El cuerpo humano

Paolo Giordano

Fragmento

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En los años que siguieron a la misión, cada uno de los muchachos se esforzó para que su vida se volviera irreconocible, hasta que los recuerdos de la otra, de la existencia anterior, quedaron impregnados de una luz falsa, artificial, y ellos mismos se convencieron de que nada de lo sucedido había sucedido de verdad, o por lo menos no a ellos.

También el teniente Egitto hizo cuanto pudo para olvidar. Cambió de ciudad, de regimiento, el largo de la barba y los hábitos alimentarios, redefinió varios y antiguos conflictos privados y aprendió a no involucrarse en otros que no le concernían, algo que antes no sabía diferenciar. No está claro si la transformación obedece a un plan o es fruto de un proceso anárquico, pero tampoco le interesa saberlo. Para él lo esencial, desde el principio, fue excavar una trinchera entre el presente y el pasado: un refugio que ni siquiera la memoria lograse violar.

Y sin embargo, en la lista de cosas de las que ha conseguido desembarazarse falta precisamente la que lo devuelve con mayor claridad a los días pasados en el valle: trece meses después de que acabara la misión, Egitto sigue luciendo el uniforme de oficial. Las dos estrellas bordadas se exhiben en el centro del pecho, en exacta correspondencia con el corazón. Más de una vez, el teniente ha fantaseado con la idea de refugiarse entre los civiles, pero el uniforme militar se adhirió a su cuerpo centímetro a centímetro, el sudor destiñó el estampado de la tela y le impregnó la piel. Está seguro de que, si ahora se lo quitara, se arrancaría también la epidermis y él, que ya se siente incómodo ante la simple desnudez, quedaría más expuesto de lo que podría soportar. Además, ¿para qué? Un soldado nunca deja de ser un soldado. A sus treinta y un años, el teniente se ha resignado a ver el uniforme como un accidente inevitable, una enfermedad crónica del destino, patente pero indolora. La contradicción más flagrante de su vida se ha transformado al final en lo único que da continuidad a la misma.

Es una mañana límpida de principios de abril, el cuero de las botas de los militares que desfilan reluce a cada paso. Egitto aún no se ha acostumbrado a la nitidez cargada de promesas de que hace gala el cielo de Belluno en días como ésos. El viento que baja de los Alpes arrastra consigo el frío de los glaciares, pero cuando amaina y deja de maltratar los estandartes se percibe una temperatura insólitamente elevada para la época del año. En el cuartel ha habido una sonada discusión sobre la conveniencia de coger la bufanda y al final han decidido que no, y el aviso ha circulado a voz en grito por los pasillos y diferentes pisos. Los civiles, en cambio, no saben qué hacer con sus cazadoras, si llevarlas al hombro o colgadas del brazo.

Egitto se quita el sombrero y se arregla los mechones húmedos de sudor. El coronel Ballesio, que está de pie a su izquierda, se vuelve y le dice:

—¡Qué asco, teniente! Sacúdase la chaqueta. Vuelve a tenerla llena de esa cosa. —Y como si Egitto no fuese capaz de hacerlo solo, le limpia la espalda con la mano—. Qué desastre —refunfuña.

A la orden de «¡Descansen!», los que tienen asiento en las gradas, como él, se acomodan. Por fin, Egitto puede bajarse los calcetines hasta los tobillos. El picor se mitiga, pero sólo unos segundos.

—¿Sabe lo que me ocurrió el otro día? —dice Ballesio—. Mi hija pequeña se puso a desfilar por el salón y me dijo: «Mira, papá, mírame, también soy un coronel.» Se había disfrazado con la bata del colegio y una gorra. Pues bien, ¿sabe qué hice?

—No, señor.

—Le di una buena tunda. En serio. Después le grité que no quería volver a verla imitando a un soldado. Y que además nunca podría alistarse, porque tiene los pies planos. Se echó a llorar, pobre criatura. Ni siquiera supe explicarle por qué me había enfadado tanto. Pero estaba furibundo, créame, fuera de mí. Dígame la verdad, teniente, ¿cree que me pasé de rosca?

Egitto ha aprendido a desconfiar de las peticiones de franqueza del coronel, así que responde:

—Puede que sólo intentase protegerla.

Ballesio hace una mueca, como si le hubiese contestado una estupidez.

—Puede. Mejor así. En este período tengo miedo de que se me afloje algún tornillo, ¿entiende? —Estira las piernas y a continuación se recoloca indecorosamente la goma de los calzoncillos a través de la pernera—. No dejo de oír historias sobre tipos que pierden la chaveta de un día para otro. ¿Cree que debería hacer una de esas visitas neurológicas, teniente? ¿Hacerme un electro o algo por el estilo?

—No veo por qué motivo, señor.

—Quizá podría reconocerme usted. Mirarme las pupilas y esas cosas.

—Yo soy traumatólogo, señor.

—Pero ¡algo le habrán enseñado, digo yo!

—Si quiere, puedo sugerirle el nombre de un colega.

Ballesio suelta un gruñido. Dos arrugas profundas le flanquean los labios, delimitándole el morro como les ocurre a los peces. Cuando Egitto lo conoció no estaba tan consumido.

—Su meticulosidad no me gusta, teniente, ¿se lo he dicho alguna vez? Quizá por ser tan meticuloso se encuentre así. Relájese de vez en cuando, intente tomarse las cosas como vienen. O búsquese un pasatiempo. ¿Ha pensado alguna vez en tener hijos?

—¿Disculpe?

—Hijos, teniente. Hijos.

—No, señor.

—Pues no sé a qué espera. Un hijo le libraría de ciertos pensamientos. Lo observo, ¿sabe? Siempre está rumiando... Pero ¡mire cómo ha formado esa compañía, parecen machos cabríos!

Egitto sigue la trayectoria visual de Ballesio en dirección al estandarte de la banda y algo más lejos, donde empieza el prado. Un hombre entre el público llama su atención. Lleva un niño subido a los hombros y está muy erguido, en una postura extrañamente marcial. La familiaridad se manifiesta siempre en el teniente Egitto como un miedo vago, y de repente se inquieta. Cuando el hombre se lleva un puño a la boca para toser, reconoce al subteniente René.

—Pero ¿ese de ahí no es...? —Y se interrumpe.

—¿Quién? ¿El qué? —pregunta el coronel.

—Nada. Perdone.

Antonio René. El último día se despidieron en el aeropuerto con un formal apretón de manos y desde ese momento Egitto no había vuelto a pensar en él, al menos no en concreto. Por lo general, sus recuerdos de la misión adoptan un carácter colectivo.

Pierde interés por el desfile y se dedica a espiar de lejos al subteniente. No se ha adentrado lo suficiente en la multitud para llegar hasta las primeras filas, así que es probable que desde donde se encuentra no vea mucho. En lo alto de sus hombros, el niño señala a los soldados y los estandartes, a los miembros de la banda, se aferra al pelo de René como si fuesen riendas. El pelo, eso es. En el valle el subteniente lo llevaba al rape, mientras que hoy le tapa casi las orejas; es castaño, ligeramente ondulado. René es otro prófugo de su pasado, también él ha cambiado su cara para no reencontrarse.

Ballesio está hablándole de una taquicardia que, por descontado, no padece.

—Pase por mi casa esta tarde —le responde Egitto distraídamente—. Le recetaré un ansiolítico.

—¿Un ansiolítico? ¿Está gilipollas? ¡Esas cosas te dejan hecho un asco!

Tres cazabombarderos desarmados sobrevuelan como un rayo a baja altura la plaza y luego se elevan de repente dibujando estelas de colores en el cielo. Giran y entrelazan sus recorridos. El niño al que lleva a hombros René está maravillado. Al igual que la suya, un centenar de cabezas se alzan, todas salvo las de los soldados en formación, que siguen mirando inmutables algo que sólo está delante de ellos.

Al finalizar la ceremonia, Egitto se abre paso entre la multitud. Las familias deambulan por la plaza y tiene que esquivarlas. A quienes intentan pararlo les da un apretón de manos apresurado. No le quita ojo al subteniente. Por un instante ha tenido la impresión de que estaba a punto de volverse y marcharse, pero se ha quedado. Egitto se acerca a él y cuando lo tiene enfrente se quita el sombrero.

—René —dice.

—Hola, doc.

El subteniente deja al niño en el suelo. Una mujer se aproxima a él y lo coge de la mano. Egitto la saluda con un gesto de cabeza, pero ella no le devuelve el saludo, aprieta los labios y da un paso atrás. Nervioso, René rebusca en el bolsillo de la cazadora, saca un paquete de cigarrillos y enciende uno. Eso no ha cambiado: sigue fumando los mismos cigarrillos blancos y finos, de mujer.

—¿Cómo está, subteniente?

—Bien —se apresura a contestar René. Y lo repite, pero con menor vehemencia—: Bien. Intento ayudarme.

—Eso es bueno. Hay que ayudarse.

—¿Y usted, doc?

Egitto sonríe.

—Yo también voy saliendo adelante como puedo.

—Entonces no le dieron demasiados disgustos por aquella historia. —Parece que le cueste un gran esfuerzo formular la frase. Como si no le importase mucho, a pesar de todo.

—Un procedimiento disciplinar. Cuatro meses de suspensión del servicio y varias audiencias inútiles. Ésas fueron el verdadero castigo. Ya sabe cómo es.

—Mejor para usted.

—Mejor para mí, eso. En cambio, usted prefirió ceder.

Podría haberse expresado de otra forma, usar otro verbo en vez de «ceder»: cambiar, dimitir. Ceder implica rendirse. De todas formas, René no se detiene en ese punto.

—Trabajo en un restaurante —dice—. En Oderzo. Soy el encargado de la sala.

—Siempre al mando, en definitiva.

René suspira.

—Al mando. Eso es.

—¿Y los demás muchachos?

René roza con el pie unas hierbas que sobresalen por los intersticios del adoquinado.

—No los veo desde hace mucho.

Ahora la mujer toma del brazo al subteniente, como si pretendiese llevárselo de allí, salvarlo del uniforme de Egitto y de los recuerdos comunes. Le lanza miradas fugaces y rencorosas. René, en cambio, evita mirarlo, pero por un instante se concentra en el temblor de la pluma negra del sombrero y a Egitto le parece percibir una punzada de nostalgia.

Una nube oculta el sol y la luz mengua de repente. El teniente y el ex subteniente callan. Compartieron el momento más importante de sus vidas, los dos, de pie, igual que ahora mismo, sólo que en pleno desierto y rodeados de acorazados. ¿Cómo es posible que no tengan nada que decirse?

—Vámonos a casa —le susurra la mujer a René.

—Por supuesto. No quiero entretenerlos. Buena suerte, subteniente.

El niño tiende los brazos hacia René para que lo suba de nuevo a hombros, lloriquea, pero él no parece verlo.

—Puede venir a verme al restaurante —propone René—. Es bueno. Bastante bueno.

—Sólo si me trata con todos los honores.

—Es un buen restaurante —repite René distraído.

—Iré, cuente con ello —asegura Egitto.

Pero para ambos es evidente que se trata de una de las innumerables promesas que nunca cumplirán.

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PRIMERA PARTE

Experiencias en el desierto

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Tres promesas

Primero llegaron los discursos. El ciclo de lecciones propedéuticas del capitán Masiero —treinta y seis horas en las que los soldados recibieron un baño de historia de Oriente Medio, de información técnica sobre las complicaciones estratégicas del conflicto, y durante las que también se habló, con las inevitables bromas, de las extensiones ilimitadas de plantaciones de marihuana en Afganistán occidental—, pero sobre todo los relatos de los colegas que ya habían prestado servicio en el territorio y que ahora, con cierta condescendencia, prodigaban consejos a quienes se disponían a partir.

Con la cabeza más baja respecto al cuerpo en el banco inclinado donde acababa de concluir la cuarta serie de abdominales, el cabo Ietri escucha con interés creciente la conversación entre dos veteranos. Están hablando de una tal Marica, destinada en la base de Herat. Al final cede a la curiosidad y se entromete.

—¿De verdad hay tantas chicas?

Los colegas intercambian una mirada cargada de sobreentendidos, estaban al acecho.

—Las que quieras, tío —afirma uno—. Y no son como las mujeres a las que estamos acostumbrados aquí.

—Oh, no, allí pasan de todo.

—Están lejos de casa y se aburren, así que están dispuestas a cualquier cosa.

—A cualquier cosa, créeme.

—En ningún maldito campamento de verano se folla tanto como de misión.

—Además están las americanas.

—¡Uf, las americanas!

A continuación le cuentan lo de la secretaria de un coronel, que se llevó a tres suboficiales a su tienda y no los echó de allí hasta el amanecer, trastornados, no, a nosotros no, ojalá, era gente de otra compañía, pero en la base todos lo sabían. Los ojos de Ietri van del uno al otro mientras la sangre le fluye de los pies a la cabeza, exaltándolo. Cuando sale del gimnasio al aire aterciopelado de la noche estival, su mente es un hervidero de fantasías desenfrenadas.

Con toda probabilidad, es él mismo quien ha dado rienda suelta a ciertos rumores entre los chicos del tercer pelotón, rumores que tras un largo recorrido vuelven a sus oídos y en los cuales acaba creyendo con mayor convicción que nadie. El temor escéptico a la muerte se mezcla con un ansia de aventura que toma la delantera. Ietri se imagina a las mujeres que conocerá en Afganistán, las sonrisas maliciosas durante la formación matutina, la inflexión extranjera con que dirán su nombre.

Incluso en las lecciones del capitán Masiero se dedica a vestirlas y desvestirlas sin cesar.

—¡Cabo Ietri!

Mentalmente, las llama a todas Jennifer, aunque no tiene la menor idea de dónde ha sacado ese nombre. Jennifer, oooh, Jennifer...

—¡Cabo Ietri!

—¡A la orden!

—¿Sería tan amable de repetir lo que he dicho?

—Por supuesto, capitán. Hablaba... de las tribus... me parece.

—¿Se refiere quizá a las etnias?

—Sí, señor.

—¿Y a qué etnia en concreto me refería?

—Creo que a los... No lo sé, señor.

—Salga de inmediato del aula, cabo.

La verdad espinosa es que Ietri jamás ha estado con una mujer, al menos no del modo que él considera «completo». Nadie del pelotón está al corriente, si lo descubrieran sería un desastre. Bueno, lo sabe Cederna, Ietri mismo acabó contándoselo en el pub, una noche en que estaban achispados y con ganas de confidencias.

—¿Completo? ¿Quieres decir que nunca has follado?

—¡No grites!

—Tienes un problema, tío. Un verdadero problema, ¡joder!

—Lo sé.

—¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

—Joder. Te has perdido los mejores años. Escúchame bien, es importante. La herramienta de ahí abajo es igual que un fusil. Un cinco y cincuenta y seis con culata metálica y sistema de puntería láser. —Cederna sujeta un arma invisible y apunta contra el amigo—. Si te olvidas de engrasar el cañón, acaba encasquillándose.

Ietri baja la mirada y la fija en la jarra de cerveza. Bebe un sorbo demasiado grande y le entra tos. Encasquillado. Es un joven encasquillado.

—Incluso Mitrano echa un polvo de vez en cuando —comenta Cederna.

—Pero pagando.

—Tú también podrías.

Ietri niega con la cabeza. No va a pagarle a una mujer.

—Recapitulemos, entonces —dice Cederna, imitando la voz del capitán Masiero—. No resulta nada difícil, cabo Ietri. Escúcheme con atención. Usted conoce a una mujer que le gusta, evalúa el tamaño de las tetas y de las posaderas (a un servidor, por ejemplo, le gustan las dos cosas grandes, pero ciertos pervertidos prefieren que estén como un fideo), a continuación se acerca a ella, le suelta cuatro gilipolleces y por último le pregunta si tiene ganas de perderse con usted un rato.

—¿Si tiene ganas de perderse conmigo?

—Bueno, quizá no exactamente así. Depende de la situación.

—Oye, que sé cómo se hace. Lo que pasa es que no he conocido a la mujer adecuada.

Cederna da un puñetazo en la mesa. Los cubiertos saltan en los platos vacíos ya de patatas fritas y los de las otras mesas los miran.

—¡Ésa es la cuestión! No existe una mujer adecuada. ¡Todas lo son! Porque todas tienen... —Y especifica el órgano haciendo un rombo con los dedos—. Como sea, en cuanto empiezas te das cuenta de que es muy fácil.

El tono de Cederna lo exaspera un poco. No quiere que lo compadezcan, aunque las palabras de su amigo también resultan reconfortantes. Ietri oscila entre la irritación y el agradecimiento. Le gustaría preguntarle a qué edad comenzó él, pero teme la respuesta: Cederna es muy listo, además de muy guapo, tiene una frente amplia y una sonrisa rebosante de dientes blancos y desfachatez.

—Eres tan grande como un dinosaurio y te asustan las mujeres, qué absurdo.

—¡Baja la voz!

—Yo creo que es por tu madre.

—¿Qué tiene que ver mi madre? —Ietri aprieta la servilleta en el puño, y un grumo oculto de mayonesa le explota en la mano.

—Mamaíta, mamaíta, ¿qué quieren todas estas mujercitas de mí? —gimotea Cederna con voz de falsete.

—¡Para, que te oyen todos!

Ietri no se atreve a pedirle su servilleta. Se limpia en el canto de la silla. Con un dedo roza algo que hay pegado debajo.

Cederna cruza los brazos satisfecho, mientras el ánimo de Ietri se ensombrece cada vez más. Dibuja círculos en la mesa con el fondo húmedo del vaso.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Ya verás como encuentras una tonta que se abre de piernas. Antes o después.

—No es que me importe mucho.

—Dentro de nada nos vamos de misión. Dicen que no existe un lugar mejor. Las americanas son unas salidas...

A los muchachos se les concede un fin de semana de permiso antes del traslado, que casi todos pasan con sus respectivas novias, las cuales han tenido ideas tan extravagantes como picnics a orillas de un lago o maratones de películas románticas, cuando lo que de verdad quieren los soldados es una buena sobredosis de sexo en previsión de la abstinencia de los próximos meses.

La madre de Ietri llega a Belluno da Torremaggiore en el tren nocturno. Juntos hacen varios recados en el centro y luego van al cuartel, donde él comparte una habitación con ocho, desordenada y sofocante. Ella no pierde ocasión de comentarlo.

—La culpa la tiene el trabajo que has elegido, con lo inteligente que eres y las cosas que podrías haber hecho...

El cabo se pone nervioso y necesita salir, así que con una excusa se refugia en un extremo de la explanada a fumar. Cuando regresa, descubre a su madre estrechando la fotografía de su juramento contra el pecho.

—Oye, que todavía no me he muerto —dice.

La mujer abre los ojos como platos. Le da un sonoro bofetón.

—No vuelvas a decir una cosa así. ¡Desgraciado!

Quiere ocuparse a toda costa del equipaje («Mamá sabe que te olvidas de todo»). Ietri dormita mientras la observa colocar escrupulosamente la ropa sobre la cama. De vez en cuando se distrae y su mente vuelve a las americanas. Se abandona a un duermevela excitante, moja de baba la almohada.

—Te he puesto en el bolsillo lateral la crema hidratante y las pastillas de jabón, una de lavanda y la otra neutra. Usa la neutra para la cara, tienes la piel delicada. He metido también varios chicles por si alguna vez no puedes lavarte los dientes.

Por la noche comparten cama de matrimonio en una pensión desierta y Ietri se asombra de que no lo avergüence dormir con su madre, incluso ahora que es un hombre y después de haber pasado tanto tiempo lejos de casa. Ni siquiera le parece extraño que su madre le coloque la cabeza en su pecho, mullido bajo el camisón, y lo mantenga así, escuchando los vigorosos latidos de su corazón hasta que se duerme.

La tormenta que ha estallado después de cenar ilumina de forma intermitente la habitación y el cuerpo de su madre se sobresalta con el estruendo de los truenos, como si la asustaran en sueños. Son más de las once cuando Ietri se desliza fuera de las sábanas. En la oscuridad vacía el bolsillo de la mochila y lo tira todo a la papelera, bien al fondo para que no se note. A continuación lo llena con las botas de recambio y los profilácticos de varias formas que escondió en la chaqueta, tantos que le bastarían a su pelotón para un mes ininterrumpido de guarrerías.

Cuando vuelve a acostarse, cambia de opinión. Se levanta otra vez y rebusca a tientas los chicles en la basura: nunca se sabe, podrían serle útiles en caso de que se encuentre cerca de la boca anhelante de una americana y no se haya lavado los dientes.

Jennifer, oooh, Jennifer.

En ese momento, Cederna y su novia acaban de regresar al piso que comparten desde hace poco menos de un año. La tormenta los ha sorprendido en la calle, pero ellos estaban tan eufóricos que no han buscado refugio. Han seguido tambaleándose bajo el chaparrón, parándose de vez en cuando para darse largos besos con mucha lengua.

La velada toma un excelente cariz, pese a no haber empezado muy bien. Desde hace tiempo a Agnese le ha dado por los restaurantes exóticos y justo esa noche en que Cederna tenía ganas de divertirse sin más, de despedirse con una cena como corresponde, se había emperrado en ir a un restaurante japonés al que habían ido unas amigas de la universidad.

—Será algo especial —dijo.

Pero Cederna no tenía ganas de nada especial.

—No me gusta la comida asiática.

—Nunca la has probado.

—Sí la he probado. Una vez.

—No es cierto. Pareces un niño.

—Oye, no me hables así.

Cuando comprendió que se arriesgaban a pelearse de verdad, dio su brazo a torcer y dijo de acuerdo, vamos al maldito sushi-bar; a fin de cuentas, la noche ya estaba medio estropeada.

En el restaurante, sin embargo, no probó bocado y se pasó el rato cachondeándose de la camarera, que se inclinaba sin parar y llevaba calcetines de algodón con chancletas. Agnese trataba de explicarle cómo coger los palillos y se veía a la legua que estaba encantada con el papel de maestrilla. Él hizo sólo un intento, después se metió la punta de los palillos en la nariz y se puso a hablar como un subnormal.

—¿No podrías probar al menos? —estalló Agnese.

—¿Probar qué?

—A comportarte como una persona civilizada.

—No puedo ser más civilizado —repuso Cederna, inclinándose hacia ella—. Son ellos los que se han equivocado de sitio. Mira fuera, a ver... ¿Te parece que estamos en Japón?

No se dirigieron la palabra durante el resto de la cena; una cena en la que él se obstinó en no comer nada, ni siquiera las verduras rebozadas, que no tenían tan mala pinta, mientras Agnese se esforzaba por acabárselo todo para demostrarle que era mucho más valiente y liberal que él. Pero lo peor llegó después, con la cuenta.

—Ahora sí que la lío —dijo Cederna, poniendo los ojos en blanco.

—Pago yo. Ya está bien de numeritos.

—No consiento que mi mujer me pague la cena —repuso él intimidándola, y le tiró la tarjeta de crédito a la camarera, que se inclinó por enésima vez al recogerla—. ¡Vaya sitio de mierda! —exclamó al salir—. Me has jodido la última noche de libertad, no sabes cuánto te lo agradezco.

Agnese se echó a llorar quedamente, llevándose una mano a los ojos. Al verla así, Cederna se sintió mal. Trató de abrazarla, pero ella lo rechazó.

—Eres un animal, eso eres.

—Vamos, pequeña. No te pongas así.

—¡No me toques! —gritó histérica.

No se resistió mucho, sin embargo. Al final, Cederna le mordisqueó una oreja, susurrando:

—¿Cómo demonios se llamaba esa cosa? ¿Yadori? ¿Yudori?

Ella soltó una risita y le confesó:

—La verdad es que era repugnante. Perdóname, cariño. Perdóname, por favor.

—¡Yuuuudori! ¡Yuuuuudori!

Se echaron a reír y siguieron riéndose incluso bajo el chaparrón.

Ahora los dos están sentados en el suelo del pequeño recibidor, empapados, y no dejan de reír, aunque con menor arrebato. En Cederna se insinúa la sensación alienante de vacío y tristeza que nos invade tras una risa prolongada. Y el pesar porque no la vería en muchas semanas.

Agnese se le echa encima y apoya la cabeza en las piernas de él.

—No te mueras allí, ¿vale?

—Haré lo que pueda.

—Que no te hieran tampoco. Al menos que no sea grave. Nada de amputaciones o cicatrices demasiado visibles.

—Sólo heridas superficiales, te lo prometo.

—Y no me engañes.

—No.

—Si me engañas, seré yo la que te haga alguna herida.

—¡Uy!

—Nada de uy. Hablo en serio.

—¡Uyuuuy!

—Entonces, ¿volverás cuando me licencie en la universidad?

—Sí, ya te lo he dicho. René me ha asegurado el permiso. Eso significará que después no volveremos a vernos en mucho tiempo.

—Seré una joven licenciada en paro, esperando a que su marido regrese del frente.

—No soy tu marido.

—Es una forma de hablar.

—¿Qué era? ¿Una proposición?

—Quién sabe.

—Lo importante es que, mientras tanto, la joven en paro no busque consuelo en otro.

—Seré inconsolable.

—Eso es, bien.

—Inconsolable. Te lo juro.

En un piso más grande, con una puerta acristalada corredera que da a un aparcamiento, el subteniente René está despierto contemplando la noche. La tormenta ha liberado el calor del asfalto y la ciudad apesta a huevos podridos.

El subteniente podría elegir, entre un sinfín de mujeres, con quién pasar la última noche en territorio amigo, pero no tiene demasiadas ganas. Después de todo, son clientas y a buen seguro no estarán dispuestas a escuchar sus preocupaciones doce horas antes de que se suba a un avión rumbo a la guerra. Cuando habla demasiado rato, las mujeres sienten la necesidad de darse media vuelta y hacer lo que sea, encender un cigarrillo, vestirse, meterse en la ducha. No puede reprochárselo. Ninguna de ellas sabe lo que significa mandar, ni lo que comporta tener en las manos el destino de veintisiete hombres. Ninguna está enamorada de él.

Se quita la camiseta y se desliza los dedos por el tórax, meditabundo: la línea entre los pectorales, la plaquita con la fecha de nacimiento y el grupo sanguíneo (A+), las tres franjas abdominales bien delineadas. Quizá cuando regrese de Afganistán deje el asunto de las citas. Y no porque le disguste, aparte de que el dinero extra le viene bien (el mes pasado pudo comprarse las maletas laterales de la Honda, que ahora mira orgulloso desde la ventana, envuelta en la lona impermeable); se trata más bien de una cuestión moral. Si en la época en que acababa de mudarse a Belluno lo del striptease era una necesidad, ahora que es militar de carrera podría renunciar sin mayor problema y emprender un proyecto más maduro. Pero todavía no sabe cuál. Es difícil imaginar una versión nueva de uno mismo.

A medianoche, la indecisión ha acabado también con la posibilidad de una cena en toda regla: ha mordisqueado dos paquetes de galletas saladas y ya no tiene hambre. Una celebración bastante lamentable. Habría sido mejor haber dejado que sus padres viniesen a verlo desde Senigallia. De repente se siente triste. La televisión, desenchufada, está cubierta con una sábana blanca, por el polvo. Cierra la llave del gas y recoge la basura en una bolsa. La casa está lista p

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