Cornamenta

Horacio Castellanos Moya

Fragmento

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Que cómo un hombre casado, con familia y vida pública respetables, se enreda en líos fogosos, más propios en el joven rebosante de testosterona que en alguien que ya alcanza la cincuentena, es algo que ni el propio Clemente Aragón entiende, ni pretende entender, porque la vida ni de broma se detiene y más bien empuja sin cesar, como en este instante, cuando abre los ojos en medio de la penumbra, tendido en la cama, y oye los pasos de Esther que avanza por el corredor hacia la cocina, y que de un momento a otro exclamará: ¡Es la una y media, viejo! No importa cuantas veces a lo largo de los años le haya repetido que él despierta por sí mismo de la siesta, el reloj en su mente es cronométrico, afinado desde hace décadas, desde mucho antes de conocerla, ella podría evitarse ese grito, él no necesita ser despertado, que en realidad el hecho de que ella pretenda despertarlo le exacerba los nervios, le obliga a preguntarse cómo puede convivir con un ser que es incapaz de comprender un asunto tan sencillo, una mujer que no escucha sino que imparte órdenes, que eso es en el fondo lo que sucede, necesita gritar que es la una y media para sentir que ella le está dando la orden de despertar, como en efecto hace en este instante, cuando él ha salido ya de la cama y se está desabotonando la camisa del pijama, prenda que ha usado desde siempre para tomar la siesta, aunque sólo sea una pestañita de veinte minutos, el ritual debe ser seguido al pie de la letra: una vez que termina de almorzar, fuma un cigarrillo en la mesa con el café mientras supervisa que los niños hayan acabado hasta el último resto de comida en sus platos, luego pasa al lavabo a enjuagarse la boca, entra a la habitación a ponerse el pijama, cierra las persianas y se tiende en la cama para que uno de los niños o la misma Esther —si no hay nadie más a disposición— se pare a un lado a hacerle piojitos, hasta que él comienza a roncar, casi enseguida, sin que le hagan piojitos no hay siesta posible, como si el cosquilleo en su cuero cabelludo fuese un somnífero de efecto inmediato y contundente.

Y entonces se impone el silencio en la casa, porque los veinte minutos de la siesta de Clemen son sagrados: los niños salen al patio a jugar en silencio, la televisión enmudece, y Esther y Fidelita, la sirvienta, caminan en puntillas, temerosas del enojo que acomete a Clemen si por algún ruido es despertado, que hasta los niños controlan sus voces con tal de no padecer el castigo de quedarse encerrados en casa durante la tarde, sin poder salir a jugar futbol a la calle con los amiguitos de la colonia, si su imprudencia rompe la siesta de su padre.

Se está abotonando la camisa blanca cuando Esther irrumpe en la habitación y se dirige directamente a subir las persianas, mientras le advierte, como cada día, «¡No se te vaya a hacer tarde, viejo!», sin que le importe la carretada de veces que le ha dicho que no necesita que nadie le esté marcando el paso, y que se lo haya dicho varias veces a los gritos, cuando tenían muy poco tiempo de haberse casado. Desde entonces él supo que esta mujer era incorregible, que se pasaría el resto de la vida dándole órdenes, indicaciones, y que lo más prudente era desentenderse, no hacerle caso, pensar que estaba tratando con una lora que repite la misma cantaleta, la única forma de evitar un endiablado y permanente pleito con ella. Pero una cosa es lo que se decide en la mente y otra muy distinta cómo reacciona el carácter. Lo sabe en carne propia Clemen, que cada orden de Esther le produce una pequeña agrura, no sólo en su estado de ánimo, sino también en el estómago, y no tiene la menor duda de que su gastritis procede del amargor que traga cada vez que la escucha, y no de los cuarenta cigarrillos que fuma diariamente.

Ha entrado al cuarto de baño a lavarse el rostro, a peinarse, a acomodarse la corbata, cuyo nudo rara vez desata al mediodía, sino que sólo afloja, cuando de súbito recuerda a Blanca, la subrepticia llamada telefónica que le hizo a la oficina al final de la mañana, con ese mensaje críptico —«Mi hermana Margarita me dijo que ha visto a la venta un encendedor adornado con una katana, por si te interesa que te lo compre»—, una llamada que sólo puede significar que el general sospecha del enredo entre ellos. Permanece con la mirada fija en el espejo sobre el lavabo, perplejo, ajeno al reflejo de su rostro, con un acceso de miedo que le reseca la boca, le aprieta las tripas, un miedo que no sentía desde hace muchísimos años, porque de pronto tiene la certidumbre que el general lo hará pagar por los cuernos que le ha encaramado. Sacude el rostro, despabilándose, en el momento mismo en que Esther se ha detenido a la entrada del cuarto de baño, que él olvidó cerrar la puerta, y le dice con cierta suspicacia: «¿Qué te pasa, niño? Como si hubieses visto al diablo». A lo que él responde, humedeciéndose levemente el cabello, mientras trata de recuperar el control, que ese tinte ya no le funciona como antes, las raíces del cabello comienzan a aclararse muy pronto, buscará una nueva marca, y enseguida se unta un poco de vaselina y procede a peinarse con la mayor atención, el cabello brillante echado hacia atrás, hasta dejarlo impecable, en tanto que Es­ther continúa su paso hacia la sala, seguramente con un rictus de burla, que a ella le parece ridículo que él se tiña el cabello y el bigote, más guapo se miraría con canas, eso le parece a ella, pero a él qué va, cumplió cincuenta y cinco años dieciocho días atrás y ella apenas llegará a los treinta y dos, con esos veintitrés años de diferencia no quiere que lo confundan con su padre, por eso se tiñe el cabello, para que cuando caminan juntos por la calle nadie se atreva a llamarle suegro, eso le ha dicho, gracejo, pero para sí piensa que si se dejara las canas más difícil le sería seducir a las que ha seducido en los años recientes, y que las canas para nada le lucen, para ser sincero, sólo esas pocas que se deja en el bigote, hacia el extremo derecho, que lucen como un lunar y hasta atractivas parecen, como galán de cine mexicano, se lo dijo hace poco Brenda, su secretaria, la trigueña más rica que se ha llevado a la cama en los últimos tiempos.

Entra al dormitorio, se pone un cigarrillo en la comisura de la boca, toma el saco de la percha y se dirige a la sala, donde Esther yace en un sillón y hojea el periódico con el ceño fruncido. «Tené cuidado cuando regresés, que se puede poner feo en la calle si la Asamblea elige hoy al presidente —le advierte, mientras Clemen se inclina para tomar un encendedor con forma de pistola de la mesa de la sala y prende el cigarrillo—. La oposición va a hacer bochinche», dice ella con expresión de repugnancia. Claro que se pondrá más fea la calle, él mismo se lo ha dicho, no en balde atiende al grupo de Alcohó­licos Anónimos al que pertenecen miembros del Alto Mando militar, no tendría ella que estárselo repitiendo como si lo supiese por la lectura de las noticias, si gracias a él lo sabe de primera mano, pero más feo se le pondrá a él si el general sospecha de su acostón con Blanca, algo en lo que no quiere pensar en este momento, cuando devuelve el encendedor a la mesa de la sala adornada precisamente con parte de su colección de encendedores, los más vistosos, como esa pistola que tira la llama por el eyector de cartuchos, o la granada color plomo que la tira por la espoleta o el pequeño dragón al que se le presiona la cola para que escupa el fuego por sus fauces o la daga árabe que al sacarla de la vaina, en vez de la hoja, tiene el mechero, una daga que con violencia empuja a Clemen al recuerdo de la llamada telefónica, porque fue precisamente la espada japonesa —llamada katana— que adorna una pared en casa del general, y que le fue regalada durante una visita oficial a Tokio, la que inspiró a Blanca para la ocurrencia de que en caso de que hubiese peligro de ser descubiertos usaran la palabra clave katana, como hizo ella esta mañana. Clemen permanece absorto unos segundos; Esther lo ha quedado mirando y le dice con sospecha: «Te veo raro, niño. —Y enseguida, alzando el cachete izquierdo, le reclama—: ¿Y mi beso?».

Clemen se acerca obediente a darle el beso de despedida, mientras ella grita: «Niños, vengan a decirle adiós a su papá». Y Erasmito y Alfredito corren desde el patio, donde estaban a la espera de que den las dos de la tarde para poder salir a jugar futbol a la calle, a darle sendos besos a su padre.

Con el pitillo humeante de nuevo en la comisura de la boca y el saco colgando de su dedo por la espalda, Clemen sale a la cochera y hasta ahí escucha la voz de Esther recordándole que en la tarde irá a la casa de Enriqueta a la reunión de las Al-Anón, un club de mujeres de alcohólicos anónimos que se reúnen una vez a la semana para chismear, tomar café y hacer vida social, que Blanca pasará por ella para ir a la cita, pero él debe recogerla a las 5.30 en la casa de Enriqueta, cómo no, si es ahí donde él espera encontrarse un momento a solas con Blanca para que le cuente lo que ha sucedido, el significado del soplo matutino que lo mantendrá con los nervios alterados hasta que tenga información suficiente para valorar la situación y que, de ser necesario, le permita construir una coartada, algo de que asirse antes de encontrarse con el general en la reunión de compañeros AA programada para la tarde del siguiente día.

Acomoda el saco en el asiento trasero del Austin Mini Cooper rojo, modelo 1967, que yace flamante en la cochera, el auto que es su sello distintivo, audaz, coqueto, al que sus colegas ven con envidia o suspicacia, un coche propio de un playboy o un gigolo, no de un padre de familia, distinguido directivo de los alcohólicos anónimos en el país, del que se esperaría un poco más de templanza. Pero quien tendría que protestar, Esther, no lo hace, al contrario, disfruta de ser conducida en un carro que llama la atención, comparte con Clemen el andar pizpireto, y tampoco le incomoda la estrechez en el auto porque ella es de corta estatura, cortísima, a un jeme de ser enana, se le burla Clemen en las narices, y cuando alguna amiga le pregunta si no se siente incómoda en un coche tan chico, Esther dice que para nada y desenvaina los argumentos que Clemen blandió entusiasta cuando se abrió la posibilidad de comprarlo: el Mini Cooper gasta poquísima gasolina y puede ser estacionado con facilidad en cualquier espacio. Y a ella le encanta presumir que se lo compraron por una bicoca a su compadre hondureño Ricardo LaChapelle, el millonario homosexual que levanta barullo entre los pudientes de su patria por su escándalo y libertinaje —aunque nada puedan ante el peso de su abolengo y riqueza—, como si Clemen y ella hubiesen hecho la cabuda con sus propios fondos, cuando fue el padre de Esther, el abogado Mira Brossa, quien puso la plata para complacer a su hija única y consentida.

Sale en retroceso de la cochera, con las ventanillas abiertas, pues a esa hora de la tarde, luego de un par de minutos en la calle, bajo el sol demoledor, el auto se convierte en una caldera y, vaya la mala suerte, carece de aire acondicionado. Baja hacia la Veintinueve Avenida Norte. Luego del arrancón inicial apaga el motor y pone la palanca de velocidades en neutro, a fin de que el auto avance como un planeador en esa bajada, sin gastar gasolina. Así ha conducido siempre, y se enorgullece de ese mínimo ahorro, que sólo puede hacer cuando se dirige hacia la oficina, en ese corto trayecto de cinco cuadras, pues luego la ruta es cuesta arriba, pero cuando viene de regreso a casa puede aplicar su forma de ahorro en la mayor parte del trayecto. Lleva el cigarrillo en la mano derecha, entre los amarillentos dedos índice y cordial, el codo izquierdo de fuera, apoyado en el borde la ventanilla, y el embrollo con Blanca pegoteado a su mente, aunque él se diga que de nada vale preocuparse ahora, mientras no tenga la información precisa sólo conseguirá alterarse inútilmente, en vez de poder afinar la coartada que lo saque de un enredo que podría costarle muchísimo, una paliza o hasta la vida. ¿Qué sabrá el general? ¿Será posible que Rosa Inés se haya ido de la lengua? La cobertura parecía impecable. ¿Algún descuido de Blanca o el olfato del viejo zorro? Ha comenzado a sudar mientras conduce sobre la Veinticinco Calle Poniente, pasa frente a la embajada de Estados Unidos y espera a que le cedan el paso en el redondel la Fuente Luminosa. No debió haberse metido con ella, qué bruto, debió haberse negado, pero cómo se le dice «no» a una mujer así, imposible, menos cuando fue ella la que tomó la iniciativa de forma contundente con ese beso que le estampó sorpresivamente en la cocina de la propia casa de ellos, de Blanca y el general, mientras él se servía una taza de café y ella se acercaba como si también fuese a hacer lo mismo, con el ruido de fondo del grupo de mujeres Al-Anon en plena cháchara en la sala, un beso fogoso, atrevido, sin palabras previas, que lo dejó estupefacto, y mucho más cuando ella le tomó la mano y se la puso entre sus piernas, sin dejar de besarlo, ella misma se levantó el vestido para que él palpara carne y pelo, que no tenía calzón, evidencia de que nada era fortuito, y que aquellas mirada furtivas que a veces entrecruzaban respondían al ardor y no a la pura coquetería; pero con el mismo sigilo con el que se había acercado ella se retiró hacia la sala donde las otras mujeres, incluida Esther, charlaban entre galletitas y refrescos. Quedó él tan anonadado, feliz por la carne que había palpado y se le ofrecía, pero consciente del grave peligro que había corrido si alguien se hubiese asomado, que tardó un par de minutos en volver en sí, en regresar a la sala donde las mujeres ya estaban de pie listas para retirarse y él le echó el brazo sobre los hombros a Esther mientras se despedían y luego caminaron hacia el Austin Mini Cooper.

Tiene que dejar de pensar en ello, si no irá obsesionándose cada vez más y no podrá concentrarse en los asuntos de la oficina, se dice mientras espera la luz del semáforo en el cruce de la avenida Roosevelt, y aprovecha para sacar otro cigarrillo del paquete que siempre lleva presto en el bolsillo de la camisa, lo enciende con la colilla del anterior, que luego tira a la calle, y aspira el humo con fuerza, para sacarse la ansiedad que le cuece el pecho.

Entra al estacionamiento del Canal 3 unos minutos antes de las dos. Don Felipito, el portero del estacionamiento, siempre lo saluda con entusiasmo como si de una estrella se tratara, lo que a Clemen le parece de lo más natural, no en balde durante cuatro años tuvo un programa cómico, «El show de Ño-Canuto», muy popular en su época, hace ya quince años, cuando la televisión recién comenzaba a entrar al país, por eso don Felipito recuerda esos tiempos y lo trata como la estrella que fue, pero que dejó de ser cuando tuvo la oportunidad de pasar al área de publicidad y ganar más dinero, porque eso de ser artista cómico en la televisión salvadoreña no sacaba de apuros a nadie, en tanto que como ejecutivo de ventas no se hará rico, pero gana mucho mejor y le permite mantener un nivel de vida que de otra forma hubiera sido imposible, aunque reconozca que un empujoncito hacia arriba, si no empujonzote, se lo debe a su suegro, el abogado, el padre de Esther, don Erasmo, quien no sólo apoquinó la mayor parte de la prima para la compra de la casa, sino que mandaba dinero cada vez que a su hija se le ocurría que necesitaba una novedad electrónica para la cocina, hasta que se desató la guerra entre El Salvador y Honduras, tres años atrás, y Esther se quedó sin recibir sus ayuditas porque don Erasmo vive en Honduras y su hija en El Salvador con su marido salvadoreño, y resulta que estos dos países vecinos no sólo se fueron a la guerra sino que hasta ahora no han mostrado interés en reestablecer relaciones de ningún tipo. Una guerra que, además, los expulsó de pronto del mundo diplomático, porque a Esther su padre le había conseguido el cargo honorario de vicecónsul de Honduras en El Salvador, que no les reportaba ingresos, pero sí estatus, gracias al cual eran invitados a recepciones y tenían prebendas diplomáticas, lo que ahora no sucede, aunque Esther mantenga su círculo de amistades por cuenta de su simpatía y nadie la moleste por su nacionalidad, en parte por la popularidad de Clemen, y en parte porque al final de cuentas fueron las tropas salvadoreñas las que vencieron a las hondureñas en un ataque relámpago de cien horas.

Sale del Mini Cooper, se pone el saco y enfila, bajo el hirviente sol, hacia la entrada del edificio, no sin antes sacarse del bolsillo del pantalón el caramelo de naranja que le entrega en mano cada tarde a don Felipito, quien siempre dice «Muchas gracias, don Clemen», y se apura a abrirle la puerta de entrada, como ahora mismo hace, cuando Clemen penetra a la frescura del aire acondicionado que lo llevará por el pasillo hacia su oficina, mientras don Felipito se guarda el caramelo en el bolsillo como hace cada día, pues prefiere comerlo al final de la tarde cuando va en el autobús camino a casa, como si fuese el incentivo postrero del día que le da el empleo, porque los caramelos de Clemen ya son parte de la empresa, los compra a montones y él mismo con frecuencia paladea uno, desde que dejó de beber ocho años atrás, desde que se convirtió en activista y luego en directivo de AA los caramelos lo han acompañado en la vida, su compensación de azúcar, tiene una fuente llena sobre su escritorio en la oficina y otra en casa resguardada en su habitación por Esther para que los chicos no se atiborren, en especial antes de los tiempos de comida, que si en algo es inclemente Clemen, si en algo su carácter se mantiene firme —aparte de su abstinencia alcohólica— es en la aplicación de la orden de que los niños deben dejar su plato limpio en cada tiempo de comida, ni la sirvienta puede recogerlo ni el niño puede salir de la mesa hasta que haya consumido toda su ración, demasiada hambre corre por el mundo, y por la zona marginal contigua a la colonia donde viven, como para que el mínimo desperdicio sea permitido.

«Un dulcito para la mujer más bella de esta empresa», dice en voz baja, coqueto, con un guiño, mientras le tiende el caramelo a Brenda, quien lo toma con indiferencia, como si nada hubiese oído del piropo, y le recuerda que a las 2.30 tiene que llamar a la agencia Lemus para tratar lo del comercial de la nueva chocolatina de la leche Foremost. Clemen entra a la oficina, acomoda el saco en la percha y toma su agenda para revisar lo que debe tratar con el Cusuco Lemus, pero le cuesta concentrarse, que desde la llamada de Blanca su mente tiene una parte ensombrecida que le exige redoblar su atención, aunque espera que el mensaje de Blanca haya sido sólo un llamado a la cautela, un llamado a congelar por un tiempo la relación que tan bien había comenzado, porque eso fue lo que ella le dijo esa tarde, tres días atrás, metidos por fin en la cama, que a la menor cosa extraña por parte del general ella lo llamaría y mencionaría algo relacionado con su colección de encendedores, que la pasión de Clemen por coleccionar encendedores era conocida por todas sus amistades y hasta por sus compañeros AA, y la llamada telefónica al Canal resultaría explicable en cualquier circunstancia, un mecanismo de alarma concebido por ella y ante el que Clemen mostró admiración mientras yacía en el lecho luego de consumar su jadeo. Pero la pregunta que acosa a Clemen es si el general cuenta con alguna prueba, si ellos, pese al extremo cuidado que habían puesto en su encuentro carnal, dejaron algún rastro, algún cabo suelto o indicio que desatara la sospecha y el celo del militar, o si sencillamente Rosa Inés, la hermana menor de Blanca, se olió el chisme y se fue de la boca.

Y por ahí va la mente de Clemen mientras tiene frente a sus ojos la agenda en la que apuntó lo que tratará en la lla­mada telefónica que hará al Cusuco Lemus en veinticinco minutos, que lo mejor hubiera sido visitarlo, tomar el Mini Cooper y enrumbar hacia la agencia de publicidad, como hace cada vez que comienzan a negociar un contrato, pero en esta ocasión son nada más detalles y correcciones, por eso planeó hacerlo por teléfono, no podía prever que la alerta de Blanca irrumpiría este viernes; salir a la calle le relajaría el ánimo, le permitiría llevar sus pensamientos por otro camino, en vez de permanecer enclaustrado en esta oficina bajo el acecho de la tensión, del desasosiego del que ahora es víctima. Observa el escapulario del Cristo Negro de Esquipulas que yace bajo el cristal que protege su escritorio, un escapulario igual al que cuelga de su pecho bajo camisa y camiseta, la estampita del Cristo Negro cubierta por un plástico y con una fina cuerda verde, escapularios que también tiene en cantidad suficiente para obsequiar a cada compañero de nuevo ingreso a uno de los grupos AA que él atiende, a quienes les dice con absoluta convicción que deben encomendarse al Cristo Negro de Esquipulas para que los ayude a mantenerse abstemios durante veinticuatro horas y los proteja de la tentación, y se lo dice por experiencia propia, el Cristo Negro ha sido su protector desde que se convirtió en alcohólico anónimo, nunca ha recaído gracias a que reza al escapulario cada vez que tiene ocasión, pero deben encomendarse con fe, con el corazón para que la voluntad no flaquee, como hace él, eso les dice a los compañeros de nuevo ingreso cuando les entrega el escapulario, lo que no les dice es que a él también lo salvó de ser capturado y puesto frente al paredón de fusilamiento cuando el golpe de Estado de 1944 contra el brujo maldito, el dictador Hernández Martínez, eso lo saben sus viejos amigos, incluido el Cusuco Lemus, que a los compañeros de nuevo ingreso les puede causar inquietud el hecho de que él haya estado metido tan a fondo en una conspiración militar para derrocar al dictador, aunque eso haya sucedido veintisiete años atrás y entonces todo el mundo apoyaba el golpe, sería contraproducente que los compañeros de nuevo ingreso supieran de ello, una recomendación que le hizo el propio Bill Wilson en Nueva York, el gran jefe del movimiento mundial contra el alcoholismo, y se lo recomendó precisamente en la visita de Clemen a esa metrópoli, luego de que le entregara en mano el escapulario y le contara la historia de cómo el Cristo Negro lo había protegido en su fuga una vez que el golpe militar fue derrotado. Fue en esa ocasión cuando les tomaron la foto que está ahora a espaldas de Clemen, en el librero de la oficina, una foto en que aparecen ambos de pie, sonrientes, con traje y abrigo, el gran jefe gringo y su delegado salvadoreño, una foto de la que Clemen tiene tres copias debidamente enmarcadas: ésta de la oficina, otra en la sala de la casa —en un lugar destacado de la mesa donde yacen los retratos familiares—, y una tercera en el pequeño despacho en la sede central de los AA en la colonia Centroamérica. ¿Qué habrá hecho Bill con el escapulario? Se hace a un lado la corbata, se toca el pecho con la palma de la mano para sentirlo por sobre la camisa y la camiseta, y mantiene la mano pegada mientras le ruega que lo ayude, que nada sepa el general de su devaneo con Blanca, que de nada se entere, pues sólo serviría para hacer daño a todos —al general, a Blanca, por supuesto a él y quizá hasta a su familia, si Esther llegara a enterarse—, y murmura «Divino Cristo Negro, protégenos», con la mano en el pecho, presionando el escapulario a la altura del corazón, prometiendo enmendarse y no volver a caer en la tentación, y con los ojos cerrados, repite varias veces la letanía.

Entonces Brenda abre la puerta de la oficina sin anunciarse, descubre a Clemen en pleno rezo, pero ni ella detiene su paso ni él termina su letanía, que no es la primera vez que lo sorprende con la mano en el pecho sobre el escapulario, ya sabe ella que a veces ruega por un compañero que ha recaído, para que el Cristo Negro le ayude a volver a la senda de la abstinencia, pero que el rezo es muy corto y ella puede entrar sin problema, no lo interrumpe, como ahora mismo, cuando Clemen abre los ojos y la ve acercarse, comedida, a la espera de que él se incorpore, con ese cuerpazo trigueño solapado con astucia, siempre holgadas la falda y la blusa, que tan sabe lo que tiene que no necesita alardear, y el rostro de cervatilla arisca, asustada, detrás del cual también esconde lo suyo, la voracidad con que arremete a la carne contraria, los gemidos y exclamaciones que tanto lo excitan, un recuerdo de una semana atrás en el motel que en otra circunstancia se abriría paso relampagueante en la mente de Clemen y lo calentaría, pero no ahora cuando el pensamiento de que Brenda viene a decirle que también su marido sospecha del enredo que se traen entre piernas lo aturde por un instante, así está de afectado, hasta que ella le anuncia que don Moris quiere reunirse con él en el acto, lo está esperando en su oficina. «¿Qué querrá Moris?», se pregunta en voz alta. Brenda se alza de hombros y da la vuelta rumbo a su escritorio, momento en el que Clemen, repuesto de su ruego y contrición, contempla el trasero que se ha comido con tanto regocijo, solazándose en el recuerdo, pero enseguida se recrimina la estupidez de que no le haya bastado con esta hembra hermosa que lo complace sin causarle problemas y que por gula se haya enredado con Blanca, como meterse a ciegas en un campo minado.

Tiempo atrás, Moris, el Borlaco, el gran jefe, venía a su oficina o lo llamaba directamente a su teléfono cuando quería conversar con él; ahora, desde que contrataron a Brenda, es a ella a quien llama para que le dé el mensaje. Borlaco pícaro, como si no tuviesen más de veinte años de conocerse, como si Clemen no supiese que le quisiera chupar los huesos a la trigueña, seguramente ya sospecha que Clemen es el suertudo, pero él la tendría muy difícil, habida cuenta de que la mujer del Borlaco, María Teresa, lo mantiene flanqueado por una vieja secretaria y por el chófer, que ella es accionista de la empresa y aparece cuando se le antoja, y lo primero que hace al llegar es ponerse a conversar con su amiga Juanita, la secretaria del Borlaco, y no es lo mismo escapar de la oficina para echar un polvito con la secretaria cuando uno es ejecutivo sin cola que lo siga, que cuando se es el gran jefe, el dueño de los dos canales de televisión del país, tan poderoso y podrido en plata que no puede moverse sin la cuadrilla de guardaespaldas que lo protege. Apenas dos años atrás el Borlaco tenía más chance de darse sus escapaditas, que a veces hasta salía sin chofer, pero desde que apareció la guerrilla comunista y secuestraron y mataron al más rico de los ricos la situación cambió, no vale la pena arriesgar la vida por un polvo que se puede echar con facilidad en sus frecuentes viajes a la Ciudad de México, Los Ángeles y Miami. Esto lo supone Clemen, ninguna confidencia tiene en mano, que el Borlaco es cada vez más inaccesible, y sólo pueden hablar cuando éste lo convoca, como ahora.

—¿Qué te cuentan tus discípulos, los uniformados? —le pregunta Moris desde el escritorio, sin levantar la vista del papel que lee, refiriéndose a los jefes militares que Clemen atiende en sendos grupos de AA, a algunos de los cuales el Borlaco también frecuenta, pero por motivos muy distintos, que mira con desdén el activismo de Clemen como pastor de almas etílicas y se rebaja a tratar con los chafarotes sólo para que le garanticen que ningún comunistoide como Napoleón Duarte vendrá a estorbar sus negocios, que mantendrán a la turba a raya.

Clemen se dispone a responder, pero Moris añade:

—Hoy en la tarde elegirán presidente a tu coronel Molina —y se reclina en su silla mientras Clemen toma asiento y enciende otro cigarrillo, que el anterior se le quedó en el cenicero de su oficina.

—Capulina —exclama Clemen con sorna, refiriéndose a un cómico mexicano regordete y con un grueso bigote, muy parecido a quien se convertirá en nuevo presidente de la República, y enseguida remeda, guasón, los gestos y el tono de voz del candidato militar—: ¡Salvadoreños!…

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