Los Gatos Guerreros | La Nueva Profecía 3 - Aurora

Erin Hunter

Fragmento

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Filiaciones

TRUENO.jpgCLAN DEL TRUENO

• Líder

– ESTRELLA DE FUEGO: hermoso gato rojizo.

• Lugarteniente

– LÁTIGO GRIS: gato de pelo largo y gris.

• Curandera

– CARBONILLA: gata gris oscuro.

– Aprendiza: HOJARASCA

• Guerreros(gatos y gatas sin crías)

– MUSARAÑA: pequeña gata marrón oscuro.

– Aprendiza: ZANCÓN

– MANTO POLVOROSO: gato atigrado marrón oscuro.

– Aprendiz: ESQUIROLINA

– TORMENTA DE ARENA: gata color melado claro.

– NIMBO BLANCO: gato blanco de pelo largo.

– FRONDE DORADO: atigrado marrón dorado.

– Aprendiza: ZARPA CANDEAL

– ESPINARDO: atigrado marrón dorado.

– Aprendiz: TOPILLO

– CENTELLA: gata blanca con manchas canela.

– ZARZOSO: gato atigrado marrón oscuro de ojos color ámbar.

– CENIZO: gato gris claro con motas más oscuras, de ojos azul oscuro.

– ORVALLO: gato gris oscuro de ojos azules.

– HOLLÍN: gato gris de ojos ámbar.

– ACEDERA: gata parda y blanca de ojos ámbar.

• Aprendices (de más de seis lunas de edad, se entrenan para convertirse en guerreros)

– ESQUIROLINA: gata de color rojizo oscuro de ojos color ámbar.

– HOJARASCA: atigrada marrón claro de zarpas blancas y ojos ámbar.

– ZANCÓN: gato negro de largas patas, con la barriga marrón y los ojos ámbar.

– TOPILLO: pequeño gato marrón oscuro de ojos color ámbar.

– ZARPA CANDEAL: gata blanca de ojos verdes.

• Reinas (gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)

– FLOR DORADA: de pelaje rojizo claro; la reina de mayor edad de la maternidad.

– FRONDA: gata gris claro con motas más oscuras, de ojos verde claro.

• Veteranos (antiguos guerreros y reinas, ya retirados)

– ESCARCHA: hermosa gata blanca de ojos azules.

– COLA PINTADA: atigrada clara.

– RABO LARGO: gato atigrado, de color claro con rayas muy oscuras, retirado anticipadamente por problemas de vista.

SOMBRA.jpgCLAN DE LA SOMBRA

• Líder

– ESTRELLA NEGRA: gran gato blanco con enormes patas negras como el azabache.

• Lugarteniente

– BERMEJA: gata de color rojizo oscuro.

• Curandero

– CIRRO: atigrado muy pequeño.

• Guerreros

– ROBLEDO: pequeño gato marrón.

– Aprendiz: AHUMADO

– TRIGUEÑA: gata parda de ojos verdes.

– CEDRO: gato gris oscuro.

– SERBAL: gata rojiza.

– Aprendiz: GARRUNDO

• Reina

– AMAPOLA: gata atigrada marrón claro de patas muy largas.

• Veteranos

– NARIZ INQUIETA: pequeño gato blanco y gris; el antiguo curandero del clan.

– GUIJARRO: gato gris muy flaco.

VIENTO.jpgCLAN DEL VIENTO

• Líder

– ESTRELLA ALTA: gato blanco y negro de cola muy larga.

• Lugarteniente

– ENLODADO: gato marrón oscuro con manchas.

– Aprendiz: CORVINO: gato gris oscuro, casi negro, de ojos azules.

• Curandero

– CASCARÓN: gato marrón de cola corta.

• Guerreros

– OREJA PARTIDA: macho atigrado.

– MANTO TRENZADO: gato atigrado gris oscuro.

– BIGOTES: atigrado marrón.

– ALONDRA: gata canela de ojos azules.

– Aprendiz: CARDILLO

• Reinas

– PERLADA: gata gris.

– COLA BLANCA: pequeña gata blanca.

• Veteranos

– FLOR MATINAL: reina color carey.

– ALFORFÓN: gato atigrado marrón claro.

RIO.jpgCLAN DEL RÍO

• Líder

– ESTRELLA LEOPARDINA: gata atigrada con insólitas manchas doradas.

• Lugarteniente

– VAHARINA: gata gris oscuro de ojos azules.

• Curandero

– ARCILLOSO: gato marrón claro de pelo largo.

– Aprendiz: ALA DE MARIPOSA: preciosa atigrada dorada de ojos ámbar.

• Guerreros

– PRIETO: macho negro grisáceo.

– Aprendiz: MUSGAÑINO

– PASO POTENTE: corpulento gato atigrado.

– Aprendiz: PIZARRINO

– BORRASCOSO: gato gris oscuro de ojos ámbar.

– ALCOTÁN: gato marrón oscuro de anchos omóplatos.

– GOLONDRINA: gata atigrada marrón oscuro de ojos verdes.

– Aprendiz: LLOVIZNA

• Reinas

– FLOR ALBINA: gata gris muy claro.

– MUSGOSA: gata parda.

• Veteranos

– SOMBRA OSCURA: gata gris muy oscuro.

– TRIPÓN: gato marrón oscuro.

LA TRIBU DE LAS AGUAS RÁPIDAS

• Sanador

– NARRADOR DE LAS ROCAS PUNTIAGUDAS (NARRARROCAS): gato atigrado marrón de ojos ámbar.

• Apresadores (machos y hembras responsables de conseguir comida)

– CIELO GRIS ANTES DEL ALBA (GRIS): gato atigrado gris claro.

– RIVERA DONDE NADA EL PEQUEÑO PEZ (RIVERA): gata atigrada marrón.

• Guardacuevas (machos y hembras responsables de proteger la cueva)

– GARRA DE ÁGUILA EN PICADO (GARRA): gato atigrado marrón oscuro (anteriormente, líder de los proscritos).

– PEÑÓN HENDIDO DONDE SE POSA LA GARZA (PEÑÓN): gato gris oscuro (anteriormente, un proscrito).

– RISCO DONDE SE POSA LA NIEVE (RISCO): gato marrón (anteriormente, un proscrito.

– AVE QUE CABALGA EL VIENTO (AVE): gata atigrada gris (anteriormente, una proscrita).

– AVE QUE CABALGA EL VIENTO (AVE): gata atigrada gris (anteriormente, una proscrita).

– PEÑASCO DONDE ANIDAN LA ÁGUILAS (PEÑASCO): gato gris oscuro.

– SENDERO ESCARPADO JUNTO A LA CASCADA (ESCARPADO): gato atigrado marrón oscuro.

– NOCHE SIN ESTRELLAS ( NOCHE): gata negra.

• Crianderas (gatas embarazadas o al cuidado de crías pequeñas)

– SOMBRA DE ALA SOBRE EL AGUA (SOMBRA): gata blanca y gris.

– VUELO DE GARZA ASUSTADA (GARZA): gata atigrada marrón.

GATOS DESVINCULADOS DE LOS CLANES

– CENTENO: gato blanco y negro; vive en una granja cercana al bosque.

– CUERVO: lustroso gato negro que vive en la granja con Centeno.

– CORA: gata doméstica atigrada de ojos azules.

– SASHA: gata proscrita del pelaje leonado.

OTROS ANIMALES

– MEDIANOCHE: tejona observadora de las estrellas que vive junto al mar.

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Prólogo

Las estrellas relucían sobre el bosque, completamente desnudo tras la durísima estación de la caída de la hoja. Unas sombras se movían entre la maleza... Eran figuras delgadas, con el pelo apelmazado por la fría humedad nocturna, que se deslizaban entre la hierba como el agua entre los juncos. El pelaje de los gatos no se ondulaba con el movimiento de sus músculos, como sucedía antes; ahora se pegaba a sus huesos como un pellejo.

El macho de pelaje rojizo que encabezaba la silenciosa comitiva levantó la nariz y olfateó el aire. A pesar de que la caída de la noche había enmudecido a los monstruos mecánicos de los Dos Patas, su hedor seguía adherido a las hojas muertas y las ramas.

El gato encontró consuelo en el olor de su compañera, que iba a su lado; el familiar aroma de la guerrera se mezclaba con el odioso tufo de los Dos Patas y suavizaba su desagradable sabor. Ella le seguía el ritmo tozudamente, aunque sus pasos vacilantes delataban que llevaba demasiadas noches en vela, demasiado tiempo sin comer.

—Estrella de Fuego —jadeó la gata mientras avanzaban—, ¿crees que nuestras hijas sabrán encontrarnos cuando vuelvan a casa?

El macho rojizo hizo una mueca, como si acabara de pisar una espina.

—Sólo podemos rogar que así sea, Tormenta de Arena —respondió en voz baja.

—Pero... ¿cómo sabrán dónde buscar? —Tormenta de Arena se volvió hacia el gato gris de anchas espaldas que la seguía—. Látigo Gris, ¿tú crees que sabrán adónde hemos ido?

—Oh, nos encontrarán —aseguró Látigo Gris.

—¿Cómo puedes estar tan convencido? —gruñó ella—. Deberíamos haber enviado a otra patrulla a buscar a Hojarasca.

—¿Y arriesgarnos a perder más gatos? —replicó Látigo Gris.

A Estrella de Fuego se le empañaron los ojos de pena, y apretó el paso por la senda en penumbra.

Tormenta de Arena agitó la cola.

—Ésa ha sido la decisión más dura que Estrella de Fuego ha tomado jamás —le susurró a Látigo Gris.

—Tuvo que poner al clan por encima de todo.

Tormenta de Arena cerró los ojos un momento.

—Hemos perdido a muchos gatos en esta última luna —maulló.

El viento debió de arrastrar su voz, porque Estrella de Fuego les lanzó una dura mirada.

—Entonces, tal vez en esta Asamblea los demás clanes acepten por fin que debemos unirnos para enfrentarnos a esta amenaza —gruñó.

—¿«Unirnos»? —Un gato atigrado soltó un maullido desafiante—. ¿Ya has olvidado cómo reaccionaron la última vez que les propusiste eso? El Clan del Viento estaba medio muerto de hambre, y aun así fue como si les hubieras insinuado que se comieran a sus propios hijos. Son demasiado orgullosos para admitir que necesitan la ayuda de otros clanes.

—Pero ahora las cosas son incluso peores, Manto Pol­voroso —le rebatió Tormenta de Arena—. ¿Cómo puede ningún clan seguir siendo fuerte si sus cachorros están muriéndose de hambre...? —Se le quebró la voz al darse cuenta de lo que había dicho—. Manto Polvoroso, lo lamento —murmuró.

—Sí, Alercina ha muerto —gruñó el guerrero—, pero ¡eso no significa que yo vaya a permitir que el Clan del Trueno reciba órdenes de otro clan!

—Ningún clan va a darnos órdenes —afirmó Estrella de Fuego—, pero sigo creyendo que podemos ayudarnos unos a otros. Ya tenemos encima la estación sin hojas. Los Dos Patas y sus monstruos han ahuyentado a nuestras presas, y cada vez hemos de alejarnos más para cazarlas. También han envenenado a las que quedan, de modo que no es seguro comerlas. No, no podemos luchar solos.

De pronto, el susurro del viento entre las ramas se transformó en un rugido, y Estrella de Fuego aminoró la marcha, aguzando el oído.

—¿Qué ha sido eso? —susurró Tormenta de Arena con los ojos como platos.

—¡Algo está pasando en los Cuatro Árboles! —aulló Látigo Gris.

Echó a correr, y Estrella de Fuego fue tras él, seguido de cerca por sus camaradas de clan. El grupo entero frenó en seco en lo alto de una ladera, desde donde se veía una profunda hondonada de pendientes escarpadas.

Unas luces brillantes y antinaturales, más intensas que la luz de la luna, iluminaban los troncos de los gigantescos robles que habían custodiado aquel lugar sagrado desde la época de los Grandes Clanes. Pero había más destellos de luz: los que despedían los ojos de los enormes monstruos agazapados en el lindero del claro. La Gran Roca —la extensa piedra lisa y gris sobre la que los líderes de los clanes presidían la Asamblea todas las lunas llenas— parecía pequeña y desprotegida, como un cachorro encogido en un Sendero Atronador.

Había algunos Dos Patas moviéndose por la hondonada, gritándose unos a otros. Un nuevo sonido atravesó el aire, un chirrido estridente y agudo, y un Dos Patas levantó una enorme y reluciente zarpa que centelleó bajo las brillantes luces. El Dos Patas presionó aquella extraña zarpa contra el tronco del roble más cercano, y del árbol empezó a brotar polvo como si fuera la sangre de una herida. La reluciente zarpa aullaba mientras penetraba con crueldad en la antigua corteza, acercándose más y más al corazón del árbol. Hasta que el Dos Patas bramó una advertencia, y en la hondonada resonó un crujido tan ensordecedor que consiguió imponerse al ruido de los monstruos. El magnífico roble comenzó a inclinarse, al principio lentamente, luego más y más deprisa, hasta que cayó al suelo con gran estrépito. Sus ramas desnudas repiquetearon al chocar contra la tierra helada y un instante después quedaron inmóviles, sumidas en un silencio sepulcral.

—¡Clan Estelar, detenlos! —exclamó Tormenta de Arena.

No había la menor señal de que sus antepasados guerreros hubieran visto lo que estaba sucediendo en los Cuatro Árboles. Las estrellas resplandecían fríamente en el cielo de añil, mientras el Dos Patas se dirigía hacia el siguiente roble, con su zarpa aullando lista para otra matanza.

Los gatos presenciaron horrorizados cómo el Dos Patas hacía caer un árbol tras otro, hasta que el último roble fue derribado. El claro de los Cuatro Árboles, el lugar donde los cuatro clanes felinos se reunían desde hacía tantas y tantas generaciones, había dejado de existir. Los cuatro gigantescos robles yacían inertes en el suelo. Sus ramas se estremecieron por última vez y quedaron inmóviles. Había algunos monstruos gruñendo al borde del claro, listos para avanzar y desmembrar a sus presas, pero los gatos permanecieron paralizados en lo alto de la ladera, incapaces de moverse.

—El bosque ha muerto —murmuró Tormenta de Arena—. Ya no queda la menor esperanza para ninguno de nosotros.

—Tened valor. —Estrella de Fuego miró a los miembros de su clan con un destello en los ojos—. Siempre hay esperanza —insistió, alzando la voz—. Mientras sigamos teniendo a nuestro clan, habrá esperanza.

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1

Corvino fue el primero en captar el olor del páramo, mientras el sol matinal derramaba una luz lechosa sobre la hierba cubierta de rocío. Aunque el joven aprendiz del Clan del Viento no emitió ningún sonido, Esquiro­lina vio que erguía las orejas y que se sacudía de encima parte de la desgana contra la que había luchado desde la muerte de Plumosa. Corvino apretó el paso, subiendo deprisa la ladera, donde la niebla seguía envolviendo la alta hierba. Esquirolina abrió la boca y respiró hondo, hasta que también ella pudo detectar el familiar olor de la aulaga y el brezo en el frío aire matutino. Entonces echó a correr tras el joven aprendiz, con Zarzoso, Borrascoso y Trigueña pisándole los talones. Ahora ya todos percibían los olores del páramo; todos sabían que estaban cerca del final de aquel largo y agotador viaje.

Sin decir nada, los cinco se detuvieron formando una hilera en la frontera del territorio del Clan del Viento. Esquirolina lanzó una mirada a su compañero de clan, Zarzoso, y luego a Trigueña, la guerrera del Clan de la Sombra. A su lado, Borrascoso, el guerrero gris del Clan del Río, entornó los ojos contra el frío viento. Fue Corvino quien se quedó mirando con mayor emoción la dura pradera en la que había nacido.

—No habríamos llegado hasta aquí sin Plumosa... —murmuró.

—Ella murió para salvarnos a todos... —dijo Borrascoso.

Esquirolina se estremeció ante la desgarradora tristeza que había en la voz del guerrero del Clan del Río. Plumosa era la hermana de Borrascoso. Había muerto para salvarlos a todos de un feroz depredador, al que se habían enfrentado después de conocer a un grupo de gatos que habitaban en las montañas. La Tribu de las Aguas Rápidas vivía detrás de una cascada y reverenciaba a sus propios ancestros... No se trataba del Clan Estelar, sino de la Tribu de la Caza Interminable. Un gran felino de las montañas había estado dando caza a los miembros de la tribu durante muchas lunas, llevándoselos uno a uno. En su último ataque a la cueva de la tribu, Plumosa consiguió que un afilado espolón rocoso se soltara del techo y matara a la bestia. Pero ella resultó fatalmente herida y ahora descansaba bajo las rocas, en el territorio de la tribu, cerca de la cascada, para que el sonido del agua la guiara hasta el Clan Estelar.

—Era su destino... —maulló Trigueña con delicadeza.

—Su destino era completar la misión con nosotros —gruñó Corvino—. El Clan Estelar la escogió para viajar hasta el lugar donde se ahoga el sol y escuchar lo que Medianoche tenía que decirnos. Plumosa no debería haber muerto por la profecía de los ancestros de otro clan.

Borrascoso se acercó al aprendiz del Clan del Viento y lo acarició con el hocico.

—El valor y el sacrificio son parte del código guerrero —le recordó—. ¿Habrías querido que Plumosa hu­biera tomado otra decisión?

Corvino se quedó mirando la aulaga sacudida por el viento, sin responder. Agitaba las orejas, como si intentara captar la voz de Plumosa en el aire.

—¡Venga, vamos allá! —exclamó Esquirolina, echando a correr sobre la escasa hierba.

De pronto, estaba ansiosa por concluir el viaje. Antes de partir, había discutido con su padre, Estrella de Fuego, y, al preguntarse ahora cómo reaccionaría él ante su regreso, sintió un hormigueo de nerviosismo. Ella y Zarzoso habían abandonado el bosque sin contarle a nadie adónde iban ni por qué. Sólo su hermana Hojarasca sabía que el Clan Estelar se había comunicado con un gato de cada clan, para decirles en sueños que fueran al lugar donde se ahogaba el sol y escucharan la profecía de Medianoche. Ninguno de ellos habría podido imaginar que Medianoche resultaría ser una vieja y sabia tejona, y menos aún que la profecía que iba a contarles sería tan trascendental para los clanes.

Corvino adelantó a Esquirolina para ponerse en cabeza, pues él era quien mejor conocía el territorio. Se encaminó hacia una zona de aulagas y desapareció por una senda de conejos, con Trigueña siguiéndolo de cerca. Esquirolina agachó la cabeza para que las orejas no se le engancharan en las espinas y los siguió por el estrecho túnel. Borrascoso y Zarzoso iban a pocos pasos de ella; la aprendiza podía sentir sus pisadas a través del suelo.

Al verse rodeada por aquel túnel de aulaga, negros recuerdos aletearon en su mente y se acordó de las pesadillas que habían perturbado su sueño: había soñado con la oscuridad, y con un pequeño espacio cargado de pá­nico y olor a miedo. Esquirolina estaba convencida de que esos espantosos sueños estaban conectados, de algún modo, con su hermana. Se dijo que, ahora que había vuelto a casa, podría averiguar dónde se encontraba exactamente Hojarasca... Pero al sentir una nueva oleada de angustia, corrió hacia la luz.

Redujo la velocidad al llegar a un espacio abierto y herboso. Sus compañeros salieron tras ella, con el pelo alborotado por las afiladas espinas de la aulaga.

—No sabía que le tuvieras miedo a la oscuridad —bromeó Zarzoso, deteniéndose junto a Esquirolina.

—Y no lo tengo —protestó ella.

—Nunca te había visto correr tan deprisa... —ronroneó el guerrero, moviendo los bigotes.

—Sólo quiero llegar a casa —replicó Esquirolina con tozudez.

Prefirió ignorar la mirada que intercambiaron Zarzoso y Borrascoso. Los tres iban siguiendo a Trigueña y Corvino, que ahora habían desaparecido bajo una gran mata de brezo.

—¿Qué creéis que dirá Estrella de Fuego cuando le hablemos de Medianoche? —se preguntó Esquirolina en voz alta.

Zarzoso agitó las orejas.

—¿Quién sabe?

—Nosotros sólo somos mensajeros —maulló Borrascoso—. Lo único que podemos hacer es contar a nuestros clanes lo que el Clan Estelar quería que supiéramos.

—Pero... ¿qué pensáis? ¿Nos creerán? —preguntó Es­quirolina.

—Si Medianoche tenía razón, no creo que nos cueste mucho convencerlos —señaló Borrascoso, muy serio.

Esquirolina se dio cuenta en ese momento de que no había pensado en nada excepto en regresar a su hogar. Había apartado de su mente cualquier pensamiento que le recordara la amenaza a la que se enfrentaba el bosque. Pero las palabras de Borrascoso le encogieron el corazón. La aterradora advertencia de Medianoche resonó en su cabeza: «Un nuevo Sendero Atronador van a construir los Dos Patas. Pronto llegarán con sus monstruos. Árboles arrancarán, rocas romperán, la propia tierra despedazarán. No habrá lugar para los gatos. Si os quedáis, los monstruos también os despedazarán, o de hambre moriréis por falta de presas.»

Un escalofrío hizo que todo su pelo se erizara. ¿Y si era demasiado tarde? ¿Habría siquiera un hogar al que regresar?

Intentó tranquilizarse recordando el resto de la profecía de Medianoche: «Pero no careceréis de guía. Al volver, subid a la Gran Roca cuando el Manto Plateado brille en lo alto. Un guerrero agonizante os mostrará el camino.» Esquirolina respiró hondo. Aún había esperanza. Pero tenían que llegar a casa.

—¡Huelo a guerreros del Clan del Viento!

El grito de Zarzoso devolvió a Esquirolina al pá­ramo.

—¡Debemos alcanzar a Trigueña y Corvino! —exclamó casi en un susurro.

El impulso de enfrentarse a constantes desafíos junto a sus compañeros de viaje se había convertido en algo tan instintivo que la aprendiza olvidó por un instante que Corvino era miembro del Clan del Viento y que, por tanto, no corrían ningún peligro ante sus compañeros de clan.

Salió como una exhalación de la mata de brezo y de pronto se encontró en un claro. Iba tan deprisa que estuvo a punto de chocar contra un escuálido gato del Clan del Viento. Esquirolina frenó en seco y se quedó mirándolo, sorprendida.

Era un atigrado muy joven. Por su aspecto, apenas tenía la edad suficiente para alejarse de la protección de la maternidad. Estaba inmóvil en el centro del claro, con el lomo arqueado y todo el pelo erizado, a pesar de que era él solo contra otros dos: Corvino y Trigueña. Se estremeció cuando Esquirolina apareció de pronto por el brezo, pero se mantuvo donde estaba, valerosamente.

—¡Sabía que había olido a intrusos! —bufó.

Esquirolina entornó los ojos. ¿Aquel patético escuchimizado pretendía de verdad enfrentarse a tres gatos completamente desarrollados? Corvino y Trigueña lo miraban con calma.

—¡Pequeño Cárabo! —exclamó Corvino—. ¿Es que no me reconoces?

El atigrado ladeó la cabeza y abrió la boca para saborear el aire.

—¡Soy Corvino! ¿Qué haces aquí, Pequeño Cárabo? ¿No deberías estar en la maternidad?

El joven agitó las orejas.

—Ahora me llamo Zarpa de Cárabo —espetó.

—Pero ¡no puedes ser aprendiz! —replicó Corvino—. Todavía no tienes seis lunas...

—Y tú no puedes ser Corvino —gruñó el atigrado—. Corvino huyó... —Pero relajó los músculos, que había tensado para pelear, y se acercó a Corvino, que permaneció quieto mientras el joven le olfateaba el costado—. Hueles raro —maulló convencido.

—Hemos hecho un largo viaje —le explicó Corvino—. Pero ahora ya estamos aquí, y necesito hablar con Estrella Alta.

—¿Quién tiene que hablar con Estrella Alta? —maulló un gato agresivamente.

Esquirolina pegó un salto al oírlo.

La aprendiza se volvió y vio que un guerrero del Clan del Viento salía de una mata de aulaga, levantando las patas para evitar las espinas. Lo seguían dos guerreros más. Esquirolina los miró, alarmada. Estaban todos tan flacos que las costillas se les marcaban bajo de la piel. ¿Es que aquellos gatos no habían cazado nada recientemente?

—¡Yo, Corvino! —exclamó el aprendiz del Clan del Viento, agitando la punta de la cola—. Manto Trenzado, ¿es que no me reconoces?

—Desde luego que sí —contestó el guerrero con tono neutro.

Sonó tan indiferente que Esquirolina sintió una punzada de lástima por su amigo. Aquello no era lo que se dice un buen recibimiento... y Corvino ni siquiera les había comunicado todavía las malas noticias a sus compañeros de clan.

—Pensábamos que habías muerto —continuó Manto Trenzado.

—Bueno, pues no es así. —Corvino frunció el ceño—. ¿El clan... está bien?

Manto Trenzado entornó los ojos.

—¿Qué están haciendo estos gatos aquí? —exigió saber.

—Han viajado conmigo —respondió Corvino—. Ahora no puedo explicártelo, pero se lo contaré todo a Estrella Alta —añadió.

Manto Trenzado no mostró mucho interés por las palabras de Corvino. Esquirolina notó la penetrante mirada del esquelético guerrero, que exclamó:

—¡Sácalos de nuestro territorio! ¡No deberían estar aquí!

Esquirolina pensó que Manto Trenzado no estaba en condiciones de echarlos si ellos se negaban a marcharse, pero Zarzoso dio un paso adelante e inclinó la cabeza ante el guerrero del Clan del Viento.

—Por supuesto que nos iremos —aseguró.

—Además, tenemos que volver con nuestros clanes —maulló Esquirolina intencionadamente.

Zarzoso le lanzó una mirada de advertencia.

—Entonces, poneos en marcha —les espetó Manto Trenzado. Y, dirigiéndose de nuevo a Corvino, añadió con un gruñido—: Sígueme. Te llevaré con Estrella Alta.

Dio media vuelta y se dirigió hacia el extremo más alejado del claro.

Corvino sacudió la cola.

—¿El campamento no está por ahí? —maulló, señalando en la dirección contraria.

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