Bad hombre

Pola Oloixarac

Fragmento

Bad hombre

Esta es una historia real y, como tal, debe incluir una confesión. Entre 2016 y 2018 fui contactada por distintas mujeres para que las ayudara con una tarea muy específica: querían arruinarles la vida a ciertos hombres. Las acusaciones variaban, pero eran terribles, incluso escalofriantes según el caso; el asunto era urgente, y requería actuar de forma rápida. Ellas no se conocían entre sí, pero yo conocía a algunos de los hombres en cuestión, y por eso me escribían. El plan era unirnos para darles un castigo ejemplar: que las vidas normales de estos hombres, tal como habían transcurrido hasta entonces, desaparecieran bajo los escombros de una revelación que los marcaría de manera irreversible.

Algunos de estos hombres eran mis amigos, con otros mantenía cierta camaradería cordial; a otros no los conocía en absoluto. Lo mismo podría decir de estas mujeres: algunas eran amigas, y a otras no las conocía para nada. A veces eran mensajes que me llegaban por email, por Facebook o Instagram, avisándome que equis hombre era buscado por violador, o por haber cometido actos de violencia de género; otras, fueron mujeres que me contactaron para decirme que alguien a quien yo conocía era un violador serial, y me invitaban a formar parte del castigo. Sentí la atracción del contagio y del secreto, de que algo terrible había pasado y que había que hacer justicia, de que cierta conjunción de circunstancias me volvía parte de su historia y me conectaba con su peligro, con la zona de oscuridad de donde venían. Había entrado en un teatro de operaciones marcado por la furia y un espíritu de época que se abría como un permiso, una oportunidad. La etiqueta #Hermanayotecreo acababa de formarse en las trincheras online, una bola incandescente que prendía la conversación al rojo vivo: cada día surgía una nueva acusación, un nuevo hombre señalado, como si todas hubieran decidido hablar al mismo tiempo y un remolino de catástrofe y espanto arrastrara a los culpables. Entré, de un día para otro, en una situación detectivesca, organizando encuentros discretos con algunas de estas mujeres y analizando mensajes intensos que corrían bajo las palabras. No tardé en encontrarme con los hombres también —aunque eso no formaba parte del plan inicial—. Empecé a juntarme con ellos en secreto y a pagarles las copas para hacerlos hablar. Quería entender qué habían hecho, qué había pasado, quiénes eran de verdad.

Por esa época, Donald Trump había puesto en boga la expresión bad hombres, que me fascinó al instante: se refería a masculinos que hablaban en español (latinoamericanos que, como yo, vivían en Estados Unidos) y cuya presencia era indeseable en ese país; seres que, de una manera más general, no formaban parte del Estado de derecho, porque para ellos el destino que les era más apropiado era esconderse o escaparse de la policía. Las feministas y los seguidores de Trump no eran las mismas personas, ni tampoco tenían una ideología en común (de hecho, estaban en las antípodas), pero había algo clandestino y viral en esos bad hombres, como el encuentro surrealista de una máquina de coser y de un paraguas en una mesa de disección, solo que en lugar de una máquina y un paraguas se trataba de dos guerras culturales diferentes, inclinándose sobre un hombre que ya había sido declarado culpable y yacía, sin poder oponer resistencia, a merced de un escalpelo furioso.

Desde el principio, consumí a cada uno de estos bad hombres que de pronto habían llegado a mis manos como se consume una historia. Me sentí guardando cierta distancia como ante una bestia, algo de lo que no se puede hablar y sin embargo no deja de transmitir señales: una cosa amorfa, viva, que está temblando, a la que es peligroso acercarse, que circula por debajo, que no puede simplemente hablar para transmitirse, a la que no le basta decir para explicar su verdad. Al principio, fue como si me hubiese contagiado de una enfermedad de la que no podía deshacerme, que se había encaramado sobre mí y que no podía extirpar; luego, con el correr del tiempo, empecé a sentir que me volvía parte de un cuerpo nuevo y brutal.

VULVA INTER VULVAE

En junio de 2017, cuando aún vivía en San Francisco, recibí un mensaje de mis editores alemanes. Querían hablar por teléfono. No conocía la voz de Marco, el editor en jefe, no lo había visto nunca, pero era evidente por el tono cortante del email que se trataba de un asunto urgente. Estaban preocupados, el director del Festival Internacional de Literatura de Berlín (a donde me habían invitado) los había contactado, les había pedido explicaciones y ellos preferían hablar conmigo antes de que el director mismo me llamara. Su amabilidad y su cortesía le volvían difícil transmitir lo que había pasado: estaban estudiando suspender mi participación en el festival de Berlín, me dijo sin respirar. Había llegado una carta del despacho del director del festival donde se le informaba que yo era una “voz negacionista” (negationistiche Stimme). Una vez que logró decirlo, Marco repitió negationistiche Stimme como en un ensueño atroz, ¿entendía yo qué significaba eso? ¿Lo que eso implica en Alemania? La carta insinuaba que se realizarían “escraches” contra mí en el aeropuerto de Berlín y en el festival, por lo que recomendaba que se me retirase la invitación.

¿Era yo antisemita? ¿Participaba en grupos antijudíos, había publicado o dicho algo negando la existencia de la Shoá? ¿Había puesto en duda el peor crimen de la historia de la humanidad, y esto acababa de surgir a la superficie, nada menos que en Berlín? Mis editores sabían que yo era “controversial” en Argentina, pero ni el Holocausto ni la Segunda Guerra Mundial eran mis territorios usuales; no obstante, en Alemania el negacionismo es un asunto punible por la ley, y por lo tanto no era una acusación que se hiciera livianamente, a menos que se tuvieran pruebas, porque hacerlo era justamente banalizar el Holocausto, con lo cual todos (mis editores, el director y yo) estábamos envueltos en un asunto serio, que no podía simplemente ignorarse.

Después supe que la misma carta había llegado al Ministerio de Relaciones Exteriores alemán y la Cancillería argentina en Alemania, siempre dirigida en el encabezado a la máxima autoridad. Lo más preocupante es que también había sido enviada por correo y por email a periodistas especializados en literatura latinoamericana, periodistas que habían escrito reseñas de mi novela Kryptozän en Alemania. Era un trabajo muy concienzudo, muy puntual, y sobre todo no había nada online. En el equipo del festival hicieron averiguaciones, pero no encontraron nada, ni acusaciones ni pruebas de las acusaciones. Sin embargo, eso no q

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