La mirada del mal

Reyes Monforte

Fragmento

Capítulo 1

1

Su mirada de plata ardía.

El fuego le iluminaba el rostro como tantas veces ella alumbró los semblantes ajenos. La pequeña hoguera que había encendido precipitadamente en el jardín de la Seebichl Haus abrasaba sus ojos; «los ojos de Hitler», los habían llamado. A pesar del calor infernal que amenazaba con fundirlos, era incapaz de cerrarlos. Sintió que sus iris se incendiaban. Ahora entendía la insistencia de Rudolf Hess en hacer una prueba de luz en la tribuna de oradores para ver si Hitler soportaría la potente irradiación de los reflectores durante su discurso de inauguración del VI Congreso del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán celebrado en Núremberg, en septiembre de 1934. «Quien haya visto el rostro del Führer en El triunfo de la voluntad nunca lo olvidará. Su cara lo perseguirá de día y de noche y, al igual que una llama, se apagará fundiéndose en su alma»; el presagio del ministro Goebbels no tardaría en materializarse. Ella había cincelado aquel rostro inmortal que una bala destrozó en el búnker de la Cancillería del Reich en Berlín, el 30 de abril, a las tres y media de la tarde. El suicidio de Hitler aún la perturbaba. En su cabeza, comenzó a montar la película de lo que debió de suceder. «No les daré el placer a esos infrahumanos eslavos de apresarme con vida. Stalin jamás me verá en Moscú como tanto desea. Será la victoria o la destrucción», conjeturó que diría. El asesinato de Benito Mussolini dos días antes —cuyo cuerpo fue colgado cabeza abajo en una gasolinera de Milán, junto al de su amante, por los partisanos que se negaron a entregarlo con vida para que fuese juzgado— le habría convencido de coger su pistola Walther PPK y dispararse en la sien, tras morder una cápsula de cianuro. A pocos centímetros, el cadáver de su mujer, Eva Braun, muerta tras ingerir una botellita de ácido cianhídrico; al final, la joven que se vanagloriaba de ser «la amante del hombre más grande de Alemania y del mundo», había conseguido suicidarse tras dos intentos fallidos —el primero con un arma, el segundo con somníferos—, motivados por el poco caso que le hacía su idolatrado Adolf.

Leni retomó el foco sobre el actor principal. Lo visualizó momentos antes de apretar el gatillo, inquieto, sudoroso, mientras se peinaba el cabello con la mano, como tantas veces le había filmado; esa mano que su cámara inmortalizó justo cuando un rayo de luz incidía en ella, como bendecido por los dioses en El triunfo de la voluntad. Era la magia que desplegaba la luz cuando ella sostenía la cámara y él estaba delante. Ahora, las luces se habían apagado y todos habían quedado en una penumbra plagada de sombras amenazantes. El resplandor de las llamas no distorsionó su realidad: por muy lejos que huyera, nunca podría escapar de él; su nombre la perseguiría siempre. «La amiga de Hitler», rezaba el titular de portada de la revista Newsweek del 15 de septiembre de 1934. El enemigo de la humanidad había sido su amigo, su admirador, la había convertido en su confidente, y eso no había reflector lo bastante potente que pudiera estilizarlo. Ningún filtro de color transformaría la realidad, ninguno suavizaría el resultado.

Permanecía inmóvil, con la mirada hundida en la hoguera. El crepitar incandescente parecía entonar la consigna más escuchada de los últimos años: «Ein Volk, ein Reich, ein Führer!» («¡Un pueblo, un imperio, un líder!»). Leni sujetó con fuerza la caja de cartón repleta de sombras del pasado, como con la infantil pretensión de detener el tiempo. Cartas, contratos, películas, negativos, fotografías, telegramas, recortes de prensa… Nada resistiría el escrutinio social del final de la guerra. El hambre de justicia palpitaba tan alto en el corazón del mundo que nadie esperaría a que un tribunal dictara sentencia. El grueso lápiz Faber-Castell de color rojo que utilizaba para descartar escenas completas de los guiones aguardaba en el fondo de la caja, rodaba de un lado a otro, desplazándose sin rumbo, como lo hacían millones de alemanes expulsados por las fuerzas aliadas tras la confiscación de sus bienes. Lo sostuvo entre los dedos; le vendría bien para tachar páginas de su pasado que algunos malinterpretarían. Los vencederes escriben la historia, y la suya sería una de las más controvertidas.

Arrojó un nuevo documento a la fogata. El fuego parecía hambriento. No podía dejar de contemplarlo. Le resultaba hipnótico, similar a la fascinación que sintió la tarde de febrero de 1932 en que escuchó por primera vez un discurso de Hitler. «Compañeros alemanes…». Nunca olvidaría la sensación sobrenatural que su presencia provocó en ella y en los veinticinco mil espectadores que colmaban el Palacio de Deportes de Berlín, el recinto con mayor capacidad de Alemania. El magnetismo que desprendía aquel hombre la abandonó en un estado de fascinación que rozó la semiinconsciencia. Sintió la tierra abrirse a sus pies, como las aguas cuando Moisés extendió la mano sobre el mar por orden de Dios. El misticismo del momento, se le quedó prendido a la piel y su recuerdo, preñado de una épica religiosa, aún la estremecía. «Tengo la sensación de estar ante un hombre que trabaja bajo la protección de Dios», solía decir Goebbels. «Heil, Heil, Heil!», gritaban las gargantas enfervorizadas.

El eco de los vítores y aplausos se fundió con el rugir de la hoguera. El papel se contraía entre las llamas, replegándose sin remisión, como había hecho el ejército alemán. Ni siquiera se permitió pestañear. Observó la sumisión de aquellos papeles a merced del fuego que devoraba al águila imperial; el emblema del Reich de los mil años y símbolo de la eternidad germana, consumido en apenas unos segundos por la voracidad ígnea. Antes de arrojar a sus fauces una nueva carta, sus ojos apresaron unas líneas: «Siempre estoy pensando en ti. Me hace feliz que no me hayas olvidado». La memoria la devolvió al momento en el que lo escribió tras el estreno de su película Olimpiada, sobre los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín en 1936. Siempre caligrafiaba varios bocetos antes de rubricar la carta definitiva; con el Führer no se admitían faltas ni borrones. ¿Cómo se interpretarían aquellas palabras ahora? Un pensamiento le hizo alzar la mirada: ella había tuteado al Führer fuera de los actos oficiales. Sólo alguien más lo había hecho, Ernst Röhm, comandante en jefe de las SA, el hombre que más cerca había estado de Hitler hasta que éste ordenó su asesinato. No cayó por sus escarceos homosexuales en Eldorado del Berlín pecaminoso ni por las críticas que Mussolini hizo sobre su gestión de las Camisas Pardas; fueron las intrigas de poder orquestadas por Himmler y Göring las que acabaron con su vida y desembocaron en la Noche de los Cuchillos Largos. «Operación Colibrí. A Röhm le hubiera gustado el nombre», le había confiado con una socarrona sonrisa. No era fácil ver sonreír al Führer, pero ella lo había visto. «Querida Leni, todos deben saber que cualquiera que levante su mano para golpear al Estado no tendrá otro final que la muerte», le explicó. Ese día entendió que la culpa y el desacato habitan en la conciencia de los demás; rara vez anidan en la propia. Quizá por eso, el Führer había quemado carpetas de información en el búnker de la Cancillería antes de suicidarse; algunas historias aguardan entre las llamas la llegada del juicio final, una gran pira donde unas vidas arderán mejor que otras.

El fuego se avivó. Las fotografías convulsionaban de una manera distinta, como si el alma de quienes aparecían en ellas se retorciera en nombre de un ayer glorioso condenado a un presente mefistofélico. Vio arrugarse el rostro de Joseph Goebbels, de Hermann Göring, de Martin Bormann, de Rudolf Hess, de Heinrich Himmler, de Albert Speer, de Adolf Hitler, convirtiendo sus facciones en ruinas degradadas, envejecidas, derrotadas… Los negativos de películas chisporroteaban y, en cada crujido, parecían lanzar un último grito reclamando piedad ante la inminente sentencia de muerte. No era posible; su existencia debía velarse, como cuando la luz entra en un rollo de película y arruina lo filmado. El fuego lo devoraba todo, dejando sólo cenizas grises, residuales, insignificantes… La conciencia de la nada. Era la venganza del destino; la llama sagrada, alegoría de la idiosincrasia de la Alemania nazi, ahora envolvía su anulación. «¿Será suficiente con eso?», se preguntó. Algo le hizo entender que la justicia carnífice no garantizaría la completa regeneración. ¿En cuántas ocasiones había utilizado ella las antorchas, las hogueras, los fuegos artificiales y las fogatas en sus películas? Lo que tantas veces había representado el poder, la supremacía y la fuerza encarnaba ahora el final y la supresión. El águila imperial no desplegaría más sus alas ni cambiaría su plumaje para retomar el vuelo.

Inhaló profundamente hasta sentir el diafragma contraerse y exhaló el aire de los pulmones. Cerró los ojos. El olor que desprendía la hoguera resultaba agradable. Había encendido el fuego con cerillas. No había gasolina suficiente como para hacer dispendios y quemar los vestigios del pasado; ni siquiera hubo suficiente para quemar el cadáver de Goebbels tras su suicidio, como hicieron con el del Führer para evitar que los aliados se quedaran con el cuerpo. Tomó aire de nuevo, muy despacio. Le resultó complicado controlar su respiración como le había enseñado el profesor Kuchenbuch, cuando la llegada del cine sonoro la obligó a educar la voz y perfeccionar la dicción. En aquel 1930 acababa de rodar Tempestad en el Mont-Blanc y su nombre como actriz ya sonaba, como lo hacían las canciones de Friedrich Hollaender en los cabarets de la ciudad, cuando los nacionalsocialistas aún no la consideraban música degenerada y la Gestapo no lo buscaba por su ascendencia judía. También era bienvenida en las animadas fiestas en casa de la anfitriona judía Betty Stern, el salón ubicado cerca del Kurfürstendamm fiel reflejo del quién es quién de la cultura berlinesa. La nostalgia dibujó una sonrisa en su encendido rostro. Se vio sentada en una de las mesas del Café Romanisches, donde un jovencísimo Billy Wilder, que entonces ejercía de periodista y ocasional bailarín de foxtrot, escribía el guion de su película Menschen am Sonntag («Gente en domingo»). Volvió a ocupar una de las butacas del Nelson Theater para presenciar la actuación de Josephine Baker con su escueta falda de plátanos. Se vistió nuevamente con un llamativo vestido de seda verde y plata de la casa de modas Schulze-Bibernell para asistir al Baile de la Prensa. Se reencontró con Anna Pávlova, a quien confesó lo mucho que le hubiese gustado convertirse en la gran bailarina que siempre soñó ser, si no fuera por aquella inoportuna lesión… El rosto de Marlene Dietrich apareció como lo hizo aquel día en el Café Schwannecke, con su voz ronca, sujetando con una mano el vaso de absenta que había vaciado demasiadas veces en su garganta mientras, con la otra, alzaba el pecho izquierdo: «¿Quién ha dicho que un pecho bonito no puede estar caído? ¡Qué sabrán los hombres, cuando ni siquiera saben sujetar uno!», gritaba para escandalizar a los presentes. Su imaginación rescató la foto que le hicieron en el Baile de los Artistas de Berlín en 1928 junto a ella y la actriz Anna May Wong. Nunca entendió los celos de Marlene hacia su persona. «Una ingrata. Una más. Al fin y al cabo, fui yo quien propuso su nombre a Josef von Sternberg para que protagonizara El ángel azul». Durante unos segundos elucubró sobre qué hubiera pasado de haber aceptado la propuesta del director de Los muelles de Nueva York de llevarla a Hollywood para convertirla en una gran estrella, como había hecho con Marlene. En el Berghof también se veían las películas de la Dietrich, y, sin embargo, Walt Disney no pudo proyectar Olimpiada en su casa de Los Ángeles por temor al boicot de los distribuidores estadounidenses, alertados por la Liga Antinazi de Hollywood. Si hubiese aceptado ir a la Ciudad de Oropel para convertirse en una gran actriz, Gary Cooper no habría cancelado su cena con ella y Greta Garbo habría aparecido a la cita acordada, aunque sólo fuera para hablar mal de Marlene o de su supuesta relación lésbica. Nadie estaba libre de los caprichos del destino, ni siquiera Charles Chaplin, estandarte de la edad de oro hollywoodiense, que le envió un telegrama para felicitarla por su primera película, La luz azul, y reconoció haberse inspirado en ella para el personaje de Paulette Goddard en Tiempos modernos. Leni sonrió al recordarle; los ecos del boicot de la fábrica de sueños también llegarían al legado del creador de Charlot cuando el diario soviético Pravda se refirió a él como «camarada». «¿Acaso Miguel Ángel no trabajó para el poder establecido? ¿No lo hizo Serguéi Eisenstein en El acorazado Potemkin para Stalin?», se preguntó.

Entre el batiburrillo de recuerdos, surgió como un trueno la frase que, días atrás, la había alcanzado de lleno, viniendo de quien vino: «¿Pensabas que íbamos a ayudarte? ¿A ti, a la puta de los nazis?». El exabrupto la obligó a abrir los ojos, como si el doloroso recuerdo le advirtiera de que la añoranza puede resultar tan peligrosa como la esperanza. Todo podría haber sido distinto si no se hubiera detenido a contemplar el cartel de aquella película en la estación de metro de la Nollendorfplatz: La montaña del destino, de Arnold Fanck… El cine define las épocas y acompaña el devenir de los tiempos. «Si las películas se hicieran con talento y genialidad, tendrían la capacidad de cambiar el mundo». La voz de Hitler rescató el recuerdo de la destrucción del emblemático Café Romanisches durante un bombardeo en 1943. Las ruinas del ayer se amontonaban en su mente. «Se piensa demasiado en el pasado porque en el futuro está la muerte», le había dicho alguien muy especial. Ésa era la única certeza; todo lo demás, sólo meras conjeturas.

El sudor que la memoria y el fuego legaban a modo de pátina sobre su piel empezaba a asfixiarla. Se pasó la mano izquierda por el rostro para aliviar el bochorno y contempló brillar en su dedo anular el anillo con la gema de marfil blanco engastada en un soporte negro; le pareció una metáfora perfecta de lo que había sido su vida durante el Tercer Reich: una semilla luminosa en el corazón de las tinieblas. En el jardín de la Seebichl Haus se proyectaba la película de un tiempo pasado que amenazaba con alcanzarla en breve. En un jardín parecido a ése, siete años antes, celebró con Hitler el Premio Nacional de Cine por Olimpiada. Fue la primera vez que le vio tomar té y no su tradicional agua mineral Staatl. Fachingen, aunque ordenó que fuera aguado para prevenir sus dolencias estomacales, un mal que no le impidió disfrutar de la tarta de manzana que Leni ordenó hacer en su honor. La evocación era tan límpida que creyó percibir el olor dulzón del delicioso pastel. Aquel 1938 quedaba lejos en su memoria, pero la voz del Führer un año después, en el salón principal del Kehlsteinhaus, el «Nido del Águila», se reproducía nítida en su interior: «Las personas como usted suelen estar solas. Muchos hombres no le perdonarán su talento. Créame si le digo, querida, que la vida no se lo pondrá fácil». También fue la primera vez que le habló de su sobrina Geli, de su suicidio, del inapropiado amor que sentía por ella… Quizá su conducta tampoco hubiera superado el Código Penal de la República de Weimar, como la de Röhm no superaba sobre el papel el artículo 175 que condenaba la homosexualidad masculina.

En la mano sostenía la fotografía de aquel día en el jardín. ¡Cuántas veces le había dicho al Führer que no se pusiera en jarras ni elevara el mentón! «Eso queda para Mussolini mientras posa en la playa o debate sobre la existencia de Dios y le reta a fulminarlo en menos de dos minutos, si realmente existe», se atrevió a decirle a Hitler. Ella había perfeccionado sus poses, creado su imagen y no sabía en qué lugar la dejaría eso ante el mundo. Evocó su viaje a Roma para ver al Duce y las consecuencias que siguieron… ¿Alguien creería que no tuvo nada que ver?

Mientras el fuego continuaba con su particular venganza, elevó la mirada al cielo para contemplar las estrellas, las mismas que su padre le enumeraba de pequeña después de que, en pleno episodio de sonambulismo, se subiera al tejado de la casa de Zeuthen, de donde tenían que bajarla con sumo cuidado para acabar durmiendo en la cama de sus padres. «Esta niña tiene demasiados pájaros en la cabeza. Un día va a echar a volar y dudo que sepa emprender el vuelo y, mucho menos, tomar tierra». Sabía lo que pensaba el estricto Alfred Riefenstahl cuando la miraba en silencio; fueron muchas las veces que mostró su preferencia por un hijo varón. «Si hubieras nacido hombre…». Era la misma apostilla que años más tarde pronunciaría Goebbels en dos ocasiones: la primera, cuando intentó tirarla por las escaleras; la segunda, al admirar su talento cinematográfico. «Si la señorita Riefenstahl fuera un hombre, quién sabe hasta dónde podría llegar».

El recuerdo del ministro de Propaganda, que había llegado a ser su mayor pesadilla, le provocó un latigazo que la dobló de dolor. O quizá fuese el anuncio de un nuevo cólico. Deseó que fuera lo primero; su vesícula ya le había dado demasiados problemas y no era el mejor momento para salir corriendo hacia un hospital. La presencia de soldados estadounidenses y franceses por todo el territorio alemán lo desaconsejaba; no tendrían piedad, como tampoco la habían tenido los alemanes.

Veló nuevamente su mirada; se sentía más segura en aquel crepúsculo sobrevenido.

La oscuridad la trasladó hasta la cama del Hospital Alemán de Madrid donde pasó un par de semanas para recuperarse de su dolencia, y también hasta aquella habitación del Hotel Formentor de Mallorca, en la que se dejó caer, agotada, después de rodar varias escenas de molinos de viento para su película Tierra baja. Ojalá pudiera regresar a España —«Nunca entenderé esa manía de los españoles de arrojar las cáscaras de las gambas al suelo»—, recorrer de nuevo las calles de Córdoba, de Barcelona, de Segovia, pasear por las dehesas de Salamanca en busca de toros bravos y disfrutar de la compañía de toreros como Belmonte, Manolete y Bienvenida… «Si usted fuera mi mujer…», insinuaban ellos. «Sí, pero no lo soy», les aclaraba. «¿Por qué los hombres tremendamente varoniles resultan tan problemáticos? ¿Por qué la intimidación y el ardor siempre me parecieron irresistibles?». La pregunta rescató de su confusa mente a su marido, el teniente de infantería Peter Jacob. «¿Habrá muerto? ¿Estará en el frente o agonizando en algún hospital de campaña?».

El cúmulo de recuerdos se agolpaba en su cabeza, donde ya sonaba la Sinfonía inacabada de Schubert. Así se sentía ella en ese momento, inconclusa. «La danza de la señorita Riefenstahl a la orilla del mar en La montaña sagrada es lo más hermoso que he visto jamás en una película», había reconocido públicamente Hitler después de verla, en 1926. «Es la mujer con la que Alemania sueña». A Leni, su sexto sentido jamás le había fallado y presintió que el sueño estaba a punto de tornar en pesadilla. Era la mujer más famosa de aquella Alemania nazi que acababa de caer derrotada en la Segunda Guerra Mundial. «Espero no sentir vergüenza si un día leo tu nombre en los periódicos», le confió su padre.

La caja de cartón estaba prácticamente vacía. Apenas un par de papeles esperaban su sentencia mortal. Antes de arrojarlos al fuego, leyó el titular de The New York Daily Mirror con fecha 9 de noviembre de 1938: «Tan bonita como una cruz gamada». ¿Dirían lo mismo los periódicos o perdería su belleza como Alemania había perdido la guerra? ¿Seguiría siendo «la mujer profesional haciendo su trabajo que mostraba una visión tan extraña en la masculina Alemania de hoy», como aseguró The New Yorker? ¿Volvería a ser portada de la revista Time como lo fue el 17 de febrero de 1936? «Es enorme la capacidad de olvido que tiene el público», le confió Hitler en las montañas de Obersalzberg. ¿Alguien recordaría su entrevista en la radio con Rudolf Arnheim, el 3 de noviembre de 1932?: «Déjeme decirle algo, Rudolf: mientras los críticos de cine sean judíos, nunca se reconocerá mi éxito. Pero cuando Hitler llegue al poder, todo esto cambiará». Conocía cómo funcionaba la prensa; la tendrían en su punto de mira como había sucedido siempre. «¿Cómo se convirtió Leni en la novia de Hitler?», se preguntaba Hollywood Tribune después de presentar su película Olimpiada en Estados Unidos. Recordó la traición de su jefe de prensa, Ernst Jäger, a quien tantas veces había ayudado.

«¿Cuántas traiciones más me quedarán por vivir?».

Una rabia incontrolada le hizo lanzar la caja a la hoguera, que aulló como si hubiese echado sal al fuego, provocando una gran llamarada. En su cabeza se desató una lucha: a Schubert lo devoraron Wagner y Beethoven, y las melodías de Chopin y Brahms, que tantas veces bailó en sus recitales de danza, quedaron eclipsadas por la canción «Horst Wessel», el himno del partido nazi. Tras su vehemente reacción, sintió que algo le golpeaba el pie: era la herradura que encontró el día de su boda y que guardó convencida de que le traería suerte; se equivocó. Instintivamente, se alejó de la hoguera como no había sabido alejarse de otros peligros durante los últimos quince años. Pensó en el retrato que de ella publicarían los periódicos. Sólo deseó que hicieran las tomas con una película Kodak; captaba mejor los matices intermedios y la imagen era de mayor calidad.

De nuevo alzó la mirada al firmamento. Añoró ver la Catedral de la Luz con la que el arquitecto y ministro de Armamento del Tercer Reich, su querido Albert Speer, iluminó el cielo valiéndose de reflectores. Pero lo único que brillaba en el firmamento era una hermosa luna llena. La encuadró con los dedos, un gesto habitual en ella. Así lo hizo cuando inmortalizó el salto infinito de Jesse Owens en los Juegos Olímpicos de 1936, y también con los gitanos del campo de Maxglan que actuaron como extras en su película Tierra baja, aún inconclusa, a pesar de los cinco millones de marcos que Hitler le concedió en plena guerra mundial. Sonrió al recordar cómo los más pequeños la llamaban tía Leni —«Tante Leni, Tante Leni!»— cuando les regalaba chocolates. La sonrisa se le congeló en el rostro. El recuerdo le estremeció; no quería recordar más.

Volvió a la inmensa luna llena: relucía con la misma luz mágica que plasmó en su primera película como directora, La luz azul. Se sintió inmersa en el lienzo de Caspar David Friedrich Dos hombres contemplando la luna. Había vivido mucho; los cinco metros de cinta de la cámara Kinamo que había usado su camarógrafo Leo de Laforque en Olimpiada eran demasiado poco para una vida como la suya.

Un ruido fundió a negro sus recuerdos. Se giró bruscamente al presentir que alguien se acercaba. La recorrió un escalofrío. De niña, un hombre la siguió desde la taberna donde había ido a comprar una jarra de cerveza para su padre hasta su casa en la Hermannplatz; allí intentó estrangularla mientras trataba de abusar de ella. Sólo la rápida reacción de algunos vecinos que salieron a auxiliarla evitó la tragedia. Desde entonces, el miedo la paralizaba cuando escuchaba el sonido de pisadas a su espalda. Achicó la mirada para escrutar entre las sombras; no fue capaz de ver nada. Quizá se había equivocado. Pero un leve crujido confirmó sus temores, y enseguida una silueta espectral tomó forma humana en el jardín.

—¿Es usted Leni Riefenstahl?

Escuchar su nombre en boca de aquel extraño la inquietó aún más. Permaneció inmóvil, observándole. Aunque se había dirigido a ella en alemán, vestía el uniforme del ejército de Estados Unidos, con la bandera de barras y estrellas bordada, la misma que había visto ondear en el tejado de su casa antes de acceder a su interior y encender la hoguera. La voz del soldado sonaba imperiosa pero no intimidante. Si su intención era agredirla, ya lo habría hecho. No llevaba ningún rifle ni fusil a la vista, pero sí una pistola en la cintura. Conocía las insignias de cada rango militar, estaba casada con un comandante: el hombre que tenía ante sí era teniente coronel.

La falta de respuesta motivó que el oficial insistiera.

—¿Leni Riefenstahl?

La mujer segura de sí misma, la que no se rendía ante nada ni se detenía ante nadie, la que contempló su nombre en grandes letras en la prensa y en los luminosos de los mejores teatros del mundo, permanecía en silencio. Ella, iluminada por la luz de la hoguera; él, uniformado, entre las sombras, la misma disposición en la que había inmortalizado a Hitler y a su pueblo en su famoso documental. Advirtió la herradura de hierro de ocho milímetros de grosor a sus pies, donde había caído minutos antes, y la observó implorando que hiciera honor a la suerte que se le atribuía. El teniente coronel rastreó su mirada. Temió las posibles intenciones de la mujer y situó la mano sobre la pistola que llevaba al cinto. Si era verdad lo que decían de ella, no sería tan estúpida de lanzarle la herradura; cuando quisiera cogerla, él ya habría disparado.

—Responda —endureció su tono—. ¿Es usted Leni Riefenstahl?

Debía medir bien sus palabras. La respuesta a esa pregunta podría tomar forma de salvoconducto o representar su condena.

PRIMERA PARTE

Berlín

1924

Veintiún años antes

Sólo aquellos que se arriesgan a ir demasiado lejos pueden descubrir hasta dónde se puede llegar.

T. S. ELIOT

2

Un, deux, trois, quatre… Un, deux, trois, quatre…

Los latidos de su corazón, en perfecta simbiosis con el conteo de los pasos de ballet, se aceleraron en su pecho, como siempre que se enfrentaba a un episodio trascendental. Y lo que observó aquella mañana de finales de septiembre de 1924, en el andén de la estación de metro de Nollendorfplatz de Berlín, sin duda lo anunciaba.

Aquel conteo métrico acompasaba su vida desde el día que vio, por la rendija de la puerta de la escuela de danza Grimm-Reiter, a un ejército de bailarinas bailar al ritmo que marcaba la voz de una mujer alta, delgada y con porte elegante: «Un, deux, trois, quatre… Un, deux, trois, quatre…». Había llegado patinando al lugar, alentada por un anuncio publicado en el periódico que leía su padre, el Berliner Zeitung am Mittag: «Buscamos señoritas que sepan bailar para actuar en la película Opium», rezaba el reclamo publicitario, en el que se indicaba una dirección: Budapester Straße, número 6, Berlín. Esa tarde se saltó la clase de piano a la que había asistido durante cinco años en la Genthiner Straße por imposición paterna; la sonata de Beethoven debería esperar, las nuevas pasiones prevalecían sobre las obligaciones añejas. Tenía entonces dieciséis años y un hambre atroz de comerse un mundo inmerso en la Ofensiva de los Cien Días, que pondría fin a la Gran Guerra con el armisticio del 11 de noviembre de 1918. También Alemania vivía su Revolución de Noviembre, que cambiaría una monarquía constitucional por una república parlamentaria. Al igual que ella hizo con Beethoven, Alemania arrinconó al káiser Guillermo II para abrazar la República de Weimar. Si cinco años aporreando las teclas del Gerbstädt de caoba era mucho tiempo para una adolescente que únicamente ansiaba calzarse unas zapatillas de ballet y danzar al ritmo de Chopin y Schubert, cuatro años de guerra también lo habían sido para un Imperio alemán harto de intrigas, inestabilidad política, resistencia pasiva, lucha de clases y huelgas generales que encumbraron a Rosa Luxemburgo y avivaron con ello el levantamiento comunista en Berlín, heredero de la Revolución rusa liderada por Lenin en octubre de 1917. Tanto el piano Gerbstädt de Leni como la Alemania derrotada y humillada en el Tratado de Versalles avanzaban para afinar otro tono y otra acción.

Seis años después de aquel primer acercamiento al ballet, su destino estaba a punto de virar de nuevo. En el andén de la estación de metro, Leni observaba el cartel de La montaña del destino. «Una película de los Dolomitas, del doctor Arnold Fanck», sostenía la frase que escoltaba al título. No podía dejar de mirar la imagen del hombre que escalaba un pilar rocoso enclavado en los Alpes. Sintió el impulso de encaramarse a aquella aguja pétrea. También ella quería estar en la brecha abierta entre las dos montañas donde la silueta del alpinista se encaramaba, desafiando al imperio de la naturaleza. Le gustaba el cine de montaña, pero nunca una película había ejercido en ella el deseo de mimetizarse con la imagen que proyectaba. No le costó imaginarse en esa cima. Siempre había sido una gran deportista y adoraba los retos. Durante años ejercitó su cuerpo con la práctica de la gimnasia artística en las anillas y en las paralelas, hasta que una mala caída durante un balanceo le impidió seguir y a punto estuvo de seccionarle la lengua. «Habría sido la única manera de que esta jovencita no fuera tan contestona», comentaba su padre a su esposa; Bertha callaba ante el temor de un brote de cólera de su marido y se conformaba con enviar una mirada de complicidad a su hija: ellas se entendían, daba igual lo que pasara a su alrededor. La suerte deportiva no parecía acompañarla, ya que años antes tuvo que dejar la natación por otra desafortunada lesión, un abandono del que su progenitor también tuvo algo que decir: «Si no callaba ni debajo del agua, preparémonos para estar escuchando sus fantasías durante todo el día». Sin embargo, no había contrariedad que apagara su sed de emociones fuertes. Necesitaba estar activa y su cuerpo era su particular templo de bienestar.

De pie en el andén de la estación, frente al cartel de La montaña del destino, tuvo la certeza de que esos paisajes se le darían bien. Soñó con ver su nombre encabezando uno de esos afiches cinematográficos como lo hacía el del actor Luis Trenker, protagonista de la película. Quizá sí podría alcanzar su sueño de ser actriz, un deseo que su padre se esforzó en enterrar, aunque gracias a la connivencia de su madre había podido incluso participar en un rodaje. «Pero maquillen mucho a la niña, que no se la reconozca», suplicaba Bertha, instando al maquillador a que le pusiera más betún negro en el rostro, y miraba cómplice a su pequeña, que se disponía a interpretar a la hija de un carbonero. «No queremos enfadar a papá».

Leni ya imaginaba su nombre impreso en carteles, los fla­shes que cegaban su mirada, los aplausos de los admiradores mientras ella firmaba autógrafos sobre la portada de la revista de cine en la que aparecía risueña y elegantemente vestida… Incluso le pareció oír a lo lejos unos gritos que vociferaban su nombre: «¡Leni, Leni!». El diapasón marcaba el paso en su pecho. Un, deux, trois, quatre… Un, deux, trois, quatre…

Su corazón nunca le había fallado. La guio cuando, con cinco años de edad, asistió a una representación teatral de Blancanieves junto a su madre, que no tuvo más remedio que apearse del tranvía unas paradas antes de llegar a su casa en la Prinz-Eugen-Straße, ante la imposibilidad de hacer callar a la pequeña, que repetía una y otra vez lo que había visto en escena. «Míreme, madre», decía mientras daba brincos, importunando al resto de los viajeros. «Yo también sé hacerlo. Un día seré una gran bailarina». El vaticinio resultó certero. El sueño de emular a la gran Anna Pávlova se había hecho realidad un año antes, el 23 de octubre de 1923, con su primer recital de danza en solitario, en la sala Tonhalle de Múnich. Fue la primera vez que su nombre aparecía en la prensa: «Una joven bailarina a quien la madre naturaleza ha dotado de belleza y flexible figura», decía el Münchner Neueste Nachrichten. «Una apariencia hermosa con un temperamento poco ortodoxo. Esperemos que el éxito no se interponga en su camino», afirmaba el Münchner Zeitung. Leni ignoraba otras reseñas menos laudatorias que se referían a la carencia «del ingrediente más importante: el alma», como publicó el crítico John Schikowski en Vorwärts, o a la «falta de la grandeza del genio, el don de la llama demoniaca», como aseguraba el Berliner Tageblatt. Su lectura de la prensa era tan selectiva como la que hacía su padre, que renegaba de las informaciones sobre su primogénita para concentrarse en otros asuntos más políticos, como el fallido golpe de Estado, conocido como el Putsch de la Cervecería. Lo había protagonizado un joven de treinta y cuatro años, Adolf Hitler, que, acompañado del mariscal Ludendorff y de una representación de las SA encabezada por Hermann Göring y Rudolf Hess, había entrado la tarde del 8 de noviembre de 1923 en la Bürgerbräukeller al grito de «la revolución nacional ha comenzado», se había subido a una silla y disparado al techo, mientras que su hombre de confianza, Ernst Röhm, ocupaba la sede del Ministerio de Defensa en Baviera. «Derrocaremos al gobierno judío asentado en Berlín. Limpiaremos de marxistas y bolcheviques la República de Weimar». Alfred solía elevar el mentón cuando lo que leía en la prensa le convencía. Mientras Hitler era detenido, juzgado y enviado a la prisión de Landsberg donde permanecería nueve meses escribiendo el borrador de Mein Kampf («Mi lucha»), Leni danzaba al ritmo de Brahms, Grieg y Gluck. Una gira de ocho meses, de la que ya había realizado setenta actuaciones en los escenarios de Berlín, Colonia, Innsbruck y Praga.

Praga. El recuerdo de esta ciudad le hizo torcer el gesto y llevarse la mano a la rodilla. Los pinchazos le agarrotaban el cuerpo por el dolor, a raíz de la lesión que había sufrido en el teatro de la capital del Reino de Bohemia y, según todos los médicos consultados, no tenía más solución que parar, descansar y rezar. Pero Leni no pensaba darse por vencida; quería volver a bailar y estaba dispuesta a todo. Por eso esperaba el tren en la estación de Nollendorfplatz, que la llevaría a la consulta de un doctor amigo de su padre. «Ve directamente a la consulta, no andes enredando de aquí para allá. Ya lo has hecho bastante», le advirtió Alfred, que seguía sin admitir el espíritu artístico de su primogénita, a quien hubiese preferido ver de secretaria; de nada había servido matricularla a la fuerza en la escuela de economía doméstica Lettehaus de Berlín ni inscribirla en el severo internado para señoritas Lohmann de Thale, en Harz. Leni lo quería, pero lo necesitaba lejos de ella. Había contemplado demasiadas veces cómo el carácter explosivo de Alfred Riefenstahl hacía mella en la voluntad de su madre, que admitía todo con tal de que la violencia no salpicara a sus dos hijos. Incluso soportó una amenaza de divorcio cuando él se enteró de que su pequeña había debutado en un teatro y ambas se lo habían ocultado. «¡Yo ya no tengo hija!», gritó con el puño en alto, que abrió antes de encararse con Bertha. «¡Y tampoco esposa! Esto nos va a costar el divorcio, mujer». Leni se había independizado de casa de sus padres al alcanzar la mayoría de edad y había alquilado una habitación en la Fasanenstraße, muy cerca de su avenida favorita, la Kurfürstendamm, pero su progenitor insistía en controlar sus movimientos. Sólo una vez se había mostrado conforme con los planes de su hija: cuando pensó en postularse para monja. «Ni Dios la quiere en su reino; hará mejores migas con el diablo». No importaba la edad que tuviera ni el camino elegido, Alfred seguía tratándola como a la niña a la que propinó una paliza por robar unas manzanas en el jardín de un vecino o a la que no dirigió la palabra durante un mes después de que la joven le hiciera un jaque mate sobre el tablero de ajedrez. El cabeza de familia no digería bien las derrotas; por eso frunció el ceño ante el fracaso del Putsch de la Cervecería. «Si la policía y el Reichswehr no respetan a los veteranos de la Gran Guerra, no sé dónde vamos a llegar», gruñía.

Sólo la entrada del tren a la estación consiguió que apartara la vista del cartel de La montaña del destino sobre el que había construido su imaginario. Ante ella, el correr de los vagones mutó en la frecuencia de fotogramas de una película; demasiadas señales para ser obviadas. Estaba a punto de tomar una decisión que sería trascendental cuando volvió a oír el grito que la reclamaba; no había sido una ensoñación.

—¡Leni, Leni!

Como recién despertada de un sueño, dirigió la mirada hacia aquella voz chillona e irritante. Al encontrar a la propietaria, confirmó la apreciación de su profesora de piano: «La voz define a la persona mejor que la obra de cualquier pintor de la Kronprinzenpalais». Era Helga, una compañera de la escuela de danza que había desarrollado hacia ella un enconado sentimiento de envidia, en especial desde que Leni abandonó las clases para debutar en el teatro, gracias a la ayuda del empresario Harry Sokal, que se enamoró de ella al verla bailar en la playa del balneario de Warnemünde, a orillas del Báltico. Helga difundió el falso rumor de que ambos mantenían una relación sentimental, con la intención de desmerecer su incipiente éxito.

—Me alegro de verte. —El tono de Helga se tornaba gutural cuando mentía, una particularidad que parecía darle la confianza y la personalidad de las que carecía en el escenario—. Me enteré de tu lesión y no imaginas cuánto lo siento. No debe de ser agradable saber que tu sueño ha terminado cuando apenas había comenzado.

Leni la observó sin borrar la sonrisa de su rostro. Si el movimiento de sus piernas hubiera sido tan audaz como su lengua, Helga habría tenido alguna posibilidad de destacar como bailarina. A falta del más elemental sentido del ritmo, sólo lo hizo posible la mediación de su padre, un hombre bien relacionado con la cúpula militar alemana, principalmente desde la firma, años atrás, del pacto Ebert-Groener; el acuerdo había posibilitado una convivencia pacífica entre el ejército y la república, aunque favoreció la aparición de los temidos Freikorps, responsables del asesinato de Rosa Luxemburgo. El padre de Helga era uno de los muchos que se vanagloriaban de que el artículo 48 de la Constitución de Weimar facilitase al presidente de la República gobernar por decreto en caso de necesidad o emergencia nacional para proteger la democracia. El estatus de su padre permitía a su «pequeño ángel» mirar por encima del hombro a la familia Riefenstahl, sobre todo desde que Alfred instaló unos sanitarios en la residencia del militar, ubicada en la mejor zona de Berlín. «Tu padre es un simple lampista, mientras que el mío hará que Alemania sea grande de nuevo». Leni nunca soportó aquella voz estridente ni sus ínfulas. Lamentó que el tren ya hubiera hecho su entrada en la estación; de lo contrario, hubiese arrojado a las vías a aquella rolliza pelirroja, con unas absurdas pecas en las mejillas parejas a sus dientes descentrados, que se jactaba de la desafortunada lesión que había frenado en seco su gira.

—¿Te duele? —se interesó falsamente Helga.

«No tanto como verte bailar», pensó Leni sin que la sonrisa desertara de su rostro.

—En absoluto. No es nada. En unos días volveré a los escenarios para continuar con mi gira. —Ella también sabía mentir y mucho mejor que la rechoncha Helga; a Leni la acompañaba la belleza y, como bien había comprobado, eso hacía más convincente todo lo que saliera de su boca—. Cuando eso ocurra, espero verte entre el público, ya que en escena parece que será difícil. Pero no desesperes; ya sabes lo que decía la señora Grimm: quizá un día alguien se rompa una pierna y entonces aparezca la gran oportunidad.

—Yo nunca desespero. Mi padre…

—Sí, querida, tu padre hará de Alemania una gran nación, sea lo que sea que eso signifique —interrumpió Leni.

Para ella, la política, el ejército, la agitación republicana y la hiperinflación eran palabras huecas que salían de la boca de Alfred. Si apenas había escuchado los disparos cuando las calles de Berlín se llenaron de improvisadas barricadas en 1918, ni había oído hablar de la sublevación de los marineros en el puerto de Kiel, mucho menos iba a escuchar el mantra sobre la divinidad paterna de una penosa aspirante a bailarina.

—Desde que abandonaste la escuela, la señora Grimm está convencida de que me convertiré en una figura del ballet si me esfuerzo un poco más.

—Y tiene toda la razón. Trabaja un poco más. Eso te posibilitará arreglar lo que te impide brincar como una gacela —dijo mientras dirigía una mirada al trasero de Helga, demasiado grande para un cabriolé.

El silbatazo del revisor anunciaba la partida del tren. Helga dio uno de esos saltos que se le resistían en escena para entrar en el vagón.

—¿No subes? —le preguntó ya agarrada al pasamanos.

—No voy a coger este tren. Mi destino es otro —respondió.

Su frase coincidió con el cerrado de las puertas. No dejó de sonreír hasta que el convoy desapareció dentro del túnel, y, con él, Helga, que la observaba impertérrita a través de la ventanilla.

De nuevo sola en el andén, el cartel de La montaña del destino monopolizó su atención. Miró a la esquina derecha del anuncio: Sala Mozart. No quedaba muy lejos de allí, sólo había que cruzar la plaza. La consulta del médico tendría que esperar.

No sería la última vez que Leni dejaría pasar un tren en su vida para subirse a otro.

El punzante dolor en su rodilla ralentizaba su paso. Aun así, salió de la estación como si la vida la apremiara. Apenas podía calmar la excitación en su pecho. Al atravesar la Nollendorfplatz, vio de frente a una pareja que se acercaba a ella. Reconoció a las dos mujeres al acortar la distancia que las separaba. Una era Claire Waldoff, una de las cantantes más famosas de la ciudad; vestía su icónica corbata masculina sobre una blusa blanca entrizada en un pantalón ancho, y el pelo cobrizo cortado a la garçonne dibujaba las ondas más imitadas de Berlín. Su voz descarada sonaba en todas las radios y llenaba los locales nocturnos, y su rostro empapelaba las calles. También ella caminaba con paso presto, acompañada de su inseparable pareja, Olga von Roeder. Ambas fumaban compulsivamente mientras hablaban de su última actuación en el Wintergarten.

—Demasiada cocaína. Hay que alejarse de los rusos. La distribuyen como si fuera vodka.

—Olga, querida, la palabra «miedo» jamás ha estado en mi vocabulario. No esperarás que la incorpore a estas alturas de mi vida. —Claire arrastraba las erres como lo hacía en su famosa canción «Ach Jott wat sind die Männer dumm!» («¡Oh, cielos, qué estúpidos son los hombres!»).

Leni imaginó que se dirigían al Toppkeller, en Schöneberg, a escasos tres kilómetros de allí, donde se reunía el club de mujeres Damenklub Pyramide. O quizá tenían prisa por llegar al salón literario de ambiente lésbico que ambas organizaban, donde se hablaba de cultura, poesía y política; seguramente allí las esperaría Anita Berber, la gran reina del cabaret. Podría haberlas saludado; ¿se acordarían de la joven bailarina que acaparaba la atención de la prensa berlinesa y con la que coincidieron en el salón de Betty Stern, hervidero del artisteo de los felices años veinte en Berlín? Pero escondió la mirada y la clavó en el suelo. No quería que notaran su leve cojera; los rumores nunca eran buenos para una artista. Además, ella tenía otro destino y, según señalaba su pequeño reloj de pulsera, se hacía tarde.

Con la entrada en la mano, se acomodó en la misma butaca de la Sala Mozart donde solía sentarse. Desde ese emplazamiento en la primera fila, dejándose abducir por la gran pantalla, había visto infinidad de films; el más reciente, un documental sobre la teoría de la relatividad de Einstein, dirigido por Dave Fleischer. Pero si había una película que le había impactado, ésa era El gabinete del doctor Caligari; todavía no estaba segura de quién era realmente el asesino, si el doctor o el paciente sonámbulo, pero la película la había entretenido y de eso se trataba. Hizo un esfuerzo por despejar su mente de experiencias pasadas; la necesitaba limpia para lo que estaba a punto de presenciar. Cuando las luces de la sala se apagaron, la oscuridad y el silencio lo devoraron todo, excepto el intenso olor a limón del ambientador pulverizado por el acomodador que impregnaba la sala y que se alojaba en la garganta, obligándola a chupar un caramelo para deshacerse de aquella asfixiante sensación. Se disponía a desenvolver un Thorne’s Extra Super Creme Toffee, su favorito, cuando las cortinas color bermellón que cubrían la pantalla se abrieron. El gusto a café que la golosina dejó en su boca se hermanó con el deleite de los ciento dos minutos de película. Su rostro se iluminó en cuanto apareció la Guglia del Diavolo, la cima fastuosa que rasgaba las nubes y amenazaba con segar la vida de quien se arriesgara a desafiarla. Apenas le interesó el argumento, que pecaba de simple: el hijo de un escalador que había muerto intentando alcanzar la cima de la Aguja del Diablo rompe la promesa que le hizo a su madre de no coronar la misma montaña cuando sabe que la mujer que ama ha quedado atrapada en su ascenso a la cumbre. Sin embargo, a Leni le resultaba imposible pestañear ante la visión sublime de la Naturaleza. La belleza de esos paisajes le robaba el aliento: la luz, el cielo, las cordilleras, los arroyos, las nubes, la tormenta, los rayos, el sol… La voluntad del hombre que irrumpía en un territorio virgen, bravo, inmaculado e indómito, sin importarle las consecuencias de la aventura, se veía reflejada en el esfuerzo esculpido en los rostros de los actores.

Un, deux, trois, quatre… Un, deux, trois, quatre…

Ella también quería experimentar aquella sensación de libertad, sentir la explosión de adrenalina, enfrentarse al vértigo de las alturas, dejar que el frío le helara el rostro y le agrietara los labios y que el esfuerzo le cercenara la respiración. Quería notar cómo el atrevimiento de asaltar la montaña para mimetizarse con ella aquejaba sus brazos y sus piernas. Abandonó el cine varias horas más tarde. Había asistido a la película dos veces.

Durante mes y medio, acudió a la Sala Mozart todos los días. En aquel 1924, más de dos millones de alemanes iban al cine a diario y, sólo en Berlín, se vendieron ese año cuatrocientos millones de entradas. Lo que sí sorprendió a la taquillera fue la insistencia de Leni en ver la misma película. «Debe de sabérsela mejor que el director», le decía el acomodador que siempre la acompañaba a la butaca. Ella sonreía; no necesitaba que los demás lo entendieran. En cada visionado descubría algo nuevo. La fascinación por la Naturaleza iba en aumen­to.

Al igual que los dos amantes en La montaña del destino, cogidos de la mano mientras contemplaban la inmensidad del cielo, ella necesitaba entrar en ese mundo inmaculado. Acceder a él no sería fácil. Si quería llegar a la cumbre, debía empezar a escalarla.

3

Heinz observaba el billete de cincuenta reichsmarks que sujetaba entre las manos. Llevaba así varios minutos, como si en aquel rugoso papel estuviera inscrita la inconveniencia de utilizarlo para la última ocurrencia de su hermana. En el anverso, contempló el retrato del pintor Hans Holbein el Joven, maestro retratista del siglo XVI, a cuya obra se había dedicado toda una serie de billetes impresos. Desde el 30 de agosto de 1924, el reichsmark era la moneda oficial de Alemania, en sustitución del rentenmark, la moneda de transición que el canciller Gustav Stresemann había ordenado emitir a finales de 1923 —cuando un dólar americano se cambiaba por 4,2 billones de marcos— para luchar contra la hiperinflación. Alemania estaba asfixiada por los pagos de reparación fijados por los aliados tras la Gran Guerra, que ascendían a ciento treinta y dos mil millones de marcos oro, y por la posterior ocupación del Ruhr a cargo de las tropas belgas y francesas, ávidas de la producción germana de acero, carbón y hierro. Heinz tenía muy reciente el tiempo en el que un boleto de tranvía costaba ocho mil marcos y, sólo quince días más tarde, había ascendido a cien mil. La inflación descontrolada hizo que por un huevo que costaba ochocientos marcos en junio se pagaran trescientos veinte mil millones de marcos en diciembre, cuando una barra de pan llegó a valer un billón de marcos; aquello reavivó el trueque: dos trozos de carbón se cambiaban por una entrada de teatro. Él mismo había contado el chiste que recorría el país sobre el alemán que se sentaba a tomar un café mientras leía un periódico, y cuando a los diez minutos pedía otro, el precio se había duplicado. Pero su hermana, al igual que los niños que jugaban en la calle con fajos de billetes, no parecía consciente del valor del dinero, ni siquiera cuando pagó trescientos millones de marcos por el periódico Münchner Zeitung para leer la crítica de su representación, y al día siguiente su precio subió a quinientos millones. Ella no sabía nada del alquiler por turnos de colchones en los distritos del este de Berlín, donde una comida costaba cincuenta pfennings; prefería el oeste de la ciudad, donde sus habitantes compraban en las galerías de lujo KaDeWe (Kaufhaus des Westens) y pagaban cincuenta marcos por cenar. Sus actuaciones como bailarina le habían generado suficientes ingresos para permitirse ciertos excesos, como el que estaba a punto de cometer y para el que requería la complicidad de su hermano pequeño, que seguía absorto con el dinero acumulado en sus manos. Holbein el Joven le devolvía la mirada, al igual que lo hacía su esposa, Elsbeth Binsenstock, desde el billete de veinte reichsmarks que Leni acababa de sumar a su oferta para persuadirle de algo que a él se le antojaba inconcebible.

—No lo pienses tanto.

—Tú eres quien debería pensarlo un poco más —replicó Heinz. El plan le parecía una locura, una más—. Explícamelo otra vez, a ver si logro entenderlo. ¿Para qué quieres ir a los Dolomitas? Has visto esa dichosa película mil veces, ¿qué pintamos nosotros en el lago Karersee?

Leni no pensaba llegar tan lejos, pero el recelo de su hermano no le dejó otro remedio. Metió la mano en el bolso y sacó un billete de mil reichsmarks. Heinz abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma, más allá del retrato del comerciante de Colonia, Patrician Wedigh, que asomaba en el codiciado billete, cuyo alto valor le confería la cualidad de ser una moneda de ahorro.

—¿Ahora lo entiendes mejor? —preguntó airada.

La reticencia de su hermano empezaba a desesperarla. Llevaban varios minutos en el andén, tenían los billetes y el jefe de estación estaba a punto de hacer uso de su silbato para anunciar la salida del tren; no era el momento de exponer dudas ni mostrar arrepentimientos.

Heinz calló. Sus ojos adoptaron esa mirada tierna que desde niños desarmaba a su hermana. El joven se sentía mal. La veneraba, la admiraba desde que los dos jugaban al tenis y ella se dejaba ganar para no herir sus sentimientos, aunque eso enfureciese a Alfred. Sabía que le estaba pidiendo un favor, pero cuatro semanas fuera de Berlín y lejos de la empresa familiar le acarrearían problemas con su padre.

—¡Vamos! Será como unas vacaciones pagadas. Siempre has querido conocer Italia.

—Lo que siempre he querido conocer es Venecia y a sus mujeres, no el sur del Tirol.

—Cuando te llevo a los cabarets de la calle Jägerstraße no pones tantas trabas…

El comentario dibujó una mueca pícara en el rostro del menor de los Riefenstahl. En el Weisse Maus (Ratón Blanco) había visto por primera vez bailar a una mujer prácticamente desnuda; desde entonces, todas las noches soñaba con Anita Berber. Heinz se había obsesionado tanto con la gran reina del cabaret que durante semanas suplicó a su hermana que lo llevara al Schwarzer Kater (Gato Negro), donde también bailaba, para verla de nuevo. La evocación de los locales nocturnos permitió a Leni observar en los ojos de Heinz un atisbo de esperanza.

—Quiero ir a conocer a los protagonistas de La montaña del destino, y en el Hotel Karersee hacen un pase especial de la película. Estarán los actores y también el director. Es una oportunidad única. Pero necesito que alguien me ayude. Ya sabes que me cuesta andar —explicó ella, con un gesto hacia la rodilla lesionada—. Tienes que venir conmigo. No creo que te esté pidiendo tanto.

—Padre me matará. —Heinz se dio por vencido; una vez más, su hermana conseguía lo que se proponía.

—Padre te mataría por el simple hecho de no llevar sombrero en verano o por no vestir de esmoquin cuando sales por la noche —añadió. Al ver la expresión de su hermano, reculó en busca de un argumento mejor—. No lo hará. Tienes veinte años, se podría decir que ya eres un hombre.

—Un hombre que sigue viviendo con sus padres —reconoció mientras ayudaba a su hermana a subir al vagón.

—Con el dinero que voy a darte, podrás independizarte sin problema.

—Me matará de igual forma.

—Mátalo tú antes; ya tienes edad para hacerlo.

—No me gusta ir matando a la gente.

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso has matado alguna vez?

A Heinz le resultaba complicado replicar a su hermana, porque siempre salía con algo que desarmaba a su interlocutor; incluso lo hacía con Alfred, y eso sin duda eran palabras mayores.

—¿Y por qué no le has pedido a Otto que te acompañe? —refunfuñó él mientras colocaba en la parte alta de la berlina las dos maletas que conformaban su equipaje—. Sería más lógico que te acompañara tu novio…

—¿Hace falta que te explique quién es Otto Froitzheim?

El nombre del mejor tenista alemán del momento provocaba en ella sentimientos encontrados. Lo hizo desde el primer día, cuando Otto entró en los vestuarios de señoras del club de tenis donde solía entrenar en Berlín y encontró a una joven de diecinueve años a medio vestir. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos, suficientes para que ambos se prendaran el uno del otro. En ese instante, ella ignoraba que el hombre cuyos ojos glaucos la desnudaban era medalla de plata en los Juegos de Londres de 1908, número cuatro del ránking mundial, el alma del equipo alemán de la Copa Davis, el ganador de todos los torneos alemanes y una figura importante de la ATP. Después de un lapso de tiempo que a ella se le antojó eterno, el intruso le dedicó una sonrisa de soslayo antes de cerrar la puerta y desaparecer: «Volveremos a vernos, querida», le espetó con una entonación lasciva, pareja a su mirada. «No diga que no se lo avisé». Era 1921 y, a pesar de la fuerte atracción que sentía por él y pese a la insistencia del campeón olímpico, no volvieron a encontrarse hasta un año más tarde. Fue en el club de tenis Rot-Weiss de Grunewald, en Berlín, donde Otto disputaba un partido clave en la pista central. Durante todo el encuentro estuvo enviándole miradas a Leni, que ocupaba un lugar privilegiado en las gradas. Fue en el tercer set cuando ella notó un golpe en la cabeza. Al girarse para entender de dónde provenía, se topó con la actriz Pola Negri, sombrilla en ristre, roja de ira y enferma de celos; era la amante de Otto en esa época y, más allá de los aces y los drives, había sido espectadora de excepción del coqueteo. Como buena actriz de cine mudo, no dijo una palabra, pero se hizo entender. Pola supo entonces el papel que le tocaría desempeñar; no le costaría representarlo, ya que se estaba preparando para rodar en Hollywood La frivolidad de una dama, una historia sobre un arriesgado trío amoroso en mitad de un complot contra los zares, que se estrenaría en 1924. Para entonces, el campeón olímpico ya hacía meses que había conseguido una cita con Leni. Días más tarde la invitó a su casa, en el céntrico Tiergarten, próximo al zoo de Berlín. Después de servirse una copa para él y un té para ella, el deportista se dirigió al gramófono Parlophone que había encima de un moderno aparador. «¿Alguna vez has bailado un tango?», preguntó mientras depositaba la aguja sobre el disco de goma laca. El tango «Sombras» inundó la habitación. «¿O sólo das brincos a ritmo de Brahms?». La última pregunta dio pie a que Otto la tomara por la cintura, la atrajera ardientemente hacia él y empezara a arrastrar sus pies como Claire Waldoff impelía las erres. Leni se dejó llevar en cada paso, en cada giro, en cada boleo, haciendo esfuerzos para controlar la excitación que le provocaba el cuerpo de aquel hombre contra el suyo. Mujer casta de mi ensueño, no olvides que soy el dueño de tu sensible pasión, cantaba Corsini. Notó los brazos musculados del tenista rodeándola mientras sus atléticas piernas marcaban el movimiento y sus ojos la devoraban al son del sensual baile argentino. Cuando él daba un paso a la izquierda, ella lo hacía a la derecha; cuando Otto avanzaba con su pie derecho, Leni retrocedía con el izquierdo. Sólo quiero que seas mía. ¿Por qué aumentás mis desvelos? Corsini se convirtió en el improvisado narrador de lo que allí sucedía. Él llevaba las riendas, dominaba con fuerza, carácter y decisión, y ella se sabía subyugada, conquistada, entregada; la palabra correcta era «sumisa», aunque intentó desterrarla de su pensamiento. A duras penas podía apaciguar sus palpitaciones. Sentía su pecho transformado en una pantalla de acero golpeada con vehemencia por los latidos de su corazón.

En un momento del tango, cuando la voz del cantante rasgaba su garganta, Otto hizo un giro con barrida y boleo para concluir con un traspié. Cambió de dirección, dio un paso corto y, sin saber cómo, ambos estaban en el dormitorio. Él le arrancó la ropa con la misma violencia que empleó para hacerla suya sobre la cama. Ella se dejó hacer, como si continuaran abandonados a la cabriola porteña. La pasión se convirtió en un concierto de gemidos, en especial de él, concentrado únicamente en satisfacer sus deseos y alcanzar su particular victoria. Leni ya no escuchaba el tango. Sus sentidos se concentraron en los ochenta kilos de Otto que aprisionaban su cuerpo y le dificultaban la respiración, y en el metro noventa de hombre que la atrapaba como una araña a su presa. Él, fiel a su perfil de jugador agresivo, se movía entre las sábanas como lo hacía en la pista: dominante, abrumando al rival con movimientos encendidos, rápidos y certeros, seguro de su golpe ganador. Y, sin embargo, ella no quería que aquel momento terminara. Estaba confusa. Sentía al mismo tiempo placer y un deseo irrefrenable de salir de allí. No era así como había imaginado su primer encuentro carnal; tenía veintiún años y aún era virgen. Él tenía treinta y nueve y una ventaja de dos décadas de relaciones sexuales, una experiencia que le hacía prescindir de cualquier prolegómeno romántico. Por un instante, Leni intentó zafarse de él haciendo fuerza con los brazos, pero Otto no estaba dispuesto a que alguien más dictara las reglas: «El juego no termina mientras yo siga jugando»; así desarmó la resistencia física de su oponente y dejó sin opciones a Leni. No fue la primera vez que le escuchó aquella frase; era la respuesta que el tenista solía dar a los reporteros después de un partido. Cuando el cuerpo de Otto por fin la abandonó, creyó que escucharía algo más de su boca, pero sólo oyó el eco de la voz de Ignacio Corsini apurando el tango: El llanto será tu risa cuando en el abismo oscuro gimas con él. Honda será la angustia cuando en tu corazón sientas los desencantos y te hundas en las sombras sin ilusión. El tenista salió del cuarto de baño tras una ducha de cinco minutos y se acercó a la cama donde ella lo aguardaba expectante. Le ofreció una toalla y le indicó la puerta del aseo. «Tu turno, preciosa. Hazlo rápido; apenas queda agua caliente en el termo». Leni obedeció. Encogida bajo el cabezal de la ducha, en lo único que podía pensar era en el sexo humillante que acababa de tener. No entendía que su primera experiencia sexual, anhelada durante tanto tiempo, hubiese degenerado en una violación.

Las lágrimas caían por su rostro a más velocidad que el agua por su cuerpo, arrastrando cualquier vestigio de lo sucedido. Se secó a conciencia: el exceso de agua, con la toalla; las lágrimas, con la mano, como si se abofeteara por haber permitido lo que había pasado. Al salir, Otto ya vestía un pantalón blanco y un jersey de punto del mismo color. Se quedó mirándola, como si sintiera la necesidad de decir algo. Sacó la cartera de piel del bolsillo de su pantalón y se acercó a ella. Tomó sus manos, todavía húmedas, y dejó sobre ellas un billete. «Por si te quedas embarazada. Esto será suficiente en el caso de que tengas que abortar». Leni observó absorta los veinte dólares; el billete y sus manos palpitaban al unísono. Con ese dinero se podían comprar muchas cosas en aquel Berlín. Un incontrolable rubor le ascendió por el rostro hasta desembocar en la boca, donde explotó de ira. «¡Maldito seas!», gritó mientras rompía en pedazos el billete y se lo arrojaba con rabia. Algunos trozos con el rostro del presidente Grover Cleveland se quedaron prendidos del jersey del tenista, que, después de unos segundos, estalló en una sonora carcajada. «Las mujeres alemanas estáis locas. Uno nunca acierta con vosotras», rio mientras se deshacía de los restos del billete. «Te llamaré, querida. Esto hay que repetirlo», aseguró sin atreverse a acercarse a ella para darle un beso en la mejilla; no era un jugador que se arriesgara a subir a la red para finiquitar un punto, prefería hacerlo desde el fondo de la pista.

Otto cumplió su palabra. Sus encuentros se multiplicaron, incluso se dejaron ver en público, confirmando a la prensa que estaban comprometidos y que la boda podría ser una opción en un futuro no muy lejano. Lo fue durante casi dos años, hasta que el tenista decidió cambiar de pareja en su juego de seducción y ampliar el número de conquistas; seguía moviéndose bien en la pista. El hombre que la había iniciado en el sexo no estaba hecho para más compromisos que la pura estrategia. El juego entre ellos terminó porque Otto ya no quería seguir jugando.

La noticia de la separación todavía no había trascendido, pero no tardaría en aparecer alguna foto de él acaramelado con su nueva conquista. Leni no se lo había contado a nadie. Sentada en el vagón de tren destino a los Dolomitas, convino que era el momento de sincerarse con su hermano.

—Ya no es mi novio. Yo me aburro con él y él se dispersa con otra; es una mala combinación. Lo hemos dejado.

—¡Pero si os ibais a casar!

—Pues ya no.

—Me gustaba Otto; siempre fue amable conmigo.

—Querido, a ti te gustan todas y todos, eso no es indicativo de nada —aseveró Leni, que observaba más disgusto en el rostro de Heinz del que sintió ella misma al descubrir que Otto le estaba siendo infiel con una actriz.

En el fondo, la ruptura era una buena noticia. No le gustaba cómo la trataba, como un objeto de su propiedad, sometiéndola y consiguiendo todo lo que quería de ella, y aun así era incapaz de vencer la fuerte atracción sexual que sentía por él.

—Padre se sentirá decepcionado.

—Ya lo superará. Todos sufrimos decepciones. Que te lo digan a ti… —insinuó de manera cómplice.

El comentario había conseguido atrapar el interés de su hermano, que volvía a sonreír como un niño travieso. A Heinz ya no le importaba Otto; había otros nombres dispuestos a captar su atención.

—No sé a qué te refieres… —jugó al despiste, como si esa estrategia fuese a funcionar con su hermana.

—Eres un Riefenstahl, sabes de sobra de lo que hablo… —Leni evitó pronunciar nombre alguno hasta que el revisor que perforaba sus billetes abandonara el compartimento en el que viajaban.

—¡Cómo iba a saberlo! —admitió al fin Heinz, divertido y avergonzado al mismo tiempo—. ¡Cómo adivinar lo que había debajo de todo eso!

—Es más divertido no saberlo.

—Podrías habérmelo dicho…

—Nunca hubiese imaginado que fueras incapaz de distinguir ciertas cosas… —se burló, sin querer controlar su risa—. Definitivamente, tengo que dejar de llevarte a ciertos clubes nocturnos.

Hacía unos días que Heinz había descubierto que Charlotte Charlaque, a quien había visto en locales como Rakete, Toppkeller o Apollo, no era la mujer que él pensaba, esa que cantaba y bailaba desinhibida y bien acompañada. La artista alemana todavía no había conocido al sexólogo Magnus Hirschfeld, con quien colaboraría en el Instituto de Ciencias Sexuales de Berlín asesorando a las personas que muchos calificaban de travestidos o invertidos por el hecho de no sentirse identificados con el sexo con el que habían nacido. Jamás pensó que debajo de esas ropas femeninas se escondiera un hombre, del que la propia Charlo­tte se desharía sólo unos años más tarde, cuando se convirtió en una de las primeras personas en someterse a una cirugía de rea­sig­na­ción de sexo. Aquella realidad era algo novedoso para Heinz, que, al parecer, no había entendido bien lo que se vislumbraba entre las páginas de revistas como La isla, La novia o El tercer género que compraba con total libertad en los kioscos y escondía con recato bajo el colchón de su cama.

—No deberíamos conocer a fondo a quienes admiramos. Me temo que siempre decepcionan —concluyó él, sin dejar de sonreír—. Deberías pensarte bien el conocer a los protagonistas de esa película que tanto te gusta. Puede que te arrepientas de ello toda tu vida.

—A diferencia de ti, yo suelo estar más centrada. Y, sobre todo, tengo mucho cuidado de no acercarme a aquello que me impide ver la realidad tal y como es…

Heinz esperaba esa insinuación desde hacía semanas, cuando probó la cocaína por primera vez ante la atónita mirada de su hermana.

—¿Qué quieres que haga? Me gusta experimentar. Creí que sería tan alentador como el baile de Anita Berber —se justificó mientras imitaba torpemente la coreografía de «Kokain» ideada por el segundo marido de la artista, el bailarín bisexual Sebastian Droste, que desataba la euforia entre los asistentes a los clubes nocturnos—. Además, si Freud la consume, no puede ser tan mala…

—Tú no tienes nada que ver con ese Freud. Él sueña con un conejo e interpreta que Europa es antisemita y que se llenará de trincheras. Tú sueñas con un conejo y me pides que te lleve al Wintergarten de Friedrichstraße a ver mujeres desnudas. Ambos sois hombres, pero cualquiera diría que no pertenecéis a la misma especie.

Leni pensó en hablarle de las fantasías incestuosas que el padre del psicoanálisis tenía con su madre o de su relación extramatrimonial con su cuñada, pero valoró las horas de viaje que les quedaban hasta los Dolomitas y prefirió no excitar más la ya de por sí prolífica imaginación de Heinz. Su hermano era sólo dos años menor que ella, pero desde niños se había sentido responsable de él. Le divertía ver la sed de vida que exhibía el pequeño de los Riefenstahl en un Berlín transformado en la Babilonia del pecado. Su curiosidad por todo lo que sucedía en la capital de la inmoralidad no le convertía en un ser corrompido ni depravado, como temía Alfred, sino en una persona ávida de libertad y hambrienta de nuevas experiencias que le permitieran abrirse al mundo. Cuatro millones de berlineses ansiaban vivir después de muchos años sobreviviendo, primero a la Gran Guerra, después a la fiebre española y finalmente a la hiperinflación que los condenaba a una situación límite. Pero mientras el espíritu se mostrase de­sin­hi­bi­do, el cuerpo podría resistir cualquier envite. Todos eran bienvenidos a die Weltstadt, incluso los doscientos mil rusos que habían huido de la Rusia bolchevique y que encontraron en el mercado ilegal de la cocaína, la morfina y la heroína un negocio lucrativo para sus bolsillos que no se limitaba a los ochocientos kilómetros cuadrados de Berlín, sino que se extendía a París, Viena o Riga; la diversión no entendía de fronteras. Tampoco de edades.

—Será mejor que te mantengas alejado de la Nollendorfplatz si quieres ahorrarte algunas sorpresas —le aconsejó Leni con tono maternal mientras sacaba un libro de su bolso de viaje—. Yo me encargaré de no llevarte a barrios como el Scheu­nen­vier­tel y la Alexanderplatz donde nuestro pequeño niño de papá se vea corrompido por la droga y la prostitución.

—Como si no pudiera encontrarlo en plena Wittenbergplatz…

Un nuevo pinchazo en la rodilla hizo que Leni dejara caer al suelo el Eugenia Grandet de Balzac que sostenía en las manos. Había leído aquella novela infinidad de veces; era su favorita junto con Guerra y paz de Tolstói y Los hermanos Karamazov de Dostoievski y solía acompañarla en sus viajes. Heinz recogió el libro del suelo y lo puso en el regazo de su hermana. Advirtió en su gesto el dolor que le provocaba aquella inoportuna lesión que sufrió en un teatro de Praga.

—Cuando regresemos, prométeme que irás a ver al doctor Pribram. No es normal que no mejores.

—Lo haré, te lo prometo. Además, es el único que se ha comprometido a hacerme una radiografía de la rodilla y no se ha limitado a decirme que guarde reposo. Seguro que él dará con la solución, no como los médicos amigos de padre.

Leni miró absorta por la ventana del vagón. Alejarse de Berlín y de quienes allí quedaban, de Otto a Alfred, la reconfortó. Al igual que Eugenia Grandet, también ella se sentía asfixiada por su progenitor. Se preguntó si, como la protagonista de Balzac, se vería al albur de las intrigas, las traiciones y los tejemanejes de los hombres, engañada por un pretendiente indigno que aseguraba amarla y condenada a estar sola el resto de sus días.

Se llevó la mano a la rodilla. Sonrió, a pesar del dolor. Al contrario que Eugenia, ella nunca accedería a casarse con la condición de no consumar el matrimonio. No había tenido demasiada suerte en su relación con Otto, pero a duras penas podía negarse a la incontrolable atracción que sentía por los hombres, especialmente por aquellos de aspecto varonil; una atracción similar a la que ella despertaba en los caballeros, como aquel que la observaba con insistencia desde que había subido al tren. Estaba acostumbrada a que la mirasen, no le preocupó ni se sintió incómoda. Seguramente sería alguien que la habría visto en alguna actuación. Recordó la frase que siempre le decía su padre al ver cómo la miraban los hombres: «Los ojos al suelo, jovencita. Ni se te ocurra mirarlos. Eso sólo traerá problemas, a ti y a mí». Sacudió la cabeza. Tenía cosas más importantes en las que pensar. Quedaban muchas horas de viaje para dejarse amilanar por pensamientos fatuos. Mejor concentrarse en el destino final de la aventura que acababa de empezar.

4

El vestíbulo del hotel en el lago Karersee presentaba una tranquilidad ajena al extravagante y frívolo periodo de entreguerras berlinés. Distaba mucho del lujoso Hotel Adlon, cercano a la Puerta de Brandemburgo, donde se celebraban las más fastuosas fiestas de la ciudad a las que acudía la crème de la crème de la aristocracia y la política alemanas. Leni dudó que en aquellas instalaciones se pudiera tomar un cóctel como en la barra del elegante Hotel Eden en la Kurfürstendamm, cerca de la Iglesia Memorial del Káiser Guillermo, donde era habitual encontrarse a escritores como Jakob Wassermann, Heinrich Mann o Erich Maria Remarque y a los artistas que acudían a las fiestas después de los estrenos en el Teatro Gloria-Palast o en el Ufa-Palast am Zoo.

El silencio inundaba el interior del establecimiento en los Dolomitas mientras hacía una rápida inspección ocular del recinto. Esperaba ver el cartel de La montaña del destino en un lugar principal en el lobby, pero no lo halló. Consultó el pequeño reloj de su muñeca.

Quizá era demasiado temprano; la proyección de la película y su posterior coloquio se celebrarían a última hora de la tarde. Se acercó al mostrador. Heinz la seguía mientras buscaba en vano con la mirada a un encargado que lo ayudara con las maletas.

—Es un hotel de montaña; aquí no hay esas excentricidades —le susurró Leni.

—¿Un botones es una excentricidad? —se extrañó Heinz—. Estoy deseando volver a la Nollendorfplatz…

Detrás de una mesa hecha a base de troncos, se afanaba en sonreír un hombre uniformado que lucía una placa identificativa en la solapa de su chaqueta: Luigi. Leni tuvo la certeza de que sobre aquel mostrador de madera ningún encargado haría sonar las monedas como se hacía en las barras de Berlín para detectar las falsificaciones. A pesar de la sonrisa de Luigi, las noticias no fueron buenas.

—Me temo que la exhibición de la película y el posterior encuentro con los protagonistas se han pospuesto unos días —anunció mientras ordenaba la colección de postales y folletos colocados sobre la repisa.

Al igual que sucedía con los botones, los periódicos —que aún elucubraban sobre la posible implicación del gobierno de Benito Mussolini en el secuestro y posterior asesinato del parlamentario socialista Giacomo Matteotti cinco meses atrás— no tenían lugar en aquel refugio, donde la naturaleza reinaba sobre la actualidad.

—Pero, si me permiten una recomendación, es una coyuntura perfecta para conocer la belleza que ofrece la zona —añadió al ver el gesto decepcionado de sus clientes, disfrazando de oportunidad la contrariedad anunciada—. Para estar a mediados de noviembre, el frío no es demasiado intenso. Si les gusta la naturaleza, están en el sitio indicado.

Luigi no mentía. A pesar del malogrado estado de su rodilla, que le impediría realizar grandes esfuerzos, Leni siguió su consejo. Siempre había sentido una conexión especial con el entorno natural, en el que se integraba sin problemas. De pequeña, acudía a la casa de campo familiar que los Riefenstahl tenían en una villa de Brandemburgo, a las afueras de Berlín, cerca de Potsdam. Le gustaba perderse en eternas caminatas por la accidentada orografía del lugar, trepar por los árboles, encaramarse a las rocas que salpicaban el paraje y abrirse paso entre la vegetación como una vigorosa exploradora. Fue allí donde su padre, después de colocarle un chaleco hecho a base de tallos y juncos, la arrojó a las aguas de un lago próximo, cuando apenas había cumplido los cinco años. «Es la manera más efectiva de que aprendas a nadar y se te quiten esos aires de señoritinga remilgada y consentida. Madame Curie, dice que quiere ser…», se burlaba Alfred de las pretensiones de su primogénita de emular a la famosa científica; quizá era su origen polaco, su condición de mujer o su judaísmo lo que le impedía simpatizar con el sueño de su hija. Leni tragó toda el agua que su cuerpo fue capaz de asimilar y salió a flote como pudo, segundos antes de que su padre se lanzara a por ella ante el temor de que terminara ahogándose; aquella tarde no hubo quien la sacara del lago, ni siquiera para comer. Así fue como se aficionó a nadar, y cuando años más tarde Alfred adquirió una casa de veraneo en Rauchfangswerder, ella se zambullía en las aguas del lago Zeuthen. «Pareces una ninfa», le decía orgullosa su madre, que la observaba por encima de las gafas mientras cosía sus vestidos. Quizá por eso le gustó contemplar las cristalinas aguas de tonos turquesas del lago Karersee y conocer la fábula que encerraba. Se la contó uno de los lugareños, siempre dispuestos a presumir de su mayor bien. «Cuenta la leyenda que en las profundidades de este lago habita una ninfa de la que el mago Masare se enamoró. Se obsesionó tanto con ella que pidió ayuda a una bruja para conseguir que la ninfa lo correspondiera. La hechicera le aconsejó que se disfrazara de vendedor de joyas y creara con ellas un arcoíris que fuera desde Rosengarten hasta Latemar; así, cuando la ninfa estuviera distraída contemplando su belleza, él podría secuestrarla. El mago lo hizo, pero olvidó disfrazarse, lo que provocó que la ninfa lo reconociera y se escondiera en las profundidades del lago. Masare, enfadado, arrojó todas las joyas a las aguas y rompió el arcoíris en mil pedazos. Y ésa es la razón por la que se pueden ver los siete colores reflejados en el lago Karersee, que es como nosotros lo llamamos», le explicó el joven italiano.

A Leni le resultó un entorno mágico. No fue lo único que logró subyugarla de los Dolomitas. Los picos dentados de la cordillera de Latemar parecían escribirle sobre el cielo un mensaje que terminaba impreso sobre las aguas del Karersee. «Aquí empezará todo. Estás en el lugar correcto». No podía apartar la mirada de la belleza extrema que la naturaleza le brindaba. Antaño, la roca caliza que conformaba los macizos montañosos estuvo sumergida bajo el agua; siglos más tarde, aquellas cumbres puntiagudas se reflejaban sobre el lago en una perfecta comunión, como si quisieran recuperar el hogar perdido. Leni sumergió la rodilla dolorida en aquel lago azulado, convencida de que tendría poderes curativos. Lo hizo a diario durante su estancia, convirtiendo el paseo hasta el lago en una peregrinación.

En aquel idílico paraje, los hermanos Riefenstahl pasaron cerca de un mes. Por un sinfín de razones que Luigi no acertaba a explicarle, la proyección de la película se fue aplazando en el tiempo. Cuando ya había perdido toda esperanza, el azar se alió con ellos. Una mañana, después de comprar los billetes de regreso a Berlín, se dirigió junto a Heinz al comedor del hotel para disfrutar de un contundente desayuno. Entonces lo vio. Era el cartel de la película La montaña del destino, el mismo que había contemplado en la estación de metro de Nollendorfplatz. Se acercó a él con el entusiasmo de la primera vez. La misma cima, el mismo escalador, la misma aguja. Sólo algo lo diferenciaba: una pequeña cartulina colocada al bies sobre el afiche que anunciaba la hora de la proyección del film y el encuentro con sus protagonistas. «Con la asistencia de Luis Trenker», rezaba.

—¿Cuatro semanas de espera para que, al final, sólo venga el actor? —preguntó Heinz decepcionado, como si de verdad le importara. Hubiese preferido pasar ese mes deambulando por los pomposos apartamentos del Bavarian Quarter de Berlín en busca de mujeres dispuestas a entregar su amor por una cantidad impúdica de dinero, o sentado en alguna mesa del Toppkeller, sin importarle que la mayoría de su clientela fueran lesbianas; a quién le importaba eso en la capital del pecado—. ¿Y el director? ¿Dónde se ha metido? Lo mismo se ha convertido en ninfa y está en el fondo del lago…

—No digas insensateces —replicó Leni, sin prestarle demasiada atención. Estaba tan contenta de que finalmente se proyectara la película y lo hiciese un día antes de regresar a casa que todo lo demás le daba igual.

—El joven tiene razón —dijo una voz masculina a su espalda—. Lo mínimo que podía hacer ese arrogante Arnold Fanck es dignarse a aparecer y no hacernos venir al resto, cuando fue él quien se empeñó en organizar este pase.

Cuando Leni se giró, su corazón activó el tradicional diapasón en su pecho. Al igual que le sucedía a Heinz cuando contemplaba absorto a Anita Berber, su rostro se iluminó como si un potente foco de luz esculpiera sus facciones con una punta de diamante. Tenía ante sí a Luis Trenker, el escalador que desafiaba a la Aguja del Diablo en La montaña del destino. A pesar de que el sombrero velaba parte de su rostro, le pareció más joven que en la película, aunque igual de apuesto. Tenía treinta y dos años y un pasado como arquitecto que interrumpió por el estallido de la Gran Guerra, en la que participó como artillero destinado en los Alpes. Leni era incapaz de apartar la mirada de él. Su piel lucía bronceada, su dentadura perfectamente alineada, su nariz recta, quizá en exceso, sus ojos profundos y su acento austriaco sonaba con un marcado deje ladino, el dialecto tirolés heredado de su madre. En el cine no se podía escuchar su voz, tan sólo se veía el esfuerzo tallado en su rostro y en los músculos al escalar la montaña. Su atractivo encarnaba a la perfección el perfil de superhombre nietzscheano que el pueblo alemán idolatraba. Era muy consciente de su galanía; eso explicaba su comportamiento osado, entre la seducción y la desvergüenza, sobre todo con las mujeres. Seguramente, esa desfachatez era el resultado de haber llegado al cine por azar; siendo un simple guía de montaña, vio la oportunidad de protagonizar una bergfilm cuando el actor elegido tuvo que abandonar el proyecto y Trenker supo convencer al director para que le contratara. Ese realizador era Arnold Fanck, el maestro del cine alpino alemán, al que nadie vería cruzar el vestíbulo del Hotel Karersee aquella tarde.

—¿Asistirá usted a la película, señorita? —Trenker no pudo ni quiso disimular la descarada mirada sobre la anatomía de la joven.

—Por supuesto que iré. No me lo perdería por nada del mundo. He viajado desde Berlín sólo para verla.

—¿Acaso no tienen cines en Berlín? —preguntó sarcástico mientras se dirigía hacia los ascensores del hotel.

—No lo tenemos a usted.

La respuesta fue del agrado del actor, que, sin detener su caminar, giró la cabeza.

—Seguro que eso tiene fácil solución.

El protagonista de La montaña del destino desapareció por el vestíbulo. Leni estuvo tentada de seguirle. Tenía muchas cosas que decirle, muchas preguntas que hacerle, algunas confesiones que realizarle, pero supo calmar su ímpetu; no quería que la considerasen una acosadora o una admiradora pesada. Siguió la recomendación de Heinz, que le instó a esperar al coloquio de la tarde para hablar con él.

—Sólo un ciego podría obviar cómo te ha mirado. Quizá hasta te invite a tomar una copa después de la filmación.

No sucedió así.

A las siete de la tarde, Leni ocupaba un asiento en primera fila, a escasa distancia de la pantalla en la que se proyectaría la película y a poco más de dos metros de la tarima donde, tras la exhibición, se realizaría el coloquio. Había visto la cinta infinidad de veces, conocía cada fotograma del metraje como si lo hubiera montado ella, y, sin embargo, cuando se apagaron las luces de la sala, sintió que la visionaba por primera vez. De nuevo, disfrutó de cada segundo de la película, volvió a emocionarse al contemplar las imágenes de la Aguja del Diablo, con cada plano, con cada rostro, con cada expresión, con cada gesto… Ancló sus ojos en la pantalla con el mismo entusiasmo con que Trenker se aferraba a la montaña, como si quisiera poseerla, vencerla y someterla, sin entender que el hombre siempre pierde cuando se empeña en enfrentarse a la Naturaleza.

El encendido de las luces cegó su mirada y también la excitación interna que la devoraba. Tras los aplausos de los asistentes, que el actor protagonista recibió con el mismo entusiasmo con el que bebía el whisky que le habían servido, Leni escuchó embelesada las curiosidades y anécdotas concernientes a la realización de la película, a las dificultades durante el rodaje, a la preparación física y mental para conseguir buenos planos, a la relación especial que tenía con el director y, finalmente, también conversó sobre sus nuevos proyectos. Tres horas después de haber entrado en la sala, a Leni le costaba abandonarla. No quería hacerlo, temerosa de que la magia se desvaneciera, como la ninfa en el fondo del lago Karersee. Cuando el público había desalojado la estancia y sólo quedaban los organizadores y el invitado de honor, se armó de valor para acercarse a ellos. Debía hablar otra vez con él y decirle lo que tenía pensado desde que salió de Berlín. Al incorporarse sintió un calambrazo en la rodilla, como si un estilete le atravesara el hueso; había estado demasiado tiempo sentada y no valoró el impulso con el que se incorporó. Venció el dolor e intentó disimular su cojera para que nadie lo advirtiese. Estaba convencida de haberlo conseguido.

—Señor Trenker…

—Veo que al final ha venido. Me gustan las mujeres que cumplen su palabra, no crea que es lo habitual —la saludó él, aparentemente sorprendido al verla. Mentía; fueron muchas las veces que había dejado caer su mirada arrogante sobre ella. Era imposible no verla, por su belleza y porque ocupaba un asiento en primera fila—. Y dígame, ¿qué le ha parecido? ¿Le ha gustado? ¿No le ha aburrido?

—¿Aburrirme? He visto La montaña del destino cientos de veces y cada vez me gusta más. —Sus palabras alimentaron el ego de Trenker, que sonreía henchido de satisfacción—. Yo también soy artista, ¿sabe? Soy bailarina y actriz.

—Así que bailarina y actriz… —repitió él mientras apuraba el enésimo whisky—. Las mujeres de hoy lo quieren abarcar todo.

El comentario hermanó las risas de los presentes. Leni no se dejó intimidar. Había ido allí con un propósito y las risotadas complacientes de unos caballeros demasiado preocupados en reírle las gracias a un famoso actor no iban a impedírselo.

—Supongo que como los hombres. Por lo que he podido leer, usted, además de actor, es arquitecto, alpinista, escritor y aspirante a director —apuntó mientras alzaba en su mano la guía de la película que los organizadores del evento habían repartido como material promocional y en la que se

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