Un domingo de finales del verano de 1937 se desató una tormenta de violencia inusitada sobre la región de Salzkammergut. Hasta entonces, la vida de Franz Huchel había discurrido como un goteo anodino, pero esa tormenta le provocaría un vuelco tan súbito como trascendental. Ya con los primeros estruendos de los truenos lejanos, Franz corrió a la cabaña de pescador que habitaban él y su madre en el pueblecito de Nußdorf, a orillas del lago Attersee, y se arrebujó bien en su cama, a salvo en su cálida guarida de plumones, para escuchar los inquietantes rugidos. La tempestad sacudía la cabaña entera. Las vigas gemían, fuera los postigos daban golpetazos y en el techo aleteaban las ripias de madera cubiertas de musgo espeso. La lluvia, impulsada por las ráfagas de viento, arreciaba contra los cristales de las ventanas, donde unos cuantos geranios desmochados se ahogaban en sus macetas. En la pared, encima del cesto de la ropa vieja, se tambaleaba un Jesucristo de hierro, como si por momentos fuera a arrancarse los clavos, soltarse y saltar de la cruz. Y en la cercana orilla se oía el estrépito de las barcas de los pescadores, zangoloteadas contra las estacas por un oleaje furioso.
Cuando por fin la tormenta amainó y el primer rayo de sol, tímido, se acercó hasta la cama por el suelo de tablones, ennegrecido de hollín y surcado por generaciones de pesadas botas de pescador, Franz se hizo un ovillo en un breve arrebato placentero para, acto seguido, asomar la cabeza por encima de la manta y mirar a su alrededor. La cabaña seguía en pie, Jesús continuaba colgado en la cruz y al otro lado de la ventana, salpicada de gotas de agua, brillaba el pétalo solitario de un geranio como un destello de esperanza rojo intenso.
Salió de la cama y se dirigió a la cocinilla para poner a hervir un cazo con café y leche entera. Bajo la encimera, la leña se había mantenido seca y ardía como si fuera paja. Estuvo contemplando las llamas del hogar un rato, hasta que la puerta de la cabaña se abrió de repente con un chirrido. En el umbral, junto al marco bajo, estaba su madre. La señora Huchel era una mujer delgada de cuarenta y tantos años, aún muy atractiva, aunque un poco demacrada como la mayoría de los lugareños, que acusaban el trabajo en las minas de sal, los establos o las cocinas de las fondas de veraneo de la zona. Se quedó allí de pie, sin más, con una mano apoyada en la jamba, resollando y con la cabeza un poco gacha. Tenía el delantal pegado al cuerpo, sobre la frente le caía el cabello en mechones enredados y las gotas de agua le resbalaban por la punta de la nariz. Al fondo, la cima del Schafberg se erguía tenebrosa hacia las nubes grises, donde aquí y allá ya iban apareciendo manchas azules. Franz pensó en la imagen tallada de la Virgen María que alguien había clavado tiempo atrás en la puerta de la capilla de Nußdorf y que ahora estaba tan corroída que resultaba irreconocible.
—¡Estás empapada, mamá! —dijo, y atizó el fuego con una rama verde. La madre levantó la cabeza y, en ese momento, Franz se dio cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas se mezclaban con las gotas de lluvia y los hombros le temblaban—. Pero ¿qué ha pasado? —preguntó asustado, y acabó de meter la rama en el hogar humeante.
En vez de contestar, la madre se apartó del marco, se acercó a él con paso inseguro y se detuvo en medio de la estancia. Por un momento pareció que buscaba algo, luego levantó las manos en un gesto de desesperación y se dejó caer de rodillas.
Franz dio un paso vacilante, le tocó la cabeza con la mano y le acarició el cabello con torpeza.
—¿Qué ha pasado? —repitió con voz ronca. De pronto se sintió raro y estúpido. Hasta entonces había sido al revés: él lloraba y su madre lo consolaba. Bajo la palma blanda de la mano notó la frágil cabeza y el pulso cálido que latía en el cuero cabelludo.
—Se ha ahogado —dijo ella en voz baja.
—¿Quién?
—Preininger.
Franz interrumpió la caricia, aunque dejó la mano sobre la cabeza unos instantes más y luego la retiró. La madre se apartó los mechones de la frente. Entonces se levantó, agarró una punta del delantal y se secó la cara.
—¡Estás llenando de humo toda la casa! —gruñó, y sacó la rama verde del fuego y lo avivó.
Alois Preininger era, según él, el hombre más rico de Salzkammergut. En realidad, sólo era el tercero más rico, algo que le irritaba sobremanera, pero como era un hombre ambicioso y terco, no se lo discutían, y así era conocido y considerado. Era propietario de algunas hectáreas de bosques y prados, un aserradero, una fábrica de papel, las últimas cuatro empresas pesqueras de la zona, una cantidad desconocida de terrenos que circundaban el lago, grandes y pequeños, así como dos transbordadores, un barco de vapor para excursiones y el único coche en unos cuatro kilómetros a la redonda: un magnífico vehículo del color del vino rosado y de la marca Steyr-Daimler-Puch, que siempre tenía guardado en un cobertizo de chapa oxidada para preservarlo de las persistentes lluvias típicas de la región.
Alois Preininger no aparentaba los sesenta años que tenía, pues estaba en plena forma. Se amaba a sí mismo y amaba su país, la buena comida, las bebidas fuertes y las mujeres bellas. Lo de la belleza era más bien subjetivo, y por tanto relativo. En el fondo le gustaban todas las mujeres porque todas le parecían guapas. Había conocido a la madre de Franz años antes en la gran fiesta del lago. Ella estaba bajo el viejo tilo, llevaba un vestido azul cielo y tenía las pantorrillas tan morenas, finas e inmaculadas como el volante de madera del Steyr-Daimler-Puch rosado. Él pidió pescado fresco frito, una jarra de sidra y una botella de licor de cerezas, y mientras comían y bebían intentaron no mirarse. Poco después bailaron una polca y más tarde incluso valses, mientras se susurraban secretos al oído. Luego pasearon cogidos del brazo alrededor del lago tocado por las estrellas y, sin querer, acabaron en el cobertizo de chapa y justo después en el asiento trasero del Steyr-Daimler-Puch. Era un asiento ancho y de piel suave, y los amortiguadores del vehículo estaban bien engrasados; en resumen, la noche fue todo un éxito. A partir de entonces siguieron viéndose en el cobertizo. Eran encuentros breves, como una erupción, que no iban asociados a exigencias ni esperanzas. Sin embargo, para la señora Huchel esos agradables y sudorosos encuentros en el asiento trasero tenían otro efecto aún más agradable: a fin de mes recibía puntualmente un cheque por un importe nada desdeñable. Estos ingresos que le caían del cielo de forma regular le permitieron instalarse en una antigua cabaña de pescadores a orillas del lago, comer caliente una vez al día y dos veces al año viajar en autobús a Bad Ischl para darse el capricho de un chocolate caliente en el Café Esplanade y comprar unos metros de lino en la tienda contigua para un vestido nuevo. Para su hijo, Franz, la generosidad de Alois Preininger supuso evitarle verse obligado a deambular todo el día en un salar o un estercolero para ganarse una subsistencia mísera como el resto de los chicos del pueblo. En lugar de eso, podía pasear por el bosque todo el día, dejar que el sol le calentara la barriga en el muelle de madera o, si hacía mal tiempo, simplemente quedarse en la cama y dejar vagar sus pensamientos y sueños. Pero eso se había acabado.
Como cada domingo durante los últimos cuarenta años, salvo por algunas adversidades como la Primera Guerra Mundial o el gran incendio del aserradero, Alois Preininger pasó la mañana en la tertulia de la fonda Leopoldo de Oro. Pidió carne asada de corzo con col lombarda y albóndigas de pan, además de ocho jarras de cerveza y cuatro licores dobles. Con su vibrante voz de bajo, estuvo comentando varios temas importantes, entre ellos, el fomento de la cultura popular de la Alta Austria, el bolchevismo que se extendía por toda Europa como la sarna, los estúpidos judíos, los aún más estúpidos franceses y las infinitas posibilidades de desarrollo del negocio del turismo. Cuando finalmente, hacia la hora de comer, se fue a casa tambaleándose y un poco amodorrado por el sendero de la orilla, alrededor había una quietud extraña. No se veían pájaros ni se oían insectos, y hasta las moscardas, que en la fonda revoloteaban en torno a su cuello brillante y sudoroso, habían desaparecido. El cielo colgaba pesado sobre el lago, y el agua estaba en completa calma. Ni siquiera el cañaveral se movía. Era como si el aire hubiera cuajado y encerrado todo el paisaje en su inmovilidad silenciosa. Alois pensó en el cerdo en gelatina del Leopoldo de Oro: tendría que haber pedido eso y no corzo, que le había caído como un ladrillo en el estómago a pesar del licor. Se secó el sudor de la frente con las mangas de la camisa y contempló la superficie del lago, de un tono negro azulado que brillaba con una suavidad aterciopelada. Entonces se desnudó.
El agua tenía un frescor agradable. Alois nadó con brazadas tranquilas, resoplando sobre la misteriosa y oscura profundidad que tenía debajo. Cuando se encontraba aproximadamente en medio del lago cayeron las primeras gotas, y cincuenta metros más allá ya llovía a cántaros. Sobre el agua se oía un martilleo constante de gotas gruesas, un torrente de lluvia que unía el negro del cielo con el negro del lago. Se levantó viento y pronto llegó la tormenta, coronando con espuma la cresta de las olas. Un primer relámpago iluminó fugazmente el lago con un resplandor plateado e irreal. El trueno fue ensordecedor, un estruendo que pareció que iba a partir el mundo en dos. Alois soltó una carcajada y se puso a chapotear con los brazos y las piernas como un loco. Gritó de placer. Nunca se había sentido tan vivo. El agua borboteaba a su alrededor, el cielo se le desplomaba encima, pero estaba vivo. ¡Vivo! Sacó el torso del agua y lanzó un grito de júbilo a las nubes. Justo en ese momento le cayó un rayo en la cabeza. Una claridad deslumbrante le llenó el interior del cráneo y por un segundo sintió algo parecido a una idea de eternidad. Luego se le paró el corazón y, con expresión ausente y envuelto en un velo de delicadas burbujitas, se hundió.
El entierro tuvo lugar en el cementerio de Nußdorf y fue muy concurrido. Mucha gente de la zona acudió a despedirse de Alois Preininger, en particular un inusitado número de mujeres cubiertas con un velo negro que se dispusieron alrededor de la tumba. Se oyeron llantos y sollozos, y Horst Zeitlmaier, el capataz más veterano del aserradero, se llevó los tres muñones de la mano derecha al pecho y pronunció con voz temblorosa unas palabras:
—Preininger era un buen hombre, no robó ni engañó a nadie. Amaba su país como nadie. Ya de pequeño le encantaba bañarse en el lago. El domingo pasado lo hizo por última vez. Ahora vive con Dios misericordioso, y le deseamos lo mejor. En el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, amén.
—Amén —contestaron los presentes.
—¡Y era un glotón! —susurró alguien, y todos asintieron con gestos afectados.
Bajo uno de los velos negros surgió un sollozo ahogado. Algunos intercambiaron unas palabras y luego se separaron.
De camino a casa, la madre de Franz se levantó el velo y parpadeó a causa del sol con los ojos enrojecidos. El lago estaba tranquilo, con un brillo opaco. En el agua poco profunda, una garza esperaba inmóvil el siguiente pez. En la otra orilla se oía el vapor que zarpaba. La cima del Schafberg se veía detrás como si estuviera pintada y las golondrinas surcaban el cielo despejado.
—Preininger ya no está —dijo ella, y posó una mano en el brazo de Franz—, y no vendrán tiempos mejores. Se nota en el aire. —De manera instintiva, Franz alzó la vista, pero no vio nada. Su madre suspiró—. Ya has cumplido diecisiete años —prosiguió—, pero siempre has tenido las manos muy finas. Finas, suaves y blancas, como una chica. La gente como tú no puede trabajar en el bosque. Ni en el lago. Y las fondas de veraneo tampoco saben qué hacer con alguien así. —Se habían parado y él aún notaba la mano cálida y liviana en el brazo. Al otro lado, el barco empezaba a avanzar lentamente por el lago—. He estado pensando un poco, Franzl —añadió su madre—. Tengo un amigo que pasó una temporada en casa hace una eternidad. Se llama Otto Trsnjek y tiene un estanco en el centro de Viena. Un estanco de verdad, con prensa, tabaco y esas cosas. Eso en sí no está mal, pero lo mejor de todo es que me debe un favor.
—¿Por qué?
Su madre se encogió de hombros y con la punta de los dedos estiró una arruga del velo.
—Aquella temporada fue calurosa, éramos jóvenes y teníamos pájaros en la cabeza...
De pronto, en la orilla, la garza volvió la cabeza, dio unos picotazos al aire, desplegó las alas y alzó el vuelo. La siguieron con la mirada, hasta que finalmente descendió y desapareció tras la franja de juncos.
—No te preocupes, Franzl, fue mucho antes de tenerte en mi vientre —dijo su madre—. El caso es que le he escrito. A Otto Trsnjek, me refiero. Por si tiene trabajo para ti.
—¿Y...?
En vez de contestar, ella buscó entre la rebeca de punto y sacó una hoja que parecía oficial. Era un telegrama con letras mayúsculas, en tinta azul y pulcras: EL CHICO PUEDE VENIR STOP NO ESPERES DEMASIADO STOP GRACIAS STOP.
—¿Y qué significa eso? —preguntó Franz.
—¡Significa que mañana partes hacia Viena!
—¿Mañana? Pero no puede ser... —balbuceó, asustado.
Sin mediar palabra, su madre le dio una bofetada. El golpe fue tan repentino que Franz se tambaleó dos pasos a un lado.
Al día siguiente Franz tomó el tren de la mañana a Viena. Los trece kilómetros que había hasta la estación de Timelkam los hizo con su madre a pie, para ahorrar dinero. El tren llegó puntual y la despedida fue breve, a fin de cuentas ya estaba todo dicho y hecho. Ella le dio un beso en la frente, él se hizo un poco el enfurruñado, se despidió con una inclinación de cabeza y subió. Mientras la vieja locomotora emprendía la marcha, Franz asomó la cabeza por la ventanilla y vio que su madre agitaba la mano en el andén, cada vez más pequeña, hasta que finalmente desapareció, como una mancha borrosa en la luz matinal del estío. Se dejó caer en el asiento, cerró los ojos y respiró tan hondo que incluso se mareó un poco. Sólo había salido de Salzkammergut dos veces en su vida: una, para ir a Linz a comprar un traje para el primer día de colegio, y la otra, rumbo a Salzburgo con su clase, en primaria, para asistir a un concierto aburrido de una orquesta de metales y pasar el resto del día andorreando entre construcciones antiguas. Pero habían sido excursiones, nada más. «Esto es otra cosa —se dijo en voz baja, para sí mismo—. ¡Algo completamente distinto!» En su mente, el futuro era como una orilla lejana que surgía entre la niebla matutina: todavía un poco borrosa y desdibujada, pero aun así prometedora y bonita. De pronto, todo le parecía fácil y agradable, como si con la silueta difuminada de su madre en el andén de Timelkam se hubiera quedado también allí una gran parte de su peso corporal. En ese momento, Franz estaba sentado en su compartimento con una sensación de ingravidez, notando el traqueteo rítmico bajo el trasero mientras viajaba a la velocidad casi inimaginable de ochenta kilómetros por hora en dirección a Viena.
Cuando al cabo de hora y media el tren salió de los Prealpes y se abrió el amplio y despejado paisaje de colinas de la Baja Austria, Franz ya se había terminado el paquete de provisiones que le había preparado su madre y se sentía de nuevo tan pesado como siempre.
El viaje continuó sin incidentes destacables; fue más bien aburrido. Sólo una vez, en el tramo entre Amstetten y Böheimkirchen, el tren tuvo que hacer una parada no prevista. Una fuerte sacudida recorrió los vagones, que enseguida perdieron velocidad. El equipaje se salió de las redes, se oyó un chirrido ensordecedor y maldiciones y gritos por doquier. Luego otra sacudida, un poco más fuerte que la primera, y el convoy se detuvo. El maquinista había accionado a fondo la palanca del freno porque a cierta distancia vio un objeto grande y oscuro sobre los raíles, una especie de montículo, en cualquier caso sospechoso.
—¡Seguramente han sido otra vez los socialistas! —masculló el revisor mientras corría por los vagones agitando el talonario de billetes—. ¡O los nazis! Pero da igual, ¡son todos la misma gentuza!
Pronto quedó claro que el objeto sospechoso sólo era una vieja vaca que había escogido justamente ese tramo de vía para morir y ahora estaba ahí, pesada y hedionda. Con la ayuda de algunos viajeros y bajo la atenta mirada de Franz, que con sus manos delicadas y femeninas a la espalda se mantenía a una distancia prudencial, consiguieron retirar el cadáver. Bajo el salvaje revoloteo de las moscas brillaban los ojos oscuros de la vaca. Franz pensó en las piedras relucientes que de niño solía recoger en la orilla del lago y se llevaba a casa en los bolsillos de los pantalones, que iban a rebosar. Siempre le sobrevenía una pequeña decepción cuando sacudía los pantalones en el suelo de la cabaña y las piedras rodaban sobre los tablones, con un sonido sordo, secas, tras haber perdido aquel brillo insondable.
Cuando finalmente el tren llegó a la estación oeste de Viena, la Westbahnhof, con sólo dos horas de retraso y Franz salió del vestíbulo a la deslumbrante luz del mediodía, hacía tiempo que su leve melancolía se había desvanecido. Se sentía un poco indispuesto y tuvo que apoyarse en la farola de gas más cercana. Lo primero que hago es tambalearme delante de todo el mundo, ¡tiene narices!, se reprochó. Igual que esos veraneantes paliduchos que, año tras año, nada más llegar, acababan tirados en la hierba a orillas del lago con una insolación, y luego eran los alegres lugareños quienes tenían que hacerles volver en sí con un cubo de agua o un par de bofetadas. Se agarró a la farola con más fuerza, cerró los ojos y no se movió hasta que volvió a notar el suelo firme bajo los pies; las manchas rojizas habían desaparecido y poco a poco fueron saliendo de su campo de visión. Cuando volvió a abrir los ojos, soltó una risita asustada. Era impresionante. La ciudad hervía como el guiso de verduras de su madre al fuego. Todo estaba en constante movimiento, hasta los muros, y las calles parecían vivir, respirar, arquearse. Era como si se oyeran los quejidos de los adoquines y el crujido de los ladrillos. El ruido era omnipresente: una efervescencia constante en el aire, un batiburrillo inconcebible de voces, sonidos y cadencias que surgían, se mezclaban, se solapaban, se elevaban sobre otros y los ahogaban. Y además, la luz. Por todas partes había centelleos, brillos, destellos y luces encendidas: ventanas, espejos, carteles publicitarios, astas de banderas, hebillas de cinturones, cristales de gafas. Los coches pasaban con estrépito. Un camión. Una motocicleta verde libélula. Otro camión. Un tranvía que doblaba una esquina con un sonido estridente. La persiana de una tienda que se abría, portezuelas de vehículos que se cerraban de golpe. Alguien tarareaba los primeros compases de una cancioncilla, pero se interrumpió en pleno estribillo. Alguien maldecía con voz ronca. Una mujer chillaba como una gallina a la que estuvieran matando. Sí, pensó Franz, aturdido, esto es otra cosa. Algo totalmente distinto. En ese momento notó el hedor. Como si algo fermentara por debajo de los adoquines y exhalara por encima los vapores. Olía a aguas residuales, a orina, a perfume barato, a grasa vieja, a goma quemada, a gasolina, a excremento de caballo, a humo de cigarrillos, a alquitrán.
—¿Se encuentra bien, joven? —Una señora bajita se le había acercado y lo miraba con los ojos enrojecidos. Pese al calor del mediodía, llevaba un abrigo grueso y largo y un gorro desgastado de piel.
—¡Sí! —se apresuró a responder Franz—. Sólo es que hay mucho ruido. Y huele un poco mal. Probablemente por el canal.
La señora lo señaló con un dedo índice que era como una ramita seca.
—No es el canal lo que huele mal —lo corrigió—. Son los tiempos que corren. Son tiempos podridos. ¡Podridos, depravados, corrompidos!
Al otro lado de la calle pasó un coche de caballos traqueteando y cargado con barriles de cerveza. Un enorme caballo de la raza Pinzgauer agitó la cola y dejó caer unas cuantas boñigas, que un niño delgado, que lo seguía con ese cometido, recogió con las manos desnudas y se las guardó en el hato.
—¿Vienes de lejos? —preguntó la señora bajita.
—De casa.
—Eso es muy lejos. Entonces ¡será mejor que vuelvas ahora mismo! —En el ojo izquierdo se le había reventado una venilla que se extendía en un triángulo rosado. Minúsculas partículas de kohl se le pegaban en las pestañas.
—¡Qué va! —exclamó Franz—. Ya no hay marcha atrás. Además, uno se acostumbra a todo.
Se dio la vuelta, atravesó el tráfico denso de Gürtelstraße, esquivó en el último momento un autobús que se acercaba rugiendo, saltó con agilidad una mancha de excremento de caballo y enfiló Mariahilferstraße, que estaba enfrente, donde le había dicho su madre. Cuando se volvió de nuevo, la señora bajita seguía junto a la farola delante de la estación, como una enana envuelta en loden verde, con la cabeza demasiado grande y el cabello brillando al sol.
El pequeño estanco de Otto Trsnjek estaba en el noveno distrito de Viena, en Währingerstraße, apretujado entre el taller de Instalaciones Veithammer y la carnicería Roßhuber. En la entrada, en un gran letrero metálico se leía:
Estanco Trsnjek
Prensa
Artículos de papelería
Tabaco
Desde 1919
Franz se atusó el pelo con un poco de saliva, se abrochó la camisa hasta arriba, lo que según él confería cierta seriedad a su aspecto, respiró hondo y entró en el local. En el marco de la puerta, sobre su cabeza, tintineó una delicada campanilla. A través del cristal del escaparate, repleto de carteles, papeles y anuncios pegados casi sin dejar huecos, entraba poca luz en el interior, y Franz tardó unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. El estanco era minúsculo y estaba abarrotado hasta el techo de periódicos, revistas, libretas, libros, útiles de escritura, cajetillas de cigarrillos, cajas de puros y distintos artículos de fumador y de escritorio, entre otros. Tras el mostrador bajo, entre dos pilas altas de periódicos, había un hombre mayor sentado. Estaba inclinado sobre un archivador y escribía números con esmero y concentración en unas columnas y cuadrículas previstas para ello. En la sala reinaba una tranquilidad apática, sólo se oía el rasgueo de la pluma en el papel. El polvo ondulaba en las escasas y estrechas franjas de luz que entraban, y el aire estaba impregnado de un intenso olor a tabaco, papel y tinta de imprenta.
—Hola, Franzl —saludó el hombre, sin alzar la vista de las cifras. Lo dijo en voz baja, pero las palabras sonaron con una nitidez extraordinaria en la estrechez de la estancia.
—¿Cómo sabe quién soy?
—¡Porque llevas medio Salzkammergut en los pies! —El hombre señaló con su pluma estilográfica los zapatos de Franz, que tenían terrones de tierra pegados en las punteras.
—Y usted es Otto Trsnjek.
—Exacto.
Otto Trsnjek cerró el archivador con gesto cansado y lo metió en un cajón. Luego se levantó de su butaquita, desapareció con un curioso saltito detrás de una pila de periódicos y salió del mostrador con dos muletas bajo las axilas. Por lo que pudo ver Franz, de la pierna izquierda sólo le quedaba la mitad del muslo. La pernera del pantalón estaba cosida por debajo del muñón y se balanceaba con cada movimiento. Otto levantó una muleta y señaló con un movimiento circular, casi cariñoso, el surtido de artículos del local.
—Y éstos son mis conocidos. Mis amigos. Mi familia. Me gustaría quedármelos todos. —Apoyó la muleta contra el mostrador y acarició con suavidad las portadas coloridas que brillaban en una estantería—. Pero todas las semanas los entrego, todos los días, a cualquier hora, desde que abro hasta que cierro la tienda. ¿Y sabes por qué?
Franz no lo sabía.
—Porque soy estanquero. Porque quiero ser estanquero. Y porque siempre seré estanquero. Hasta que no pueda más. Hasta que Dios Nuestro Señor baje la persiana. ¡Así de simple!
—Ya —dijo Franz.
—Exacto.
