado una embolia y tenía un coágulo en la pierna. El médico le dijo a Esther que no se preocupara.

Cuando llegó a casa, Evelyn y Vera se presentaron con un pastel de carne y una hornada de galletas con pepitas de chocolate. Nellie se acercó y preparó café instantáneo, para animarla.

—No sé cómo agradecéroslo —dijo Esther.

Al día siguiente las llamó a las tres por teléfono y las invitó a tomar café el sábado a las diez.

—Nos podría haber avisado a gritos desde la puerta. —Se reía Nellie, pero estaban encantadas.

Llegaron a la vez al porche de Esther. Nellie llamó al timbre.

—¡Vaya, hola, chicas! ¡Adelante!

Esther iba vestida de dorado, del mismo color que el mantel.

—¡Y mirad la forsitia!

—¡Ay, Esther, parece una estampa!

Había un bizcocho de plátano y una tatín de piña.

—Me encanta el amarillo —dijo Esther.

Las mujeres se sentaron en la sala de estar; tímidas, incómodas, sujetando las tazas y las servilletitas. Sonreían tapándose la dentadura postiza con las manos llenas de manchas de la edad.

Esther no las dejó moverse mientras retiraba los platos a la cocina. Puso otra cafetera y vieron el concurso Dough Re Mi y Una novia por Navidad. Estaban ya muy cansadas. En la puerta volvieron a decirle a Esther que tenía la casa preciosa y que la tarta estaba riquísima.

Vera las invitó a café unas semanas más tarde, y luego Evelyn, y luego Nellie.

Fue idea de Esther quedar para tomar café el primer sábado del mes, que cada una eligiera tres meses determinados. «Así podemos planearlo con tiempo». Ella eligió octubre y abril, por las flores, y diciembre, para adornar el arbolito navideño plateado.

Vera eligió febrero, junio y julio; los otros meses tenía una congestión nasal de espanto. A Nellie le daba igual, salvo por noviembre, porque hacía unas tartas de calabaza muy ricas. Evelyn aseguró que lo que decidieran las demás le iba bien.

Los meses siguientes, marcados por esos sáb

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