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Ocurrió a principios de los años noventa. Una mañana llamaron por teléfono a mi casa y un desconocido me preguntó si estaba interesado en escribir en El País. Me quedé atónito: aún no había cumplido los treinta años, vivía en Gerona, daba clases de literatura en la universidad, apenas había escrito en la prensa y solo había publicado, en una editorial medio secreta, dos novelitas que no había leído nadie, salvo mis padres, alguna de mis hermanas y un par de amigos. El desconocido repitió su pregunta; por supuesto, contesté que sí. Guardo un recuerdo brumoso del resto de la llamada; lo único que recuerdo con claridad es que, antes de que acabase, el hombre me anunció que un redactor se pondría muy pronto en contacto conmigo para perfilar los pormenores de mi colaboración en el periódico.
Al colgar el teléfono cambié en cuestión de segundos el asombro por la incredulidad y la incredulidad por la euforia. Era alucinante: iba a escribir en el periódico que leía desde que leía periódicos, el periódico donde siempre había querido escribir y donde todo el mundo quería escribir, el periódico más relevante y más leído de mi lengua, el periódico que había plantado cara a los golpistas el 23 de febrero de 1981, el periódico de García Márquez y de Vargas Llosa, de Pradera y de Cebrián, de Umbral y de Savater. Me asombró la capacidad de El País para detectar el talento allá donde se encontrase, incluido un escritor sin lectores extraviado en una pequeña capital de provincias, un tipo que no conocía a nadie en el mundo intelectual y periodístico español, qué antenas infalibles, qué olfato prodigioso, ahora entendía por qué Aranguren había definido a El País como «el intelectual colectivo»… Aún estaba dando saltos de alegría cuando volvió a sonar el teléfono. Lo descolgué convencido de que era un redactor de El País; era mi hermana Sofía. «¿A que no sabes quién me acaba de llamar?», pregunté, exultante. «Claro que lo sé, idiota», respondió Sofía. «¿Sabes qué día es hoy?». No me dio tiempo de pensarlo. «28 de diciembre, Día de los Inocentes», dijo. «Y quien te acaba de llamar es uno de mis compañeros del trabajo». Antes de que yo pudiera reaccionar, añadió: «Pero tranquilo: algún día no será una broma, algún día te llamarán de El País».
2
El primer número de El País salió a la calle el 4 de mayo de 1976. Aún no se habían cumplido seis meses de la muerte de Franco, los partidos políticos todavía eran ilegales en España y, en rigor, aún no había empezado el cambio de la dictadura a la democracia, eso que más tarde se dio en llamar Transición. «Fue el primer partido no político sino cultural que se legalizó en España», dijo más tarde Fernando Savater, que escribió en el periódico desde el principio. Es verdad. Pero no es menos verdad que, a su modo, El País fue también desde el principio un partido político, o al menos tuvo una robusta dimensión política: la prueba es que sin El País no puede entenderse el cambio de la dictadura a la democracia en España; tampoco la democracia a secas.
La idea del periódico se incubó entre un grupo de editores e intelectuales que, en las postrimerías del franquismo, buscaba un instrumento de reforma del régimen, de talante liberal y vocación europeísta, que contribuyera a suturar las heridas provocadas por la Guerra Civil y la dictadura y a hallar una salida sin traumas del franquismo. Uno de los editores era José Ortega Spottorno, creador de Alianza Editorial, director de Revista de Occidente e hijo de Ortega y Gasset, un hombre empeñado en impulsar el legado intelectual de su padre; otro, Jesús de Polanco, muy pronto convertido en hombre fuerte empresarial del proyecto. Por su parte, los intelectuales más relevantes patrocinaban a dos notorios políticos del franquismo poseídos por la ambición de liderar el posfranquismo: José María de Areilza y Manuel Fraga Iribarne (a este, sobre todo: de hecho, durante el lustro en que germinó el periódico, muchos lo conocían en Madrid como «El periódico de Fraga»). Así se gestó El País: como un diario moderado, reformista y liberal en cuyo accionariado cabía un poco de todo —incluidos varios nacionalistas catalanes y un comunista: Ramón Tamames—, pero donde dominaban fraguistas de estricta observancia, liberales orteguianos y monárquicos juanistas, adeptos al padre de Juan Carlos I.
La mayor parte de estos accionistas originarios empezó a sentirse ideológicamente decepcionada (si no traicionada) en cuanto empezó a publicarse el periódico, cuyo primer número llevaba en portada un editorial categórico donde se pedía la dimisión del último presidente del Gobierno del franquismo y primero del posfranquismo —una momia de la dictadura llamada Carlos Arias Navarro—, la legalización de los partidos políticos y el establecimiento de una democracia plena, y en cuyas páginas de opinión podía leerse un artículo del comunista Rafael Alberti, escrito todavía desde su exilio obligado en Roma. Esta disonancia inmediata entre el proyecto primigenio de El País y su realidad cotidiana no hizo sino acentuarse con el tiempo: el periódico se volvió más demócrata, más radical, menos moderado y más izquierdista, sobre todo a partir de finales de los años setenta, cuando lo frecuentaron cada vez más colaboradores de izquierdas y menos de derechas, hasta que estos últimos (periodistas como Emilio Romero o historiadores como Ricardo de la Cierva) casi desaparecieron de sus páginas; la clave de esta discrepancia radicaba en otra discrepancia: la que separa a unos promotores y un accionariado maduro o envejecido y eminentemente conservador, de un lado, y del otro una redacción jovencísima —la media de edad era de veintinueve años—, de izquierda o incluso de extrema izquierda, alborotada por los vientos libertarios de mayo del 68 francés y liderada por un periodista brillante, flexible y experimentado, que apenas sobrepasaba los treinta años, Juan Luis Cebrián, a quien habían elegido para el cargo de director tras ser descartados (o descartarse) diversos candidatos, entre ellos Miguel Delibes. Dicho con más claridad: lo que ocurrió en los primeros tiempos de El País fue un hecho que resultó determinante en su historia, y es que los periodistas se impusieron a los propietarios del periódico y lo llevaron por donde ellos querían; esto no hubiera sucedido, sin embargo, si Polanco y Cebrián no hubieran firmado desde muy pronto un pacto de hierro («Tú te ocupas de los accionistas; yo de la redacción») y si el éxito del periódico no hubiera demostrado que el camino emprendido por los periodistas era el correcto y, por lo tanto, hubiera asegurado su independencia, que es el bien más preciado de un periódico, aquel que solo los lectores le pueden proporcionar con su respaldo cotidiano. Por supuesto, la victoria de los periodistas sobre los propietarios no fue total ni se produjo sin tensiones, ni de un día para otro; la historia fue mucho más compleja: solo diré que durante los años inmediatamente posteriores a la aparición del periódico se libró una áspera batalla entre propietarios, dirección y redacción que terminó en 1983, cuando todas las partes firmaron un acuerdo de paz que se tradujo en el Estatuto de la Redacción (aún a día de hoy único en su especie entre los grandes medios españoles) y establecía un cierto equilibrio entre los derechos de los dueños del periódico y los de los profesionales del periódico.
El caso es que El País cosechó un éxito fulminante: como escribió en 1991 Gregorio Morán, en muy poco tiempo se había convertido «en el órgano de prensa más influyente, mejor hecho y más vendido de España», y pocos años después de su nacimiento no faltaba quien lo calificase de «poder fáctico»; en 1977 el Comité Internacional de Comunicación de Masas de la Unesco lo consideró el fenómeno periodístico más relevante aparecido en Europa el año anterior. ¿Qué explicación tiene esto? No una sola, por supuesto. Manuel Vicent, que escribe en el periódico desde su fundación, ha ponderado a menudo la importancia del momento del parto de El País, justo después de la muerte del dictador. «El periódico había nacido libre de pecado original, ya que el estigma de Franco no había dañado su mancheta», escribió. «El País no habría sido el mismo si hubiera soportado la humillación de cubrir el fiambre del dictador con epítetos elogiosos en el acto de las exequias, cuando toda la prensa tuvo que sumarse a la melosa voz del cardenal de Toledo para exaltar a Franco hasta mucho más allá de la tumba». Así es: El País fue el primer periódico del posfranquismo y no cabía acusarlo de haber colaborado con él;[1] no hubiera podido decirse lo mismo, en cambio, de sus principales promotores, que surgían de las entrañas mismas del franquismo, ya fueran sus promotores políticos (Fraga, Areilza), empresariales (Ortega, Polanco) o incluso periodísticos: sin ir más lejos, Cebrián era hijo de Vicente Cebrián —hasta 1960 director de Arriba, órgano de prensa de Falange—, había empezado a trabajar en un diario del Movimiento, el partido único franquista —Pueblo— y, después de participar en la fundación de una revista democristiana y aperturista sin haber cumplido los veinte años —Cuadernos para el diálogo—, había dirigido los Servicios Informativos de Televisión Española, verosímilmente encandilado por las promesas fraudulentas de democratización del último gobierno de Franco. Nada de esto es insólito: la dictadura española no duró siete años, como la postrera argentina, ni siquiera diecisiete, como la última chilena, y por eso compararla sin muchos distingos con ambas, como se hace a menudo, desorienta más que orienta; la dictadura de Franco duró cuarenta años, y por eso —y porque no hubo una ruptura completa entre dictadura y democracia, suponiendo que tal cosa sea posible— no es extraño que muchos de los principales
