Una vida buscando

Kae Tempest

Fragmento

cap-3

UNO

Rothko Taylor estaba subide a una escalera azotada por el viento. Con los ojos irritados como uvas peladas, parpadeaba a causa del frío. Era la clase de viento que sacudía la escalera y le golpeaba en los brazos. Llevaba tanto rato subiéndolos hasta los canalones que tenía un pinzamiento en el cuello que descendía por el hombro y le llegaba a la espalda.

Treinta y seis años. Sin pareja. Vivía en una caravana en un solar que estaba afectado e iban a construir. Trabajaba de manitas en un hotel de primera línea de mar que parecía estar a segundos del colapso. Seis meses fuera de la cárcel y el mundo había pasado página.

Hoy era su último día en el trabajo y tenía una sensación de final. El pasado aceleraba en su dirección desde cualquier punto al que mirara.

Desde que volvió a casa, se había dedicado a mantener su existencia, una tarea tras otra. La vida real seguía siendo algo que le sucedía a otra gente. Pero esa tarde —con las manos aferradas a la escalera que chirriaba, zarandeade por el viento gélido— sentía que se acercaba a la superficie. Porque estaba limpie. Y era libre. Y estaba vive. Y las gracias latían por su sistema tan fuerte, que tuvo que sacudir las manos desde las muñecas para expulsar la energía acumulada. Lo cual hizo que la escalera se balanceara bajo sus pies.

«Estado de la cuestión». Se detuvo. «¿Cómo soy?», preguntó a Donovan, que estaba hecho un ovillo debajo de la mesa de picnic, tratando de dormir para ignorar el viento.

Durante seis meses, Rothko Taylor se había plegado a una rutina exigente. Se había atenido a ella, pasara lo que pasara, los siete días de la semana. Equiparaba la rutina con la posibilidad y el autocontrol. Perdide en un caos mortal durante años, la idea de una vida ordenada en el plano físico era un bálsamo para la herida.

Así que se levantaba cada día a las seis de la mañana, estaba aseade y vestide a las 6.40 y salía del solar a las 7.15, antes de que hubiera movimiento en las calles. Siempre iba por el mismo lado de la carretera durante el trayecto de diez minutos al trabajo. Cada mañana, llegaba al paseo marítimo y giraba a la derecha hacia el viejo hotel cochambroso. Nunca giraba a la izquierda en dirección a la ciudad. Solo en ocasiones miraba hacia allí. Una mirada cargada, como si quisiera demostrar su importancia a una escena que por su parte era indiferente.

Al final de la jornada, recorría el mismo trayecto a casa. Nunca daba una vuelta por la ciudad, ni siquiera para echar un vistazo. Regresaba a salvo al solar, se lavaba y cenaba con los demás si estaban por allí. O disfrutaba de su comida sencilla a solas en su caravana, viendo documentales en internet sobre gente que lograba triunfar contra todo pronóstico hasta que se dormía.

Hoy, la preocupación era que el fin del trabajo significaba el fin de la rutina. La sensación era de vértigo y se aferró con más fuerza a la escalera. Odiaba la perspectiva de tener tiempo que matar. Nada le mantenía a salvo como los objetivos diarios; pequeñas y placenteras casillas que marcar contra el olvido.

Donovan se rascó el morro con la pata y ladró dos veces cuando el viento levantó la tapa de un contendor y arrastró una bolsa de basura por la carretera. «No sé de qué hablas». Rothko lo miró por encima del hombro. «Es un día maravilloso».

No tenía ninguna perspectiva laboral y eso le preocupaba. Una persona como Rothko sabía que necesitaba algo, de lo contrario no tardaría mucho en despertarse de nuevo en su antigua vida. No soportaba pensar en ello.

«Protégeme. Por favor», le susurró al tiempo asqueroso mientras se peleaba con las tuberías. «Solo tengo que pasar el día, ¿o no, chaval?».

Pero ¿cómo conseguía una persona un trabajo? No tenía ni idea. Fue Roxanne quien le consiguió este.

Roxanne y Rothko habían estado encerrades juntes en Downview, hacía años. Les dos venían de la misma ciudad pequeña y conocían a la misma gente pequeña, y teniendo en cuenta que la cárcel estaba a kilómetros de Edgecliff, que les dos acabaran le une con le otre parecía cosa del destino. Fue Roxanne quien le rapó la cabeza a Rothko por primera vez, cuando Rothko al fin se permitió reconocerse a sí misme que quería el pelo corto.

Compañeres de celda durante tres años. Roxanne había llegado a quererle como a une de las suyas.

Habían compartido celda con toda clase de personas a lo largo de los años. La extensión de la condena era tan larga, que le costaba retenerlas en la cabeza. Unas pocas de las caras más memorables emergían de la sopa del tiempo. Se mecían en la superficie. Se hundían de nuevo.

Muchas eran maníacas. Otras se habían convertido en amigas. Unas cuantas en amantes. Las amistades que hubo habían sido intensas, pero normalmente acababan cuando la gente se iba. Roxanne fue la única con la que siguió en contacto. Le dijo a Rothko que llamara cuando saliera, y lo hizo.

Y aquí estaban.

Fue Roxanne quien le habló del solar en el que estaba viviendo y le dio un lugar donde vivir. Fue Roxanne quien se enteró del trabajo, y le llevó con Meryl, la señora propietaria del hotel. Ya había hecho tanto por elle. No podía afrontar pedirle ayuda de nuevo. No quería que supiera que, a pesar de toda su amabilidad, elle seguía siendo la misma mierda de persona.

La vergüenza le asfixiaba. Cuadró los hombros para resistirse. No quería ser alguien que siempre te decepciona. Alguien en quien no se pudiera confiar para resolver sus mierdas. Y de hecho, no iba a serlo. Ya no.

Finalmente sacó el puñado de hojas, mierda de pájaro y paquetes de galletas cubiertos de barro y lo tiró al suelo. Salió un chorro de agua sucia del canalón torcido. Le empapó las muñecas y las mangas, se coló entre las grietas y tuvo que apartarse para esquivar el torrente. La escalera se tambaleó. Se peleó para estabilizarla. El agua le bajaba por la espalda del abrigo.

Que me toquen. Simplemente que me toquen y me abracen. Alguien que sepa cómo tratar un cuerpo como el mío.

En la cárcel, no podías pensar en el pasado y no podías pensar en el futuro, tenías que estar en el momento. Rothko se había chupado tanto tiempo así, que había llegado al punto en que podía confiar en él. Pero ahí fuera, el tiempo era una amenaza. No paraba quieto. De algún modo las semanas volaban, y las noches no pasaban nunca, y todo iba adelante y atrás a la vez y para seguir en el momento, toda su vida estaba ahí fuera, gritándole desde las esquinas, y eso le cabreaba.

«Te puedes ir a casa», le había dicho el guardia de prisiones. Así que, por supuesto, había vuelto a Edgecliff; no tenía otro sitio al que ir.

Pero no había nada que le retuviera allí. Salvo quizá la caravana y la gente del solar. Roxanne. Y Fletcher, claro.

Entró en el vestíbulo del hotel y merodeó con lentitud por la colorida recepción. Fijándose en los detalles. El papel de pared de estampado floral, los jarrones altos de cristal llenos de cuentas de colores, las butacas de color mantequilla, los folletos apilados de parques de aventuras y pueblos en miniatura.

¿Comenzar de nuevo en alguna parte donde nadie supiera su nombre o intentar hacer una nueva vida en su ciudad?

Esperó una señal.

Se quedó muy quiete y escuchó la habitación. El zumbido sordo de la electricidad. Su respiración. Las patas de Donovan sobre el linóleo. Luego, una lluvia repentina martilleó el tejado del invernadero. Pero no estaba convencide de que esa fuera la señal que había estado buscando.

Se dirigió por la puerta marcada con el cartel de SOLO PERSONAL a la cocina de atrás. Donovan brincó hasta su rincón favorito de la alfombra, dio un par de vueltas y se tumbó con delicadeza, pegado al armario del calentador de agua. Rothko encendió el hervidor de agua y se calentó las manos con él mientras hervía. «¿Contento?», le preguntó a Donovan, que empezó a girar la cabeza sobre la alfombra, rascándose detrás de las orejas, gruñendo de placer.

Era raro pensar que se conocían solo hacía seis meses. Rothko ya sentía que no podría vivir ni un día sin él. Se encontraron el día que Rothko volvió a casa. Donovan había estado viviendo en unos garajes abandonados que daban al solar. Lo observó rascándose la enorme cabeza marrón sobre la alfombra, con la lengua colgando sobre la mandíbula, las rayas plateadas y doradas destellaban alrededor de sus patas traseras, y se acordó del aspecto que tenía por entonces: se le veían las costillas a través del pelaje mugriento, le faltaba un trozo de la oreja. Pero no mucho después del encuentro, el perro viejo y tímido había seguido a Rothko a casa, y no mucho después, se había enroscado y se había dormido con la cabeza en el regazo de Rothko. Rothko sintió una paz que no había sentido hacía media vida. Ser elegide. Que confíen en ti como lugar seguro.

Seis meses. Rascando yeso húmedo. Había impedido que se desintegrara elle. Se suponía que iba a ser un trabajo de pintura y decoración de cinco días, pero luego surgieron todas esas cositas que había que hacer y se encontró con un trabajo remunerado. Estuvo bien mientras duró. Había comido un montón de galletas. No había tenido que hablar con mucha gente.

Se alegraba de que Meryl tuviera un comprador. Esa locura de lugar la estaba llevando a la ruina. Era más que probable que lo derruyeran todo, que construyeran un bloque de pisos. Todo ese trabajo parecía un desperdicio, pero qué sabía Rothko.

Años atrás. ¿Cuántos? Los sentía como doscientos mil. No podía tener más de siete años. Se había pasado aquel verano demoledor siguiendo a su madre por la tienda de antigüedades arquitectónicas, donde se las había arreglado para conseguir un trabajo reparando sillas viejas.

Elle había sido su sombra con entusiasmo. Compitiendo por una partícula de su atención a prueba de fuego. Horas merodeando por aquel lugar, esperando a que ella terminara su turno. Le había enseñado sin mucho empeño a usar una lija, a mezclar pintura. Al final, le había asignado un trabajo para mantenerle ocupade, arreglando un decrépito balancín con forma de caballito de madera. «Puedes hacerlo si perseveras», le había dicho cada vez que se frustraba. «Puedes hacerlo si perseveras».

No había pensado en aquel caballito en años pero de algún modo, ese día, ahí estaba. Todavía meciéndose.

De todas las lecciones que desearía no haber aprendido de su madre, Meg, Rothko sí le reconocía la del balancín del caballito. Porque perseveró. Y al final había logrado lijar las astillas, y pintar dos ojos monstruosos en el pobre animal y clavar un nuevo patín en sus cascos toscos y pequeños.

Aquel había sido un buen verano. Meg no había intentado suicidarse en casi seis semanas. Y Rothko había aprendido una lección importante. Una tan importante que la había olvidado por completo hasta ese mismo instante, casi treinta años después: cuántas cosas buenas podían hacer con una cosa vieja y destartalada que estaba destinada a la basura, si llegaba a las manos, cuidadosas y pacientes, adecuadas.

Se quedó en la cocina de empleados del antiguo bed & breakfast, contemplando el hervidor mientras el agua rompía a bullir.

Está bien.

Era hora de comprobar si era la persona que quería ser.

Tenía muchos planes. Pero ahí estaba, en la cresta de un cambio que iba a romper con o sin elle, y no sabía si tenía lo que había que tener.

Lavó su taza y abrió el sobre a su nombre que había en la mesa, descubrió que Meryl le había dejado un nota junto con su paga. «R: Siento haberte dejado sin trabajo. Tómatelo como una indemnización. Gracias por todo. Meryl xx».

Rothko sacó el efectivo y contó cuánto había. Más de lo que había esperado. No se acababa. Veinte tras veinte tras veinte. La paga de dos semanas, más mil libras.

Se sentó. Lo contó de nuevo. Y luego una vez más. Lo guardó con cuidado en la cartera. Se metió la cartera en el bolsillo. Luego la volvió a sacar. Comprobó que el dinero seguía ahí. Vio que sí. Se guardó de nuevo la cartera en el bolsillo y se sentó muy quiete en la silla, pensando.

Debía de ser dinero de la venta.

Miró alrededor de la cocina aturdide. Las estanterías que había hecho, y allá donde las telas estaban podridas, las había sacado y cambiado. Había arreglado la fuga del lavavajillas que se colaba entre los tablones. Había levantado el suelo y arreglado esas juntas. Pintó las paredes. Incluso los techos.

Para elle era asombroso que Meryl se hubiera dado cuenta de lo mucho que había hecho. Creía que iba por ahí sin ser viste. Que la gente temía encontrarse con elle del modo en que la gente teme encontrarse con otros.

Sacó el bolígrafo de la espiral del cuaderno que llevaba en el bolsillo superior, le dio la vuelta a la nota de Meryl y escribió detrás en letra de molde pequeña: RECIBIDO CON MUCHO AGRADECIMIENTO. LA MEJOR DE LA SUERTE EN SUS EMPRENDIMIENTOS. RT. Metió la nota de nuevo en el sobre y lo colocó con cuidado en la mesa, dejando las llaves a la vista encima. Estudió la composición de la naturaleza muerta. Decidió reordenarla. La estudió de nuevo. Sacó de nuevo la nota y escribió una x al final. Colocó las llaves una vez más, un poco a la izquierda. Más centrado. Un poco a la derecha. No. Un poco a la izquierda otra vez. Luego se levantó, sin mucha prisa. Un paso lento tras otro.

«Venga, vámonos», le hizo una seña a Donovan, pero ya estaba de pie, sacudiéndose con vigor. Le siguió, solo se detuvo para echar una mirada a su rincón favorito de la alfombra, acompañando con un gemido un suave bostezo.

Rothko hizo una pausa en la puerta principal. El reloj que había sobre el mostrador hacía tictac. La luz de la fotocopiadora emitía destellos azules. Nada más se movía. Dio dos palmadas a la pared, le habló a la habitación en silencio: «Gracias por invitarme». Y salió al tiempo inclemente, comprobando que la tranquilizadora forma de la cartera seguía en el bolsillo interior.

Había llegado la lluvia. La miró por la puerta abierta. No parecía muy atrayente. Pero decidide, cerró de un portazo a su espalda y se internó en la cortina de lluvia. Estaba empapade antes de llegar a la esquina, donde los últimos seis meses, había girado a la izquierda y caminado de vuelta a la caravana.

Pero ese día era una ocasión, ¿no?

Se detuvo. Miró a ambos lados. La lluvia le golpeaba la frente.

Quería pasear por la calle principal, mirar los escaparates, ver las cosas bonitas que vendían bien iluminadas. Cruzar la puerta de un pub caldeado. Apoyarse en el reposapiés de metal de una barra de roble antigua. Tenía sed de una pinta de tarde. Se imaginó la sensación de abrirse paso entre la gente, que le saludaran viejos amigos. La cerveza rubia cálida dejando la marca de la espuma en el cristal. Podría tomar una pinta, ¿no?

Una pinta no quería decir…

Le dolía la garganta de las ganas de una cerveza después pensar todo eso.

Otra gente lo conseguía. Quizá ahora estaba bien.

El final de un trabajo importante. El fin de una condena larga. A fin de cuentas eran hitos que merecían ser conmemorados. Un par de pintas sin volver a las malas… a el…

Rothko se escabulló y giró a la derecha, hacia la ciudad.

Era hora de ir y ver qué se había estado perdiendo. Se dirigió al lugar de su creación.

Daba la sensación de que cada día que le había llevado ahí caminaba con él. Se veía con diez años corriendo por ese mismo tramo de playa, en dirección al pub, a buscar a mamá. Fue un pensamiento repentino y lo apartó con un gesto de la mano. Para, ya. Vamos. Todo podría haber sido mucho peor. Y con ese pensamiento, toda la gente que había conocido y había pasado cosas peores se le acercó, gesticulando palabras que Rothko no podía oír, y luego se desvaneció. Rothko extendió las manos para atrapar las gotas de lluvia. Se concentró en lo que estaba allí de veras. «Gracias», le dijo a la lluvia mientras rebotaba. Había tanto por lo que estar agradecide.

Algunos días, lo reconocía, una persona simplemente no podía seguir escondiéndose y hoy era uno de esos días para Rothko Taylor.

Rothko.

Pelo oscuro y dientes torcidos. Una sonrisa curva que afinaba los labios y señalaba la barbilla. Hoyuelos de un kilómetro de profundidad. Ojos impresionantes, claros como el barro. Su pelo necesitaba un corte, había crecido más de lo que le gustaba por detrás y por los lados y se rizaba. Se lo había decolorado en verano, le estaba saliendo oscuro y se le pegaba por la lluvia. Sacó una gorra plana del bolsillo y se la deslizó sobre la cabeza. Abdomen ancho, espalda ancha y hombros anchos. Brazos grandes. Fuerte con una fuerza flexible, animal. Muñecas delgadas, nudillos con cicatrices, manos elegantes. Arrugas en las comisuras de los ojos como páginas pasando.

Donovan, su perro y amigo, era igualmente recio. Un chucho gigante de pelaje de color indefinido con una cabeza plana enorme con hombros protuberantes. Patas del tamaño de las de un león. Tenía el pelo grueso y brillante. Nunca había atrapado una ardilla, pero a Rothko le encantaba lo mucho que se esforzaba en intentarlo.

Juntos, recorrían la playa gélida. Una figura solitaria en una llanura desolada, con un perro pegado a sus talones, el abrigo peacoat azul marino ondeaba a su espalda. Capucha gris puesta. Plantando cara al mal tiempo. Llegaron al promontorio entre dos rompeolas donde el viento cesaba y disfrutaron de una repentina sensación de estar suspendides. Era como si flotaran. Donovan intentaba morder las olas cuando rompían y se retiraban. Perseguía el viento en diagonales demenciales. Eran felices juntes. Pequeños ladridos entusiastas.

Rothko ha empezado a llamar a Donovan por cualquier nombre que comience por el sonido «Don». Sus favoritos son Doner and chips, Don Corleone o Donatella Versace, dependiendo de la frivolidad de sus estados de ánimo.

«Venga, vamos, Donny Hathaway. Por aquí».

Estaba bien tener una broma privada con alguien.

La lluvia paró de forma abrupta, como si hubieran dado una señal. Rothko levantó la vista para pillar a Dios en acción. Vio el sol pálido allí arriba, lavándose la cara con las nubes.

El dinero cantaba en su bolsillo.

Con tanto dinero podría contratar un seguro médico. Empezar con la T.

Hundió más los pies en las piedras.

Pensó en Fletcher. Vivía en la caravana de al lado de Rothko, y probablemente era la persona preferida de Rothko. Desde que llegó al solar, Fletcher había sido amable con Rothko. A pesar de que no se conocían desde hacía mucho, desarrollaron una amistad natural. Entre elles sucedía algo fácil. Una correspondencia que no hacía falta explicar para disfrutarla. Fletcher ya había pasado por todo, y por lo que le había contado, podía ser peliagudo al principio, mientras el cuerpo se acostumbraba.

Había estado pensando en un nombre. Sentía que era el primer paso para resolver el resto. Lo notaba ahí arriba sobre su cabeza.

Rothko no era un nombre que había escogido para sí misme. Era un apodo que le cayó a los dos años, a causa de sus sonrojos, que sucedían todo el tiempo. Lo cual provocaba que su madre exclamara, a diario, que se había puesto roje como un Rothko.

Hasta ahora nunca había pensado de veras en las implicaciones de vivir con un nombre que se le había dado por la obviedad de su vergüenza.

Sería bonito gastarlo en alguien.

Simplemente que me toquen y me abracen.

El bloque de apartamentos grises daba al mar gris. Rothko sintió el confort y la amenaza de estar de vuelta en el sitio que le había criado.

Pueste en libertad en abril. Había visto el cielo mirándose a sí mismo, nubes oscuras que se reflejaban en los charcos de la marea baja. Observó la primavera tornarse oro, subide a una escalera con la radio reproduciendo clásicos serenos. Pasó un verano polvoriento lijando los rodapiés en el patio de Meryl, mientras hablaba con las tortugas de piedra. Ahora las noches se estaban volviendo más frías. El otoño flotaba en el aire, y se dio cuenta de que elle había estado esperando en el umbral todo este tiempo.

Parecía el primer día.

DOS

Había bullicio en la calle principal después del solemne paseo marítimo. Todo el mundo parecía alegre. La gente hacía cosas de gente como cruzar la carretera para ir al supermercado, al teléfono diciendo: «Voy a comprar té y cebollas y ¿qué más era?».

Cosas que alguien que no había estado encerrade día y noche en lo que básicamente era un baño con una litera dentro no notaría, pero Rothko no podía dejar de maravillarse, mirando desde debajo de su gorra empapada.

Esa: esterilla de yoga, pelo caro, frunciendo el ceño como si estuviera lista para matar. Ese otro de allí: el cuello subido, carrito de la compra lleno de cartones de leche entera y pan blanco, examinando dos billetes de lotería, justo en medio de por donde todo el mundo intenta pasar. Rothko cruzó los dedos por él, espero que ganes. Y más allá: coleta alta, cuerpo grande retenido por ropa ajustada, rascándose una y otra vez una parte del antebrazo. Y dentro de la farmacia, la cola a través del escaparate: chándal gris, contando algo con los dedos rígidos. Bomber negra y gafas de sol puntiagudas comiendo bolitas de chocolate Maltesers. Pantalones de piel de serpiente blancos jugueteando con un piercing en la ceja. Scrolleando en el teléfono. Esperando los medicamentos con receta. Y por todas partes la clase de borracho diurno de costa que hacía que pareciera posible. Incluso romántico. Pareja joven con jerséis de los años treinta, borrachos, tocándose las mejillas el uno al otro en la ventana del local de fish & chips. Un viejo con cara de gorrión, borracho, intentando ponerse los guantes. Gente cachas con latas, empujando a sus bebés en cochecitos mientras sus pequeños perros ladradores se enredaban con sus correas. De todas formas pronto sería de noche. Y, joder, era sábado.

Rothko pasó a un grupo de adolescentes haciendo una coreografía en el reflejo de las paredes de cristal de un banco cerrado. Rothko no se podía creer lo que veía y se paró, pero nadie más pareció notar nada inusual.

Un chico joven con una gabardina elegante color beige caminaba hacia elle, estaba mirando a Rothko directamente a la cara. Gritándole a elle, asumió Rothko. «En serio, el lío que montó con hacérselo. ¡Yo ni siquiera noto la diferencia! ¡Ya lo sé! Lo único que estoy diciendo es…». Rothko miró a su espalda para ver si el chaval estaba hablando con alguien que estuviera ahí. Pero no había nadie. Pasó de largo. Riendo.

Era como si nadie existiera en un espacio mutuo. Como si todo el mundo estuviera protegido por una membrana de privacidad invisible, excepto Rothko.

¿Qué había pasado?

A los dieciséis, el mundo parecía esculpido a la imagen de Rothko.

Pero ahora había nuevos adolescentes en la ciudad. Haciendo rutinas de baile en superficies reflectantes como si no fuera vergonzoso.

La vida real.

Estaba mirando directamente lo que había anhelado todos esos años.

Pero ¿qué se suponía que debía hacer con ella?

Se sintió mayor. Pero no había llegado a su edad de la misma manera que otra gente. No se la había ganado mediante experiencias o relaciones. Simplemente se había despertado con ella, de repente. Mayor. Y no preparade. Observó a una señora con el pelo canoso tirando a azul, con sus bastones y sus bolsas de la compra abriéndose paso entre la multitud, y pensó quizá así es como es para todo el mundo.

Cerveza.

Tres chavales en skate pasaron a su lado. Mullets con degradado, cadenas para las llaves. Debían de tener unos dieciséis años. A Rothko le dio alivio verlos. Le hicieron pensar en el pasado. En Sean y Dionne y las fiestas en los prados y elle volvió a sentir los dieciséis como caer desde una gran altura y empalarse en una reja.

Tenía que llamarle. A Sean. Había sido su mejor amigo antes de que la vida les llevara por direcciones opuestas. Desde entonces habían arreglado las cosas. Sean había ido de visita, de vez en cuando. Les dos habían dicho lo mismo: «Nos pondremos al día cuando las cosas se hayan calmado». Pero el logro en que Sean había convertido su vida —una mujercita adorable, cuatro hijos la última vez que Rothko preguntó— hacía que Rothko mantuviera las distancias. No le gustaban los celos que sentía cuando escuchaba sus novedades.

Justo en ese momento, se cruzó con un par de caras conocidas y apretó la mandíbula en una sonrisa forzada. Kathy y Jon-Boy. Perros y mantas. El pelo enmarañado. Estaban pidiendo dinero para birras con una flauta dulce de la casa de empeño.

Al parecer algunas cosas habían seguido igual.

«Vaya, colega», gritó Kathy, saludando con la mano. «Había oído que habías vuelto. Echaba de menos tu cara. ¡Han pasado siglos!».

«Hola, hola», respondió Rothko.

«Te has puesto fuerte, ¿no?». Ella se rio, pero uno de sus perros empezó a ladrar. Había urgencia y terror en su tono. Jon-Boy apartó al perro, pero el perro tiraba y hacía fuerza. Rothko bajó la vista a Donovan y le habló en voz baja.

«Está bien», lo tranquilizó. «Yo me ocupo». Donovan tenía el lomo erizado, estaba gruñendo y tenía los ojos muy abiertos. «Poco a poco. Buen chico». Rothko tiró de él hasta que los perdieron de vista. Le acariciaba el cuello con firmeza para calmarlo.

Oyó que Kathy gritaba algo a su espalda pero no lo entendió. Siguieron caminando, pero la calle comenzó a agobiarle. «Donny, espera aquí», le dijo y entró en un supermercado. Donovan se tumbó a esperar. Le miraba desde sus párpados caídos. Vigilaba la entrada. Tranquilo como una estatua.

Rothko recorrió los pasillos. Cogió unas cuantas cosas y fue a la cola, pero cuando llegó a la salida, se dio cuenta de que tenía que pagar en una de esas cajas nuevas. Se quedó mirándola un buen rato. Lo bastante largo como para que una persona que trabajaba allí se le acercara. Era amigable, de unos cincuenta años, del tipo que ya lo ha visto todo. «Todo bien, ¿cariño?», le preguntó.

«No soy yo, ha sido Terminator 2 quien ha empezado». Se rio hasta que la mujer le dejó con la máquina, y en ese momento se acercó un poco más a la pantalla y leyó de nuevo las instrucciones. «Por favor, escanee su primer artículo». Se estaba formando cola a su espalda. Rothko notaba el latido de su corazón en los oídos. Se bloqueó. ¿Escanear dónde? ¿Cómo?

Al final un hombre del principio de la cola dijo: «Venga, tío». Rothko miró al hombre y luego otra vez la pantalla. La toqueteó al azar con torpeza.

«No puedo», dijo en voz alta, pero no al hombre. En realidad, no se lo decía a nadie.

«¿Necesitas ayuda, cariño?». La señora de la tienda regresó.

Rothko miraba las palabras, pero no entendía qué le decían que hiciera. La gente de la cola se empezó a cambiar las cestas de una mano a la otra. «No. Está bien. He cambiado de idea». Dejó las cosas que había entrado a buscar al lado de la caja y salió apresurade. La cara al rojo vivo.

«Vamos». Cogió la correa de Donovan y se perdieron en la masa de compradores. Donovan estaba alerta por la incomodidad de Rothko. «Ni siquiera sé qué son esas cosas», le reconoció cuando estaban a una distancia segura y el corazón dejó de latirle a toda velocidad.

Un autobús se detuvo en la parada que tenían delante. Rothko miró las ventanillas y vio a un hombre de rostro ceniciento, pelo escaso y blanco peinando hacia atrás, hasta el cuello de la camisa, bien afeitado, con marcas en la piel y dos botones de la camisa abiertos. Bufanda de cuadros anudada al cuello y metida por dentro de la camisa. Tenía el mismo aspecto que él. Era igual que el hombre de esa noche.

Rothko parpadeó, pero el hombre seguía allí. Sus ojos se encontraron y quedaron mirándose demasiado rato. No era él. Él estaba muerto. El hombre del autobús miró mal a Rothko y gesticuló: «¿Qué?».

Sintió que se le enrarecía la respiración.

Se alejó de la parada de autobús, terminó pegade al escaparate de una tienda de animales, esperando a que pasara. Donovan olisqueó en dirección a la entrada: orejas de cabra deshidratadas y pis de hámster. La cabeza de Rothko era un motor. Se concentró en las peceras del escaparate. Pensó en los peces dorados.

Si los peces dorados se mantienen en peceras pequeñas, solo crecen unos centímetros. Pero si esos mismos peces viven en libertad en estanques, o lagos, o incluso en el mar, pueden crecer hasta hacerse gigantes. Cuando mayor es el entorno, más pueden crecer. ¿Quién le ha contado esto? ¿Era cierta esa información? Seguramente alguna de las chicas de su galería. A Rothko le sorprendieron las peceras vacías, apiladas como un bloque de pisos.

Se concentró en su respiración. La frente apoyada en el cristal sucio. Miraba el cristal en lugar de a través de él. Regresó a la calle. Siguió andando. Donovan tiró de nuevo hacia la tienda de mascotas, pero Rothko tiró con más fuerza de la necesaria de la correa que llevaba al cuello. Por aquí. Donovan suspiró y fue al trote con la nariz pegada al suelo.

¿Por qué no podía disfrutar de una pinta después del trabajo como una puta persona normal?

Donovan levantó la cabeza y la pegó a la pierna de Rothko y Rothko se sintió reconfortade.

Quizá no estaba preparade todavía.

Se tambaleaba calle principal abajo, mirando las tiendas. Pensando, quince años. La gente de fuera lo daba todo por sentado. Cajas automáticas. Tazas reutilizables. Rothko no había aprendido esas cosas. Había aprendido mucho dentro, pero eso no. Nada de facturas del gas. Impuesto de circulación. Seguridad Social. Pavimentos de exterior. Ligar online. Comida con la familia política. Pinzas de barbacoa. Pastillas de lavavajillas. Objetivos de fitness. Calendarios digitales compartidos.

De todos modos, esa vida le volvía loque.

¿Por qué añadir presión con sueños grandilocuentes de empezar de nuevo? Podía seguir como estaba. Trabajando en negro y con la caravana aparcada. Sin rendir cuentas a nadie excepto al viento y a la lluvia.

Bueno, tal vez al tabaco. Tal vez al café y la comida basura.

Tal vez a la rabia. Tal vez al insomnio. Tal vez al mal humor.

Tal vez a las voces y las alucinaciones. Tal vez a los bajones de una semana.

Tal vez al cuerpo.

Disciplina. Eso era lo único que necesitaba. Una rutina más estricta.

Ansiaba estar sane, pero podía darse un descanso, joder. Calmó su cerebro acelerando su cuerpo, girando sobre los dedos de los pies al caminar, un poco más rápido. A fin de cuentas se suponía que estaba de celebración.

Abandonó la calle principal, tomó una carretera estrecha que serpenteaba colina arriba, el viento ululaba en las ventanas más altas, atravesó las puertas de un bar de esquina de toda la vida, que todavía se llamaba The Shipwright’s Rest, y notó el alivio inmediato de alejarse de la gente y el viento y la última hora de la tarde de un sábado en la calle principal. Respiraciones lentas y tranquilas a medida que el ruido se calmaba en sus oídos. Estar disperse le aturdía.

Un camarero pálido que llevaba un chaleco de cuero encima de una camiseta de Morrisey, cadenas de plata y una cara de preocupación profunda se despertó de su estupor cuando Rothko cruzó la puerta.

«¿Sí, señor?», preguntó. Rothko señaló uno de los tiradores de cerveza, indicando una amarga. El camarero empezó a tironear del tirador como si estuviera ordeñando el barril. Rothko se mantuvo tan erguide en su cuerpo como pudo y dejó un billete de diez en la alfombrilla de la barra, se sonrojó tras el inevitable «Disculpe. Señora» incómodo que siguió después.

Rothko borró la sonrisa como respuesta. Levantó las cejas.

Se llevó la pinta a una mesa en la esquina. Se quitó el abrigo y la gorra mojados y se sentó con la espalda apoyada en el radiador, pero estaba frío.

Así que eso era. Su primera visita a un pub.

No acababa de ser la atmósfera dorada con la que había soñado.

La sala tenía el aire desierto y de tiempo de descuento de la sala de espera de una estación.

En la mesa al lado de la de Rothko había una mujer sola. Llevaba placas en los bolsillos superiores. Era alguna clase de uniforme. Tenía enrolladas las mangas de la camisa de trabajo, pantalones de poliéster negros ajustados. Calzado de cuero sin cordones negro gastado. Sin tacones para recorrer pasillos largos. Un rostro duro, sereno.

Cabello cano blanco, recogido en un moño. Sin brillo. Seco como las astillas. Del color de una cebolla. Tenía ojos de crédula, con bolsas debajo. Una boca suave.

Angel Douglas.

Era alta y se atormentaba. Estaba sentada en la silla como si ella misma fuera las ramas que sobresalían de su copa. Encorvada, con las piernas cruzadas a la altura de la rodilla. Doblada por la mitad.

Le comenzó a sonar el teléfono. Lo miró, lo puso boca abajo en la mesa y volvió a su copa.

Ya nada podía molestarla.

Había entrado para tener un minuto para ella y tomar un par de ginebras para templar su cabeza.

No podía afrontar otro de esos breves silencios amargos de su novia.

Cada vez que hablaban en esa época Angel sentía tanta presión en la cabeza que le parecía qu

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