El gato del jardinero

Thomas Schlesser

Fragmento

cap-2

1
Sangrar

El gatito dormitaba, diminuto y tibio, en la palma de una mano colosal. Era la de Louis, jardinero fornido y taciturno, bajo cuyo peso crujía la rejilla del asiento. Estaba sentado en una silla, en el primer piso de una humilde casa de piedra. El rostro, intranquilo, parecía a punto de descomponerse. Con el pulgar rozaba un punto concreto en el hoyo de la garganta del animal. Un punto ínfimo que, sin embargo, le acaparaba el pensamiento.

Louis velaba así la inocente bola de pelo, hecha un ovillo. ¿Soñaba? ¿Cómo serían los sueños de un ser que acababa de llegar al mundo? Mientras pensaba en ello fugazmente, Louis miraba por la ventana cómo se balanceaban los altos árboles centenarios. La tormenta iba a más, retorcía el aire, quebraba las ramitas de los olivos. Pero el gatito, ajeno al estruendo, ronroneaba. Fuera, los rugidos anárquicos del temporal; dentro, el susurro regular y sedante del animal...

¿Dónde había aprendido que la frecuencia de ese sonido oscilaba entre 26 y 44 hercios? No se acordaba ya. Puede que se lo hubiera inventado. Pero estaba seguro: el ronroneo es una señal más ambivalente de lo que parece. Si el cuerpo de un gato vibra así, de forma casi telúrica, no es solo para manifestar una alegría plena y total, es también para luchar. Esa respiración amortiguada sana las heridas, cura los males, repara los huesos, los tejidos y la sangre. Louis acariciaba el pelo gris y blanco. Podría haber seguido así indefinidamente.

El cielo sufría ahora convulsiones, y arrasaba en su furia los paisajes del sur de Francia. Los pinos se inclinaban, se doblaban y silbaban. Quizá perecieran. Con cada rama rota gritaban por temor a caer para siempre. El viento seguía acelerándose, ebrio de su propia velocidad. Todo el campo rezaba en secreto para que cesara ese frenesí insensato del aire y de la lluvia que, por efecto de las rachas de viento, caía oblicuamente. Y no eran ni las lanzas del mistral ni las iras habituales del temporal o del rayo, tan frecuentes en las costas mediterráneas, las que hacían que golpeasen los postigos y se sobresaltasen los niños, sino un estrépito de una violencia desconocida, sobrenatural casi.

Louis observaba, intranquilo, la sangría que hacía mella en los prados y los campos. En la casa de al lado atisbó un desprendimiento de piedras secas. La deflagración se unió al desasosiego que llevaba dentro desde por la mañana, como si los elementos, al desencadenarse, encarnasen su ira mezclada con pena.

El motivo de esa rabia era una noticia funesta. El gatito estaba desahuciado a corto plazo; iba a morir prematuramente y no cabía esperanza alguna, le habían dicho. Hacía unos diez días que el hombre se había fijado en que su compañero lamía la leche con menos apetito. El animal mostraba contrariedad al meter el hocico en el cuenco. Louis lo había llevado entonces a una veterinaria recién salida de la universidad con consulta en una ciudad vecina. Tras una serie de exploraciones, soltó las palabras fatales. Bajo la suavidad del pelo había anidado un tumor muy feo, a la altura del esófago. No había nada que hacer. La joven sugirió lo imposible: plantearse una eutanasia para ahorrar al animal futuros padecimientos.

Louis no había contestado nada. No había hecho preguntas ni se había despedido. Se conformó con estrechar al gato contra sí y, de manera instintiva, mover el pulgar en círculos donde había nacido misteriosamente el tumor, con la esperanza de disipar así el incipiente cáncer. Luego se había vuelto a casa, dolorido. Entonces empezó a levantarse viento. Al principio solo se trataba de ráfagas distanciadas, en torbellinos, pero según iba pasando el tiempo se convirtieron en tornados. Las nubes, por su parte, seguían compactas e inmóviles en el cielo, dispuestas a soltar sus trombas sin parar jamás.

*

Louis era de esa clase de personas a las que se califica como sensibles. E incluso, según un vocabulario que la psicología ha acabado por imponer en la lengua corriente, era eso que se llama «hipersensible». Ese rasgo constitutivo, por no decir central, de su personalidad resultaba aún más desconcertante debido a que, por su envergadura de coloso, ofrecía, al menos superficialmente, la imagen de una fuerza invencible, casi metálica. Pero la bondad de su corazón había vuelto este órgano tierno y quebradizo como la arcilla. ¿Se nace «hipersensible»? ¿O llega uno a serlo según dispongan los acontecimientos, sobre todo los de la niñez? No es fácil de decir. En Louis, las primeras señales de esa extremada porosidad a su entorno habían aparecido desde la más tierna infancia, por el contacto con la fauna y la flora. Al ser hijo único de unos humildes pastores provenzales, no había tardado en sentir un indefinible afecto por la corteza de los árboles y el pelo de los animales, una ternura tan vehemente que había despertado en él una empatía magnética, propicia a las sonrisas y a las lágrimas. Apenas lo arrojaron a la vida, quiso, cómo no, a las ovejas y a los perros pastores. Pero, sobre todo, a los gatos. Y eso, ¿por qué? Porque en una majada un animal así no servía para nada, según decían... Si estaba allí era a título de compañero, lo que no aportaba gran cosa a las necesarias tareas de la vida cotidiana. Esta supuesta falta de utilidad había conmovido sobremanera al Louis niño, remitiéndolo quizá a su propia sensación de insignificancia y vulnerabilidad.

La Provenza es propensa a los incendios; es su drama, su tormento por el fuego. Desde pequeño, Louis los había presenciado, lo habían aterrado y abatido. Los animales que huían de las llamas y del humo solían ir a refugiarse a la majada. En el indecible dolor de ver cómo perecían los altos pinos y las viñas hallaba, no obstante, una forma de gozo: la de acoger (prefería esa palabra a «recoger») y salvar animales, entre ellos sus compañeros felinos. A la sazón, cuando aún tenía la mano demasiado menuda para servir de cuna, les ofrecía sus zapatos vacíos a modo de refugio. Los gatitos se metían dentro y hacían de los zapatos viejos del muchacho su casa.

Creía desde siempre que su papel era ayudar a cualquier ser vivo pero no parlante, a quien no podía vocalizar su sufrimiento. Se había convertido en un jardinero notable merced a un don de observación y una comprensión de la tierra poco comunes. La hipersensibilidad de Louis nutría su comprensión del mundo y, bajo su apariencia taciturna, tenía un cerebro rebosante de intuiciones y ensueños. Pero nunca se había imaginado que algún día acogería a un gatito sin poder velar por su vida. Esta vez el incendio ardía en él mientras, fuera, la catástrofe perseveraba.

*

Louis acabó adormilándose sin saber muy bien cómo. Al llegar el alba, entreabrió los párpados. Cayó en la cuenta de que su corpachón no se había movido de la silla. Se había quedado sentado con el torso inclinado hacia las rodillas, formando así una muelle cavidad para el gatito, que seguía ronroneando... Se incorporó. El animalito se despertó a su vez y, con un movimiento airoso, fue a buscar con el hocico la mano de su dueño. «Buenos días», pensó Louis sin que las palabras le saliesen de los labios.

Los dos compañeros se separaron por fin. El hombre se levantó y el gatito bajó al suelo de un salto. Juntos se acercaron a la ventana, que inundaba un sol arrogante. Visto de espaldas y a contraluz, el contraste entre ambas siluetas sobrecogía. A la izquierda, un gigante: cuello de toro, hombros macizos, de los que arrancaban unos brazos enormes que flanqueaban un tórax amplio y unas caderas llenas con cuyo peso cargaban unas piernas tan gruesas que hubiérase dicho que estaban moldeadas con argamasa. A la derecha, se colaba la punta diminuta de un rabo muy tieso, coronando unas ancas finas y peludas. A ambos lados de la cabecita surgían unos bigotes igual que los chorros de una fuente y, en lo alto, oscilaban un par de orejas de punta algo redondeada. Eran tan finas que parecían recortadas en papel.

El dúo oyó gritos fuera. Una voz masculina impregnada de acento eslavo y otra, femenina, se trenzaban en una espiral de «¡Qué barbaridad!», «¡No me lo puedo creer!», «¡Madre mía!», y otras tantas exclamaciones cuya forma civilizada disimulaba las ganas de despotricar de modo más soez. Louis acabó por divisar a los autores de esa endecha: era la pareja de vecinos que acababa de ocupar el caserón del otro lado de la carretera. Recorrían su propiedad, arrasada durante la noche. Él, un octogenario ágil, iba por todos lados, recogía una por una las ramas desparramadas, las examinaba con la expresión de desamparo de un superviviente. Ella, sin lugar a dudas más joven, se había encaramado en el tronco de un pino caído en el suelo. Señalando con el dedo la torrentera (donde el amanecer había secado ya el barro), soltó con acento teatral las palabras de Federico García Lorca: «Sale el sol. El jardín desangra en amarillo».

El gato maulló. Louis se puso en cuclillas, lo agarró, lo abrazó. La imagen de un jardín que se «desangra» le hizo concebir plenamente el horror de los destrozos que se extendían ante su vista. La naturaleza se emparentaba con esos supervivientes de un naufragio que tienen aún en lo hondo de las pupilas huellas de espanto y motas de locura. Los árboles, los pobres árboles, habían sufrido, y la madera, quebrada, había liberado olores que se amalgamaban en el aire matutino: el resplandor mentolado del eucalipto, el frescor ácido de los limoneros, la ola dulce y melosa del tilo, el toque resinoso de los tejos refulgentes... Las praderas se habían puesto del revés, con la hierba metamorfoseada en un inconmensurable terrón pardo.

En la aldea, donde se acurrucaban unas cuantas viviendas abandonadas, llamaban la atención por doquier postigos colgando de un solo gozne, constelaciones de cristales rotos, cercas arrancadas, tejas que habían salido volando. Los daños, aunque engorrosos, no dejaban de ser, aun así, limitados. A los edificios, rudimentarios, no les quedaban ya más que un corral y un trozo de césped ralo. Solo la casa de los vecinos, enfrente del hogar de Louis, destacaba por el tamaño y las dimensiones de la parcela. Era una antigua granja donde en el pasado habían criado gusanos de seda. Tres siglos antes, formaba parte de una finca inmensa que pertenecía a la nobleza provenzal. Incluía una masía central y las dependencias, una de las cuales era la casa de Louis. La masía la habían saqueado por completo durante la revolución. La finca, desmantelada, se había convertido en aldea. Lógicamente, la llamaron la «aldea de la Masía».

*

Según proseguía su caminar desconcertado en el meollo del desastre, el octogenario voceó con voz atronadora:

—¡Ay, ay, ay! ¡No vayas a hacerte daño, saltamontes mío!

Oyó que le contestaban con voz alegre:

—¿No me estarás tomando por una señora mayor?

Y sus risas cantarinas se mezclaron.

El «saltamontes» se llamaba Talía, y su interlocutor, Nikola. Talía, que andaba por los sesenta, era una profesora de Lengua y Literatura recién jubilada y Nikola había sido, hacía muchos años, un arquitecto famoso por sus fantasías inútiles e irrealizables antes de cambiar de oficio y convertirse en un flautista sin conciertos ni caché. A Talía le gustaba de su novio (en cuarenta años de vida en común la pareja no se había casado) la infinita ternura y el «intenso estado febril». En cuanto a Nikola, veneraba a Talía desde que la había divisado en las gradas durante un espectáculo de acceso restringido. Una catedrática joven que había llevado a sus alumnos adolescentes al teatro a oír a un actor recitar los poemas de Robert Desnos. Habían bautizado el espectáculo: «Poema, no os pido limosna, / os la doy». El hermosísimo texto del que habían sacado el título terminaba así:

Poema, poema, os pido un poco...

Os pido un poco de oro para ser feliz con la que amo.

Esas palabras de Desnos, sencillas, casi ingenuas, como un deseo infantil, habían tenido en Nikola un efecto inesperado. Pues, en el momento en el que, sentado en la última fila, las oyó por primera vez, se fijó en Talía, unos cuantos asientos más allá, murmurándolas al mismo tiempo que el actor.

Se quedó tan embelesado que se las arregló para enterarse de en qué centro y en qué aula daba clase. Un día entró en la clase desierta y escribió en la pizarra, con letras grandes, esos pocos versos. Ella se quedó intrigada, pero los borró sin hacerse demasiadas preguntas. Él volvió, de forma igual de clandestina, al día siguiente. En esa ocasión desplegó, con su caligrafía redonda y amplia, las palabras de Paul Éluard a Gala: «La curva de tus ojos me rodea el corazón». Ella se quedó aún más extrañada. Al día siguiente, se escondió para desenmascarar al pretendiente: sorprendió entonces la alta silueta entrando a hurtadillas durante el recreo y llenando la pizarra con los versos solares de Pablo Neruda:

De tus caderas a tus pies

quiero hacer un largo viaje.

Soy más pequeño que un insecto.

Ella lo miró, lo adoró en el acto y le espetó con el aplomo de una diosa: «Bueno, pues venga a viajar esta noche».

A Talía le encajaba bien el nombre, el de la musa de la comedia en la cultura de la Antigüedad. Un etimólogo especificaría que significaba alegría, eclosión floral. Había sido su madre quien lo había escogido. Una madre que un buen día abandonó hija, marido y hogar sin explicación alguna. Jamás envió la más mínima noticia hasta que se supo que había muerto brutalmente en un accidente de coche. El padre de Talía, para llenar un poco el intolerable silencio, todas las noches la surtía de poemas que recitaba en voz alta antes de que se durmiese. Talía sacó de ello una inmoderada afición por los versos, así como una memoria prodigiosa para los textos. Su padre le decía: «Basta con leer un soneto, uno solo, durante el día y ese día será un éxito». Y repetía hasta la saciedad una frase que no sabía ya muy bien si era suya o de algún autor prestigioso: «Poesía es el apodo más bonito que se le pueda dar a la vida». Ella lo recordaba de vez en cuando. A menudo, incluso. Y en particular, después de la tormenta de la víspera.

Nikola tuvo un arrebato:

—¡Talía, ya está bien! ¡Ya desbrozaremos luego! Vamos a ventilarnos el café, ya es la hora y no hay más que hacer...

—¡Bueno, pues vete a calentar el agua y el motor de una motosierra! No hemos comprado una casa como esta para vivir en plena selva.

Se bajó del tronco. Una mueca le ensombreció levemente la cara y le ahondó las arrugas. Louis, desde la ventana, no se había perdido nada de la escena. Notó en la expresión amarga de esa mujer que, tras los rasgos de buen humor que se suponía que quitaban hierro púdicamente a la situación, se ocultaba una aflicción real. El animalito le maulló en las manos. Se acercó la cabecita peluda hasta los labios para depositar en ella un beso y se lo llevó a la cocina a que lamiese algo de leche. Allí miró al gatito zambullirse en su plato y le pareció notar, sin estar seguro de ello, más apetito que las mañanas anteriores. Al verle el hocico pringado de nata pensó que, pese a todo, habría que buscarle un nombre.

2
Saludar

En el corazón de la aldea de la Masía fue creciendo un murmullo. Era, desde luego, por la mañana, pero ya sonaba el croar característico de la noche: el de los sapos. No había necesidad de aguzar el oído. El trémolo de las ciénagas había adquirido categoría de concierto. Uno, luego dos, luego diez, luego cien sapos entonaron su grito. El ruido tenía tal potencia que Louis salió de su casita y se internó en la aldea buscando el foco de los roncos cantos. En la encrucijada de varios pajares abandonados, en un recoveco un tanto siniestro, se topó con un cuadro alucinante: un ejército gelatinoso acampaba, inerte, al sol. Los había de todo tipo: pequeños, medianos, grandes, inverosímiles. De todos los colores: crudo, ocre, azul, verde moho. ¿Cuántos eran? ¿Qué era esa incomprensible cita? A la cabeza del cortejo, uno de ellos miraba fijamente a Louis. Sacó la lengua, cazó un mosquito y se lo tragó. La cohorte seguía creciendo. El aire acabó por estremecerse, haciendo oscilar un cartel viejo que colgaba de mala manera de uno de los barracones. El rótulo, con la imagen de san Fiacro, rechinaba acompasándose con los cantos. Luego cedió y se desplomó sobre un bicho. Louis pensó que había muerto, pero el sapo salió despacio de debajo de la tabla, indiferente al dolor y sin dejar de croar.

«¡Caray!», susurró el jardinero para sí mismo. Retrocedió sin darse la vuelta. Un paso, dos pasos. Entonces, su talón tropezó con un bultito flexible y frágil. Era el gato, que lo había seguido furtivamente. «Ven aquí», farfulló Louis, intranquilo. Se apoderó de él y volvió a casa estrechando su tesoro contra el torso.

En el umbral de la puerta lo esperaba un hombre muy flaco, de edad imprecisa, pelo largo y moreno y sienes encanecidas. En la mirada le crepitaba un resplandor de brasas. Lo cual le daba un cierto encanto y, en cualquier caso, una evidente autoridad. Quizá incluso cierta aura. Le recorrían la piel incontables tatuajes, dos de los cuales le dibujaban en cada brazo, desde el hombro hasta el codo, una telaraña con calaveras atrapadas en las redes. Louis lo miró de arriba abajo y le dejó que desenvainase las primeras palabras.

—Muy buenas, vecino...

—¿Qué quieres?

—¡Ya te lo imaginas! He tenido unos cuantos destrozos con esta locura de tormenta. Tengo buenos billetes para ti si aceptas poner tus lindos deditos verdes en mis bambúes, mis cactus y mi cáñamo. E incluso puedes venir a probarlo...

—De eso nada. Adiós.

—Ya sospechaba que responderías eso, pero tenía que intentarlo... Piénsalo... Qué bola de pelo tan mona —dijo mirando al gato con cierta socarronería—. Pasa a verme cuando quieras. Tengo tarea en el jardín y algo de pasta. Dicho lo cual, tú mandas. Palabra de Baron. Hala, adiós.

Según se iba, Baron alzó la mano y se frotó la yema del pulgar contra los dedos cerrados, una forma de decir: «Money, money, money».

Respirando trabajosamente, Louis miró cómo se alejaba. Incluso a una distancia de cien metros, seguía con el numerito: sabiendo que lo observaban, silbaba entre dientes y repetía el gesto. Por último, mientras desaparecía al final del camino que bajaba hasta su casa, un cuchicheo femenino perturbó el ambiente:

—«¡Oh, la horrible risa del oro!».

Entre las sombras confundidas de tres árboles heridos, en la linde de la granja serícola, estaba sentada la nueva propietaria, maliciosa, y parecía no haberse perdido nada de la escena.

Repitió, en sordina:

—«¡Oh, la horrible risa del oro!».

El gatito cazó una mosca con la punta de la pata.

—¿Conocía ese verso?

—No...

Se acercó al buzón tambaleante. El nombre de Louis estaba escrito en letra pequeña y «jardinero», en mayúsculas. Se acodó en él, deslumbrante como una actriz.

—¡Es que usted no se dedica a los versos, sino a lo verde!

—Será eso. —Reaccionó él con mucha timidez.

—Ese verso está tomado de un poema alemán de principios de siglo XX que se llama «A quienes callaron». Intrigante, ¿no?

Louis no sabía qué contestar. Oscilaba entre la fascinación y la desconfianza. Por fin se encogió de hombros.

—Soy su nueva vecina. ¡Y no, no, no le estaba espiando, que no le entre el pánico! Han concurrido una serie de circunstancias, yo venía a invitarle a un cóctel vegetal en mi palacio arrasado.

—Sí... Bueno, no. Ahora no. Tengo que hacer...

—Está bien, de acuerdo. ¡Vaya usted, vaya! ¡Y avíseme! Probará mis brebajes. Los preparo de todo tipo y, a veces, sin alcohol. Y además paladeará también ese verso enigmático del que aún no le he contado nada. Entretanto, voy a dar una vuelta y a intentar coger en otra parte las hierbas que el viento nos ha arrancado... ¡Tiene suerte de que su casa haya quedado intacta!

No le faltaba razón. La vivienda de Louis no se había resentido, ni siquiera el cobertizo ni el diminuto vivero. Al ver que su vecina se largaba, el jardinero se acordó de inmediato de los espantosos sapos, quiso avisarle de su malsana presencia, pero no le salió nada de los labios. Ella se fue a paso ligero, radiante, tarareando el aria de una ópera... Y dejando un rastro dulce, lo opuesto al que había dejado Baron unos pocos minutos antes.

*

La veterinaria, Julia, le había dicho al jardinero que podía llamarla cuando quisiera, que le respondería dentro de sus posibilidades. Titubeó, atemorizado por su propio teléfono; luego se decidió, buscando en la voz de aquella joven (no pasaba de los veintiséis o veintisiete años) un consuelo paradójico. Era ella, profetisa infernal, quien le había comunicado la víspera el tumor del gatito, pero también era ella quien podía sosegarlo, aunque solo fuera transmitiéndole una tenue esperanza. Ella descolgó el teléfono.

—¿Diga?

—Es... Es por mi gato...

—¡Ah, me alegro de que me haya llamado! ¿Cómo está?

—Yo no muy allá. El gato... no sé. Estoy impactado, sí.

—Lo entiendo, lo entiendo... Y ya veo que todavía le cuesta hablar... —Un prolongado silencio—. Bueno, escuche, Louis. ¿Me permite que le llame Louis?

—Sí, sí, claro.

—Escuche, Louis... Su reacción me conmovió mucho. A menudo, cuando anunciamos que un animal joven está enfermo, la gente no es tan empática como usted, porque no le ha dado tiempo a encariñarse con él.

—A mí sí...

—A usted sí... Ya está encariñado, lo sé, lo he visto. Cuando me percaté de lo apegado que estaba a ese animalito, aunque acababa de adoptarlo, me conmovió mucho. Me están esperando varias consultas, pero, si tiene un minuto, me gustaría contarle algo...

Julia lo trataba con tantas consideraciones que se emocionó.

—Sí, tengo tiempo.

—¡Muy bien! Yo soy veterinaria, Louis. Pero me encanta todo eso que llaman antropología y etnología, es decir, el estudio de las conductas humanas y de las sociedades por todo el mundo. ¿Me sigue?

—Sí.

—Bueno... Pues resulta que el gran especialista en estos temas, Claude Lévi-Strauss, explica que antaño los seres humanos pensaban que eran de la misma familia que los animales. Vivían todos juntos, sin ponerse fronteras, algo así como los niños al principio de su existencia. Solo más adelante se aprendió a decir: «Esto es un caballo», «Esto es un gato», «Esto soy yo». Así nacieron la cultura y las normas sociales. Pero, en el fondo, nunca se nos ha olvidado del todo que nos parecemos a ellos. Y por ese motivo es por lo que algunas personas como usted quieren espontáneamente a los animales, sin pararse a pensar: conservan en sí ese antiguo recuerdo de una comunidad única.

—Sí, algo me dice eso.

—¡Ya lo creo que le dice algo, sí! Y, hablando de decir, o más bien de no decir: Lévi-Strauss añade que lo trágico (y usa la palabra «trágico») es que ahora vivimos a diario junto a los animales sin poder comunicarnos con ellos...

Las palabras de Julia, incluso eruditas, casi académicas, retumbaron con mucha fuerza en Louis. No fueron un consuelo inmediato. Pero viendo lo mucho que se esforzaba ella en reconfortarlo, se le hizo un nudo en la garganta, se le saltaron las lágrimas y el corazón le palpitó a toda velocidad.

—Es usted un chico estupendo, Louis. Un ser aparte. Ahora mismo solo puedo darle tres consejos. El primero es conservar siempre la esperanza. Ya se lo he dicho, ese tumor es maligno, no voy a mentirle. Pero se han visto milagros en el mundo y se seguirán viendo a condición de creer que son posibles. El segundo es ¡que usted esté bien! Sí, Louis, ¡usted! Noto cómo le ha destrozado esta noticia, porque ese gato es para usted un compañero, y es adorable, eso es cierto. Y, sin embargo, Louis, tiene que levantar cabeza. Si quiere que su gato aguante, él lo necesita a usted, a su amo. Y su amo, por su parte, necesita contactos. No solo con los árboles y los animales, Louis. Con los demás. Con humanos. Ya sé que vive en una aldea aislada y siento estar un poco lejos, pero, por favor, no les cierre la puerta a quienes llamen a ella. Y mi último consejo, Louis: aunque este gato tenga una vida corta, bríndele lo mejor que pueda haber en ella. En la escuela aprendí un poema de Malherbe. Es el único que me sé aún de memoria. Me impresionó mucho. El autor consuela a un padre que ha perdido a su hijita:

»Era de donde tienen las cosas más hermosas

la suerte más villana.

Y duró, por ser rosa, lo que duran las rosas,

lo que una mañana.

»Nada le impide cultivar las dichas de su gato pensando en una rosa cuya vida, por corta que sea, florece con belleza. ¿De acuerdo?

—Sí...

—Voy a tener que colgar, Louis, pero cuento con usted... Cuídelo, orden de la veterinaria. Y cuídese usted, recomendación de Julia.

Esta conversación lo sumió en un dulce embotamiento que casi aturdía. Después de colgar, se tomó tiempo para pensar en los consejos de la joven. Abrazó con fuerza al gato mientras este, con la punta de las uñas, intentaba jugar con el cable enredado del teléfono. El hombretón pensó en aquella extraña coincidencia: la poesía... Durante la mañana, la poesía había irrumpido dos veces, procedente de dos personas que no se conocían y no tenían nada en común. Para Louis era como una forma de exotismo radical. Había ido poco a la escuela. Le había gustado, desde luego, en el pasado, sentarse en el pupitre para oír hablar de historia, de geografía, de literatura. Pero la necesidad de trabajar desde muy joven y la vida en aquel rincón campestre sin acceso real a los libros lo habían mantenido apartado de ese mundo. Recordaba sin embargo la alegría que había sentido al aprenderse «La cigarra y la hormiga» de La Fontaine. Recordaba también el final del poema de Rudyard Kipling, «Si...»:

Si puedes llenar el minuto implacable

con sesenta segundos de carrera de fondo:

¡tuya es la Tierra en toda su extensión,

y serás un Hombre, además, hijo mío!

Ahora eran los versos acerca de esa rosa que duró «lo que duran las rosas» los que le retumbaban por dentro, con una luz nueva. Le había gustado oírlos, los había captado y, por una libre e inexplicable asociación, esa efracción de poesía le despertó el deseo de saber más del «oro» y de su «risa» que había mencionado la vecina.

Llegaba muy oportunamente. Desde el interior fresco de la casita volvió a sentir su canturreo, que venía de la carretera. Estaba concluyendo su paseíto al sol y se acercaba a la granja serícola con un ramo de ajedrea y otro de hinojo en la mano. ¿Le habían dado miedo los sapos? Fuera como fuese, no lo suficiente para perturbar su melodía. Louis se puso de pie y fue hasta el umbral, con el gato debajo del brazo. Cuando ella llegó a su altura, la llamó con un «¡Eh!» torpe, pero encantador.

—¡Cómo me gusta ese «¡Eh!», querido amigo! Lo tomo por una forma de saludo para cuando cuesta hablar.

—Sí, es verdad... No cabe duda.

—¡Lo he entendido perfectamente, no se preocupe! ¿Le hago un zumito en casa? Tengo todo lo necesario.

—No, no, pero yo puedo hacerle un té, leche. O un café solo. Así de sencillo.

—Un cafetito al sol, ¡qué amable!

Louis acomodó a su vecina en una mesa redonda, cerca de la puerta de entrada. El tablero, que había fabricado él, lo decoraba un mosaico cuyas teselas formaban un maravilloso conjunto de grises semejante a un cielo abarrotado de nubes. Le puso una taza llena hasta arriba, como si quisiera, con la cantidad de líquido, prolongar el rato.

—Ese oro que ríe ¿qué quiere decir?

—¡Ah, gran pregunta! Es una imagen extraordinaria, ¿verdad? «Oh, la horrible risa del oro». Ese «Oh» de entrada es una interjección colmada de asco y una llamada desesperada a alguien o a algo. Opino que el poeta, un tal Trakl, se refiere a que la riqueza, el oro relumbrante, tiene una arrogancia demoniaca, que se burla de los más modestos, los que se quedan callados. Si se lo susurré hace un rato fue precisamente para poner palabras a eso que parecía usted estar viviendo mientras miraba alejarse a ese individuo que le desafiaba.

Él asintió, sorprendido de que lo hubieran calado así.

—¿«Trakl» —pronunció «Tracle», no «Traquel»— dice usted?

—Sí, Georg Trakl. Nacido en 1887 en Salzburgo, en una buena familia, y a quien la muerte se llevó en 1914. Es hasta cierto punto el pionero del club de las estrellas muertas a los veintisiete años, el padrino de Brian Jones, de Janis Joplin y de Jimi Hendrix... ¡Era un individuo curioso, se lo advierto, y no menos sensible que Jim Morrison! Trakl es una historia contra natura. ¿Quiere saber más?

—Eso creo.

—No tiene ninguna obligación.

—Estoy de acuerdo —susurró Louis, y tomó un trago grande de café.

—Trakl era un muchacho atormentado que se sentía tremendamente culpable porque estaba enamorado de Margarethe, su propia hermana.

Louis hizo una mueca de asco.

—¡Venga, venga, no se queje! Ya le había avisado de que era contra natura. Trakl era receptivo a los taciturnos, a los discretos, a todos aquellos que no son expresivos o que son poco expresivos. Atienda a lo que escribe:

»Una cueva oscura es nuestro silencio;

De ella sale a veces un animal manso

Y cierra despacio los pesados párpados.

Lo había recitado con voz despaciosa y honda. La respuesta del gatito fue sacar la cabeza despeinada de los gruesos brazos del jardinero y maullar.

—¡Ay, qué cosita más adorable! ¡Bueno, no quiero aburrirle con mis cosas de poeta! Lo dejo, si quiere...

—No, no —masculló Louis.

—En cualquier caso, Trakl habría podido hacer un poema sobre usted, estoy segura —dijo ella, riendo con ganas—. Habría sido un tema maravilloso...

—¿Sobre mí?

—¡Sobre usted, sí! Mire: Trakl se identificaba de buen grado con un huérfano famoso de principios del siglo XIX, un tal Kaspar Hauser, un pobre chiquillo abandonado, sin identidad y mudo. A los poetas muy a menudo les gustan esas figuras de seres errabundos, sin lazos, en los márgenes de la sociedad y que buscan las palabras... Un retrato suyo hasta cierto punto, ¿me equivoco?

Louis esbozó una sonrisa y se ruborizó. Mientras, con la manaza, acarició al animal. Su invitada mojaba los labios en la taza, que no se vaciaba.

—¿Murió en la guerra?

—Sí, pero por culpa de las drogas.

Louis volvió a hacer la mueca de antes.

—A ver, se lo explico... Desde la adolescencia hasta su caída, Trakl nunca dejó de intoxicarse ni de beber. Nunca. Toneles de vino en el gaznate y opio en las venas... También frecuentaba los burdeles. Y todo ello para huir de su pasión por su hermana Margarethe, que también lo quería. Tuvieron un hijo juntos... Ya lo sé, ya lo sé, es escandaloso, no pierda la cabeza. Margarethe se había casado con un hombre mucho mayor que ella, pero, al mismo tiempo, se quedó embarazada de Georg. El niño nació muerto, en un baño de sangre espantoso. Y, al cabo de cuatro meses, ¡bum!, la guerra. Georg se marcha a la carnicería, en las proximidades de Grodek, en el frente del Este. Es enfermero y tiene que cuidar durante dos días, en un pajar fétido, a noventa y nueve soldados gravemente heridos. Oye la agonía «de sus bocas quebradas», como escribe en su último poema, antes de lamentarse: «Todas las calles desembocan en negra descomposición». Es demasiado. Trakl no soporta lo que ve, los soldados ensangrentados le piden una bala en el corazón para abreviar su infierno. Intenta primero dispararse una a sí mismo para huir de ese mundo hecho jirones, pero se lo impiden unos compañeros. A los pocos días, en el hospital de atención psiquiátrica de Cracovia, donde está internado, muere de una sobredosis de cocaína. Su hermana se suicidó tres años después...

Calló, miró fijamente al jardinero y le tendió la mano. Louis la cogió y ese apretón causó un desfase visual casi cómico entre las dos palmas, una colosal, la otra tan frágil.

—Soy Talía. Y el joven que me hace las veces de novio se llama Nikola. Pero ¡ni siquiera le he dado las gracias por su café triple! ¡Delicioso! Y además hay tanta cantidad que es como si te estuvieses bebiendo el mar Negro, es desconcertante. Bueno, así que ahora somos vecinos y, sí, lo ha entendido usted mejor que nadie, puesto que ve desde arriba nuestra granja serícola, que la tormenta irreal de esta noche se ha llevado por delante. Nuestros matorrales, pinos, flores y plantas parecen combatientes vencidos. Ese jardinero que es usted estaría tan desmoralizado como Trakl cuidando a los mutilados de Grodek. ¡Menos mal que están las cigarras para reconfortarme! ¿Cómo se llama ese animalito suyo tan encantador?

—No tiene nombre...

—¡Anda! ¡Eso me recuerda a uno de mis alumnos, que nunca quería decir su nombre porque se avergonzaba de él! Una historia pasmosa: sus padres lo habían bautizado León y no lo soportaba. Conseguí que valorase esa identidad dando una clase entera sobre León Tolstói, un escritor ruso del siglo XIX, extraordinariamente insumiso. ¡Y un gran enamorado de la naturaleza! Para ese León, un único cardo quebrado, pero de pie, que hubiera resistido a la labranza de un campo que se ha vuelto negro simbolizaba la fuerza, la energía... Bonita metáfora, ¿no? Resumiendo, a mi León de la primera fila le gustó mucho ese León ruso y eso lo reconcilió con su nombre. «León» suena atinado para un minino, ¿no?

—Pues... sí... —titubeó Louis, arrebatado por el relato de Talía.

—¡O no! He visto en el buzón que se llamaba usted Louis; se parece demasiado a su nombre... ¡Se le ocurrirá algo mejor! Bueno, ahora que ya nos conocemos, venga a casa sin falta a las seis y media a beber uno de mis cócteles. Y, por qué no, algo de alcohol de forma excepcional... ¡Un cafetazo triple por la mañana, un rosado doble por la tarde! ¡Adiós, Louis! ¡Adiós, cosita peluda!

Se volvió a su casa; él se metió en la suya, con la cafetera en la mano. Nada más llegar a la cocina, se desplomó.

3
Soñar

¿Era un golpe de calor? ¿El cansancio de la noche? ¿Las emociones de por la mañana? ¿La preocupación visceral por su gatito? ¿El café demasiado fuerte en el estómago vacío? Un poco de todo, seguramente. El coloso yacía en el suelo. Fue presa de una oleada de sueños confusos. Louis se vio primero diminuto, hecho un ovillo, colgando de la tráquea de su gatito. Mientras no se moviera, mientras guardase silencio, no crecería ni sucedería nada malo, ni el dolor ni la muerte. Luego tuvo la sensación de que se convertía en el propio gato, de que veía a través de sus ojos. Los clavó en el cielo. De repente, el sol se estrelló contra la Tierra con un estruendo cósmico y unas risas aterradoras se alzaron desde un rincón oscuro de un bosque. Erguido sobre las cuatro patas, flexible y ágil, se acercó a los restos del astro amarillo y se puso a contarlos. Se detuvo en el nueve y repitió ese número dos veces, maullando a medias. Comprendió en

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