Memoria de la madera

Juan Pablo Bertazza

Fragmento

La raíz del fin

La raíz del fin

Se sienta a mi lado, cava hoyos en el suelo y remueve puñados de tierra fresca que caen lentamente de sus dedos como en un reloj de arena. La luz se encuentra con la oscuridad. Ahora lo conozco del todo y veo que comienza a desenterrar un recuerdo feliz de la infancia en el que jugaba a buscar tesoros bajo la sombra de un limonero. Tiene la sensación de que están visitando por última vez a un familiar muy grave. Ahora puedo ver hasta sus sueños.

Le hago una última advertencia, sabiendo que no me va a escuchar. Tampoco cambiaría nada. Recién ahora algunos de ellos están empezando a entender que somos capaces de comunicarnos. Entre nosotros y con las personas. Pero ni se imaginan esto, no se imaginan todo lo demás.

Faltan detalles para la madrugada y nuestro hábitat anuncia un día especial. Cada instante va cincelando el movimiento a partir de la misma quietud: desde el canto rasgado de los pájaros hasta el fluir subterráneo del agua, pasando por el murmullo de las hojas sobre la tierra. Un buen refugio en los momentos de mayor desesperación es entregarse dócilmente a la maquinaria de la rutina, enroscarse como una serpiente en un rincón seguro, al amparo de lo inmutable. Cuando el shock es tan grande que nada parece quedar en pie, un buen remedio es convertirse en una hoja extrañada a merced de todo aquello que se conoce y resulta familiar. Licuar lo siniestro en una atmósfera de confort, como solo es capaz de hacer un relato. Porque las historias producen oxitocina, una hormona que ayuda a eliminar el estrés y la ansiedad. En algún punto, el cerebro de las personas no diferencia entre un personaje de ficción y un prójimo en problemas. Y aunque aún no lo entiendan, no hay mejor narrador que nosotros, quizás por nuestra mezcla de constancia y perspectiva. Cualquiera de nosotros tiene una historia para contar que constituye nuestra segunda vida, solo que cada vez nos desplazan más las pantallas. Tampoco cambiaría nada. Somos como el bosque: una curva pronunciada que forma un signo de pregunta; una esfinge que, en lugar de condicionar el futuro espiando el presente, logra vislumbrar el destino a partir de una experiencia colectiva arraigada en la tierra. El bosque recibe a las personas con la piedad de una casa al detectar a un organismo parasitario. Nunca las rechaza. Al contrario, las atrae hacia el centro como la corriente del mar. Gracias a su precisión, el bosque percibe cualquier desfasaje y arritmia. En el bosque, la espera es una vitalidad confiada que no produce miedo ni preocupación. En el bosque se libra una guerra pacífica, natural y solidaria en la que los restos de los troncos caídos se vuelven lápidas de madera que no pierden memoria ni sentido de pertenencia.

Somos portavoces del gran silencio del bosque. Formamos parte de lo divino porque pertenecemos tanto al orden humano como al ámbito de los objetos: somos cosas con pulso. Percibimos las miradas y el tacto, detectamos cada caricia, cada frecuencia, latido, matiz. Cuanto más fuerte es el contacto con alguien, más posibilidades tenemos de expresarnos. Nos separa un abismo plagado de intimidad. Hablamos de nosotros mismos porque estamos en sintonía con el universo. Hablamos del universo porque nos conocemos muy bien a nosotros mismos. Transmitimos nuestra sabiduría, manifestamos nuestro estado de salud. Llevamos inscriptos en nuestro quehacer cotidiano deseos, obligaciones y una voluntad indecible. Somos pura intuición empírica. Nada nos sorprende pero todo nos conmueve.

Llevo grabadas en mi madera una serie de fechas: la última es la de hoy. Ante los ataques utilizo mis defensas. Frente a los elogios, desarrollo anticuerpos. Vivo y me desvivo en cada instante. Siempre a bordo del tren del tiempo. Nunca lo persigo, nunca lo espero. Ni siquiera en este instante en el que reencuentro a mi creador, que es, al mismo tiempo, mi creación. No tiene sentido evitar nada. Sé de memoria lo que va a pasar. El ruido extremo de esa máquina diseñada para sacrificarme no me altera. Como si hubiera una esponja capaz de vaciar el mar. Ni siquiera pierdo la calma ahora que la máquina cambia de mano. Este momento no es más inolvidable para mí que cualquier otro porque hasta la más absoluta repetición sucede por primera y última vez. Sé, mientras sangro astillas y comienzo a derrumbarme, que hasta mi propia ausencia sobrevivirá en los pliegues que va formando la memoria del futuro.

Soy un testigo que cuenta. Al igual que cualquier árbol.

I

La habitación está en penumbras —solo un haz de luz que llega desde el último farol de la calle evita la oscuridad absoluta— y Jakub Jansa, derrumbado en la cama de madera de una plaza, acaba de tener una iluminación: está desperdiciando su vida.

Cree que no está deprimido, pero ya no soporta la sensación de que algo se le escapa de las manos. El último día de clases, a manera de despedida, el profesor de Matemática lo acusó de no hacer nada y perder siempre el tiempo. Él se quedó pensando en esa frase. En lo absurdo de que se lo dijera justo antes de las vacaciones de verano. Si no hacía nada era porque la escuela significaba una pérdida de tiempo. Como si a un náufrago le reprocharan, en una isla desierta y sin árboles, su fobia social.

No se trata únicamente de vivir en un pueblo sin ninguna proyección de futuro como Zahořany. Tampoco diría que odia a su familia. Con su padre casi no se habla y es capaz de adivinar, palabra por palabra, las preguntas que su madre le formula cada vez que lo ve. Como esas hojas de rutina que los encargados de limpieza de los baños públicos están obligados a rellenar para que quede constancia de su invisible trabajo. Con su hermano Jan no comparten casi nada y a veces hasta se pelean. Nada grave en comparación con las familias de sus amigos: los que no tienen la casa mutilada por muertes y enfermedades deben ponerse a trabajar cada vez más horas para hacer frente a las deudas que contraen sus padres.

Si él, al menos, tiene aún la oportunidad de acostarse en la cama de madera de una plaza a pensar en todas esas cosas es porque cuenta con la garantía de su abuelo, una persona centrada que trata de entenderlo y quiere lo mejor para él, aunque Jakub no sabe siquiera en qué consiste eso.

Su abuelo es la columna vertebral de la familia: su poder de decisión y espíritu de trabajo hacen posible que una persona tan inútil como su hijo, es decir, el padre de Jakub, no necesite darse cuenta de que lo es, aunque, en el fondo, todos saben quiénes son. Lo que más le molesta a Jakub de su padre es que se vanaglorie de su inutilidad. Como si el hecho de no hacer nada y depender de su abuelo fuera para él un motivo de orgullo, un curioso rasgo de superioridad y no la esencia de lo que, en realidad, es: un inútil. Y si bien tiene en claro que él no es como su padre, se obliga a hacer todo lo posible para mantenerse a salvo de su influencia.

Al fin y al cabo, los parásitos tampoco se parecen a sus huéspedes.

Su abuelo es casi todo lo opuesto. Aunque Jakub detesta cuando los mayores hablan de modelos, su abuelo se parece bastante a eso. Incluso en esta tarde cerrada, a esta hora precisa en la que empieza a llegar a su habitación el olor de la cena y solo un haz de luz del último farol de la calle evita la oscuridad, Jakub tiene una segunda revelación: admira a su abuelo. No solo porque a su edad se encarga de administrar la economía de toda la familia, sin desentenderse del trabajo físico que muchas veces requiere la granja de los Jansa, sino también porque su personalidad es simple y a la vez profunda. Eso no quiere decir que él quiera ser igual a su abuelo. Pero esa horrible sensación de estar perdiéndose algo cada día, que lleva años torturándolo y que recién ahora termina de entender, quizás la pueda combatir escuchando a su abuelo. O incluso hablando con él.

No son personas iguales, más allá de compartir el nombre y el color de ojos. Él es alguien de su propia época y, de hecho, siempre lo ha sorprendido que su abuelo no sea capaz de hablar otro idioma. Jakub tiene solo dieciséis años. Pero empieza a entender que una forma de no dejar pasar la vida es, justamente, aprender otro idioma. La cantidad de vidas que uno tiene depende de la cantidad de idiomas que habla.

Domina el inglés. Pero debería aprender otro. Y ya que tiene un momento de lucidez, aun en su casi absoluta oscuridad, pretende decidirse ahora mismo. No es tan difícil. Hay algunos con los que, obviamente, no quiere saber nada: el ruso de los comunistas, el alemán de los que cagan más alto que su culo, el francés de los blandos. ¿El español? Alguna vez escuchó que es bastante fácil y le gusta que no tenga nada que ver con su entorno más inmediato. Además, se habla en muchísimos países. Sin que algunas diferencias menores lo conviertan en otro idioma, como sí es el caso del portugués, que vendría a ser al castellano lo que el eslovaco al checo.

Estudiar español es una buena idea. Ya el propio nombre del idioma le parece alegre. Como si ejerciera un poder de atracción desde el mismo cielo de su cultura soleada. No quiere clases convencionales. No le gusta la dinámica con los profesores y bastante tiene con los del colegio. Pero no cuenta con la disciplina de un autodidacta. Necesita algo de ayuda. Un estímulo.

Ahí aparece, entonces, la gran protagonista de su época: la tecnología. Un sargento vestido de soldado que hay que saber transformar en herramienta antes de que se convierta en un arma en contra. Un espía que condiciona el futuro y manipula conductas con sus invasiones disfrazadas de auxilio.

Jakub se levanta de la cama. Va a buscar el teléfono que ya tiene un 38 % de carga y se baja el Duolingo. Luego de un test de nivel bastante ligero, confirma que el español no es para nada difícil. Ya en la primera lección aprende, incluso, una frase más avanzada e interesante que todas las expresiones básicas de saludo: “Me gusta este árbol”.

II

La luz del televisor juega a entrometerse en los rincones más recónditos de la casa. Oleadas que vienen y van. Siguen un ritmo cromático más o menos estable que ilumina en modo tenue una variada secuencia de risas: la más firme y estable, la del abuelo, surge con una sutil mueca de extrañeza que corona un leve movimiento de su quijada; la más exagerada es la de Marek, que se parece a la firma siempre cambiante y precoz que ensayan los niños en su cuaderno; la de Jakub dialoga más con la de la madre, como si una se inspirara en la otra. Todos están sentados sobre los almohadones verdes del sillón de madera, centrado como un párrafo en la sala. Jakub está en el medio, su abuelo a su izquierda, la madre a su derecha y, en el borde del asiento, Marek, su padre.

Jan no está en casa, la madre pregunta por él y termina de un trago medio vaso de cerveza. Jakub, su padre y el abuelo también tienen la suya, pero Marek, además, saborea en forma constante unas gruesas salchichas remojadas en vinagre cuyo olor, entre agrio y dulce, deja de ser intenso para convertirse en asqueroso.

—Este capítulo es muy viejo —dice, sin dejar de masticar, y nadie le responde. En la tele dialogan Abraham y Bart Simpson. Las últimas palabras del niño provocan una nueva ronda en el desfile desparejo y escalon

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