En el nombre de la piedra

Cristina Fantini

Fragmento

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Dramatis personae

Pietro da Campione, luego Pietro Solari: hijo de Marco Solari da Carona

Alberto da Castelseprio, luego Alberto Solari: hijo de Marco Solari da Carona, gemelo de Pietro

Jacopo Fusina da Campione (real): ingeniero

Zeno Fusina da Campione (real): ingeniero

Marco Solari da Carona (real): ingeniero, llamado Marchetto, padre de los gemelos

Anselmo Frisone: monje del convento de Sant’Ambrogio

Marco Frisone (real): ingeniero

Antonio Frisone: barquero, padre de Costanza

Pia Frisone: mujer de Antonio

Maddalena Frisone: hermana de Costanza

Costanza Frisone: madre de los gemelos

Tavanino da Castelseprio (real): carpintero

Bonino da Campione (real): ingeniero

Simone Orsenigo (real): ingeniero

Ugolotto da Rovate: aprendiz de carpintero

Aima Caterina Codivacca: antigua esclava

Marta Codivacca (real): benefactora

Matilde Roffino: cantante

Gregorio da Casorate: secretario de Anselmo

Bernabò Visconti (real): señor de Milán

Gian Galeazzo Visconti (real): duque de Milán desde 1395

Giacomo da Gonzaga: amigo de la infancia de Gian Galeazzo

Ottone da Mandello (real): capitán general de Gian Galeazzo

Jacopo dal Verme (real): consejero y capitán general

Caterina Visconti (real): hija de Bernabò Visconti, segunda mujer de Gian Galeazzo

Blanca de Saboya (real): madre de Gian Galeazzo Visconti

Margherita di Maineri (real): dama de compañía de Caterina Visconti

Marco Carelli (real): mercader milanés

Maffeo y Lunardo Solomon: mercaderes venecianos

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Oh Templo Santo, oh gigantesca mole,

oh marmóreo Coloso, oh vasto monte,

eres obra divina que alzas tu frente,

hasta donde corre el carro de oro del Sol.

CARLO TORRE,

Il Ritratto di Milano, 1674

El portentoso Duomo de Milán

no se eleva hacia el cielo,

sino que sujeta este a la tierra en armonía

en el bello gótico de Lombardía:

inspiración mística recorre las naves

la Presencia del verbo:

y en un estallido de luz exterior

brota una nueva humanidad sobresaliente,

y de la Persona Única

en vértices de santos vuelve a florecer

siguiendo la maternal invitación de María

que de Naciente se va haciendo

Asunta; y el pueblo define, y la acerca

a él para tenerla más cercana, la llama

Madonnina.

CLEMENTE REBORA,

6 de noviembre de 1956

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Prólogo

Milán, abril de 1404

Desde el contrafuerte de la sacristía norte, Alberto da Castelseprio abarcó con la mirada los pueblos y las aldeas que se extendían desde la llanura hasta las estribaciones de los Apeninos.

Suspiró.

Había trepado al andamio como una araña, sosteniéndose a veces con los brazos, a veces solo con la fuerza de las manos y de las piernas. Cada vez más arriba, mientras las ráfagas de aire le secaban el sudor y hacían ondear la camisa como un estandarte. En equilibrio, un pie detrás del otro sobre las vigas de roble de poco más de dos palmos de ancho, frágiles puentes entre un andamio y otro.

Se encontraba ahora en el punto más alto de la nueva iglesia, de la Jerusalén celestial que los milaneses habían querido ofrecer a la Virgen, a la ciudad, al pueblo.

El ábside estaba terminado y la vieja catedral de invierno, Santa Maria Maggiore, parecía una concha agrietada. Ladrillo a ladrillo, piedra a piedra, estaba siendo derribada mientras crecía la que tenía bajo sus pies.

Se inclinó sobre la baranda.

Acarició con la mirada los muros de la sacristía, los pilares polilobulados en forma de flor, los capiteles de los tabernáculos adornados con estatuas, los tres grandes ventanales del ábside decorados con filigranas como si fueran de encaje. Abarcaba con la vista la obra, que ascendía muy empinada hacia el cielo, y tuvo la extraña sensación de que las dimensiones colosales podían caber en la palma de una mano.

—¡Eh, ahí arriba!

Alberto vio que el árgano había subido ya hasta su altura la primera estatua de la catedral, un caballero de mármol con el brazo apoyado en un costado sobre una enorme espada, que esbozaba una sonrisa por debajo de la barba y del bigote. Oscilaba lentamente, suspendido de las cuerdas de cáñamo, tensas como arcos de guerra y empapadas en agua para evitar que se rompieran. Comprobó con los dedos callosos la resistencia de las juntas y de los nudos y, cuando estuvo seguro de que el esfuerzo y el peso estaban equilibrados, cruzó una mirada con el escultor Pietro da Campione.

Había reconocido su voz y lo observó mientras sujetaba el último peldaño. El viento le alborotó el cabello, la expresión habitualmente alegre estaba alterada por una tensión en los labios y por un velo de aprensión que le cubrió los ojos.

—Sujétalo bien y levanta un pie cada vez —le sugirió—. Pero tranquilo, aquí arriba tendrás mucho espacio para trabajar.

Alberto ajustó primero una guía y luego ofreció la mano al amigo. Cuando lo atrajo hacia sí, Pietro tomó impulso y aterrizó frente a él jadeante.

—Por el alma de diez pecadores, me siento morir —murmuró.

—Debe de ser el vértigo —sugirió Alberto acertadamente.

—Tal vez —respondió el otro—. Por suerte, me acostumbro enseguida.

—¿Maestro Giorgio todavía no se atreve? —preguntó Alberto, refiriéndose al escultor de la estatua suspendida en el vacío.

—Aquí arriba no sube ni muerto —confirmó Pietro.

Alberto le concedió unos instantes para admirar las inmensas ventanas del ábside todavía sin vidrieras, que desde abajo daban una impresión de esbelta fragilidad, pero que desde cerca parecían encajes; los contrafuertes, resistentes y bien construidos, y los arcos apuntados que, despojados de la pesadez de la piedra, creaban en el espectador la ilusión de poder abandonar escaleras y asideros para elevarse con ellos hacia el cielo.

Los trabajadores que habían seguido a Pietro ya lo habían alcanzado; unos lo ayudarían a situar la estatua sobre la base de la aguja, otros ya estaban preparando el mortero.

—Siento un vacío en el estómago, sobre todo cuando pienso en todas las agujas y estatuas que tendremos que levantar. —De repente se volvió y lo miró—. Este árgano funcionará bien, ¿no, Alberto?

—Funcionará, no te preocupes —le respondió con convencimiento.

Pietro asintió, pensativo.

—Tendré que estar aquí cuando coloquen la estatua del profeta —añadió decidido.

—¿Dónde la pondrán?

—En el mismo contrafuerte, pero más abajo; orientada hacia la vía de Compedo —le explicó—. Sobre el arco de la ventana central del ábside se colocará un ángel y, sobre la otra, tal vez irá la estatua que has esculpido tú.

—No es gran cosa, yo soy carpintero.

—No seas modesto y, además, entre mármol y madera no hay tanta diferencia.

—No lo digas en voz alta o Marchetto me obligará a acabar la otra estatua —le respondió suspirando—. Por cierto, has ganado la apuesta.

El apretón de manos selló la ganancia de un odre de vino, ya que habían conseguido levantar el san Jorge antes del mediodía.

—Ahora vamos a trabajar —añadió.

El brazo del árgano chirrió sobre sus cabezas debido a la maniobra del tambor en el que se enrollaba la cuerda.

—Despacio —advirtió Pietro.

Era el momento crucial, el san Jorge estaba a punto de acercarse a la aguja y al perno de plomo sobre el que quedaría fijado definitivamente.

—Girolamo, controla el cabrestante y moja las cuerdas, si crees que están demasiado secas —ordenó Alberto.

—A mi maestro le dará un ataque si chocáis con la aguja —dijo Pietro, y miró hacia abajo sin llegar a ver a Giorgio Solari, el escultor del santo que, en vez de vencer a un dragón, estaba venciendo la altura. De repente tuvo la sensación de que se iba a caer y fue tal la impresión que se echó hacia atrás y fijó la vista en el campanario de San Gottardo.

—¡No chocaremos con nada! —le respondió bruscamente Alberto, con el rostro serio y barbudo semejante a un oso.

Pietro miró a Girolamo, el obrero que había subido detrás de él. Estaba manejando una cuerda; uno tendió los brazos hacia la estatua, los otros se prepararon para sujetarla con unos grandes garfios.

—Hazme sitio —dijo Alberto—. Tengo que controlar si funcionan bien las mejoras introducidas en los cabrestantes.

—¿Qué has hecho? —preguntó, más por distraerse que por verdadera curiosidad. El amigo le dirigió una mirada y volvió a concentrarse.

—He añadido un tope de hierro para evitar que la carga se caiga, en caso de perder el control del tambor en el que se enrolla el cable de tracción.

Pietro dio un suspiro involuntario.

—Confío en ti.

—Haces muy bien —se mofó el amigo, y señaló a los trabajadores que sostenían los garfios—. Se lo he dicho esta mañana a Solari y te lo repito a ti: el san Jorge llegará sano y salvo. Sobre todo porque tu escultor no es el único con el que tendría que enfrentarme si algo no saliera bien. El duque encontraría la manera de hacérmelo pagar, descanse en paz su alma.

La sacudida del brazo del árgano sobresaltó a Pietro, y la estatua empezó a girar lentamente sobre sí misma, demasiado alejada de la aguja.

Pietro contempló el rostro esculpido. Nunca había visto a Gian Galeazzo Visconti, en cambio Solari sí lo había conocido y aquel san Jorge se parecía mucho al señor de Milán, muerto dos años antes. Los delegados de la Fabbrica habían sido explícitos: había que celebrar la fama y, al mismo tiempo, rendir homenaje al mercader Carelli por su generoso donativo a la Fabbrica.

Alberto soltó una maldición cuando uno de los operarios perdió el agarradero. Lo sustituyó él mismo, moviendo con pericia el garfio.

Uno de los trabajadores controló la estructura vertical de la grúa: en el baricentro se había montado una asta cilíndrica sostenida por codales inclinados. A los lados había tres árboles coplanarios de diámetro menor, dos verticales y uno inclinado hacia la carga.

—Adelante, acerquémosla —lo incitó de nuevo el carpintero—. Tiremos hacia la aguja.

Mientras hablaba se asomó al vacío, indiferente. Pietro se guardó mucho de imitarlo, se limitó a recoger el extremo de la cuerda que se balanceaba delante de su nariz.

—No temas, todo el peso recae en el árgano. Simplemente la desplazaremos —dijo Alberto para tranquilizarlo.

—Eso espero —farfulló—. Está hecha del mejor mármol que puede encontrarse a este lado de los Alpes.

Tiraron; el brazo de madera desplazó el san Jorge desde el vacío hasta el andamio. Las cuerdas se tensaron al máximo, la estatua de planta octogonal se movió como un péndulo.

—Con cuidado —rogó Pietro—. Que no oscile demasiado.

Trepó, sin temor alguno, hasta el último piso y se encontró frente a un triunfo de arcos, pilastras y ornamentos, y luego más arriba aún, hasta la aguja sobre la que no había nada sólido, solo curvas y adornos.

—La vista es distinta desde aquí —dijo rozando un racimo de uvas y dos figuras femeninas.

—Las mujeres no faltan nunca —comentó Girolamo desde abajo—. ¿Quién es la desnuda?

Pietro acarició el pecho pulido y el rostro en mármol rosa.

—Es Eva la tentadora, y ese de ahí es el imprudente Adán.

—Ese no me interesa —respondió el compañero con una carcajada.

Pietro se olvidó por un momento de la altura, del viento y de las palomas que revoloteaban a su alrededor; fue una voz la que lo devolvió a la realidad.

—Ánimo, ¿acaso tenéis manteca en lugar de músculos? —gritó el carpintero—. Tenemos que asegurarla sobre el eje, no balancearla en el vacío.

Entre jadeos, juramentos y súplicas de perdón, el san Jorge avanzó.

—¿Cómo la han llamado? —preguntó el trabajador que hacía girar el mortero, señalando la aguja.

—No lo sé ni me interesa, solo sé que pesa más que mi suegra —farfulló otro.

—Ignorantes, está dedicada a micer Carelli, que dejó todos sus bienes a la Fabbrica.

—Un montón de florines, por lo que he oído —intervino Girolamo con suficiencia.

Siguió un momento de silencio expectante, interrumpido por otra advertencia.

—¡Cuidado!

La estatua osciló libremente por un instante. Pietro vio cómo se agrandaba con la majestuosidad de un caballero a la carga; la armadura, el rostro barbudo, el cabello esculpido hacia atrás. No pudo esquivarla, le golpeó en el costado izquierdo y en el brazo. Un dolor tremendo le cortó el aliento, no podía respirar ni moverse.

El grito de advertencia llegó tarde, cuando ya giraba con los brazos en el vacío que lo estaba absorbiendo.

Apareció una mano tendida.

Si lograra agarrarla…

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1

Las consecuencias de la debilidad

Campione, septiembre de 1371

Costanza se ajustó la cofia, que olía a agua fresca. La margarita bordada estaba colocada en medio de la falda, la rozó con el índice. Aunque el algodón no era de gran calidad, estaba satisfecha. El mérito era de sus dedos, que conseguían el justo equilibrio entre la aguja y el hilo, ni demasiado suelto ni demasiado prieto, como repetía la abuela cada vez que bordaba en un pedazo de preciosa batista.

Se puso la mano en el pecho, como si quisiera calmar los latidos de su corazón: la vendimia, por fin.

—Costanza, ¿dónde estás?

La madre estaba de vuelta; la voz y el repiqueteo de los zuecos de madera eran inconfundibles.

Sin tomarse la molestia de responder, ensortijó el mechón que le rozaba la mejilla, controló el lazo bajo el mentón y alisó el delantal azul anudado sobre la falda marrón. Las mangas de la camisola le quedaban un poco anchas; su hermana Maddalena era más alta y la había llevado durante años, pero no importaba. Se ajustó con un suspiro el pañuelo anudado en torno al cuello.

Por la ventana entreabierta penetraban los aromas que tanto había anhelado: el dulce mosto, los quesos curados, los buñuelos fritos en la gran sartén de la plaza. No todo era agradable; con el alboroto llegaban también los mendigos, las manos se tornaban moradas como la uva, los brazos dolían, entre los dedos de los pies surgían ampollas, pero la vendimia era época de grandes cambios.

—Estoy aquí, ya voy —respondió por fin abandonando la estancia. Se reunió con su madre al pie de la escalera. La mujer frunció los labios y le lanzó una mirada.

—Cuando te vea tu padre… —refunfuñó, pero no hizo nada para cortarle el paso.

—Tengo que estar cómoda si he de trabajar duro —respondió Costanza, agarrando la cesta en la que depositaría los racimos.

La madre abrió de nuevo la puerta y salió. Fue tras ella. Los días de la vendimia eran especiales.

Aquel lugar era perfecto, absolutamente perfecto. A la luz de la mañana, las viejas piedras de las casas adquirían un tono cremoso, relajante, y los tejados no eran todos iguales —grises de piedra o verdes de musgo—. En la ladera de la colina las vides se disponían a lo largo de los muretes de piedra seca, de las hojas asomaban las pinceladas violeta y plata de los racimos bañados por la escarcha.

Marco Solari da Carona, al que todos llamaban Marchetto, estaba asomado a la ventana de la buhardilla compartida con los otros aprendices que acompañaban al ingeniero Marco Frisone. Normalmente se dedicaban a esculpir, a proyectar, a trabajar el mármol y la piedra, pero aquella semana se dedicarían a la causa de las vides.

Ya estaba saboreando el mosto, su dulce peso sobre la lengua, el cosquilleo en la nariz y ella, la muchacha en la que se había fijado el año anterior, Costanza, el motivo por el que no había protestado ante la petición de acompañar al maestro Frisone a su pueblo natal.

Se apoyó con el codo sobre el alféizar de arenisca gris. A sus pies, la aldea parecía un hormiguero cortado por un arado: los paisanos se movían atareados, con las cabezas inclinadas, golpeando alegremente el empedrado con los zuecos, con los cestos sobre los hombros listos para ser llenados.

Una pincelada de color, otra de agitación y, al fondo, el olmo centenario con las ramas casi desnudas, sobre el que estaba posado un palomo aterido. El otoño inminente pintaba ya los árboles de rojo, amarillo y oro, pero también se mostraba generoso con las primeras heladas nocturnas, sobre todo allá arriba, a mitad de camino entre el lago y la cima de la montaña.

La familia Frisone, tres hermanos altos y fuertes, acogía a la cuadrilla de jóvenes aprendices siempre hambrientos y alegres.

—¿Estás listo? —le preguntó Beltramo, el cantero de manos como mordazas—. Vámonos, huele a sopa.

Los compañeros se empujaban para ser los primeros en bajar la empinada escalera.

—Adelante, ahora voy —respondió Marchetto—. No podría pasar a menos que hiciera rodar a alguien.

Beltramo soltó la carcajada que le había hecho famoso y lo dejó solo, acechando como un halcón.

Desde la calle llegaban los gritos de los mocosos, el chirrido de una carretilla y la llamada del panadero anunciando pastelillos dulces y calientes. Cuando Marchetto se espabiló, sus compañeros habían desaparecido. Se cubrió la cabeza con el gorro, un cono de lana suave que le calentaría las orejas hasta el amanecer, y bajó de un salto la crujiente escalera.

En la gran sala donde se comía reinaba un silencio embarazoso, interrumpido tan solo por el ruido de las cucharas al golpear el borde de las escudillas y los rumores de aprobación por el calor de la sopa.

Pia, la mujer de Antonio Frisone, su hija Maddalena y dos criadas estaban sirviendo cazos de lentejas y, si los ojos no lo engañaban, había también trozos de carne.

Se frotó las palmas de las manos en los pantalones y se sentó entre Beltramo y Ambrogio, los únicos que le habían guardado un sitio. Su estómago tenía algo que decir, confió en que el borborigmo pasara desapercibido entre el zumbido y el ruido de la vajilla. Fue el centelleo de una cofia blanca lo que le llamó la atención, y más que su estómago escuchó de pronto su corazón.

Allí estaba.

Contempló, embelesado, cómo los dedos blancos y finos sostenían el cucharón. Nadie servía la sopa como ella: olorosa, apetitosa, coronada por una sonrisa tan bella que daban ganas de llorar.

Marchetto fijó la mirada en la mano, y luego pasó al brazo, al delantal con los nomeolvides, al pecho, y entonces el corazón le dio un brinco. Soltó la cuchara y metió la mano en el bolsillo acariciando con las yemas la minúscula escultura de madera. La había tallado aquella noche, a la luz de un cabo de vela y acompañado de los ronquidos de sus compañeros. La voluntad había vencido al sueño y a los dedos entumecidos, y del pedacito de arce había surgido una ardilla con la cola rizada. Con el índice tanteó la forma para comprobar que no hubiera aristas demasiado puntiagudas, pero no encontró ninguna. No quería que Costanza se hiciese daño, para su amada solo deseaba sonrisas y alegría.

Sí, su amada, porque la amaba; ¿de qué otro modo podría llamar a las sensaciones, las emociones que lo perseguían día y noche, entre las rejas o las esculturas, los proyectos y las piedras que marcaban su vida de aprendiz?

—¡Cuñada! —tronó la voz de Marco Frisone, y Pia le sonrió.

—Cuñado, la sopa está servida y tu taza está en la cabecera de la mesa.

Costanza saludó al tío con una sonrisa de bienvenida, y Marchetto disfrutó del gesto, dado su egoísmo.

La semejanza con su madre y su hermana Maddalena era indiscutible, pero él, como buen artista enamorado, percibía las diferencias: las cejas más finas, el labio superior más marcado y la nariz, típica de la familia, carecía del caballete que la hacía más masculina.

Perfecta.

Costanza era delicada como una flor silvestre que borra la oscuridad del invierno, y ese rizo escapado de la cofia lo deseó con toda la sensual voracidad que ardía en su pecho. Su cabello era oro líquido sobre el que soñaba deslizarse, sedoso, frío como un manto mágico. Con un suspiro empezó a comer y lo devoró todo, sin perder ni un gesto de la muchacha.

Maddalena preguntó quién quería doble ración y él levantó la escudilla. El calor entre las manos y la voz del maestro lo sacaron de su estado de felicidad.

—Ambrogio, llévate a los más jóvenes —estaba diciendo Marco Frisone—. Beltramo, tú a los bancales sobre la iglesia y tú, Marchetto, ve a las hileras soleadas y llévate a las muchachas, que son más rápidas que todos vosotros.

Un alegre murmullo de protesta se elevó entre los aprendices:

—No es cierto, maestro —desmintió alguno.

—En los polvetes somos más rápidos —gritó otro desde el fondo de la sala.

El ingeniero agitó el cucharón, amenazador.

—Comed, pervertidos, y pensad en el trabajo.

Marchetto acabó la sopa a toda velocidad; Costanza había desaparecido.

Una vez alcanzada la cima, Costanza miró hacia abajo.

La ladera de la colina era una sucesión de muretes de piedra seca y, donde no crecía la vid, los huertos ofrecían las últimas lechugas, las coles y las berzas, que se estaban cerrando a causa del frío. Saltó sobre una calabaza e ignoró voluntariamente la llamada de las amigas, que se detuvieron en la primera hilera.

Se hallaba en el límite del bosque, sola. Tal vez él tendría el valor de dirigirle la palabra. O tal vez lo haría ella, sin que las demás se enteraran.

Las montañas en torno al lago la rodeaban con todo el esplendor del otoño inminente. Alguna hoja crujió bajo los zuecos antes de ser arrastrada por una ráfaga de viento.

Se ajustó el chal y arrancó el primer racimo. Los granos estaban maduros, aplastó uno con los dientes y el jugo le inundó la boca mientras observaba el paisaje agreste, los bosques espesos, el lago tranquilo. No obstante, en el cielo se estaban arremolinando nubes grises que estropearían aquella perfección.

Canturreaba mientras iba depositando los racimos en el cesto. Luego, cuando estuvo lleno, miró al joven que la seguía de cerca. Ancho de hombros, cubierto con el gorro, estaba junto al asno que llevaría al pueblo los cuévanos repletos.

Costanza agarró la cesta; el corazón le latía cada vez con más fuerza, las mejillas le ardían.

Marchetto.

El año anterior, el tío Marco había hablado de él durante la cena.

—Se llama como yo y procede de Carona. Es un Solari, una raza de cabezones hábiles con la piedra. Trabaja como un burro y tiene una vista de lince.

¡Oh, cómo la miraban ahora esos ojos salvajes! Un poco alargados, oscuros como cáscaras de castañas. Casi se rio de sí misma por haberlos comparado con los frutos del invierno y nunca supo cuánto tiempo permaneció así, agitada por una emoción sorprendente. ¿Fue el viento el que rompió el invisible vínculo? ¿El reclamo de un arrendajo? ¿Las risas de un grupo de muchachas? Las palabras salieron como una cantinela de su boca seca:

—Está llena —dijo.

El joven agarró la cesta y este fue el instante más hermoso de su vida, cuando la firmeza de las manos la aligeró de su carga, rozándola.

Marco Solari da Carona. Un nombre hermoso, importante. Con un movimiento brusco, el muchacho vació los racimos en el cuévano y se giró para devolvérselo.

—Iré al Burg di Ratt ahora —dijo, como si para ella fuese un lugar desconocido. En esos graneros a los que podía acudir todo el pueblo, los niños jugaban deslizándose sobre las balas de heno, sobre los montones de grano, librando batallas con las manzanas guardadas para el invierno.

Costanza se apresuró a regresar al trabajo y dirigió la mirada hacia la cesta. Había algo en el fondo. Cogió el objeto y le dio vueltas entre las manos, era una ardilla de madera. Su belleza la conmovió.

Recordó entonces las palabras de su madre, oídas por casualidad el día antes: «Ha pedido la mano a tu padre. Quién sabe, tal vez en primavera habrá una boda».

«Dos hijas, dos bodas», había dicho su hermana Maddalena, complacida. Hacía tiempo que se había fijado su boda con Ottorino da Campione, maestro en la catedral de Bérgamo.

Entre quesos curados, embutidos colgando y nabos cubiertos de tierra, Costanza se había preguntado de quién estaban hablando. ¿Y quién podía haber tomado esta iniciativa, sino Marchetto?

Con la ardilla en el bolsillo fantaseó con el vestido, con la iglesia, con la nueva vida. En los rincones de la mente libres del duro trabajo cotidiano imaginó el futuro, un salto de consecuencias desconocidas pero apasionantes.

La ignorancia en la que había vivido a lo largo de sus quince años no podía ofrecerle informaciones, su vida era una sucesión de momentos de excitación, crisis de llanto, explosiones de alegría o caídas vertiginosas en el abatimiento. Por eso no sabía valorar un cambio tan definitivo, pero en cualquier caso se sentía feliz.

Agitado como ella, el cielo se había cubierto de nubarrones de color añil, los relámpagos iluminaban de vez en cuando los bordes blanqueándolos, anunciando la tormenta, último aliento del verano y primero del otoño.

Costanza no le prestó atención, siguió cortando los racimos, con la mente vacía de todo pensamiento consciente, invadida por mil proyectos que no dejaban sitio al presente, al cielo, a la viña.

Los gorjeos y los ladridos lejanos le habían hecho compañía, habían formado parte de su vida diaria hasta el punto de haberle pasado casi inadvertidos, pero, de repente, percibió algo distinto: una neblina le bañaba el rostro, estaba rodeada por la niebla.

Sonaron doce toques de campana.

Más allá de la viña, el paisaje se había vuelto blanco como la leche, solo se oía el ladrido enloquecido e histérico de un perro, que le puso la carne de gallina.

Permaneció con el racimo en la mano contemplando indecisa la entrada del bosque, una muralla de troncos, ramas y hojas que constituían el límite del último espacio cultivado. La madre decía que más allá de aquel confín no había cristianos, solo animales peligrosos.

Costanza pensó en el pobre Bastianino, muerto por la mordedura de una víbora mientras cosechaba el escaso heno del bosque, empuñando la hoz y descalzo, ya que los zuecos solo se los ponía para ir a misa. Las víboras también envenenaban las setas con su lengua bífida, ¡ay del que se acercara! Su aliento provocaba un sueño muy profundo similar a la muerte.

Pero en aquellos bosques había algo mucho peor que las serpientes.

El mero pensamiento en aquella criatura monstruosa hizo que las tijeras se le cayeran de la mano y al racimo le faltó un palmo para entrar en la cesta. Miró a su alrededor, sin notar siquiera las primeras gotas que le bañaron el rostro. Buscó, entre los arbustos de espinos, la criatura que se pareciera al monstruo salido del huevo de un gallo centenario, con la cresta roja como la sangre, los ojos llameantes y la cola semejante al látigo cuando silba.

«Passa mia da lì che gh’è denta l gall basaresch; se ’l ta cagna ta vegnat piü föra», decía la abuela evitando el bosque, y no ponía los pies en él por miedo a quedar atrapada.

Sobre su cabeza retumbaban los truenos y una lluvia espesa caía a su alrededor. Costanza solo tuvo ojos para la silueta que apareció de repente entre los árboles. Avanzaba sin que las espinas parecieran importarle; luego, de pronto, se detenía girando sobre sí misma, gruñendo y ladrando.

—Es un perro rabioso. ¡Corre, Costanza, corre!

¿Un perro? La constatación supuso un alivio, pero al mismo tiempo la invadió un miedo muy distinto: si la mordiera, no sobreviviría. Se subió la falda y empezó a correr en dirección a Marchetto, que estaba armado con un palo. Tropezó, se cayó, rodó por el suelo, puso los pies debajo del cuerpo para levantarse de nuevo.

El perro salió disparado de entre los arbustos como una polilla gris, al tiempo que estallaba la tormenta envolviéndolo todo en una oscuridad cargada de destellos e impregnada de un olor dulzón.

Costanza susurró las primeras palabras del padrenuestro, mientras intentaba localizar a su amado en aquel mundo de sombras fantasmales. Jadeando y aún con el ladrido enloquecido en los oídos, vio aparecer a Marchetto entre la niebla. Gritaba y agitaba el palo como un ángel vengador. Un golpe, un aullido.

Luego sintió como si le arrancaran el brazo, puesta de nuevo en pie como si no pesara, empujada y protegida de los rabiosos ladridos, aturdida por los gritos de Marchetto, que la defendía de los enormes colmillos del monstruo, con el pelaje del lomo erizado y la cola azotando el aire.

Al final solo quedó el chaparrón, un intervalo de silencio escalofriante.

El perro yacía en el suelo, con la espalda destrozada.

Costanza apartó la mirada, ahogando las lágrimas de miedo y de dolor, y un resplandor inusitado iluminó la escena, seguido del fragor de un trueno.

Marchetto se dio la vuelta y la estrechó contra su pecho.

—No mires, busquemos un refugio —dijo, y la arrastró bajo el estruendo. Su valiente prometido le había salvado la vida.

Dejando atrás el sendero, el muchacho descendió por los resbaladizos escalones hacia la aldea desierta.

Cuando comprendió adónde la llevaba, se negó. A casa no quería ir, la emoción y el miedo todavía la atenazaban.

Sus palabras las ahogó el fragor del trueno, de modo que señaló un granero. Al doblar la esquina, encontraron la puerta entreabierta y se adentraron en la semipenumbra, escuchando las respiraciones hasta que se fueron calmando. Marchetto la miraba y muy pronto el miedo y la angustia se convirtieron en otra cosa.

—¿Estás bien? —le preguntó en un susurro.

Ella asintió, no se atrevía a hablar, no ante la mirada que la examinaba de arriba abajo.

—Tienes unos rasguños en la mejilla —dijo Marchetto levantando una ceja. Y la rozó con el dedo.

Costanza sentía que le fallaban las fuerzas, el corazón le latía en el pecho con una energía insólita; exhausta pero atenta a cualquier movimiento del joven que la había salvado. Fue este pensamiento el que impulsó su corazón: la cercanía, ese olor tan distinto del suyo, curiosamente ajeno e intrigante. ¿Acaso se había vuelto loca? ¿Qué buscaba su cuerpo de esa cercanía? No lo sabía, no podía definirlo y, sin embargo, algo quería.

—¿Cómo estás, Costanza?

El sonido de su nombre en aquellos labios le pareció celestial. Siguió hablándole, superando el estruendo de la tormenta.

—Siento que hayas tenido miedo.

Costanza se sobresaltó. Nunca nadie la había tocado de esta manera, percibió el calor y el perfume y descubrió que ambos le encantaban.

Retornó la calma, por las grietas de los tablones desiguales entraban destellos afilados de luz.

—Tus manos —murmuró—. Las reconocería en cualquier parte.

—¿Por qué? —le preguntó con voz ronca.

—Son tan hermosas.

En la penumbra, sus ojos brillaban con tal intensidad que a Costanza le parecían dos estrellas.

—Te aman —susurró Marchetto—, como te ama todo el resto de mí.

Su rostro se aproximó. Descubrió que ansiaba aquel primer tímido beso, cautelosa ante un momento esperado durante media vida.

—Me aterrorizaba la idea de perderte, te amo y nada podrá separarnos nunca —le murmuró en los labios.

Y el beso se hizo realidad. Costanza no pensó en nada más que en los labios unidos que se movían para conocer alma y secretos.

Tras una eternidad, o tal vez solo unos instantes, se acostaron sobre el heno, nada más que bocas, manos, piel, la falda subida, un gemido y luego extrañas sensaciones, emociones sobre aquel jergón improvisado al abrigo de la lluvia que, poco a poco, fue debilitando su voz hasta reducirse a un ligero goteo.

Si unos pocos instantes antes Marchetto estaba aterrorizado, en un momento sus sentidos se pusieron alerta. Espoleado por un impulso indefinible, la había abrazado hasta que el calor mutuo calentó las ropas empapadas, hasta que sintió que la tensión la abandonaba.

—Te aman —le había respondido—. Como te ama todo el resto de mi persona. —Y con esa frase estuvo perdido.

Sin pensar en nada, sin proyectar nada, guiado por un impulso confuso que no procedía del deseo, sino que era un ofrecimiento instintivo de consuelo y protección. Cuando Costanza le respondió con sensual abandono, la inocencia se transformó en el oscuro torbellino de la emoción física más intensa que jamás había experimentado.

Sus manos buscaron, hallaron, levantaron y todo se produjo del modo más natural. No hacía falta experiencia para saber lo que ella quería, lo que él mismo quería y para ambos fue un éxtasis luminoso.

Era ella. Había encontrado a la mujer de su vida.

Se hundieron en una lasitud satisfecha, que permitió que el tiempo corriera, ingrato. Se oyeron voces, pasos; Costanza se quedó paralizada entre sus brazos.

—¡Oh, Dios mío! —murmuró y se puso en pie de un salto. Él siguió admirándola desde aquella especie de limbo en que se hallaba. Fue tan rápida que, cuando entreabrió la puerta, él todavía estaba acostado con los pantalones bajados.

—¿Adónde vas? —dijo al ver cómo se escabullía del nido. Ella se dio la vuelta, se llevó el índice a los labios y desapareció cerrando de nuevo la puerta. Para Marchetto fue un torbellino de agonía, alegría y desesperación, y permaneció allí, incapaz de decidir qué hacer.

Hasta que pasaron unos días no aceptó la realidad: Costanza lo evitaba a propósito y, debido a la lluvia que amenazaba con estropear los racimos y a otras desgraciadas circunstancias, no pudo volver a hablar con ella.

Al tercer día, aunque la idea de separarse de la muchacha le provocaba un dolor casi físico, se vio obligado a marcharse de Campione para volver al trabajo.

Aquella noche no pegó ojo. Puesto que la había salvado, se sentía responsable; varias veces, en los muchos momentos de malestar, pensó en pedirla en matrimonio a Antonio Frisone, hermano del ingeniero que era su maestro, pero no encontró la ocasión adecuada.

Agotado e insatisfecho, cayó sin darse cuenta en un sueño sin sueños.

—Levanta, dormilón; nos vamos.

Era Beltramo, con su alegre cara. Marchetto saltó del jergón, buscó al padre de Costanza, pero este ya se hallaba lejos, en el centro del lago con su barquita.

«Amor mío, nos volveremos a ver pronto», susurró para sí, entre los saltos del carro, mientras las casas de Campione desaparecían en la bruma del alba de finales de septiembre.

En Pascua regresaría para declarar su amor a Costanza y sus honestas intenciones a la familia. Estaba ansioso por recuperar la excitación de aquellos momentos en el pajar, el calor de su cuerpo, la belleza de su sonrisa.

Juntos construirían un futuro radiante.

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2

Las consecuencias del amor

Enero de 1372

—Madre, ¿puedo hablaros, por favor? —preguntó Costanza, en pie en el umbral.

«Qué raro», pensó Pia mirando a su hija. Desde hacía unas semanas no era la alondra despreocupada de siempre, apenas sonreía y tenía el rostro hundido, pálido.

—Entra y siéntate. ¿De qué quieres hablarme?

Costanza entró y se sentó en el borde del jergón, retorciéndose las manos apoyadas sobre el regazo.

—Voy a morir, madre.

No había ansiedad en su tono, solo una lúcida resignación.

—¿Qué tonterías dices? ¿Cómo puedes pensar semejante bobada?

—Estoy enferma.

—¿Enferma? Y qué clase de enfermedad es esta, vamos a ver.

—Me siento débil y me canso por cualquier cosa.

Pia cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Acaso esta extraña enfermedad se llama pereza?

Costanza abrió mucho los ojos y humedeció los labios, sacudida por un temblor.

—Madre, jamás me inventaría una excusa para no cumplir con mi deber.

Pia tuvo que admitirlo: ese tipo de comportamiento era más propio de Maddalena. Costanza era voluntariosa, entregada a Dios y a la familia, como deberían ser todas las hijas.

—¿Y qué es lo que te hace pensar que te vas a morir? ¿Tienes dolores? Di la verdad, en ese caso haré que tu padre llame al galeno.

—Tengo náuseas, a veces vomito durante el día.

—¿Esto es todo? Habrás comido algo que te ha hecho daño.

La hija negó obstinada.

—No, hace días que me ocurre y, cuando no tengo náuseas, tengo hambre y, si como, me encuentro mal. No puedo más.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, que no llegaron a brotar. Pia la sentó a su lado.

—¿Nada más?

Costanza se sorbió la nariz.

—Hace tiempo que… no tengo sangre.

Miró a su hija con horror.

—¿No has tenido la regla?

—No recuerdo, pero no creo que tenga nada que ver con mi enfermedad.

Pia, con los huesos helados y el corazón oprimido, se puso en pie y la miró.

—Desvístete —le ordenó bruscamente.

Costanza parpadeó sin comprender, pero ante el lúgubre silencio obedeció. Era la más dócil, sin pájaros en la cabeza, tal vez había una brizna de esperanza. No obstante, a medida que su hija se desnudaba, su desconcierto se convirtió en una rabia sorda, que a duras penas pudo contener. Contempló el cuerpo desnudo, firme y joven de su hija, y el vientre redondeado, los pezones más oscuros. Incrédula y herida, le propinó un violento bofetón.

—De enferma, nada; estás embarazada.

Costanza, con el rostro inundado ahora de lágrimas, la miraba aturdida, y Pia sintió compasión por un momento. Solo por un momento.

—Cuando se entere tu padre, se armará la gorda —dijo temiendo aquel momento terrible. No podía dejar de mirar aquel vientre blanco, prueba tangible de su desgracia.

—¿Un niño? —preguntó la desvergonzada.

—Sí, y ¡lo has estropeado todo! Tu padre te había prometido a un comerciante de lana de Como, llegaron a un acuerdo en septiembre, y tú, desvergonzada, ya estabas encinta.

Costanza pareció salir de su estado de estupor.

—No me dijisteis nada, yo creía que era…, era… —No acabó la frase, estalló en llanto.

—No era asunto tuyo. —La miró, furiosa—. Ya entregó a tu padre una buena suma, habríamos llegado a un acuerdo. Y no solo eso, sino que iba a alquilar sus barcas para transportar la lana.

A Pia la sacudió otro violento ataque de rabia.

—No te muevas de aquí, hablaré con tu padre y decidiremos lo que hay que hacer.

Cuando la madre cerró la puerta, Costanza intentó seguirla, pero tuvo que apoyarse para mantenerse en pie.

«Oh, no, no puede ser», murmuró. Luego, por un momento tuvo la visión de los cuerpos entrelazados en la penumbra. Una pecadora, entregada al vicio como una ramera bíblica; Dios la estaba castigando porque lo había querido todo inmediatamente y ahora pagaría las consecuencias.

Había convivido con la vergüenza desde que había salido del pajar. Ni siquiera se había atrevido a verlo o a dirigirle la palabra, convencida de que habría una boda y de que aquel secreto seguiría siéndolo siempre. Una vez superado el bochorno, solo lo vería como futuro marido, convencida de que aquel amor susurrado lo repararía todo.

Un sollozo largo y desesperado la impidió respirar. La vida no era como la había imaginado o deseado; todo es como dispone Nuestro Señor Jesucristo, no como quieren los humanos. Esta fue su trágica conclusión, y esa verdad no habría podido aprenderla de un modo menos destructivo.

«Dios es misterioso, sus razones trascienden nuestra capacidad de comprensión», le decía siempre tío Anselmo, y el pensamiento de que aquel hombre santo tendría conocimiento de su gravísimo pecado la perturbó de tal modo que se dejó caer al suelo, como si los miembros la hubiesen abandonado. En aquel momento empezó a odiarse a sí misma y al fruto de aquella locura que estaba creciendo en su seno.

Antonio, su marido, palideció.

—¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó, tan alterado que tuvo que sentarse frente al hogar.

—En primer lugar, olvídate de la posibilidad de deshacerte de él. Si está de cuatro meses, Costanza también podría morir —dijo Pia, desconsolada.

—Para mí es como si ya estuviera muerta.

Pia se estremeció. ¿Muerta? Sí, pero no de verdad, seguía siendo su hija.

—Tendré que encontrar una excusa para el comerciante, ya me ha entregado el dinero. Se pondrá furioso —dijo Antonio.

—Antes que nada debemos pensar en Costanza —replicó Pia con sentido práctico—. No puede quedarse en el pueblo.

Un pensamiento cruzó por un instante la mente de su marido.

—¿Te ha dicho quién fue?

—Ni siquiera se lo he preguntado —respondió, todavía agitada—. Pero qué más da. Si empezásemos a hacer preguntas, la gente podría comenzar a sospechar y sería mucho peor.

—Tienes razón. ¿Sabes lo que haremos? —dijo Antonio—. Llamaremos a mi hermano Anselmo; es un hombre de Dios más sabio que nosotros, él sabrá aconsejarnos.

«Tenemos demasiada confianza en los demás», pensó Anselmo Frisone, administrador real del convento de los benedictinos de Sant’Ambrogio y coadjutor del vicario Cagnola, mientras reflexionaba sobre la familia destrozada. «Mi pobre sobrina todavía no sabe lo que le pasará», recapacitó y, como siempre, buscó ayuda en el Señor misericordioso meditando toda la noche antes de dar su respuesta.

Antonio se había endeudado con el comerciante de lana, Maddalena graznaba como un ganso temiendo que el escándalo obligara a la familia de su futuro marido a cancelar la boda, que iba a celebrarse en unos pocos meses.

Anselmo vislumbró la solución mirando el crucifijo clavado en la pared: Jesús había perdonado a la prostituta; Costanza también pagaría, pero su error no debía destruir las vidas de todos los demás.

Cuando se levantó antes del amanecer para hablar con su hermano y exponerle lo que había decidido, pidió perdón a Dios por ser todavía demasiado humano para que lo consideraran un santo o un hacedor de milagros.

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3

Un hombre de Iglesia

Milán, monasterio de Santa Maria Maddalena

al Cerchio, finales de junio de 1372

Anselmo se detuvo, completamente empapado de sudor. Su blanco hábito de tela basta no era el más adecuado para aquel día de sol, le provocaba picores en la piel del cuello y de los brazos. Las paredes de las casas desprendían vaharadas de calor, que aumentaban la sensación opresora de los callejones estrechos. Parecía imposible que en algún lugar que no fuera el infierno pudiera hacer tanto calor.

Atravesó la plaza y se metió en una calle polvorienta, anodina y sin árboles. Hacía semanas que no llovía y en la ciudad flotaba un hedor al que no lograba habituarse, sobre todo después del viaje desde Campione a través de la llanura.

Un olor fuerte y nauseabundo similar al de la putrefacción, pero diferente; una presencia tangible que parecía no desvanecerse nunca, pese al fuerte viento que soplaba. Impregnaba la ciudad desde siempre y se percibía desde lejos, las ráfagas lo expandían en torno a las murallas, avisando a los caminantes de que se acercaban a Milán, en absoluto distinta a los callejones de Malta, Rodas o Jerusalén.

Suspiró abatido. Los recuerdos de juventud lo asaltaban de improviso, cada vez más a menudo desde hacía un tiempo; señal de que se estaba acercando a esa edad en que se vive del pasado y se teme el futuro. Se vio obligado a respirar hondo, la bocanada de aire no lo reconfortó ni le dio sosiego, ya que era caliente y apestosa.

—¿Vas a hacer que esta bestia se mueva o no?

Gregorio da Casorate, el novicio que se había traído consigo del monasterio de Campione, era poco más que un adolescente, con el cabello rojo y enmarañado como un nido de ratas y la cara redonda invadida por un mar de pecas desde la frente hasta el cuello.

—Monseñor, no quiere ni enterarse —exclamó el muchacho, desesperado.

—Está bien, está bien, de todos modos no necesito las alforjas —dijo irritado, agarrando el ronzal y apartando el hocico del burro—. Debería convertirte en filetes para los pobres —le susurró con crueldad al oído y el animal ladeó la cabeza, impaciente—. Y el ofendido soy yo —le recordó.

Se echó al hombro la bolsa que siempre llevaba consigo y miró a Gregorio alzando una ceja.

—Atraviesa las murallas del Circo y ponte a la sombra de las casas, yo me quedaré un rato con las monjas.

—Si consigo moverlo, ¿puedo darle de beber, monseñor?

Anselmo resopló. Esos campesinos crecían como animalitos ignorantes, incapaces de usar la cabeza. Tendría que domesticar al muchacho a base de bien, igual que al asno.

—Por supuesto que le darás de beber y tú también beberás. No quiero encontrarme con un cadáver reseco y tieso como las hojas de otoño.

Dicho esto, se giró y siguió caminando. Anhelaba la frescura del jardín que estaba más allá del claustro, junto a la iglesia. Contempló las columnas de piedra al pasar junto a ellas y no se entretuvo más. Apoyó las manos en el portón de roble y entró en la casa del Señor.

Se santiguó y saludó al propietario con una genuflexión, desplazando la rodilla un poco a la izquierda para conseguir una postura más cómoda sobre el suelo de tierra batida.

Confitebor tibi, Domine, in toto corde meo… —murmuró, repitiendo la salutación de David en el libro de los Salmos. Esas palabras, tan habituales e inmutables, permitieron que su mente y sus ojos vagaran por el interior del sagrado edificio.

El altar mayor estaba iluminado por una ventana redonda, el ábside carecía de revoque en algunos puntos y se veía la pared desnuda de ladrillos, de la que colgaba una tabla de madera biselada con una Virgen pintada, vista de frente y cubierta con un velo blanco.

La figura estaba rodeada por una aureola dorada, una especie de círculo luminoso en cuyo centro aparecía la figura del Niño entre sus brazos, regordete, como lo imaginaría cualquier cristiano. Al fondo, borrosa y descolorida, se distinguía una hilera de soldados, presencia inexplicable, ya que llevaban estandartes y armas apuntando al cielo nublado.

—Dicen que el artista lo repintó sobre un antiguo retrato —dijo una voz tranquila, y Anselmo se dio la vuelta.

Junto a una de las pilastras estaba la madre abadesa. Vestida de negro y con la cabeza cubierta con la capucha, contemplaba el retablo.

—Es la primera vez que oigo esta historia —susurró Anselmo para no perturbar aquella hermosa calma.

La abadesa se movió y se detuvo a su lado.

—Tal vez era la sibila Tiburtina. He encontrado su retrato en un códice antiguo y también aparece rodeada por un círculo luminoso; su nombre era Albunea o Leucótea, una divinidad venerada a orillas del río Anio.

Frisone era un hombretón grande, imponente, con los hombros anchos del guerrero que había sido en su juventud. Sor Francesca della Croce era menuda, apenas le llegaba al pecho; su rostro sin arrugas era blanco como el mármol, y tenía la piel lisa y unos ojos vivos y luminosos en los que brillaba la inteligencia. Era hija de uno de los muchos Visconti, prima de un Estorre, hermana de un Ludovico, la tercera hija de aquella familia numerosa.

Anselmo estaba convencido de que, más que por vocación, había entrado en el convento porque se le ofrecían mejores oportunidades, como a todas las mujeres sin dote que nunca habrían podido casarse. En aquel lugar las monjas vivían en un ambiente de paz, trabajaban y rezaban sirviendo a Dios y sirviéndose unas a otras, humildemente.

Podían participar en la liturgia y poner en práctica sus virtudes: unas eran decanas, otras se encargaban del guardarropa, o eran cantineras o porteras y, por último, había quienes desempeñaban el oficio de bibliotecarias, escribanas o maestras.

Tal como había ordenado san Benito, su vida estaba consagrada a la oración, a la penitencia, en un aislamiento del mundo solo aparente, que expresaba el deseo intrínseco de dedicarse a Dios, al trabajo y al bien del mundo y de la humanidad.

—¿Cómo está? —A Anselmo no le gustaban los rodeos y sentía curiosidad.

Su sobrina Costanza había dado a luz cinco días antes, de modo que él había salido del monasterio de Campione para dirigirse apresuradamente al convento de las benedictinas, donde la muchacha había sido recluida desde el descubrimiento de su embarazo.

Había llegado hasta allí con gran secreto, una noche gélida de finales de enero, en un carro cubierto, como una prisionera. Y como tal debería considerarse. Es más, la última vez su padre le dijo bien claro que para todos estaba muerta, aunque su vientre, entrevisto por un momento entre los pliegues del hábito negro, era lo menos cercano a la muerte que había en el mundo. Vientre hinchado con un don al que la desconsiderada había renunciado.

—Está bien, gracias a Dios.

La abadesa no dijo nada más. Ninguna de aquellas monjas haría preguntas; vivían en paz, con respeto y conociendo a menudo el secreto de verdades y mentiras que debían permanecer ocultas, porque podían destruir las vidas de quienes se encontraban fuera de su mundo.

—¿Y los recién nacidos? —preguntó, porque eran dos los niños que su sobrina había parido.

—Están perfectamente, gracias a Dios, y se han aferrado al pecho con la avidez que muestran todos los hombres cuando abren por primera vez los ojos.

Anselmo asintió y, como la abadesa iba delante de él, no vio su expresión satisfecha. Si hubieran nacido muertos o deformes, Anselmo habría interpretado este hecho como otra desgracia que se abatía sobre su familia.

Chirrió la puerta sobre los goznes oxidados y salieron al claustro.

Los pájaros piaban y el verde césped estaba salpicado de flores veraniegas amarillas, naranjas y azules. No se veía a nadie, pero Anselmo percibía el suave e incansable movimiento de aquellas almas: el borde de un hábito que desaparecía detrás de una esquina, el ruido de una puerta que se cerraba, las hojas de una ventana que se abrían y la cantinela de numerosas voces femeninas que rezaban a lo lejos.

Sor Francesca iba delante, él detrás. El frufrú de los hábitos talares, los pasos sobre el pavimento de piedras desgastadas.

Ni siquiera estaba acalorado cuando penetraron en el pasillo estrecho que conducía a la celda de Costanza. No, Costanza no; su sobrina estaba muerta, la muchacha a la que iba a ver era la hermana Addolorata.

La celda en la que entró estaba fresca, ella estaba sentada sobre el jergón. Vestía el hábito menos severo de las novicias y un velo gris le cubría el cabello.

Al verlo entrar, casi se sobresaltó, pero no dijo nada; ambos esperaron a que la abadesa los dejara solos.

Transcurrieron largos instantes, Anselmo permaneció en pie. Sor Addolorata sostenía entre los dedos las cuentas de un rosario, las torturaba entre el índice y el pulgar.

—¿Comes lo suficiente? —preguntó el monje, y ella asintió bajando el rostro.

Se aproximó a ella, cogió la silla que estaba junto al reclinatorio de madera y se sentó frente a la joven; las sandalias con tiras de cuero que le dejaban los pies al descubierto rozaron el borde del hábito de la monja y sintió un ligero cosquilleo en el dedo gordo. ¿Una señal de Dios para hacerlo más humano o el aliento del ángel que pretendía proteger a la muchacha?

—La abadesa me ha dicho que ni siquiera has querido verlos.

Sor Addolorata asintió y se pasó rápidamente la mano por la mejilla.

—Puedo entenderlo —susurró Anselmo, y realmente la entendía.

Mejor ignorar, mejor no saber para no sufrir y no sentir cómo el puñal hurga en la herida aún sangrante. Con esa imagen en la cabeza, de una madre a la que le habían arrebatado a los hijos, y con un instinto que no pudo reprimir, el monje le cogió la mano y consiguió que cesara el roce frenético.

—Escucha, mi querida niña —dijo—. La culpa ha cambiado tu destino, sin embargo, la vida que se te ofrece no es tan terrible como imaginas. Hasta ahora has permanecido encerrada en esta celda, pero, cuando hayas recuperado la salud, podrás participar a todos los efectos en la vida del convento.

—Lo sé y me hace feliz.

Quién sabe lo que pasaba por aquella cabeza inclinada, quién sabe qué pensamientos.

—No se puede volver atrás —añadió Anselmo, y aquellas palabras no eran válidas solo para ella—. La vida es cruel, no permite errores y, cuando se cometen, hay que remediarlos y tener el valor de cargar con el peso de las propias culpas.

—Lo haré, tío, lo haré.

Costanza, que no era todavía del todo sor Addolorata, se echó a llorar.

Su corazón de soldado de Cristo y de monje se ablandó, a pesar de estar endurecido como la palma de un herrero. Cuánto había pasado él también, cuánto le debía a esa vida que le había hecho más loco o más prudente.

Dejó que se desahogara, Dios sabía cuánto lo necesitaba, y estrechó la mano infantil cada vez que sus hombros eran sacudidos por los sollozos.

—Recemos juntos —murmuró. Y ella poco a poco dejó de llorar.

Cuando salió de la celda, Anselmo advirtió que el cielo se estaba tiñendo de rosa. Pensó en el joven Gregorio; esperaba que se hubiera dormido y que el estúpido asno se lo hubiera llevado algún maleante o, mejor aún, un carnicero. Lo dudaba, aquel animal era tan testarudo que no se movería ni con la punta de un horcón clavado en el lomo y, en cualquier caso, eran pensamientos poco piadosos incluso tratándose de un asno.

Atravesó el claustro, dejó atrás el pozo.

La abadesa lo esperaba sentada en un banco, a la sombra de un olmo centenario. Con un bordado entre las manos, estaba enseñando a un grupo de muchachas. Sin decir palabra se puso en pie, hizo un gesto y una jovencita más alta que las otras la sustituyó.

—¿Cómo la habéis encontrado, monseñor?

—Bastante serena —le respondió, y era cierto; al acabar la conversación, Costanza le pareció más tranquila.

—¿Quiere ver a los niños?

—Estoy aquí para eso.

Mientras la puerta se cerraba, la mano de una mujer apartó la cortina que protegía una cuna de mimbre. Un gesto imperioso de sor Francesca, acostumbrada a mandar desde siempre, y la nodriza levantó a uno de los gemelos.

Anselmo lo observó.

No sabía mucho de niños, pero este era espléndido. Largo y esbelto, con un mechón de pelo de color lino en la cabecita redonda y unos ojos azules muy vivos, que no parecía que fueran a cambiar más tarde.

El otro, tal vez para llamar inconscientemente la atención, levantó las piernecitas que sobresalían del borde de la cuna. Estaba desnudo, cubierto tan solo por un trozo de lino y completamente rojo por el calor. También tenía los ojos azules, pero el mechón de cabello era más oscuro.

Anselmo reconoció en aquellos iris el color de la familia, de los Frisone. Eran sus ojos y los del abuelo de aquellas criaturas, de su hermano Antonio y también de su tío abuelo Marco, el artista.

Aquella constatación le provocó una conmoción interior. Qué lástima, qué terrible desgracia y cuánto dolor para toda la familia Frisone: inocentes que nunca conocerían a su madre, ni a los abuelos, ni el apoyo o el afecto de la familia.

Sor Addolorata había sido muy prudente. Él habría debido imitarla: no verlos, no saber, no conocer. Porque contemplar a aquellos pequeños, sangre de su sangre, fue como darse de bruces contra una pared, un golpe violento capaz de romperle el corazón. ¿Cómo podría dejarlos en el Brolo, en el orfanato? ¿Cómo podría abandonarlos?

—¿Ya ha pensado en el nombre? —preguntó a la abadesa, fascinado por la visión de aquellas criaturas iguales, pero diferentes de modo indefinible.

—Todavía no, monseñor; primero quería hablar con vos. Esta tarde los bautizaremos, hemos esperado incluso demasiado.

Ponerles un nombre. Anselmo sabía que debía callar, sería lo mejor, pero la vida no es más que esto: un paso hacia la comprensión del misterio.

De modo que, creyendo percibir una señal en aquella pequeña habitación, en aquel día de calor espantoso, Anselmo pronunció palabras que no debería haber pronunciado nunca. Los confió a Dios, que está por encima de los hombres, del mundo, de todo, y pensó: «Si estoy aquí es por tu voluntad y si esta es tu voluntad, así sea».

—El más rubio se llamará Alberto y este… —Se inclinó sobre la cuna en la que el otro gemelo todavía pataleaba—: será Pietro.

La nodriza aprobó con una gran sonrisa y luego se puso al rubito, Alberto, sobre las rodillas vuelto hacia ella; lo inclinó hacia delante como para que hiciera una reverencia y empezó a masajearle la espalda.

—Conozco a los niños, monseñor. Estoy acostumbrada a los orfanatos y a los bebés, y esta es la única manera de hacerles hacer un eructo. Si están de espaldas, el aire no puede salir.

Como para demostrar que tenía razón, Alberto soltó una serie de eructos sin babear leche. Sor Francesca se rio, la nodriza continuó con su masaje y, cuando hubo acabado, lo colocó junto al gemelo.

Anselmo suspiró. No eran suyos, pero desde aquel momento era como si lo fueran.

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4

Un hombre de Estado

Cusago, finca de caza de los Visconti, enero de 1376

El ladrido de los perros despertó a Bernabò de un sueño profundo, sin sueños. Escuchó un momento los aullidos, ladridos y gritos, y luego sacó las piernas del colchón y se levantó de la cama. La mujer roncaba tranquila, la curva de la espalda desnuda casi invisible entre las sábanas, su olor penetrante todavía en la nariz y en la piel.

No había estado mal, pensó acercándose a la chimenea, donde un puñado de brasas rojas latía entre las cenizas. Por un instante pensó en echar un tronco, pero cambió de opinión casi de inmediato al considerar que la furcia no era más que una criada, ciertamente hermosa, pero que no merecía otra mirada y mucho menos un desperdicio de leña. Se ajustó los pantalones, se puso sobre la camisa de lana una chaqueta más gruesa y abrió la puerta de par en par, gritando.

—¿Quién se ha atrevido a molestarlos? ¿Quién está inquietando a mis animales?

El criado Andreino, que dormía sobre un jergón en un cuartito para estar siempre al alcance de la voz de su amo, ya se había levantado de un salto. La diligencia del joven mitigó su cólera, pero no lo suficiente para calmarlo del todo.

—Vamos, holgazán, ¿no puedes decirme aún qué está pasando? —Y alzó la mano contra él.

—Mi señor, me he asomado y he visto a un hombre que cruzaba el patio —se justificó el muchacho tocándose la nuca donde apenas le había rozado—. Los habrá despertado él.

Los perros en el cercado seguían ladrando.

—¿Eres tonto o qué? Ya sé que era un hombre, lo que me pregunto es quién ha osado entrar en mi patio antes del amanecer. Todos saben que han de esperar que regrese de la caza para obtener audiencia.

Mientras pronunciaba estas palabras, iba bajando las escaleras de piedra que conducían a la planta inferior. Recorrió un largo pasillo, iluminado por una débil antorcha, y llegó al pórtico hecho una furia.

En el patio todavía en sombras, vio unas figuras que corrían. Estaba a punto de soltar otro grito cuando Andreino llegó jadeando, con un farol balanceándose entre las manos.

Bernabò se estremeció, el aire puro y frío de aquella noche de enero le penetró en los huesos. Para calentarse, se frotó los brazos mientras las voces de los criados intentaban calmar a los perros.

—¿Dónde está mi sobrino?

—No lo sé —respondió afligido Andreino—. No lo he visto desde ayer.

—Pues búscalo, ¡enseguida!

Bernabò se dio la vuelta bruscamente y empezó a silbar, utilizando la lengua y los dedos a modo de instrumento. El sonido prolongado y familiar fue tranquilizando a la jauría, solo algún animal solitario siguió dando rienda suelta a sus instintos acompañand

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