WAYWARD SON

Rainbow Rowell

Fragmento

Wayward Son

2
SIMON

Maya Angelou decía que cuando una persona te muestra quién es, debes creerle.

Escuché la frase en un inspirador programa de televisión. Empezó después de La ley y el orden y no le cambié de canal.

Cuando alguien te muestra quién es, créele la primera vez.

Eso es lo que voy a decir cuando termine con Baz.

Lo hago para que él no tenga que hacerlo.

Puedo ver que quiere terminar. Lo percibo en cómo me mira. O más bien en cómo evita mirarme, porque si lo hiciera, tendría que enfrentar la realidad de haberse atado a un completo idiota, a un enorme perdedor.

Ahora Baz está en la universidad. Prosperando.

Está igual de guapo que siempre. (Más guapo que nunca. Más alto, atrevido, con una barba que le crece cuando quiera. Es como si la adolescencia aún no terminara de concederle las mejores cartas.)

Todo lo que sucedió el año pasado…

Todo lo que sucedió con el Hechicero y el Humdrum obligó a Baz a convertirse en el hombre que estaba destinado a ser. Vengó a su madre. Resolvió el misterio que pesaba sobre él desde que tenía cinco años. Demostró su valía como hombre y como mago.

Demostró que tenía razón: ¡el Hechicero en verdad era malvado! Y yo era un fraude: “el peor ‘elegido’ que alguna vez fuera elegido”, como solía decir Baz. Siempre tuvo razón respecto a mí.

Cuando alguien te muestra quién es, créele la primera vez.

Cuando alguien jode absolutamente todo, ese alguien es un completo jodido.

No sé cómo mostrarle esto con mayor claridad. Me la paso recostado en el sillón todo el día. No tengo planes ni nada que prometer. Esto es lo que soy.

Baz se enamoró de lo que era: poder y potencial desenfrenados. Las bombas nucleares no son más que puro potencial.

Ahora soy lo que viene después.

Ahora soy la rana de tres cabezas. El desastre radioactivo.

Creo que Baz ya habría terminado conmigo si no sintiera tanta lástima por mí. (Y si no hubiera prometido amarme. Los hechiceros se obsesionan con el honor.)

Así que seré yo quien lo haga. Puedo hacerlo. En una ocasión, un orcospín me disparó una de sus agujas en el hombro, y terminé por arrancármela con los dientes; puedo tolerar el dolor.

Es sólo que…

Quería unas cuantas noches más con él en la habitación. Mío, aunque de forma superficial.

Nunca más tendré a alguien como Baz. No hay nadie como Baz; es como salir con una leyenda. Es un vampiro heroico, un hechicero talentoso. Es demasiado guapo. (Yo solía ser alguien legendario. Mi existencia fue profetizada, ¿sabes? Formaba parte de la tradición oral.)

Quería unas cuantas noches más…

Pero odio ver sufrir a Baz. Odio ser el motivo de su sufrimiento.

—Baz —le digo.

Me levanto del sillón y pongo mi lata de sidra sobre la me­sa. (Baz odia la sidra, incluso el olor.)

Está parado en la puerta de la entrada.

—¿Sí? —contesta.

Trago saliva.

—Cuando alguien te muestra quién es…

En ese momento, Penny irrumpe en el departamento, golpeando el hombro de Baz con la puerta.

—¡Por el amor de Crowley, Bunce!

—¡Lo tengo!

Penny deja caer su mochila. Viste una holgada playera morada y tiene el cabello café oscuro recogido en un chongo desaliñado sobre la coronilla.

—¿Qué tienes? —Baz frunce el ceño.

Nosotros —dice, señalándonos a Baz y a mí con el dedo— ¡nos vamos de vacaciones!

Me froto los ojos con las palmas de las manos. Siento los párpados pesados y cansados, aunque llevo muchas horas despierto.

—No voy a ir de vacaciones —balbuceo.

—¡A Estados Unidos! —insiste Penny. Empuja mis pies del sillón y se sienta en uno de los descansabrazos mientras me mira—. ¡Para visitar a Agatha!

Baz deja escapar una carcajada.

—¡Ja! ¿Agatha sabe que la visitaremos?

—¡Será una sorpresa! —dice Penny.

—¡Sorpresa! —dice Baz, canturreando—. ¡Somos tu exnovio y su novio y esa chica que nunca te cayó bien del todo!

—¡Claro que le caigo bien a Agatha! —Penny parece ofendida—. Es sólo que no es una persona muy efusiva.

Baz resopla.

—Pues a mí me pareció bastante efusiva cuando decidió largarse de Inglaterra y alejarse de la magia.

—Para tu información, estoy algo preocupada por ella. No ha respondido ninguno de mis mensajes de texto.

—Porque no le agradas, Bunce.

Fijo la mirada en Penny.

—¿Cuándo fue la última vez que supiste de Agatha?

—Hace algunas semanas. Por lo general, ya hubiera respondido a alguno de mis mensajes, aunque fuera para decirme que la dejara en paz. Y no ha publicado tantas fotos de Lucy —la perrita de Agatha— en Instagram. Creo que tal vez se siente sola. Deprimida.

—Deprimida —digo.

—Entonces, ¿estamos hablando de una vacación? —pregunta Baz—. ¿O de una intervención?

Está recargado en la puerta con los brazos cruzados y la camisa arremangada. Baz siempre parece estar posando para un anuncio de relojes de lujo, incluso cuando no trae puesto un reloj.

—¿Por qué no pueden ser ambas cosas? —dice Penny—. Siempre hemos querido recorrer Estados Unidos en auto.

Baz inclina la cabeza.

—¿De verdad?

Penny voltea a verme y sonríe.

—Sí. Simon y yo siempre hemos querido hacerlo.

Tiene razón. Siempre ha sido nuestro sueño. Por un momento me permito visualizarlo: los tres conduciendo por una carretera abandonada —no, una autopista— en un viejo convertible. Yo voy al volante. Todos traemos puestos nuestros lentes de sol. Escuchamos a The Doors y Baz se queja por eso. Pero como tiene desabotonada la camisa hasta el ombligo, yo no me quejo. El cielo es inmenso y azul y centelleante. Estados Unidos

Mis alas se estremecen. Eso sucede cuando me siento incómodo.

—No podemos ir a Estados Unidos.

Penny me da una patada.

—¿Por qué no?

—Porque nunca voy a cruzar la zona de seguridad del aeropuerto.

Aunque en ese momento estoy sentado encima de mi cola, agito la punta sobre mi muslo para recordarle que está ahí.

—Te ocultaré con hechizos —dice ella.

—No quiero que me ocultes con hechizos.

—He estado trabajando en un nuevo hechizo, Simon, es una verdadera belleza…

—Pasar ocho horas en un avión con las alas aplastadas…

—El nuevo hechizo las hace desaparecer —sonríe.

La miro, sorprendido.

—No quiero que desaparezcan.

Ésa es una mentira; por supuesto que quiero que se esfumen. Quiero volver a ser yo. Quiero ser libre. Pero… no puedo. Todavía. No puedo explicar por qué. (Ni siquiera a mí mismo.)

—De forma temporal —dice Penny—. Creo que sólo hará que desaparezcan por algún tiempo, hasta que el hechizo pierda fuerza.

—¿Qué hay de esto? —digo, sacudiendo la cola otra vez.

—Tendremos que usar otro hechizo. O puedes esconderla bajo la ropa.

Estados Unidos

En realidad nunca pensé que pisaría Estados Unidos, a menos que mi persecución del Humdrum me hubiera llevado hasta ahí.

—El asunto es que… —Penny se muerde el labio inferior y arruga la nariz como si estuviera a la vez apenada y emocionada—. ¡Ya compré los boletos!

—¡Penelope!

Es una mala idea. Tengo alas. No tengo dinero. Y no quiero que mi novio termine conmigo frente a la Estatua de la Libertad. Muchas gracias, pero prefiero que me corte aquí. Además, ni siquiera sé conducir.

—Simplemente no podemos…

Ella comienza a cantar “Don’t Stop Believing”. No es el himno nacional de Estados Unidos, pero era nuestra canción favorita en tercero, la primera vez que dijimos que algún día haríamos este viaje, cuando ganáramos la guerra.

Bueno… hemos ganado la guerra, ¿no es así? (Nunca pensé que eso implicaría asesinar al Hechicero y sacrificar mi propia magia, aunque técnicamente sigue siendo una victoria.)

Penny me dice, recitando un fragmento de la canción, que “no deje escapar ese senti-mieen-too”. Baz nos observa desde la puerta.

—Si ya compraste los boletos… —digo.

Penny se para de un brinco sobre el sillón.

—¡Sí! ¡Saldremos de vacaciones!

Se detiene y mira a Baz.

—¿Te interesa?

Baz sigue mirándome.

—Si creen que los voy a dejar viajar solos en un país extranjero, considerando el contexto político actual…

Penelope está brincando otra vez.

—¡Estados Unidos!

Wayward Son

3
PENELOPE

Es cierto. Últimamente las cosas no han salido muy bien. Debí verlo venir.

¿Acaso Simon debió verlo venir? ¡Nunca ve venir nada! ¡Hasta los martes lo toman por sorpresa!

¿Acaso Baz debió verlo venir? Lo único en lo que Baz se ha enfocado durante el último año es en Simon; es incapaz de ver más allá de su enamoramiento.

No, debí ser yo.

Pero es que me sentí tan aliviada de haber superado todo. El Humdrum había sido derrotado, el Hechicero expuesto, muchos de nosotros aún vivíamos para contarlo… Simon, ileso. Simon, con algunas piezas extras, pero sano y salvo, con un futuro por delante.

Simon Snow, fuera de peligro: mi mayor plegaria había sido atendida.

Sólo quería disfrutarlo.

Quería conseguir un departamento e ir a la universidad, ser una adolescente común y corriente por una vez en la vida antes de que nuestros mejores años quedaran atrás. No quería hacer nada radical; por ejemplo, no me largué a California y abandoné mi varita mágica. No obstante, quería relajarme.

Lección aprendida: relajarse es la práctica más insidiosa de todas.

Todos nos mudamos a Londres el año pasado y empezamos la uni, como si nuestro mundo no hubiera sido sacudido y puesto patas arriba. Como si la vida de Simon no hubiera dado un vuelco de 180 grados.

Después de todo, mató al Hechicero, lo más cercano a un padre que tuvo en la vida. Fue un accidente, pero aun así.

Y el Hechicero mató a Ebb, quien no era exactamente la figura materna de Simon, pero sin duda era como su tía excéntrica. Ebb amaba a Simon. Lo trataba como si fuera una de sus pequeñas cabras.

Así que sí, sabía que Simon había sufrido, pero pensé que ganar lo resarciría. Pensé que la victoria sería suficiente. Que la compensación llenaría todos esos vacíos.

Creo que Baz pensó que el amor lo solucionaría todo…

En verdad es un milagro que al final hayan terminado juntos. (Un amor imposible. “Bajo la misma entraña de nuestros dos enemigos”, y toda la cosa.)

Sin embargo, fue un error pensar que ése era un final. No existe ningún final. Suceden cosas malas y luego terminan; el problema es que siguen causando estragos en la gente.

Sé que unas vacaciones no arreglarán las cosas como por arte de magia. (Si existiera una forma de arreglarlo con magia, juro por Stevie que ya lo hubiera descifrado.) Pero a todos nos sentará bien un cambio de aires.

Tal vez a Simon le servirá verse en un contexto distinto. En Estados Unidos no le esperan malos recuerdos. Tampoco le esperan buenos; sin embargo, cualquier cosa que lo haga levantarse del sillón es un triunfo.

Wayward Son

4
AGATHA

Nunca respondo las llamadas de Penelope.

En esta época, ¿quién le llama por teléfono a otra persona? ¿Quién deja mensajes de voz? Nada más y nada menos que Penelope Bunce.

Ya le he dicho que me escriba como la gente normal. (Se lo dije por mensaje.)

“¡Es que nunca respondes a mis mensajes!”, contestó.

“Sí, pero al menos los leo, Penny. Cuando me dejas un mensaje de voz, me horrorizo.”

“Bueno, pues entonces dime qué necesito hacer para que me respondas, Agatha.”

No le contesté, porque nada de lo que yo pueda decir la dejaría satisfecha. Y porque he dejado ese mundo atrás, incluyendo a Penelope.

No hay manera de abandonar el Mundo de los Hechiceros y mantener una amistad con Penelope Bunce; es la hechicera más mágica del Mundo de los Hechiceros. Vive y respira magia. Es imposible comer pan tostado sin que Penelope use magia para derretir la mantequilla.

Una vez apagué mi celular para darme un respiro de ella y aun así sonó cuando me mandó un mensaje.

“¡Ya no me mandes mensajes mágicos!”, le escribí.

“¡Agatha!”, me contestó. “¿Vas a venir a casa para Na­vidad?”

No le respondí. No fui a casa. Mis padres se sintieron aliviados, creo.

El Mundo de los Hechiceros se sumió en el caos cuando Simon mató al Hechicero. (O cuando Penelope lo hizo. O Baz. Todavía no entiendo cómo sucedió todo.)

Por poco muero ese día también, y no fue la primera vez. Creo que mis padres se sienten algo responsables: (deberían) de haber invitado a Simon Snow, “el elegido”, a nuestra vida.

¿Acaso mi vida sería distinta si no hubiera crecido con Simon como un hermano? ¿Si no me hubiera convertido en su novia interina?

Aun así hubiera acabado en Watford, aprendiendo trucos mágicos. Pero no hubiera estado en la zona cero año tras año tras año.

“¿Cuándo vendrás a casa?”, escribe Penelope.

Me siento tentada a responderle: “No lo haré. Además, ¿eso a ti qué te importa?”

Nunca fuimos mejores amigas. Siempre fui demasiado fresa para Penny, demasiado superficial, demasiado frívola. Ahora me quiere en su vida porque solía formar parte de ella, y Penelope se aferra al pasado con la misma desesperación con la que yo lucho por alejarme de él.

Estuve ahí antes de que las cosas se estropearan. Sin embargo, que yo regrese a casa no hará que todo vuelva a la normalidad.

—No puedo creer que vayas a tomar eso —dice Ginger.

Acabamos de sentarnos a almorzar y yo pido el único té negro de la carta.

—Yo tampoco puedo creerlo —respondo—. Earl Grey de vainilla con menta. A mi padre le horrorizaría.

—Estimulantes —dice Ginger, sacudiendo la cabeza con desaprobación.

Le agrego un poco de leche descremada al té. La leche entera nunca es una opción aquí.

—Y lácteos —se queja Ginger.

Lo único que ella bebe es jugo de betabel. Tiene la misma apariencia que la sangre, huele a tierra y a veces, como ahora, le deja un bigote color rojo brillante en el labio superior.

—Pareces vampiresa —le digo.

Aunque no se parece en nada al único vampiro que conozco. Ginger tiene el cabello café ondulado y la piel morena y pecosa. Su mamá es tailandesa-brasileña y su papá es de Barbados, y ella tiene los ojos más brillantes y las mejillas más rosadas que he visto en mi vida. Tal vez se deba al betabel.

—Me siento activada —dice, estirando los brazos hacia el cielo.

—¿Qué tan activada?

—Al menos en un ochenta por ciento. ¿Y tú?

—Me mantengo firme en quince por ciento —le respondo.

Una mesera llega con el tazón de quinoa de Ginger y mi pan tostado con aguacate.

—Agatha —dice—, siempre estás al quince por ciento. Llevamos tres meses con el programa. A estas alturas, por lo menos deberías sentirte un dieciséis por ciento activada.

Yo no me siento diferente en lo más mínimo.

—Quizás algunas personas simplemente nacen inactivas.

Ginger chasquea la lengua en señal de desaprobación.

—¡No digas eso! Nunca hubiera entablado una amistad con un organismo inerte.

Le sonrío. La realidad es que ambas nos sentíamos bastante inertes cuando nos conocimos, por eso nos hicimos amigas, creo; estábamos inmersas en la periferia de la misma escena social. En las fiestas, siempre terminaba al lado de Ginger en la cocina, o sentada junto a ella en la parte sombría de la playa cuando había fogatas.

San Diego ha sido mucho mejor para mí de lo que alguna vez fuera el Colegio Watford de Magia. No extraño mi varita mágica. No extraño la guerra. No extraño tener que fingir a diario que es importante para mí convertirme en una buena hechicera.

Pero nunca perteneceré a este lugar.

No soy como mis compañeros, o mis vecinos, o la gente que conozco en las fiestas. Siempre he tenido amigos Normales; sin embargo, nunca presté atención a todas las maneras sutiles e involuntarias en que la gente es Normal.

Por ejemplo, me di cuenta cuando llegué aquí de que no sabía cómo atarme las agujetas de los zapatos. ¡Nunca aprendí a hacerlo! En cambio, aprendí a amarrármelas con magia, algo que no puedo hacer ahora porque dejé mi varita en casa.

Digo, está bien —ato mis zapatos de antemano o uso sandalias—, pero hay muchas cosas como ésa. Tengo que vigilar lo que digo en voz alta. A cualquier extraño. A mis amigos. Es muy fácil dejar escapar algún comentario raro o ignorante. (Por fortuna, la gente suele perdonarme todo por ser inglesa.)

A Ginger no parece importarle cuando digo cosas raras. Quizá porque ella dice cosas raras todo el tiempo. Ginger está interesada en la neurorretroalimentación, la terapia con ventosas y la acupresión. Y no sólo porque es una típica chica californiana, sino porque es una verdadera creyente.

—En realidad no encajo aquí —me dijo una noche.

Estábamos sentadas sobre la arena, con los dedos de los pies metidos en el agua. En la periferia de la fiesta otra vez. Ginger vestía una playera sin mangas color durazno y sostenía un vaso de plástico rojo.

—Pero tampoco encajo en ningún otro lugar.

Fue como si extrajera ese mismo sentimiento de mi corazón. La hubiera besado. (A veces desearía haber querido hacerlo.) (Ésa sería una respuesta a… la interrogante sobre mí. Entonces podría decir: “Ay, ésa soy yo. Es por eso que he estado tan confundida”.)

—Ni yo —dije.

Después de eso, Ginger y yo nos fuimos de una fiesta para comer tacos. A la siguiente, olvidamos la fiesta y nos fuimos directo a los tacos.

Creo que aún nos sentíamos extrañas y perdidas, pero era agradable hacerlo juntas. Era agradable sentirse perdido con un amigo.

El celular de Ginger suena y me recuerda que ya no está perdida. Levanta el teléfono de la mesa y sonríe, lo cual significa que es Josh, y comienza a escribirle. Mientras tanto, yo me como mi pan tostado con aguacate.

Mi teléfono vibra. Lo saco de la bolsa y gruño un poco. Penny al fin descifró cómo obligarme a contestarle:

“¡Agatha! ¡Vamos a ir a verte! ¡De vacaciones!”

“¿Qué?”, le respondo. “¿Cuándo?” Y luego, debí decir esto antes, “NO”.

“¡En dos semanas!”, responde Penny. “SÍ.”

“Penelope, no. No estaré en casa.”

Es verdad. Ginger y yo asistiremos al festival Burning Lad.

“Mientes”, responde Penny.

—¡Ahhhh! —comienza a exclamar Ginger, lo cual se convierte en—: ¡Ahhhh-gatha!

Levanto la mirada. Ginger sacude su teléfono frente a mí como si fuera un boleto de lotería.

—¿Qué?

—¡Josh nos consiguió boletos para el retiro de PresenteFutura!

—Ginger, nooo…

—Dijo que él pagaría nuestra habitación y todo.

Josh tiene 32. Inventó una aplicación que te permite usar el celular como termómetro. O formó parte del equipo que lo inventó. En fin, siempre se encarga de pagar algo. El cuarto, la cuenta, el concierto. Ginger nunca lo supera.

—¡Ginger, esa semana iremos al festival Burning Lad!

—Podemos ir el próximo año, el desierto aún estará ahí.

—¿Y Josh no?

Ella frunce el ceño.

—Sabes lo exclusivo que es este retiro.

Revuelvo mi té.

—En realidad, no…

—Únicamente los miembros instituidos pueden llevar invitados. Y por lo general sólo uno. Le rogué a Josh que también te dejara ir.

—Ginger…

—Agatha —hace una pausa para morderse el labio inferior y arrugar la nariz, como si estuviera a punto de decirme algo muy importante—. Creo que voy a subir de nivel. En el retiro. Y me encantaría que estuvieras ahí.

Crowley, por supuesto. Subir de nivel. Josh y sus amigos están obsesionados con “subir de nivel” y “maximizar el potencial”. Si les propones un almuerzo, seguro responderán algo como: “¡En vez de eso, cambiemos el mundo!” “¡Escalemos una montaña!” “¡Consigamos boletos VIP para el concierto de U2!”

PresenteFutura es su club social. Es como Weight Watchers para hombres ricos. Acuden a juntas y se turnan para decir cuán “activados” se sienten. Asistí a unas cuantas reuniones con Ginger, casi todas aburridísimas. (Aunque siempre ofrecen bocadillos de calidad.) Al final de cada junta, los miembros instituidos entran en una habitación cerrada y practican su saludo secreto o lo que sea que hagan ahí.

Ginger no puede creer la suerte que tuvo con Josh. Es exitoso, ambicioso y está en forma.

(“¡Agatha, mi último novio era barista!

Tú también eres barista, Ginger. Así se conocieron.”)

No entiende por qué Josh se fijó en ella. Me preocupa un poco que se haya fijado en ella por las razones equivocadas. Por lo que se ve en la superficie. Es decir, que es joven y hermosa, y que se ve bien cuando la abraza.

Pero ¿qué se yo? Tal vez sean buenos el uno para el otro. Ambos disfrutan hablar sobre fitonutrientes y la técnica de liberación emocional. Y estos días parece ser que Ginger sí está al menos ochenta por ciento activada.

Yo no creo que algún día suba de nivel.

Sin embargo, si eso es lo que Ginger quiere, supongo que puedo acompañarla. Es la mejor amiga que he tenido aquí. Seguirá siendo mi amiga incluso si nunca supero el quince por ciento de activación (y el quince por ciento de magia). Suspiro.

—Está bien. Iré contigo.

Ginger grita de emoción.

—¡Sí! ¡Nos la vamos a pasar tan bien!

Mi teléfono vibra y bajo la mirada para revisar quién es. Penelope, otra vez:

“Te voy a llamar para afinar detalles”.

Meto el teléfono en la bolsa sin responderle.

Wayward Son

5
BAZ

Quedamos de vernos en el aeropuerto. Cuando llego, Snow ya está ahí. Al principio no lo reconozco, o más bien es como si lo reconociera de otra época. Viste unos jeans y la antigua sudadera del equipo de lacrosse de Agatha en Watford. (Debo acordarme de dejar una de mis viejas playeras de futbol en su departamento; se pone cualquier cosa que encuentra en el piso.) La sudadera tiene una abertura en la espalda para acomodar sus alas, pero no hay nada ahí, realmente nada. Otros hechizos sólo ocultan sus alas; aún se puede apreciar un brillo o una sombra. Hoy no hay nada. Estiro la mano para tocar el punto entre sus omóplatos, pero gira antes de que pueda hacerlo.

—¡Ey! —dice al verme.

Juega con su cabello, nervioso.

Aún tengo la mano estirada, así que le doy una palmadita en el hombro.

—Ey.

—Penny nos está registrando o algo así. Yo no tenía pasaporte.

Se me acerca y susurra:

—Le robó el pasaporte a alguien más y luego lo hechizó.

Como si Bunce no estuviera ya con el agua al cuello; todos sabemos que compró estos boletos de avión con magia. Es una de las únicas leyes bajo las cuales vivimos en el Mundo de los Hechiceros; el contrabando mágico está estrictamente prohibido. Hundiríamos la economía mundial en un caos si empleáramos magia para conseguir dinero. Todos rompen las reglas de vez en cuando, pero la madre de Bunce forma parte del Aquelarre.

—Espero que sepa que su madre la entregaría a las autoridades sin chistar.

Snow está ansioso.

—¿Crees que nos atrapen? Todo esto es una estupidez.

—No —mi mano aún sujeta su brazo y le doy un apretón—. No, todo saldrá bien. Si alguien se ve sospechoso, lo distraeré con mi actitud de vampiro.

No intenta separarse de mí. Quizá porque está fuera de su elemento, alejado de sus peores hábitos. Tal vez Bunce tenía razón sobre este asunto de cambiar de aires…

—Hablando de eso —dice Simon—, ¿estarás bien durante el vuelo?

—¿Te refieres a si la sed de sangre se apoderará de mí cuando sobrevolemos algún punto del Atlántico?

Se encoge de hombros.

—Estaré bien, Snow. Sólo son ocho horas. Sobrevivo todos los días sin matar a nadie.

De hecho, he sobrevivido a lo largo de quince años sin ninguna víctima (causada por mi condición vampírica).

—¿Qué hay de cuando lleguemos ahí?

—No te preocupes. He escuchado que Estados Unidos está infestado de ratas y otros animales; osos pardos, perros de exposición.

Eso lo hace sonreír; es tan agradable verlo así que decido abrazarlo y contemplarlo. Hay una mujer cerca de nosotros que nos lanza una mirada ofendida como diciendo: “Por favor, que no sean gays”, pero a mí no me importa; este tipo de momentos tan ligeros con Simon llegan a cuentagotas.

A Simon sí le importa. Advierte la presencia de la mujer y se agacha para buscar algo en su mochila. Cuando se pone de pie, ya se alejó de mí.

Se toca el muslo con nerviosismo, en busca de su cola.

Todavía no estoy seguro de por qué Simon decidió ponerse una cola…

Entiendo lo de las alas. Fueron vitales, necesitaba escapar. Pero ¿por qué una cola? Es larga y roja y fibrosa como una cuerda, con una pica negra en la punta. Si la cola posee un uso específico, yo aún no se lo encuentro. No la ocupa para nada.

Bunce cree que en aquel momento Simon se transformaba en un dragón y no sólo deseaba tener alas.

Lo cual no explica por qué, después de un año, aún las tiene. Snow renunció a toda su magia para derrotar al Insidioso Humdrum. No es como que aún utilice magia para conservar sus partes de dragón, y casi cualquier encantamiento hubiera perdido efecto después de tanto tiempo.

“Pero no fue un encantamiento”, dijo Bunce la última vez que hablamos al respecto. “Se transformó a sí mismo”.

Simon aún se toca el muslo, alisando la parte trasera de sus jeans. Intento tranquilizarlo.

—Nadie puede verla —le digo.

—Sólo estoy un poco nervioso. Nunca antes había vo­lado.

Me río. (Después de todo, él tiene alas.)

—En avión —aclara.

—Todo estará bien. Y si no, digamos, si los motores fallan, ¿me rescatarías? ¿Me sacarías volando por la salida de emergencia más cercana?

Su rostro adopta una expresión de angustia.

—¿Los motores hacen eso? ¿Fallar así como así?

Golpeo ligeramente mi hombro con el suyo.

—Prométeme que me salvarás primero, aunque haya mujeres y niños presentes.

—Si los motores fallan —dice—, más vale que Penny y tú los arreglen. ¿Has practicado los hechizos?

—No conozco ningún hechizo para arreglar el motor de un avión. ¿Y tú, Bunce?

Bunce aparece con nuestros pases de abordar.

—¿Arreglar el motor de un avión? —repite.

—Sí, ya sabes, en caso de que haya una falla crítica.

—Simon puede salvarme —dice ella.

—Pero él prometió salvarme a .

—¡Primero salvaré a las mujeres y a los niños! —dice Snow.

—Técnicamente —le digo—, no tendrás alas.

Wayward Son

6
SIMON

Sé que me detendrán al pasar por el escáner de seguridad. “Señor, sólo necesitamos catear sus alas”. Sin embargo, todo sale bien, tal y como dijeron Baz y Penny. No me sorprendería saber que Penny descompuso la máquina a propósito. En cuanto cruzamos el área de seguridad, Penny me compra una bolsita de dulces y una Coca. (No tengo ni un quinto; Baz y ella se encargarán de todos los gastos del viaje.)

Nunca antes había estado en un aeropuerto. Paso una hora caminando de un lado al otro y haciendo círculos con los hombros; se sienten demasiado ligeros. Recargo la espalda en varias paredes para cerciorarme de que de verdad no hay nada ahí atrás. Voy al baño de hombres y me levanto la playera, mirando al espejo por encima de mi hombro. No hay nada más que pecas.

Cuando salgo del baño, Baz y Penny están formados para abordar el avión, y Penelope me hace señas para que me apresure. Me meto detrás de ella, sin molestar a nadie con mis alas. Pienso en todo lo que podría hacer en mi condición actual. Subirme al metro. Ir al cine. Pararme junto a alguien en un mingitorio sin golpearlo ni tirarlo.

Nunca hubiera cabido en un avión con mis alas. No hubiera podido caminar por el pasillo sin golpear a todos los que se encontraran sentados en sus lugares.

Baz se queja cuando llegamos a nuestros asientos, en medio de una fila, en la parte trasera del avión.

—Por el amor de la serpiente, Bunce, ¿no pudiste robar asientos en primera clase?

—Hay que mantener un perfil bajo —dice.

—Puedo mantener un perfil bajo en primera clase.

Lo jalo y lo obligo a sentarse. El espacio entre mi asiento y el de la señora de al lado es bastante justo. (Trae puesta una cruz. Eso resulta útil: Baz no sucumbirá a la tentación de morderla.)

Me agrada recargar la espalda y colocar los hombros directamente en el respaldo del asiento, tengo la impresión de que mi columna vertebral sobresale. También me agrada sentarme muy cerca de Baz. Y la señora de la cruz no puede molestarse con nosotros porque tenemos que sentarnos así de cerca. La clase turista es lo que nos hace gays.

Aunque no es seguro que se moleste con nosotros… Es sólo que nunca sabes cuándo ni quién te hará sentir mal por lo que eres. La última vez que Baz y yo nos tomamos de la mano en público, una chica con arete en la nariz se sintió ofendida. Si no puedes confiar en que la gente con arete en la nariz sea de mente abierta, entonces, ¿quién queda?

Baz dijo que la chica no nos miraba raro, su rostro era así.

“Esa mujer tiene un aspecto miserable. Se perforó el tabique con ese aro para distraer la atención sobre su infelicidad.”

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