UN PRODUCTO INESPERADO
Cinco horas y media después de enterarse de que se estaba muriendo, Heron condujo hasta su supermercado preferido. A falta de alternativa y siendo jueves, decidió seguir su rutina.
No es un secreto que a Heron le gusta hacer la compra semanal los jueves. A última hora de la tarde si es posible, o a media tarde como muy pronto. Su familia se burla de él por eso, por sus extrañas inflexibilidades.
«Vive un poco —le había dicho su hija la semana anterior—. Ve a hacer la compra el lunes por la mañana, a ver si te atreves».
Pero los jueves son tranquilos y eso le va bien. Los jueves son sensatos. A Heron le gusta empezar el fin de semana con el frigorífico lleno, a pesar de que sus fines de semana, en realidad, ya son casi como cualquier otro día de la semana.
Al subir la escalera mecánica encuentra un carrito pequeño, el término medio perfecto, como ha pensado él siempre, porque un carro grande es demasiado, y una cesta no llega. Heron es un comprador organizado: coloca los productos en la bolsa reutilizable que tiene asignada a cada armario de la cocina. Pone los artículos de limpieza separados del pan. No se apresura, no olvida la leche, no aplasta la ensalada. Heron no es de las personas a las que les molesta que cambien la disposición del supermercado de vez en cuando. Al contrario, él casi disfruta el punto de búsqueda del tesoro que le otorga a la tarea de encontrar la mermelada de naranja. Si le preguntasen, no sabría decir por qué compra de esa manera en particular: el sistema habla por sí solo.
Heron empuja el carrito hasta la zona más alejada y fría del supermercado. Por razones obvias, siempre elige en último lugar la comida congelada. Hoy introduce un gran cambio en su rutina al abrir la tapa de cristal de una isla congeladora que le llega a la cintura, alisar con la mano las bolsas de patatas en forma de caritas sonrientes y meterse dentro.
Al principio nota más el olor que el frío. Aun con la tapa ligeramente abierta, dentro del congelador huele a almidón y el aire está viciado. Resulta sorprendente darse cuenta de que en realidad se está bastante cómodo en un congelador, a pesar de que la escarcha está empezando a empaparle la parte trasera de las rodillas. Heron ajusta los omoplatos, estira las piernas y las caras de patata encuentran su sitio por debajo. Se tumba inmóvil en la paz amortiguada de la isla congeladora, y vive.
Heron había sentido cierta lástima por la médica, una mujer más bien joven que no dejaba de juguetear con su bolígrafo a pesar de tener las mejores intenciones. No debe de ser fácil tener que decírselo en voz alta a alguien.
—Hay folletos. Y sitios web —había dicho la doctora; después se había movido solo un poco y había extendido la mano para tocar el escritorio, para demostrarle que al menos esa parte había acabado.
Heron se había puesto en pie demasiado rápido, embrollando su chaqueta en el respaldo de la silla, antes de decir, de forma absurda:
—Es impermeable.
Aun así, no hacía tanto frío en el congelador como se podía pensar, o a lo mejor es que hacía tanto frío que ya no lo notaba, también podía ser.
Heron levanta la vista hacia la tapa de cristal empañada. Mira más allá, hacia las luces fluorescentes y las viguetas de acero del techo del supermercado.
Ahora hay cosas que tendrá que hacer. Cosas que tendrá que decir. Que admitir.
Mira el hielo que gotea y brilla en la cara interna del congelador, más allá de su cabeza. Las sonrisas enloquecidas y los ojos huecos de las caras de patata. Mira esas cosas y se encuentra bien. Heron se encuentra tan bien que podría haberse quedado en el congelador para siempre, sin más, si una mujer no hubiese soltado un grito al abrir la tapa en busca de unos guisantes congelados.
Hacen falta tres empleados para sacarlo. Resulta que está bastante frío, de hecho. Tiene la parte trasera de la cabeza mojada y las rodillas doloridas y rígidas. El encargado se muestra muy amable, alegre incluso al decir: «Vamos a sacarlo de ahí, señor, ¿le parece?» y «¿Quiere que llamemos a alguien?».
Solo al llegar a casa entiende Heron el tono de voz del encargado. Sereno, tolerante, como si encontrarse a un hombre tumbado en un congelador fuese algo previsible dentro de una variada carrera como minorista. Heron entiende entonces lo que vio el encargado. Un anciano confuso. No del todo en sus cabales. No del todo en su juicio.
NOTICIAS LOCALES
Antes de dormir, Heron llama a su hija por el fijo. No le gusta usar el móvil en casa.
—Soy yo —dice, como siempre.
Entonces se detiene y espera a que ella diga «Anda, qué sorpresa» o «Cuánto tiempo sin saber de ti», como hace cada noche, sin falta.
Cuando Maggie le pregunta a Heron por su día, él tiene mucho que contar. Le habla de la pareja joven de enfrente, que está poniendo césped nuevo, como si no se hubiesen dado cuenta de que está prohibido usar las mangueras. Le habla, con bastante detalle, de un documental interesante sobre los parques eólicos que han dado por la radio. ¿Lo ha oído?
Maggie dice que no.
Heron habla y Maggie hace ruiditos para que sepa que lo escucha.
Ajá. Ya. «Interesante», dice, o «Qué bien».
Heron habla, pero algunas cosas no salen a colación. El hospital, por ejemplo. El supermercado. Algunas cosas están mejor debajo de la alfombra, piensa Heron. De momento. Si intentase explicarlo, saldría todo de mala manera. En lugar de eso, se limita a temas más seguros: el nuevo catálogo de semillas, que llegó el día anterior. El café gratis que le toca por su tarjeta de fidelidad. Maggie escucha y espera un hueco, la oportunidad de abandonar la conversación con un «Bueno, será mejor que te deje. Que duermas bien».
Heron lo permite, es una salida para ambos.
—Tú también.
—Buenas noches entonces.
—A ver —dice Conor—. ¿Cuáles son las últimas noticias sobre la reforma del ático del vecino?
—Sin comentarios —le dice Maggie a su marido—. Hoy no ha habido muchas novedades.
Maggie sirve dos copas de vino recién sacado del frigorífico y las llena un poco demasiado para ser jueves por la noche. Al tenderle una a Conor se da cuenta de que él está un poco decepcionado. Las llamadas nocturnas de Heron normalmente son una mina. Maggie lo había oído bromear con sus amigos una vez en una fiesta, diciendo que sabía más del problema de su suegro con los pulgones de lo que sabía sobre política de Oriente Próximo. Maggie se daba cuenta de que en teoría ella también tenía que reírse, ver el lado divertido de las rarezas de Heron. Pero a Maggie no le había hecho gracia. No le importaba que su padre se lo contase todo; siempre había sido así. Todos los pequeños detalles de su día, sus pensamientos y teorías del momento. Conor no lo entendía, o no quería entenderlo. En lugar de reírse, Maggie había contestado, delante de todo el mundo, «A lo mejor tendrías que leer la prensa con un poco más de atención, cariño» y, de regreso a casa, había reinado el silencio en el coche.
Una vez vaciadas las copas, cierran con llave y le dan de comer al gato. Conor recoge el portátil y el cargador que se llevará al trabajo para ahorrar tiempo por la mañana. Maggie mira el horario del frigorífico para ver qué necesitarán los niños al día siguiente. El palo de hockey de Tom, los almuerzos, un impreso que Maggie debe firmar para que Olivia vaya a la acampada de la escuela. Hay cosas distintas para el día siguiente y el de después. Es tarea suya recordar las cosas, aunque los niños ya no son bebés, aunque Conor es un hombre adulto totalmente capaz de realizar por sí mismo tareas más difíciles que leer los turnos de los trayectos en coche. Aun así, lo hará ella, para que todos sigan en movimiento. Para que todo siga su curso.
JULIO DE 1982
UN MERCADILLO
En los escalones de la parte delantera del salón parroquial, dos adolescentes sacuden unas huchas de plástico llenas de monedas que saltan y tintinean.
—Veinte céntimos la entrada. Diez los niños —canturrean como una cantinela.
Dawn mira su monedero. Están a primeros de mes, así que no está apurada, pero necesita estirar el dinero. Han abierto una peluquería nueva en la calle principal, y los aprendices te cortan y te secan gratis si llegas fuera de horario. Si hace eso, podrá usar el dinero de la peluquería para comprarse la chaqueta vaquera que ha visto en el catálogo.
Se da cuenta de que la recaudación del mercadillo va destinada a algo. ¿El techo de la iglesia? ¿Los leprosos? No consigue leer la etiqueta pegada con cinta adhesiva a la hucha, las letras gruesas escritas con rotulador.
—¡Es para nosotros! —dice la girl scout al verla aguzando la vista para leer—. Necesitamos un nuevo hornillo de campamento.
Dawn reconoce a una de las chicas; fue al colegio con su hermana mayor, hace una vida, hace cinco minutos. Echa las monedas a la hucha y las chicas le devuelven una sonrisa igual de metálica.
Cuando era pequeña, la abuela de Dawn se la llevaba a los mercadillos que se hacían cerca de las casas pudientes. A Dawn le gustaba comprar una prenda de ropa y una cosa que llevar en la mano. En un buen día, el contenido de su monedero de cuentas daba para ambas cosas. Una falda nueva y un brazalete, por ejemplo, o, en una ocasión memorable, un impermeable casi nuevo de PVC y un llavero de la torre Eiffel. En el autobús, volviendo a casa, la abuela se ponía a cotillear con mujeres que seguían llevando alfileres en el sombrero y Dawn rezaba para que ninguna niña del colegio reconociese en su nuevo top preferido el que ella había desechado. A Dawn le seguían gustando los paseos en autobús por la ciudad, y seguía teniendo un gusto por la moda desacorde con su presupuesto. Ahora acudía sola a los mercadillos, buscando tesoros bajo las montañas de pantalones de vestir descartados y los uniformes de colegio que se habían quedado pequeños.
Todo el mundo sabía que las mejores prendas eran las primeras en desaparecer. Las mujeres mayores con carros de la compra a cuadros eran más hábiles en sus maniobras que las jóvenes, apoyadas en cochecitos de bebé. Todas ellas eran expertas a la hora de seleccionar o desechar, a la hora de mirar etiquetas buscando la marca Saint Michael, santo patrón de las costuras fuertes. Dawn da vueltas por el vestíbulo sonriendo como un político, con paso sereno y sin mostrarse desdeñosa ante ninguna blusa manchada, no vaya a resultar que su antigua propietaria sea la mujer que se halla al otro lado de la mesa de caballete. Pasa la mano por algunas prendas infantiles, un par de vaqueros desgastados, una chaqueta color mostaza con el oso Rupert bordado en el bolsillo delantero. No se aleja de las mesas y estira el brazo para tocar mangas y dobladillos, el tejido y los estampados de recuerdos ajenos.
Dawn lo encuentra a medio camino, el artículo perfecto que no sabía que estaba buscando. Por debajo de una pila de mantas de bebé hechas a ganchillo, saca un jersey de lana Aran color crema. Lo último que alguien querría comprar en julio. Mientras se lo pone por encima para ver la talla, la mujer de enfrente dice «75 centavos». Y luego, entre risas: «Te pediría una libra, pero Dios sabe lo que pasará cuando intentes lavarlo». Dawn le da las gracias, suelta las monedas en la tarrina de helado y echa un último vistazo alrededor para comprobar que no ha pasado nada por alto. La mesa de adornos y accesorios es más de lo que puede afrontar ese día, al igual que los zapatos, deformados por pies ajenos, atados en pares con gomas.
No la espera nadie en casa durante al menos una hora, así que Dawn encuentra la mesa de tentempiés y se da el capricho de tomar un té y un bizcocho en forma de mariposa. Al otro lado del vestíbulo, un par de ancianas evalúan prendas de compresión color carne y Dawn las observa mientras tironean en direcciones diferentes, para comprobar si resistirían otro uso.
—Carnaby Street siempre pone los dientes largos —dice la mujer que está en la mesa de al lado, y Dawn se atraganta y escupe el trago de té de vuelta a la taza.
Levanta la vista y ve a una mujer joven que acerca la silla a la mesa, al tiempo que coloca su taza azul y su platillo justo al lado de los de Dawn. Se inclina hacia ella y le sonríe, como si no fuesen unas completas desconocidas.
—¿Has encontrado algo bonito?
Y ya está, están hablando.
Hablan de lo que no han comprado, de lo que sí. Dawn saca el jersey de la bolsa y lo levanta para inspeccionarlo. Los botones son como castañas, piensa Dawn, eso es.
—Tejido a mano. —La mujer asiente a modo de aprobación—. Debe de haber llevado horas.
—Eso pensé yo también. Me lo han dejado por menos de una libra. ¿Y tú?
La mujer mete la mano en el cesto de mimbre que tiene a sus pies y empieza a desenvolver uno de los paquetes de papel de periódico. Dawn aprovecha la oportunidad para mirarla, para escrutarla. Tienen más o menos la misma edad. Parece alta, aunque cuesta decirlo, porque está sentada. Un poco pija, piensa Dawn, por su forma de hablar. Por la forma de dar por sentado que Dawn quiere hablar con ella. A Dawn le entran ganas de preguntarle dónde ha comprado los pendientes. Tras desenvolver el paquete, con el papel de periódico arrugado sobre su regazo, la mujer levanta una copa de champán a juego con otras tres, pequeñas y no muy profundas, con un delicado ribete verde. Las mujeres miran a la vez el cristal y la luz que incide en él. Bonito, pero poco práctico.
—Para las cenas que nunca organizo —dice—. ¡Chin, chin!
Levanta la copa vacía con un aspaviento, con una voz un poco demasiado sonora para una persona sentada en el rincón de los tentempiés de un mercadillo de iglesia, lo cual le granjea murmullos de desaprobación del comité de la Organización Benéfica de Madres. La mujer sonríe de oreja a oreja y Dawn se sonroja hasta la línea del pelo cuando la gente se vuelve a mirarlas. Dawn había ido allí a tomarse un descanso, buscando la oportunidad de esconderse en una antigua versión de sí misma durante un par de horas. Es una sorpresa que la mañana se haya convertido en una pequeña aventura. Cuando la mujer cruza la mirada con ella, Dawn se siente cómplice, atrapada, como siempre le pasaba en el colegio, en la compañía de alguien más atrevido, al borde de una diversión que en realidad no era la suya. A la mujer no le había importado en absoluto montar una escena; se limitó a envolver de nuevo la copa en el periódico, colocó con cuidado la taza de té vacía en su platillo y dijo:
—Creo que me marcho.
Y Dawn, para su inmensa sorpresa, se oyó decir:
—Yo también.
Lo que ocurrió a continuación no fue nada: las dos abriendo las puertas de vaivén de un empujón y saliendo de la iglesia como si estuviesen huyendo de la escena del atraco a un banco. Hazel, convirtiéndose en Hazel para ella, presentándose.
—Al parecer, me pusieron ese nombre porque tenía el pelo color avellana. ¿O fue por los ojos? ¿Quién sabe? Mi hermano siempre decía que se habían equivocado de fruto, con la castaña que doy.
Su gesto fingido de enfado
