Games (edición en español)

Anna Maria Volkova

Fragmento

xxx

Le haré una revelación: cuando conversábamos de los sentimientos más puros y espirituales, en los que honestamente creía y confiaba, siempre, en todo momento, ansiaba tomarla en mis brazos y besarla en los labios.*

 

ALEXANDR SOLZHENITSYN, Pabellón de cáncer

 

 

El poder no es el mal. El poder son juegos de estrategia… Pongamos como ejemplo las relaciones sexuales o amorosas: ejercer poder sobre el otro en una suerte de juego estratégico de final abierto en el que la situación pueda ser revertida no es un acto malvado; es una parte del amor, de la pasión y del placer sexual. Y tomemos, también a modo de ejemplo, algo que ha sido criticado con razón: la institución pedagógica. No veo nada de malo en la práctica de alguien que, sabiendo más que otros sobre un juego de verdad dado, le diga a estos otros qué hacer, les enseñe y les transmita su conocimiento y sus técnicas.

 

MICHEL FOUCAULT, «La ética del cuidado

de sí como práctica de la libertad»

Uno
Apalancamiento

—Vístete —le ordena Jackie desde el umbral de la puerta de su cuarto—. Vamos a salir.

Lili mira la hora en la pantalla de su ordenador.

Su compañera de piso se da cuenta y gime a modo de protesta.

—Vamos, no son ni las nueve. Hace días que no te vemos, y sin ti nunca nos divertimos.

Lili se toquetea el séptum mientras calcula las horas de trabajo productivo que le quedan esa noche.

—Kerr quiere que le entregue el borrador dentro de poco.

Le duele negarse. Quiere salir; desea fervientemente notar la vieja sensación de libertad y las emociones que le regalaría una noche de fiesta: el verano en la ciudad, el escozor del mezcal, el humo de los cigarrillos en las aceras llenas de gente, las risas cómplices con sus amigos, el alivio de haberse librado de sus responsabilidades durante unas horas… Quiere alejarse del trabajo, guardar el móvil que no hace más que mirar (todavía no hay respuesta). Le gustaría respirar hondo, apartar el incansable resquemor de la ambición y la insuficiencia, que la reconcomen mientras escribe, y la tensión del esfuerzo constante. Pero está a punto. Un vistazo más y habrá terminado: el primer borrador completo de su tesis, listo para que lo revise su tutor. Y, por unos instantes, el suelo estará firme bajo sus pies.

Jackie no se rinde.

—¡Vamos! —insiste. Todavía lleva el maquillaje del trabajo, una sesión de fotos para una marca de ropa. Se acaba de lavar la melena de color rojo intenso y está preciosa. Lili oye a su amiga Amina, que está detrás de ella, hablando por teléfono, y el repiqueteo de sus zapatos de tacón mientras se pasea por su diminuta cocina, típica de Williamsburg—. Podemos salir, tomar algo, bailar y estar en casa antes de medianoche.

Lile resopla mientras juguetea con su teléfono.

—¿Cuándo has llegado tú a casa antes de medianoche?

—Mira quién habla…

—Una hora —implora Amina, uniéndose a la conversación. Tiene las manos manchadas de pintura al óleo seca de color burdeos oscuro. Lili se pregunta en qué cuadro habrá estado trabajando hoy—. Una hora, por favor. Tómatelo como una intervención. Por Dios, ¡te echamos de menos!

—Dile que me estoy muriendo —dice una voz masculina e insistente que se oye lejana, en el teléfono de Amina—. Dile que es terminal.

Lili pone los ojos en blanco. Es James, uno de sus mejores amigos desde que lo conoció en la universidad y también el novio de Amina.

—Jamie, quieres que salga por el Distrito Financiero —replica Lili lo bastante alto para que la oiga—. Estamos casi en junio, estará lleno de becarios de finanzas.

—¿A mí me lo vas a decir? Me voy a pasar toda la noche en la oficina haciéndoles de niñera. ¿Te has enterado de lo de ese analista de Goldman que ha muerto por exceso de trabajo? Ese voy a ser yo, a no ser que me tome un respiro de una hora con alcohol y chicas guapas…

—Cuidadito —le advierte Amina.

—¿No sería esto tu praxis socialista? —la chincha Jackie—. ¿Rechazar la preponderancia del trabajo sobre el ocio?

Lili se echa a reír y niega con la cabeza.

—Salid, divertíos. La semana que viene me apunto, lo prometo.

Amina suspira.

—Vale —accede, y le da un beso rápido a Lili en la frente—. Pero que sepas que voy a beber por las dos.

—¿Y si esta noche conozco a mi marido? —protesta Jackie—. ¿Y si el día que lo conozco es hoy y tú no estás ahí para verlo?

Lili reprime una sonrisa.

—Te lo digo con todo el cariño del mundo, pero dudo mucho que pase eso.

Le vibra el teléfono. Lo coge, presa de un alivio abrumador, pero solo es una notificación del chat de grupo con el resto de sus amigos. Se le cae el alma a los pies.

Oye a Jackie parlotear en el pasillo mientras coge las llaves y Amina mira los precios de Uber.

Mientras se mordisquea un padrastro, abre el mensaje que le ha mandado a sus padres de acogida esa mañana.

 

10.37 - ¡Hola! Espero que estéis bien. Si os parece bien, estaba pensando en ir una semana a casa a visitaros este verano.

 

No hay nada más. No le han contestado.

Siente una llamarada de vergüenza que le trepa por la garganta. Casi nunca les escribe; intenta con todas sus fuerzas no ser una carga.

Mira a su alrededor. Montones de libros con las esquinas dobladas en las páginas que le interesan; su pequeña maleta asomando del armario, por si acaso iba de visita a Marin por primera vez en años; borradores desordenados de la tesis en el escritorio, tazas de café frío, la cesta de la ropa sucia medio llena, un mono de trabajo manchado tras su jornada matinal en la granja junto al East River; el alféizar de la ventana desbordado de plantas, restos de incienso, la notita pegada a toda prisa en el calendario recordándole que saque dinero del banco —del seguro de vida de sus padres, un dinero que raciona con mucho cuidado y que le cuesta horrores usar— para el alquiler, porque sus ahorros empiezan a escasear y así seguirán hasta que su trabajo como profesora asistente vuelva a empezar en otoño.

La puerta del piso se abre con un chirrido de las bisagras. Jackie se ríe de algo que ha dicho Amina.

De repente, Lili siente una inconfundible punzada de dolor: qué rápido olvidaron su presencia sus padres adoptivos; qué rápido superan su ausencia sus amigas.

Pero, aunque no la necesiten, al menos esta noche puede sentirse deseada.

Lili cierra el ordenador de golpe.

—¡Esperad! —grita—. Que le den, voy con vosotras.

 

 

—Sí, sí, mi película preferida es El lobo de Wall Street… Me parece un retrato crudo y fidedigno de… Scorsese desnuda verdaderamente el alma americana, ¿sabes?

Lili hace una mueca y se termina la copa.

Si tiene que empezar su noche de viernes escuchando a unos analistas de segundo año haciéndole mansplaining sobre derivados financieros y opciones de trading, está en su derecho de desplumarlos a base de cócteles a precios astronómicos, y considerarlo justicia retributiva en nombre del proletariado por la crisis de las hipotecas subprime y la discriminación crediticia.

El bar está a reventar con sus clientes habituales. Chalecos Patagonia con el logo de la marca, cubatas de vodka, relojes Hublot demasiado brillantes y «Tengo una reserva en Tao para luego, ¿por qué no te vienes conmigo?».

Mientras Amina entretenía a su Uber, antes de salir, Lili se ha puesto un vestidito negro de seda holgada que encontró el mes pasado en una tienda de segunda mano, se ha quitado el séptum y se ha calzado unos zapatos de tacón con tiras. «No puedes ponerte las botas militares —ha protestado Jackie—. Vas a asustar a esos pobres chicos».

Ahora, sus amigas están perdidas entre la clientela del bar abarrotado. Ella se ha acercado a la barra a pedir otra copa, y, como preveía, se ha encontrado a varios hombres dispuestos a invitarla.

—Vender en corto es todo un arte. Ponderar la información adecuada, el apalancamiento adecuado… —Es el chico rubio del grupo de analistas que se ha reunido a su alrededor. ¿Charlie? ¿Cristopher?

—Vaya —contesta Lili arrugando la nariz—. Pero ¿cómo funciona? ¿También se puede vender en largo? —Añade una risita para darle énfasis.

Una chica tonta, una cabeza hueca, ningún máster en economía en el horizonte. Casi le da vergüenza lo fácil que le resulta acariciarles el ego o morderse el labio cuando le explican un concepto particularmente difícil.

—En realidad, sí. No es fácil de entender, tiene su truco —interviene uno de los más altos. ¿John? ¿Josh?—. Básicamente, si te pido prestadas unas manzanas por un euro y luego se las vendo a Matt…

Mientras la entretiene con una explicación digna de niños de preescolar, ella echa un vistazo a su móvil. Un ratito más, hasta que James vuelva al trabajo. Entonces podrán escapar de este tropel de financieros y reunirse con el resto de sus amigos.

Esta noche le gustaría que la follaran. Es lo que piensa mientras otea el bar.

Le gustaría que la forzaran a entrar en su cuerpo y salir de su mente. Le gustaría resistirse, que la inmovilizaran hasta que el murmullo implacable de sus pensamientos se apagase. Hasta acallar el mensaje sin respuesta, la tesis, el horizonte tras su graduación, cada vez más cercano e igual de incierto, el regreso implacable de la inestabilidad y la incertidumbre, como le pasa siempre. Quiere que todo se detenga por unos instantes; quiere ese silencio que le deja espacio para respirar. Sin embargo, sabe que, probablemente, lo que encuentre esta noche solo la decepcione.

Al ver que el chico lleva unos segundos sin hablar, Lili arruga el rostro en un ensayado puchero de confusión.

—Pero ¿cómo sabes que el precio de las acciones va a bajar?

Tras ella, oye un resoplido cercano a la carcajada. Frunce el ceño y se vuelve con brusquedad.

—¿Hay algún problema? —le pregunta al hombre que está en la barra, detrás de ella.

Joder.

Es… guapísimo.

Es alto, de espalda ancha y aspecto ágil, con el pelo negro y grueso y rasgos patricios: pómulos altos y una nariz recta y elegante. Tiene la mandíbula marcada, barba bien recortada y los labios curvados en una sombra de sonrisa. Los ojos son oscuros e inteligentes. Viste un traje negro, sin corbata, con el cuello de la camisa planchado y almidonado. Los primeros botones están desabrochados.

—El numerito de «explícame lo que es vender en corto» está un poco visto, ¿no te parece?

Acento británico. Sílabas claras y educadas. Una pizca de calidez; debajo, una refinada aspereza.

—No sé muy bien a qué te refieres —le espeta Lili.

El bar está abarrotado, pero cuando el hombre le hace un gesto al camarero (Lili ve el destello de unos gemelos), este acude al instante.

—Ya estaba visto en mis tiempos, pero me alegra ver que sigue siendo rentable. Coñac, con hielo —le ordena al camarero.

—Ya. ¿Has terminado? —replica ella.

Se vuelve hacia los analistas solo para descubrir que se han marchado. Se han escabullido entre la multitud. Uno de ellos le lanza una mirada furtiva; no a ella, sino al hombre de su lado.

Frunce el ceño.

Otra carcajada de voz grave. El hielo repiquetea contra el cristal. Se le tensan las entrañas.

—Mejor así. En cualquier caso, no creo que quisieras irte con alguien que vive en un estudio de veinte metros cuadrados en Murray Hill. Deja que te invite a una copa.

—Solo una —accede ella, forzándose a que su voz desprenda un tono de severa advertencia. No sabe si va dirigida a él o a sí misma—. ¿Vas a intentar explicarme lo que significa vender en corto?

Él sonríe. Sus dientes relucen bajo la tenue luz.

—Solo si me lo pides por favor.

 

 

No es solo una copa.

Porque Aleksandr (ese es su nombre, y lo pronuncia con una voz que, por un instante, adquiere un tono más grave, un tono más duro, más rico, con un matiz distinto escondido bajo la elegancia de Oxford, continental, del este, con reminiscencias a iconos dorados) no se muestra horrorizado ni incómodo cuando ella empieza a despotricar sobre cómo el EBITDA permite que empresas no viables financiadas con capital de riesgo sigan explotando a la clase trabajadora prometiendo a los miembros de los consejos de Sand Hill Road (blancos todos ellos) que tienen potencial de crecimiento a largo plazo, aunque este se aplace una vez tras otra, ni cuando insulta a las empresas de capital de inversión, que son saqueadores corporativos con pretensiones que están desangrando a los Estados Unidos junto a los consultores de gestión, ni cuando arremete contra la repugnante hipocresía de los fondos de cobertura que gestionan las pensiones de los profesores y los bomberos.

En lugar de eso, sonríe, adoptando una expresión que coquetea con la ironía (y sí, también con la condescendencia, pero Lili supone que es mayor que ella, aunque no está segura de cuánto; tal vez una década, tal vez más), y da tanto como recibe. La provoca por su vehemencia respecto al impacto negativo de las inversiones de multinacionales en los países en vías de desarrollo («Por Dios, lo de “tercer mundo” ya no se dice —le corrige ella—. No estamos en la Guerra Fría. ¿Cuántos años tienes, cuarenta?»), sobre si la inestabilidad es o no inherente al modelo Harrod-Domar («Pues claro que te encanta la economía neoclásica —gruñe ella—. Seguro que también crees que el mercado se regula solo») y sobre si realmente se puede culpar al neoliberalismo de la ayuda extranjera de los vacíos de poder en Oriente Medio.

Mientras el calor y la pesadez del alcohol se filtran en su organismo, Lili saca su móvil y le pregunta cuándo y dónde nació. El 3 de enero de 1977, a la una y cuarenta y tres de la madrugada, en Leningrado. Canales congelados, pieles de mandarina tiradas en la nieve, las plazas vacías; pestañas manchadas de copos de nieve, servicios mínimos en el hospital y días libres para año nuevo. Cuando saca su carta astral, no se ríe con desprecio ni le pregunta: «No crees en esa mierda de verdad, ¿no?».

En lugar de eso, se inclina hacia delate y la escucha mientras ella va clicando en las distintas casas.

—Capricornio. Tiene sentido. Pero, madre mía, ¿ascendente en Aries, en serio?

—¿Cómo que aries? Acabas de decirme que soy capricornio.

—Todos tenemos varios signos, obviamente. No te enteras.

—Vale, ¿qué viene ahora?

—Pues… Tienes la luna en Escorpio. Vaya. Qué mala suerte.

—¿Disculpa?

—O sea, es que ni siquiera se toca con las otras casas…

El peso de su atención es embriagador. La escucha con interés, rebate sus argumentos, enarca una ceja cuando lleva sus tesis demasiado lejos. Que nunca la interrumpa se le antoja, de algún modo, exuberante.

En una o dos ocasiones, Lili lo pilla mirándole la boca, tan fugazmente que se le habría podido pasar por alto. Se descubre deseando que su mirada se detenga ahí unos segundos más. El bar está abarrotado y ella tiene el cuerpo inclinado hacia él, lo bastante cerca para saborear su colonia, una mezcla de noches frías y ámbar caliente que se combina con la delicada quemazón que le deja el alcohol en la lengua. Le mira la boca y los dientes blancos mientras él dice algo sobre el neocolonialismo económico y…

—¿Quieres venirte a casa conmigo? —La voz de él se impone sobre el ruido que los rodea.

Lili sonríe sin poder evitarlo. Manda un mensaje a sus amigos para avisarlos. Él tiene un coche esperándole fuera.

Ella esperaba que la tocase ya en el coche, pero no lo hace. Es un poco absurdo. Ha accedido a ir con él a casa, ¿no? Una noche; sexo fácil. Quizá incluso consiga que sea un poco brusco con ella. Mientras trata de prestar atención a sus reflexiones sobre Von Mises y acerca de restringir la intervención gubernamental, se le tensan los dedos por la necesidad contenida de tocarle, de ir hacia él a cuatro patas y subírsele a horcajadas en las piernas, de imaginarse la aspereza de su barba contra la palma de sus manos.

Que el conductor se detenga en Tribeca, en una calle oscura y silenciosa, la coge desprevenida. Frunce el ceño y mira el edificio, distraída por un instante del sexo que le nubla los pensamientos. Una fachada impresionante de arquitectura en hierro. No se esperaba que un hombre como él viviera ahí, en uno de esos edificios reconvertidos que antes eran fábricas o almacenes. En el centro, en un lugar con una entrada anodina que fácilmente podría confundirse con la puerta del servicio o con la de una de las galerías de arte de las plantas bajas; con un vestíbulo estrecho, oscuro y discreto y un portero con pinta de estar contratado por una empresa de seguridad.

En el ascensor (son cinco pisos y él pulsa el botón del tercero), ella se apoya en la pared opuesta a él, envalentonada y audaz por gracia del alcohol.

—¿No tenías efectivo suficiente para comprar el ático? —lo provoca.

—No, el resto del edificio son viviendas sociales.

Ella le fulmina con la mirada.

—Qué gracioso.

Él sonríe.

—No te imaginas las ventajas fiscales.

Las puertas se abren con un pitido suave y discreto que apesta a riqueza.

—¿Es tuyo?

—Sí.

Lili da un paso adelante y gira sobre sí misma poco a poco para contemplar el loft. Observa los techos, los altos ventanales y las vistas de las estrechas calles de Tribeca por la noche. Al otro lado de la estancia hay un cuadro enorme que preside la pared, un lienzo beige con hendiduras de colores oscuros y trazos bruscos con detalles en rojos, naranjas, blancos y azules. Un caos ordenado que se acerca al grafiti, violento, como Leda y el cisne o La caída de Hiperión de Twombly.

—¿Te sorprende? —le pregunta él.

—Supongo que sí. Te hacía más en la esquina de la 81 con la Quinta Avenida. Ya sabes, de ir a correr por el Embalse, trajes Brioni a medida, de almorzar en San Pietro…

—Qué imagen tan vívida.

—Calla, estaba pintando un retrato —replica ella, señalándolo con dedo acusador. Él sonríe—. Una casa en Bridgehampton, niños en Dalton…

—No estoy casado.

Lili no entiende por qué esa afirmación le hace un nudo en el estómago.

—¿Tienes algo de beber? —le pregunta.

De repente, está nerviosa. Se da la vuelta, buscando el mueble bar, pero lo hace demasiado rápido y pierde el equilibrio, y ve cómo la alfombra cara y los suelos de parquet se acercan a su rostro de forma acelerada.

Unos brazos la cogen a tiempo. Una mano descansa donde su cuello se encuentra con su hombro.

—No necesitas otra copa, cariño.

Un estremecimiento se origina en la base de su espalda. Su voz, severa y reconfortante, es como una caricia en el pelo; es, no sabe cómo, a la vez tranquilizadora y amenazante. La empuja a apoyarse en él, y entonces gira la mano y le roza la tráquea con el pulgar.

Lile pone unos ojos como platos. Aleksandr enarca una ceja.

—¿No? —murmura, acariciándole los labios con su aliento.

Y ella se lanza a besarlo con tanta fuerza que se tambalea.

Un vestido arrancado de los hombros; alguien inhala aire con brusquedad, y no es ella (recuerda vagamente que no se ha puesto sujetador). Una camisa desabrochada con frenesí, zapatos lanzados quién sabe dónde, una cama demasiado grande y unas sábanas demasiado suaves. Ella le araña la cabeza con las uñas y él, casi rugiendo, la empuja contra el colchón. Le baja las bragas por los muslos y las deja colgadas de un tobillo; demasiada impaciencia para quitarlas del todo. El calor de su boca en la base de su cuello, luego en sus pechos, caliente, exigente. La palma de su mano en la cara interna de sus muslos; un destello frío la informa de que lleva un anillo puesto justo antes de que él deslice dos dedos en su interior. Una dilatación repentina que debería resultarle dolorosa, pero no lo es, porque está mojada, mojada de cojones, y él no para, inmovilizándola contra la mano. Busca la hebilla de su cinturón y nota lo dura que la tiene a través de la tela y…

De repente, deja de notar su peso. El aire y el vacío la asaltan, la desestabilizan.

—Arrodíllate.

De inmediato, sin pensarlo del todo, sin contemplar siquiera la posibilidad de negarse, le obedece. Y, cuando sus manos y sus rodillas apenas se han encontrado con el colchón, él ya está tras ella y un miembro ardiente la penetra de repente, sin avisar.

—¡Oh! —Lili cae sobre sus codos, llena, con la carne tirante.

Respira en jadeos cortos, se agarra de las sábanas con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos. Es demasiado, casi en el mal sentido.

—Chis —murmura él, poniéndole una mano en la nuca. Le acaricia los relieves de las vértebras y los delicados huesos de la espina dorsal. Son caricias reconfortantes, totalmente discordantes con cómo se la está follando: mueve las caderas despacio, persuadiéndola de hundirse más y más contra las sábanas, de relajarse un poquito más. Y entonces la embiste de nuevo con fuerza y ella tiembla—. Tengo que darte un poco de sí… —dice, y el gemido que le arranca es casi animal.

Le deja la mente en blanco; se la expurga de un plumazo. Solo le queda el cuerpo, lleno de sensaciones y de él, que se la folla en su cama como si no mereciera caminar, como si quisiera asfixiarla contra las sábanas.

Y esto… esto es justo lo que ella busca. La purga del sexo, lágrimas y máscara de pestañas en la almohada y los sonidos de sus súplicas, porque eso es lo que hace, como comprende de repente, bajo el peso incontestable que ejercen las manos de él sobre su cuerpo. Le está suplicando que le dé más con palabras apenas coherentes.

Siempre ha ansiado el sexo duro, pero esto es otra cosa. El asombro que se ha adueñado de ella —porque nunca nadie había sabido follársela así— enseguida se borra con otra ola distinta que lo anega, la del alivio de dejarse ir. Los miedos, el fracaso, las carencias; todo deja de estar en sus manos; por fin, por unos instantes, escapa a su control. Empieza a sentir que se pierde a sí misma, que esta es la liberación que siempre había imaginado y nunca había logrado alcanzar.

Agresividad en sus manos; un ritmo brutal: él le arranca un jadeo tras otro, la hace incluso gritar. A ella se le nubla la vista; se le nubla la mente. Las costuras que mantienen unidos sus pensamientos se deshacen, y lo único que quiere es más. La presión aumenta, el calor se le acumula dentro, y Lili baja la mano, llevando los dedos entre las sábanas y su piel…

Pero Aleksandr le aparta el brazo de golpe y se lo retuerce a la espalda.

—No te corras hasta que yo te lo diga —le ordena.

Se queda desolada solo de pensarlo y gime apretando los dientes.

—No, por favor, por favor…

Le agarra el pelo y tira de su cabeza hacia arriba para pegarla a él, apoyándola sobre su hombro.

—Y no me digas que no —le susurra al oído—. Aguantarás lo que yo quiera.

El calor ruge en su interior; sus palabras le han provocado el tipo de deseo que a menudo ha contenido, el tipo de deseo que siempre había enterrado y reprimido con los dientes apretados. Y, entonces, él la agarra del cuello y los músculos se le constriñen bajo la presión de sus manos. Traga saliva; le cuesta respirar.

Lili pone la mano sobre la de él y le aprieta la muñeca.

«Más —piensa—. Por favor, dame más».

—Más fuerte —susurra con la voz ronca—. Por favor, más fuerte.

Él gime con la boca pegada a su pelo y le aprieta más el cuello. El ritmo de sus caderas se acrecienta y ella se siente como si no fuese nada entre sus brazos. La penetra desde un ángulo nuevo con el que llega todavía más profundo y que hace que se le tensen aún más las caderas, que la presión que se acumula en la base de su espina dorsal esté cada vez más caliente, más dura, más oscura; es una sensación desgarradora e invasiva como el dolor, pero sabe dulce como el placer.

Unos puntos negros empiezan a nublarle la vista. Saborea el silencio que asoma en las fronteras de su mente. Por fin.

—Aguanta, cariño. Muy bien, vamos, así, justo así…

Lili no se da cuenta de que está gimoteando, de que tiene gritos ahogados de indefensión atorados en la garganta, hasta que no comprende sus palabras. Exhala un gemido de frustración porque su cuerpo sigue aferrado a su mente. «Más», piensa; quiere que la lleve aún más lejos. No quiere decidir, quiere que sus opciones se agoten, que la responsabilidad desaparezca.

Lili empuja hacia atrás, hacia él; empieza a tratar de alcanzarlo por sí misma, de atisbar ese momento limpio y oscuro en el que no haya nada; ese respiro que no acaba de llegar.

Y él se da cuenta. Comprende su avidez. Nadie la comprende nunca.

Con una mano, vuelve a empujarla con fuerza contra las sábanas sin soltarle el cuello con la otra. Le duele mucho; la violencia con la que la embiste con las caderas y el apremio del dolor, que se mezcla con el alivio que le da el placer. La mente se le abre y se le acalla.

La presión en su cuello, la restricción de su respiración y el pulgar de él en el punto donde le palpita el pulso. Su mundo se reduce a esas tres cosas, y las manos con las que se agarra a las sábanas, empapadas en sudor, empiezan a sufrir espasmos. Siente que ella no era nada antes de que él la obligara a esto, a bordear el llanto; no era nada antes de esta ola abrumadora, que rompe sobre ella cuando él llega lo más hondo posible, con la mano bien aferrada a su cuello; no era nada antes de la libertad aterradora de pensar que él podría llegar todavía más lejos, que podría recolocar la mano y poner todo su peso sobre su tráquea, que podría purgarlo todo hasta que no q

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