INTRODUCCIÓN
Muy pocos pueden entender lo que significó ser prisionero en Auschwitz-Birkenau. En realidad, solo quienes estuvieron ahí. Incluso menos personas pueden comprender lo que significaba que lo forzaran a uno a asumir el puesto de “prisionero funcionario” dentro de un campo de concentración. Ser funcionario era encontrarse en una posición en la que, si se era valiente y astuto, era posible salvar algunas vidas. Al mismo tiempo, sin embargo… uno se sentía siempre impotente, incapaz de evitar el asesinato sin tregua de quienes lo rodeaban. Ser funcionario significaba vivir con la conciencia permanente de que, en cualquier momento, podrías perder tu propia vida a manos de un guardia aburrido o contrariado, si este notaba que estabas siendo demasiado amable con un compañero prisionero, aunque lo único que trataras de hacer fuera conservar tu humanidad.
Aunque incluso dentro de su familia muy pocos conocían su historia, Magda Hellinger Blau, mi madre, fue ese tipo de prisionera.
Magda siempre fue un enigma. A pesar de todo lo que vivió, no era como muchos otros de los supervivientes del Holocausto que continuaron mostrando las cicatrices emocionales de su experiencia el resto de su vida. Ella siempre miraba hacia delante, era positiva y trabajadora. Cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, de vez en cuando nos llegó a contar algunas historias de los campos de concentración y del peculiar puesto que ocupó ahí, pero siempre lo hizo de una manera mesurada y reservada, como cualquier madre contaría historias de su infancia y juventud en la granja en que vivió. No teníamos idea de lo que se ocultaba en sus narraciones. Tarde o temprano solo poníamos los ojos en blanco y decíamos: “Ay, ya, mamá, olvídalo”.
Al final, escribió y reescribió su historia a mano sin decirle a nadie, ni a nosotras. En algún momento contrató a un joven para que transcribiera sus palabras y mecanografiara el manuscrito, y fue entonces cuando tuve la oportunidad de leer la historia. Sin embargo, para ese momento ya no le interesaba que le hicieran comentarios o pidieran explicaciones. En 2003, cuando tenía ochenta y siete años, llevó el archivo a una imprenta y ahí fabricaron un librito, luego organizó una presentación para apoyar a una asociación caritativa con la que colaboraba y vendió cierta cantidad de copias. Eso fue todo.
En los últimos años de su vida no habló para nada de su historia ni sobre el tema del Holocausto. Así fue hasta que murió, poco antes de cumplir noventa. A pesar de que todavía quedaba más por contar, estaba cansada del asunto y quería dejar atrás la pesadilla que significaba reunir sus recuerdos. Era como si el acto de escribirlos hubiera despejado su mente de las memorias y de cualquier resentimiento o trauma profundo. Volvió a ser la madre que conocíamos, la que solo pensaba en el futuro y tenía un propósito y planes.
No fue sino hasta que falleció que empecé a apreciar la complejidad de su historia. A finales de los ochenta y principios de los noventa proveyó testimonios en audio y video para el Monumento Conmemorativo del Holocausto Yad Vashem, en Israel, el Museo Conmemorativo del Holocausto en Estados Unidos, el Centro Judío del Holocausto en Melbourne y, algunos años después, la Fundación Shoah de Steven Spielberg. Pasaron horas entrevistándola para estos proyectos, pero a nosotros no nos mencionó nada. Cuando vi y escuché las grabaciones, me di cuenta de que, debido a la prisa que tenía por imprimir su historia, omitió muchos detalles. Magda también omitió una gran cantidad de fuentes primarias que amplificaban su relato, entre ellas, los testimonios de las muchas mujeres cuyas vidas salvó manipulando con delicadeza a los nazis. A medida que ahondé en la historia me fui percatando de que en su libro solo había contado un fragmento.
Desde que murió me he comprometido con la tarea de entender mejor lo que vivieron Magda y las personas que la rodearon. Así descubrí la historia única y notable de una mujer que tuvo una perspectiva cercana y peculiar de las SS y de sus asesinatos, sus mentiras y sus engañosos trucos, pero que, de alguna manera, encontró la fuerza interior necesaria para ponerse por encima de la crueldad y el horror del campo de concentración más importante de los nazis, y salvarse a sí misma y a cientos de otras personas en un periodo infernal de tres años y medio.
Se ha escrito muy poco sobre la gente como Magda, es decir, sobre quienes fueron prisioneros, pero también ocuparon algunos puestos por orden de las SS, y estuvieron a cargo de otros: los llamados “prisioneros funcionarios” de los campos de concentración. Lo que se ha escrito suele enfocarse en los Kapos: personas con una responsabilidad específica sobre los grupos de trabajo o Kommandos que desarrollaban una labor esclavizante para las SS. La mayoría de los Kapos eran prisioneros alemanes: criminales más insensibles de lo común, conocidos por su enorme crueldad. Por desgracia, esta reputación provocó que la gente estigmatizara a otros prisioneros funcionarios y los considerara iguales a los Kapos. A lo largo de los años algunos sobrevivientes han descrito a Magda de manera equivocada y la han juzgado injustamente solo porque ocupó el puesto de funcionaria. La mayoría de las acusaciones se han basado en rumores para denunciarla y condenarla. En los primeros años tras el Holocausto, los judíos trataron de cuestionar a quienes ocuparon puestos como el de Magda, porque necesitaban alguien a quien culpar. Ella y muchos más fueron acusados de colaborar con los nazis. Esta cultura del señalamiento ha provocado que la mayoría de quienes fueron prisioneros funcionarios se mantengan en silencio para evitar que haya más acusaciones.
Sin embargo, juzgar a Magda o a cualquiera de los otros funcionarios es ignorar el hecho de que, cada vez que actuaron para salvar a alguien más, pusieron en riesgo su propia vida. Es necesario que contemos sus historias.
Magda nunca esperó el agradecimiento de las personas a las que les salvó la vida, solo quería que reconocieran que hizo todo lo que pudo en medio de una situación aterradora. Lo que sí quería, como muchos otros sobrevivientes, era responsabilizar a quienes negaban el Holocausto. Según sus propias palabras: “A menudo he deseado tener la oportunidad de preguntarle a esa gente por qué niega mi sufrimiento, por qué nos desacreditan, a mí y a millones más. ¿Acaso no sufrimos lo suficiente para, ahora, tener que escuchar sus negaciones?”. Y, al igual que muchos otros, también quería asegurarse de que el Holocausto nunca se repitiera.
Me dirijo a ustedes, lectores, padres, maestros, profesores, científicos, sacerdotes, rabinos. Eduquen a los niños y al público en general respecto a los horrores perpetrados a todas las naciones bajo el régimen nazi, no solo al pueblo judío… No puedo deshacer lo que me hicieron a mí y a un sinnúmero de personas más. Todas las noches, al cerrar los ojos, me despiertan el tormento y las pesadillas. Quiero contar mi historia para que ustedes y otros se fijen como propósito garantizar que las raíces de ese mal no vuelvan a llegar a campos fértiles donde puedan extenderse.
En un principio, Magda escribió su historia según la recordaba. En su mente tenía claros los sucesos y la manera en que lidió con los monstruos de las SS y con sus compañeros prisioneros. Ahora que yo vuelvo a relatarla e intento llenar los huecos del panorama de lo que fue vivir en Auschwitz-Birkenau durante los años que ella estuvo encarcelada, he tratado de ser lo más fiel posible a sus recuerdos y, al mismo tiempo, añadir los detalles necesarios para ofrecer un recuento honesto y legítimo. Además de los escritos y los testimonios que grabó Magda, he tomado información de las crónicas de algunos supervivientes que la conocieron, de otros que ocuparon puestos similares como funcionarios y del trabajo de varios académicos. En los instantes en que la verdad no es del todo clara, como los que suelen surgir con frecuencia en relatos como este, he permitido que Magda cuente su versión de la manera que siempre lo hizo, a partir de su recuerdo. Esto sucede en particular con las interacciones personales: los diálogos recreados en este libro aparecen tal como Magda los escribió o los narró en sus propios testimonios, y solo fueron editados para esclarecerlos cuando era necesario.
Para finalizar esta introducción, me gustaría compartir un extracto de una carta abierta escrita por la doctora Gisella Perl, sobreviviente de Auschwitz. Este documento fue publicado en Tel Aviv el 28 de julio de 1953 bajo el título “Magda, la Lagerälteste del C Lager”. Apareció en el periódico Új Kelet, en lengua húngara. La doctora Perl era una ginecóloga rumana judía cuya familia fue separada y deportada a varios campos de concentración en 1944. Tiempo después publicaría su propia crónica de lo que sucedió en los campos bajo el título I Was a Doctor in Auschwitz (Fui médica en Auschwitz). La carta fue escrita poco después de que la doctora se reuniera con Magda Hellinger en Israel por casualidad.
Solo llevamos algunas semanas en Auschwitz-Birkenau. En aquel entonces solo lo intuí, pero ahora estoy segura. Nosotros, numerados o no, nosotros, seres degradados, bestias humanas, no teníamos idea, no comprendíamos lo que sucedía a nuestro alrededor. ¿Qué era cierto? ¿Qué era falso? ¿A quién creerle? ¿Quién dirige este infierno? ¿Qué reglas y normas gobiernan el destino a cada minuto, a cada hora?
Sencillamente no lo sabemos. Yo no lo sabía.
He sido prisionera durante seis semanas. Estuve de pie, vestida en andrajos cuando pasaron lista, y observé. Miré y observé. En el campo había algunos prisioneros a cargo, y había una a la que llamaban Lagerälteste.
Comencé a observarla. La vi a través de mi mirada clínica, es decir, como si fuera psicóloga. Debajo de los rasgos endurecidos, de ese rostro rígido que se imponía a sí misma, vi el miedo en sus ojos, el tremor de sus dedos y el pulso aterrado de las venas en su cuello cada vez que los prisioneros pasaban frente a una o un oficial de las SS.
—¿Quién es ella? —pregunté.
Una noche fui a ver a la Lagerälteste, su nombre era Magda.
—¿Quién es usted? —me preguntó—. ¿Y qué quiere?
—Soy médica. Quisiera conseguir un par de zapatos y hablar con usted —dije agitada y mirando en otra dirección.
—Vamos, siéntese. Le daré los zapatos, pero primero hablaremos porque veo que es usted una persona inteligente.
Cuando Magda habló, me reveló las complejas y enrevesadas leyes del infierno de Auschwitz-Birkenau. Me contó los horrores de las cámaras de gas, los crematorios, el Bloque 10 de experimentos, los horrores del comando de “castigo” y otras instituciones. Han pasado diez años y no creo que la gente pueda imaginar que todo eso existió, a pesar de que no sucedió hace tanto tiempo. No podrían imaginar que cientos de polacos y millones de judíos fueron asesinados de esa manera tan sádica.
Magda habló y susurró, su expresión fue cambiando minuto a minuto. A los rígidos gestos de su rostro los sustituyeron surcos desbordantes de lágrimas.
—Siempre eligen a algunas personas de nuestro grupo, muy a capricho, sin alguna razón en particular. Luego los colocan en los mal llamados “puestos de liderazgo” para que sean el vínculo entre los asesinos y las víctimas. ¿Por qué? ¿Para qué? No tenemos idea. Lo único que sabemos es que somos responsables. Somos responsables de todo lo que no le agrada a las SS. Créame, es muy difícil.
Continuó hablando con la cabeza agachada.
—Usted es médica. ¡Tenga cuidado! No lo olvide, tenga cuidado y no lo olvide. Todo lo que le digan los alemanes será mentira. Siempre hay algo maligno detrás. Aquí tiene los zapatos. Venga cuando pueda y hablaremos de varias cosas. Usted y yo podemos ayudar mucho.
Esa fue mi primera reunión con Magda. Así fue como me reveló el horror. La observé un año y sentí pena por ella todo ese tiempo. Cada vez que yo tenía problemas la visitaba, y ella siempre me ayudaba.
Lo supe entonces y lo sé ahora: ser Lagerälteste era un destino amargo, mantener juntos a entre treinta mil y cuarenta mil seres humanos degradados al nivel de bestias para asegurarse de que prevaleciera el orden y, al mismo tiempo, obedecer las diabólicas órdenes de los supervisores de las SS…
[…] nuestra Lagerälteste, nuestra Magda, era una persona recta. Luchó como una mujer honrada. Agradezco a la providencia que fuera así, que creyera y tuviera fe en que algún día volveríamos a ser humanos. Que nos ayudara en todo lugar y momento con su amabilidad, que nos defendiera y nos salvara, a veces con rudeza, a veces sonriendo, a veces frunciendo el ceño.
Siento que con este testimonio estoy pagando una deuda de gratitud en nombre de muchísimos prisioneros —y, sin duda, a título personal— con quienes Magda, la Lagerälteste de Auschwitz-Birkenau, fue siempre amable.
Espero que la historia de Magda sea una inspiración en un mundo en el que, a pesar de las condiciones más horrorosas, desafiantes e inhumanas, lo mejor del espíritu humano triunfe y sobreviva.
MAYA LEE
PRIMERA PARTE:
LA HISTORIA
DE MAGDA
1
ORÍGENES
Me senté en una limusina negra tan reluciente como un espejo. A mi lado estaba el Hauptsturmführer Josef Kramer, comandante del campo de concentración nazi Auschwitz II-Birkenau. Vestía el imponente uniforme verde grisáceo de las SS, incluyendo el gorro con el amenazante símbolo Totenkopf al frente de la banda: el cráneo y las tibias cruzadas.
Era mayo de 1944.
Kramer acababa de llegar a Birkenau, pero lo precedía su reputación como uno de los comandantes más notables de las SS. Era un hombre enorme, medía más de un metro ochenta y sus manos eran particularmente grandes. Según los rumores, había matado a más de un prisionero sin más arma que esas mismas manos. En los siguientes dos meses supervisaría la llegada de cerca de cuatrocientos treinta mil judíos húngaros hacinados en vagones de ferrocarril, y luego controlaría la ejecución por gaseo de más de tres cuartos de los recién llegados, en las fábricas de la muerte del campo. Fue la época en que la población de Auschwitz alcanzó su nivel más elevado, y también fue el apogeo del exterminio. De las cerca de un millón de víctimas de los campos de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial, aproximadamente la mitad moriría en ese breve periodo bajo las órdenes de Kramer.
Yo era prisionera. Por alguna razón, había sobrevivido más de dos años en el campo de la muerte Auschwitz-Birkenau. Sobreviví a la enfermedad y la inanición, a crueles castigos y al abuso. Por lo menos en tres ocasiones me salvé por poco de ser enviada a las cámaras de gas. En el antebrazo izquierdo me marcaron con un tatuaje que se convirtió en mi nombre para la mayoría de los guardias de las SS: “2318”, dreiundzwanzig achtzehn. Sin embargo, fui una de las poquísimas prisioneras a las que algunos, incluso Kramer y otros oficiales de mayor rango, llamaban por su propio nombre: Magda.
La limusina de Kramer recorrió la corta distancia hasta lo que se llegaría a conocer como el “C Lager”, Campo C o, de manera oficial, sector B-IIc: una prisión que acababan de terminar de construir en el interior del complejo Birkenau. Cuando llegamos a la puerta principal, el vehículo se detuvo y salimos de él. Frente a mí se extendían dos hileras paralelas de edificios idénticos tipo barracas de madera, rodeados de altas cercas electrificadas. A los lados había dos “campos” idénticos. La repetición era siniestra y parecía infinita.
Kramer me miró desde lo alto.
—Aquí estará usted, Lagerälteste —dijo.
Lagerälteste. La de mayor edad del campo. “Supervisora” del campo. El pináculo de la estrambótica jerarquía de los mal llamados “prisioneros funcionarios”. Sin dejarme opinar siquiera, me eligieron para hacerme cargo de las treinta mil compañeras prisioneras que acababan de llegar. Mi trabajo consistiría en coordinar la distribución de alimentos y la higiene en esta serie de treinta barracas. Cada una habría servido como un establo para albergar con comodidad a cuarenta caballos, pero, en lugar de eso, ahora iban a hacinar a mil mujeres. Y yo sería responsable de garantizar que todas salieran cada mañana, al amanecer, y luego de nuevo por la tarde, a formarse en ordenadas filas de cinco y permanecer ahí, por horas en algunas ocasiones, para que se realizara la Zählappell o pasaje de lista. Cualquier contratiempo o mal comportamiento de la prisionera, cualquier ausencia para este evento, y la Lagerführerin, líder SS del campo, Irma Grese, o alguna de sus guardias, me culparía a mí en primer lugar. Cualquier oficial ebrio o contrariado de las SS podría enviarme por capricho a las cámaras de gas si llegara a sentir que fallé en mis responsabilidades. Cualquier problema de higiene, cualquier brote de enfermedad bajo mi supervisión, y a mí y a mis treinta mil prisioneras del Campo C nos podrían hacer pasar “por la chimenea”.
Contemplé la escena entrecerrando los ojos. Impasible ante la persistente y acre neblina que se originaba como humo desde las altas chimeneas de ladrillo que apenas se alcanzaban a ver a pesar de no estar tan lejos. ¿Impasible? Esa era la emoción que me permitía mostrarle a Kramer, pero en el fondo trataba de contener una tormenta de sentimientos, una versión amplificada de lo mismo que había sentido todos los días en los últimos dos años. Miedo, el mismo con el que vivían todos los prisioneros. Día tras día. Temor por las miles de vidas que sabía que se perderían sin importar lo que yo hiciera, y determinación para continuar la misión que creía tener: salvar cuantas pudiera a pesar de todo.
Uno de mis primeros recuerdos es el de la confrontación con un hombre uniformado. Es uno de esos recuerdos que no estoy segura de que en verdad sea mío porque únicamente tenía tres años. Tal vez solo recuerdo la historia. El vestido rojo brillante en el centro del relato, la prenda a la que, con la necedad de una niña de tres años, me negaba a renunciar a cambio de otra ropa, ignorando todo ese tiempo la conmoción que se vivía en la casa de al lado. Nada de esto habría sido un verdadero problema, excepto por el hecho de que, en aquel tiempo, mezclar el judaísmo con el color rojo era peligroso.
Era 1919, dos años después del ascenso al poder de los comunistas revolucionarios bolcheviques en Rusia bajo su bandera roja. Checoslovaquia, la flamante democracia producto del colapso posguerra del Imperio austrohúngaro, era uno de los países aliados y comprometidos a derrocar a los bolcheviques. A medida que el sentimiento anticomunista aumentó, la cacería de quienes eran considerados simpatizantes de los comunistas también se extendió en buena parte de Europa. Asimismo, empezó a gestarse una teoría de conspiración que culpaba a los judíos de haber empezado la Revolución rusa, la cual provocó que muchos fueran culpados de dicho “crimen”.
Michalovce, nuestro pueblo natal, estaba en el extremo este de Checoslovaquia. Ahí circulaban rumores de que los judíos serían ejecutados por ser comunistas. Una delegación de judíos del pueblo se acercó al señor Elefant, vecino nuestro y ciudadano prominente. Le imploraron que les ofreciera seguridad. El señor Elefant estuvo de acuerdo en ocultarlos, pero en cuanto los rumores de su resistencia llegaron a los oficiales checos de alto nivel, le ordenaron que los entregara. Él se negó, así que los oficiales irrumpieron en su casa, reunieron a todas las personas que se escondían ahí, y les ordenaron salir y pararse junto a un muro para ejecutarlos.
En nuestra casa yo mantuve mi propia resistencia y, después de un rato, tal vez distraída por el barullo de la casa de junto, mi madre cedió y me permitió ponerme mi vestido favorito. Unos instantes después, uno de los oficiales checos entró intempestivamente a nuestra casa para buscar a más judíos comunistas, y lo primero que vio fue el rojo brillante de mi atuendo. Al oficial lo seguía de cerca el señor Elefant, quien continuaba suplicando por la vida de los judíos.
Sin percibir el temor que se extendía en la sala, mi mirada se fijó en los brillantes botones y demás parafernalia del uniforme del oficial. Extendí ambos brazos y, de forma recíproca, él me levantó en los suyos. Parloteé y le hice preguntas típicas de un bebé mientras jugaba con los botones y acariciaba su serio rostro.
El señor Elefant y mi madre se quedaron petrificados. Poco después, el oficial me dio unas palmaditas en la mano, me bajó, se despidió del señor Elefant, reunió a sus colegas y partió.
—Lo siento, señor Elefant —dijo mi madre sollozando—. Yo no quería que se pusiera el vestido rojo, pero ella insistió.
—No hay problema —dijo nuestro vecino—. Esta pequeña distrajo al oficial y salvó la vida de estos pobres judíos aterrados.
Nací tres años antes, el 19 de agosto de 1916. Fui la segunda hija y única niña de Ignac y Berta Hellinger.
Los primeros recuerdos que tengo de mi madre son los de una joven feliz que se la pasaba cantando fragmentos de las óperas a las que asistió en Budapest cuando era niña. Teníamos un gran jardín que siempre estaba lleno de fruta y verduras, y, en el verano, mi madre se levantaba temprano para cosechar papas, maíz, tomates… lo que hubiera de temporada. Cuando yo era niña, a veces trepaba los árboles frutales para recoger los mejores frutos. A veces encontraba el desayuno en uno, el almuerzo en otro y la cena en un tercer árbol. Mi madre siempre estaba cocinando u horneando nuestro pan y el challah, un pan trenzado que se preparaba para el sabbat. Gracias al jardín, siempre teníamos bastante comida, y mi madre la compartía con nuestros vecinos sin siquiera pensarlo. Si alguien necesitaba algo, dejaba cualquier cosa que estuviera haciendo para ir a ayudar.
Un día, siendo todavía muy pequeña, fui a casa de una de mis amigas y noté que la estufa estaba fría y no se estaba cocinando nada. Le conté a mi madre cuando volví a casa, y ella interrumpió los preparativos para el sabbat.
—¡Mañana es sabbat y no tendrán nada que comer! —dijo—. Vamos a llevarles alimentos para que puedan cocinarlos.
Cuando salimos, me explicó un detalle importante.
—La señora Finfitter es una mujer muy agradable, pero demasiado orgullosa para aceptar comida. Voy a entrar y a hablar con ella, y, mientras tanto, tú dejarás los alimentos en su cocina.
Cuando dejé la bolsa con las piezas de pollo, la manteca y el azúcar en la banca de la cocina de los Finfitter, sentí un discreto orgullo.
En otra ocasión, una compañera de juegos me dijo que su familia comía pan sin mantequilla y que no tenían leche. Su padre padecía tuberculosis, y solo una de sus hermanas mayores trabajaba. Corrí a casa y le conté la historia a mi madre. Ella me envió de vuelta con azúcar, mantequilla, leche y algunas piezas de ganso para preparar una sustanciosa sopa.
Cuando tenía veintitantos años, mi padre, uno de dieciséis hermanos, cambió de carrera: dejó de ser contador para volverse profesor. Poco después de que el maestro de historia judía de nuestro pueblo falleciera, papá solicitó el puesto y fue aceptado, pero antes de ocuparlo, empezó a viajar mucho para visitar lugares sagrados y estudiar nuestra historia. Poco después de haberse establecido como maestro, le propuso matrimonio a Berta, quien tenía entonces diecisiete años. Al principio, papá enseñaba en la única escuela judía de Michalovce, pero con el paso de los años el pueblo creció y surgieron nuevas escuelas estatales sectarias en las que también pudo dar clase. Asimismo, comenzó a dar clases de alemán porque conocía bien el idioma y porque se puso de moda; a mí también me enseñó, pero ni él ni yo imaginamos lo útil que me sería más adelante. Luego empezó a dar clases a adultos que no sabían ni leer ni escribir, y su gentileza y generosidad como maestro les permitió a los alumnos superar la vergüenza que les causaba su analfabetismo. Como su labor de profesor exigía mucho tiempo, a veces iba a casa a comer por las noches y regresaba a trabajar. Ignac era apreciado en Michalovce y tenía buenos contactos, conocía en persona al alcalde, el señor Alexa, y aunque era un judío religioso, con frecuencia hablaba con los líderes de las Iglesias ortodoxa griega y católica del pueblo. Todos estos prominentes ciudadanos estaban de acuerdo con el principio de la libertad de credo, y pensaban que los judíos y los cristianos deberían poder vivir en el mismo lugar y en paz.
Yo tenía cuatro hermanos: Max era más grande que yo, pero Ojzer, Yankel y Arje, eran más pequeños. Excepto por Arje, la mayor parte del tiempo yo no tenía gran cosa que hacer con ellos porque se iban temprano por las mañanas para asistir al jéder y aprender historia y religión judías antes de ir a la escuela. Mi amiga más cercana era Marta, una huérfana que tenía más o menos la misma edad que yo y vivía con nosotros. Su nombre hebreo era Jaffa. Perdió a su padre en la guerra, y luego su madre y su abuela murieron de tristeza. Entonces su abuelo tuvo que hacerse cargo de ella, pero era una tarea demasiado pesada y él era un anciano. Por eso mis padres la adoptaron. Marta y yo crecimos como hermanas.
Además de nosotros siete y de Marta, en nuestra casa con frecuencia alojábamos a estudiantes del internado que no podían viajar de vuelta a su hogar el viernes antes del sabbat. Y como no era aceptable que una joven soltera viviera sola, en la semana también residía con nosotros una costurera de otro pueblo que nos confeccionaba hermosos vestidos a mi madre y a mí. Luego estaban los invitados adicionales a nuestra mesa los viernes por la noche para el sabbat o para celebrar los días judíos sagrados; podían ser amigos visitantes de la escuela o familias necesitadas. Por suerte, en nuestra casa había bastante espacio, mi padre la construyó y luego fue añadiendo una habitación tras otra como se fue necesitando. Los sábados visitábamos a los miembros de la numerosa familia extendida Hellinger en todo Michalovce para desearles Sabbat Shalom: sabbat de paz.
Vivíamos en un vecindario muy agradable con muchos niños, judíos y no judíos; también teníamos cerca a muchos parientes. En la casa de al lado vivía una niña no judía, pero su padre colocó una puerta en la verja para que ella, Marta y yo pudiéramos entrar y salir corriendo de su jardín y del nuestro. Nos juntábamos con otro grupo de niñas y siempre teníamos actividades. Montábamos obras de teatro, cantábamos y bailábamos, o jugábamos. A veces los chicos se nos unían también.
Yo disfrutaba mucho de la escuela y me iba muy bien. En algún momento incluso les di clases a mis compañeros por las tardes, uno de ellos era hijo del alcalde. No era un estudiante muy dedicado, pero nos volvimos buenos amigos y logré ayudarlo a concentrarse un poco más. En una ocasión, ambos preparamos un discurso como parte de las celebraciones del cumpleaños del respetado presidente checo Tomáš Garrigue Masaryk, el 7 de marzo. Todo el pueblo estuvo presente y el alcalde se sintió muy orgulloso de ver a su hijo en esa situación.
Teníamos una vida muy plena y gozábamos de la libertad que nos brindaba el hecho de crecer en un ambiente sano y de abundancia.
Mi padre estaba orgulloso de su herencia judía. En lugar de los tradicionales cuentos infantiles para antes de dormir, me sentaba junto a él y me contaba relatos de nuestra historia. Con el tiempo, sus narraciones plantaron en mí las semillas de la pasión por el sionismo, la cual creció aún más durante mi adolescencia, cuando un maestro hebreo polaco llegó a nuestra escuela.
En ese momento yo no hablaba nada de hebreo, pero cuando conocí a ese maestro, volví a casa y le conté a mi padre acerca de mi día.
—Hoy llegó a la escuela un señor muy agradable y nos enseñó a decir Lo sham —dije. Mi padre se rio.
—Creo que quieres decir Shalom.
—Ah, sí, eso —dije—: Shalom.
El maestro empezó a organizar algunas actividades después de clases, como un taller de teatro y canto, y más adelante nos presentó el mo’adon, una especie de club juvenil sionista. Yo lo disfruté mucho y en poco tiempo llegué a involucrarme mucho. Poco después, mi entusiasmo fue reconocido, y me dieron el puesto de menahélet de los niños pequeños, es decir, organizadora líder. Ahora era yo quien les contaba a ellos los relatos de la historia judía, y quien divulgaba la idea de que algún día los judíos tendríamos nuestra propia tierra, nuestro hogar. Pocos años después llegué a ser menahélet de niños mayores y, más adelante, de todo el mo’adon.
No tardé mucho en aprender que cuando una organización encuentra a alguien entusiasta y capaz, aprovecha y hace uso de sus habilidades y capacidades. Me involucré en el movimiento juvenil sionista Hashomer Hatzair, al que nos referíamos como los “scouts judíos”. Poco después ya estaba muy ocupada con este tipo de actividades: ayudando a organizaciones como Keren Hayesod y Keren Kayemet LeIsrael, las cuales recaudaban fondos para ayudar a los judíos a establecerse en lo que más adelante sería Israel.
Me volví buena para organizar a la gente y nunca me faltó chutzpah —confianza o desenfado— para pedirle ayuda a gente mucho mayor que yo. A pesar de que todavía era adolescente, viajé para establecer una filial de Hashomer Hatzair en el pueblo de Trenčín, a unos cuatrocientos kilómetros, en la zona oeste de Eslovaquia. Ahí me reuní con tres simpáticos concejales locales que no eran judíos, así que solo les dije que iba a establecer un nuevo movimiento scout para la comunidad. Sugerí organizar un evento para recaudar fondos y erigir un asta para ir mostrando con marcas las donaciones que se fueran acumulando. Durante la inauguración le daríamos a la gente un clavo dorado y una etiqueta con su nombre para que cada persona pudiera marcar su donación añadiendo el clavo al asta. A los concejales les impresionó la idea y ofrecieron generosas donaciones personales, las cuales resultaron muy útiles porque después pude acercarme a miembros de la comunidad judía local y hablarles de las donaciones de estos tres gentiles. Por supuesto, ellos tendrían que donar más dinero que los no judíos, así que obtuve contribuciones más generosas de su parte. Luego me puse en contacto con una maestra local de costura para que donara tela para confeccionar una bandera y que sus alumnas bordaran nuestro emblema en ella. También convencí a los herreros locales de que fabricaran los clavos. Organizamos una formidable ceremonia de izamiento que fue todo un éxito, y así nació la nueva sucursal de scouts.
También organicé muchas fiestas Purim y Janucá, así como bailes para recolectar fondos. En uno de ellos, cuando todavía tenía unos dieciséis o diecisiete años, se acercó un caballero y me invitó a bailar. Le dije que yo no bailaba, lo cual era hasta cierto punto verdad porque Hashomer Hatzair no creía en bailar a menos de que fuera la hora, es decir, la versión judía del tradicional baile de Europa del Este, en el que la gente se toma de las manos y forma un gran círculo. El hombre f
