El secreto del solsticio de verano

Christine Kabus

Fragmento

solsticio-2

Contenido

Personajes del libro

Prólogo

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¡MUCHAS GRACIAS!

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A mi hermana

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Bak skyene er himmelen alltid blå.

Detrás de las nubes, el cielo siempre es azul.

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Personajes del libro

FAMILIA ORDAL

Olaf Ordal, abogado

Clara Ordal, su esposa

Paul Ordal, su hijo

Sverre Ordal, antiguo dueño de un aserradero, padre de Olaf

Trude Ordal, su esposa

Gundersen, antiguo empleado de Sverre Ordal

FAMILIA SVARTSTEIN

Røros, Noruega

Ivar Svartstein, director de la empresa de cobre

Ragnhild Svartstein, hija de Roald y Toril Hustad, su esposa

Sofie Svartstein, su hija menor

Silje Svartstein, su hija mayor

Randi Skogbakke, de soltera Svartstein, hermana mayor de Ivar

Ullmann, ayuda de cámara de Ivar Svartstein

Britt, doncella de Silje

Eline, criada

FAMILIA HUSTAD

Trondheim, Noruega

Roald Hustad, padre de Ragnhild Svartstein

Toril Hustad, su esposa

Sophus Hustad, su hijo, fabricante de papel

Malene Hustad, su esposa

Bonn

Profesor Dahlmann y su esposa

Ottilie, mejor amiga de Clara Ordal, doncella en casa de los Dahlmann

Røros y alrededores

Bodil, mejor amiga de Paul Ordal

Nils Jakupson, apodado Fele-Nils, su padre

Fredrik Lund, hijo de banquero de Trondheim

Moritz von Blankenburg-Marwitz, oficial alemán

Comandante Von Rauch, su acompañante

Mathis Hætta, ingeniero

Siru, pastora

Señora Olsson, dueña de la pensión

Ole Guldal (1852-1922), director del colegio, presidente de la Asociación Obrera

Per Hauke, carpintero, miembro de la Asociación Obrera

Olaf Olsen Berg (1855-1932), editor del periódico Fjell-Ljom

Elmer Blomsted, sacristán, organista

Doctor Pedersen, médico

Berntine Skanke, esposa del sastre

Gudrid Asmund, esposa del director del banco

Ida Krogh, esposa del oficial de correos

solsticio-6

Prólogo

Røros, otoño de 1893

¡Nunca, nunca, nunca! ¡¡¡Jamás acabaré así!!! ¡Prefiero pasarme la vida trabajando de institutriz!

Al dibujar el último signo de exclamación, la muchacha golpeó el portaplumas con tanta fuerza contra la página de su diario que la tinta lo salpicó todo. Torció brevemente el gesto, se encogió de hombros y siguió escribiendo.

Siempre nos dicen que debemos estar agradecidos por la buena vida que tenemos. Agradecidos por habernos librado del destino de las mujeres que tienen que matarse a trabajar de sol a sol para alimentar las bocas hambrientas de sus incontables hijos. Que viven en la preocupación constante de si sus esposos regresarán sanos y salvos de la mina al final de la semana sin beberse el escaso jornal por el camino, si es que se lo han pagado. Y que a lo sumo pueden descansar sus manos callosas los domingos en misa, cuando se apretujan en el coro junto a sus compañeras de penas.

Sin embargo, ¿acaso es la suerte que corren ellas siempre más dura que la de las damas de lo que se conoce como la alta sociedad? Cuando miro a nuestra madre, me entran dudas. Es cierto que vive en un hogar confortable, no tiene que preocuparse jamás de que las provisiones de su bien surtida despensa se agoten, tiene servicio y, como esposa de uno de los hombres más importantes de la ciudad, le corresponde un asiento en uno de los palcos delanteros de la iglesia, junto al altar.

Sin embargo, al mismo tiempo es una de las personas más infelices que conozco. Cuando veo las profundas arrugas y el semblante torturado de su amado rostro, se me encoge el corazón. Apenas se atreve a levantar la mirada de pura vergüenza. Y cada mes vuelve a arrastrarse como un perro apaleado por la casa al constatar que la esperanza de que su cuerpo reciba la bendición del deseado primogénito se ha truncado una vez más. Por muy descabellado que suene, a veces pienso que mi madre preferiría la pobreza, siempre que a cambio pudiera dar por fin a nuestro padre el hijo que tanto desea.

¿Por qué la presiona así? ¿Por qué no acepta que Dios solo le ha dado hijas?

La muchacha se detuvo de nuevo y leyó la última frase. Negó con la cabeza, frunció el ceño y prosiguió más despacio.

¿¿¿A qué viene ese «solo»??? ¿Por qué las niñas no valen tanto como los niños? ¿Acaso no es una blasfemia hacer esa diferencia? ¿Quiénes somos nosotros para suponer que el Todopoderoso considera inferior a la mitad de la humanidad? ¿No significaría eso poner en duda lo perfecto de su creación?

La escritora se estremeció al oír pasos que se acercaban. Cerró apresuradamente el diario y lo escondió detrás de los libros del estrecho estante que había sobre su cama.

solsticio-7

1

Bonn, mayo de 1895 – Clara

Clara Ordal sintió que una manita agarraba la suya. Paul se había acercado a ella y se le arrimaba a la cadera. Rodeó los dedos delgados del niño de seis años y atrajo hacia sí el cuerpecito envuelto en un traje de marinero recién planchado. Él levantó la cabeza y le buscó los ojos con la mirada.

—¿Queda mucho? —le susurró de forma apenas audible, y señaló con la barbilla hacia un hombre mayor de patillas encanecidas que poco antes había comenzado a hablar. Clara le apartó a su hijo de la frente un rizo rubio que le asomaba por debajo de la gorra de plato de marinero y se encogió de hombros con una sonrisa de lástima. Cuando al profesor Dahlmann se le presentaba la oportunidad de dar un discurso, la aprovechaba sin excepción. La paciencia de Paul se enfrentaba a una dura prueba.

Se encontraban en la terraza del edificio del embarcadero flotante que el Club de Remo de Bonn poseía cerca de la Fährgasse, junto a la orilla del Rin. La construcción era espaciosa, y no solo albergaba las numerosas embarcaciones de la asociación, sino también una sala para las fiestas en las que se reunían regularmente sus miembros, que daban gran importancia a los eventos sociales. Esa tarde, el buen tiempo había atraído al exterior al pequeño grupo que se había congregado allí en honor a Olaf Ordal. Más tarde cenarían en la sala de fiestas, pero la recepción y los discursos se estaban celebrando al aire libre.

Una brisa refrescante hacía ondear los banderines triangulares azules con una estrella blanca de la guirnalda que decoraba la fachada del edificio. Clara cerró los ojos un instante y aspiró profundamente el aire, que olía a tierra húmeda y a las algas que el agua había arrastrado hasta las rocas del malecón. Con aquel aroma acre se mezclaba la nota dulce de las matas de lilas florecidas en blanco y violeta que rodeaban un jardín junto al río. Ese año mayo estaba siendo desacostumbradamente templado. Un verde delicado cubría los árboles del paseo fluvial, y en los parterres ya hacía tiempo que se habían sustituido los tulipanes y los narcisos por geranios, fucsias y bocas de dragón. Clara levantó la mirada al oír el graznido de una gaviota que sobrevolaba el embarcadero. Los rayos del sol relucían sobre las olas del río, que fluía perezoso, y se reflejaban en las sedas brillantes y los botones pulidos de los vestidos de las damas, así como en las perlas y las piedras preciosas de collares y brazaletes.

Clara había escogido una falda larga azul oscura con un ribete bordado y una blusa de cuello cerrado y mangas abullonadas, conocidas como piernas de cordero por su forma. Algunas damas las llevaban tan abombadas que parecían globos. Varias mujeres llevaban capelinas ligeras o capas cortas que caían hasta las marcadas cinturillas de avispa de sus faldas en forma de embudo. Parte de los caballeros se habían presentado de uniforme, pero también se veían muchas chaquetas o levitas grises y negras, incluso chaqués muy a la moda, con los típicos faldones redondeados. La sobriedad de los sombreros hongos y las altas chisteras de los hombres contrastaba con los tocados florales de seda y las plumas que se bamboleaban sobre las cabezas de las damas.

Clara, que se había colocado al borde de la plataforma detrás de las cerca de dos decenas de invitados, buscó la mirada de su marido, situado junto al orador ante la entrada del edificio. Olaf Ordal le sacaba una cabeza al profesor. Al igual que su hijo Paul, era de complexión delgada y tenía los mismos ojos azul claro y el cabello rubio, que en el caso de Olaf ya empezaba a clarear de forma visible y descubría unas profundas entradas. Unidas a su semblante pensativo, le hacían aparentar más edad que los treinta años que tenía. Oteaba el infinito por encima de las cabezas de los presentes sin percibir la mirada de Clara. ¿En qué estaría pensando? Era una pregunta que se hacía a menudo. Y a la que casi nunca obtenía respuesta. Olaf Ordal acostumbraba despachar los asuntos consigo mismo.

Al principio de su matrimonio, cuando lo veía guardar silencio con gesto serio, Clara le preguntaba a veces qué lo preo­cu­pa­ba. ¿Tenía problemas en el trabajo? ¿Alguna disputa con un compañero? ¿Le angustiaban los temas económicos? ¿O echaba de menos a su familia en la lejana Noruega? ¿A quién, si no a su mujer, habría debido confiar sus quebraderos de cabeza? Olaf siempre respondía amablemente que todo iba bien y que no debía preocuparse en vano. Clara se había dado por vencida y había aceptado la evidencia de que su esposo no la consideraba una confidente. A su amiga Ottilie, a quien le había confesado sus inseguridades, no le parecía demasiado extraño. Tranquilizaba a Clara diciéndole que la mayoría de los hombres no hablaba con sus esposas de problemas económicos o de otro tipo, en parte por miedo a parecer débiles y en parte por estar convencidos de que las mujeres de todos modos no comprenderían aquellos asuntos ajenos al ambiente del hogar.

—¿Qué es lo que te preocupa? —le había preguntado Ottilie—. Olaf es formal. Te dedica atención, cuida bien de vosotros y no parece tener quejas. Lo único que sucede es que es más bien callado, y créeme, esos no son los peores.

Clara no contradecía a su amiga, sobre todo porque esta tenía a sus espaldas un compromiso roto con un oficial de carpintería que había sucumbido al alcohol. Ottilie había encendido una gran vela en la iglesia de Münster y había agradecido a su ángel de la guarda que le hubiera abierto los ojos a tiempo y la hubiera salvado del matrimonio con un borracho empedernido.

—Y así nos despedimos de él, con sentimientos encontrados. —La voz grave del profesor Dahlmann se abrió paso entre los pensamientos de Clara, que se estiró y miró hacia delante—. Con lágrimas porque perdemos a un compañero querido, a un remero excelente y a un fiel amigo. Decir que dejará un doloroso vacío aquí no alcanza a expresar lo que sentimos.

Paul tironeó de la manga de Clara. Ella se inclinó hacia él.

—¿Por qué dice esas tonterías? —susurró—. Si los sentimientos se han encontrado, ¿por qué lloran?

—Es una forma de hablar. Es lo que se dice cuando se está contento y triste al mismo tiempo —le explicó Clara.

El niño frunció el ceño.

—No lo entiendo.

—A ti también te pasó hace un par de semanas, ¿te acuerdas? Cuando empezó a llegar el calor y el sol derritió tu precioso muñeco de nieve. Estabas triste, pero a la vez contento porque estaba llegando la primavera y tú y tu amigo Karli podríais jugar fuera con los aros y las canicas.

Paul asintió y miró con ansia los botes apilados a unos pasos de distancia, en el embarcadero. Clara casi podía oírle pensar. Desde que habían llegado al club, el niño estaba deseando dar el paseo por el Rin que le había prometido su padre. Llevaba semanas hablándole de subirlo algún día al elegante bote de competición de cuatro plazas con el que Olaf y sus compañeros de equipo entrenaban con regularidad. A Paul la idea de atravesar el agua como una flecha le sonaba maravillosa.

Aquel día tampoco cumpliría su sueño. En cambio, Olaf le había prometido a su hijo dar una vuelta en uno de los skiff de dos plazas, que eran un poco más anchos y les permitirían sentarse uno junto al otro. El entusiasmo por pasar unos breves instantes a solas con su adorado padre era superior a la decepción, tal como Paul le había asegurado a su madre cuando esta había querido consolarlo. En vista de su reacción, Clara se había preguntado una vez más si su hijo no era demasiado serio y maduro para su edad. Ella no recordaba haber mostrado semejante serenidad y sensatez a una edad tan temprana.

—Pero no solo echaremos de menos a Olaf Ordal —dijo el profesor, y atrajo la atención de Clara deteniéndose y realizando una galante reverencia en su dirección—. A lo largo de todos estos años su querida mujercita también se ha ganado nuestro cariño.

Clara sintió que se sonrojaba. Le resultaba desagradable que las cabezas de los demás invitados se volvieran y sus miradas recayeran sobre ella. Además, la expresión «querida mujercita» le molestó. ¿Era condescendencia lo que oía? Puede que fuera bienintencionada, pero ¿condescendencia al fin y al cabo? Clara bajó la mirada. No, si se tratara de otra persona la sospecha quizás habría tenido fundamento, pero en el caso del profesor Dahlmann no podía ser. Él y su mujer siempre habían tratado a Clara con respeto, y celebraban con sincera alegría su transformación de criada sin recursos en la esposa de un jurista prometedor.

Clara sonrió al recordarlo. Seguramente ella jamás se habría dado cuenta por sí misma de que el estudiante noruego le había echado el ojo. Olaf asistía junto con algunos de sus compañeros a los debates que el profesor organizaba semanalmente en su villa de Poppelsdorf y a los que invitaba a unos cuantos estudiantes escogidos. Clara ni siquiera habría podido imaginar que los jóvenes académicos la vieran como una persona. Como un solícito espíritu casi invisible, estaba acostumbrada a recoger abrigos y sombreros, servir un tentempié y ocuparse de que el fuego en la chimenea de la biblioteca en la que el profesor reunía a sus invitados no se apagara. Debía agradecerse a la intervención osada y al mismo tiempo discreta de la señora de la casa que la tímida muchacha de dieciocho años y el reservado noruego hubieran formado una pareja siete años atrás. La esposa del profesor Dahlmann también había insistido en ser la madrina de boda de su antigua empleada y ayudarla con sus consejos a organizar su hogar en uno de los nuevos y elegantes inmuebles de alquiler que se estaban construyendo en torno a la universidad. Clara levantó la cabeza y volvió a concentrarse en las palabras del profesor.

—Y ahora Olaf Ordal abandona con su familia la encantadora Renania, con sus fértiles colinas de vides, sus castillos legendarios y sus insignes ciudades que se reflejan en las aguas de este magnífico río, y parte hacia las lejanas costas de los mares del Sur.

El profesor carraspeó, levantó la mano y citó algunos versos de un poema dedicado a los sueños coloniales de ultramar:

Cruz del Sur, tus estrellas

brillan en el firmamento,

y en esas lejanas tierras

le saluda un mundo nuevo.

El hombre sonrió, bajó la mano y prosiguió en tono normal:

—Sobre todo le saluda una nueva e importante tarea. Ese es el motivo por el que también le despedimos con alegría. Estamos orgullosos de que lo hayan captado en nuestro despacho para representar a partir de ahora los intereses legales de la Sociedad Alemana de Comercio y Plantaciones para las Islas de los Mares del Sur en Samoa.

Varios hombres aplaudieron e inclinaron la cabeza en dirección a Olaf Ordal, que escuchaba el discurso con semblante impasible. A un observador podría parecerle arrogante o desinteresado. En cambio Clara sospechaba que se sentía terriblemente incómodo. Le molestaba recibir elogios en público. Sobre todo porque no creía haber hecho nada extraordinario. Se esforzaba en la medida que podía por cumplir con su trabajo lo mejor posible, y no consideraba que fuera mérito suyo que lo hubieran elegido para el puesto en ultramar. Clara suponía que esta actitud se debía a su educación protestante. A lo largo de su vida en común, había observado una y otra vez lo enraizada que estaba en él. No le daba demasiada importancia al ejercicio de la fe, acudía a misa en contadas ocasiones y no tenía inconveniente en que su esposa perteneciera a la Iglesia católica; y sin embargo, la convicción de que el trabajo era una tarea encomendada por Dios y que el hombre estaba obligado a llevarlo a cabo con diligencia era incuestionable para él. Solo mediante el cumplimiento de las obligaciones terrenales podía el hombre obtener el beneplácito del Todopoderoso.

Una vez que se apagaron los aplausos, el profesor prosiguió.

—De manera que estamos muy orgullosos del nuevo empleo que ocupará nuestro talentoso colega. Ya que, tal como destacó recientemente nuestro admirado emperador, «el Imperio alemán se ha convertido en un Imperio mundial. Miles de nuestros compatriotas viven en lejanos rincones de la Tierra, y el conocimiento, la industria y los bienes alemanes atraviesan los océanos». Olaf Ordal contribuirá a partir de ahora a construir y fortalecer estas fructíferas relaciones. ¡Así que levantemos las copas y brindemos en su honor!

Con esas palabras, el profesor Dahlmann dio por finalizado su discurso. Dobló el folio en el que había anotado las ideas principales, se lo metió en un bolsillo de su frac a medida y sonrió en derredor. Los cerca de veinte miembros del público aceptaron la invitación, se acercaron y brindaron por Olaf, que le estrechó la mano al profesor.

La esposa del catedrático, que había seguido el discurso a unos pasos de distancia de su marido, le hizo señas a Clara y se dirigió hacia ella. Era casi tan mayor como su pareja, pero sus movimientos rápidos, sus ojos despiertos y su carácter alegre la hacían aparentar varios años menos de los sesenta que tenía.

—Venga, querida, ¡no sea tímida! Su lugar está junto a su marido, no aquí atrás. ¡También queremos brindar por usted!

Clara sonrió apocada. Después de tantos años, seguía sin resultarle natural y evidente el hecho de que formaba parte de la «alta» sociedad, a la que había accedido mediante el matrimonio. Tragó saliva y cogió a Paul de la mano, y la señora Dahlmann le acarició la mejilla.

—¿Tienes ganas de ir a los mares del Sur?

Paul la miró y asintió con la mirada encendida.

—¡Sí, muchas! Me podré bañar en la playa todo el año, porque allí no hay invierno, solo estación de lluvias. Por eso hay selva por todas partes, con cocoteros y helechos gigantes. —Paul se detuvo, frunció el ceño y añadió con lástima—: Pero por desgracia no hay tigres.

La señora Dahlmann se echó a reír.

—Vaya, pues a mí eso me tranquiliza. Y seguro que tu madre también se alegra de que no haya animales salvajes en la isla.

Mientras Paul se adelantaba y saltaba hacia su padre, la mujer se cogió del brazo de Clara y lo siguió despacio.

—A veces envidio el carácter intrépido e ingenuo de los niños. Pero ¿y usted? ¿Con qué ánimo afronta el traslado?

Clara se encogió de hombros.

—No sabría decirlo. Parece tan irreal. Soy incapaz de imaginar cómo será nuestra vida allí.

—Es lógico, el entorno les es completamente desconocido. —La señora Dahlmann se paró y miró a Clara con atención—. La verdad es que la admiro.

La muchacha levantó las cejas.

—Sí, en serio. No sé si tendría el valor de dejar mi confortable hogar para mudarme al otro extremo del mundo. Ya solo por el clima, que se me antoja muy penoso. —Negó con la cabeza—. Y usted, con el cabello pelirrojo y la piel delicada, tendrá que cuidarse especialmente del sol.

Clara se encogió de hombros. El hecho de que hasta entonces no hubiera pensado ni por un momento en su piel y en el daño que podría sufrir allá, en el Trópico, debía de ser una prueba más de lo poco femenina que era. Para ella había cosas más importantes. En primer lugar estaba la cuestión de si la salud de su pequeña familia se vería amenazada por epidemias peligrosas o temporales. Como en 1889, cuando un terrible huracán había asolado Samoa y hundido dos buques de guerra alemanes junto con la tripulación en el puerto de Apia. A ello se sumaba la incertidumbre de si Paul, al que habían escolarizado después de Pascua, recibiría en aquella apartada isla una educación apropiada.

—¡Ah, el sexo bello! —interrumpió el profesor las reflexiones de Clara—. Llega usted en el momento justo, ya que mi pequeño obsequio está pensado para los dos —añadió tendiendo a Clara y a Olaf un libro encuadernado en cuero rojo—. Para que se vayan ambientando en su nuevo hogar.

Clara leyó el título en letras doradas de la cubierta: Samoa – La perla de los mares del Sur, de Otto E. Ehlers.

Olaf entrecerró los ojos.

—¿Ehlers...? El nombre me resulta familiar...

—¡Pues claro! —exclamó Clara—. Hace poco leímos un artículo sobre él en el periódico. Lo recuerdo porque estudió Derecho, como tú.

—Correcto —dijo el profesor—. Pero por lo que sé, Ehlers, al contrario que su marido, nunca ha trabajado como abogado, sino que muy pronto emprendió sus viajes de aventura a todos los rincones imaginables del mundo.

Su esposa asintió.

—Es heredero de un patrimonio considerable que le ha permitido semejante libertad. En su último viaje al sureste asiático ha intentado navegar río arriba todo el Brahmaputra.

—Ah, ahora lo recuerdo. —Olaf asintió con la cabeza hacia Clara.

—Se vio obligado a cancelar la expedición antes de tiempo —explicó el profesor Dahlmann—. Creo que se hizo daño. En cualquier caso después pasó varios meses en Samoa y allí escribió sus impresiones sobre el país y sus gentes. —El profesor dio unos golpecitos con el dedo sobre el libro—. Sus textos son muy entretenidos, y escribe con gran amor hacia el detalle. ¿Me permite? —preguntó, se lo cogió de las manos a Olaf, pasó las páginas y leyó un fragmento—: «Todos los intentos de acostumbrar a los samoanos al trabajo regular han fracasado ante la indolencia innata de estas amables gentes. Exigían salarios desproporcionadamente elevados por servicios muy escasos, y además no transmitían confianza alguna en ningún aspecto.»

—Vaya —dijo su esposa con una sonrisa—. No sé si esta lectura predispondrá favorablemente al señor Ordal hacia su nuevo destino.

Clara le dio la razón en silencio. ¿Cómo se entendería Olaf con personas de una ética del trabajo tan distinta a la suya (en la medida en que se diera crédito al relato del autor viajero)? Para su sorpresa, la boca de su marido esbozó una sonrisa.

—No se preocupe, buena mujer, hará falta más de un par de indígenas perezosos para ensombrecer las expectativas que tengo puestas en nuestra nueva vida —dijo, e insinuó una reverencia hacia la señora Dahlmann.

Le pellizcó suavemente la mejilla a Paul, que escuchaba en silencio la conversación de los adultos, y rodeó a Clara con el otro brazo. A ella ese gesto desacostumbrado le hizo sonrojarse de nuevo. No era habitual que Olaf Ordal mostrara afecto en público. Se apoyó en él y la invadió una sensación de seguridad. Se liberó de todos sus miedos y sus dudas. La nueva vida en los mares del Sur quizá les deparara fatigas y adversidades inconcebibles, pero si Olaf las afrontaba de tan buen humor, ella las soportaría de buen grado. La perspectiva de abandonar Europa parecía dar alas a su marido. Pocas veces lo había visto tan contento; era como si se hubiera liberado de la pesadumbre que normalmente lo perseguía como una sombra.

solsticio-8

2

Røros, mayo de 1895 – Sofie

La puerta de la farmacia Löwen se cerró tras Sofie con un suave chasquido, y al mismo tiempo se oyó la campanita. Había llegado en el momento menos apropiado. El pequeño comercio estaba a rebosar. Delante de ella había ya tres damas esperando a que las atendieran. Estaban enfrascadas en la conversación y apenas se dignaron mirar a Sofie. En el mostrador estaban despachando al sacristán Blomsted. La muchacha de diecinueve años contuvo un suspiro. Le caía bien el anciano, que siempre era amable y atento, pero en esa ocasión habría preferido que estuviera lejos de allí. Su carácter ceremonioso había llevado al borde de la desesperación a personas mucho más pacientes que ella.

—¿Opina entonces que debería volver a probar la infusión de hojas de salvia? —preguntó con la voz ronca.

—Mal no le hará —respondió el ayudante del farmacéutico—. También le recomendaría unas gárgaras con un par de gotas de tintura de propóleos diluidas en agua templada.

Cogió un frasquito de la estantería, que se alzaba hasta el techo y dividía la estancia.

—Hummm —musitó el sacristán balanceando la cabeza pensativo—. No sé yo... Dicen que la leche con miel también es buena para...

—Sin duda —respondió el ayudante—. Las envolturas calientes también.

El sacristán se rascó la barbilla y dejó vagar la mirada sobre los recipientes y los botes de porcelana.

Sofie se balanceaba de una pierna a otra. Aquello podía alargarse hasta el infinito. Le habría gustado abrirse paso hacia delante y decidir por el viejo Blomsted qué remedio sería el mejor para su dolor de garganta.

A las tres damas que formaban una pared delante de ella no parecía importarles esperar. Sofie sospechaba que celebraban la oportunidad de intercambiar los detalles de los chismes más recientes.

Se colocó delante de una vitrina junto a la puerta en la que se exponían plantas curativas secas con letreritos explicativos, y fingió estar concentrada en ellos. Se aflojó el chal que llevaba enrollado al cuello y se desabrochó el primer botón del abrigo forrado de piel de oveja. Después de caminar deprisa en el frío, tenía calor en aquella sala bien caldeada. Seguro que abajo, en los valles y en los fiordos de la costa occidental, la primavera ya había hecho acto de presencia. En cambio allí arriba, en la meseta rodeada por los Alpes escandinavos, junto a la frontera sueca, estaban completamente expuestos a los fríos vientos que en las noches de mayo aún provocaban heladas.

Sofie comprendía por qué su madre añoraba su ciudad natal, Trondheim, y por qué ponía por las nubes el exuberante jardín que a finales de marzo ya reverdecía y florecía. Ella misma estaba impaciente por que el clima se templara de una vez y ya no tuvieran que pasar la mayor parte del tiempo en casa. A pesar de que a ojos de sus padres no era apropiado que saliera sin compañía. Ya había quedado atrás la época de la niñez en la que paseaba durante horas sin supervisión o se acomodaba con un libro a la orilla del Hitterelva, que rodeaba el centro de Røros. Desde que había recibido la confirmación, se le daba mucha importancia al hecho de que se comportara con decoro en público y de que se olvidara de todas las actividades que no fueran propias de una señorita de buena cuna. Sofie obedecía, pero aprovechaba cualquier excusa para salir sola. Le había ahorrado el paseo a la farmacia a Eline, la criada a la que se lo habían encargado, y esta había retomado la montaña de colada que le quedaba por planchar.

Sofie palpó la receta en el bolsillo del abrigo y se preguntó nerviosa si conseguiría regresar a casa antes de que alguien notara su ausencia. No temía que la regañaran, sino que estaba preocupada por Eline, a la que acusarían de descuidar sus deberes y a la que quizá castigarían quitándole su tarde libre. No lo permitiría. Dejaría bien claro que la culpa era solo suya. La idea la tranquilizó. Se relajó, se preparó para una espera prolongada y se abanicó con la receta. En la sala sofocante flotaban los olores más variados. La fragancia de las hierbas aromáticas se mezclaba con las notas penetrantes de los aceites esenciales y del desinfectante, con el olor ácido del agua boricada, y con el perfume dulzón que llevaba una de las tres damas.

Estas parecían haber vuelto a olvidar la presencia de la muchacha. Seguían chismorreando sin bajar el tono y ahora estaban concentradas en la imprudencia de una mujer recién casada que no economizaba ni administraba el dinero como es debido, sino que había comprado un pastel un día laborable cualquiera para darle una dulce sorpresa a su marido, que regresaba de un viaje de negocios.

Sofie no entendía tanto escándalo. ¿Qué había de reprochable en que una mujer quisiera darle una alegría a su marido? Al fin y al cabo era una bonita muestra del amor que se tenían. Se miró fijamente las puntas de las botas de cordones, que asomaban bajo el dobladillo del abrigo, y siguió cavilando. ¿Sería eso lo que provocaba el disgusto o más bien la envidia de las cotillas? ¿La idea de que en un matrimonio reinaran el afecto y el cariño? A Sofie se le encogió el estómago. ¿Acaso era cierto que los matrimonios por amor no eran más que una utopía romántica que no resistía las exigencias del día a día? ¿Entonces por qué llevaban siglos habitando la literatura? ¿Y por qué había concedido Dios a los seres humanos la capacidad de sentir un amor profundo si al parecer este era inútil o incluso dañino? Hacía tiempo que sospechaba que eran sobre todo las personas desengañadas las que defendían esta opinión. Personas como esas cotorras, que puede que jamás hubieran conocido el amor.

Sofie aún reflexionaba sobre aquella envidia tan transparente cuando las tres damas escogieron una nueva víctima para sus lenguas afiladas. Su tono amortiguado y conspirador le hizo aguzar el oído.

—Imaginaos, si no salda sus deudas en un plazo de cuatro semanas, lo perderá todo —dijo Gudrid Asmund, una mujer huesuda en la cincuentena, de tez pálida y profundas arrugas, que conferían a su rostro un semblante severo.

Sofie imaginaba así las caras chupadas de los faquires ascetas. Hacía varias semanas se había publicado en la hoja parroquial un artículo sobre la misión noruega que convivía con la tribu santal en el noreste de la India. Sofie solo había leído por encima la información sobre el trabajo y los logros de los misioneros, pero en cambio había devorado las gráficas descripciones de un profesor que había emprendido un viaje por aquellas tierras exóticas, y más tarde había buscado más información sobre la India en el despacho de su padre con ayuda de la enciclopedia.

—Es horrible —susurró la esposa del oficial de correos Krogh, que a su vez era la hermana menor de la señora Asmund.

Al igual que esta, era de constitución delgada, pero no mostraba la misma dureza en su rostro. Los ojos azul pálido, que a menudo se inundaban de lágrimas y observaban el mundo entre parpadeos, acentuaban su carácter apocado.

—¿Y tu marido no puede hacer nada por...?

Al ver el gesto sombrío de su hermana enmudeció.

—¿Pero qué te has pensado, Ida? —siseó la señora Asmund.

—Creía que... bueno, eh... que al ser director del banco, tendría la posibilidad de... —respondió la señora Krogh en voz baja, y se calló.

—¡Como director de banco lo que tiene es una gran responsabilidad para con sus clientes! —replicó su hermana—. Sería de una dejadez punible por su parte, contraria al sentido común, que prestara sus ahorros a un hombre que después lo tirará a puñados por la ventana. Y aún digo más, estaría pecando si favoreciera ese tipo de comportamiento.

Sofie frunció el ceño. La arrogancia de la señora Asmund le causó una sensación amarga. ¿Cómo podía juzgar de forma tan dura y desalmada? ¿Y por qué estaba tan segura de que se trataba de un derroche voluntario? Las personas íntegras también podían verse en situaciones difíciles por descuido. Sus propios abuelos se habían salvado de milagro en los años ochenta, cuando una oleada de insolvencia acabó con decenas de comerciantes y empresarios que se habían avalado unos a otros y no habían podido abonar los elevados tipos de cambio de los bancos. Su abuelo materno, que jamás había adquirido deudas, se vio de un día para otro al borde de la quiebra por haber firmado como fiador de otras personas.

—Siento auténtica lástima por su mujer —intervino la esposa del sastre Skanke tironeándose del ribete de piel de su abrigo, que envolvía su figura regordeta como una tienda de campaña. El tono satisfecho de su voz desmentía su afirmación. Sofie sospechaba que solo había una única criatura en el mundo que podía despertar la ternura de Berntine Skanke: su pinscher miniatura Tuppsi, al que como de costumbre llevaba bajo el brazo en un bolso confeccionado expresamente para ello.

La señora Krogh asintió y suspiró:

—Sí, pobre Trude. El Señor sin duda le ha impuesto una vida difícil.

—Es posible. Pero compasiones aparte, en última instancia ella misma se lo ha buscado —dijo la señora Skanke encogiéndose de hombros.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la señora Krogh.

La señora Skanke levantó la mano en actitud aleccionadora.

—No es conveniente abandonar el lugar que se nos ha asignado. En este caso se hace evidente una vez más la verdad del versículo de la Biblia: antes de la caída, está la altivez. Si Trude hubiera permanecido con sus iguales, hoy tendría unos buenos ingresos, aunque modestos. Pero tuvo que embelesar al hijo del dueño del aserradero. Ya era grave que él no supiera manejar el dinero. La catástrofe llegó cuando ella no estuvo a la altura de un hogar de ese nivel y no lo administró con sensatez. Si él hubiera escogido una pareja de su posición, una mujer cuidadosamente preparada para ello, como nosotras...

Un chillido interrumpió su discurso. En su acaloramiento, la señora Skanke había apretado contra sí el bolso en el que llevaba a Tuppsi, y su amorcito había proferido un gimoteo de dolor.

—¡Ay, mi pobre Tuppsi! —exclamó y se giró para tranquilizar al perro. En ese momento el sacristán Blomsted se decidió por fin y pidió que le empaquetaran una bolsa de infusión de salvia y flores de camomila, un frasquito de tintura de propóleos y una lata de pastillas para la tos. Salió de la farmacia haciendo una ceremoniosa reverencia hacia las damas y dedicando a Sofie una amable sonrisa. La muchacha aprovechó la ocasión, dio un paso adelante y le tendió al ayudante la receta que debía canjear para su madre. Su esperanza de que la atendieran enseguida y de que pudiera volver a casa sin más retrasos no se cumplió.

—¡Sofie! ¡Pero bueno! ¿A qué viene tanto sigilo? —exclamó la señora Asmund.

Sonaba a reproche, como si fuera culpa de Sofie que hubieran ignorado u olvidado su presencia. La mujer carraspeó y prosiguió:

—Llegas justo a tiempo. Estaba pensando en pasar a visitaros para preguntar por la salud de tu madre, pero ahora puedes contármelo tú misma.

»Ya queda poco, ¿verdad? —añadió impaciente al ver que Sofie no tenía intención de responder.

Antes de que la muchacha pudiera decir nada, la señora Krogh señaló hacia el ayudante, que en ese momento rodeaba la estantería que dividía la estancia con la receta en la mano y desaparecía en la parte trasera de la tienda.

—¿Medicinas para tu madre? —preguntó—. ¡Espero que no sea mala señal! Si hay algo que podamos hacer por ella...

Sofie negó enérgicamente con la cabeza. Lo que les faltaba, que esas hienas aparecieran por su casa y se abalanzaran sobre su madre para crisparle los nervios con la excusa de querer ayudarla.

—Muy amable por su parte —respondió—. ¡Pero no es necesario! Mi madre se encuentra bien, solo está un poco cansada. Y lo de la receta no es nada preocupante. El doctor Pedersen solo le ha prescrito un ungüento para las piernas.

—¡Ay, la pobre tiene varices! —exclamó la señora Skanke, que había consolado a su perrito con una galleta y había vuelto a reunirse con las demás—. A mí también me trajeron de cabeza cuando estuve encinta. —Sacudió la cabeza—. Dios mío, ¡cuánto tiempo hace de eso ya! Es inconcebible tener que volver a sufrir estos pesares a una edad tan avanzada.

Dirigió una elocuente mirada a las otras dos mujeres. La señora Asmund le respondió con un asentimiento. Su hermana miraba a Sofie y se mordía el labio inferior. Era evidente que le resultaba incómodo el rumbo que estaba tomando la conversación. A sus acompañantes no parecía molestarles, y siguieron charlando imperturbables.

—Yo también me alegro de haberme desprendido de esa carga —declaró la señora Asmund.

—Bueno, al fin y al cabo hemos cumplido con nuestra labor —dijo la señora Skanke.

La señora Asmund sacó pecho.

—¡Y que lo digas! Tres varones sanos le di a mi marido. A cambio él tiene ahora la deferencia de no exigirme ya ninguna obligación conyugal.

La señora Krogh tosió levemente, dio un empujón a su hermana y señaló con la cabeza hacia Sofie.

—¡Gudrid, modérate! ¡Que hay jóvenes delante!

Sofie bajó rápidamente la mirada y esperó que el sonido gutural que se le había atascado en la garganta se interpretara como una señal de turbación juvenil y no se reconociera la risita que intentaba ahogar entre espasmos. La idea de que el director del banco no obligara a su esposa a cumplir con sus obligaciones matrimoniales (cualesquiera que fueran) por deferencia afectuosa era demasiado cómica. Toda la ciudad sabía que el señor Asmund tenía miedo de su esposa, tan delgada como conflictiva, y que aprovechaba agradecido cualquier oportunidad de escapar de su presencia y hacer prolongados viajes de negocios a Trondheim y a Christiania. Sofie suponía que los rumores de que se resarcía como hombre allá donde fuera estaban relacionados con los establecimientos impíos contra los que el pastor arremetía regularmente en sus sermones.

A Sofie le habría gustado saber más sobre aquellos lugares del pecado. Pero sobre todo se preguntaba qué tenían los instintos de los hombres que podían condenar a una mujer de la noche a la mañana. ¿Cómo podía ser eso compatible con la afirmación de que los señores de la creación eran más sensatos e inteligentes que lo que se conocía como el sexo débil, que al parecer estaba completamente sometido a sus emociones debido a la falta de juicio y fría imparcialidad? ¿No era eso una contradicción? Por un lado se exigía respeto y obediencia hacia los hombres por tratarse de personas de autoridad con más derechos, y al mismo tiempo se advertía de los instintos de esos mismos hombres, de los que había que guardarse. ¿Y por qué creía todo el mundo que había que tratar a las mujeres jóvenes como si fueran de cristal y protegerlas de ideas perniciosas? ¿No sería mejor explicarles los peligros con claridad y confiar en que las muchachas, en teoría inseguras e influenciables, los evitarían por sí mismas? ¿Esos tapujos y tabúes no conducían precisamente a una ignorancia fatal?

—¿Señorita Svartstein?

La voz del ayudante de farmacia sacó a Sofie de sus pensamientos. No se había enterado ni del enfrentamiento a media voz entre la señora Krogh y sus acompañantes, que discutían sobre los embarazos tardíos, ni del regreso del ayudante al mostrador. Este le tendía un tarro de cristal.

—Su madre puede frotarse las piernas con esto tres veces al día —le explicó—. ¿Quiere que apunte el importe en la cuenta?

Sofie asintió.

—Muchas gracias, muy amable. Mi padre la abonará a final de mes, como siempre.

Se metió el botecito del ungüento en el bolsillo del abrigo, murmuró un «hasta luego» a las damas y se deslizó por la puerta antes de que estas pudieran acribillarla con más preguntas. Bajó de un salto los tres escalones que conducían de la entrada de la farmacia a la calle. Sobre la puerta del edificio esquinero, de madera como casi todas las casas de la pequeña ciudad, relucía un león dorado. A la izquierda descendía la Hyttegata, una de las dos calles principales paralelas de Røros, que allí, en el cruce con la Rau-Veta, se transformaba en la Mørkstugata, la «calle de la cabaña oscura», bautizada así por el calabozo situado más arriba, un caserón sin ventanas.

Sofie se detuvo un instante y miró hacia el frente sin ver nada. El encuentro con las cotillas había despertado en ella sentimientos encontrados. Por un lado, aquellas damas que se vanagloriaban de su elevado estatus social eran una fuente inagotable de diversión. Sus mojigaterías, envidias y frivolidades la entretenían. Por otro lado, sus juicios mordaces y su estrechez de miras le causaban un vago malestar. En una ciudad pequeña como Røros los chismorreos podían arruinar una buena reputación y convertir la vida del afectado en un infierno. Era angustioso tener que estar siempre alerta y no dar motivos para la difamación.

Se recompuso y respiró hondo, pero acto seguido se arrepintió. Un fuerte ataque de tos le llenó los ojos de lágrimas. El aire fresco estaba viciado por el hedor sulfuroso de las densas nubes de vapor que el viento arrastraba desde la fundición cercana. Sofie se tapó la nariz con el chal, metió las manos en los bolsillos del abrigo y tomó la Storgata (la «calle grande», como se conocía popularmente a la Hyttegata) hacia la casa de sus padres.

Seguía pensando en las tres damas, a las que seguramente había desconcertado con su brusca salida. Se las imaginaba comentando acaloradas su comportamiento, que en el mejor de los casos disculparían por timidez, aunque era más probable que lo tacharan de grosero e impertinente. El domingo anterior, después de la misa, había oído de pasada un comentario que la mujer del pastor le había susurrado a una conocida cuando Sofie y su hermana Silje, siete años mayor, habían pasado junto a ellas.

—Es increíble que sean hermanas —había dicho—. Son completamente distintas.

Su interlocutora le había dado la razón y había descrito a las dos hermanas Svartstein como un alegre día de sol y una noche de niebla sombría.

Sofie no había dudado ni por un segundo a quién dedicaba esa segunda imagen. Desde que tenía uso de razón, recordaba las alabanzas que recibía su hermana por su carácter afable, su virtud y su buena educación. Ella en cambio era considerada retraída, ensimismada y terca. Algo que a ojos de sus críticos se reflejaba en su apariencia desgarbada, sus rebeldes rizos oscuros, su nariz pronunciada y sus ojos, un pelín demasiado separados. Para esas mismas personas, las curvas femeninas de Silje, su rostro bien proporcionado, su fino cabello trigueño y sus manos pequeñas eran la muestra de que el aspecto exterior de una persona puede muy bien ser el reflejo de la belleza interior. Sin embargo, en su coro de admiradores se mezclaban cada vez más voces críticas que reprobaban su perfección y discutían sobre si sería ese el motivo de que a sus veintiséis años Silje Svartstein aún no estuviera casada: que ella y sus padres tuvieran expectativas demasiado altas en lo relativo al esposo adecuado.

Sofie torció el gesto. ¿Cómo podía alguien elucubrar sobre semejantes estupideces? Cuando en realidad había cosas mucho más importantes. Por ejemplo, el inminente parto de su madre. Lo que había dicho Sofie de que solo estaba un poco cansada pero que por lo demás se encontraba bien era la versión que difundía fuera de casa por amor a su madre. En realidad, el embarazo había debilitado mucho a Ragnhild Svartstein, a pesar de que ella jamás lo habría reconocido. Sofie no se dejaba engañar por la alegría que manifestaba. Percibía el temor de su madre con tanta claridad como si fuera ella quien lo sentía. Aunque no habría sabido decir de qué tenía más miedo: de dar a luz a otra niña y fracasar definitivamente ante su marido, o del parto en sí. Sofie tenía claro que lo que le preocupaba era la vida de su madre, y maldecía el día en que esta le había confesado entre lágrimas de felicidad que Dios por fin había bendecido su cuerpo una vez más tras todos aquellos años de esperanzas frustradas.

solsticio-9

3

Bonn, mayo de 1895 – Clara

Tres semanas después de la recepción del club de remo, Clara y Paul se encaminaban de nuevo al Rin. Esa tarde su destino no era el edificio del embarcadero, sino el atracadero del transbordador situado más al norte, junto a la Josefstraße. Era la única opción para llegar al municipio de Vilich y a otros lugares de la orilla opuesta. Hacía ya varios años que el ayuntamiento de Bonn manejaba planos para la construcción de un puente. No solo para controlar el tráfico en constante crecimiento entre ambas márgenes, sino también para poder cruzar el río sin las trabas de la niebla, la oscuridad, las mareas o los témpanos de hielo en invierno. Sin embargo, un enconado pleito con los responsables de los transbordadores, que se temían drásticas pérdidas económicas, estaba retrasando el inicio de las obras.

A Clara no le daba ninguna pena. Le encantaba el reposado trayecto a través del Rin en la embarcación plana sujeta a un cable metálico anclado al lecho del río. Una hilera de botes de menor tamaño mantenía el cable en la superficie, de manera que el barquero, que corregía el curso del ferri con un timón desde la popa, aprovechaba la energía de la corriente para llevar a los pasajeros y la mercancía a la otra orilla.

—Mamá, ¿vamos a despegar? —preguntó Paul nervioso tironeando de la manga de Clara.

—¿Despegar? Claro que no, ¿cómo se te ha ocurrido eso? —respondió Clara mirando sorprendida a su hijo.

—El profesor nos ha dicho que esto es un puente volante.*

Paul levantó la mirada inseguro hacia su madre. Era evidente que le resultaba incómodo que el profesor afirmara algo de lo que su madre no sabía nada.

Clara se quedó perpleja y se echó a reír.

—¡Ah!, ahora lo entiendo. Se les llama así porque vuelan sobre el agua, por decirlo de algún modo, sin necesidad de velas o motores. Pero me temo que no pueden alzar el vuelo como los pájaros.

Paul se mostró disgustado.

—Qué pena. Me habría gustado volar por los aires.

Clara le acarició la mejilla.

—Estoy segura de que algún día lo harás. Continuamente se están inventando las máquinas más increíbles. Seguro que no tardarán mucho en construir un aparato volador. En Berlín hay un hombre que fabrica artefactos a vela. Creo que se llama Lilienthal.

A Paul se le iluminó la mirada.

—¡Ah, sí! El hombre que se fabricó alas. Papá me enseñó fotos de él. Me prometió que construiría una pequeña maqueta. Cuando tenga tiempo. —Dejó caer los hombros y añadió en voz baja—: Pero siempre está ocupado. Tiene taaaaanto trabajo...

—Es cierto. Tiene varias cosas que hacer antes de que nos marchemos. Pero cuando estemos en el barco podrá dedicarte más tiempo. El viaje durará varias semanas, y durante esos días no tendrá que trabajar.

Entretanto el transbordador había llegado a la otra orilla. Clara cogió a Paul de la mano y se dirigió a la calle principal que atravesaba Vilich. Paul señaló un campanario imponente con una cúpula que se alzaba a cierta distancia a su izquierda.

—¿Vamos ahí? —preguntó.

—¿A la iglesia de San Pedro? No, la verdad es que no lo tenía pensado —respondió Clara—. ¿Por qué lo preguntas?

—Una vez estuve con papá. Al lado hay un viejo castillo rodeado de agua. Dimos una vuelta y después caminamos hasta una gran plaza. Había un tiovivo. Y un teatro de marionetas. Y papá me compró almendras tostadas.

—Te refieres a la feria de Pützchen. Y todavía te acuerdas —dijo Clara levantando las cejas—. Hace ya casi un año de eso.

Paul brincaba arriba y abajo junto a ella.

—¿Puedo volver a montar en tiovivo?

Clara se reprendió en silencio por no haber pensado en que Paul podría acordarse. Ahora tendría que decepcionarlo. Se sorprendía una y otra vez de la nitidez con la que recordaba las cosas que había hecho con Olaf. Seguramente porque siempre era especial que su padre le dedicara tiempo.

—Lo siento mucho, pero la feria no se celebra hasta principios de septiembre. Para entonces ya llevaremos mucho tiempo en Samoa.

—¿Allí también hay ferias?

—Hummm, bueno, eh... No, creo que no —respondió Clara y añadió rápidamente—: Pero allí tendremos un jardín enorme con palmeras. Y te pondremos un columpio.

Clara se alegró de poder prometer a su hijo que cumplirían un deseo que albergaba desde hacía tiempo.

—¡Viva! —exclamó Paul mirándola radiante.

Siguieron caminando en silencio. Paul tarareaba una canción, Clara repasaba mentalmente aquello que debía hacer antes de su partida. Cuanto más se acercaba, más irreal le resultaba la idea de que en catorce días dejarían atrás su país. Nunca antes había salido de la provincia del Rin. Antes de conocer a Olaf, una excursión del colegio a Colonia había sido el viaje más largo que había hecho. Con su marido tampoco había viajado nunca. El sueldo del joven abogado les procuraba unos buenos ingresos y un bonito hogar, pero no podían permitirse estancias veraniegas en alguno de los populares balnearios, ni mucho menos unas vacaciones en el extranjero. Como regalo de bodas, el profesor Dahlmann les había obsequiado con un crucero río arriba hasta Bingen, donde pasaron una noche en una casa de huéspedes para regresar al día siguiente en ferrocarril. Desde entonces Clara había dormido todas las noches en su propia cama.

¿Volvería a ver Bonn algún día? Aunque Olaf aceptara otro puesto pasados unos años y se marchara de Samoa, era poco probable que regresara con su familia a la pequeña ciudad. Para un jurista ambicioso había lugares mucho más interesantes donde desarrollar su carrera profesional. Y cuanto más lejos estuvieran de su país de origen, más atractivos le resultaban a Olaf.

Clara nunca se había atrevido a insistir en que le contara qué le había sucedido en Noruega. La mezcla de dolor y rabia con la que la había mirado cuando ella le había preguntado por su familia poco antes de la boda la había silenciado. No había vuelto a sacar el tema nunca más, y había decidido no preguntar si no debían enviar al menos una imagen de los novios a sus padres e informarlos del enlace de su hijo. Se había guardado para sí la decepción por el sueño truncado. Anhelaba intensamente que el casamiento le permitiera formar parte de una familia de verdad, aunque esta viviera muy lejos, en otro país.

Entretanto habían dejado la calle principal y habían cruzado las vías del ferrocarril de la margen derecha del Rin. Ahora caminaban por la Hardtstraße hacia Pützchen, el destino de su excursión. Los edificios de dos o tres plantas del centro de Vilich dieron paso a pequeñas casas rodeadas por grandes jardines a ambos lados de la calle. No había ni una sola nube a la vista, las abejas zumbaban entre los frutales florecidos y los arriates, y en el aire flotaba el aroma dulce de la hierba recién cortada, que le recordaba al de la vainilla. No se veían muchos paseantes, de vez en cuando pasaba traqueteando un coche de caballos, y una bandada de gorriones que se peleaba por un cuscurro de pan se desperdigó entre piadas cuando se acercaron. Después de un cuarto de hora largo giraron hacia Adelheidisplatz, en cuyo extremo opuesto había un complejo de edificios que en uno de sus lados, hacia la calle, incluía una gran iglesia.

—Bueno, ya hemos llegado —dijo Clara.

Paul siguió su mirada y comentó:

—Parece muy nueva.

—Lo es. La vieja iglesia se quemó hace un par de años junto con el antiguo convento, así que los han reconstruido.

—¿Vamos a entrar?

—No, cariño. Quiero enseñarte otra cosa —respondió Clara.

Se dirigió a una abertura en el muro que rodeaba el terreno y entró en una zona algo apartada de la propiedad.

—Cuando tenía más o menos tu edad, la hermana Gerlinde me trajo aquí por primera vez —dijo Clara señalando una capillita junto al muro. Delante de ella había una gran cruz de piedra volcánica oscura. En la base había un tubito que vertía agua en una pila—. Esta es la fuente de Adelaida —explicó—. Adelaida era una noble que vivió aquí hace muchos siglos e hizo muchas cosas buenas. ¿Conoces su historia?

Paul negó con la cabeza y dijo titubeante:

—El profesor dice que los santos de Bonn son Casio y Florentino.

—Sí, eso es completamente cierto. Son los patrones de la ciudad, los que la protegen.

Paul frunció el ceño.

—No lo entiendo. ¿Cómo puede proteger la ciudad si no pudieron protegerse a sí mismos?

—¿A qué te refieres?

—Los mató un hombre malo porque no le obedecieron.

Clara asintió.

—Sí. Fue el emperador romano Maximiano. Era pagano y les ordenó que persiguieran a los cristianos porque... —Se detuvo—. ¿Sabes lo que es un pagano?

—Sí, los paganos odian a Jesús y van al infierno —respondió Paul.

La escueta definición hizo sonreír a Clara, que prosiguió:

—Creo que a ese emperador sobre todo le molestaba que los cristianos, es decir, las personas que creían en Dios, no lo idolatraran a él. Y por eso los persiguió. Como Casio y Florentino no quisieron ayudarlo, los ordenó matar.

—Pero ¿por qué no se defendieron? —preguntó Paul—. Eran soldados y tenían armas. ¿Por qué no lucharon?

Se calló y miró a Clara desconcertado. Ella le devolvió la mirada mientras buscaba una respuesta. ¿Cómo se le explicaba a un niño lo que era un mártir, y por qué algunas personas estaban dispuestas a morir por su fe?

—Ya sabes que las promesas hay que cumplirlas, ¿verdad? —comenzó lentamente.

Paul asintió.

—Casio y Florentino le habían prometido a Jesús que nunca lo traicionarían, ni a él ni a su propia fe en él. Pero eso fue lo que les pidió ese emperador malvado. Para demostrar su lealtad a Jesús, prefirieron dejarse matar que romper su juramento.

El rostro de Paul se iluminó.

—Igual que los soldados, que le juran al emperador Guillermo que siempre le servirán con lealtad y harán todo lo posible para que no le pase nada malo. Eso me lo ha contado Karli. Su hermano mayor pronto será soldado y se ha aprendido el juramento de memoria para no equivocarse al recitarlo.

Para alivio de Clara, Paul se dio por satisfecho con esa explicación.

—¿Me cuentas la historia de Adelaida? ¿A ella también la mataron por creer en Jesús? —preguntó señalando la capilla.

—No, ella murió en paz. Era abadesa, es decir, la monja más importante de un convento, y se preocupó mucho por los pobres. Se dice que en este lugar obró un milagro.

—¿Un milagro?

Paul abrió los ojos como platos. Seguía absorto las palabras de Clara.

—Por aquel entonces la zona sufría una terrible sequía. Llevaba meses sin llover, los campos de los agricultores se estaban secando, y el ganado se moría de sed. La población, desesperada, suplicó a Adelaida que los ayudara. Ella rezó y clavó su báculo en la tierra aquí, en este mismo lugar. Y hete aquí que del suelo brotó un chorro de agua y...

—Y la gente pudo regar sus campos y dar de beber a sus animales —terminó Paul la frase con aplausos.

—Desde entonces, este lugar se llama Pützchen, que viene de la palabra latina puteus y significa fuente o manantial. —Tomó la mano de Paul—. Y ahora le daremos los buenos días a Adelaida.

Le sonrió y se vio a sí misma apenas veinte años atrás correteando junto a la hermana Gerlinde, inclinada ante el altar, que le había hablado de la santa casi con las mismas palabras. Cuando Clara quiso saber entonces si aquellos milagros aún se producían, la monja le guiñó el ojo.

—Quién sabe. No negaré que los milagros divinos existen. Pero Adelaida era una mujer muy culta e inteligente. No me extrañaría que no fuera casualidad que buscara el agua a los pies del Ennert. Aquí el suelo es muy arcilloso, de manera que es impermeable. Quizás Adelaida intuyera que el agua subterránea que descendía por las laderas del Ennert se acumulaba sobre esa capa de arcilla.

Esa sospecha sumió a Clara en un dilema. Por un lado estaba desencantada por el revelamiento del milagro, pero por otro, la inteligencia de Adelaida le causó una profunda impresión. A lo largo de los años siguientes, este aspecto se impuso. La abadesa se convirtió en el modelo de Clara. Adelaida no solo cuidaba enfermos, daba clases a las niñas del colegio y administraba dos conventos, sino que además siempre escuchaba a todos aquellos que se dirigían a ella con sus preocupaciones y sus necesidades. Clara la escogió como su patrona personal, con la que mantenía diálogos interiores cuando no sabía qué hacer. En sus fantasías infantiles, la imagen de la monja medieval se fundía con la de la hermana Gerlinde, que murió pocos meses después de su excursión a Pützchen.

Clara visitaba la capilla de Adelaida siempre que podía. En aquel lugar tenía la impresión de estar cerca de sus seres queridos fallecidos; la sensación era mucho más intensa que en la iglesia de Peregrinación o en la gran iglesia de San Pedro, que albergaba el sarcófago del santo. Solo evitaba el cementerio en septiembre, ya que durante la feria centenares de fieles peregrinaban hasta la fuente de Adelaida, a cuyas aguas se les atribuían poderes curativos contra las enfermedades de los ojos. A pesar de tener que reconocer que era un gesto anticristiano y de estar oyendo el tono reprobatorio con el que la hermana Gerlinde corregía los arrebatos egoístas de su protegida y la estimulaba a la generosidad y al amor hacia el prójimo, Clara no quería compartir «su» santa con extraños.

Ese día entre semana Paul y ella tenían la capilla para ellos solos. La luz del sol entraba por la ventana lateral y bañaba la pequeña estancia en un amarillo cálido. Clara se humedeció los dedos con el agua bendita que había en un cuenquito junto a la puerta, se santiguó y dobló una rodilla ante el altar. Paul la miró con atención y la imitó. Juntos se acercaron a la figura de la santa, que se apoyaba en su báculo de abadesa en un nicho sobre la mesa del altar y con una media sonrisa miraba el plato con una pequeña hogaza de pan que sostenía en la otra mano.

—Parece simpática —susurró Paul después de un breve silencio—. ¿Ha hecho ella el pan?

—No creo. Tenía muchas otras cosas que hacer. Pero ella y sus monjas se lo daban a los pobres. Hoy en día se sigue horneando en su honor el pan de Adelaida, que se reparte a los peregrinos que vienen aquí.

—¿Puedo encender una vela? —preguntó Paul señalando una de las bases en las que podían colocarse delgadas velas como ofrenda.

—Pues claro. Justo te lo iba a proponer.

Metió un par de monedas en el cepillo y dejó que Paul colocara dos velas una junto a otra. A ella le tembló un poco la mano al encenderlas.

—¿Estás triste, mamá? —preguntó Paul mirándola atentamente a los ojos.

—Un poco —murmuró Clara.

Paul le cogió la mano.

—Podemos llevarnos una imagen de Adelaida a Samoa. Así estará siempre contigo aunque no puedas visitarla.

Clara le rodeó los hombros con el brazo y lo acercó hacia sí. Sintió un profundo agradecimiento. Era uno de esos momentos en los que apenas podía creer la suerte de haber sido bendecida con un niño tan sensible y cariñoso.

Dirigió la mirada a la estatua y rezó en silencio: «Haré todo lo que sea necesario para que Paul sea feliz. Tócalo con tu mano y dame fuerza para protegerlo de peligros e injusticias. Te lo pido de corazón. Amén.»

Se le hizo un nudo en la garganta. En ese momento fue realmente consciente de la inminente despedida. Llevaría consigo en el corazón los recuerdos de la hermana Gerlinde allá donde fuera, así como el profundo vínculo con la bendita Adelaida. Sin embargo, echaría en falta la modesta capilla, que le infundía una sensación de protección mayor que ningún otro lugar. Se le humedecieron los ojos solo de pensar que podía ser la última vez que estuviera allí.

* Este tipo de embarcación se conoce en alemán como fliegende Brücke, es decir, «puente volante». (N. de la T.)

solsticio-10

4

Røros, mayo de 1895 – Sofie

Con el sonido de las campanas de fondo, los dolientes se reunían junto al muro del extremo inferior del cementerio reservado a los habitantes adinerados y distinguidos de la ciudad. Incluso después de la muerte, los miembros de una determinada capa social seguían rodeados por sus congéneres: los ricos, a pocos pasos de la entrada a la iglesia; los más pobres, más allá del cementerio propiamente dicho, en un prado cubierto de abedules.

Los Svartstein enterraban a sus seres queridos desde hacía muchas generaciones en un panteón familiar rodeado por una elaborada verja de hierro forjado. Esa tarde estaba a la sombra de la Bergstadens Ziir, la impresionante iglesia octogonal construida durante el apogeo de la extracción de cobre «en honor a Dios y para gloria de la ciudad minera», como proclamaba la inscripción sobre la puerta principal.

El imponente campanario alcanzaba los cincuenta metros de altura, era un símbolo de Røros, y se veía a una gran distancia. Desde la entrada había una buena vista de la ciudad, delimitada al oeste por el río Glåma. A la izquierda, delante de la fundición, se extendía la Malmplass, en la que se apilaban leña y fragmentos de roca. Estos últimos se pesaban en una gran balanza antes de fundir el cobre que contenían. Al borde de la «plaza del mineral» se apretujaban las cabañas de los trabajadores, entre las que asomaban los montones de escoria rojiza y marrón oscura, que parecían toperas. A la derecha discurrían las dos calles principales paralelas, y numerosas callejuelas flanqueadas por casas, comercios, el colegio y otros edificios públicos.

Doscientos cincuenta años atrás, la zona estaba densamente poblada de bosques. Un par de familias se habían asentado allí y se habían alimentado de la ganadería, la caza y la pesca. El descubrimiento y la explotación de los yacimientos de cobre habían dejado su impronta en el paisaje. En pocas décadas, cientos de mineros, artesanos y otros trabajadores se mudaron a la ciudad, que crecía a gran velocidad. La enorme demanda de leña y los vapores sulfurosos tóxicos de las fundiciones habían transformado poco a poco la meseta en un paisaje lunar estéril que se abría como una fea herida en un entorno cubierto por bosques de abedules y pinos, lagos y pastos.

Sofie estaba con la cabeza gacha junto a su hermana Silje. Se alegraba de poder ocultar su rostro tras el tupido velo de encaje negro. La protegía de las miradas de los demás, a los que no distinguía como individuos, sino que formaban una masa oscura que la rodeaba como un muro. Tenía los ojos clavados en el ataúd blanco, que desaparecía bajo un centro de peonías rosas, las flores preferidas de Ragnhild Svartstein. Los abuelos las habían traído de Trondheim, como un último adiós del jardín que tanto amaba su hija. Sofie veía al párroco mover la boca. El panegírico le llegaba como un murmullo lejano. No se sentía capaz de comprender su significado. Solo podía pensar en dos únicas palabras, que le martilleaban incesante la cabeza desde hacía varios días: ¿por qué? ¿Por qué había tenido que morir su madre?

El sacerdote hizo la señal de la cruz e indicó a los portadores que descolgaran el ataúd hacia el profundo agujero que se abría en la tierra. Mientras los hombres agarraban las cuerdas, entonó una canción a la que se sumaron los presentes:

O bli hos meg! Nå er det aftentid,

og mørket stiger – dvel, o Herre blid!

Når annen hjelp blir støv og duger ei,

du, hjelpeløses hjelper, bli hos meg!

¡Oh, acompáñame! Ahora que anochece y oscurece

—¡quédate conmigo, Dios bondadoso!

Cuando nada más me ayuda ni me sirve, tú,

que amparas a los desamparados, ¡acompáñame!

El ataúd desapareció lentamente en la fosa. Sofie se llevó la mano al cuello. Todo el cuerpo le pedía gritar: «¡No, no, no puede bajar ahí, a esa horrible oscuridad! ¡No puede ser ella, que tanto amaba la luz!» Al mismo tiempo le parecía completamente absurdo que su madre estuviera dentro de esa caja. Junto con el pequeño, que solo la había sobrevivido unas

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