La dama de noche

Viviana Rivero

Fragmento

Capítulo 1. Italia, Florencia, año 1936 Rosa

CAPÍTULO 1

Italia, Florencia, año 1936
Rosa

Mi nombre es Rosa Pieri y aunque soy vieja, e Italia es grande, jamás me he movido de la ciudad de Florencia. Éste es mi lugar y siempre lo será. Creo que la razón por la que nunca me he marchado es que amo este pedacito de universo. Aquí está mi restaurante, comprado con cada céntimo ahorrado durante años y que tanta satisfacción me ha traído. Todavía me parece que fue ayer cuando entregué todo mi dinero e hice la adquisición que marcó mi existencia. De las muchas situaciones que dejaron huella en mi vida, ésta fue la más determinante.

Hay hechos importantes que para bien o para mal nos marcan, imprimen su cicatriz en el calendario de nuestra existencia. Algunos los elegimos nosotros, como lo hice yo, con la compra de mi restaurante. Pero otros, no; vienen solos y son ineludibles. Aunque nos advirtieran que van a suceder y tratáramos de escapar tomando otras sendas, a la larga, los terminaríamos encontrando en nuestro camino. Soy una convencida de que estos enclaves vienen gestándose desde el mismo día de nuestro nacimiento, y sucederán más allá de que los queramos o no. El entorno se va preparando como un escenario para una obra en la que una vez que aparecen los primeros actores, tarde o temprano, llegarán los demás, y ya no será posible aplazar el argumento. No importa lo que hagamos para detenerlos; sucederán. Algunos serán hermosos, sublimes y si conociéramos que ellos nos aguardan esperaríamos el mañana descartando el presente: pero otros, los terribles, si tan sólo los adivináramos, nos meteríamos en la cama, cerraríamos las ventanas y ya no desearíamos seguir viviendo. Por eso la vida es sabia, para sorpresa, descubrimiento, asombro. No está bien saber de antemano lo que ocurrirá. Ésa fue la razón por la que cuando mi empleada, Cecil Ceprini, me contó que una adivina le presagió que ella y un niño unirían sus vidas con sangre ajena en mi restaurante, le dije que no debería haberlo hecho no sólo porque el agüero era extraño, sino porque el destino está en manos del cielo y nadie tiene derecho a saberlo de antemano. Ésa es la magia de la vida. El encantamiento está en dejarla fluir y que venga lo que tenga que ser. He aprendido que las situaciones importantes se desatan cuando uno menos las espera, y está bien que sea así. Estos hechos aparecen transformando las jornadas comunes en días trascendentales, como sucedió aquella mañana de otoño, hace más de treinta años, allá en 1903, cuando vi a Cecil Ceprini salir apurada de la piecita que yo le alquilaba junto a mi casa. Hacía frío. Durante la noche, una tormenta había cambiado el tiempo. Ese lunes, como cada mañana, la muchacha se dirigía al palacio Savonarola. Lo recuerdo claramente: llevaba puesto el chal verde, el mismo con el que salvaría una vida.

32 años atrás

Italia, Florencia, año 1903

Gina y Camilo

Lunes por la mañana

Los rayos de sol de la mañana iluminaban las calles de Florencia y la joven Cecil Ceprini apretó su chal verde contra los hombros y apuró el paso por el puente Vecchio. Una tormenta había caído en la madrugada, helando el aire. Durante el fin de semana, Cecil había dormido poco. Las veladas del sábado y del domingo habían sido apasionadas con su novio y ahora pagaba las consecuencias. Se había levantado tarde, pero, como cada mañana, tendría que limpiar el palacio Savonarola. Esta vez debería hacerlo con prisa; de lo contrario, no volvería a tiempo a La Mamma, el restaurante donde lavaba platos y levantaba las mesas durante los almuerzos. Otro escollo y estaría en problemas, porque si bien la dueña la apreciaba —le alquilaba un cuarto muy barato—, también era estricta con los horarios. Doña Rosa Pieri, una florentina de un poco más de cuarenta años, simpática y curtida por la vida, era quien le había dado el trabajo cuando ella más lo necesitaba y no quería fallarle, era una buena mujer. Además, la labor que hacía en el comedor le gustaba, allí conocía toda clase de gente, y le pagaban bien.

Cruzaba la calle a toda prisa y su largo vestido hasta los tobillos se movía al compás de su apuro cuando divisó el palacio Savonarola. La construcción era imponente. En los dos últimos años había estado en remodelación. Sus dueños, gente adinerada de Roma, querían dejarlo en perfectas condiciones para celebrar sus temporadas culturales durante sus estadías en Florencia. Estaban terminando los últimos detalles: el arreglo de las tejas y la pintura del enorme fresco que el maestro Fiore y su mujer pintaban desde hacía varios meses en la sala principal. El motivo era un paisaje de la campiña toscana que mostraba las cuatro estaciones. La imponente obra estaba compuesta por dos pares de murales sobre las paredes del salón principal. Los Fiore eran tan apasionados en su tarea que pasaban allí todas las horas que la luz natural que entraba por las ventanas les permitía trabajar. Era común verlos con sus delantales manchados de pinturas y los pinceles en las manos. Él, marcando las grandes figuras en la pared; y su mujer, dando pinceladas a los detalles. Aunque decir «mujer» era mucho. La esposa era sólo una muchachita. Cecil no creía que llegase a los veinte años, lo cual contrastaba con Camilo Fiore, que si bien era un rubio bien parecido, debía estar cerca de los cuarenta y cinco y sus sienes ya mostraban canas. Salvo esta diferencia —que a muchos se les antojaba escandalosa—, constituían una agradable pareja. Casados desde hacía más de un año, se los veía muy enamorados. Él la miraba con adoración, especialmente desde que esperaban un hijo. La chica estaba embarazada, aunque Cecil no sabía bien de cuánto. Era difícil adivinarlo porque era joven y delgada, y a ellos no les gustaba hablar mucho con nadie; eran muy celosos el uno del otro. Cecil recordaba cómo Fiore había sacado a empujones al muchacho que arregló los pisos porque lo había atrapado observándole el escote con ojos lujuriosos a su esposa, y también cómo en el restaurante le había dado una trompada a un marinero que no sabía que ella era su mujer y la había molestado. Fiore era un hombre apasionado y celoso. Pero también lo era Gina, quien le había puesto límites a la propia Cecil cuando les llevaba comida del restaurante, indicándole que simplemente la dejara, que sólo ella se la serviría a su esposo. En algún momento, Cecil había tenido un affaire con Fiore. Pero quién no. La mitad de las mujeres de Florencia habían dormido en su lecho. A pesar de que todavía suspiraba por él, Cecil se daba cuenta de sus propias limitaciones. Camilo pertenecía a un selecto círculo de artistas florentinos, y no se acordaría de que ellos, dos años atrás, habían dormido juntos; era una realidad que para ese hombre ella no existía, como tampoco existían otras mujeres. Sus días de conquistador habían terminado. En más de una ocasión, mientras Cecil limpiaba, había visto a la pareja besarse ardientemente, lo que evidenciaba que la atracción entre ellos era fuerte; se amaban y nada, ni nadie, ingresaba a su mundo. Cecil recordaba la escena del beso cuando el saludo de un vecino que cruzó frente a ella en el puente la tomó por sorpresa y la volvió a la realidad.

—Buen día, Cecil. ¡Qué tormenta la de anoche!

—Buen día, José. Sí, terrible —respondió pensando en cuánto trabajo le daría limpiar todo el polvo que el viento de la noche habría dejado en la sala donde los Fiore pintaban el mural; allí las ventanas quedaban siempre abiertas. El matrimonio se hallaba instalado en la planta baja cruzando un patio interno del palacio, donde vivían desde hacía algunos meses.

Esa mañana, cuando Cecil entró a la majestuosa casona Savonarola, buscó en el bolsillo de sus ropas la llave que abría la enorme puerta principal. Cada día llegaba y subía a la sala donde la pareja ya estaba pintando desde temprano, con las primeras claridades del día. Cecil los saludaba y luego comenzaba con la limpieza. Ese lunes entró y dejó su chal en el perchero del vestíbulo, como siempre; dio dos pasos y, observando el resultado del viento, de su boca salió una maldición. Si la antesala estaba repleta de polvo y hojas, podía imaginar lo que sería el salón donde se pintaba el mural. Subió las escaleras y comprobó lo que temía: la suciedad lo cubría todo. Miró la pared de la pintura y se sobrecogió. Siempre que la miraba le sucedía lo mismo. La obra estaba casi terminada y observarla era como estar propiamente en la Toscana. El tamaño natural de las figuras y el talento de las manos que lo habían hecho lo hacían sentir a uno allí. Le llamó la atención que los Fiore no estuvieran trabajando; era la primera vez que después de un fin de semana no los encontraba sumergidos en su tarea. De seguro el viento fresco los había hecho dormir más de la cuenta, como a ella. Cecil suspiró y decidió buscar las escobas y los trapos, mientras tarareaba una canción. Luego comenzó su faena, centrando toda su atención en fregar los pisos de la sala. Inmersa en esto, sintió ruidos en la planta baja. Pensó que eran los Fiore, levantándose; pero no, era Mateo, el joven que reparaba las tejas del techo. La saludó y cuando se disponía a subir al tejado, hizo un comentario:

—Se me ha hecho tarde hoy. ¡Me quedé dormido! —exclamó el muchacho apenas la vio.

—A mí me ha pasado lo mismo. Y parece que al maestro Fiore y a su mujer, también.

—¿Ninguno ha subido? —preguntó sorprendido.

—No. ¿Quieres fijarte si está todo bien? Golpéales la puerta del cuarto.

—¡Ay, Cecil, deberías ir tú! Yo tengo mucho que hacer esta mañana y aún no comencé.

—¡Yo también estoy atrasada! Ve tú. ¡Mira cómo estoy yo! —mostró sus manos sucias y los utensilios de limpieza; luego propuso—: Vamos juntos al patio y mientras yo cargo agua en los baldes, tú les golpeas la puerta a los Fiore.

Resignado, Mateo bajó las escaleras junto con Cecil mientras comentaban los destrozos que había hecho la tormenta de la noche. Luego, él fue rumbo a la habitación donde dormían los Fiore.

Cecil llenaba los baldes con agua del grifo en el patio interno cuando escuchó un fuerte portazo y la voz de Mateo pronunciando maldiciones e invocaciones a santos, desde unos de los pasillos. Le llamó la atención.

—Porca vacca! Merda! Puttana Eva!

—¡¿Mateo?! —gritó Cecil—. ¡¿Mateo?!

Al no obtener respuesta, dejó los baldes cargándose y se dirigió hacia donde él estaba.

Dio unos pasos y lo vio. El muchacho se hallaba con la espalda apoyada sobre la puerta del dormitorio de los Fiore y estaba pálido como un papel.

—¿Qué pasa, Mateo? ¿Están dormidos?

Mateo no la miraba, sino que seguía con su rosario de maldiciones e invocaciones, sólo que ahora las pronunciaba entre dientes.

—¿Mateo, qué pasó?

—Merda..., merda.

—¡Basta, Mateo!

Cecil tomó al muchacho con fuerza y lo quitó de la puerta. Al hacerlo, él dejó deslizar su espalda por la pared hasta quedar sentado en el piso. Ella, con precaución y temor, apoyó su mano en el picaporte y abrió la puerta despacio. Asomó la cabeza y miró.

Entonces vio lo que jamás olvidaría por el resto de su vida. Fueron sólo segundos hasta que cerró nuevamente la puerta con fuerza, pero los suficientes para que sus pupilas quedaran impregnadas de desgracia, de horror, de rojo, de sangre... de muerte. Perpleja ante lo que acababa de ver, se dejó caer al lado de Mateo. Y allí se quedaron ambos, de espaldas, contra el muro del pasillo, sin articular palabra, escuchando únicamente sus respiraciones agitadas. Permanecieron así durante minutos, los que podrían haber sido tres o una eternidad, hasta que el sonido del agua rebalsando los baldes y corriendo por las baldosas del patio los devolvió a la realidad.

—Mateo, hay que llamar a la policía. ¿Has visto la cantidad de sangre? Están muertos... los han matado.

Él la miró y después de unos segundos respondió:

—O se han matado. ¿Por qué no? Puede ser.

—¿Qué?

—Fiore era celoso. Tal vez la mató y luego se suicidó. La sangre lo cubre todo. Es... es un verdadero baño de sangre.

Cecil recordó la imagen de la pareja tendida en la cama con sus ropas y las sábanas cubiertas de sangre. Era verdad, podía ser, pero la idea la impresionó. Se quedó muda durante unos instantes.

—¡Ay, Mateo, no lo sabemos! Pero debemos ir a la policía. ¡Levántate y ve ya mismo!

El muchacho respondió a la orden como un autómata y se paró con determinación.

—Tienes razón —dijo caminando con rapidez rumbo a la puerta principal. Y desde allí le gritó—: ¡Cecil, volveré con el inspector!

Cecil calculó que la delegación se hallaba a unas diez calles. No tardaría mucho.

—Sí, ve y apúrate. No me dejes aquí sola mucho tiempo, me da miedo. Si no vienes pronto, me marcharé.

Mateo no le respondió: ya estaba en camino hacia el destacamento.

Cecil, aún sentada en las baldosas del pasillo, comenzó a llorar. Si bien los Fiore no eran sus amigos, y sólo había compartido con ellos algunas charlas ocasionales, ella alguna vez se había acostado con ese hombre. Ahora él y su mujer estaban allí, sin vida y brutalmente ultrajados, separados de ella tan sólo por una puerta. ¿Quién había sido el salvaje que había hecho eso? ¿O acaso Mateo tenía razón y había sido algo pasional entre ellos? Recordaba que una vez Fiore había estado varios días en el calabozo por una gran pelea con un hombre al que había golpeado gravemente. Aunque no se sorprendía, también muchos florentinos zanjaban sus diferencias en riñas semejantes.

Por un momento, la imagen de la pareja tendida en la cama, uno al lado del otro, y la sangre manchándolo todo, vino a su mente. Cecil lloró más fuerte al recordar que Gina Fiore estaba embarazada. Su llanto era tan ruidoso que tardó unos minutos en percibir el extraño sonido que llegaba a sus oídos. Aun oyéndolo claramente no podía acertar qué era, ni de dónde venía. Pensó que era el maullido de un gato, pero no. Escuchó mejor e imaginó que la sugestión le estaba jugando una mala pasada. Se asustó y el miedo hizo que se incorporara de golpe y dejara de llorar. Quería escuchar mejor y lo logró. Al hacerlo, tuvo la certeza de que era un sonido gutural, un gorjeo que nadie confundiría, un susurro al que la humanidad por miles de años le había otorgado el mismo significado: desprotección. Era el llanto de un bebé.

El sollozo atravesó los muros. Sonaba afónico, casi sin fuerza, pero era un bebé llorando. La piel de la espalda y los brazos se le erizaron. ¿Un bebé? No se atrevía a abrir la puerta, y cuando ya estaba casi segura de hacerlo, una duda se instaló en su interior: ¿y si no era un niño, sino el fantasma de Fiore o el de su mujer? Cecil temblaba. A punto de huir, no lo hizo, porque aconteció lo que sucede cuando algo en el destino de las personas tiene que cumplirse: una fuerza sobrenatural se apoderó de ella y la empujó a poner la mano en el picaporte. Abrió de nuevo la puerta y otra vez el horror se presentó ante ella, pero Cecil ya no se guiaba por sus ojos, sino por sus oídos, que la salvaban de ver la locura que se exhibía en el lugar. El llanto provenía de un revoltijo de sábanas también ensangrentadas que estaban junto a la cama en la que descansaban los cuerpos flagelados. Se acercó lentamente y vio que la mano de Fiore, llena de sangre seca, colgaba sobre el amasijo de trapos del que salía el sollozo, como si hubiera querido con su último aliento tocar al niño. Cecil caminó despacio. Frente al nido de trapos abrió los ojos y vio a un bebé pequeñísimo, vestido de celeste, que lloraba débilmente. Se agachó y con delicadeza lo tomó en brazos. Lo miró de cerca. Era blanco, muy blanco; sus manitas, muy chiquitas y azuladas. Instintivamente, lo apretó contra su regazo. Al hacerlo, una oleada de ternura la invadió y volvió a llorar. Sin dejar de abrazarlo, observó los cuerpos de Fiore y de su mujer, buscando otro milagro. Tal vez, los padres no estaban muertos; tal vez, estuviesen vivos. Pero la imagen le confirmó que no lo habría. Por más que miraba, no podía adivinar dónde estaban las heridas; todo era sangre y más sangre. El último vistazo le dio la certeza de que debía sacar a ese niño de allí, huir de esa desgracia. Un impulso prodigioso la hizo sentir importante, invencible, como si hubiera nacido para lo que estaba por hacer. Se le había confiado una vida y estaba en sus manos. Dio media vuelta con el niño en los brazos y ya en el umbral resolvió no mirar hacia atrás. La muerte estaba a sus espaldas y la vida enfrente, y se decidió por la segunda. Temía volver la vista y quedar atrapada en esa imagen de quebranto, y que ella y la criatura también se perdieran en el infortunio. Salió dando un portazo, como queriendo dejar encerrada en ese cuarto la desgracia.

Buscó la salida. No se quedaría a esperar a la policía. Ese niño necesitaba que le proporcionaran alimento, calor, un sitio seguro... La muerte reinante en el lugar era incompatible con esa vida que la necesitaba.

Tomó del perchero su chal verde y con él rodeó los trapos sucios de sangre que cubrían a la criatura. Buscando darle calor, apretó el envoltorio contra su pecho. Luego salió a la calle y comenzó a caminar. ¿A dónde ir? Los minutos contaban para salvar la vida del niño. Necesitaba comida, calor. ¿lría a su casa? No, en el cuartucho donde vivía ni siquiera tenía leche. Miró a su alrededor, las calles estaban desiertas, la tormenta de la noche mantenía a todos aún encerrados. Entonces tuvo una idea, se le ocurrió cuál era el lugar perfecto para ir, allí encontraría leche, un fuego encendido y unas manos más expertas que las suyas para que le ayudaran con ese bebé. Se apuró. El niño aún lloraba, pero cada vez más débilmente. Si todo salía bien y el cielo la ayudaba, en siete minutos estaría en el lugar. Ése era el tiempo que se tardaba en llegar caminando rápido. Apuró los pasos. La valentía la empujaba, el destino la guiaba, la Providencia la protegía.

Lunes por la tarde

Miguel Fernán y su esposa Elizabeth apuraron el paso para entrar al hotelito situado frente a la plaza Santissima Annunziata de la ciudad de Florencia. La joven pareja de argentinos reía divertida al ver cómo el viento les volaba la ropa y despeinaba el largo cabello castaño de ella. Tomados de la mano, regresaban del paseo que habían hecho por el palacio Pitti. Una vez que ingresaron al hotel, respiraron aliviados; adentro la temperatura era agradable. El recorrido los había dejado helados y agotados. Mientras subían las escaleras rumbo al cuarto, Miguel Fernán pensaba que había valido la pena hacer el viaje a Europa. A él y a su esposa les había renovado el ánimo. La travesía en el barco alemán que los trajo desde Argentina había sido larga —casi un mes—, pero la posición económica que le daba su prestigioso buffet les permitía ausentarse durante los seis meses que decidieron tomarse. Muchas de sus amistades también lo hacían; algunas, incluso, traían a sus hijos para recorrer Europa y hacer así, en familia, un paseo cultural. Pero para ellos dos no era sólo un paseo. El verdadero motivo de la excursión era otro: olvidar el año difícil que habían tenido. Elizabeth había perdido un embarazo y, con éste, iban tres. La tristeza la había invadido al punto que dejó de comer y el médico, temiendo por ella, sugirió el viaje. Al principio Elizabeth no aceptó la propuesta; pero como no mejoraba, Miguel la convenció y accedió. Fue una suerte, ya que ahora, instalados en Italia, la veía realmente contenta. La delgadez extrema había desparecido a costa del croissant en París y de las pastas de La Mamma, el restaurante de Rosa Pieri, su lugar predilecto para comer en Florencia. Habían pasado cinco meses recorriendo las principales ciudades europeas y, aunque les faltaba Londres, habían desistido de ir. La ciudad de Florencia era la que más les había gustado y habían decidido quedarse allí hasta el regreso. París, Ginebra, Madrid les habían encantado, pero en Florencia les había atraído la atmósfera artística que se respiraba. Además, algunas pequeñas rutinas los hacían sentirse como en casa: caminar al atardecer por el puente Vecchio, mirando la ribera del río Arno; tomar el té en la confitería frente a la plaza del Duomo; ir a la misa de la iglesia Santa Maria dei Fiori; sentarse en la plaza della Signoria a escribir cartas para sus familias; cenar o almorzar en el restaurante La Mamma, donde la dueña ya los trataba como de la familia. Eran pequeños placeres que los ponían felices. Y ahora sólo les restaba pasar por Roma dos o tres días para saludar a los cónsules argentinos, amigos personales de la familia de Fernán. Luego sería tiempo de volver a su país. Las ganas de ver a sus seres queridos y frecuentar los lugares habituales comenzaban a asomar en ellos. Ya habían tenido suficientes paseos, el rostro de Elizabeth le confirmaba a Miguel Fernán que pasear era lindo, pero cansador. La miró, y tratándola de «usted», como cuando lo hacía con mucho cariño, le dijo:

—Escúcheme, señora Fernán. La veo agotada, por lo que le sugiero que se recueste un rato, después se dé un baño y se prepare primorosamente para cenar en un bonito restaurante.

—¿Acostarme? ¿Y tú qué vas a hacer mientras tanto?

—Saldré a hacer unos trámites —Sus ojos marrones trataron de ocultar lo que haría.

—¿Cuáles?

—¡Qué curiosa! ¡No ve que quiero darle una sorpresa! —sería imposible ocultarle sus planes.

Ella sonrió. Seguramente quería comprarle un regalo porque hoy era el cuarto aniversario de boda y todavía no le había dado ninguno.

—¿Cuánto tardarás, Miguel?

—No sé... dos horas, no más que eso.

—Está bien, tienes razón. Aprovecharé y descansaré un rato —dijo, recostándose en la cama del cuarto.

—Me parece perfecto, señora Fernán. Y cuando vuelva, quiero verla con el vestido que compramos en París y que aún no estrenó. La llevaré a cenar a un lugar elegante para que festejemos.

La chica frunció el ceño.

—Ay, Miguel, me encanta la idea de ponerme el vestido y salir, pero no tengo ganas de ir a un lugar que no conozco y empezar a luchar con el mozo para pedir la salsa que ya sabemos que nos gusta y que hacen tan regiamente en el restaurante de doña Rosa. ¿Podemos ir a donde vamos siempre?

—¿Mi amor, estás segura de que quieres ir de nuevo a La Mamma? —La duda de Miguel tenía sentido: llevaban cuatro noches cenando en el mismo lugar.

—Sí, allí me siento como en casa y me gusta la comida —dijo, acariciándole el cabello corto y castaño.

Doña Pieri les tenía cariño. Parecía, incluso, decidida a hacer engordar a la chica. Todo había comenzado un mes atrás, durante una noche en la que ya no quedaban comensales y Rosa Pieri se les había acercado para convidarles un vino especial. Había abierto la botella del chianti clásico y, entre charla y charla, ellos le contaron su historia y algo de las tristes experiencias por las que habían pasado durante los últimos tiempos. A partir de allí, las mujeres crearon un vínculo especial sustentado por relatos y comidas. Cada día, doña Rosa le hacía preparar un plato exquisito, especialmente elegido para ella. Fernán pensaba que esto había beneficiado mucho a Elizabeth, ya que su esposa esperaba con ansias las comidas que le habían hecho recobrar peso y color en las mejillas. Recordándolo, no lo dudó.

—Entonces, reina mía, allí iremos. Prepárese —se lo dijo y la besó en la boca. Luego, con delicadeza, la tapó con el cubrecama, y agregó—: Duerme un ratito. En dos horas paso a buscarte e iremos a La Mamma.

Se dirigió a la puerta y salió.

En minutos, Miguel Fernán caminaba por el puente Vecchio y recorría las pequeñas y coquetas joyerías instaladas en la ribera del río Arno. Le parecía mentira que estos localcitos irradiaran semejante refinamiento cuando antaño no habían sido más que carnicerías con sus respectivos matarifes. Las joyas refulgían ante sus ojos. La ocasión lo ameritaba: compraría un anillo, algo lindo para su esposa. Quería festejar, estaba feliz, el viaje iba llegando a su fin y todo venía saliendo muy bien. Tenía un buen presentimiento sobre el futuro y ya no le preocupaba que no pudieran tener hijos propios; tal vez —aceptó—, hasta podrían adoptar. Unos amigos les habían dado un dato: en Argentina, en la provincia de Corrientes, podían conseguir un niño en regla y muy

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