El cielo visible (Mapa de las lenguas)

Diego Recoba

Fragmento

El cielo visible

Todos muertos.

Pensé que iba a ser fácil. El tema me interesaba y quería ser yo quien escribiera la historia de Nuevo París. Como el militar en el cuento de Walsh con el cadáver de Evita, yo podía decir que «ese tema, ese tema es mío».

La Intendencia firmó un convenio con una institución europea de las que todavía quedan que están interesadas en los pobres latinoamericanos. Otra cosa a la que llegué tarde. Cuando era más chico veía la cantidad de plata que ponían los gringos en Latinoamérica, que había desbancado a África como objeto de expiación de culpa colonialista del primer mundo. Financiaban proyectos, becaban artistas, nos invitaban a todo, todo pago, escritores latinoamericanos como estrellas en Europa y Estados Unidos. Es verdad, en plan exótico, pero, bueno, por lo menos comías y tomabas bien, dormías en buenos hoteles, conocías lugares, te publicaban, y eso además hacía que, al volver, en tu lugar de origen te respetaran un poco más. Pero, primero por la crisis de la que hablan (qué gracioso es que los europeos crean que sus crisis son como las nuestras) y luego porque encontraron otros pobres más interesantes y exóticos, nos abandonaron. Encima, por culpa del progresismo, ahora en todo el mundo creían que Uruguay ya no era tercer mundo y no nos dan ni el premio consuelo. Pero la Intendencia enganchó a los últimos gringos compañeros y consiguió dinero para publicar una especie de enciclopedia sobre los barrios de Montevideo, y, como soy de Nuevo París y escribo, me ofrecieron hacer ese capítulo. Ya me imaginaba haciendo la clásica historia de Nuevo París como barrio de curtiembres, que, a medida que se instalaban esas industrias, se iba poblando de trabajadores y, como algunas eran de procedencia francesa y los franceses añoraban su tierra, le pusieron ese nombre al nuevo barrio. Desde la escuela escuché esa historia y siempre me pareció una estupidez. La fundación de un barrio, la colonización de un lugar, no es tan sencilla y reducida. Esa historia sin tensiones ni complejidades, sin enfrentamiento, sin lucha de clases, sin influencia del contexto local e internacional, sin hambre, sin explotación, sin sexo, sin deseo, sin muerte. Además, siempre pasaba lo mismo, contaban esa historia de las curtiembres desde fines del siglo XIX y, después, fin. Como si el barrio fuese el mismo que en 1901, que no hubiese crecido ni se hubiese destruido, como si lo viejo no hubiera muerto para darle paso a lo nuevo y como si un barrio no fuese en realidad algo en el medio de un flujo de personas, de familias, de poder, permanente, rabioso. Mezclas, vecindades, tránsito. No. La historia se seguía contando como si Nuevo París fuera un pueblo de Age of Empires en la edad feudal, unas casitas, una milicia, aldeanos cosechando y una comunidad pujante que trabaja para juntar plata y desarrollar tecnologías.

Empiezo a buscar. A llamar. A contactar gente. Todos muertos. Los de antes y los de ahora. Todos muertos. Porque los de antes, por razones biológicas, ya no están. Y los de ahora, por cuestiones misteriosas, destruyeron todo rastro del pasado. Ocupa lugar, se humedece si llueve o se inunda. Se llena de ratones. Lo mean los gatos. Lo cagan las gallinas. Donalo a Emaús. Prendelo fuego. Tiralo en la volqueta. Para qué queremos esas fotos de gente que ni siquiera sabemos quiénes son. Y estos objetos intentá venderlos y, si nadie los quiere, los tirás a la mierda. Y la ropa. Y estas hojas, estas cartas, estos libros. Todo al tacho. Nuevo París es un barrio con su historia enterrada. Primero me enojo, me indigno. Luego me inspira mucho respeto. Seguir para adelante sin equipaje. Una cosa de exploradores. Con el mismo sentimiento que los colonos de otrora. Para adelante. Las historias en nuestro recuerdo y nada más. Que sea el destino quien decida lo que debe permanecer. El ser humano como la imposibilidad de ir contra la naturaleza. Asumir la insignificancia de la humanidad en la historia del cosmos. Para qué empeñarnos en conservar documentos que certifiquen que vivimos y que fuimos importantes.

*

—Qué cosa que me molesta la gente que cree que en otros países del primer mundo todo es maravilloso y fácil.

No sé qué decirle al TZ. Estamos en un bar de Pueblo Victoria, decorado con temática tanguera, fotos de Troilo, Julio Sosa y Juan D’Arienzo mezcladas con las de otras glorias locales. Lunes de Clavel surgió como un día de encuentro porque nos gustaba tomar tranquilos y hablar de cualquier cosa. Las reuniones de la barra de amigos en general nunca posibilitaban esas charlas más sinceras y profundas, así que inventamos esa instancia con GT y MC. Nos juntábamos a las siete de la tarde. Tomábamos grapa con limón. Cuando nos emborrachábamos y el Bar Clavel cerraba, nos íbamos a la cantina del Uruguay Montevideo, a una cuadra, donde seguíamos la charla. Yo no estaba feliz siendo escritor en Uruguay, estar siempre sin plata y sin respeto. No te odian, pero tampoco te respeta nadie. Y no me daba cuenta de si valía la pena seguir dedicándome a eso. MC no sabía mucho lo que quería de la vida, probaba, cambiaba de rumbo, tomaba decisiones arriesgadas, pero seguía insatisfecho. GT permanecía encadenado a un pasado mejor. O a la idealización de ese pasado. No habría que haber llegado al 2000, repetía siempre; cuando la enfermera gringa se llevó a Maradona de la mano en el 94, tendríamos que habernos dado cuenta de que lo que venía en el mundo iba a ser cada vez peor. Un día el Clavel se incendió, así que empezamos a ir a un bar que quedaba cerca, el Bar del Darwin, donde un tiempo después, en esa noche, éramos más que tres. Además de los de siempre, estaban FT, que estudiaba percusión cerca de ahí y se había empezado a sumar a las reuniones; BP, que vivía en el Cerro y ensayaba esas noches, pero cuando volvía del ensayo a su casa se bajaba en el bar a tomar una; PF y TZ, que eran hermanos y venían juntos, porque TZ tenía auto, pero no sabía manejar, entonces le pedía a PF, que era el que realmente estaba interesado en sumarse a la juntada de los lunes, que lo trajera.

No sabía qué contestarle al TZ, aunque tenía mucho para decir. Me quedé callado, mirando la tele, que pasaba un partido de básquetbol. Nos juntábamos a hablar, pero podíamos quedarnos callados y evadirnos si así lo necesitábamos.

Qué es un buen trabajo en Uruguay. Quizás cobrar un buen sueldo y ser apreciado socialmente. Ser escritor o dedicarse a la literatura a través de otras tareas, como ser editor, crítico, docente o librero, significaba no percibir nunca un dinero digno por tu trabajo, y además socialmente eras casi que un vago.

Yo me quiero ir, no tengo opción. O me dedico a escribir o abandono por completo y me consigo otro trabajo. Si decido lo primero, no puedo hacerlo acá. Y necesito hacerlo, porque no quiero seguir la tradición familiar de ceder a lo que el entorno manda y abandonar lo que me gusta y me da placer.

—Tengo una amiga que te puede ayudar —me dijo FT luego de preguntarme si tenía ciudadanía europea o chance de sacarla y le respondiera que creía que no—. Investiga y les saca jugo a las piedras. Vas a ver que sí o sí encuentra un tano, un gallego en tu pasado, y en unos meses tenés pasaporte europeo.

La noche se fue apagando. MC me llevó en moto hasta mi casa. Era hermosa la sensación de ir medio en pedo con el viento en la cara. Cuando nos despedimos, me dijo:

—Hay que irse, hermano, hay que irse, y no volver.

*

La escritora española Elizabeth Duval aporta un dato interesante en un artículo en diario.es.

A finales de 2022 se publicaba un estudio en la Asociación Británica de Sociología sobre movilidad social en profesiones creativas. Sus conclusiones: el número de actores, músicos y escritores provenientes de la clase trabajadora se habría reducido a la mitad desde los años setenta. Si por entonces estaba en un 16,4 %, ahora estaría en un 7,9 %. Lo publicó The Guardian y no sorprendió a nadie. A lo mejor lo miramos con pesar, como la constatación de algo que ya sabíamos todos, y lo compartimos y hablamos, y luego de vuelta cada uno a sus quehaceres, y quizá lo compartimos y hablamos con fervor preciso si esos quehaceres implicaban seguir pagando el alquiler, currar, no contar con una red infinita de padres ricos y pisos caros en propiedad, pero luego volvimos a naturalizarlo e hibernamos hasta que surgiera el próximo artículo que nos dijera que la misma circunstancia se había agravado una vez más.

*

Poco antes de reunirnos con Alejandra, recibo un mensaje de un viejo amigo, que fue mi profesor en la facultad y que ahora es director de Cultura del Estado. ¿Querrá darme un trabajo bueno?, ¿funcionario? ¿Lo aceptaría? ¿No significaría el fin de mi carrera artística, como les pasa a todos los artistas que se transforman en administrativos de la cultura? ¿Tengo carrera? Mientras, Alejandra me cuenta cómo trabaja.

Me explicó hasta dónde podemos encontrar un ascendente inmigrante y la forma de, llegado el momento, forzar una situación, hacer trampa. Relató los vericuetos legales y, como si yo no supiera, los peligros de irse a vivir a Europa sin papeles. Me dijo que tenía familia en Málaga y en el sur de Italia y que, si alguna cosa se complicaba acá, había que seguir una línea, se iba para Europa a revolver cosas en los archivos locales. Pero que no me preocupara, que lo que hacía era acumular varios casos a investigar y que luego dividía los gastos de traslado entre todos los clientes. Me contó que toda su familia pudo irse gracias a gestiones suyas y que la clave fue que encontraron un vacío legal, una partida de un abuelo o bisabuelo que tenía errores o irregularidades, o que estaba borroneada, algo de eso, y que la pudieron acomodar para que sirviera. Y que antes de que se avivaran las autoridades, toda la familia aprovechó y se sacó la ciudadanía europea. Una vez que la tenés, no te joden, no revisan lo anterior, no van para atrás.

Pensé que mi caso era realmente difícil porque no hay archivo familiar ni tampoco mucho interés en nuestra historia. Pero después pensé que debe haber tenido casos peores, que uno nunca está tan mal como otros, que hay familias realmente complicadas y enrevesadas. Para empezar la historia de mi caso y para prevenirla también, le conté que yo la pasaba muy mal de niño cuando me mandaban a armar un árbol genealógico. Para todos era algo satisfactorio y divertido, pero para mí era un sufrimiento. Nada ayudaba. Primero: mi padre y mi madre. Ninguno tenía información concreta. Mi madre porque no le interesaba y tampoco sabía tanto sobre su familia. Y mi padre porque no contaba nada; era evidente que ocultaba información, que contaba mucho menos de lo que sabía. Lo que decía era siempre insuficiente y muchas veces confuso. De hecho, cada año en que tuve que hacer el ejercicio, noté que mi padre cambiaba la información que me daba. Segundo, un agravante, ambas familias eran enormes. Mi padre tenía ocho hermanos, cada uno con mil hijos, y mi madre tenía siete. Y mis abuelos lo mismo, creo incluso que mi abuelo materno tenía como quince hermanos y no los conocía a todos. Tercer problema, la segunda línea de información, mis abuelos. De nuevo, creo que hay familias peores, pero mis abuelos eran un problema siempre.

El padre de mi padre abandonó a la familia cuando yo era chico y nunca se interesó. No sabemos dónde vivía ni qué hacía. Pero con el tiempo nos fuimos enterando de cosas; una es que había tenido otro hijo, lo que me aumentaba el número de tíos, y otra, que había muerto hacía pocos años.

La madre de mi padre. No era muy simpática y habladora que digamos; era más bien lo contrario, chúcara, antipática, parca, de pocas palabras y con mala disposición a hablar de su familia y su pasado. Había tenido una vida difícil, su primer esposo la abandonó, el segundo fue asesinado, se quedó sola, pobre y con un montón de hijos; una de ellos con síndrome de Down y otro que, por mala praxis, quedó con serios problemas mentales, lo que décadas más tarde lo llevaría a ponerse violento, agredir a mi abuela, ser internado en un psiquiátrico, donde lo trataban como un animal, y posteriormente morir de manera misteriosa. Mi abuela no era fuente de nada. Además, como siempre vivió de forma muy precaria y se mudaba todo el tiempo, se fue deshaciendo de fotos y papeles de su pasado. Siempre parecía desear despertar un día y que toda su historia hubiera desaparecido, ser formateada, empezar de cero sin esa carga. Al final se murió y, cuando la vi muerta, le noté una expresión de alivio.

La madre de mi madre. No es mala, pobre, pero es medio la nada. Mira tele, come, cocina, toma mate y punto. Esa es su vida desde que la conozco. Tuvo un esposo que la maltrataba cuando llegaba borracho, que le prohibía salir a la calle mientras él estaba en el trabajo, y me imagino que se volvió un ente para evadir la vida que tenía. Quiero creer que fue eso, que antes de mi abuelo ella no era así, que tenía algún sueño, alguna motivación para vivir, algo. Cuando le preguntaba sobre la familia, no me aportaba mucho, era como que el mismo desinterés que tenía por vivir lo tenía ante mi trabajo escolar.

El padre de mi madre. Lo veía bastante seguido porque siempre vivieron cerca. Y se murió cuando yo tenía casi treinta. En esos años, solo una vez lo vi sobrio. Y me acuerdo de que, por un lado, me sorprendió no verlo en pedo y, por otro, me dio mucha pena notar que cuando no estaba borracho era algo menos que humano. Como si realmente le faltara el combustible. Aparentaba siempre veinte años más de los que tenía, pero el día que lo vi sobrio aparentaba cuarenta años más. No podía ni caminar ni hablar, deseé que volviera a empinarse un vaso de vino lija para recuperar a mi abuelo de siempre. A pesar de todo, era el único que tenía interés por su pasado, se acordaba de alguna cosa y además le importaba acordarse. Pero, como estaba siempre divagando, no sé qué de todo lo que me contó era cierto.

Cuarto problema, mis tíos y primos. A ninguno le importaba en lo más mínimo la historia de la familia. Todos tenían trabajos de mierda y muchos hijos que alimentar y criar, y la vida se les iba en eso. Igual, con ellos sí tengo mejor relación y los quiero mucho. Debe ser porque a todos los conocí antes de la rendición. Los vi con sueños, con planes, viviendo la vida con placer cuando eran niños y en los primeros años de la adolescencia. Los conocí vivos, y eso me da esperanza: soñar con que el día de mañana todo deje de ser tan complicado para ellos y vuelvan a ser lo que eran antes.

Le conté todo eso y me di cuenta de que, como introducción, ya era mucho. Así que luego me dediqué a decirle lo que recordaba, lo poco que había podido averiguar sobre mi familia antes de mis abuelos. Le dije que de mis abuelos la única viva era la madre de mi madre, pero que hablar con ella era lo mismo que la nada. Le expliqué que hay muchas separaciones y cambios de apellido y problemas de tutorías, de patria potestad y esas cosas, pero no pareció asustarse. Le dije que fuera directo con la única persona que podía ayudarla, la única interesada en nuestro pasado, en conservar fotos, en recopilar material, en contactar familiares vivos, y también la única que tuvo contacto con mi abuelo después de que nos abandonó. Es cierto, estaba un poco delirante, mezclaba a veces la realidad con su fantasía, pero era la única persona con la que había que hablar y ya, porque tenía casi ochenta años. La hermana de mi padre, la tía Nelly.

*

La última vez que había ido a la Dirección de Cultura todo era muy distinto. Era 2002 y recién empezaba la carrera en Letras. A pesar de lo que todos nos decían en la facultad, quería trabajar de la literatura. Armé un currículum que me quedó de una página, tratando de apretar todo para ahorrar en impresión, fui a la fotocopiadora, hice como cincuenta copias y salí a repartirlas. Lo primero fue ir a las librerías. Todas me rechazaron diciéndome que el sector estaba en crisis y que las librerías iban a desaparecer. Después fui a las editoriales. Los editores me intimidaban un poco, entonces lo que hacía era tirarles el currículum por debajo de la puerta y tratar de irme rápido de ahí. Busqué en la guía y encontré solo cuatro direcciones. Fui a Santillana, por la calle Blanes, después no sé si era Planeta o una de esas, en calle Cuareim, Trilce en Durazno y Eduardo Acevedo y Fin de Siglo en Eduardo Acevedo cerca del BPS. En Trilce tuve la mala suerte de que justo cuando estaba pasando el currículum por debajo de la puerta, la abrió una muchacha que trabajaba ahí y le tuve que explicar, con mucha vergüenza, el motivo de mi visita. Me dijo que fuera más tarde, que estaban los editores. Y nunca volví. También dejé uno en Banda Oriental porque de casualidad pasé por la puerta de la calle Gaboto, yendo a facultad, frente a una panadería que siempre tenía los bizcochos viejos. Después empecé a ir a las instituciones, Fundación Bank Boston, B’nai B’rith, el Goethe, y luego la Intendencia y el Ministerio de Cultura. La Intendencia me llamó la atención porque el pasillo que contiene todas las oficinas relacionadas con Cultura está siempre vacío y en silencio. Dejé en varias puertas mi currículum y me quedó la sensación de que ahí no había nadie, que estaba desierto, que esas no eran las oficinas. A veces apoyaba la oreja a ver si escuchaba algo, por lo menos un ronquido, el ruido de unas manos tecleando una computadora, pero nada. La Dirección de Cultura me decepcionó un poco. No sé por qué esperaba movimiento, artistas por los pasillos haciendo perfos e intervenciones, música, gente copada; y lo que me encontré fue un edificio de oficinas al mejor estilo de la DGI. La misma energía, la misma estética. Las personas que trabajaban en las oficinas no parecían artistas ni críticos ni académicos ni gente copada, sino inspectores de Cutcsa. No sabía dónde dejar el currículum, así que tiré uno debajo de cada puerta y me fui rápido. Pero cuando volví, varios años más tarde, a hablar con mi viejo profesor, me dio la sensación de estar en otro lugar.

—Nos están robando nuestro patrimonio. Los argentinos, la academia del primer mundo, las multinacionales. Y el Estado uruguayo, nada. No le interesa. Mirá Felisberto, mirá Armonía, Marosa, Levrero, Onetti. Todo rescatado y publicado por editoriales extranjeras, estudiado en universidades extranjeras, canonizado por el sistema hegemónico extranjero. Me cansé de que pase eso. Vamos a dejar de hacernos los distraídos. ¿Qué sabés de Mirtha Passeggi?

No sabía mucho, pero ya me había dado cuenta de que me iba a ofrecer un trabajo y no podía desaprovecharlo. Tenía que tirarle sobre la mesa todo lo que me venía a la mente, vender un poco de humo. Le dije que era una escritora de la generación tapada por el 45, y ahí la cagué. «¿Cómo que tapados por el 45?», me dijo, ofendido, creo que porque también él se sentía de esa generación, aunque fuera más joven que ellos. Le expliqué que sí, que no me podía negar que los del 45 habían sido muy solidarios y que se apoyaron y se difundieron mucho entre ellos y a los autores que les gustaban o que de alguna forma legitimaban sus propias estéticas; pero que con los otros habían sido medio jodidos. No me lo negó, estaba interesado en que siguiera. Le dije que, como ejemplo, estaba esa generación de los nacidos en los treinta, que siempre habían tenido encima la pata de los del 45, que fueron publicados y mencionados y destacados cuando al 45 le interesaron, pero que, luego, cuando ya ni bola les dieron, quedaron todos en el olvido. Le redoblé la apuesta, le dije: «A ver, no hablemos de autores buenos o malos o que nos gusten o no, ¿a qué autor de esos le fue bien o pudo hacer una carrera medianamente luminosa, en lugar de apagarse rápidamente y ser tragado por la historia?». Hablamos de Banchero, a los dos nos gustaba, pero no era la excepción a lo que yo decía; de Galeano, pero le dije que Galeano se había ido, que no contaba, y que además era del 39, casi del 40. Hablamos de Zitarrosa, que no contaba porque su reconocimiento era por ser músico y periodista; Rosencof tampoco contaba, por ser líder tupamaro; Puig era del 39, pero le pasaba lo mismo que a Benavides, Eyherabide, Hiber Conteris y Galmés, que no habían podido salir del pequeño círculo y cuyo reconocimiento, en algunos casos, había sido posterior a su muerte. Jorge Onetti era un buen ejemplo, había publicado un par de libros con cierto suceso en Uruguay y en Argentina, pero luego se había ido a España y allí, al menos como autor, se había apagado. ¿Alguien se acordaba de Somma, Bocage, Paseyro, Musto, Lacoste, Paganini? Ahí me corrigió, creía que Paseyro y Bocage eran un poco mayores. La única excepción que se nos ocurría era la de Circe Maia, pero es cierto que su repercusión mayor fue en estos últimos años. Bueno, no importa, lo de Passeggi era igual. Quedó en silencio, meditando mi teoría, que parecía muy trabajada, pero que en realidad era un bolazo sin muchos argumentos, inventada en el momento para hacerme el capo frente a quien podía estar por ofrecerme un trabajo.

—Bueno, pero ¿qué más sabés?

Le dije que aparecía en un tomo de Capítulo oriental, mencionada como una narradora y poeta, pero que no sabía nada más.

—Eso, eso mismo —me dijo—, pero ¿sabés qué?, acá nadie sabe quién es, pero en las universidades del primer mundo la están empezando a estudiar. Sobre todo, su novela El grito de un grotesco pájaro, de 1960. Hay que anticiparse. Vamos a sacar una reedición de esa novela por su cincuentenario. Por eso, quiero contratarte para que hagas una investigación. Necesito que averigues quién tiene los derechos de su obra. Y tenemos que apurarnos, porque Gandolfo me pasó el dato de que hay unos argentinos que la quieren reeditar.

Firmamos un contrato. Me dijo que me iba a pagar bien porque necesitaba premura y exclusividad de mi parte. Le dije que sí. Mentira. No sé de dónde sacó este buen hombre que con un solo trabajo, pagado por el MEC, uno podía vivir.

*

Hay una versión distinta a la que me contaron en la escuela. No se trataría de un barrio fundado por franceses dueños de las curtiembres y mataderos, sino que el barrio ya existía gracias al establecimiento allí de familias italianas, canarias y gallegas, y que luego fue que llegaron los franceses, mucho tiempo después y cuando ya se lo consideraba un barrio. Lo que esta versión no aclara es por qué, entonces, se llamaría Nuevo París. Pero hay otra que imagino se enfrentó a este mismo problema y que afirma que, cuando se fundó, se llamaba San Antonio, lo que explicaría que la iglesia de Nuevo París se llame así. Como sea, las tres versiones, o las dos versiones y media, porque la tercera en realidad es una variación de la segunda, no están documentadas. Nada. Son rumores que se han ido repitiendo en el tiempo y que además nunca, pero nunca, se han puesto bajo la lupa.

Luego de ir a las instituciones que gobiernan el barrio en un primer nivel, Centro Comunal Zonal, Municipio, Alcaldía, y no encontrar nada, me dirigí a la Intendencia de Montevideo, y tampoco. En el Centro Municipal de Fotografía encontré las mismas fotos que veía en la escuela y que no aportaban mucho, y en los ministerios nacionales mucho menos. Todos muertos.

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Un vecino, peluquero de esos a los que nunca se le conocieron clientes, me presta cuatro mapas que eran de su padre.

En el de 1923, elaborado por Capurro y Cía. y editado por la agencia Publicidad, se puede apreciar que la calle Timote seguía siendo un largo camino sin intersecciones, con campo de un lado y del otro. Lo mismo toda la franja que quedaba al sur de Julián Laguna. Aldao era una calle importante, porque era la única, además de Yugoeslavia, que cortaba Santa Lucía. La calle Yugoeslavia se llamaba Camino de la Tropas y la calle Emancipación era Camino Melilla.

En el mapa que Flores Chans y Cía. le encargaron a Arturo Carbonell Debali en 1918, Nuevo París es una zona desierta. Solo la atraviesa el Ferrocarril del Norte. Al norte la limita Doctor Pena, al sur el Camino al Paso de la Arena y al este la Cuchilla de Miguelete. Garzón se llama Carretera a Las Piedras. El Paso Molino está al este de Boulevard Artigas, y no al oeste como corresponde. Al sur de Nuevo París está Victoria. La Teja es únicamente la parte donde están las refinerías.

En el mapa que G. Soler hizo para el diario El Día, al igual que en el de Carbonell, Nuevo París es una zona desierta. Yugoeslavia ya se llama Yugoeslavia.

En el plano de 1910, realizado por Emilio Juanicó y Silvio Valz Gris, Emancipación se llama Camino al Prado y General Hornos se conoce como Camino Melilla. La calle Carlos de la Vega se llama Camino al Paso de la Arena y Simón Martínez figura como Camino a la Barra Santa Lucía. La Avenida Garzón se llama Camino Real a Las Piedras. Pena ya es Pena. Todo el barrio al sur de Paso Molino, donde ahora está, por ejemplo, el club de Bochas Universal, se llama Campos Elíseos.

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Hay dos iglesias importantes en mi vida: San Francisco de Asís y San Antonio. La primera es una gran iglesia, construida entre 1896 y 1903, que hasta el día de hoy es de los edificios más imponentes de Nuevo París y quizás de los más altos, si se toma en cuenta su campanario o su frente, coronado por una imagen de Francisco que mira hacia Belvedere. Es significativa porque allí bautizaron a mi hermano y fue un momento especial para todos. Mi hermano nació sietemesino y pasó sus primeros meses de vida con una salud muy frágil por cuestiones respiratorias. El año 1989 y el principio del 90 los recuerdo entre la escuela, el Hospital Italiano, las carpas de oxígeno, mis padres siempre allí y yo en casa con mi tía Blanca. Un doctor les dijo a mis padres que ya no había nada que hacer, que era cuestión de horas para que muriera. Mi madre abrió la carpa, desconectó a mi hermano y caminó con él las dos cuadras que la separaban del Hospital Pereira Rossel; explicó la situación, lo internaron de nuevo y a los días estaba bastante mejor. Pero durante mucho tiempo mi hermano iba y venía de casa al hospital. Cuando pudo quedarse en casa definitivamente fue una alegría y un alivio para todos y la primera salida que hizo fue cuando lo llevaron a bautizar. En las fotos mi padre aparece con peladillas en la cabeza provocadas por los nervios y mi madre tiene la cara demacrada, pero ahí estamos, como familia, saliendo de lo peor juntos.

Esa iglesia es importante también porque es la esquina de una manzana entera de edificaciones que contienen las oficinas y los dormitorios de los capuchinos y el colegio donde hice la escuela y parte del liceo. No había muchas chances de ir a la iglesia mientras estábamos en la escuela. Los capuchinos eran medio celosos de su lugar y no querían que fuéramos a joder. Teníamos catequesis, pero no en la iglesia, sino en un salón horrible, helado en invierno y caluroso en verano, y con mucho eco. Solo íbamos para los actos patrios del 18 de julio, 19 de junio y 25 de agosto y para la comunión y su preparación, pero, como yo no la tomé, no iba. Era un lugar imponente en el contexto de Nuevo París. El cura en esos años era Víctor Hugo, que no era muy simpático ni nos daba mucha entrada como para caerle en cualquier momento. Pero en el liceo empecé a ir más seguido. Me anoté en un grupo de animadores, o sea, nos juntábamos para organizar jornadas recreativas para los más chicos, campamentos, paseos, cosas así. Y el lugar de reunión era un cuchitril en el primer piso al fondo de un pasillo. Veníamos viendo hacía tiempo una puerta trasera que no sabíamos a dónde daba y que estaba siempre cerrada, hasta que un día la abrimos. La puerta daba a un lugar que, después nos enteramos, es donde por lo general se ubicaba el coro o el órgano, una especie de balcón desde donde se veía toda la iglesia. Estaba lleno de papeles viejos, telarañas, mobiliario escolar de principios de siglo y, sobre todo, estatuas de santos mutiladas, cabezas, brazos. Y ese olor, que no se parecía a nada, olor a tiempo detenido.

La otra iglesia era la de San Antonio, donde me bautizaron a mí. Yo no tengo recuerdos, solo una foto con un montón de personas vestidas de los ochenta con reminiscencias de los setenta, como mi padre, que está con un pantalón de pana marrón medio oxford. Quedaba a una cuadra de mi casa, por eso seguramente había tantos vecinos, además de mis padrinos, Néstor y Sonia. Ellos no eran familiares, lo que se estila en padrinos y madrinas, sino los primeros patrones de mi madre. Para escapar de su casa, mi madre se había conseguido un trabajo con cama cuando tenía catorce años. Vivía en Playa Pascual y pasó a vivir en Nuevo París, en la casa de un matrimonio de trabajadores con dos hijos, limpiando la casa y cuidando a los niños. Instalada allí conoció a mi padre, un hombre que alquilaba una piecita en el fondo del pasillo. La iglesia era mucho más austera y humilde que la de San Francisco. Una construcción precaria de ladrillos que en su frente, por la calle José Llupes, tenía solo una cruz en el techo y en el fondo, que daba a la calle Julián Laguna, tenía un comedor popular. Nunca más volví a ir, aunque pasaba todos los días por ahí cuando iba a Emaús a comprarme ropa, libros o discos, a jugar al fútbol a la placita San Antonio, a la feria de los domingos o a visitar a mi abuela. No volví a ir hasta que más de treinta y cinco años después entré a averiguar si sabían algo sobre la historia de Nuevo París. Me atendió una monja joven. Le expliqué mi inquietud y me llevó con Aurora, la del archivo. Al hablar con la señora, le dije que me parecía extraño que en una iglesia tan chica hubiera un archivo. «Así le dicen las gurisas —se rio—, es un lugar donde guardamos cosas importantes, ¿vos no tenés uno en tu casa?». Entendí lo que me quería decir, pero no, en mi casa no tengo un lugar así, creo que porque cambio de casa todo el tiempo y he tratado de no tener cosas importantes por miedo a perderlas o a que trasladarlas obligatoriamente sea una carga. Me explicó que el llamado archivo empezó casi sin querer. En 1963, Ester Vidal, una fiel de la iglesia y vecina del barrio que era muy meticulosa a la hora de guardar sus papeles, documentos, cartas y fotos, al ser diagnosticada con una enfermedad terminal y no tener muchos familiares, le pidió a la iglesia si podía cuidar su archivo, que creía podía servir en el futuro. La iglesia no encontró motivos para decir que no y juntó todo en unas cajas, las puso en un lugar seguro y listo. Pero la bola se corrió y, a partir de ahí, muchos vecinos, al morirse, legaban a la iglesia sus documentos, diarios, periódicos, fotos, cartas y hasta recetas de cocina. También lo hicieron durante la dictadura algunos vecinos que debieron partir al exilio o esconder sus cosas de las fuerzas represivas. Con el correr del tiempo, cuando la iglesia empezó a tener un lugar residual en la vida diaria de la comunidad y los fieles empezaron a ser cada vez menos, dejaron de llegar donaciones, pero el archivo es enorme. Estanterías del piso hasta el techo, llenas de cajas y cajas ordenadas por nombre de donante. Me contó que tuvieron que comprar cajas de plástico porque era un lugar húmedo y algunas cajas se estaban empezando a deteriorar, pero que casi todo el material estaba intacto. «Para lo que necesitás, capaz te conviene consultar el archivo Locatelli, pero te advierto que es mucha cosa». Mónico Locatelli nació, vivió y murió en Nuevo París. Fue periodista toda su vida y su archivo estaba formado por innumerables fotos y periódicos barriales desde la década del cincuenta hasta fines de siglo, que fue cuando murió. Entre el material donado también hay un libro suyo inédito, El canto de los ríos, donde Locatelli hace un repaso de su vida, de su carrera y también del tiempo que le tocó vivir. Gracias a una lectura rápida, pude saber un poco más de él. Su padre, Gianni, era un abogado italiano que llegó a Uruguay escapando de la represión del primer Mussolini y el llamado squadrismo. En Uruguay no pudo ejercer de abogado y se puso una imprenta en la calle Carlos de la Vega. Allí conoció a Elsa, una joven empleada de la industria del esmaltado de metales que en sus ratos libres escribía obras de teatro y, cuando reunía algunas, se dirigía a la imprenta de Gianni y las editaba, para venderlas luego en el sindicato o en las ferias barriales del fin de semana. Mónico cree haber escuchado un día que llegó a formar una compañía teatral con otras mujeres, entre quienes se encontraban la también dramaturga Angélica Plaza y la actriz Mercedes Pinto, y que incluso realizaron unas giras junto con el Teatro del Pueblo argentino de Leónidas Barletta. Pero más adelante en el libro Mónico lo pone en duda al cotejar esa información con su tío, un hermano de Elsa, ya que esta murió joven, cuando Mónico tenía solo diez años.

En la casa de Mónico había diarios de todo tipo, incluso algunos italianos y franceses que Gianni conseguía con otros compatriotas exiliados. Y también había muchos diarios barriales, anarquistas, obreros, que imprimía su padre o que le regalaban otros imprenteros. Mónico aprendió a leer con diarios y a narrar usando la retórica periodística del momento. A los doce años empezó a ir a las canchas del barrio, que en ese momento abundaban en Nuevo París y que hoy son cooperativas de vivienda, y luego, al llegar a su casa, escribía crónicas sobre lo que vivía en esos partidos, las imprimía en un mimeógrafo y las vendía a voluntad a los vecinos, que las agotaban cada vez que salían. A los quince años fundó El semáforo, que comenzó como un periódico deportivo, pero al que le fue integrando otras secciones y, por lo tanto, debió sumar a otros periodistas. A los dieciocho años era el director del diario barrial más importante de la zona oeste de Montevideo, con diez periodistas en redacción. Al año siguiente sufrió un duro revés: descubrió una maniobra fraudulenta en la gestión del ministro de Hacienda Azzini y su Reforma Monetaria y Cambiaria, que tenía que ver con negociados propios y cuentas en el extranjero de algunos de sus asesores más cercanos; pero la Justicia lo desestimó y el gobierno inició una campaña de desprestigio que bajó de un hondazo el crecimiento vertiginoso de El semáforo y lo volvió nuevamente un periódico estrictamente barrial. Poco después murió Gianni y Mónico retomó el trabajo de la imprenta, por lo que descuidó o al menos le dedicó menos tiempo a El semáforo, que con el correr de los años perdió su frecuencia diaria y pasó a publicarse semanalmente. Al revisar el depósito de su padre, que solía estar cerrado bajo llave, Mónico encontró una colección enorme de periódicos, folletos y panfletos barriales montevideanos de principios de siglo hasta el presente. Gianni se había dedicado con constancia de coleccionista a recopilar, buscar y conservar diarios que a la gran mayoría de la gente le parecían material descartable, sin saber que de alguna forma también estaba preservando la historia popular, la que no estaba en los grandes medios ni en los libros de historia. Mónico tomó la posta y lo siguió haciendo hasta que murió. Por eso su colección es tan grande y está integrada por diarios barriales totalmente desconocidos pero conservados; hasta el más antiguo, datado en 1906, está en perfecto estado.

Había muchas cajas con nombres de todo tipo: Maruja Ouzari de Zumelzu, Beba Tarasconi de Seoane, Rómulo Tesoriere, padre Gilbert, Beatriz Maschio de Spinetto, Inocencio Libonatti, Bartolomé López Saruppo, Samuel Rapossi, Américo Romano. Con ese material comencé a trabajar en la historia de Nuevo París, ahí estaba lo que me interesaba. Ordené el material, separé los periódicos que correspondían a la zona de Nuevo París, La Teja, Paso de la Arena, Belvedere, Cerro, Paso Molino, Sayago, Prado, Capurro. Era mucha cosa, lo histórico público y lo íntimo, lo más cercano; el trabajo se ve imposible, pero empiezo. Me detengo en cosas que me interesan, no busco la totalidad. Así es que me entretengo en la historia de los parques y de cómo Nuevo París quiso ser el lugar más importante del sur del mundo.

Los parques

El período de prosperidad y desarrollo que significó el batllismo, más las conquistas sociales, el fortalecimiento de los sindicatos, la suba en el índice de alfabetización y las mejoras en la calidad de vida de los trabajadores, generó un mayor consumo en la población y, además, que se ganara tiempo para actividades de ocio. En las zonas céntricas, primero, se establecieron de forma viral lugares de reunión, cafés, salas de baile, galerías, parques, cines, teatros; pero poco a poco empezaron a desarrollarse también en los barrios populares de la periferia. Muchas de las familias adineradas de la burguesía y aristocracia montevideana tenían sus casas de fin de semana en el oeste de la ciudad, la zona del Prado, Sayago, Peñarol y Paso Molino. Pasando el Paso Molino, rumbo a la Barra del río Santa Lucía, se había formado una gran barriada (más por su extensión territorial que por su población en esos primeros años) en torno a las curtiembres y a la iglesia de los capuchinos. Nuevo París, como su nombre lo indica, guardaba una relación con los franceses, muchos de los cuales habían venido con el negocio del cuero. Uniendo todo esto y potenciado por el espíritu emprendedor optimista de la primera década del siglo XX, al doctor Mariano Pose, un rico comerciante montevideano, y al francés Jean Picard, rico empresario del rubro de las curtiembres, se les ocurrió la idea de transformar esa zona en el lugar de ocio para los montevideanos, el resto del país y, por qué no, los turistas de otros países. El tranvía a la Barra unía Arroyo Seco con la Barra Santa Lucía, atravesando Nuevo París por la calle José Llupes. Por otra parte, también circulaban tranvías hacia Paso Molino y Villa Cosmópolis, como hasta ese momento se llamaba el Cerro. Las líneas eléctricas ya habían llegado hasta esa zona. Además de las curtiembres, se habían empezado a establecer mataderos y la población crecía año a año. Faltaba algo que hiciera explotar esa zona, lo que la ciudad estaba necesitando en su afán de expansión. Nació el primer parque temático uruguayo: Les Champs-Élysées.

Pose ya era dueño de una gran extensión de campo cerca de la zona en lo que hoy sería la esquina de Carlos María de Pena y Avenida Garzón, hacia el oeste. Junto a Picard se reunieron con el intendente Ramón Benzano, a fin de presentarle el proyecto y solicitarle la cesión en comodato de una amplísima extensión de campo deshabitado al sur del terreno de Pose, casi hasta la calle Llupes. El intendente aceptó gustoso y declaró en la prensa que se trataba de un proyecto sin precedentes que pondría a Montevideo a la vanguardia de la industria del ocio y la tecnología y la posicionaría como una de las grandes ciudades del futuro inmediato.

En 1908 comenzó la construcción del parque e inmediatamente significó una oportunidad laboral para mucha gente, que empezó a instalarse en el barrio al igual que los trabajadores de las curtiembres y los mataderos. Picard trajo desde Francia a doscientos peones especializados en un barco carguero. Según la prensa de la época, existía el rumor de que en realidad se trataba de expresidiarios que, por un favor que le debía al gobierno de Francia, Picard se tuvo que traer a Uruguay.

No se trató de un proceso sencillo. Muchos de los materiales había que trasladarlos desde la Barra o desde los depósitos, situados en zonas más céntricas, y eso dificultaba cumplir con los plazos. Por este motivo, los trabajadores terminaron haciendo extensas jornadas y en pésimas condiciones de salubridad y seguridad, lo que derivó en varias muertes, cuyo número exacto nunca se pudo saber y causó polémica en ese entonces.

En setiembre de 1910, año del centenario (recordemos que, hasta bastante entrado el siglo XX, en Uruguay se festejaba la Semana de Mayo de 1810 como fecha patria), se inauguró el parque. Cuentan las crónicas de la época que las inmensas torres y sus luces se veían desde todo Montevideo y que fue sorprendente la forma en que, en poco tiempo, «se levantó de cero toda una ciudad de madera». Es que, realmente, según los planos del parque, publicados en La Semana, y las fotografías y dibujos de las avenidas, los pabellones y las torres, se trataba de una ciudad que quizás era más grande que muchas de las ciudades del interior del país en ese momento.

La entrada estaba coronada por un gran portal, con luces y banderas, en cuyo lado superior estaba el nombre del parque. Desde esa entrada, muy en sintonía justamente con el nombre, comenzaba una ancha avenida adoquinada con pabellones gigantes a los costados, que terminaba en una construcción majestuosa. Se trataba del Palacio de Luis XIV, una minuciosa reconstrucción del aposento real del siglo XVII, que no escatimaba en detalles, al punto de contar con una mazmorra, un enorme comedor, una habitación real y hasta el lugar de la corte, donde efectivamente más de cincuenta actores (que habían sido reclutados de circos, compañías de teatro populares y circos criollos) interpretaban todo el tiempo estar en una sesión de la famosa corte, hablando en una lengua que creían era el francés.

De los pabellones, quizás el más bello y monumental era el Invernáculo, un verdadero palacio de vidrio donde había plantas y árboles de todo tipo, inspirado, al decir de los creadores, en construcciones de la Exposición Universal de 1900 en París. El sector más visitado era el de las plantas carnívoras. Habían mandado traer de diversas partes del mundo más de cien especies de plantas carnívoras y una de las atracciones más comentadas era el momento cuando el presentador las alimentaba, a algunas con insectos, a otras más grandes y exóticas con roedores, como ratones o cuises.

Otro pabellón era el del Polo Norte. Su particularidad era que sus paredes estaban formadas por barras de hielo, que debían cambiarse permanentemente para mantener el efecto. Una vez adentro, se podían ver iglúes, esquimales (según los dueños del parque, se trataba de esquimales reales traídos desde la propia Alaska), pingüinos y osos polares.

Pasando estos dos pabellones se abría un espacio con atracciones mecánicas de gran tamaño, entre las cuales la más concurrida era la rueda gigante; por lo que sostenían las notas de la época, se trataba de la más grande del mundo. No muy lejos de esa atracción se extendía un lugar, alargado, donde un aviador, aparentemente francés y colaborador directo de Santos Dumont, presentaba las innovaciones en cuanto a artefactos voladores, realizando pruebas que dejaban boquiabiertos a los presentes.

Otros pabellones. El Ballet Ruso, una reproducción exacta del famoso Teatro Mariinski, de San Petersburgo, que daba la posibilidad de presenciar un espectáculo de ballet representado por verdaderos integrantes del ballet imperial. La Virgen que Llora: traída especialmente desde Valencia, se trataba de una virgen que no paraba de llorar y que congregaba a una gran cantidad de fieles de todas partes del país. La Galería del Horror: mucha sangre, vampiros embalsamados, seres monstruosos de cera y la tenebrosa galería de cadáveres humanos y animales conservados en formol. Había de distintos países, mutilados, deformes y una sección que era de asesinatos célebres sin resolver, que invitaba a los presentes a intentar develar el misterio.

Pero la atracción principal del parque, la más concurrida y celebrada, era la Nueva Venecia. Se trataba de toda una zona en torno a un curso de agua acondicionada con muelles y construcciones al estilo de la ciudad italiana, con góndolas y gondoleros reales, que brindaban a los concurrentes la posibilidad de dar un paseo romántico por el arroyo o también por las callecitas y cafés a lo largo de la ribera; allí, orquestas tocaban los ritmos más diversos, tradicionales y actuales para que la gente pudiera apreciarlos mientras cenaba, tomaba una copa o bailaba en los lugares acondicionados como salones de baile. La reproducción incluía hasta pequeños puentes de piedra, curvados para que por debajo pudieran pasar las góndolas, desde donde ver el espectáculo.

Recorriendo la zona en la actualidad, no encontré un río ni arroyo que pasara por el parque. Y en ningún lado se hablaba de que hubieran creado un curso de agua artificial. Investigando en mapas de la época, encontré que efectivamente por allí pasaba el arroyo de los Chimangos, un pequeño curso de agua surgido del Miguelete a la altura del Parque Posadas, que luego pasaba por donde hoy son las calles Camino Castro, María Orticoechea, la fábrica de portland, Alcides de María, Tampico, Bernardo de Guzmán, Diógenes Hequet y Gowland, y que finalmente terminaba muriendo en el ar

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