Criaturas virales (Mapa de las lenguas)

Dany Salvatierra

Fragmento

criaturasvirales-1

Índice

LA VASIJA MORTUORIA

LOS ÁRBOLES

GLOSOLALIA

ESTACIÓN PUERICULTORIO

0-800-FINDELMUNDO

EL ALMA DE LAS FIESTAS

ESTRATEGIA MILITAR

SERVICIOS FUNERARIOS

AGRADECIMIENTOS

Legal

Sobre el autor

Sobre este libro

«Temo que la vida sea siempre más lenta que la muerte y me hayan elegido, a pesar de mi debilidad, contra mi voluntad, para presenciar la discrepancia».

Aleksandar Hemon

La cuestión de Bruno

«The novel is a pretty outdated technology, but that is exactly why we need it. The form is so archaic that it can’t be fucked with».

Laura van den Berg

State of Paradise

«Los cines son garajes

En el siglo noventa

La gente está revuelta

No hay sitio en el planeta».

Mecano

El fin del mundo

Para Ricardo Rentería

LA VASIJA MORTUORIA

La explosión me embiste y me estallan los tímpanos, un huracán de esquirlas me levanta del suelo, mis pies se agitan por los aires y doy vueltas en el mundo que se disuelve, suspendido en una nube de polvo, vidrios y escombros que se meten por mi boca y me asfixian, me agarrotan, me desgarran la piel que ya no siento, me aplastan contra los músculos que ya no existen, pero la gravedad se empecina e insiste, y quedo tendido boca abajo, ingrávido, mis dedos acariciando la tierra por la que corre mi sangre, la vista ausente en medio del silencio.

Alguien grita a mi costado. Abro los ojos y la oscuridad se anuncia, pienso que estoy ciego, me desespero, no es normal que me duelan también los párpados, y pronto noto que un manto de polvo cubre mi cuerpo y me ha chupado las pupilas hasta dejarme sin vista. Muevo los dedos para acceder al dispositivo, para pulsar el número de emergencias, pero no escucho el tono de marcado, la línea muerta en mi oído expulsa un bip monocorde, infinito, las manos me pesan y no puedo tocarme el cuello por debajo de la oreja derecha, temo que la explosión me haya extirpado el implante; temo que el dispositivo, mi única conexión con el mundo, me haya abandonado, dejándome solo e incomunicado, fuera del área de cobertura, relegado al olvido.

Una tenue algarabía se filtra a cuentagotas, el grito que escuché momentos antes se amplifica y me retumba en la cabeza. Un chillido agudo, acaso de un niño. Sí, es un niño el que grita, aunque todavía no consigo verlo. Presiento que está cerca, percibo su cuerpo a poca distancia, intento mover las piernas y escucho más ruidos, unos pasos cortos que se aproximan y se suman a la confusión que surge después del vacío. El niño se inclina frente a mí y me sustrae de la inercia, me samaquea, me devuelve a la luz, y entonces emerjo, mis sentidos resucitan para advertir el dolor concentrado en mi espalda y oír sus gritos que al inicio me suenan a un idioma desconocido, pero que luego consigo entender, y escucho que me susurra con una mezcla de ansiedad y desesperación:

No puedo jalarlo yo solo, tiene que arrastrarse.

Muevo los brazos, cuento mis dedos para saber si están completos, flexiono los pies, las piernas. Al menos estoy entero, pienso. Mi espalda se crispa en ramalazos de dolor, aunque no está rota, sospecho que debo haber sufrido una fractura tras la caída, luego de aterrizar en el polvo. Mi cabeza está humedecida por la parte de atrás y siento el hilo de sangre que brota de mi oído derecho. La sangre me recuerda que mi dispositivo aún sigue sin captar ninguna señal, y al instante me convenzo de que estoy perdido. Me golpeé la cabeza, pienso, y la colisión debe haber pulverizado su capacidad de alcance. El implante debe haberse quebrado al chocar contra mi cráneo y la sangre ahora expulsará conexiones, núcleos de silicio, terminales metálicos. Tendrán que introducirme un bisturí en el cerebro para sacarme los restos del chip que se quedaron a la deriva, manos extrañas navegarán en el turbio potaje de mi materia gris y quedaré relegado a un estado vegetativo, sin que mis recuerdos puedan ser trasladados a ningún sistema.

¡Hey!, exclama el niño. ¿Me oye?

Sí, respondo, pero no te veo. Casi no puedo ver nada.

Mi voz suena lejana, ausente, como si no fuese mía. Así que esto es la muerte, pienso, y enseguida la idea me resulta aterradora. Trago saliva y vuelvo a toser, expulso grumos de ceniza y pregunto:

¿Tú puedes escucharme?

¡Sí!, exclama el niño.

Quiero pensar que mi dificultad de audición solo es momentánea, a causa de la explosión y de los rastros del chip atascados en mi cerebro. También quiero confesarle al niño que mi dispositivo está muerto, pero no encuentro las palabras, o quizá no me atrevo a decirlas.

Deme la mano, dice el niño.

Se la doy. El contacto con sus dedos reactiva mis sentidos y el mecanismo del mundo resume su marcha, las ruedas y los engranajes de la maquinaria universal disipan las últimas brumas de mis ojos y lo veo. Es un niño de unos nueve o diez años, ojos claros, pelo rubio y enrulado, manos diminutas aunque macizas, salpicadas de un sudor acumulado en sus palmas. La rigidez de su mandíbula, encajonada al extremo de una chompa de cuello de tortuga, me desconcierta; su perfil gira nerviosamente hacia los costados sobre el cielo ya negro y caigo en cuenta de que se ha hecho de noche; es más, que ya era de noche cuando me embistió la explosión, pero las luces de la calle no están encendidas, el estallido debe haber destruido los focos del alumbrado público, pienso, el apagón debe ser general, y entonces miro al niño y le suplico:

Ayúdame a ponerme de pie.

Sus bracitos me rodean el torso, hacía décadas que no me sentía estrujado por otro cuerpo, y me dejo impregnar por el calor que irradia su pequeña anatomía, me tambaleo como un costal de varias toneladas y me avergüenzo, levantarme en peso debe costarle gran trabajo, pienso, pero él persiste, me sujeta con firmeza y avanzamos despacio, un animal de dos cabezas abriéndose paso entre los gritos de la gente. Cada paso que doy lo siento amplificado por millones a mitad de la espalda, los pinchazos de dolor me acometen todos juntos al mismo tiempo y me quejo, aúllo, él me pide calma, ya llegamos, no se rinda, me susurra dándome ánimos, ya estamos ahí, ya falta poco.

Subimos la escalinata de un edificio. Junto a la puerta, una fila de letras de acero nos da la bienvenida; semicarbonizadas, distribuidas en desorden sobre la pared de granito: V, L, A, D, y, hacia abajo, una T colgando en diagonal, a punto de caerse. Conozco este edificio. Es el Diodati. Lo he visto innumerables veces al pasar calle abajo rumbo al malecón, o en las ocasiones en que bajaba a la playa. Su nombre original siempre me había parecido inquietante: Villa Diodati. Al menos, cuando aún sobrevivían todas sus letras, porque el resto del mundo lo llamaba así, el Diodati, a secas. De la puerta del vestíbulo a medio destruir solo queda el esqueleto de los marcos pintados de blanco. Al girar la cabeza, veo que el puente de madera ya no existe. Solía ser una estructura breve con olor a vigas húmedas y orines de gato que unía ambos flancos de la bajada hacia la playa, y que crucé unos minutos antes de la explosión. Incluso los segmentos de concreto y asfalto de la calle están completamente aniquilados. Pero es el zumbido lo que me alerta, un quejido constante de aullidos, lloriqueos y voces exasperadas que corren hacia el fondo de la calzada.

En un descanso de la escalinata, mis pies chocan con un cuerpo volcado en posición horizontal. Me doy con el primer muerto: otro adolescente de cabellos largos y rubios, muy parecido al niño, los ojos abiertos del mismo color, sus brazos y piernas extendidos e inmóviles junto al último peldaño, la cabeza rodeada de un manantial de sangre y rastros de masa encefálica. Al parecer, el adolescente ha caído por una de las ventanas superiores del edificio: su piel presenta el color amarillento de los cadáveres y cierro los ojos para no ver una porción de intestino grueso que se le escapa del vientre y repta entre las flores aplastadas, como una serpiente azul. Lo que parecen ser montículos a su alrededor son en realidad otros muertos cubiertos de polvo, cuerpos despedazados y miembros arrancados de cuajo, amontonados unos sobre otros.

De pronto, la sirena de una ambulancia me retuerce los tímpanos y me distrae de la carnicería. Calculo que no tardará en aparecerse, y al aguzar la mirada por sobre el hombro percibo un movimiento enloquecido que se nos acerca cual insecto en pleno vuelo. Es una niña pequeña, de unos cinco años, que no para de gritar. Tiene la cara ensopada en sangre, el pelo chamuscado, las rodillas inmundas y se aproxima corriendo, aullando a nuestras espaldas. Me sujeta de la pierna, me jalonea el pantalón con desesperación, me pregunta por su madre, o por su padre, o por ambos, no puedo escucharla bien porque se atropella entre llantos y gritos y por un momento me quedo inmóvil, incapaz de responderle; ella insiste, implora, me salpica el pantalón de mocos y lágrimas, continúa el jaloneo como si yo, por arte de magia, pudiese materializar sus deseos. Cuando estoy por abrir la boca para decirle que tome mi mano, la pobre resbala en el charco de sangre que continúa manando del cadáver del adolescente en la escalinata. La niña bailotea en el asfalto por unos segundos, antes de perder el equilibrio, y cae al suelo de costado. Sus mandíbulas se cierran de golpe, sus dientes crujen y saltan por doquier como pequeños bichos blancos y su cuerpecito rueda escaleras abajo. Mientras tanto, unos peldaños más arriba, el niño ni siquiera percibe lo que acaba de ocurrir, en su empeño por arrastrarme. Yo no me atrevo a reaccionar. Por el rabillo del ojo veo que alguien, un adulto, llega corriendo detrás de mí y levanta a la niña del suelo. Pienso que va a auxiliarla, pero el hombre alza a la niña en peso y se la coloca bajo el brazo, como si fuese un objeto que uno encuentra a mitad de la calle. El hombre reanuda la carrera, la niña pega un par de chillidos e intenta zafarse, mientras su voz quebrada se pierde en el viento, uno de sus zapatos queda volcado encima de la sangre, a un costado de una mano arrancada y anónima, olvidada a su suerte.

¡Apúrese!, exclama el niño.

Me rehúso a seguir en marcha y me detengo a tomar un respiro en la entrada del edificio, gotas de sudor y de sangre se desparraman desde mi nuca al borde de los peldaños.

¡Rápido!, nos grita una voz femenina desde la entrada del edificio.

Al alzar la cabeza, la veo: una mujer de estatura mediana y piel cetrina sostiene la puerta del vestíbulo, su cabello largo y negro está amarrado en un par de trenzas por detrás de la espalda. Viste un delantal celeste, de servicio doméstico, tiene los labios protuberantes y los ojos ligeramente bizcos, su rostro se cubre de ceniza y parece trastornada, ausente, al tiempo que me mira con desconfianza. De pronto, me apunta con un rifle hacia el pecho, sosteniéndolo con sus manos temblorosas. Yo, en lugar de asustarme, me conmuevo por su estoicismo. En ella reconozco el trágico gen de sobrevivencia al horror que solo poseen las mujeres, e intento sonreírle. Ella retrocede, empecinada en desconfiar de mí. Su pierna cojea levemente, y en medio de la tembladera el rifle se le escapa, lo suelta, el aparato cae al suelo y rueda en círculos hasta mis pies. La mujer deja escapar un grito y se lleva las manos al rostro. Yo no me atrevo a recoger el arma, y no porque las fuerzas me hayan abandonado desde hace rato, sino porque al instante recuerdo, angustiado, lo que andaba cargando yo en los brazos al momento de la explosión:

¡La urna!

La vasija mortuoria.

Ya no la tengo. Debo haberla volcado, pienso, se le escapó la tapa y el contenido se dispersó por el aire, en el nudo del huracán, las cenizas se elevaron en círculos y dieron vueltas como Dorothy en El mago de Oz. Tal vez la asfixia que sentí al principio fue a causa de las cenizas que me cayeron en la cara y en la boca. Sí, eso era. Las cenizas me nublaron la vista, las respiré, me las comí sin querer, me las tragué en mis intentos por recobrar el aire. Por eso aún continúo sintiendo náuseas.

El niño intuye mi turbación y exhorta:

¡Ya falta poco!

La mujer se apresura en recoger el rifle, y vuelve a ponerse en guardia. Se aparta para cedernos el paso, yo ingreso al edificio con el niño aún entrelazado a mi caja torácica, y al atravesar juntos el umbral del vestíbulo siento el filo del cañón que sostiene la mujer enterrándose en mi espalda. Una vez dentro del vestíbulo veo, en el piso, sobre las mayólicas, otra ruma de cadáveres al pie de unos sillones de cuero, junto a unas macetas de plantas milagrosamente intactas. La mujer y el niño han iluminado el vestíbulo con bujías digitales y velas caseras y el resplandor es tétrico, como si hubiesen organizado un funeral improvisado.

Observo a mi alrededor. Nunca había estado en el interior del Diodati. Sabía, sí, que en 1993 la joven conductora de un programa infantil se había suicidado de un balazo en la garganta, en su departamento del séptimo piso. Aunque, por ese entonces, el edificio tenía un nombre distinto: el Metalius. Había sido construido en los años sesenta por Arístides Metalius, un magnate griego que perdió la vida en un accidente de aviación, y que antes estuvo casado con la actriz de telenovelas más grande de todos los tiempos, de quien hablaré más adelante. El edificio conservó su apellido hasta 1995, cuando fue adquirido por los antiguos arrendatarios, los mismos que se apresuraron en cambiarle de nombre, quizá para ocultar su reputación funesta. Desde esa época, siempre me llamó la atención aquel portal de cúpula redonda y paredes de granito recubiertas de buganvilias, cuyas raíces encallan en un jardín poblado de una jungla de plantas ornamentales y de unos extraños árboles de troncos retorcidos, que si se miran con atención ponen los pelos de punta, porque tienen forma humana. El Diodati abre sus fauces en una esquina del Malecón 28 de Julio, donde germina su escalinata de mármol jaspeado, con sus bloques de enormes peldaños, semejantes a los de un palacete en decadencia, y que conducen hacia un vestíbulo de puertas rodeadas de marcos blancos y unos ascensores colorados al fondo, como esas cabinas de teléfonos públicos que solían encontrarse por doquier en Londres, antes de convertirse en un estado islámico y eliminarlas.

El niño me ayuda a sentarme en uno de los sillones de la recepción del edificio. Yo me desplomo hacia un lado de los cojines e intento introducirme el dedo índice en la garganta para forzarme a vomitar, a devolver las cenizas humanas que me he tragado, pero no lo consigo. Solo escupo un chorro de bilis diáfano que me mancha los zapatos y los invade de un olor amargo.

El niño me asegura que aquí estamos a salvo, pero yo, entre balbuceos, intento explicarle lo que pasó con la urna.

La mujer, sin dejar de apuntarme con el rifle, entorna los ojos y dice:

Por favor. Usted no se va a morir por tragarse unas cenizas. Si no, mírelos a ellos. No tuvieron tanta suerte como usted.

Dirige el cañón hacia el piso y me señala a los muertos. Dice que son otros inquilinos del edificio que no pudieron escapar a tiempo. Me asegura que, incluso, la escopeta que sostiene había pertenecido a uno de ellos.

Ahora es nuestra, dice la mujer, volviendo a encañonarme.

Yo, en mi afán por calmarla, intento cambiar de tema:

¿Qué habrán sido esos estallidos?

Cochebombas, responde el niño.

Y también bombas caseras, agrega la mujer.

Imposible, digo yo, mientras me reacomodo entre los cojines. A menos que los censores digitales...

Mi hermano sabía desactivarlos, dice el niño.

Lo miro sin creérmelo del todo. La charla tecnológica me hace recordar la pérdida de señal y sufro otro zarpazo de ansiedad. Me toco la piel por debajo de la oreja e intento levantarme, pero el dolor de la espalda me hace pegar un alarido y vuelvo a hundirme en el sillón.

¿Qué pasa?, pregunta la mujer.

No me funciona el dispositivo, les digo, angustiado. Creo que he perdido el implante.

El dispositivo no le funciona a nadie, dice la mujer.

Lo dice sin inmutarse, sin mirarme, pero sus palabras me fulminan. Siento que mi garganta se drena de improviso y la sangre se me sube a la cabeza, las sienes me palpitan enloquecidas y un escalofrío bestial me recorre las extremidades. Me resisto a creerle, por unos segundos creo perder la razón. Ellos me observan, mudos, y pienso, no puede ser cierto, me están mintiendo. Me desespero, me agito, las palabras se atolondran en mi boca y no consigo soltar ninguna. Vuelvo a toser.

Mejor vaya haciéndose a la idea, dice la mujer.

¿La idea... de qué?

De que no hay internet, murmura el niño.

¡¿Qué?!

Se han caído las redes.

Tampoco hay electricidad.

Todo se ha caído.

Debe ser por la explosión.

Yo me quedo de piedra mientras el miedo, un nuevo tipo de miedo, inmenso y absoluto, me coge desprevenido, poniéndome a temblar una vez más.

No, no fue por la explosión, dice el niño. La señal se cayó antes, ¿no te acuerdas?

Sí, admite la mujer, tomando al niño de la mano.

Luego ella me mira y dice:

Nosotros pudimos bajar hasta aquí, hasta el primer piso, por las escaleras. Por eso nos salvamos. Somos los únicos que quedamos vivos.

Me cuenta que los demás inquilinos del Diodati murieron aplastados, o víctimas de un golpe fulminante. Los que se hallaban en los dormitorios, ubicados en la parte posterior de los departamentos, se llevaron la peor parte. En el edificio, me explica la mujer, hay dos departamentos por cada piso, diez pisos en total. La mayoría estaban deshabitados desde hace semanas, algunos inquilinos habían abandonado sus viviendas y enseres para escapar del país.

En vuelos chárter, dice el niño.

Los que tuvieron suerte, replica la mujer.

Petrificado, muevo la cabeza afirmativamente. Cuando uno consigue aclimatarse a la tragedia, como una costumbre natural del cuerpo, es difícil recordar que hace unos años las cosas solían ser abismalmente distintas, como si habitáramos en una realidad alternativa. Por un momento olvidé las revueltas que empezaron justo después de las elecciones, el cisma que obligó a la mayor parte de la población a escapar del nuevo régimen, el declive de las estructuras sociales que multiplicaron los campamentos de indigentes a la luz del día, y al pensarlo se me forma un nudo en la garganta, vuelvo a toser y le pregunto al niño:

Dime una cosa. ¿Sabes cómo podría pedir un taxi desde aquí? En estas condiciones no puedo ir caminando. Me urge llegar a mi casa antes del toque de queda.

¿Queda lejos?, responde él.

Cruzando la avenida Pardo. Vivo en Dos de Mayo.

La mujer niega con la cabeza y dice:

Sin internet no se puede pedir un taxi.

Ni subir a ningún carro, dice el niño.

Cómo extraño el teléfono, suspira la mujer. Ni con el smartphone llegué a acostumbrarme, porque decían que daba cáncer. Yo fui fiel al teléfono fijo hasta que me pusieron el implante.

Mi mamá lo tenía en la sala, dice el niño. Nunca aprendí a usarlo.

Ya no servía, dice la mujer.

Pensé que ella era tu madre, le digo al niño, señalando a la mujer.

No, responde ella. Yo solo trabajaba en la casa de sus...

No termina de decirlo, porque nos remece otra explosión. Puedo jurar que es casi más potente que la primera. El piso tiembla, manojos de tierra y aserrín caen sobre nuestras cabezas desde unas grietas que atraviesan el techo, al tiempo que cierro los ojos y pienso: listo, se acabó, hasta aquí llegamos todos. Ni bien intento buscar un resguardo, las bujías se apagan de improviso, la mujer corta el aire con sus gritos y nos quedamos en completa oscuridad, el refugio que nos sostiene para resguardarnos del mundo se viene abajo, desplomándose por encima de nosotros.

¿Qué pasó?, pregunta el niño.

¿Otro cochebomba?, digo yo.

Ha sido cerca, responde la mujer, creo que en esta misma cuadra.

El niño corre a reanimar las bujías electrónicas y vuelve a encender las velas. Yo, sin embargo, me quedo de piedra al escuchar un movimiento en la calle. Aguzo los ojos por entre los resquicios de la puerta, y al ver lo que veo siento que desfallezco, siento que el corazón se me sale por la boca, pero la energía me alcanza lo suficiente como para gritar:

¡Apágalas! ¡Al suelo! ¡Al suelo todos, rápido!

La mujer se lanza a cubrir al niño, yo repto como puedo y me dejo caer a un costado de ambos mientras insisto:

¡Silencio! No hagan ruido, no muevan un dedo.

Luego, un zumbido que crece como una ola, una reverberación, un sonido primigenio, tribal, que se torna en un mar de voces, de gritos desaforados. Una turba de gente empieza a aporrearnos la puerta, las luces de sus bujías electrónicas penetran desde las junturas de las puertas y nos quedamos cada uno en su sitio, mordiéndonos la lengua, muertos de miedo, mientras afuera siguen aporreando a un ritmo constante,

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