Ensayos reunidos

Raúl Zurita

Fragmento

Zurita: un ateo que cree en Dios, Carlos Peña

ZURITA: UN ATEO QUE CREE EN DIOS

Carlos Peña

«El lenguaje es el conjuro que levantan los hombres frente a la muerte», se lee en uno de los ensayos reunidos en este libro. Y en esa frase Raúl Zurita resume la entera condición humana. La muerte como el límite que confiere significado a la experiencia y, a la vez, el abismo frente al que retrocedemos mediante las palabras: «la primera respuesta frente a ese hecho absolutamente inconmensurable, incomprensible, atemorizante, es el poema».1

Si hay algo que caracteriza la escritura de Zurita —sus espléndidos poemas o los notables ensayos aquí reunidos—, es la conciencia extremadamente agudizada del tiempo; pero no del tiempo como duración, sino del tiempo como pérdida, como carencia, como una experiencia que siempre llega tarde, como ocurre, por ejemplo, en su novela autobiográfica El día más blanco o en el extraordinario Zurita, donde el padre queda constituido desde la experiencia de su falta o de su ausencia.2 En otras palabras, uno de los rasgos que asoma en cada una de sus líneas no es la índole destructora del tiempo, sino su condición significante y, por eso mismo, paradójica: el tiempo arrebata la experiencia —arrebata al padre, la utopía redentora, el amor—, pero al arrebatar cada una de esas cosas, lo sabe bien Zurita, paradójicamente las constituye. La sintaxis quebrada de sus versos, el prosaísmo rítmico que a veces posee su escritura, la extraña sonoridad poética de su prosa que se aprecia en estos textos, las imágenes sorprendentes que hacen refulgir en el lector experiencias hasta ese momento desconocidas e ignoradas, hacen de Zurita un poeta en el sentido más estricto de esa palabra cuya raíz griega, poiesis, significa el acto de traer algo del no ser al ser, de la nada, por decirlo así, a la existencia.

En el ensayo «¿Para qué poetas en tiempos de penuria?», Heidegger intenta dilucidar lo que le parece a él es la esencia de la poesía. ¿Por qué la poesía puede importar, pregunta allí Heidegger, si vivimos en tiempos en los que la técnica y el apetito de lo útil parecen inundarlo todo? ¿Para qué, en suma, poetas en tiempos de penuria? La respuesta que el autor de Ser y tiempo da a esa pregunta es sorprendente: el poeta, sugiere, sienta los fundamentos de una época. Los seres humanos, aunque prefiramos olvidarlo, vivimos presos del lenguaje. Qué sean las cosas y cómo sean, depende del significado que les confiramos al tratar de forma cotidiana con ellas, y es por esto que el lenguaje abre un mundo: establece un fondo de significaciones y de sentido al trasluz del cual la experiencia se constituye como tal. Los límites del lenguaje —enseña la poesía— son los límites de mi mundo. Sin ese fondo de significaciones, sin ese telón de significados, podríamos decir, la experiencia simplemente no existiría y viviríamos en medio de una planicie tosca y mustia en la que daría lo mismo tanto la caída de una piedra como el asesinato de un niño. Pues bien, la poesía —esa poesía podríamos decir inaugural, esa que de vez en cuando nos deja con la boca abierta— funda un mundo por la vía de esparcir significaciones que sin ella simplemente no existirían. La poesía, puede decirse sin exagerar, trae a la presencia e instala en el mundo cosas que, sin ella, veríamos sin ver. Por eso las cordilleras, las playas o los acantilados de Chile se revelan o se instituyen gracias a la palabra de Zurita y por eso la pregunta de Caín —Caín, ¿dónde está tu hermano?— o la orden que recibió Abraham —anda y mátame a tu hijo— son también, gracias a la poesía de Zurita, la pregunta que formulamos o la orden que alguna vez recibimos.

Raúl Zurita es un ejemplo excelso de esos rasgos de la poesía y por eso es en la actualidad uno de los grandes poetas de la lengua, uno de esos escritores que, mediante la palabra, han logrado configurar nuestra propia experiencia.

Las líneas de estos ensayos, al igual que su poesía, están todas atravesadas por la convicción de que un individuo es, al mismo tiempo, todos los demás y que hay acontecimientos y desafíos radicales —como recordábamos, la pregunta que se dirigió a Caín, la orden que recibió Abraham— que, por debajo de las vicisitudes que lo configuran, muestran la dificultad y los desafíos de la existencia. En este sentido siempre hay en las líneas de Zurita algo de las epístolas de Pablo, quien instaba a vivir en alerta, en estado de cuidado, puesto que los desafíos del propio existir irrumpen, cuando menos lo esperamos, «como un ladrón en la noche».

Y en estos ensayos Zurita pone de manifiesto, además, que es un poeta extremadamente lúcido acerca de la índole del quehacer poético.

Desde el momento en que con apenas dos o tres versos publicados apareció en el panorama de la poesía chilena, Zurita llamó la atención y de ahí en adelante dejó a casi todo el mundo con la boca abierta porque hablaba de cosas sorprendentes e insólitas y de una manera que ponía al lector casi estupefacto: vacas y pastizales en «Áreas Verdes», el desierto de Atacama en Purgatorio, las playas y cordilleras de Chile en Anteparaíso, los acantilados en los que espera la muerte en Zurita, y todo ello con una sintaxis más o menos enrevesada y retorcida, pero sorprendentemente apelativa. De una manera que no acaba de impresionar, quien lee alguno de esos libros principia a ver —como alguna vez anotó el crítico Ignacio Valente— cosas que antes no había visto, y a leer los versos de Zurita como si en ellos se recogieran cosas extrañamente familiares que, sin embargo, se nos revelan casi por primera vez. La experiencia amorosa que suspende la historia («ríanse a mandíbula batiente porque ella y yo nos hemos encontrado») y las resonancias bíblicas y terribles del acontecer político («anda y mátame a tu hijo»), son, me parece a mí, dos buenos ejemplos de esa rara virtud que posee la poesía, y que la de Zurita exhibe en grado sumo: la virtud de crear o abrir un mundo mediante la palabra.

El autor es plenamente consciente de ello: el poeta concebido no como un pequeño Dios sino como un sujeto menesteroso que intenta huir de esa condición suya mediante la palabra poética.

La palabra poética, en efecto, se caracteriza en lo que ella tiene de más íntimo por la búsqueda de una plenitud que se rehúsa. Cuando se la emplea o se la ejercita, no se la emplea o ejercita para comunicar o describir un conjunto de cosas que le preexisten y que están allí desde antes que la palabra se pronuncie, sino que la palabra poética, cuando es genuina, tiene la rara y extraña virtud de abrir o crear un mundo allí donde antes no lo había. Basta recordar la poesía de Zurita para advertirlo. Quien lo lee por vez primera se sorprende. Su poesía está llena de acantilados, vacas, pastizales, cordilleras, olas. Siempre ha habido, por supuesto, esas cosas en nuestro derredor. Hay las vacas y los pastizales, las cordilleras, el desierto y los acantilados de los cuales habla la poesía de Zurita; pero esas cosas sumadas o por sí solas no logran configurar un mundo: ello sólo ocurre cuando ese conjunto de cosas, o cualesquiera otras, se organizan por decirlo así en torno de un sentido que le viene dado por la palabra del poeta. El sentido que la poesía es capaz de insuflar a las cosas no es, sin embargo, un sentido único o garantizado, uno que nos confiera seguridad ante el mundo, sino que es exactamente al revés: el sentido en cuyo derredor la poesía hace surgir el mundo muestra toda la fragilidad que lo constituye y por eso la buena poesía, y Zurita es el mejor ejemplo de ello, incluso en sus momentos de mayor alegría o exaltación, tiene un inevitable sabor a pérdida, siempre nos recuerda que las cosas tienen sentido para nosotros sólo para que así podamos algún día añorarlas y echarlas en falta. En Zurita se encuentra la lección de la cruz: el significado se constituye desde el dolor. En este sentido, toda la escritura de Zurita —incluso la que posee la forma del artículo o del ensayo como los que este libro recoge— es poesía. Los sentimientos básicos de los seres humanos, la alegría y también la tristeza, se erigen sobre esa experiencia fundamental de saber que, tarde o temprano, cada uno de nosotros, la experiencia que tenemos o las cosas que vemos o estimamos irán a pérdida.

De ahí entonces que la poesía de Zurita —y lo que para él aparece como la mejor poesía, según explica en estos ensayos— se encuentre ligada de manera indisoluble al desgarro y al dolor.

Porque si hay algo que caracteriza a la palabra es su condición de promesa, que nos seduce y a la vez nos defrauda: es el esfuerzo por decir lo indecible, lo inefable, por asomarse a una realidad que nos excede y que nos es imposible abarcar. «La poesía es el intento, quizás el más desesperado, por modificar lo real y otorgarles a los hechos la compasión o el hondor que los hechos en sí jamás tienen».3 El esfuerzo de estirarnos hacia esa realidad que no podremos alcanzar es la poesía. Y las palabras que tejemos son —apenas— el purgatorio:

ese amor que nos revienta, que nos arrasa, es lo que podemos llamar el «paraíso» de toda poesía. Entre ambos extremos nos resta el «purgatorio» de las palabras o, lo que es lo mismo, el largo itinerario de una cura: aquello que los hebreos llamaron la historia de la salvación.4

Pero no se crea que esa historia de la salvación —la magnífica forma en que Zurita describe nuestro esfuerzo por expresar y conformar la realidad mediante la palabra— es simple espiritualidad. Por el contrario, ella está llena de materialidad, como lo sugiere al examinar la relación que media entre la poesía y el nuevo mundo:

En cada párrafo de los primeros escritores de estas tierras —en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, en la Primera nueva crónica y buen gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala o en La Araucana de Alonso de Ercilla— están ya contenidas las condiciones presentes de nuestra habla; y la endémica incapacidad de estos países para edificar proyectos sociales permanentes no es ajena a esa relación traumática con nuestra propia lengua. Singularmente, el primer acto con que aquí se instala esa lengua es el de un entierro.5

Todos los ensayos de este libro están atravesados, empapados debiéramos decir mejor, por esa intuición: la sospecha de que la poesía muestra la condición humana, la promesa que la ilumina y el momento que la defrauda.Toda la literatura expresaría la ambigüedad de la condición humana. En este sentido, la literatura sería siempre la misma y la intertextualidad inevitable, salvo por un detalle: en la diferencia entre los textos se expresa la duda que configura a los seres humanos, la inevitable duda de quien se estira hacia algo que anhela pero que, al mismo tiempo, no conoce:

La mínima vacilación, esa diferencia que marcan Esquilo y las Electra de Eurípides y de Sófocles frente al asesinato, dibuja la similitud fundamental de todas las escrituras entre sí, de toda creación literaria, mostrándonos de paso que hay una incandescencia, un fulgor, un color aún no reflejado. Es el vislumbre de un universo donde, casi como una lección o un reproche, la literatura ya no será necesaria porque los hombres —Orestes, Electra, Agamenón, Egisto, Clitemnestra, Hamlet y esas secuelas de ellos que somos todos nosotros—, todos los seres humanos en general, habrán resuelto y ya para siempre la duda: habrán resuelto no matar.6

Para Zurita la poesía —la creación literaria— no está centrada en el yo, no equivale al despliegue de lo que se ha llamado la función emotiva del lenguaje, sino que ella cuando alcanza las máximas alturas es una expresión del lenguaje mismo o, si se prefiere, de la totalidad de la experiencia humana que en el lenguaje se condensa y coagula.

Esta idea vuelve una y otra vez en los ensayos reunidos en este volumen mostrando que Zurita es, como pocos, un poeta consciente de lo que a través suyo se expresa. Al comentar, por ejemplo, los Cuadernos de Temuco de Neruda (publicados por Víctor Farías), repara en el hecho de que el poeta nunca los quiso publicar a pesar de que ellos mostraban talento y juzgados por la medida de la edad de quien los escribía, pudieran parecer notables. Lo que ocurre entonces es que esos cuadernos muestran la distancia inconmensurable que media entre la subjetividad de un hablante, el joven Neruda en este caso, y el misterio de que es portadora la poesía concebida como la palabra que hurga en lo humano a pesar de que casi siempre sale con las manos vacías:

un poeta no es más que una disposición, un estar disponible para que la poesía (o como diablos quiera esta época atroz llamarla) tome la voz y ocupe en concreto un cuerpo, un tono, unas palabras.Y serán exactamente ese tono, ese cuerpo, esas palabras. No existen los poemas malos, lo único que existe es esa arrobadora, incomprensible, demencial compasión por los actos y sucesos humanos que se denomina el poema. Eso es lo que son las obras maestras de Pablo Neruda y lo que no pudieron ser estos cuadernos.7

Esa idea del poeta como disposición sería la que aparece en la obra de Nicanor Parra, en la que no es el poeta quien habla sino el lenguaje el que se revela a través suyo. El lenguaje es un Otro que nos constituye, portador de vida propia y en vez de ser un instrumento de expresión del hablante o de quien escribe, se expresa a través de él. El poeta, por decirlo así, escucha y repite lo que dice ese Otro que, por debajo de la estructura de clases, las diferencias étnicas y las distancias, nos constituye:

Parra apela de ese modo a la democracia irrecusable del habla, a su propiedad comunitaria y compartida. La eliminación de las jerarquías del habla, junto con liberar toda la potencia creativa del lenguaje, todo su poder desacralizador y a la vez encantatorio, nos hace ver un terreno común donde los seres humanos, al igual que sus palabras, carecen de jerarquías y por ende son profundamente iguales.8

Pero de todos los ensayos de este libro, quizá el dedicado a Eduardo Anguita sea el que revela de forma más flagrante, y es probable que de manera involuntaria e inconsciente, esa idea que Zurita tiene de la poesía, esa vocación que lo consume. «No existe ningún poema escrito en nuestra lengua —dice allí— que pueda prescindir de Dios y del mito cristiano de la resurrección, que eso es absolutamente independiente de las creencias o certezas de la persona civil que escribe».9 No es esa una confesión de fe sino una descripción de la forma en que la poesía, la verdadera poesía, se encuentra atada a la problematicidad de la propia existencia. Venus en el pudridero, el magnífico poema de Anguita, sería el esfuerzo por mostrar el derecho y el revés de la condición humana y, de esa forma, el intento de contar con una lengua donde Dios, o aquello que los hombres y las mujeres experimentan cuando se asoman al abismo de la noche oscura, ya no sea necesario. Ese poema es así:

uno de los intentos más extremos que las palabras han levantado para rebelarse contra el Dios que las gobierna y poder ser ellas en sí mismas la eternidad, el tiempo, la vida y la muerte, y extirpar así a ese Dios del horizonte de las lenguas humanas.10

Hay pocos poetas más conscientes de la índole de su quehacer que Raúl Zurita, alguien que escribe una poesía de rara y sorprendente lucidez, capaz al mismo tiempo de intuir el lugar que ella posee en nuestra existencia, y por eso este libro puede leerse como una reflexión del sitio que las palabras poseen en la condición humana y también como una confidencia del poeta Zurita acerca de sí mismo, del dolor que lo constituye y que su poesía ha logrado, extrañamente, transmutar en alegría y en esperanza no sólo para él sino para todos quienes hacen la experiencia única de leerlo.

POESÍA Y NUEVO MUNDO

Por mí se va en la ciudad doliente.

Por mí se va en el eterno dolor.

Por mí se va tras la perdida gente.

La justicia movió a mi alto constructor,

me hicieron la divina potestad,

la gran sabiduría y el primer amor.

Antes de mí nada creado se encuentra

sino lo eterno y yo eterno duro.

¡Dejen toda esperanza ustedes que entran!

Está allí, trazada en la entrada del infierno, en el tercer canto de la Divina comedia, pero como la deriva humana pareciera complacerse en lo más desolado de la ficción, esos versos han terminado por pertenecerle más al mundo que al poema. Desde el punto de vista de la erudición histórica probablemente no es más que un sentimentalismo, pero al recordar algunos de los episodios de la conquista de América he llegado a imaginarme que fue esa inscripción, más incluso que los mismos barcos españoles, la que precedió la llegada de Europa a estas tierras. En esa sentencia, el infierno dice de sí que antes no hubo cosa creada sino la eternidad y que, por tanto, ella es anterior a la creación del hombre y a la idea misma que le da sentido: el pecado. Esta paradoja encarna una cima de fatalidad que ha encontrado y sigue encontrando en los resumideros de nuestra historia su más desgarradora resolución. En el otro extremo, hacia el final del «Paraíso», Dante alcanza a vislumbrar a Dios y se da cuenta de que tiene el color del rostro del hombre, no de una cara en particular, sino el color de la faz del humano. Más allá queda la plenitud de lo inenarrable y el poema termina con la visión de las estrellas movidas por el amor. Insistiendo en ese sentimentalismo fuera de moda, también me ha parecido ver allí el anuncio del final de toda conquista.

En realidad, es la misma paradoja: los poemas arcaicos, tanto las primeras épicas como los profetas hebreos, habían ya entrevisto esa sombra de lo sacro que excede lo expresable, pero es con el Edipo en Colono de Sófocles, antes que con el cristianismo, cuando esa presencia alcanza el fulgor de la redención. Es la muerte de Edipo: nadie ha sufrido tanto y, como en un sueño, su fin contiene, al menos potencialmente, la frase más hermosa que jamás se haya escrito: «Y tenía en su rostro una expresión tal de paz y de dulzura que ningún mortal podría describirla».

Su muerte misma es entonces una epifanía, y lo que se nos dice de ella es que no hay palabra alguna para describir esa expresión de paz y de dulzura. Nunca nadie desde este lado de las palabras había llegado a ese albor de lo que ya está más allá del lenguaje. Luego, entre la belleza incolmable de esa redención y las estrellas dantescas aparecerán los testamentos bíblicos, Platón, la patrística, y el rigor de lo indecible irá poco a poco encontrando en el Viejo Mundo sus espejismos y encarnaciones concretas. Descendientes tardíos de esas encarnaciones hoy sólo pueden hablarnos a través de mitos e imágenes. Su elocuencia radica en que son las experiencias reales las que, de tanto en tanto, nos hacen volver a esas viejas imágenes en un retorno que es también una paradoja: el regreso al Nuevo Mundo, a un mundo que aún no nace.

Es el vislumbre de lo no dicho, de un corazón sin palabras atascado en el centro mismo de la vida. En rigor, cualquier persona que haya experimentado alguna vez un sentimiento extremo de dolor o de angustia conoce ese corazón y sabe que hay cosas que jamás tendrán acceso al lenguaje, que nunca podrán alcanzar el umbral de las palabras, porque expresar es ya, al menos, oír el eco de la propia voz que responde. Porque el sufrimiento no tiene respuesta, y quien logra desde allí decir lo que le sucede es alguien que, aunque sea en el límite de la precariedad, ya ha optado por vivir. Sin embargo, análogamente, como en la paradoja del infierno, aquello que nunca llegará a las palabras, que jamás tendrá una expresión de ellas, constituye la base, el soporte de cualquier habla. Esa mudez innombrable entonces, eso que jamás podrá ser dicho, es lo que podemos llamar el «infierno» de toda poesía.

Pero cualquiera que haya tenido también una experiencia absoluta de amor, de ese encuentro infinito frente al otro, sabe de igual modo que cualquier cosa que se diga en ese instante —los perpetuos te amo o te adoro— está de más; sobra como las excrecencias de un estado de comunicación lamentable donde los treinta mil años que llevamos intercambiando gruñidos, gestos, palabras, se revelan como la historia del malentendido. Simétricamente, entonces, aquello que excede para siempre todo el lenguaje, ese amor que nos revienta, que nos arrasa, es lo que podemos llamar el «paraíso» de toda poesía. Entre ambos extremos nos resta el «purgatorio» de las palabras o, lo que es lo mismo, el largo itinerario de una cura: aquello que los hebreos llamaron la historia de la salvación.

Herederos de esa historia, nos ha tocado a nosotros también ser la memoria viva de su condena. Los hispanoparlantes de este continente hablamos una lengua que guarda de una u otra forma en cada palabra, en cada giro, en cada una de sus letras el recuerdo de las condiciones en que esa lengua se impuso. Hablar es siempre hacer presente una historia, y ello no es privativo de nosotros; sin embargo, lo que particulariza lo sucedido en estos territorios es que la magnitud de esa imposición y sus consecuencias hicieron del mundo otro mundo que no tiene parangón en la historia humana. En los países americanos de habla castellana ejercer el lenguaje es repetir de manera constante las marcas que significaron la implantación de ese idioma entre nosotros. La historia que hemos ido levantando comienza así con un arrasamiento, y será la escritura la que vuelva siempre a ese origen. En cada párrafo de los primeros escritores de estas tierras —en los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega, en la Nueva corónica y buen gobierno de Felipe Guamán Poma de Ayala o en La Araucana de Alonso de Ercilla— están ya contenidas las condiciones presentes de nuestra habla; y la endémica incapacidad de estos países para edificar proyectos sociales permanentes no es ajena a esa relación traumática con nuestra propia lengua. Singularmente, el primer acto con que aquí se instala esa lengua es el de un entierro. Tanto en los primeros balbuceos del castellano de Guamán Poma (quienquiera que haya sido), como en la magnificencia estilística del Inca Garcilaso, se muestran mundos colapsados, universos ya vueltos abstracciones, idealizaciones tardías, pero lo que se presenta sobre todo son muestras concretas.

Así, Garcilaso cierra cada capítulo de la Historia general del Perú, la segunda parte de sus Comentarios reales, con la narración de la muerte trágica de uno de los participantes en la guerra de la Conquista, y la obra termina con el relato de la ejecución del último descendiente del trono inca en la ciudad del Cuzco. El cortejo que avanza hacia el patíbulo está encabezado por un funcionario que enuncia a viva voz las culpas por las que se le condena a la muerte. Al escucharlo, el inca le pide al fraile que lo acompaña que le traduzca pues no entiende el castellano, la lengua bajo la cual lo van a matar (el capítulo es en sí impresionante, porque morir es siempre morir por razones expresadas en una lengua que no entendemos). Esa muerte reúne todas las muertes ocurridas por la lengua que hablamos y transforma la totalidad de los Comentarios reales, cada relato del antiguo esplendor incaico, cada detalle de sus templos, de sus construcciones, de sus costumbres, en los ornamentos fúnebres de unas exequias. Pero esas exequias serán, sobre todo, una condición futura, y la ejecución relatada por Garcilaso significará también, trescientos años más tarde, el sacrificio de los poemas de César Vallejo.

Paralelamente al Inca Garcilaso, Felipe Guamán Poma de Ayala (hoy está en fuerte discusión su identidad, pero eso cuenta para la iconografía de los nombres y de la historia, no para la poesía) recorre, en las postrimerías del 1500, el mundo andino escribiendo su Nueva corónica y buen gobierno, conocida también como Carta al rey, y en la cual le propone al rey de España la instauración de un orden nuevo que reconciliaría definitivamente los dos mundos: el incásico y el español. La inmediata pérdida y olvido de esa carta describe concreta, exactamente, el suicidio que trescientos sesenta años después cometerá José María Arguedas. El autor de Los ríos profundos y de El zorro de arriba y el zorro de abajo (que contiene un diario donde relata paso a paso el proceso que lo lleva al suicidio) muere el 28 de noviembre de 1969 de un pistoletazo en la sien por las mismas razones que hicieron que esa obra no llegara jamás a ningún rey y que, en cambio, fuese descubierta recién tres siglos más tarde entre los archivos de una biblioteca de Copenhague. Ningún mundo fue reconciliado, ni para Arguedas, y somos nosotros entonces los destinatarios de esa misiva. Al leerla, el lector es el monarca español. Al no atenderla repetimos la misma incomprensión, es decir, volvemos a condenar a Arguedas al suicidio y nos transformamos en los testigos cómplices de un doble asesinato.

Pero es en el origen de nuestra poesía donde esta empresa de rescate y sepultura encuentra su referencia más explícita. Son los cantos XX y XXI de La Araucana de Alonso de Ercilla. Allí, el poeta cuenta cómo una noche, de guardia después de una batalla con los araucanos —estos habían sido derrotados y el campo estaba cubierto de cadáveres—, ve deslizarse una sombra entre los muertos. En el momento en que va a descargar su espada se da cuenta de que es una mujer; su nombre es Tegualda y se encuentra allí buscando los restos de su amado Crepino.

Su primer impulso es matar; sin embargo, escucha su historia y finalmente es él mismo quien le entrega el cuerpo para que ella pueda llevárselo y enterrarlo junto a los suyos. La grandeza de este acto matricial, arquetípico, ya presente en la Ilíada y que cruzará el arco completo de las obras que se escribirán en nuestro continente, radica en que es el poeta mismo, Ercilla, el que permite realizar el acto del entierro. De allí en adelante la misión del poeta no será otra que la de darle sepultura, a nombre de sociedades que no han querido o no han podido hacerlo, a toda esa fila interminable de cuerpos que, caídos, victimizados, arrasados por y en la lengua que nosotros hablamos, continúan deambulando en el eje de nuestro idioma sin encontrar siquiera la sanción de un entierro. Tanto La Araucana como las obras del Inca Garcilaso y de Guamán Poma sintetizan una enorme literatura augural, representada por los cronistas y por los primeros escritores nativos, iniciando así nuestra pertenencia a este mundo. Por ellas un tipo de hombre en particular opta por su habla y comienza el itinerario de su cura. Lo que debe ser curado es la herida irredenta: la muerte sin exequias. Desde Garcilaso y Guamán Poma, entonces, hasta Vallejo y Arguedas; desde Ercilla hasta Neruda; desde los cronistas españoles e indígenas de la Nueva España hasta Fuentes, Rulfo o García Márquez, el recorrido de toda nuestra literatura ha mostrado las huellas de un idioma en que cada uno de los hablantes busca su salida en la promesa del Nuevo Mundo. Cada generación de esc

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