El ciego que describía el mundo

David Martínez Álvarez

Fragmento

1. La frase huérfana

1

La frase huérfana

Calle del Oasis, 12,

Villaverde

Por más que froto no sale.

Soy todo lo que pierdo. Siempre lo pienso cuando empiezo la jornada. Una vida que se agarra por los pelos —y eso que tengo mata—. Una madrugada de Villaverde, ciudad a la que me vine a vivir por alguien. O por la posibilidad de cruzarme con él. Constituido por obligación y no por sueño. Tampoco por vicio, como mucho a la soledad y a su enganche. No seguí los pasos de mi padre. Una licencia por descarte en plazos sangrantes. Una legalidad que llegó tarde. Porque alguien con estima relativa —otro alguien diferente al alguien por quien me vine a vivir aquí— me dijo: «O te legalizas, o un día no vuelves a casa», y me mudé. Una forma mínima para aguantar sin desmoronarme un día más.

La pintura está seca, inamovible. Cojo una botella de agua del maletero. La echo por encima. Escupo en el capó. El contenido resbala, el continente no. Su significado ahora parece brillar más. «Sus muertos», murmuro a la carrocería. Como si la frase mirase. Levanto la vista para cruzarme con la cámara oculta o con el gilipollas que me quiera vacilar. Tiene su lógica. Los chavales salen del festival hasta arriba de todo y querían hacer la gracieta. Estirar el subidón. Cómo odio este fin de semana.

Froto hasta notar el uñero del dedo anular.

Veintidós letras. Ya podrían haber sido otras. O, por lo menos, unas menos legibles. Hay emparejamientos de caracteres con los que ya tengo callo: «Pirata, a robar a otro sitio», «Págame el alquiler o te vas», «Pare, creo que voy a vomitar», «¿No me estará dando vueltas?». Hostilidad. Amenaza. Aviso. Desconfianza. Pero la frase TÚ ERES EL PADRE BIOLÓGICO me ha llegado como un hueso que asoma.

¿Padre yo? Es que tiene que ser una equivocación o una broma a la persona equivocada. Aunque tampoco hay otro taxi que duerma al raso por el barrio. Mi vehículo es una invitación a robo, pero mi vida es una orden judicial de distanciamiento social. Si me conocieran, sabrían un par de cosas: que llevo dos veranos aquí, de las cuatro décadas que viví en Jerez. Que de los cuarenta y dos que gasto, el último es con licencia de taxi. Que mi taxi se llama Maruja II. Y que no le gusta que le saquen hijos ni padres biológicos. Ni a mí tampoco, ya que estamos.

2

Viajar con sorpresas que no quiero

Calle del Oasis, 12,

Villaverde

No está firmada.

Ahí es donde empieza lo malo. Cuando no hay firma, la cabeza firma sola. Y la mía suele firmar de más. Le añado jabón. Nada. La frase sigue ahí. Pegada. Como si tuviera razón la cabrona. Las frases que te quieren joder siempre agarran bien. Cuando alguien firma, tiras del hilo. Cuando no, empieza el circo en la cabeza. Uno en mayúsculas. Bien centrado. A prueba de microfibra. Y las dudas se pegan: «¿A quién se le ocurre?», «¿A quién se refiere?», «¿A quién he fallado?», «¿A quién le debo algo?», «¿A quién podría llamar hijo?».

No puede ser. Ya llevaré como una década humillándome yo solito. Sin la tragedia de querer gustar a una mujer. El deseo es un dedo torcido. Un viejo dolor febril. Lo decía mi abuela. Y necesito las dos manos para conducir. Y siempre me dejaron en cuanto sabían a qué me dedicaba; a irme antes de que no me eligieran. Ya lo hacía antes del barril y del volante. Fugitivo profesional. Lo otro es torniquete cotizado para que la vida no se me desangre. Si no me desperté en el pasado con pintadas llamándome «pirata» —con todas las letras—, al robarles los guiris a los taxistas de La Parra, ¿cómo se atreven a pintarme un libro de familia en el capó?

Escucho pasos detrás. No son de correr. Son de arrastre. De madrugada larga.

—Perdona… —dice una voz joven rota que no termina de salir—. ¿Eres taxista?

—Depende del día —respondo sin levantar la cabeza. Rasco la frase con la uña de la frustración.

Los pasos se acercan. Veo unas zapatillas destrozadas reflejadas en el capó. Luego unas piernas con unos gemelos que ni Roberto Carlos. Luego una mochila medio caída de un hombro.

—Es que… hemos perdido el bus —dice otra voz masculina sin tanta afonía—. El transfer. O lo que fuera.

—… a Lisboa —añade una tercera, medio dormida—. Nuestro festival se acaba aquí y vamos al siguiente.

Ahora sí levanto la mirada. Son cuatro. Dos chicas y dos chicos. Una media de treinta años. Parecen caídos del cielo o de una rave. Por aquí todo suele caer. Llevan pulseras del festival. Uno, corpulento como una bombona. Sin cuello. Aprieta una botella de agua vacía como si fuese un talismán. Otra, con el pelo rizado y la máscara corrida. No sé si de llorar o sudar. Nunca he sabido diferenciarlo. Levanta el teléfono como si le hubiese entrado cerveza y mira a Maruja II como si fuese un milagro. Mala señal, los milagros duran poco. La que acaba de hablar tropieza un poco, pero no pierde la sonrisa. Una sonrisa que ha olvidado en qué parte de la cara vivir. A estas horas, ya dice suficiente. Tiene un anillo atado al cuello. Cuando es al cuello suele ser de otro. Y el último enciende un mechero sin encenderlo. Por memoria muscular, por costumbre o por vicio. Y me mira como si fuera su padre. Ya sería mala suerte que acertara. Demasiado jóvenes para parecer cansados. Demasiado mayores para creerse eternos.

—No es que me pille muy a mano —ironizo.

La chica que está más despierta señala la pintada del capó.

—¿Y esto?

—Decoración, publicidad encubierta, ¿qué va a ser si no? —ironizo de nuevo y me sacudo su prejuicio.

Los cuatro miran la frase. Yo los encaro por si tienen alguna anotación más que decir.

—Por favor —dice el del mechero en la mano—. No te vacilamos. Solo queremos llegar a Lisboa. Una vez al año nos juntamos solo para esto. Tenemos que llegar.

«Vaya basura de amistad», me digo. Quedar una vez al año para verse borroso con la cogorza que llevan y no escucharse ni media palabra con el ¡pum-pum! del festival, aunque bastante tengo con lo mío.

—Y estamos de despedida de soltera, por favor —dice la del móvil y mira a la del anillo al cuello. Será para no perderlo.

No suplica. Constata sin drama ni lloriqueo. Con la insistencia de quien no puede permitirse otra opción.

—A ver… Os puedo acercar a la T2 y ahí ya pilláis un vuelo… —Respiro.

No me parece tan mala idea. Doy esta primera vuelta, empiezo bien el día y hago tiempo hasta que abran los supermercados para comprar disolvente.

—Es que la tradición es que siempre llegamos para el primer concierto del segundo día de festival —señala el del mechero.

—La tradición… Y eso, ¿a qué hora es?

—A las tres de la tarde abren puertas —me contesta desesperado el del mechero—. Y para el pastizal que nos dejaríamos en billetes de avión…, preferimos pagarte a ti y que nos lleves.

—¡¿A Lisboa?!

Yo hago la cara.

La de siempre. La de «esto no me viene bien». La de «yo hoy no». La de «qué necesidad». Pero por dentro estoy haciendo cuentas. De dinero. De aire. De escapatoria. No quiero quedarme aquí. No con esa frase en el capó, mira que te mira doliendo de paseo. Una que no duele en grande, duele en automático.

Me encojo de hombros.

—Quinientos más gasolina —aviso. La frase la puedo llevar de viaje. Su significado puede esperar aquí varado.

Hace dos años no habría aceptado, pero desde lo de Lumen dejé de decir que no tan rápido.

Ellos se miran entre sí. No discuten. No regatean. Bendita edad en la que el dinero no es un muro. Tendría que haber pedido más.

—Vale —se adelanta el del mechero, que parece el más necesitado de llegar a ese festival.

Solo eso. Vale. Y el chico y yo compartimos en esas cuatro letras un alivio que ni enseñamos ni pensamos mostrar nunca. A lo mejor sí que es mi hijo y todo. Mi vida va de eso, de viajar con sorpresas que no quiero.

3

Diario Sonoro de Lumen (I)

Nunca vi una ola,

pero describí su sonido tantas veces

que algunos me creyeron náufrago.

…

Hoy empieza el último programa del Diario Sonoro de Lumen.

Lo voy a grabar en la carretera.

Entre Jerez y las Cíes.

Entre lo que imaginé y lo que por fin podré ver.

Lo grabo porque todavía hay cosas que quiero nombrar

antes de que el ojo las reclame.

Porque todo lo que soy hasta ahora

ha sido una forma de mirar sin pupila.

Si alguien escucha esto dentro de muchos años,

sabrá que hubo una vez un muchacho

que vivía describiendo lo invisible,

no porque quisiera engañar a nadie…,

sino porque no quería quedarse fuera del asombro.

…

Yo no sabía cómo era una ola.

Claro que no.

Pero sabía que no sonaba igual dos veces.

Y ahora tengo miedo

de que al verla

deje de escucharla.

4

La radio del presidente

M-40, km 6

—¿Por qué no apagas la radio si hace lo que quiere?

—Déjala…, que si no hace lo que quiere me jodería más —respondo al copiloto que por fin se ha guardado el mechero en el bolsillo.

La radio de mi Maruja II solo sintoniza cuando le da la gana y está medio sorda. No tiene botones, solo ruina. La única sobreviviente de la Maruja original. Una veterana de guerra. Hay días que solo capta emisoras gallegas, otros en los que entra una canción y se va. Es muy suya. Se queja en los baches y da señales cuando dejo atrás. Siempre dejo atrás algo. Lo bueno de conducir es pasar de largo y no tenerlo que mirar. Antes, habría dicho que mi Maruja II y esta radio son las únicas mujeres que aparecen para pedirme explicaciones…, antes de la pintada. No he conseguido borrarla ni un poquito, así que le he dicho que viaje conmigo. A ver quién se cansa antes.

La chica del móvil regado en cerveza me taladra la nuca.

—¿Este coche tiene para enchufar? —pregunta con amabilidad brusca.

La tengo detrás como un incordio. Seguro que es la que me da problemas en el viaje, ¡no se podrá dormir la chinche! Acaricio la radio de mi Maruja II por si resucita. Nada.

—¿Enchufar el qué? —respondo.

—Es que… —Me levanta el móvil muerto como si fuera un cadáver.

La miro por el retrovisor. Solo la miro. Si a Maruja II le pides un enchufe para tontunas, te escupe óxido. Ella entiende la respuesta sin que yo diga nada, pero no se rinde.

—Monti, ¿no tienes tú una batería externa de esas? —dice buscándole la cara al copiloto.

Y ahí me entero del nombre. Montiel. Monti. El del mechero. El que ya me mira como si supiera algo de mí que ni yo sé. El que tira de este viaje a Lisboa más que mi Maruja II.

—Creo que la he traído —responde él—. Pero está en la mochila…, y la mochila está en el maletero, Yara. Cuando paremos lo saco.

«Yara» en peruano quiere decir «¡Cuidado!». Me lo dijo un pasajero que llevé una vez. Y Yara más que mirar me pide con los ojos que pare el coche. Abre la boca lo justo para tener que cerrarla. Y yo no paro. Literalmente acabamos de incorporarnos a la M-40. No varío la velocidad. Solo dejo claro que no me voy a detener para que este incordio pueda tener una batería externa. Entonces, el chico sentado en el asiento del medio —que ya hay que ser cabrones para poner en medio al tiarrón más grandote para que me tape media visión del retrovisor—, el que parecía dormido y usa la mochila como cojín, estira un brazo sin abrir del todo los ojos y abre su mochila para sacar un cable. Lo deja en el aire, a modo de ofrenda.

—Si es que te como to —agradece la chica casi emocionada y apoya su cabeza en el hombro de Roque. Y me busca con la mirada por el espejo como para decir «chúpate esa». Demasiado pronto para que me la tengan jurada.

Roque asiente una vez y vuelve a cerrar los ojos como si nunca hubiera pasado nada. Y, ahora sí, mueve la cabeza lo justo para poder ver por el retrovisor.

Silencio en el coche. Del bueno. Hasta que la del anillo al cuello en su despedida de soltera, la que sonríe como si viniera de otra dimensión detrás de Montiel, lo rompe:

—Y tú ¿cómo te llamas?

—¿Yo? —mascullo. Sé de sobra que se refiere a mí. Aunque, tal como va, podría no reconocer a sus propios amigos si solo se ven una vez al año.

—Sí. Ya sabes que ellos son Monti, Yara y Roque —apunta la chica con una molestia nueva—. Pero yo…, yo no te pienso decir cómo me llamo hasta que no me lo digas tú.

—Es lo justo —contesto.

Ella no se da por vencida.

—Pero… me quedaría más tranquila si sé el nombre del conductor que nos va a llevar en un viaje tan largo —añade suave pero insistente—. Por si pasa… algo.

Miro por el retrovisor. Ella está tranquila. Tranquilísima. La mujer más relajada de toda la M-40. No respondo. Me niego. El silencio se queda ahí, lleno de su pregunta flotando como una ardilla de esas que tienen piel en los sobacos y planean. Mierda. No soporto ese tipo de silencios. Los otros sí. Los de cansancio, los de carretera, los de no querer hablar. Esos son silencios lógicos, tienen regusto, pero el silencio de una pregunta sin responder me raspa por dentro. Aun así, no digo el nombre. Y justo ahí, la radio decide aparecer. Una voz entra por el altavoz izquierdo (el derecho murió este invierno), chillona, antigua. Un reguetón de verbena de barrio:

… dime cómo te llamas si quieres que yo te lleve…

La radio vuelve a guardar silencio tras humillarme en directo. Tres pares y medio de ojos se me clavan en el retrovisor. Roque solo abre un párpado. La del anillo al cuello se desorina.

—Vale —resoplo. Vencido por una radio que no sabe ni lo que es un botón, pero que se podría ganar la vida como oráculo.

—Lincoln. Me llamo así.

Y la chica sonríe satisfecha como si acabara de escuchar la respuesta correcta de un concurso que solo existe en su cabeza.

—Pues ya está —dice, satisfecha, hundiéndose otra vez en su nube—. A partir de ahora te llamaremos Presi.

«Presi». Lo que me faltaba. Solo me llamaban así en la bodega.

Roque vuelve a cerrar los ojos. Yara mira la pantalla del móvil como si pudiera pasar del 0 % más rápido solo por mirar fuerte. La chica del anillo flota en su propia gravedad cero, una donde ahora tiene presidente, pero no me ha dicho su nombre. Y Monti… Monti me mira. Otro de los silencios que no soporto: cuando sé que alguien me está mirando y llena el silencio de preguntas porque le incomodan.

—Y este… —arranca Montiel y parece que se gusta en la espera de continuar con la frase—, ¿es el viaje más loco que has hecho? —No pregunta por curiosidad. Pregunta como quien busca confirmación de que se puede huir.

Su voz tiene algo que no sé si es ilusión o miedo. Y yo no sé ni contestar, pero, hechas todas las presentaciones menos una, me da por responderle con sinceridad.

—Tenéis que liarla mucho para llegar a acercarse al segundo más loco.

—¿El segundo? —re

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