Grandes promesas (Los años gloriosos 4)

Pierre Lemaitre

Fragmento

1. Cuánto lo echaba de menos...

1

Cuánto lo echaba de menos...

Jean se detuvo en la rue Lamarck y, alzando la cabeza, miró con angustia los dos tramos de la empinada escalinata que sube hasta la rue de Caulaincourt.

Para evitarla tendría que dar un gran rodeo. Ya iba con cierto retraso, pero aun así dudó un momento porque, con los años, la lozanía que le había valido el apodo del Gordito se había transformado en obesidad. Su mujer, Geneviève, afirmaba que le sobraban treinta kilos; el médico, más prudente, hablaba de quince. Daba lo mismo: el caso era que se sofocaba enseguida.

Si decidía retrasarse aún más o afrontar con decisión el ascenso de la escalinata, pensó, la elección no dejaba de ser un asunto puramente técnico.

No imaginaba que aquella disyuntiva, en apariencia anodina, podía cambiarle la vida.

Se olvidó de la escalera y decidió volver tranquilamente sobre sus pasos hasta la rue des Saules.

«Que esperen, y punto», se dijo.

La suerte estaba echada.

Retiradas las mesas de Le Petit Clément, unas cincuenta personas llenaban la sala. Incluso habían colocado un micrófono de pie, aunque el lugar no era demasiado grande. A un lado de la entrada, sobre un tablero sostenido por caballetes, se veían varias pilas de ejemplares del libro, ceñidos por una faja roja, y una mesita donde, al final del acto, François los firmaría a petición de los lectores.

Toda la familia estaba allí, a excepción de los niños, que se habían quedado con tía Thérèse.

Y de Jean, que no aparecía.

Impaciente, Geneviève tamborileaba con los dedos en la mesa del bufet sin apartar la vista del reloj de pared, exagerando su decepción hacia aquel marido suyo. Entre los dos habían fundado una empresa de prêt-à-porter que iba viento en popa, pero para ella cualquier cosa que hiciera él era un fiasco, y dedicaba mucho tiempo a escenificar su frustración.

Esas escenas, ostentosas y públicas, herían particularmente a Angèle, quien sentía por su hijo mayor un cariño inmune al paso de los años. Su amor por François y Hélène, sus otros hijos, había evolucionado —los quería como una mujer de setenta años quiere a unos hijos de cuarenta—, pero con el Gordito seguía siendo la joven madre que sufre por su niño tímido, retraído, ansioso, permeable a todas las emociones. «El Gordito es una esponja...», solía decir Louis, su marido, fallecido unos años atrás. Así que, mientras el resto de los asistentes observaban el improvisado escenario, ansiosos por que empezara aquella pequeña ceremonia literaria, ella se esforzaba por ignorar la irritación teatral de su nuera. Y aunque se sentía muy orgullosa de François, el protagonista de la noche, sólo podía pensar: «Que no le haya pasado nada a mi Jean.»

Entretanto, Hélène, la hermana de François, saludaba a su antiguo jefe en Le Journal du Soir y charlaba animadamente con sus ex compañeros, y Lambert, su marido, iba de grupo en grupo, parloteando con unos y con otros, revoloteando entre los invitados con tanta soltura como presunción, porque debía de haber leído más que la mitad de ellos juntos.

En cuanto a François, que iba a recibir el premio Pont des Arts por su tercera novela, Sin noticias de ti, mostraba una expresión difícil de interpretar. En vez de estar visiblemente contento, parecía serio, casi preocupado, hasta el punto de que algunos atribuyeron esa actitud a una fatuidad que no le era propia.

Nine, su mujer, que lo conocía mejor que nadie, fue la primera en notarlo: desde hacía unos días lo encontraba ensimismado, perdido en sus pensamientos. No sabía qué le ocurría y, cuando se lo preguntó, él se limitó a decir que estaba «pensando en su nuevo libro». Era una excusa verosímil —durante la escritura de una novela solía pasar por fases de intensa concentración que lo apartaban de la vida cotidiana—, pero no era cierta: no estaba trabajando en ningún libro nuevo. Tras la publicación de Sin noticias de ti, había escrito un prólogo y algunos artículos, pero no se había encerrado ni una sola vez con sus cuadernos, como solía hacer cuando buscaba un tema. Y lo peor: no le había hablado de ningún proyecto, cuando siempre solía contarle sus ideas incluso en sus primeras fases.

Otra mujer quizá habría sentido una inquietud más íntima, pero ella no, no iba con su carácter. Sus miradas se encontraron y ambos sonrieron brevemente. Qué guapa estaba. Siempre llamaba la atención de los hombres. Se había cambiado de peinado hacía poco: ahora llevaba un corte à la garçonne, con una coletita muy fina que le caía sobre el cuello. De vez en cuando se la echaba hacia atrás con gracia, dejando al descubierto el auricular que llevaba en la oreja, y convertía en un gesto de elegancia el símbolo de su discapacidad —ella, que era el buen gusto personificado—. Los hombres que se le habían acercado con actitud protectora, creyendo que su sordera la hacía vulnerable, lo habían lamentado amargamente.

Por fin, el presidente del jurado dio unos golpecitos en el micrófono para reclamar la atención de todos, en especial la de una mujer bastante rolliza que devoraba canapés de queso bajo la mirada reprobadora de los camareros, incapaces de detenerla. Nadie habría podido. De hecho, cuando su hija Colette se le acercó para decirle que lo educado era esperar a que el bufet se abriera oficialmente, respondió:

—¿Para que luego no quede nada potable? ¡No, gracias!

Entonces, la explosión sorprendió a todos.

Ocurrió a cierta distancia, aunque fue lo bastante fuerte como para hacer temblar las copas.

De inmediato, las conversaciones se apagaron.

Las miradas se dirigieron hacia la puerta.

Los atentados cometidos por los partidarios de que Argelia continuara siendo francesa seguían muy presentes en la memoria de todos, y habían causado suficiente horror como para que cualquiera se sobresaltara al oír una detonación.

—Por lo general, los fuegos artificiales son al final —comentó ingeniosamente el presidente.

Se oyeron algunas risas: ja, ja, ja...

—Señoras y caballeros, estamos aquí para...

Apenas hubo quien escuchara el discurso: la explosión ha­bía dejado huella.

—Ha sonado por la parte de Lamarck —susurró alguien.

—¿Qué habrá sido?

—¿Les quedan rollitos de paté? —le preguntó Geneviève a un camarero que fingía no verla.

En ese momento, Jean acababa de doblar la esquina de la rue Caulaincourt.

La explosión había hecho temblar el suelo, y se había oído el estrépito de los cristales al romperse.

Instintivamente dio un paso atrás.

La calle estaba cubierta de escombros, yeso y trozos de madera, y las llamas asomaban por la gran brecha abierta en la fachada, a la altura del tercer piso. La gente se apartaba mientras una espesa columna de humo salía ya por las ventanas.

Jean se quedó allí, paralizado ante la visión de los vecinos que, entre gritos, huían del edificio con los niños en brazos.

Un rumor sordo anunció que el fuego se extendía: las llamas subían a las plantas superiores y también descendían piso a piso por los huecos del suelo.

Se adelantó para ayudar a una anciana en bata que se había sentado en el bordillo, llorando. La levantó con cuidado por las axilas y la dejó apoyada sobre un coche.

Resonaban los gritos:

—¿Alguien ha llamado a los bomberos?

—¡Hay que pedir ayuda!

—¡Deprisa!

Algunas familias seguían saliendo del edificio, despavoridas y llorando. Los viandantes que se atrevían a acercarse las tomaban del brazo y las alejaban de las llamas.

El tráfico se había detenido. Algunos coches empezaban a tocar el claxon. Decenas de personas gesticulaban, señalaban los pisos; otras caían de rodillas y enseguida alguien las ayudaba a levantarse o las llevaba a un lugar seguro.

De pronto, un perro con el pelaje chamuscado cruzó la calle a toda velocidad y desapareció.

Un grito desgarrador rompió el aire y enseguida se oyó otro derrumbe. Brasas rojas salieron disparadas como bengalas en todas direcciones y los transeúntes se apartaron cubriéndose la cabeza.

Jean seguía frente al gran portal, del que salía un humo negro y denso con olor a caucho quemado.

Aquel grito —¿una mujer?— lo había estremecido.

Nunca sabría explicar qué lo impulsó en ese momento.

Se subió el cuello del abrigo y, encorvándose instintivamente, entró en el edificio.

—Pero ¿qué estará haciendo? —se preguntaba su mujer, exasperada, sacudiéndose las migas del generoso busto—. ¡Tu padre siempre se pierde lo más interesante! —añadió volviéndose hacia Colette. Luego, sin esperar respuesta, le dio un manotazo a Philippe, un grandullón de doce años que se disponía a coger un canapé—. ¡Y tú, ya basta! ¡Te pondrás tan gordo como tu padre!

Durante siete años, aquel hijo le había parecido perfecto, pero al comprender que nunca destacaría en los estudios había cambiado de opinión y, como por reflejo, había empezado a adorar a su hija, que hasta entonces había sido el blanco de su hostilidad. Algunos temperamentos, decía Victor Hugo, no pueden amar por un lado sin odiar por el otro. Era su caso. En su descargo, hay que decir que era más fácil querer a la que tenía éxito que al que hincaba los codos sin obtener resultados. «¡Lo único que se le da bien es el billar!», decía de él. Y para que se comprendiera que no era un cumplido, a veces añadía: «Acabará siendo un delincuente, se lo digo yo.»

Hélène, su cuñada, pasaba por ahí.

—En los grandes premios, como el Goncourt... ¡ya lo sé, dónde vas a comparar!... —le dijo Geneviève con la boca llena—, ¿no dan una carta, un diploma o algo así? ¿No? ¿Sólo una banda roja? Qué rácanos, ¿no?

Hélène iba a responder, pero los aplausos se lo impidieron: acababa de pedirle a François que posara sosteniendo la novela frente a la cámara.

Se oía el entrechocar de las copas de champán, el bullicio crecía; las conversaciones dejaban atrás el tema de la noche y derivaban hacia el mundo editorial, los escritores... Los rumores corrían por la sala seguidos de su habitual cortejo de noticias falsas, maledicencias y chismes. Todos parecían encantados.

François le sonreía a todo el mundo mientras escribía dedicatorias con su amplia y elegante letra.

Pero aún tenía el ceño fruncido.

Como lo había visto volverse hacia la puerta varias veces, su madre pensó que también él debía de estar preocupado por la inexplicable tardanza de Jean.

A pocos metros del portal, Jean distinguió la escalera. Se acercó y, con el abrigo sobre la cabeza, empezó a subir, pero enseguida tuvo que pegarse a la pared para dejar paso a las últimas personas que bajaban despavoridas.

Se había lanzado al interior del edificio guiado por aquel lejano grito de mujer, pero apenas llegó al rellano del primer piso su acto le pareció tan inútil como temerario. Había muchas posibilidades de dejarse la vida en el intento. ¿Qué ha­cía allí? De pronto sintió ganas de huir, y eran tan imperiosas como su impulso de entrar.

Ya había dado media vuelta cuando volvió a oír el alarido. ¿Era de la misma mujer? Venía de arriba.

En el rellano, una puerta yacía en el suelo, como derribada por un ariete. La luz había dejado de funcionar. ¿Adónde iba?

A su alrededor, el fuego rugía con un estrépito espantoso, pero el grito volvió a abrirse paso entre el estruendo. Era un aullido de puro dolor.

Estar allí era una locura...

El piso devastado en cuyo umbral se encontraba era ya un horno; las llamas se extendían a una velocidad vertiginosa. Avanzó.

Apenas tuvo tiempo de apartarse cuando una parte del te­cho se vino abajo y los muebles del piso superior aterrizaron a unos metros.

Era consciente del peligro, pero una extraña excitación lo invadía. Nunca antes había sentido algo así.

Desde donde estaba, el grito que lo había atraído volvía a oírse, convertido ya en un rugido desesperado que helaba la sangre, como si alguien luchara contra una fiera.

Guiado por esa voz inhumana, se cubrió aún más la cabeza con el abrigo, trepó por encima de varios muebles destrozados, se agachó para bordear un tabique en llamas que amenazaba con desplomarse y, jadeando, alcanzó de nuevo la escalera. Cuanto más subía, más insoportable era el calor. Los peldaños ardían ya al rojo vivo; pronto serían intransitables. ¿Podría volver a bajar?

Distinguió, a cierta distancia, un boquete en el suelo, y se quedó paralizado al ver el cuerpo de un adolescente aplastado bajo una enorme cocina metálica abollada, caída del piso superior. Avanzó, pero, aunque el calor le nublaba la vista, no necesitó acercarse mucho más para saber que el chico estaba muerto: los ojos le habían estallado.

Sintió una pena terrible.

Cada vez le costaba más respirar. Se secaba las lágrimas y el sudor con la manga de la chaqueta. Al fin se decidió a dar media vuelta: el calor se volvía insoportable por momentos.

Entonces vio una mano de hombre que emergía entre los escombros y observó que llevaba un anillo de matrimonio. Junto a un fregadero caído en el suelo yacía el cuerpo desmembrado de una mujer. Uno de sus brazos, seccionado, descansaba a un par de metros, dejando ver un hueso blanco, limpio, que asomaba entre la sangrienta vaina de los músculos arrancados.

Contuvo una arcada.

Afinó el oído: el grito había cesado.

Ya sólo se oía el crepitar de las llamas, que pronto lo rodearían si no conseguía salir de allí.

No tuvo tiempo. Una viga se vino abajo sobre su cabeza. Por puro reflejo alzó los brazos para protegerse, pero el madero le golpeó el pecho y lo derribó. Cuando logró reponerse del impacto, estaba tendido en el suelo con una viga pesadísima sobre el estómago. Iba a morir abrasado.

Y, de repente, todo se detuvo.

Inmovilizado y apenas capaz de respirar bajo el peso de aquel madero, tuvo la extraña sensación de que el incendio se alejaba. El silencio era casi absoluto, como si estuviera solo y pudiera ver, con una extraña calma, lo que había sido su vida.

De ahí venía aquella excitación extraña: había entrado para acabar de una vez.

Su presencia en aquel edificio a punto de derrumbarse no era casual: era su destino.

Porque, en el fondo, ¿qué había sido su vida? Un fracaso, sin más.

Una sensación de alivio —casi de alegría— le inundó el pecho. Volvió a ver el patio del colegio, donde había sido siempre el Gordito, el que corría menos que nadie, el último en todo. François, que a menudo tenía que defenderlo, solía acabar con un ojo morado y de mal humor.

Recordó después la escuela en la que su padre había comprado el título que él no había sabido obtener, el rótulo de la JABONERÍA PELLETIER, al que había añadido E HIJO. Aquello hacía reír a todo el mundo. Catapultado a la dirección, nunca supo qué debía hacer. Demostró ser incapaz de decidir; sus pocas iniciativas terminaron en desastre. Atrincherado en su despacho, se retorcía las manos; pasaba las noches en vela, torturado, deseando morir.

Ante la inminencia de la quiebra tuvo que huir como un ladrón, marcharse a París con Geneviève —con la que acababa de casarse— y convertirse en un oscuro viajante de comercio.

Aquellos recuerdos le partían el corazón. ¿Quién no guarda en la memoria los momentos más amargos, los dolores de la infancia?

La viga pesaba cada vez más. Cada respiración le provocaba dolor. No podía tragar saliva y tenía los brazos atrapados.

Cerró los ojos y vio desfilar varios rostros de mujer: uno, luego otro, y otro más. Jóvenes más o menos de la misma edad, todas aparecidas en el momento equivocado.

Cómo lamentaba todo aquello...

Se había dejado arrastrar por la cólera demasiadas veces.

Lo invadió una desesperación inmensa.

El infierno que lo rodeaba era el espejo de su vida: el campo devastado de una batalla perdida desde el principio.

Morir abrasado sería espantoso, pero se lo merecía. Nunca había imaginado lo que era morir quemado. Ahora que el humo negro lo envolvía, que se ahogaba y el calor le abrasaba la piel, mientras el sudor y las lágrimas le corrían por la cara, empezaba a comprenderlo. Se preparó para sufrir.

Pensó en su padre no como hijo, sino como un igual, un camarada. Por fin podría reunirse con él y decirle todo lo que había callado.

Las caras de Colette y Philippe aparecieron ante él. ¿Qué sería de sus hijos sin él, en manos de su madre? Aquella idea multiplicó su pena y sus remordimientos.

Oyó un sollozo y volvió la cabeza. Dudó un instante, pensando que se le había escapado a él sin darse cuenta. Pero no. El estruendo del incendio había vuelto de golpe y no le dejaba oír bien.

Se concentró cuanto pudo para intentar averiguar de dónde procedía. De algún lugar a su derecha...

«Ha sido una alucinación», se dijo. «Antes de morir no es raro tener visiones.» Estaba exhalando el último suspiro cuando, de pronto, comprendió: era una queja lejana, procedente de aquella puerta cerrada cuya base empezaba a calcinarse.

No fue consciente de que tomaba una decisión. Sin pensar, y a costa de un dolor que lo dejó sin aliento, pegó el hombro derecho al suelo y empezó a arrastrarse lentamente. La contorsión que se impuso le provocó un mareo, pero consiguió liberar el codo.

Luego, aspiró una bocanada de aire.

Era un hombre corpulento y poseía una fuerza física nada desdeñable. Aun así, no le bastaba para levantar la viga que lo mantenía inmovilizado: necesitaba algo más, una rabia instintiva, ciega. Apoyando la palma de la mano bajo el madero, reunió toda la fuerza que le quedaba. Pero la viga se alzó apenas un instante, volvió a caer y le aplastó el pecho.

Sintió —y oyó— el crujido de sus costillas.

Sin dudar, lo intentó de nuevo. Esta vez el madero se movió.

Entonces, con una claridad estremecedora, volvió a oír aquella queja lejana, casi apagada.

Un grito de furia le brotó del pecho.

¿De dónde había sacado la energía necesaria para gritar así? Era un misterio.

Tensó los músculos y la viga se alzó apenas. Conteniendo la respiración, redobló esfuerzos hasta lograr sacar la otra mano. Empujó y levantó el madero centímetro a centímetro hasta sostenerlo con los brazos extendidos, en equilibrio sobre la cabeza, a punto de ceder y destrozarle el cráneo. Luego, con un rugido y un violento movimiento de hombros, lo lanzó lejos.

Alrededor, el incendio lo devoraba todo.

Se incorporó con dificultad: cada movimiento le provocaba una punzada de dolor en las costillas rotas. Avanzó tambaleándose hacia la puerta y se quemó al tocar el picaporte. Embistió con el hombro, pero la hoja no cedió ni un milímetro. ¿Habría un mueble al otro lado que impedía abrirla?

Procuró escuchar. El gemido había cesado.

Tomó impulso y volvió a lanzarse contra la puerta, que esta vez cedió. Arrastrado por la inercia, cayó al suelo y soltó un grito.

Sentado y cubriéndose el pecho con los brazos, vio, a unos metros, el cadáver de una mujer bajo un montón de ladrillos y cascotes. Estaba tendida boca abajo, aplastada a la altura de las caderas. Enseguida comprendió que era la mujer a la que había oído gritar, la que había luchado desesperadamente por liberarse.

Había llegado demasiado tarde.

Gateó hasta ella.

Tendría unos treinta años. Era difícil imaginar cómo había sido en vida: su rostro, cubierto de ampollas, expresaba do­lor y una desesperación absoluta.

Sus dedos, todavía crispados, parecían querer aferrar el vacío.

Si hubiera tenido fuerzas, Jean se habría echado a llorar.

El humo le impedía respirar con normalidad. Tosió, vomitó. El calor y la emoción le nublaban la vista.

Tenía que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. Las llamas lamían los escalones y él ya no sentía la resignación de unos minutos antes.

Vuelto a su condición de hombre corriente, de nuevo tuvo miedo de morir.

Se volvió por última vez hacia la joven.

¿Había muerto en su lugar?

Tenía el pecho ligeramente alzado. ¿Estaba apoyada sobre un montón de piedras? ¿Sobre los restos de un mueble?

Se atrevió a tomarla del hombro y apartarla.

Debajo yacía un bebé envuelto en pañales.

El hallazgo lo paralizó.

Consiguió sacar a la criatura y la sostuvo un instante frente a sí. Miró su carita, los ojos cerrados... Era un cuerpecito pesado, inerte. Le posó la mano en el pecho.

Fuera o no cierto, creyó sentir los latidos del corazón.

Sin dudar, lo envolvió en su abrigo.

Ya no sentía los ojos llorosos, ni la garganta hinchada, ni las costillas hundidas, ni el hombro dolorido, ni la mano quemada tras tocar el picaporte de la puerta. Sólo tenía un pensamiento: salir de allí con vida...

Y salvar a aquel bebé.

La escalera era ya una antorcha. Echó a correr, encorvado y con la cabeza por delante. Pero pisó mal en el primer peldaño y rebotó contra la barandilla, que cedió bajo su peso; luego chocó contra la pared ardiente y rodó un tramo. Al incorporarse, se torció el tobillo en un hueco. Siguió bajando a saltos los escalones que se hundían uno tras otro bajo sus pies, envuelto en aquel humo acre que olía a caucho quemado y se espesaba por momentos.

Otra viga se vino abajo. Intentó apartarse, pero el golpe en la sien lo dejó aturdido unos segundos. En el corredor, un armario en llamas se inclinaba hacia él. No podía creer lo que veía.

La escalera había desaparecido.

El hueco era ya un precipicio.

Encogiendo los hombros, rodeó como pudo el agujero y saltó hacia el boquete que había dejado una ventana arrancada de cuajo por la explosión.

El incendio rugía con más fuerza.

Un grito se alzó desde la calle cuando los mirones lo vieron aparecer en el primer piso, frente al vacío: una silueta negra rodeada por las llamas.

Se asomó.

El derrumbe de la fachada había formado una montaña de escombros sobre la acera.

A lo lejos sonaba la sirena de los bomberos.

Se volvió: el fuego avanzaba hacia él. Iba a tener que lanzarse de espaldas para proteger lo que apretaba desesperadamente contra el pecho.

Inspiró con todas sus fuerzas la última bocanada de aire.

Y entonces tomó impulso y se arrojó al abismo.

2

Aquello era ridículo

François apagó el cigarrillo, pero no cerró la ventana. No conseguiría dormirse; prefería quedarse allí, contemplando la ciudad.

Un rato antes, al llegar —alrededor de la una—, Nine y él habían subido a besar a los niños y, cuando tía Thérèse se marchó, ella se había metido en la cama. Temiendo dar vueltas como un animal enjaulado y no dejarla dormir, había decidido quedarse levantado.

Llevaba cuatro días sin dormir, o durmiendo apenas, despertándose con la cabeza llena de imágenes terribles y obsesivas.

Para él, la ausencia de Jean en la entrega del premio tenía un significado muy particular.

Todo había empezado unos días antes. Por una casualidad tonta, como suele pasar.

Su despacho era un caos: carpetas, archivadores, documentos, álbumes amontonados por el suelo, sobre la mesa, en la repisa de la chimenea, en los estantes... Las baldas de la librería se combaban bajo el peso de los libros. Solía decir que solamente él era capaz de encontrar algo allí, y tenía razón. De vez en cuando, Nine le exigía que pusiera un poco de orden para poder limpiar. Tras darle largas e inventar mil excusas, casi siempre acababa obedeciendo de mal humor.

Allí se amontonaban quince años de crónicas de sucesos. Mientras intentaba poner orden, había encontrado, entre papeles amarillentos, el dosier sobre la muerte de Mary Lampson, la actriz asesinada en marzo de 1948 en el cine Le Ré­gent. Cuando se estrenaba una de sus películas, Lampson solía asistir de incógnito a una proyección para observar la reacción del público, y aquella costumbre le había costado la vida.

Lo curioso era que, aquella noche, él estaba en la sala, junto con Jean y Geneviève.

Se acordaba de los gritos de la acomodadora que había descubierto el cadáver y del pánico del público. Pero lo más impresionante para él había sido la cara de Jean cuando lo vio cruzando la puerta de los lavabos con el rostro desencajado, camino de la calle. La situación era sin duda dramática, pero en muy pocas ocasiones lo había visto tan alterado.

François siguió apilando y hojeando distraídamente esos artículos, esos delitos y esos crímenes desterrados hacía mucho tiempo de la memoria colectiva.

Menos de media hora después, encontró unos documentos fechados en febrero de 1952 y relativos a una pasajera del Charleville-París arrojada al balasto mientras el tren circulaba a toda velocidad...

Lo que le llamó la atención fue que el azar había querido que su hermano viajara en el mismo tren que la joven...

Aunque en esa ocasión no había visto a la víctima ni se había cruzado con ella, muchos días después, cuando se había mencionado el suceso durante una comida familiar, Jean, una vez más, se había mostrado muy afectado.

Pocas personas presencian un asesinato en su vida. «Pero el pobre Jean, con lo sensible que es, ya ha pasado dos veces por ese terrible trance...», había reflexionado François con amargura.

Dio por finalizada la organización. Sin que fuera totalmente consciente de ello, aquellos dos sucesos seguían estando presentes en su mente, como un ruido de fondo. Y de repente, esa noche, se despertó bruscamente y se incorporó en la cama atónito, con el corazón acelerado...

—¿Estás bien, amor mío? —había murmurado Nine.

Él le había puesto la mano en el hombro para tranquilizarla y ella había vuelto a dormirse, pero él no. Presa de una agitación incontrolable, había tenido que levantarse, abandonar la habitación y buscar aire abriendo de par en par la ventana de su despacho. Y luego se había pasado cuatro noches más sin dormir.

¿Lo había soñado, era producto de su imaginación?

¡Lo que lo había despertado de golpe era otro asesinato en el entorno de Jean!

Procuró serenarse, apeló a su memoria y, con mano temblorosa, encendió un cigarrillo.

1959. Jean hacía compañía a su padre en la habitación del hospital de Senancourt la noche en que una enfermera había muerto atropellada.

Evidentemente, Jean no tenía nada que ver con esos crímenes, pero François no había parado de darle vueltas a ese extraño cúmulo de coincidencias hasta el amanecer.

—No tienes buena cara... —había dicho Nine por la mañana.

—Debo de estar incubando algo —respondió él, consciente de que quizá no mentía del todo.

Ese mismo día, visitó el archivo de Le Journal du Soir, al que seguía teniendo libre acceso, para buscar las crónicas relacionadas con aquel crimen.

La noche del 10 de mayo de 1959, la hermana Agnès, de veinticuatro años, religiosa enfermera en Senancourt, que volvía en VéloSoleX a la comunidad en la que vivía, había sido arrollada por un conductor que había bajado de su coche, pero que, en lugar de auxiliarla, le había destrozado el cráneo golpeándolo contra el bordillo de la acera y, a continuación, se había dado a la fuga. Nunca lo habían identificado.

Angèle y Jean habían hablado con la monja poco antes de que abandonara el hospital y encontrara esa trágica muerte.

El Régent.

El Charleville-París.

El hospital de Senancourt.

Jean no conocía personalmente a ninguna de las tres víctimas. Haber hablado unos minutos con la joven monja no era, ni mucho menos, tener una «relación» con ella.

Seguramente no es habitual que una persona presente en los escenarios de tres asesinatos sea del todo ajena a ellos, pero, en fin, se repetía François, las coincidencias también se dan fuera de las novelas.

Así pues, había ahuyentado la idea de que su hermano pudiera estar implicado de alguna manera en uno de aquellos asesinatos, y menos aún en los tres; ¡no había nadie más pacífico, por no decir asustadizo, que el pobre Gordito!

¡Imaginárselo como un asesino de mujeres era absurdo!

François incluso sonreía en su interior: la única mujer a la que tenía buenos motivos para matar era la suya, y, aunque ganas no debían de faltarle (ni a él ni a más de uno, por lo demás), estaba claro que de momento no lo había hecho.

Aquello era ridículo.

Se había prohibido volver a pensar en ello.

Pero desde esa noche, una vez reactivada en su memoria, no había sido capaz de quitarse de la cabeza la escena de la que antaño había sido espectador y actor involuntario.

Por el día y por la noche, siempre idéntica.

Ocurría en el cine Le Régent y empezaba con la puerta entreabierta de una cabina de los aseos bajo la que un charco de sangre se extendía lentamente por el embaldosado blanco. Al acercarse, lo primero que se veía eran unos mechones rubios. Luego, aparecía el cuerpo de una mujer derrumbado en el suelo. Yacía boca abajo, con las piernas alrededor de la base del inodoro, un brazo doblado debajo de ella y el otro extendido hacia la puerta, con la mano derecha crispada sobre el vacío. La parte posterior del cráneo mostraba, bajo un revoltijo de cabellos, una herida tan ancha que dejaba ver la masa cerebral, blanda, gelatinosa, de color grisáceo...

Mientras se inclinaba hacia el cuerpo, le llegaba un olor a vómito. Detrás de él, la acomodadora, presa de temblores espasmódicos, estaba doblada sobre un lavabo. Pero, al agacharse un poco más, lo que a François se le agarró a la garganta fue el olor de la sangre fresca. Conteniendo una arcada, extendió la mano y tocó el hombro de la chica. Tuvo que intentarlo dos veces. El cuerpo, todavía caliente —la muerte acababa de producirse—, acabó girando y dejó a la vista el rostro desfigurado de la víctima. La nariz y los pómulos estaban destrozados, y había varios dientes rotos. Al levantar los ojos, François vio marcas de los golpes en los bordes del inodoro, pero también en la pared. El asesino debía de haberla sujetado fuertemente por el pelo para golpearle la cabeza contra la porcelana del váter y, luego, contra el tabique hasta el punto de partirle el cráneo.

François, petrificado ante aquel espectáculo, contenía la respiración.

Peso a los destrozos causados a aquel rostro, recordaba la belleza de aquella mujer.

El cuerpo estaba empezando a adquirir un tono violáceo.

Cuando, atraído por los gritos y el clamor, miraba hacia la puerta que daba al pasillo, veía el caótico desfile de los espectadores que corrían despavoridos hacia la salida. Geneviève, dando codazos, y Jean, volviéndose hacia él y mostrando, por un breve instante, una mirada de náufrago.

Las dos de la madrugada.

Jean, ausente durante la entrega del premio, ¿habría llegado ya a casa?, se preguntó François.

Era tan extraño que, con lo orgulloso que estaba de su hermano menor, no se hubiera presentado en la entrega del premio...

¿Qué estaba ocurriendo en su vida?

François se masajeaba las sienes, incapaz de disipar una sorda inquietud por el pobre Gordito...

3

Quieren hacer unas fotos

François había acabado de firmar libros poco antes de medianoche. A esas alturas, ya no tenía sentido esperar a Jean. Geneviève, que estaba furiosa, se había dirigido a sus hijos para anunciarles que se marchaban «sin papá».

Mientras les devolvían los abrigos, Colette se había dado cuenta de que Philippe se había quedado atrás y, al ir a buscarlo, lo había encontrado aprovechando la distracción general para beberse con disimulo los restos de vino de las copas. Le había dado un manotazo, pero él se había limitado a reír —«Bah, no es para tanto»—. Ella, sin embargo, había comprendido que tendría que vigilarlo. Unas semanas antes había descubierto que, siempre que podía, robaba sorbos de los aperitivos de los mayores. Temía el momento en que su madre se diera cuenta...

Después de aquello, habían vuelto a casa.

Colette acostó a su hermano y se fue a su habitación, pero no conseguía dormirse: estaba preocupada. Durante un rato oyó a su madre farfullar en el baño lo que pensaba decirle a su padre —¡se iba a enterar!—. Luego, Joseph, el gato, fue a acurrucarse a su lado, pero hacia las dos de la madrugada se cansó de verla despierta y fue a echarse junto a la consola del salón.

Entonces sonó el teléfono y ella se incorporó de un salto y corrió a contestar.

Momentos después, sacudió a su madre para despertarla:

—Tienes que levantarte —la urgió—. Papá está en el hospital.

—¡Pero vamos a ver —gritó Geneviève—, ¿es que no te han dicho nada más?!

La interrupción del sueño la había puesto irascible. Se ha­bían vestido a toda prisa.

—No, sólo que estaba en el hospital y teníamos que ir.

—¡Pero qué barbaridad! —exclamó indignada.

Colette y Philippe no podían evitar temer lo peor: seguro que lo habían atropellado. ¿Sería grave?

«No tengo información sobre lo sucedido», había dicho la mujer al teléfono. «Sólo he llamado para avisarlos de que está aquí.»

Según ella, había intentado comunicarse varias veces durante la tarde, sin éxito.

—Típico de tu padre... —murmuró Geneviève.

Antes de despertarla, Colette había tenido la prudencia de llamar a tía Hélène para que avisara al resto de la familia, pero evitó mencionar aquella llamada: mejor no provocar más tensiones.

Salieron al bulevar y pararon un taxi. Philippe subió delante. Desde el asiento trasero, Colette veía, de perfil, su gesto de angustia.

En los últimos meses, el chico se había acercado mucho a su padre, que lo acompañaba a las clases de billar —se defendía bastante bien—, a las competiciones infantiles y hasta al Torneo de París.

Aunque ya hacía un año que no se mordía las uñas, se llevó el pulgar a los labios.

Su hermana alargó la mano y, con suavidad, se lo impidió. Él se metió la mano en el bolsillo.

¿Quién iba a pensar que, a las dos y media de la madrugada, el hospital Bretonneau estaría en plena actividad?

—¡Del incendio de la rue Caulaincourt!

Para la enfermera del mostrador, era de cajón.

—¡Pero nosotros venimos por un accidente de tráfico! —respondió Geneviève. Colette se la quedó mirando: ¿qué sa­bía ella?

—¿Qué apellido ha dicho? —preguntó la enfermera.

—Pelletier, Jean Pelletier.

La enfermera consultó el libro de ingresos.

—No, no: es por el incendio...

—¿Cómo que por el incendio? —ladró Geneviève.

Colette estaba desconcertada. En lugar de reunirse con ellos en el restaurante, ¿papá estaba... en la rue Caulaincourt? ¿En un incendio?

—¿Es grave? —preguntó Philippe por encima del hombro de su madre.

La enfermera les señaló el pasillo.

—Sala Bernard-Giral, la segunda puerta a la izquierda.

Philippe echó a correr.

Colette y su madre llegaron poco después a la gran sala común, donde había otros cuatro o cinco pacientes, y vieron a Jean incorporado en la cama, con la espalda apoyada en varias almohadas, mientras Philippe, sonriente, le cogía la mano.

Colette, en cambio, se sintió alarmada: su padre estaba demacrado, tenía el pelo y la cara chamuscados en varios puntos, un hematoma en la sien y la mano derecha y el pecho vendados. Su mirada era vaga, perdida.

Se inclinó para besarlo.

—¿Se puede saber con quién estabas en ese edificio mientras toda tu familia te esperaba en el restaurante? —preguntó Geneviève, cruzada de brazos al pie de la cama.

La insinuación era transparente.

Colette no hizo caso. Angustiada, observaba a su padre, que no decía nada, que no reaccionaba. Era para preguntarse si los reconocía.

A partir de ahí, todo ocurrió muy deprisa. Primero porque Angèle llegó acompañada de Hélène.

—¡Ah! Pero... —gruñó Geneviève, contrariada por la visita.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Angèle, la matriarca, palpando a su hijo como si temiera que le faltara un trozo.

—¿Estás bien? —añadió Hélène, inquieta.

Jean, aturdido, acabó por asentir, aunque no quedó claro a qué pregunta respondía.

Sin embargo, la aparición de la enfermera pareció devolverlo a la realidad.

—¿El bebé está bien? —le preguntó con voz ahogada.

El estupor fue general.

—Sí, no se preocupe...

—¡¿Un bebé?! —exclamó Geneviève—. ¡¿Qué bebé?! ¡¿De quién?!

Jean insistió con un gesto en que se mezclaban la angustia y la última esperanza:

—¿Y la madre?

Aquello fue demasiado para su esposa.

—Pero ¡¿se puede saber de quién estamos hablando?! —gritó.

La enfermera se limitó a posar una mano en el hombro de Jean y a negar con la cabeza con cara de pena. No hacía falta decir más.

En ese instante, incluso Geneviève se quedó muda. Jean se echó a llorar.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas y caían sobre las vendas.

Se hizo el silencio. Nadie sabía qué decir.

La enfermera hizo ademán de marcharse, pero Jean la retuvo.

—¿Es un niño o una niña?

Para Geneviève, fue el golpe de gracia. Soltó un rugido que parecía salir de lo más hondo, pero nadie dio la impresión de percatarse: se habían vuelto hacia la puerta.

François acababa de entrar.

Fue un segundo momento de estupor.

Despeinado, sin haberse siquiera abrochado el cinturón, sorteó a su madre y se abalanzó hacia su hermano.

—¿Estás bien, Jean? —le preguntó jadeando por la emoción.

Jean intentó sonreír, balbuceó unas palabras, pero no logró articular nada. Parecía sobrepasado por la emoción.

Los dos hermanos se cogieron de las manos y se miraron en silencio, conmovidos por el lazo fuerte e inexplicable que los unía.

—Es un niño —respondió en ese momento la enfermera, de la que ya nadie se acordaba.

François se volvió hacia ella.

—Sí —dijo como si se lo hubiesen preguntado a él—: es un niño.

¿De dónde había sacado eso?

—¡Por Dios! —exclamó Geneviève. El rostro se le había puesto de un rojo intenso. Tanto que la enfermera se planteó si no habría que ingresarla también.

—¡Vamos, vamos! —dijo abriendo los brazos—. Ya ven que el caballero está un poco confuso, ¡hay que dejarlo descansar!

Todos se dirigieron hacia la salida, pero, al ver que lo hacían a regañadientes, la enfermera levantó la sábana y dejó al descubierto el enorme vendaje de la pierna derecha de Jean.

Angèle se llevó el puño a la boca.

—Sólo tiene una pierna fracturada y tres costillas fisuradas —se apresuró a explicar la mujer—. Créame que, para lo que ha pasado, ha salido muy bien parado...

Philippe empezó a llorar bajito y Colette le cogió la mano.

En el pasillo, todos se volvieron hacia François. ¿Cómo sa­bía que...?

—Abajo me he cruzado con unos periodistas a los que conozco... Están esperando a que los dejen subir. Ellos son los que me han contado...

Geneviève no dijo nada; de pronto estaba muy atenta.

Entonces, François les dijo lo que le habían contado: el incendio, la intervención de Jean, el rescate de un bebé de po­cas semanas...

—Quieren hacer unas fotos...

—¿Y el bebé, dónde está?

Él no lo sabía.

—Sólo sé que la madre ha perecido en el incendio... junto con otras cinco personas.

Se hizo un silencio cargado de estupor y de emoción.

—¿Jean ha entrado en un edificio en llamas...? —murmuró Hélène, perpleja.

La idea encajaba mal con la imagen que todos tenían de él.

—No se sabe qué fue lo que sucedió exactamente —respondió François—. Al parecer entró al edificio, subió a una de las plantas, encontró al bebé y saltó con él desde una ventana.

Angèle sintió un miedo retrospectivo por su hijo y por aquel bebé. François la abrazó.

Empezaban a tranquilizarse: Jean sólo tenía una pierna fracturada y algunas costillas fisuradas. Pasaría una temporada con escayola y muletas, pero no era nada grave.

—Voy a pedirles a los compañeros del Journal que vuelvan por la mañana —dijo François.

Pero Geneviève levantó la mano para detenerlo.

—¡No, no! —dijo ante la mirada intrigada de todos—. Los avisaremos cuando llegue el momento. —Luego, ignorando a Philippe, se volvió hacia Colette—: Puedes estar orgullosa de tu padre, cariño. Es un héroe.

4

¡Hasta el último detalle!

Durante los dos días siguientes, el hospital vivió un pequeño estado de sitio: el personal tuvo que improvisar y adaptarse a la presencia de una organizadora inflexible llamada Geneviève Pelletier.

Ya la mañana después del incendio, la prensa se había he­cho abundante eco del asunto.

Trágico incendio

en la rue Caulaincourt

Seis muertos, entre ellos un adolescente

Incluso empezaba a gestarse un escándalo sobre las causas del accidente:

El drama de la rue Caulaincourt

El propietario, el ayuntamiento y los inquilinos

se culpan mutuamente del incendio

Algunos periodistas se habían lanzado sobre el ángulo más rentable de la noticia: el del héroe, tanto más fascinante cuanto más desconocido.

Geneviève había desplegado sobre la cama de Jean Le Journal du Soir y había leído:

Jugándose la vida,

un desconocido entró en el edificio en llamas

y salvó a un bebé de tres meses

A esas alturas, nadie sabía nada sobre aquel «héroe», ni siquiera su nombre. Gracias a Geneviève, que había decidido tomar el control de la situación.

Su cuñado François estaba a punto de marcharse del hospital, pero ella lo había detenido cogiéndolo del brazo y le ha­bía susurrado al oído:

—Oye, sobre Jean... sería mejor que los periodistas no se enteraran.

—¿Que no se enteraran de qué?

—¡Pues de que él es el héroe! —Señalaba con la barbilla la puerta de la sala común—. Ya ves lo tocado que está.

François había tenido que admitir que su hermano estaba muy afectado.

—Lo harían sufrir con sus preguntas —había seguido diciendo Geneviève—. E incluso si no suben, el simple hecho de ver su nombre por todas partes lo perturbará, ya lo conoces.

François, que sabía los estragos que podía causar la sobreexposición mediática, no había podido más que darle la razón.

Entonces, ella se había encaminado hacia la recepción y, antes incluso de llegar, mientras avanzaba por el pasillo, le había espetado a la encargada:

—¡Espero que no le haya dado el nombre de mi marido a nadie!

La enfermera de turno, desconcertada por el tono imperioso de aquella mujer indignada, balbuceó algo sobre el secreto profesional.

—Bueno, pues siga así —repuso Geneviève—. ¿Y el director, dónde está?

El director era un médico que parecía dudar, en todo, entre dos soluciones: flaco pero con tripa, ni joven ni viejo, con el pelo entrecano y dos pares de gafas —uno para la miopía y otro para la presbicia—; y, por supuesto, usaba cinturón y tirantes.

—¿Una denuncia? —acertó a balbucear, casi atragantándose.

—Exactamente —confirmó Geneviève—. Si alguien del personal revela una sola palabra sobre mi marido, empezando por su nombre, los denunciaré.

—Aquí nadie haría algo así: la confidencialidad...

—Pues le aconsejo que se asegure de ello. Si no, ¡a los tribunales!

Si el director del hospital hubiera conocido a Geneviève, habría sabido que las amenazas eran una de sus formas preferidas de empezar una conversación.

Recuperándose de la sorpresa, intentó contraatacar:

—¿Y una denuncia sobre qué base?

—Los abogados la encontrarán —replicó Geneviève—. Bases siempre hay.

El director, que ya tenía bastantes problemas, decidió zanjar el asunto redactando una nota de servicio.

—¡Ah, y otra cosa! —añadió Geneviève antes de marcharse—. Quiero una habitación donde mi marido pueda descansar como Dios manda. Y lo antes posible, ¿de acuerdo?

Una hora después, lo trasladaron a una habitación individual.

Geneviève volvió al lado de su marido.

—Ya no te molestarán más...

Nadie lo había molestado, pero estaba demasiado cansado y

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