El inquisidor

Patricio Sturlese

Fragmento

PROLOGO CAZADORES DE BRUJAS

PRÓLOGO

CAZADORES DE BRUJAS

H abía pasado un siglo desde que los monjes benedictinos venidos de Ferrara abandonaran la iglesia parroquial de Portomaggiore. Expoliada de todo adorno el mismo día en que fue exconsagrada, de su antiguo esplendor solo restaban algunos frescos. Cerca del altar mayor, donde antes estuviera una magnífica pila bautismal de mármol, bajo la tenue luz de una lámpara de aceite, las manos temblorosas de un encapuchado escarban entre las losetas que aún quedan en el suelo. Y por fin, este cede. Justo donde debía.

La luz de la lámpara se extingue. Las tinieblas de la noche se adueñan de la iglesia. Y de aquello que tan celosamente ocultaba.

Apremiada y nerviosa, una mujer escribe sobre una hoja de papel delgada y amarillenta las últimas líneas de un mensaje. Desde la espesura le llegan los ladridos aún lejanos de los mastines, un sonido que le produce pavor, obligándola a asentar la rúbrica:

ISABELLA, bruja y testigo de Satanás,

octubre del año 1597

Los aullidos son ahora más nítidos, y junto a ellos se distingue el sordo galope de los caballos: los jinetes se abren paso a través del bosque negro. Llegarán muy pronto. Isabella se incorpora y mira por el ventanuco de su guarida. No los ve, aún tiene tiempo. Corre hacia la puerta, echa la falleba, apaga la ya escasa luz de su único candelabro y, al amparo de un oscuro silencio, toma el papel, lo dobla hasta reducirlo a una porción mínima, se alza la falda y lo mete entre sus piernas, dentro, bien dentro, como si estuviera procurándose placer en alguna de sus frecuentes orgías. Su corazón late deprisa, como en el deseo, pero no es eso. No es eso: es un miedo cerval a los jinetes de la noche. Encogida en un rincón, espera.

Los perros han dejado de aullar. Los jinetes ya están en su puerta.

Isabella no oye nada. Nada. Hasta que la puerta se viene abajo, arrancada de cuajo, con un estruendo que magnifica el silencio, tenso y cautivo. Allí están los jinetes, siete hombres corpulentos y encapuchados que, alumbrados por la luz de dos teas, la buscan y la encuentran de inmediato intentando incorporarse.

—¿Qué buscáis? —gime ya en pie. Nadie responde—. Si deseáis pasar un buen rato, habéis venido al lugar adecuado —continúa diciendo mientras se manosea el pecho que, carnoso, asoma por su camisa, aflojado hace ya rato el corpiño—. ¿Quién será el primero en probar esta delicia?

Isabella ha descubierto uno de sus pechos y se lo ofrece a los hombres, desafiante. El pezón, oscuro como bellota madura, está erecto, duro, tentador. Uno de los jinetes, el más alto, se baja la capucha y recorre, iluminándolo, cada rincón de la guarida. Tiene bigote, barba y cabello rubios, recogido este último en dos largas trenzas. Sus ojos azules, extremadamente claros, parecen transparentes. Adelanta la luz hacia la bruja.

—¿Qué? ¿Serás tú el primero… vikingo? —susurra la mujer mientras sonríe con lascivia.

—¿Isabella Spaziani? —pregunta el hombre. Pero no obtiene respuesta—. ¿Es vuestro nombre Isabella Spaziani? —insiste el jinete.

La bruja le mira con curiosidad y aventura un respuesta que no es tal.

—¿Quién lo pregunta…? ¿Acaso… eres un brujo…?

—¿Eres Isabella Spaziani? —repite con calma.

—Tal vez…

Isabella ha dudado, y en la duda se esconde una afirmación tácita que el jinete recibe con un asentimiento dirigido a sus compañeros, a los que entrega la antorcha para poder apartar con facilidad su capa. La bruja sonríe; realmente parece que aquellos hombres solo quieren divertirse. Pero lo que asoma entre los pliegues de la capa no es lo que ella espera, y tal vez ya desea, sino una ballesta que, tras un movimiento casi imperceptible, apunta directamente a su boca.

El jinete calibra su blanco con mirada de hielo y, sin vacilar, dispara. La sonrisa de Isabella es atravesada por el hierro, que le arrebata parte de los dientes y sigue su camino hasta romperle el cráneo. En un gesto inútil, por instinto, la bruja se lleva las manos a la mandíbula mientras se desploma sobre el suelo. Lo único que ha conseguido es cubrir sus manos de la sangre que borbotea, incesante, de su garganta. El hombre observa atentamente la agonía de Isabella y, para cerciorarse de su muerte, empuja con un pie la cabeza asaeteada. La sangre de la bruja va encharcando el suelo, lenta y continua.

Los jinetes han saqueado la guarida, se han llevado lo que parecían estar buscando, un antiguo libro de magia, y tal como han aparecido, en mitad de la noche negra y ocultos en la niebla que cubre los bosques genoveses, desaparecen acompañados por el aullido de los mastines, provocado no ya por la presencia de los caballos y su movimiento en la espesura, sino por algo que invade el aire: la premonición de algo siniestro.

En la basílica de San Pedro, uno de los cardenales del Santo Oficio detiene sus pasos. Es tarde. Se ha quedado mirando fijamente la antigua escultura en bronce negro de san Pedro, como si solicitara su amparo. Tiene un mal presentimiento. Sabe que el Gran Brujo está reagrupando a sus huestes.

El demonio está suelto.

PRIMERA PARTE EL ARTE DE LA CONFUSION

PRIMERA PARTE

EL ARTE DE LA CONFUSIÓN

I EL CABALLERO DE LA ORDEN SAGRADA

I

EL CABALLERO DE LA ORDEN SAGRADA

1

S ituado frente a mí, el Vicario de Cristo me observaba silente, con mirada profunda. Su mano mostraba el anillo del pescador. Su semblante, añejo, traslucía la fatiga de aquellos hombres que navegan por mares encrespados, lanzando una vez tras otra las redes sin obtener resultados. Eran tiempos difíciles para la fe. La nao de la Iglesia atravesaba el convulsionado océano del Renacimiento, entre espumas y oleajes, con un Pontífice que sujetaba el timón decidido a no zozobrar en la Reforma y la herejía.

Tanto Clemente VIII como el Superior General de la Inquisición, el cardenal florentino Vincenzo Iuliano, acababan de comunicarme la razón de mi llamada a Roma. Y si bien no tuve toda la información que creía necesaria, sí fue la suficiente para planificar mi futuro inmediato. En aquel momento comprendí que una de las congregaciones más poderosas e influyentes del orbe me había escogido, otorgándome por escrito una clase de poderes que pocos inquisidores consiguen. El Santo Oficio de la Iglesia Universal, del que soy servidor y juez, me había señalado.

Había sido convocado en los aposentos del Papa, en audiencia privada, el 22 de noviembre del año 1597 de Nuestro Señor. Sixto V y Clemente VIII habían seguido ocupando las maravillosas estancias decoradas por el incomparable Rafael para Julio II, el papa guerrero. Era difícil no distraer la vista hacia los frescos que adornaban las paredes de la estancia y que, mediante la recreación de diversos episodios extraídos de las Sagradas Escrituras y de la historia, mostraban cómo Dios había permanecido siempre al lado de su Iglesia, defendiéndola contra toda amenaza y ayudando a los faltos de fe a recuperarla y reforzarla. Allí estaba el ángel que liberó a san Pedro de su prisión y la hostia que goteó sangre en Bolsena para demostrar al sacerdote incrédulo que la transustanciación no es solo una hermosa metáfora. Allí estaban Pedro y Pablo ayudando al papa León a impedir que Atila invadiera Italia; y Heliodoro, que quiso robar el tesoro del templo de Salomón y fue expulsado por un jinete divino.

Allí estaba también aquel rostro enjuto, duro, algo envejecido después de haber dejado atrás la treintena y haber visto tantas cosas, el pelo castaño algo ralo ya, y aquellos ojos de mirada inquisitiva solo dulcificada por su color cálido, de miel reposada. El rostro de Angelo DeGrasso. Mi rostro.

Aparté la mirada del espejo y me acerqué al lugar donde el Papa y el Superior General de la Inquisición me esperaban ya sentados. Iuliano me indicó con un gesto que me acomodara en una silla vacía que había frente a ellos. Tras un breve preámbulo de cortesía, la conversación se encaminó hacia su motivo principal.

—Hermano DeGrasso, hemos seguido de cerca vuestra labor como Inquisidor General de Liguria —comenzó el cardenal con un voz grave y envolvente, dirigiendo hacia mí su mirada invasora—. Y hemos visto que entre las causas a vuestro cargo se encuentra una muy peculiar que concita toda nuestra atención: la del hereje Eros Gianmaria —concluyó Iuliano su discurso mientras el Papa nos observaba en silencio.

—Gianmaria va a cumplir cuatro años de encierro, y de ellos, solo uno bajo mi jurisdicción —respondí mirándolos, sorprendido—. Poca cosa nueva puedo deciros pues este reo aún está pendiente de tribunal.

—No se trata de nada nuevo —replicó el cardenal—, sino de un asunto antiguo que el hereje sabe esconder muy bien en el refugio de su lengua.

—¿A qué os referís, mi general? —pregunté extrañado.

—El reo que mantenéis encerrado en Génova supo sortear al Inquisidor General de Venecia y ahora parece estar haciendo lo mismo con vos.

—Ni este ni ningún otro hereje ha sido capaz de salir airoso de mis interrogatorios, y mucho menos de mi cárcel —respondí con incontenible soberbia—. ¿Cuál es ese secreto que esconde Gianmaria y que Su Excelencia no ha encontrado en su expediente?

El cardenal Iuliano acarició lentamente el crucifijo que colgaba de su cuello. Alzó la cabeza y me miró largamente, esperando el momento oportuno para hablar, pero no fue su voz la que sonó, sino la de un extraño que, con sigilo, había entrado en la sala situándose a mi espalda.

—El hereje Gianmaria esconde un libro.

El recién llegado recorrió los pocos pasos que lo separaban de Su Santidad para sentarse a su izquierda. Su rostro afilado, de nariz aguileña y labios finos amoratados, como los de un cadáver, estaba marcado con profundas arrugas y traslucía la determinación de los exaltados. Yo no comprendía el porqué de la presencia de aquel hombre y así lo reflejó mi rostro. Iuliano no tardó mucho tiempo en resolver mi perplejidad.

—Hermano DeGrasso, permítame presentaros a Darko —dijo el cardenal señalando al extraño—, un monje moldavo que sirve a nuestra Iglesia.

—Bienhallado seáis en Cristo, hermano —dije inclinando la cabeza. El monje aflojó una débil sonrisa en sus pómulos huesudos—. Perdonadme la indiscreción, pero me extraña mucho vuestra vestimenta. Su Excelencia acaba de afirmar que servís a nuestra Iglesia, pero vuestro hábito es el de un monje ortodoxo...

—No os confunda mi aspecto: mi lealtad es con Roma, no con Constantinopla —replicó, tajante, el hermano Darko.

Tuve que guardarme mi curiosidad por su atuendo para otro momento y dirigirla hacia lo que él parecía saber del secreto de Gianmaria.

—Habéis afirmado que mi hereje esconde un libro...

—Así es —dijo el monje.

Me quedé mirándole intentando disimular mi interés y aspirando el bálsamo del incienso que perfumaba la estancia para intentar sosegarme antes de hablar.

—Se le acusa de cosas peores —respondí en un tono que provocó la inmediata intervención del cardenal.

—Ni las aberraciones, ni las violaciones, ni los ritos satánicos, ni los asesinatos diabólicos de que se acusa al hereje son, ahora, de nuestro interés. Su pecado más grave no es ser un monstruo, sino esconder un secreto —dijo Iuliano, impaciente.

—¿Ese libro que ha mencionado el hermano Darko? —proseguí cada vez más intrigado.

—Así es. Un libro... prohibido —concluyó, solemne, el cardenal mientras el silencio más espeso llenaba la sala y el Papa me miraba con sus ojos misericordiosos, un mirada que no era otra cosa que una súplica velada, y que me hizo reaccionar.

—¿Qué debo hacer entonces, mi general? —dije mirando a Iuliano.

—Encontrarlo.

—¿Su título? —pregunté por fin, y el cardenal tomó aire antes de pronunciar el venenoso nombre del libro.

Necronomicón.

—¿Un libro griego? —dije y quedé atrapado en mis pensamientos pues su nombre tañó en mi interior como cuerdas de arpa.

—No —rectificó con autoridad el hermano Darko—. De esa forma fue renombrado por su traductor, el filósofo griego que lo introdujo en Europa. El original no es griego, es árabe... Y ya no existe, la Iglesia lo confiscó y destruyó el año 1231 en Toledo. El ejemplar que buscamos es una traducción italiana, el último de una serie de copias que han sido sistemáticamente localizadas y destruidas.

—Comprendo —respondí con franqueza, pues comenzaba a entender la urgencia de la convocatoria y el elevado rango de las personas que la componían—. La única cuestión que provoca ahora mi curiosidad (y, cómo no, mi preocupación) es el contenido del libro. ¿Qué es lo que en él reclama la atención de mi general y de Su Santidad? —concluí mirando directamente a Clemente VIII.

El Santo Padre mantenía la cabeza baja, sumido en sus pensamientos, con la mirada perdida en su espesa barba blanca. No fue él quien me respondió, sino Iuliano.

—Es un libro satánico —aclaró el Inquisidor General—. Sus páginas encierran el deplorable estigma del pecado... Es leña seca para la llama de la herejía que abrasa a nuestro pueblo.

—El Necronomicón habla de los arcanos de los astros. —Darko intervino de nuevo, con la seguridad de un erudito. Detrás del hábito ortodoxo del moldavo se escondía un estudioso insaciable de las esferas celestes; no en vano era conocido en Roma como el Astrólogo—. Según se dice, en este antiguo libro se descifran los secretos ancestrales de las estrellas fijas, un enigma antiguo cuya solución apenas podemos vislumbrar…

—Pero… ¿conocéis el contenido del libro? —tuve que preguntar, pues era lo que parecía desprenderse de las palabras de Darko que, habiéndose dado cuenta de la trampa a la que le había conducido su entusiasmo, dirigió su vista hacia el cardenal, suplicando su ayuda.

—No es el contenido del libro lo que ahora requiere atención —afirmó, categórico, Iuliano—. Lo realmente importante es hacernos con él, y para conseguirlo el primer paso es procurar que el hereje confiese dónde lo ha ocultado.

—Gianmaria es un reo difícil… Costará ablandar su lengua —repliqué, sabiendo muy bien de lo que hablaba, pero el cardenal clavó sobre mí sus poderosos ojos y su voz, dulcificada, intentó contrarrestar la violencia de su mirada y de su proposición.

—Si es necesario, aplicadle tormento. Pero cuidando de que no expire antes de darnos la información que necesitamos. Como bien habéis afirmado, vuestra capacidad como Inquisidor General para ablandar a los reos más duros ha trascendido desde el convento de Génova donde tenéis vuestra sede… y su cárcel. Esa es la razón de que os hayamos elegido a vos, hermano DeGrasso, y no a otro. —Y con esto, el cardenal Iuliano dio por concluida esta parte de la conversación.

Dada la confianza que depositaban en mí y teniendo claro ya cuál era mi cometido, solo me quedaba por saber cuándo necesitaban esa confesión.

—¿De cuánto tiempo dispongo?

—No mucho, tan solo unos días. Después deberéis partir en una nueva comisión —contestó Iuliano, sembrando de nuevo en mí la duda. ¿Había, pues, algo más?

—¿Otra comisión? ¿De qué naturaleza? —pregunté, extrañado.

El Astrólogo permanecía en silencio, pero sus ojos brillaban, apenas una chispa que parecía un reflejo del fuego que crepitaba en la chimenea del despacho papal. Fue Iuliano el que, de nuevo, respondió a mi pregunta.

—Al día siguiente del auto de fe que estáis preparando, el día 1 de diciembre, partiréis del puerto de Génova a bordo de una nave española. Estaréis fuera de vuestra casa por largo tiempo.

—¿«Fuera de casa por largo tiempo»? ¿Qué queréis decir? ¿Y el libro? —No comprendía nada: tenía que interrogar al hereje para saber dónde estaba el libro, algo difícil para lo que no se me daba mucho tiempo. Mas mi labor parecía terminar ahí puesto que debía partir inmediatamente de viaje.

Iuliano hizo oídos sordos a mis preguntas, se levantó, se acercó a la escribanía, tomo de allí un objeto y me lo tendió:

—Esto es para vos.

Era un sobre de cuero, atado y sellado con el lacre del Santo Oficio. Nuestro emblema me llenó de orgullo y de cierto temor por la responsabilidad que acababa de aceptar.

—Deberéis viajar al Nuevo Mundo —prosiguió el cardenal—. No se trata de una inspección ordinaria del Santo Oficio, no habrá tiempo para juicios… Solo tendréis que cumplir exactamente las órdenes que encontraréis en el sobre.

—¿Cuál será mi destino?

—Un precario asentamiento de franciscanos y jesuitas del Virreinato del Perú, en la gobernación de Paraguay, situado en los esteros del río Paraná, no muy lejos de Asunción.

—¿Qué habré de hacer allí? —Mis ojos se clavaron en él, expectantes.

—La finalidad de la comisión no os será aún revelada —respondió Iuliano con un tono que no esperaba réplica, pero yo no pude por más de insistir, tal era mi sorpresa ante tanto secreto.

—¿Pretendéis que viaje hasta Asunción sin conocer la razón?

—La finalidad de la comisión no os será revelada —repitió Iuliano— hasta que podáis abrir el sobre que os acabo de entregar y leer su contenido. Deberéis abrirlo al llegar al convento. Dentro de él encontraréis instrucciones precisas de cómo tenéis que obrar. Es de vital importancia que no lo sepáis ahora; pero no padezcáis, que lo que no conocéis y tanto os preocupa será esclarecido a su tiempo.

Mi confusión, lo insólito de lo que se me pedía, aquel no saber y tener que actuar, unido a la decisión que ya había tomado mi general, el silencio expectante del Astrólogo y el mutismo obcecado del Pontífice habían enrarecido la atmósfera, que parecía latir al ritmo acelerado de mi corazón.

—¿En verdad me pedís, mi general, que esté dispuesto a hacer un viaje tan largo sin saber exactamente para qué? —Era mi última oportunidad para obtener una respuesta.

—Así ha de ser —concluyó, tajante, el cardenal.

Darko me dirigió una mirada densa. La obediencia debida silenció por un momento mi garganta pero la vehemencia de la rebeldía no tardó mucho en dar paso a la incontinencia verbal.

—No es mi costumbre comenzar las cosas en penumbra —prorrumpí, airado, desde lo más profundo de mi ser—. Ni creo sea tampoco la de la Iglesia colocarme un velo ante los ojos en vez de quitármelo. Soy el Inquisidor General de Liguria, respetado y temido guardián de la ortodoxia, y como tal necesito de vos que señaléis a mis enemigos, mas no la oscuridad.

Mis palabras silbaron como dagas en el aire contra las intrigas de Iuliano. En ese momento, el papa Clemente abandonó su silencio y acariciándose la barba, pensativo, habló con pasión, pero con prudencia. Su rostro curtido era el de un hombre que orillaba las horas de su ocaso.

—Ahora veo que nuestra elección ha sido sabia —comenzó el Santo Padre— y por ello confiamos que desempeñaréis la labor que os ha sido encomendada con el mismo desvelo con que habéis servido ciegamente a nuestra Iglesia desde vuestro convento en Génova. —La voz del Papa pareció apiadarse poco a poco, como la cuerda de un arco gastado—. Entendemos, es lógico y muy humano, que reneguéis de la incertidumbre, pero hoy nuestra llamada así lo requiere. Así lo hemos decidido personalmente y así se hará.

—Sí, Su Santidad —contesté ya sin vacilar, y ante la fidelidad que mostraba mi respuesta, Clemente VIII esbozó una tenue sonrisa para terminar su intervención con una de sus alegorías preferidas.

—Hermano DeGrasso... Sabed que la loba romana amamanta a todos sus hijos por igual, y antes de reclamarle su leche, más bien debéis escuchar a los hermanos que os hicieron lugar en sus ubres. Confiad en nosotros, que vuestra incertidumbre no ponga ante vuestros ojos velos que no existen. Pues si así sucede, perderéis la fe, y en la ceguera del alma bien podríais clavar al hombre equivocado. Como fariseo y detractor.

—Sí, Su Santidad —musité, sin atreverme a más.

—Estamos seguros de que sois un buen religioso. Haréis bien vuestro trabajo.

El Pontífice alargó su delicada mano enguantada hacia mí, dando por terminada la reunión. Avancé entonces un pequeño paso, arrodillándome, y besé su anillo de vicario.

—Santo Padre —pronuncié con fervor—, regresaré a San Pedro con los resultados esperados.

—Estamos seguros de ello, hermano DeGrasso. Aquí os aguardaremos, elevando nuestras plegarias por vos —dijo el Papa, y alzando su mano ante mi rostro, me bendijo—. Que Dios os acompañe… In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Amen.

El cardenal Iuliano y Darko permanecieron en silencio. No parecían albergar duda alguna sobre la misión. Sin embargo, para mí, se habían multiplicado.

Inevitablemente, un libro y un viaje se estaban cruzando en mi camino.

2

Salí de los palacios vaticanos por la basílica, sin prisa, hacia una Roma que se mostraba gris e indiferente. El aire gélido otoñal me heló el rostro, obligándome a levantar la capucha del hábito y a refugiar mis puños bajo el albornoz. Así atravesé la plaza de San Pedro por el centro, como acostumbraba, buscando una respuesta a mis innumerables dudas en lo más profundo de mis pensamientos, una respuesta que intentaba alcanzar pisando aquel suelo bautizado, a la par, con sangre y misericordia. Paradójicamente, en esta misma plaza los emperadores divertían a gentiles y plebeyos con matanzas de cristianos. En la arena del circo, ahora cubierta por losas santificadas, el mismísimo Pedro fue uncido con el devastador yugo de la persecución imperial. Los últimos instantes de su vida, su último aliento, sus últimas visiones transcurrieron en aquel lugar que yo pisaba. Una vida teñida de leyenda en cuyo final, justamente en esta plaza, surge el Pedro mártir, cabeza indiscutible de la Iglesia de Cristo en la Tierra.

¿Dudó Pedro, como ya lo hiciera antes, de esa fe que le llevaba a la muerte? ¿O fue esa misma fe la que le ayudó a soportar el tormento y su inevitable desenlace? ¿Da su muerte testimonio de Cristo? ¿Prueba la muerte de Pedro que creyó en lo que vio? Perdido andaba en estos pensamientos cuando mis ojos dieron con el obelisco que adornaba el centro de la plaza. Me detuve y me volví hacia la basílica: ¿Se correspondía aquello con la visión que tuvo Pedro de su Iglesia o seguiría viendo en la plaza el circo de Nerón? Suspiré. Cierto es que existen cosas de las que nadie debería dudar, pero también lo es que la carne es débil y no hay minuto en la vida de un hombre en el que las preguntas sin respuesta no provoquen vacíos, y en muchas ocasiones, vacíos de fe. Me sentí más humano. Me sentí más humano al comprender una Iglesia conformada por humanos. Y allí había muerto el apóstol, por querer propagar su fe, crucificado boca abajo ante cientos, miles de personas sedientas de dioses paganos. Pedro habrá tenido miedo. Seguro. Habrá sufrido y, mirando al cielo, habrá pensado si, tal vez, todo aquello no era más que una tremenda locura. Mi aliento formaba nubes de vapor y en mis ojos se condensaban, poco a poco, esas lágrimas que, impulsadas por la angustia, brotaban cada vez que atravesaba aquel lugar. Mi pensamiento vomitaba la pregunta que volvía a mí cada vez que pensaba en Pedro al cruzar la plaza del Vaticano: Yo, Angelo, ¿sería capaz de dar mi vida por Cristo?

Extraviado en mis pensamientos había abandonado la plaza hacia el Tíber. Al día siguiente iría al archivo del Santo Oficio. Necesitaba refrescar la causa de Gianmaria y comprobar que no hubiera allí algo de importancia que no se hubiera transferido a mi convento. Y también quería averiguar algunas cosas sobre el misterioso libro. Pero antes, ansiaba encontrarme con un viejo amigo de juventud al que no veía desde hacía años, el comerciante Tommaso D’Alema. Al saber que tendría que viajar a Roma lo había avisado para que me acogiera en su casa, pues lo prefería a tener que instalarme en cualquier otro lugar.

Ni por asomo adivinaba las consecuencias que tendría aquella visita.

La mesa de Tommaso D’Alema, mi primera noche en su casa después de tanto tiempo, era espléndida. Comida abundante, buen vino y su familia entera compartiendo con nosotros la cena: Libia, su mujer, y Raffaella, su hija. Parecía que el frío de Roma iba a quedarse en un mal recuerdo eclipsado por la acogida de mi viejo amigo. Pero no fue así: la conducta de Tommaso lo impidió. Después de tantos años sin vernos y por la información que le había llegado sobre mí, estaba receloso. Mi estancia en la casa de aquella familia no iba a ser fácil.

—Sé que eres un religioso del Santo Oficio —dijo mi amigo—. En Roma las noticias se respiran en el aire. Quizá ahora tengas algunas costumbres… O mejor dicho, nosotros tengamos otras que puedan llamarte la atención.

Libia observaba silenciosa, como una estatua de sal, con una actitud muy alejada del trato amable que me había dispensado en otras ocasiones.

—¿Te asusta que sepa que no bendices tus alimentos? —le pregunté con sarcasmo—. ¿O lo que realmente te asusta es tener en tu mesa a un… inquisidor?

A mis palabras sucedió un profundo silencio.

—Puede que sí… —balbuceó Tommaso, nervioso y sincero—. No quiero que pienses que indago en tu vida. Solo intento vivir una vida sin ruido… sin hacerme notar.

—Es verdad... Soy inquisidor. ¿De qué intentas proteger a tu familia? ¿De mí? Ahora dime, Tommaso…, ¿sabes tú si alguna vez juzgaron a alguien por no bendecir sus alimentos?

—Pues… No lo sé.

—No, nunca —aclaré con brío—. Es grato saber que los años separan a las personas, pero no dañan la franqueza que existía entre ellas. Agradezco tu respuesta sincera y, amigo mío, me gustaría que siguieras viendo en mí a tu antiguo compañero, vestido, eso sí, con hábito sagrado, pero no juez de tus costumbres. —Tommaso asintió y yo proseguí—. No merece la pena que desperdiciemos la noche hablando de estos asuntos. Bendeciré la mesa y os pediré que no os abstengáis de hacer o decir lo que os plazca. Al fin y al cabo, soy vuestro invitado y no quisiera incomodaros con mi presencia.

Tommaso asintió de nuevo antes de que todos juntaran sus manos para recibir mi plegaria en latín, que sonó acartonada entre aquellos cálidos muros.

Lentamente, a medida que la cena avanzaba, la tensión inicial se fue relajando, aunque Libia se mantuvo en silencio más tiempo del que yo esperaba. A ratos, la sorprendía mirándome, comunicando con los ojos lo que no hacía con las palabras. Mis visitas habían sido cortas, por lo que ella nunca había terminado de conocerme bien. Ahora, cual leona al acecho, cuidaba de los suyos más que nunca, presintiendo una posible amenaza en aquel monje reclutado por los miembros del Santo Oficio. La observé con la pericia del inquisidor, me detuve en el ángulo de su mandíbula, en su mentón proporcionado; capté su nariz recta, su frente llana, sus labios disparejos, que permanecían semiabiertos y tenían un color encendido. Concluí que poseía, sin duda, los ojos enigmáticos y el cuello de una bruja, y aunque ocultos, sus pechos se presentían, como su cintura, tallados, firmes. Por un instante la vi desnuda en el potro, recibiendo tormento, mirándome expectante entre el dolor y el placer. La observé hablar, y mientras sus labios articulaban las palabras dejando entrever unos dientes nacarados, percibí el sabor de su lengua, el gusto de su saliva. Era una bruja perfecta, vigorosa… que permanecía oculta bajo la encarnadura de aquella Libia esposa y madre cuya lozanía había respetado el paso de los años. En Pisa, Tommaso y yo, jóvenes e inexpertos, no habíamos escatimado tiempo para correrías nocturnas pero a ninguno de los dos nos costó renunciar a las mujeres: yo porque nunca dejé de considerarlas fuente de pecado y porque decidí ser fiel a mis votos; y él porque desde que había encontrado a Libia, el resto de las mujeres había dejado de existir.

—¿Has reconocido a mi pequeña después de tanto tiempo? —me preguntó Tommaso, interrumpiendo el curso de mis pensamientos, que se rompieron con el estruendo del cristal.

Le sonreí y asentí con la mirada y, después, me volví hacia la joven.

Raffaella era distinta, sus ojos pardos se llenaban de preguntas mientras me observaba con una intensidad que me desarmaba. Sí, había crecido mucho desde la última vez que estuve en la casa. Aquella niña a la que recordaba completamente desinteresada de la realidad y risueña, a sus quince se había transformado en una elegante jovencita, muy atenta a las palabras de sus mayores. Raffaella era la preciada joya de los D’Alema, sociable, inteligente, amable como el padre, y profundamente bella… Como su madre. Discreta e intensa, actuó como un imán para mi ánimo.

Mi amigo continuó hablando, interrumpiendo de nuevo mis pensamientos:

—Traeré algo que te gustará... —Se puso en pie inmediatamente y rebuscó en una estantería de madera que se hallaba no muy lejos de la mesa. Se sentó de nuevo, colocó dos vasos ante nosotros y me enseñó la sorpresa que me tenía guardada: una gastada y rechoncha botella de grappa. Tommaso sabía muy bien que mi paladar tenía debilidad por ese licor.

—Buen remedio para matar el frío —bromeé con entusiasmo—. Claro que, tratándose de grappa, siempre hay una excusa válida… Agradezco que hayas pensado en mí—. La botella estaba lacrada y yo sabía muy bien que él prefería el suave vino tinto a aquel recio aguardiente.

—Se la compré a un amigo en las afueras de la ciudad. Es grappa del norte, del Veneto —explicó, con la sabiduría de un bodeguero, mientras quitaba el tapón de la botella.

—¡Será entonces bien llamada agua bendita! —exclamé con alegría—. ¿Me acompañas? —Y levanté mi vaso mirando primero a Tommaso y luego a la botella.

Él sonrió con aquella sonrisa abierta de nuestra juventud mientras vertía el líquido transparente en nuestros vasos. Y mucho más relajado, preguntó:

—¿Cuánto llevas como inquisidor, Angelo?

—Diez años —respondí, y el rostro de Tommaso se arrugó en una mueca de sorpresa. La vida había pasado muy deprisa, a pasos de gigante, y ahora, de pronto, se daba cuenta.

—¿Qué sucedió entonces con tu antigua abadía?

—Oh, sí... La vieja abadía, ¿aún la recuerdas?

—Claro, la recuerdo muy bien, tus cartas la describían a la perfección. Por momentos, hasta creía conocerla como si hubiera estado en ella. ¿Sigues allí?

—No… Ya no enseño en la vieja abadía, he tenido que abandonar a los capuchinos y la escolástica. El tribunal inquisitorial y las causas a mi cargo me han requerido en otro lugar, y a tiempo completo. Mas aún sigo en Génova.

Pensar en mi caprichosa trayectoria me causaba desasosiego. Me habría quedado toda la vida en la hermosa abadía de San Fruttuoso, con los capuchinos, mis verdaderos padres espirituales. Pero, acatando una decisión de mi maestro, Piero Del Grande, que nunca alcancé a comprender del todo, les abandoné para acabar mis estudios y ordenarme como dominico. Y aunque regresé a la abadía a dar clases de teología por algún tiempo, volví a dejarla para incorporarme a las filas del Santo Oficio, como si mi destino hubiera sido siempre la Inquisición: ser dominico era requisito indispensable para poder llegar a Inquisidor General. El papado les había encargado tal cometido cuando creó el Santo Oficio, por ser ellos los defensores a ultranza de la ortodoxia. Mi oficio de guardián de la fe me gustaba, y mucho, mas no dejaba de echar en falta aquella alegría silenciosa y primitiva del claustro, la cercanía a los hermanos y a la tierra, y aquellas discusiones teológicas que te llevaban tan cerca de Dios.

—De modo que has dejado tu morada de tantos años… —dijo Tommaso con la misma extraña nostalgia que yo sentía.

—Así es... Pero no la abandoné; no del todo. La visito esporádicamente. Gran parte de mi vida transcurrió entre aquellas paredes.

—¿Cómo es tu nueva casa? —preguntó Tommaso, interesado por saber de mi vida actual.

—Es un antiguo convento al este de la ciudad, enclavado en un promontorio cercano al mar. Es la delegación del Santo Oficio. —Me acaricié la barbilla, invadido, por un instante, de recuerdos—. Tiene un bello jardín con naranjos, olivos y parras. Desde su altura se puede observar la inmensidad del Mediterráneo y, en días despejados, la borrosa sombra de Córcega en el confín de las aguas.

—Debe de ser hermoso —fantaseó Tommaso tratando de imaginarlo mientras sus ojos brillaban a la luz de la bebida—, digno de ser habitado.

—Es muy bello... Lo es. Como una rosa es bella, a pesar de sus espinas…

—¿A qué te refieres? —A Tommaso no le bastaba la metáfora con la que yo intentaba evitar una explicación más precisa.

—Eres una persona inteligente y no vives ajeno a la realidad, ¿verdad? —Tommaso se encogió de hombros—. Dentro del convento se encuentra la cárcel del Santo Oficio que, para mi pesar, no siempre desde que la administro está vacía. Muchas veces no huelo el aire salado del mar, ni escucho a las gaviotas, porque estoy recluido en mis dependencias, estudiando las causas de los reos. Y muchas otras, no veo los colores del día… porque estoy en los sótanos, escrutando el rostro de los confinados… Estas son las espinas de mi rosa.

—Por mucho que nos pese, cada ocupación tiene su lado no deseado —afirmó Tommaso, intentando aliviar la gravedad de mi discurso.

—Me entristece mantener las cárceles pobladas porque lamento las afecciones del hombre, de la misma forma que un médico se entristece ante la enfermedad. Me entristece ver a la gente infectada por la herejía, un mal que carcome la carne y pudre el espíritu.

—¿Quién llena las cárceles de reos? —quiso saber Tommaso.

—Soy yo quien las llena —tuve que aclarar—. Soy yo quien ordena las detenciones. Soy yo quien lucha contra la herejía en mi jurisdicción.

Tommaso se recluyó en el silencio. Nadie quería saber, ni siquiera oír pronunciar la palabra herejía, y menos ante un inquisidor. Pero no fue nada más que un instante.

—¿Y hay mucho de eso en Liguria?

—Como en todas partes. Lo suficiente para mantenerme despierto. —Mis palabras alentaron a Tommaso a ir más lejos y a pronunciar la pregunta que hacía tiempo deseaba formular.

—Y… ¿te parece justo, pues, quemar a una persona por desviarse de la fe verdadera?

Me quedé mirándole. No hablé, le miré mientras acercaba el vaso de grappa a mi boca, buscando la llama que el alcohol provocaba en mi pecho. Solo necesitaba un poco de tiempo para ordenar mi discurso, pues ¿qué era lo que una persona sin estudios teológicos podía recibir como respuesta y quedar satisfecha? Tommaso demostró mucho valor, yo lo sabía, por eso era de ley una respuesta fundada, que pudiera comprender, la que estaba obligado a ofrecerle un ministro de la Iglesia católica. Su pregunta era la misma que había mantenido ocupados a los teólogos desde los albores de la Iglesia. Yo debía resumir todos aquellos complejos debates para que fueran entendidos por las mentes más simples. El peso de mi hábito, la maldición de mi cargo eran de nuevo los dueños de la sala, e incomodaban a mis amigos. El silencio era tal, y tal la expectación, que opté por comenzar con aquella respuesta que ellos deseaban, casi necesitaban, oír de un Inquisidor General. Tan sencilla y directa como había sido la pregunta.

—Sí, lo es —dije, imperturbable.

Tommaso no hizo un solo gesto. Calló con aquel silencio de piedra.

—Tommaso… —le increpé, suavemente—. ¿Tú pagas impuestos?

—Claro que sí.

—¿Sigues las normas cívicas?

—Sí.

—¿Respetas a las autoridades?

—Sí, desde luego que lo hago.

—¿Te consideras, pues, un buen ciudadano?

—Sin duda, lo soy.

Yo era teólogo, doctor en leyes, y en verdad que el combate era desigual. Luchábamos en mi terreno, con mis armas, pero era la única manera de hacerle comprender.

—Así pues, respetas las normas de la vida civil y te parece justo que sean respetadas —proseguí—. Yo hago lo mismo: respeto las leyes eclesiásticas y me parece justo que sean respetadas, con la diferencia de que soy juez y parte, pues me encargo de preservarlas. Nadie que desconozca qué es la fe es enviado a la hoguera. Solo aquellos que conocen la norma y se desvían de ella, la vituperan adorando a falsos dioses o, aún peor, incitando a los demás a adorarlos. ¿Acaso tu acto de no bendecir los alimentos fue intencionado?

—No, no lo fue... Es solo que... —No lo dejé justificarse, porque esta no era la finalidad de mi discurso.

—No lo hiciste, pero tu corazón está limpio, y yo lo sé. ¿Qué tipo de personas crees que condenamos en nuestros tribunales? ¿A aquellos que no bendicen sus alimentos o que no rezan en voz alta? ¡No! —continúe con vehemencia—. No puedes imaginarte cómo son porque jamás los has visto, pero créeme a mí, que tengo que verlos todos los días de mi vida… En verdad te digo que no hay entendimiento sin fe. Si tienes fe en las Sagradas Escrituras, tendrás entendimiento, consuelo y leyes que respetar.

—¿Y cuáles son las leyes que obedeces? —siguió investigando Tommaso.

—Aquellas que se desprenden de las Sagradas Escrituras, aquellas que, renovadas por el Redentor, heredaron los apóstoles y que, a su vez, ellos nos legaron para mantenernos unidos y alejados de toda tribulación. Las mismas leyes que luego fueron interpretadas por los Santos Padres de la Iglesia y que son nuestro dogma de fe.

Tommaso pareció perderse en mi palabrería, por lo que escogí el camino más accesible y el único capaz de corroborar todo lo que había afirmado.

—Mi ley está en las Sagradas Escrituras.

Dicho esto me levanté un momento de la mesa y me dirigí a mi habitación a buscar la Biblia que siempre llevo conmigo. Regresé a la sala, me senté y escogí una página. Podía haber recitado las palabras sagradas de memoria, pero preferí mostrarles la página escrita, tal como fue concebida. Tommaso miraba el libro mientras yo apoyaba un delicado señalador de tela en la página que les iba a leer. Acerqué uno de los candelabros y comencé a leer. Me escucharon con atención, y durante unos minutos tuve la certeza de que mis palabras causaban una honda impresión. Quizá fuera la solemnidad que las acompañaba. No obstante, no era aquella velada la adecuada para profundizar en cuestiones de teología.

Era suficiente para una noche, la primera, pero no me resistí a terminar con una de las parábolas que prefería ya desde el noviciado.

—Yo soy juez de la Ley de Dios, que está en este santo libro, y tengo la preparación espiritual de un dominico. Recuerda esto, amigo mío: cuando a Jesucristo le preguntaron sus apóstoles por qué ellos no pudieron expulsar el demonio del cuerpo de un niño, Él les respondió: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe diréis a este monte: “Desplázate de aquí a allá”, y se desplazará, y nada os será imposible». Si nuestra lucha contra brujos y hechiceros te parece una cuestión política, no puedo hacer nada para convencerte... Pero para mí es una pelea abierta hace siglos, y bien cierta. Y no dejaré de librarla, y no descansaré hasta la victoria porque tengo mi fe, y con ella muevo montañas…

El resto de la velada fue una reunión de viejos amigos, la enumeración de recuerdos comunes, la recuperación del afecto. Sin embargo, el largo viaje me había fatigado. En realidad todos estábamos cansados, así que tal y como la botella de grappa volvió al estante, nosotros nos despedimos hasta el nuevo día y nos retiramos a nuestros aposentos. Tommaso agradeció mi explicación y yo la atención que me habían prestado los tres. Iluminando mi camino con una lámpara de aceite, me dirigí a mi habitación, sencilla pero bien equipada: un lecho, un pequeño armario, un escritorio y una jofaina llena de agua dispuesta sobre una mesa. Allí lavé mis manos y mi cara antes de arrodillarme para rezar, como cada noche de mi vida. El Archivo del Santo Oficio me esperaba a la mañana siguiente.

3

Desperté temprano, como si hubieran tocado a maitines, pero no estaba en mi opulento tálamo de roble francés, sino en aquel cuarto sencillo. Había descansado tan profundamente que no recordaba dónde me hallaba, quizá por la fatiga del viaje, las revelaciones de Iuliano y el esfuerzo oratorio de la noche. El día despuntaba entre penumbras, y una leve claridad se abría paso, tímida, desde la pequeña ventana mal cerrada que dejaba al viento colarse entre las rendijas y producía un silbido constante, molesto. Fuera, pues, me esperaba de nuevo el aire helado, pero el día debía comenzar. Me vestí, recé mis plegarias, estiré el lecho y repuse el agua de la jofaina antes de acudir a la cocina, donde Libia me esperaba solícita con un cuenco de gachas calientes que agradecí con un gesto tímido. Sin apenas cruzar una palabra, partí sin más demora a cumplir con mis obligaciones.

La marcha por Roma fue lenta, con el rostro oculto tras la capucha, la cabeza agachada sobre el pecho y las manos en el sencillo crucifijo que pendía siempre de mi cuello. Le tenía aprecio: era un recuerdo de mi estancia con los capuchinos. Así atravesé la ciudad, como un profeta entre la turba que comenzaba a llenar esquinas y mercados, callejuelas lúgubres y plazas. Aquellos mercaderes que se cruzaron conmigo apenas se atrevieron a lanzarme una mirada de soslayo con sus ojos ignorantes, tan atraídos como repelidos, por aquella figura que, oculto el rostro, parecía portar algún misterio.

Detuve mis pasos ante la escalinata de mármol que daba acceso a las puertas de la sede del Santo Oficio, donde nada más entrar el hermano Gerardo, el monje encargado de los archivos y de la biblioteca, que me conocía bien, atendió con rapidez mis requerimientos.

—Excelencia DeGrasso —exclamó al reconocerme—. ¿En qué os puedo ayudar?

—Bienhallado seas en Dios, hermano. —Saludé mientras retiraba lentamente mi capucha—. Quisiera examinar la causa de Eros Gianmaria y recabar información sobre un viejo libro.

—Gianmaria… —repitió el hermano Gerardo llevándose una mano al mentón y alzando una ceja cuando asimiló el nombre—. Creo haber oído hablar de él. ¿Aún vive?

—Sí —exclamé—. Es uno de los presos a mi cargo.

—¿Recordáis dónde comenzó su proceso?

—En Venecia.

—Bien —asintió, una vez obtenida la información que requería para ayudarme—. Os mostraré dónde buscar.

Entramos en la gran sala que componía la biblioteca del Santo Oficio, donde se encontraban todos los libros de consulta habitual, cartas geográficas y una hermosa esfera armilar, además de algunos escritorios que, dada la oscuridad del recinto y sobre todo en un día gris como aquel, se alumbraban a la luz de varios candelabros. Al final de la gran sala, una puerta conducía al archivo de procesos, mientras que en el sótano, fuera del alcance de los profanos, se custodiaba bajo mil llaves la información sobre los libros prohibidos y algún que otro ejemplar. El monje me acompañó a las vitrinas donde debía hallarse lo que yo buscaba.

—Aquí se encuentran los tomos relativos a las causas iniciadas en el Veneto. Si recordáis el año de su detención, no os llevará mucho tiempo localizarlo. —Y después de señalarme los estantes que había de mirar, se giró hacia mí—. ¿Cómo se titula ese viejo libro?

Necronomicón.

—¿Prohibido? —Y así empezó otro breve interrogatorio.

—Sí.

—Entonces ha de estar en el Index Librorum Prohibitorum…

—Así lo creo.

—¿Sabéis en qué fecha fue condenado?

—Solo sé que un ejemplar fue encontrado y quemado en España, hace poco menos de cuatrocientos años.

—Cuatrocientos años... —El encargado meditó en silencio. Otro movimiento de cejas me indicó que ya había dado con la respuesta—. Bien. Ya sé dónde buscar. Vos tratad de encontrar el proceso del hereje, yo me encargaré de hacer lo mismo en lo relativo al libro. Os lo traeré a la biblioteca. —Y diciendo esto se alejó para desaparecer tras la puerta del archivo.

La búsqueda del proceso me llevó un buen rato. Era de esperar, pues eran muchas las causas archivadas, y no solo de la jurisdicción de Venecia, pues el Santo Oficio tenía un gran número de sedes, desde Francia hasta Alemania, desde los Alpes hasta Nápoles y Sicilia… Ello sin contar las tierras conquistadas por castellanos y portugueses allende los mares. Todo se reunía aquí, cada uno de los juicios llevados a cabo por la Inquisición se asentaba para luego ser archivado; la crónica de cada uno de los que habían caído en desgracia ante la Iglesia se encontraba en estos anaqueles. Tras haber revisado la parte inferior de las vitrinas, tomé una pequeña escalera y allí estaba, el polvoriento tomo que contenía la causa de Eros Gianmaria. Descendí para dirigirme hacia uno de los escritorios de la biblioteca a examinarlo a la luz de las velas.

El hereje llevaba, efectivamente, cuatro años encarcelado, el último en mi convento de Génova. Ni el largo tiempo de encierro ni las lúgubres y húmedas celdas en las que permanecía confinado habían logrado domar su desequilibrada personalidad. Su boca hedía. Su lengua escupía veneno, continuas blasfemias contra la Santa Madre Iglesia y su clero, desde el Pontífice hasta todo su séquito de prelados. Acusado de brujería y sospechoso de horrendos asesinatos en Baviera y el Veneto, el reo era candidato firme a los castigos más severos de la Iglesia. Su causa contenía un sinfín de delaciones recogidas durante años, que comprometían severamente al hereje, a quien apodaban el Payaso por ser miembro de una compañía de teatro que había recorrido gran parte del Viejo Continente dejando tras de sí una trágica y enigmática estela de muertes. Durante todo el tiempo en que funcionó la compañía y en cada uno de los lugares en que actuó aparecieron cuerpos mutilados y vejados de mujeres sobre los que se habían practicado los mismos ritos, considerados como satánicos. Aunque Gianmaria fue detenido, nada pudo hacer la justicia civil. Solo una acusación de brujería lo privó de la libertad y lo hizo pasar a disposición del Inquisidor General del Veneto en el año 1593. En su poder se hallaron cuadernos con extrañas anotaciones y libros prohibidos por demoníacos. A pesar de la evidencia, nada más que reclusión sufrió el Payaso diabólico, pues su encarcelamiento más parecía una maniobra del gobierno de la República de Venecia, que, impotente al no poder acusarlo directamente de los crímenes, recurrió al Santo Oficio para sacarlo definitivamente de sus calles. Eros Gianmaria me había sorprendido desde un principio, porque no encontré en él a un hereje vulgar, sino a una persona tan culta como perversa. Hablaba con fluidez griego y latín, y conocía algunas palabras en alemán. Demasiado para ser, como afirmaba, un simple hijo de campesino.

Después de leer el proceso del hereje en Venecia y de haber refrescado la información que conocía y no haber encontrado nada nuevo, me quedé meditando. Tenía que escoger el anzuelo y el cebo adecuado para que el pez, esta vez, picara. De repente, recordé algo que había visto en el expediente y que me proporcionaría una estrategia: Eros Gianmaria fue interrogado por el Inquisidor General del Veneto, sí, pero no lo suficiente, pues, sin saber las causas reales, el proceso se detuvo a causa de una burocracia fuera de lugar que terminó con su traslado a Génova. Alguien estaba interesado en mantenerlo con vida. Tan concentrado estaba en mi tarea que la mano que tocó mi hombro en aquel instante me sobresaltó.

—Perdonadme —se disculpó el hermano Gerardo—. No era mi intención asustaros. Encontré algo sobre el libro que buscáis, no es mucho, unas anotaciones en griego enviadas por la Iglesia ortodoxa antes del Cisma. Procurad tratarlas con mucho tiento.

Asentí con la cabeza, mientras mi corazón aún recordaba el sobresalto.

—Si se os ofrece algo más…

—No, gracias, hermano… Bueno, quizá sí. Querría saber si guardan en depósito algún objeto incautado al hereje mientras estuvo en Venecia. Fue en 1593.

—No lo creo —afirmó el monje—. Deberían habéroslo entregado todo cuando lo trasladaron a vuestra jurisdicción. Pero echaré un vistazo.

Mientras el hermano se perdía de nuevo en el fondo de la sala, tomé el pergamino que me había entregado y con delicadeza lo acerqué a la luz de las velas. Las letras griegas cobraron sentido rápidamente:

- Νεκρονομικον -

Necronomicón

Biblia satánica de los desiertos escarlatas. Libro de las artes negras, contiene en sus hojas una extraña metafísica astral prohibida. Posee conjuros que avivan y atraen demonios del mundo antiguo.

El Necronomicón fue condenado en el siglo XI por el patriarca Miguel de Constantinopla. Nuestra Santa Iglesia lo declara opúsculo infame de las artes diabólicas y testimonio vivo de Satanás en esta tierra.

Este libro es el antitestimonio de Cristo, en buena hora sus páginas deberían arder.

Las siete páginas restantes solo contenían exhortaciones y datos históricos que no aportaban nada nuevo sobre el contenido del libro. Pero al final, antes de la firma, estaba la que parecía advertencia postrera de la Iglesia de Oriente, escrita por una mano que hacía ya más de doscientos años que descansaba en el polvo de sus huesos:

Dios libre a los hombres del rastro de esta obra, pues la bestia mira y presiente a través de ella y sus brujos.

GIORGOS GKEKAS
Tesalónica, junio de 1380

El monje se acercó en silencio y apoyó delante de mí un pequeño cofre.

—Sois afortunado —afirmó alegre—. No tendría que estar aquí, pero debió de traspapelarse cuando os enviaron los objet

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