Introducción
La cruz de Caravaca
María Gracia Céspedes tenía un don. En la familia lo supieron pronto, cuando ella tan solo era una niña. Se lo detectó su abuela al comprobar que poseía la cruz de Caravaca en el velo del paladar. De modo que desde muy pequeña aceptó su madre que había traído al mundo una niña que tendría el poder de adivinar el futuro. No le chocó tampoco, porque la abuela Gracia convivía desde siempre con las voces que le susurraban al oído si alguien iba a tener un golpe de suerte o algo peor, si padecería alguna enfermedad. Se habían llegado a familiarizar con las presencias de entes fantasmales que nadie, excepto la abuela, podía ver. Se trataba de hombres, mujeres e incluso niños que, según decía ella, la esperaban al pie de la cama o los veía pacientemente sentados en una silla; a veces, incluso le acompañaban en sus paseos. En la familia este don se llevaba en secreto. No todo el mundo lo entendía y alguna vez tuvieron que soportar algunos cuchicheos y comentarios desagradables en el pueblo sobre su salud mental. Sobre todo porque, cuando se cruzaban con ella por la calle, la veían hablando sola, haciendo aspavientos como si fuera charlando con alguien que nadie veía a su lado.
La familia de María Gracia, por lo tanto, se había movido siempre entre la videncia y el secretismo. A ella le ocurría como a su abuela, no necesitaba ni el apoyo de los naipes ni la bola de cristal para ver el futuro. Sin embargo, a la gente que acudía a su casa le tranquilizaba que demostrara cierta destreza con alguna mancia o ritual que le permitiera predecir el futuro. Por este motivo, utilizaba la baraja española para explicar a sus clientes su destino, pero ella, en realidad, nada más mirarlos a los ojos sabía lo que le iba a ocurrir. Era como si lo llevaran escrito en la cara. Sabía si padecían una enfermedad, un mal de amores o un problema económico. Parecía que alguien le susurraba al oído lo que les iba a ocurrir. Igualito que le sucedía a la abuela.
Esa tarde, María Gracia echaba las cartas una y otra vez a Manuela, su vecina bolañega. No tenía la alta alcurnia de quienes visitaban su piso en busca de respuestas, pero gozaba de su amistad. Ambas estaban sentadas a la mesa camilla de aquella habitación en la que no faltaba de nada. Varias radios, cuadros en las paredes, un tresillo de terciopelo y un centro de mesa con frutas a rebosar. Aquella casa, donde recibía a sus clientes, se encontraba ubicada en la calle Hermosilla, a poca distancia de donde residían las familias más pudientes de Madrid.
Algo inquietaba a la vidente. Aquellos naipes se repetían, y según los levantaba del mazo, movía la cabeza y se decía a sí misma: «No puede ser. Esto es muy raro».
El interior de la habitación donde realizaba estas sesiones siempre estaba en penumbra. La ausencia de luz le permitía concentrarse y no tardaba mucho en dejar patente, a todo el que la visitaba, sus dotes psíquicas. El olor a incienso se colaba por todas las estancias de la vivienda, incluso en la cocina. Se sentía más la mezcla de resinas vegetales que los aromas que salían de los pucheros. Más aún, al cruzar el umbral del portal, ya uno notaba el olor a iglesia y se preparaba mentalmente para la experiencia que iba a vivir al conocer de cerca su futuro. La mezcla dulzona de incienso y pachulí, esa amalgama de madera con matices de tabaco y cacao, casi embriagaba al visitante antes de tocar el timbre de la puerta.
Esa tarde, mientras le echaba las cartas a Manuela, no le parecía creíble lo que le indicaban los oros y las copas, que se repetían de forma machacona e insistente. Ambos palos de la baraja salían una y otra vez. Oros y copas. El as de oros y la sota de oros irrumpían en cada corte.
Manuela llevaba yendo a visitarla cinco años, los mismos que hacía que residía en Madrid. Siempre interesada por su futuro y por la suerte, que parecía que nunca estaba de su lado. Ahora se iba a producir un cambio. Así lo revelaban los naipes.
—Tu suerte va a cambiar. Te codeas con alguien que va a poner la vida de esa casa patas arriba. Va a dar mucho que hablar, mucho…
—¿Va a cambiar mi suerte por alguien de la casa en la que estoy trabajando? —repreguntaba la joven de veintiocho años—. ¿Ves algo o a alguien que cambie mi vida?
María Gracia volvía a barajar el naipe español, pero su cara reflejaba confusión. Las cartas se repetían una y otra vez.
—Veo una corona clarísimamente. También puede ser un símbolo de poder. Alguien con quien estás puede convertirse en una persona muy relevante.
—Bueno, sabes que trabajo para doña Blanca de Aragón y Carrillo de Albornoz, viuda de don Gonzalo de Mora y Fernández Riera del Olmo, conde de Mora y marqués de Casa Riera. —Manuela pronunció sus nombres poniendo mucho énfasis a la cuna y procedencia de los apellidos ilustres para los que servía desde hacía un lustro—. Pero no veo a ninguno de sus hijos con tanto poder como dices: ni a Neva, María de las Nieves, que lleva casada casi dos décadas; ni a Gonzalo, que también se casó hace mucho tiempo; ni a Annie, Ana María, que también está fuera del palacio en el que residimos al contraer matrimonio y tener ocho hijos. Tampoco veo a Alejandro, que igualmente contrajo nupcias justo antes de llegar yo a la casa; ni al bala perdida de Jaime, que se casó el año pasado, pero que regresó divorciado del extranjero al poco tiempo. Menos aún a Fabiola, que pasa mucho tiempo haciendo obras de caridad y recibiendo a personas que le piden favores en un piso que tiene en la calle Bárbara de Braganza y que comparte con su buena amiga Pilar Sástago. Son dos almas buenas. Tampoco reside allí la pequeña de la casa, María Luz, después de casarse hace dos años. Y no me codeo con nadie más. Bueno, también con mi familia, que sigue en el pueblo. Tampoco veo poder o corona por ahí, como no sea una corona de espinas, que es la que llevan mis padres sobre la cabeza.
—Las cartas dicen que la vida de esa casa en la que trabajas va a cambiar por completo. Va a pasar algo que va a hacer correr ríos de tinta.
—¡Ríos de tinta! Antes de que naciera Jaime, y sin saber si sería niño o niña, su abuelo materno ya predijo que haría mucho ruido. ¿Será él? Es el único que vive en la casa. Ruido ya está haciendo, desde luego. Lo de la corona no lo acabo de ver. Fabiola tiene allí su cuarto, aunque vive en su propio piso, pero cualquier día nos dice que se mete a monja, eso lo tenemos claro.
—Veo el robo de unos papeles importantes… —continuó María Gracia—. Esto va a ser un escándalo.
—La casa llena de meaos de perros y gatos, eso sí que es un escándalo. Viven como reyes desde que murió el señor. A lo mejor es a ellos a los que te refieres cuando hablas de corona —bromeó Manuela.
—Mira, vamos a dejarlo por hoy porque también es posible que las cartas no me quieran responder y estén jugando conmigo. A veces lo hacen y hay que saber frenar y no seguir atosigándolas a preguntas.
—¿Y han tenido que jugar precisamente hoy?
—Está claro que las cartas están revoltosas, y la información que me llega tampoco ayuda.
María Gracia había salido hacía más de diez años de Bolaños de Calatrava, la misma localidad manchega de Manuela, ubicada en la comarca del Campo de Calatrava. En ese tiempo, su fama se había extendido por la alta sociedad. Y en la familia, sabedores de sus cualidades, se sentían muy orgullosos. Sus antepasados siempre tuvieron mucha relación con el santuario de la milagrosa Virgen del Monte, situado en un bellísimo paraje cercano a la villa. También se los relacionó con la misma Orden de Calatrava, allí ubicada durante siglos. Recién llegada a Madrid, se instaló en el barrio modesto de la Elipa, que ocho años antes había pertenecido al término municipal de Vicálvaro. Sin embargo, su fama pronto se extendió como la pólvora y comenzó a recibir todo tipo de clientes que le ofrecían regalos por sus certeras predicciones. Pasaron de regalarle gallinas y huevos a anillos valiosos y colgantes de oro que sus adineradas clientas le proporcionaban. Pronto se mudó a aquella nueva casa de alquiler, más cercana al centro de la capital. Nunca pedía dinero, sino la voluntad, que podía ser monetaria o con presentes de todo tipo. María Gracia exhibía un anillo de amatista con brillantes tan grande como el de un obispo. En el pueblo era todo un ejemplo de cómo, en la capital, se podía alcanzar el éxito. Un éxito avalado por su colaboración altruista con la policía y su ayuda en la resolución de algunos casos. El más sonado tuvo lugar dos años antes, tras el cuádruple asesinato de dos mujeres, una de ellas embarazada, y dos hombres. Los tres primeros, los del matrimonio y la criada, ocurrieron en un piso del número 57 de la calle Lope de Rueda. Posteriormente, el cuarto tuvo lugar en la tienda de empeño situada en el número 19 de la calle Alcalde Sainz de Baranda. María Gracia predijo que detrás de las muertes había una deuda de amor. Gracias a su información, la policía supo hacia dónde dirigir la investigación, ya que también había visto claramente que el autor se movía entre familias adineradas. Enseguida comprobaron que se trataba de un joven con un largo expediente delictivo, que inició en Puerto Rico y posteriormente en Estados Unidos. Su madre le financió el modo de vida al regresar a Madrid, pero el dinero salía según llegaba a su bolsillo. Acabó convirtiéndose en el rey de la noche. Era habitual de las salas de fiestas: Zambra, Pasapoga, El Molino Rojo. Entró de lleno en el mundo de la prostitución y las drogas. Utilizaba diferentes nombres. En una ocasión conoció a una inglesa que estaba casada y con dos hijos y decidió empeñar una de sus valiosas sortijas, regalo de su marido. Así es como entró en contacto con sus víctimas, los dueños de la tienda de empeño. La amante necesitaba recuperar el anillo y le pidió al desalmado que lo desempeñara, pero le exigieron mucho más dinero del que le prestaron. Con la frialdad que lo caracterizaba, decidió matarlos. Primero, tras averiguar dónde vivía uno de ellos, asesinó a su mujer y a la criada. Finalmente, esperó a que llegara de trabajar uno de los prestamistas para acabar con su vida. A la cuarta víctima, el otro dueño, la esperó en la casa de empeño y la recibió con dos tiros en la nuca. El malhechor aprovechó para robar todo lo que pudo antes de salir huyendo, aunque no encontró el anillo.
María Gracia insinuó a la policía que veía al autor con un traje manchado de sangre. Y les dijo más: «Esto puede ser una pista importante». Y lo fue. Desde la Brigada Criminal comenzaron a investigar en todas las tintorerías del centro de Madrid y encontraron en la tintorería Julcán un traje que habían llevado días antes empapado en sangre. La policía no tuvo más que esperar a ver quién iba a recogerlo y detenerlo. Se trataba de José María Jarabo Pérez Morris. Pasaron sus fechorías a la historia criminal como «los crímenes de Jarabo». Hacía un par de meses que se había ejecutado la condena a muerte por garrote vil, el 4 de julio de ese mismo año 1959. La prensa no cesó de hablar del caso. Se trataba de un asesino que ni sentía ni padecía por los demás. Fue uno de los éxitos más sonados de la policía.
Sin embargo, con la desaparición de Almudena Pimentel en el verano del 54, María Gracia no tuvo el mismo éxito, ya que, cinco años después, la joven seguía desaparecida.
1
El reloj se paró cinco años atrás
Margot Sanz Peters se pasaba horas sentada en su escritorio, con su inseparable máquina de escribir Princess 200. Seguía compaginando sus artículos de moda en la revista Siluetas y sus reportajes para el diario El Caso con su verdadera vocación por la investigación criminal. El comisario don Eugenio Benito Poveda siempre le decía que tenía un sexto sentido y confiaba en ella asuntos delicados. Sin embargo, la desaparición de la hija de los marqueses de Montero se le había atravesado. El reloj para ella se había parado cinco años atrás. Repasaba cada día el expediente de la joven Almudena Pimentel mientras fumaba en la pipa que había pertenecido a su padre. Formaba volutas de humo que le ayudaban a pensar. «Échale otro vistazo al expediente, puede que se nos haya pasado algo», insistía de vez en cuando el comisario.
Tras la resolución del caso del Asesino de la Luna Roja, en el que intervino de forma brillante, el comisario quiso que ella personalmente se hiciera cargo de la investigación de la desaparición de la joven. Margot se obsesionó con este nuevo asunto, en el que no había pistas nuevas que condujeran a ella, hasta tal punto que accedió a consultar a la vidente que colaboraba con la policía. Sus indicaciones de que «estaba viva» no habían servido para dar con ella. Para algunos de la brigada, que no creían en videntes, estaba claro que había muerto. Solían decirle que «cinco años eran muchos para seguir con vida y no haber dejado rastro». El caso todavía estaba abierto en la Brigada Criminal de la Dirección General de Seguridad, pero apilado junto a los expedientes sin resolver y a punto de pasar al cajón de las carpetas que duermen «el sueño eterno», como decía el comisario. Al menos, este todavía permanecía en la montaña de carpetas que don Eugenio Benito Poveda guardaba con la esperanza de que algo o alguien lo activara.
Margot Sanz Peters investigó y buscó a la joven trasladándose temporalmente incluso a París. Más de uno aseguraba que la habían visto en el país vecino. Sin embargo, a los seis meses, Margot regresó a Madrid con la frustración de no haber dado con el paradero de Almudena. La pista más clara la llevó a seguir el rastro de la joven hasta el distrito 8, cerca de la Madeleine, una iglesia del siglo XIX ubicada entre la plaza de la Concordia y la Ópera Garnier. Tanto había acudido Margot a esa iglesia, donde algunos testigos aseguraron haber visto a Almudena Pimentel, que podría describir con los ojos cerrados la escena del juicio final que se encontraba en el frontón principal del templo.
Su vocación de detective se desinfló tanto como su amistad con Harry Parker. El jefe de seguridad de la embajada de España en el Reino Unido había dejado de llamarla tras meses de no responderle al teléfono. Margot tomó esa decisión después de que él le declarara su amor y le insistiera en la necesidad de que regresaran juntos a vivir a Londres. En ese momento fue cuando pensó que no estaba hecha para llevar un anillo. Ella soñaba nada más con ser una buena detective y una buena periodista. Tuvo claro que debía perseguir su sueño. De modo que optó por no volver a responder a sus llamadas. En realidad, no hubo enfado ni discusión. Simplemente desapareció de la vida de Parker cuando este se atrevió a decirle lo que sentía por ella. Así de simple y así de enrevesado.
Se convenció de lo acertado de su decisión cuando no dieron con el paradero de la joven Pimentel y todos empezaron a especular con su posible asesinato. Lo único que habían conseguido las pistas falsas era retrasar la investigación y perder un tiempo esencial para la resolución del caso.
En el momento de mayor frustración, Margot le llegó a decir al comisario, con el que seguía colaborando, que su «noviazgo» se había roto. Era una forma de liberarse también de Parker en el trabajo.
Harry venía precedido de una gran reputación en temas de seguridad. Lo de decir que eran novios no fue más que una estratagema para que su amigo el comisario ayudara a Margot de manera incondicional las primeras veces que pisó la brigada. Ahora, pensó la joven periodista, ya no hacía falta seguir con la farsa. Sin embargo, reconocía en su interior que siempre había existido entre ellos una atracción muy fuerte, que el tiempo y la distancia no lograban borrar. Sabía que le debía una explicación al jefe de seguridad de la embajada española en el Reino Unido, pero esa llamada telefónica la posponía una y otra vez. En realidad, de atreverse a hacerlo no sabría qué decirle. No tenía ningún motivo para cortar su relación nada más comenzar. ¿Fue miedo o sencillamente no estaba preparada para el compromiso? Quizá las dos cosas.
Margot se había prometido a sí misma que siempre sería una mujer independiente. El beso que le dio ella a él en el baile, tras la resolución del caso de los asesinatos en serie de tantas jóvenes de la alta sociedad en el año 54, la hizo dudar sobre su futuro. Sin embargo, los viajes de Parker a Estados Unidos, y su trabajo en la embajada de Londres después, hicieron que Margot se centrara en su trabajo y se dijera a sí misma que no estaba dispuesta a renunciar a su libertad. No dejó que siguiera adelante el afecto que sentía hacia Parker. Lo bloqueó en su mente y en su corazón.
Sus tíos y tutores, Julián Martín-Briz, diplomático en la embajada española en Londres, y Frances Peters, accionista de la revista Siluetas, donde ella trabajaba, prefirieron no volver a preguntarla por él. Notaron, desde la desaparición de la joven Almudena Pimentel, que ambos se iban distanciando. Por otra parte, desconocían que su sobrina, a la que querían como una hija, había seguido colaborando con la policía. Incluso no tenían ni idea de que en estos cinco años había iniciado su formación como detective. El expolicía Vicente Cerezo, que gozaba de la amistad del comisario, se había encargado de ello a petición de don Eugenio Benito Poveda. Este siempre vio en Margot unas capacidades que no tenían los demás: la valentía y las acertadas deducciones al más puro estilo de Sherlock Holmes, su admirado personaje de novela. No había mujeres en la policía, pero ella entraba y salía de comisaría como si fuera una más de la brigada.
Se trasladaba a París con frecuencia, aprovechando que el epicentro de la moda estaba allí, para seguir con su trabajo en la revista Siluetas. Era una forma de seguir intermitentemente preguntando por Almudena Pimentel, a la que no se podía quitar de la mente. Su desaparición estaba a punto de pasar al cajón de los expedientes que se cerraban para siempre y no se volvían a abrir jamás.
Se centró de nuevo en el caso de la joven con la esperanza de encontrar algo que se les hubiera pasado por alto. Lo había revisado tantas veces que casi se lo había aprendido de memoria. ¿Por qué el comisario le pedía ahora, cinco años después, que lo reexaminara? La respuesta tardó poco en llegar.
2
María Bonita
En el palacete donde vivía doña Blanca, en el número 5 de la calle Zurbano, rodeada de perros y gatos abandonados, residía el quinto de sus siete hijos, el díscolo Jaime, que ensayaba en el piano de cola la melodía que estaba de moda: María Bonita, de Lucho Gatica. Su ilusión pasaba por tocar en algunos de los salones del Madrid más aristocráticos. Sobre la una de la tarde, lo primero que hacía nada más levantarse, después de una larga e intensa noche, era tomarse un té y sentarse al piano. Ensayaba aquella canción que Agustín Lara había dedicado a la artista María Félix, en la que hablaba de las noches de Acapulco, sus playas y las estrellitas. La canción había sobrevivido a su amor tras su separación. Le ponía tanto sentimiento que Manuela, la más curiosa del servicio, dejó de trabajar y se acercó donde estaba Jaime con la excusa de limpiar los excrementos de los gatos que estaban cerca del piano. Jimmy no solía cantar delante del público, solo tocaba la melodía, pero esa mañana en casa hizo una excepción. Siguió con la letra, que aludía a los amores de «María Bonita, María del alma». Cuando acabó, la joven Manuela lo aplaudió emocionada.
—Me ha dicho mi amiga medio bruja, medio sabia, que alguien en esta casa va a revolucionarlo todo. Digo yo que, al no estar más que usted y la señora, pues todo hace pensar que será usted. ¡Llegará lejos con el piano! Será el rey de los salones de fiesta.
—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó Jaime con curiosidad, dejando de tocar.
—Mi amiga María Gracia —afirmó la muchacha—. Ayer me echó las cartas y tiene claro que en esta casa se va a producir un terremoto.
—¡Dios te oiga! Lo necesitamos. Desde que murió mi padre, por no haber, no hay ni fiestas. Recuerdo aquella en la que dejé a todas las señoras sin los abrigos de piel y me los llevé al Monte de Piedad a empeñarlos. Menuda regañina me echó mi padre. ¡Aquellos eran otros tiempos! Aquí, ahora, hasta los gatos pueden hacer su santa voluntad, que nadie los va a regañar.
—Su madre no ha superado la pérdida. Hay que darle tiempo. Está todo muy reciente. En noviembre hará dos años que don Gonzalo, su padre, se nos fue.
Apareció Milagros Resines, el ama de llaves que llevaba toda la vida junto a los Mora y Aragón, y al ver a Manuela dialogando con Jaime, la riñó.
—Menos cháchara y más limpiar. ¿Has visto cómo está todo?
—No la riñas, que me ha dicho que su amiga la vidente ha visto que en esta casa se va a producir una revolución. ¡Lo mismo soy yo el protagonista de ese cambio radical!
—Menos videntes y más trabajar… ¡Vamos!
Manuela se puso a ordenar el salón junto con Lucía, la más joven y corpulenta del servicio. Por más que ambas se esforzaban en echar a todos los animales al jardín, a las pocas horas estaban paseándose por el salón, tumbados en los sofás o dormitando sobre las alfombras. Eran gatos y perros callejeros que había ido rescatando la matriarca de la familia y no estaban acostumbrados a la convivencia con las personas. Los gatos, que eran mayoría, bufaban a todo el que se les acercaba y respondían sacando las uñas incluso a quien les daba la comida. Estaban rebozados en polvo y algunos tenían enfermedades. El mayordomo, Enrique, en cuanto lograba echarlos, le pedía a Manuela que regresara a limpiar todo aquello que habían manchado los asilvestrados animales. Era imposible quitar el olor, y eso que habían comprado agua de colonia, la 4711, que usó don Gonzalo hasta que murió, con el fin de disimular el mal olor. A doña Blanca le gustaba sentir el perfume de su marido. Creía que el servicio lo hacía por ella, pero, en realidad, lo que querían era ahogar aquel vomitivo hedor que se había instalado en el palacete.
No lejos de allí, a diez minutos en coche, en plena Gran Vía, Margot se despedía de Camila, la persona que estuvo a su lado desde niña y que jamás, tras morir sus padres, se había apartado de ella ni un solo día. Era quien la conocía más a fondo; era capaz de leer sus pensamientos e interpretar sus silencios. Podía intuir qué se cruzaba por su cerebro cuando se quedaba con la mirada perdida observando, desde el ventanal de aquel primer piso en el que vivían, cómo la gente caminaba con prisa en todas las direcciones.
Ahora, forzosamente, Camila debía ir a Inglaterra durante varios días para asistir a los actos fúnebres tras la muerte de su padre. En realidad, iba a ver a sus hermanas, ya que, desde que murió su madre, nada la ataba a Inglaterra. De hecho, se alojaría en la embajada española. Julián y Frances, los tíos de Margot, la consideraban una más de la familia.
Sátur, la encargada de la limpieza y de la intendencia de esa casa, observaba incrédula la escena de la despedida.
—Parece que se va a la guerra, pero tan solo va a cumplir con su familia, como es lógico —se expresaba con su sabiduría natural de siempre.
—¿Sabrás cuidarla? Please, muchos ojos… —Camila se defendía ya en español, aunque introducía expresiones inglesas en su discurso mientras se dirigía a la perspicaz Sátur.
—Por favor, váyase tranquila. Sabré cuidar de su «tesoro». ¡Hay que ver esta mujer! Se ha muerto su padre, no hay mejor razón para regresar a su tierra. No le quitaré ojo. ¡Tranquila!
—Por Dios, Camila, sé cuidarme sola. ¡Ve a estar con tu familia! —le sugería Margot.
—Mi familia eres tú. ¡No lo olvides! Con mi padre no tenía demasiada relación. No nos hizo ni caso a ninguna de las hijas. Deberíamos haber nacido chicos, pero el destino le jugó una mala pasada. ¡Tres mujeres!
Un taxi la esperaba en la puerta para llevarla hasta el aeropuerto. Se fue de allí envuelta en un mar de lágrimas. Su avión, un De Havilland DH.106 Comet, no aterrizaría en Londres hasta la noche, tras hacer previamente una escala en París. Se trataba de un aparato con cuatro motores turborreactores instalados en el interior de las alas. Camila pudo ver desde la ventanilla como la imagen de Madrid se perdía entre las nubes. Se preguntaba cuánto habría cambiado la vida en Inglaterra en todo este tiempo que llevaba en España. Saldría de dudas enseguida.
Camila llevaba fuera cinco años y, recientemente, la embajada española en el Reino Unido había vivido su momento más convulso con la destitución fulminante del embajador. Miguel Primo de Rivera y Sáenz de Heredia salió en periódicos y tabloides por su probada infidelidad con la mujer del héroe de la Segunda Guerra Mundial, el mayor Anthony Greville-Bell. Aunque en el juicio quedó acreditado que no había testigos, el diario de la esposa del militar, Helen Scott-Duff, fue suficiente prueba, ya que en él quedaban especificados todos sus encuentros íntimos.
Toda esta información la supieron en Madrid gracias a la tía Frances y la llamada que le hizo en su día a Margot.
—Las anotaciones en el diario confirmaron la relación adúltera que mantenían el embajador y ella. Que nos sirva de escarmiento, no debemos anotar nada de lo que hacemos en ningún cuaderno. Los diarios son un error.
—¿Pero es necesario airear esos asuntos en un juicio? ¿No lo podían haber solventado en la intimidad? —preguntó Margot.
—Desde el instante en que el mayor denuncia el adulterio de su mujer con el embajador, se convierte en un tema público —le explicó su tía Frances—. Sabíamos que, de llegar a oídos de Franco, esta destitución se iba a producir. Y finalmente así ha sido. Además, la prensa se ha cebado con él.
—¿No ha pesado su amistad con Isabel II?
—Nada. El duque no tuvo más remedio que regresar a España con su mujer.
—¡Pobre Margarita! Nadie habla del sufrimiento de la esposa. Eso nunca importa. Ni del escarnio de la joven inglesa. Los hombres, en ese sentido, no tienen el peso de la moral que sí tenemos las mujeres.
—Tienes toda la razón. Nacer mujer es sufrir de por vida —afirmó Frances.
—Me niego a eso, tía. Hay que cambiarlo. ¿Ves? Por eso yo no quiero enamorarme, y menos aún casarme. Detesto las mentiras.
Aquella conversación había tenido lugar en el momento más difícil de la embajada. Ahora, parecía que había llegado la paz con la presencia de José Fernández-Villaverde y Roca de Togores como nuevo embajador, al que todos llamaban Pepe Santa Cruz. Lo nombraban con ese apodo por el marquesado que ostentaba gracias a su mujer, Casilda de Silva y Fernández de Henestrosa.
Julián Martín-Briz, tío de Margot, tuvo la suerte de que el embajador necesitara a alguien que conociera al dedillo la vida de la embajada y hubiera demostrado una fidelidad a prueba de escándalo, como había ocurrido con Primo de Rivera. Una vez que lo puso al día de todo, le pidió que se quedara junto a él. Todos respiraron aliviados, incluido Harry Parker. El jefe de seguridad tenía una buenísima reputación. Tanto que, desde Estados Unidos, habían solicitado su presencia para participar en la organización del plan de seguridad de la visita que iba a realizar el presidente Eisenhower a España. Tendría lugar a mediados de diciembre de ese año 1959. Harry Parker regresaría a España después de cinco años de ausencia. Necesariamente tenía que visitar al comisario Eugenio Benito Poveda para hablar del plan que iba a presentar al ministro de la Gobernación, Camilo Alonso Vega, al que todos apodaban don Camulo. En cualquier caso, el ministro gozaba de la confianza de Franco, con el que despachaba todos los días.
Parker se preguntaba si vería a Margot. Tan solo se arrepentía de haberle confesado que estaba enamorado de ella. Se llegó a sentir ridículo al ver la ausencia de respuesta de la joven periodista. Ahora, despechado, se dejaba ver a menudo en compañía de miss Jane Bowles, una joven inglesa de buena familia. Esa evidencia en forma de rumor no tardó en llegar a oídos de Margot. Disimuló al enterarse, pero sintió un pellizco en el estómago que se transformó en rabia. «¿Son celos?», se preguntaba en silencio.
Margot sabía que Parker aparecería por comisaría de un momento a otro, pero no quiso preguntar a nadie. Deseaba demostrar con su indiferencia que su relación ya formaba parte del pasado. El inspector Gutiérrez fue el único que la advirtió.
—Está a punto de llegar el que fue tu novio, Harry Parker.
Margot tardó en contestar. Primero tragó saliva.
—Gracias —consiguió decir—. Sé que está en la organización de la seguridad de Eisenhower y me imaginé que pronto lo veríamos por aquí.
—¿Quedasteis como amigos? —siguió preguntando el inspector, que siempre mostró interés por la joven Margot.
—Puede decirse que sí. No hemos vuelto a hablar desde que desapareció Almudena Pimentel. La distancia…
Al principio a Margot le costó no llamarle para todo. Fue ahogando sus necesidades con la almohada hasta que llegó un día en el que el teléfono dejó de sonar y, a la vez, ella dejó también de marcar el número de Parker. Adoptó la rutina de escribir todas las mañanas un artículo de moda o una entrevista para la revista Siluetas. Después acudía a la agencia de detectives creada por Vicente Cerezo, que había dejado el cuerpo policial por el negocio de la investigación privada. Decidió recorrer ese nuevo camino cuando la comisaría se llenó de denuncias por adulterio. Margot continuó allí con su formación para poder seguir colaborando con la policía, como deseaba el comisario. Don Eugenio Benito Poveda tenía a Cerezo en alta estima por su pasión por la investigación. Gracias a sus pesquisas, habían conseguido resolver algún que otro caso que se les había torcido en comisaría.
El detective Cerezo era un hombre de mediana estatura, con una cara vulgar. No poseía ni mucho ni poco pelo. Sus ojos eran oscuros y no parecían ni grandes ni pequeños. Su nariz resultaba aguileña, pero tampoco llamaba la atención. Siempre decía que, para ser un buen detective, había que vestir y moverse sin llamar la atención ni despertar el interés de nadie.
Le pidió a Margot que vistiera siempre de traje oscuro y que no se pusiera grandes sombreros. Debía pasar desapercibida. Sin embargo, el pelo rubio y su descapotable hacían que fuera conocida en su céntrico barrio como «la chica del descapotable rojo». Por supuesto, en los seguimientos no llevaba su coche y procuraba recogerse el pelo en un moño para no llamar la atención. Aprendió a ser minuciosa, a tener paciencia y a dar rienda suelta a su curiosidad. Su cabeza siempre estaba llena de preguntas a las que intentaba dar respuesta entrevistándose con diferentes personas. Ya no solo deducía a lo Sherlock Holmes, sino que también sospechaba de todo el mundo hasta el final de sus investigaciones, a lo Hércules Poirot.
Transportaba una cámara pequeña de fotos en el bolso por si necesitaba pruebas de aquello que le encomendaban. Tampoco se separaba de la pistola que le había proporcionado Benito Poveda. Se había acostumbrado a llevarla ceñida a la pierna con una liga.
El detective Cerezo, al que pidió ayuda el comisario Poveda en su momento, tampoco consiguió averiguar nada de Almudena Pimentel. Fue una gran frustración para todos. Nada había sido tan prioritario como encontrarla.
Todo lo relacionado con la desaparición de la hija de los marqueses era una incógnita. Se fue de casa con lo puesto, sin despedirse de sus padres ni de sus hermanos, y tampoco de sus amistades. Las amitas de Almudena hablaron a la policía de su profesor de pintura, Ángel Torres, que coincidió en el tiempo en que se trasladó a vivir a París de la noche a la mañana. Un día le dijo a su mujer que se iba a la capital francesa a probar suerte y se despidió sin decirle a dónde iba, tampoco a sus alumnos. Desde entonces ya nadie volvió a saber de él. Margot no dejó de pensar que ambas ausencias estaban relacionadas.
Para la familia de Almudena, estaba viva, tal y como había asegurado la vidente María Gracia. Se convencieron de que había querido cambiar de vida y de rumbo. Si hubiera pedido permiso para irse a la ciudad del Sena, no se lo hubieran dado, y menos aún si, como muchos sospechaban, había huido con su profesor de pintura.
Margot lo había hablado una y mil veces con el detective Vicente Cerezo. París era el sitio perfecto para hacerse invisible y, a la vez, vivir intensamente el mundo de la bohemia y del arte.
—El problema con los desaparecidos —le decía Vicente Cerezo— es que, si no los encuentran en las primeras horas, es muy probable que jamás se les vuelva a ver.
—Quiero pensar que no, aunque reconozco que es como si se la hubiera tragado la tierra —le contestó Margot.
—Deberías volver a entrevistarte con sus padres. Seguro que existe algo que se nos ha pasado por alto —le sugirió Cerezo—. Además, hay una cosa que no entiendo, y es que su madre no ha soltado ni una sola lágrima.
—Puede estar en shock. Yo misma, cuando era una niña, tras la muerte de mis padres, estuve años sin derramar una lágrima.
—Habría que enterarse de si la madre ha viajado a París por algún motivo —dijo el detective Cerezo.
Margot asintió y dio a entender que lo averiguaría. Mucha gente de la alta sociedad viajaba a París para hacerse con los modelos de algún gran modisto. Almudena y su madre tenían predilección por el diseñador Cristóbal Balenciaga, que era uno de sus referentes de elegancia.
—Intentaré acercarme a la madre. Este oficio nuestro se basa en la constancia. Igual que los pescadores, echamos el anzuelo y esperamos el tiempo que haga falta —explicó Margot—. Han abierto una nueva tienda de telas en Madrid relacionada con el modisto. El tema de la moda puede ser una buena pista.
—Es bueno que la gente solo conozca tu faceta de escritora de moda. La otra, la de periodista de sucesos en el semanario El Caso y tu interés por la investigación policial, tienes que ocultársela a todo tu entorno.
—Está claro. Sé lo que es no poder hablar de lo realmente importante para mí —se lamentó Margot.
—Tienes una posición privilegiada. Muestras una cara, pero tienes otra personalidad que nadie conoce, a excepción del comisario, tus colegas de la comisaria y yo. ¡Sigue así! Lo estás haciendo muy bien.
Harry Parker también lo sabía, pero no dijo nada. En realidad, él fue quien introdujo en ella el veneno por la investigación criminal. Margot imaginaba que, en ese momento, estaría muy entretenido reuniéndose con las autoridades españolas para poner en marcha la operación de seguridad de la visita del presidente norteamericano a España. Si Franco se empeñaba en pasearse por Madrid en coche descubierto, la seguridad pasaba a convertirse en un verdadero problema para todos. Estaba convencida de que, al final, ella también tendría que participar en la operación. Iba a resultar imposible no ver a Parker cara a cara. Se trataba de algo irremediable. Se preparó mentalmente para el encuentro.
3
El amor, una enfermedad de la mente
A la mañana siguiente de la llegada de Camila a Londres, viajó Harry Parker con destino a España. En realidad, no se vieron porque ella llegó muy tarde a la embajada y él salió muy temprano camino del aeropuerto. Supieron de la llegada de una y de la salida del otro por la familia de Margot. Ni Frances ni Julián, los tíos de Margot, entendieron el motivo por el que su sobrina dejó de tener contacto con Harry. Fue como una llama que se apagó de repente. Y parecía que sin posibilidad alguna de retomar la relación en el punto en que la dejaron. Los tíos nunca supieron cuál fue el motivo del distanciamiento. Podían imaginar que su sobrina había tomado la decisión de no comprometerse. Los tenía advertidos de que jamás se enamoraría, y menos aún daría el paso de casarse. Frances, sin embargo, sabía que uno no podía decidir en ese tipo de cuestiones. Le había dicho muchas veces a su sobrina: «Cuando el amor llama a tu puerta, no tienes más remedio que dejarlo pasar». Margot, en cambio, insistía en que el enamoramiento era como «una enfermedad de la mente». Había leído mucho a Platón y compartía esta teoría de que «el amor era como entrar en un estado de locura que te hacía perder el control». Ocupar el tiempo con el trabajo y su preparación como detective consiguió ahogar el sentimiento que iba creciendo hacia Parker. Estaba convencida de que el amor «la debilitaba».
En estos años, Harry se había centrado en prepararse físicamente para todos los retos que tenía por delante, entre otros, la organización de la seguridad para la visita del presidente estadounidense a Madrid. Se percibían los músculos de sus brazos a pesar de las chaquetas que llevaba. Igualmente, sus pectorales habían crecido hasta el punto de tener que cambiar todas sus camisas y trajes. Toda la ropa que poseía antes de su cambio físico, la donó a los cocineros de la embajada. En estos cinco años se había convertido en un hombre fuerte a la vista de cualquiera. La decepción que sintió ante el evidente rechazo de Margot la transformó en más trabajo, viajes profesionales y ejercicio físico. Cuando se acordaba de ella, se dedicaba a subir y bajar las pesas que compró en la primera Navidad que dejó de tener noticias de ella. Le cogió tal afición al levantamiento de peso que se hizo miembro de la Federación de Halterofilia. Así es como consiguió ahogar la rabia, moviendo arriba y abajo la barra de acero con discos de pesos en los extremos.
Ahora se había quedado sin tiempo para pensar en Margot, tenía por delante la misión de poner en marcha el plan de seguridad del inminente viaje del presidente Eisenhower a España. De hecho, nada más poner pie en Madrid, dejó sus cosas en el hotel Palace y de inmediato se fue al Ministerio de la Gobernación para reunirse con el ministro Camilo Alonso Vega. No tuvo que esperar, fue recibido al instante.
—¡Tome asiento, señor Parker! —dijo el ministro—. Quiero que sepa que nos jugamos todos mucho con esta visita. Entre otras cosas, una suma de millones de dólares esenciales para nuestro país. Franco pide que extrememos la seguridad para que su recorrido en coche sea un baño de multitudes.
—Si fuera en un coche blindado, su seguridad sería mucho más fácil. En un coche descubierto resultará más complicada. A no ser que el público no esté cerca. Si mantenemos a la gente lejos, no habrá ningún problema. También apostaremos agentes en todos los edificios colindantes.
—Insisto en que el Generalísimo desea un baño de multitudes. Quiere al público cerca y que el presidente Eisenhower se sienta sorprendido ante la acogida. Por lo tanto, no hay más que hablar. Para eso le hemos contratado a usted. Pida todo lo que necesite y nosotros se lo proporcionaremos.
—Está bien. —Se quedó pensativo—. Necesito las fichas de todos los anarquistas que en este momento se encuentren en libertad. Debo estudiar a fondo cada caso, e incluso detenerlos, si es necesario, mientras el presidente norteamericano esté en España. Toda la ayuda policial será poca.
—Como le digo, usted estudie la situación y pida. Tiene a la Brigada Político-Social a su disposición. Ellos poseen las fichas de todos los comunistas y anarquistas.
—Está bien, pero me gustaría contar con la Brigada Criminal también. Los conozco de trabajos anteriores y me inspiran mucha confianza. —No se atrevió a decirle que no le gustaban las tácticas de la Brigada Político-Social, siempre relacionadas con la tortura como método de trabajo.
—Así será. Deberá reunirse inmediatamente con ellos. No puede haber improvisaciones. ¿Me entiende? Todo debe estar atado y bien atado, como dice el Caudillo. Instálese donde quiera, aquí le podemos habilitar un despacho.
—Le pediré a mi amigo, el comisario Benito Poveda, que me haga un sitio en su Brigada Criminal.
—Como quiera, pero despachará conmigo al menos dos veces por semana. No deje nada a la improvisación. Recuerde el ramo de flores que lanzó el anarquista Mateo Morral a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg en su paseo en carroza, recién casados. No era un tramo tan largo. El recorrido iba desde la iglesia de los Jerónimos hasta el palacio Real. Pudo haberles costado la vida. Fue un fallo de la seguridad y del plan que puso en marcha el conde de Romanones, que era ministro de la Gobernación en ese momento. Escuché de todo sobre su poca previsión tras el atentado. No quiero que digan lo mismo de mí. ¿Me entiende? Aquí no puede haber fallos en la seguridad.
—Me coordinaré con los servicios de inteligencia americanos. Solos no podemos estar en esto.
—Eso será cosa suya. Haga todo lo que esté a su alcance.
Se levantó de su silla el ministro y le tendió la mano. Parker se fue del despacho con la sensación de que, si algo salía mal, toda su carrera terminaría ahí. Recorrió la calle Recoletos y el paseo de la Castellana mirando los balcones y los lugares que intuía que podían ser más peligrosos durante el recorrido del coche desde la base aérea de Torrejón de Ardoz. Primero lo hizo con luz y después regresó cuando había caído la tarde. Se percató entonces de que las calles estaban demasiado oscuras. Anotó en una pequeña libreta: «Pedir más iluminación». Guardó la pluma y el cuaderno y regresó caminando a su hotel.
Con la excusa de saber cómo iban las cosas por Madrid sin Camila, la tía Frances llamó a Margot y le contó que Parker ya había llegado a la capital. La joven sintió un pellizco en el estómago. Recordó el beso que se dieron celebrando la resolución del caso anterior, el del asesino en serie, así como sus palabras de amor hacia ella. En el fondo, se maldecía por no saber afrontar una situación como esa. Era mucho más sencillo para ella cerrar el corazón que dar rienda suelta a sus sentimientos. Siguió buscando entre los filósofos aquellas teorías que avalaban su comportamiento. Encontró en el alemán Arthur Schopenhauer su tabla de salvación: «Buscar el amor romántico es un engaño». El filósofo, un siglo antes, había llegado a la misma conclusión que ella: no entendía nada del amor. Decían que era el filósofo de la insatisfacción, pero sentía que miraba al mundo con los mismos ojos que ella: «El mundo es un asco completo», «la existencia humana es una mezcla de dolor, frustración y hastío. El hombre siente que es incompatible con el mundo». Así mismo pensaba la joven tras haber perdido a sus padres en un accidente y después de haber estado tan cerca del mal.
Margot acudió a la comisaria envuelta en esos pensamientos filosóficos. Ese día cambió sus hábitos. Se alegró de haberlo hecho. Nada más llegar, don Eugenio Benito Poveda la llamó de inmediato para ponerla al día. Por su nerviosismo intuía que se había producido alguna novedad. Vio sobre la mesa de su despacho el expediente de Almudena Pimentel. Había salido de la pila de casos que languidecían hasta pasar al cajón donde solían olvidarse o cerrarse para siempre. Su corazón se paró.
—Hemos recibido una llamada muy alterada de la madre de Almudena —dijo el comisario señalando el expediente—. Según la marquesa, su hija ha acudido al atelier del modisto ese, el vasco… Balenciaga.
—¡Está viva! —Se tapó la cara con las manos—. Durante todos estos años, algo me decía que no estaba muerta. La vidente María Gracia insistía desde el principio en que la veía con vida, y tenía razón.
—Tendrá que ir a París, pero antes hable con la madre. Ha sido ella quien ha recibido la llamada de Balenciaga esta mañana —siguió informando el comisario—. Según nos ha contado, su hija le encargó un vestido y no se ha presentado nadie a recogerlo. Está muy nerviosa, así que vaya a su casa inmediatamente.
Margot tragó saliva y no ocultó su alegría. Habían transcurrido cinco años y aquella era la primera certeza de que se encontraba con vida.
—He pensado que, aprovechando su trabajo en la revista Siluetas, podría entrevistar al modisto sin levantar la liebre —le propuso el comisario.
—Sería la tapadera perfecta —exclamó Margot, aún emocionada—. Ya lo he hecho en más ocasiones.
Salió del despacho y le pidió al inspector Gutiérrez que la acompañara. Estaban todos confusos ante lo que acababa de suceder.
—El tiempo te ha dado la razón. ¡Enhorabuena! —le dijo su compañero. Cogió sus cosas y se fue detrás de ella.
—No te precipites, señora detective. —Morales, tan desagradable como siempre—. Podría ser una equivocación del modisto.
Margot se fue sin contestarle. Estaba tan eufórica que prefería no romper su estado de ánimo.
En casa de los marqueses de Montero, los padres de Almudena los recibieron enseguida. Aquella novedad cambiaba el curso de las investigaciones. «¡Mi hija está viva!», afirmó con gran entusiasmo Silveria Ramón, la madre, nada más verlos.
Margot y Gutiérrez sacaron su libreta y le preguntaron por la conversación con el diseñador.
—Es muy importante que nos diga palabra por palabra lo que le ha dicho Balenciaga.
Con evidente ansiedad, la marquesa pidió al servicio un vaso de agua y, después de dar un sorbo, contestó.
—Ha sido la primera llamada del día —contó la mujer—. Balenciaga ha preguntado por mí y me he puesto de inmediato. Hace años que no voy por su atelier. Siempre acudía con mi hija, pero desde su desaparición…
—¿Qué le ha dicho? Son importantes las palabras exactas. Le pido que las reproduzca tal cual las ha oído —le insistió Margot, consciente de los nervios de doña Silveria.
—Pues creo que dijo algo así como: «Su hija tenía prisa por un traje que no ha recogido, que lleva aquí tres semanas sin que nadie venga a por él».
—Tres semanas sin ir a por él… ¿Qué más le contó? —preguntó Margot.
—Que, cuando fue a hacer la primera prueba, parecía nerviosa y diferente a cuando encargó el vestido. Además, le dijo que la ayudara quitándole el corsé interno.
Sabía Margot que Balenciaga realizaba todos los trajes con esa estructura en el interior. Se quedó pensativa…
—¿Iba sola esta segunda vez?
—Parece ser que la acompañaba una señora. No se la presentó. No sabemos quién es.
—¿Le dijo algo más sobre el vestido?
—No estoy segura, ya sabe, con los nervios… Creo que mencionó algo sobre un cuadro, La caída de Ícaro, de Picasso, creo.
—Es el mural de Picasso que se inauguró hace unos meses —comentó el inspector Gutiérrez, que hasta este momento había permanecido callado—. En la mitología griega simboliza la ambición desmedida y las consecuencias de ignorar los peligros. Representa la falta de prudencia y no medir las consecuencias de los actos. —Margot lo miró con sorpresa y admiración—. Me gustan las leyendas, y esta en especial.
—¿Y qué le pasó a Ícaro? —preguntó la joven detective.
—Estaba encarcelado en Creta junto a su padre, Dédalo, y para que pudiera escapar construyeron unas alas de cera y plumas. Advirtió a su hijo de que no volara cerca del sol, ya que la cera se podría derretir. Pero Ícaro no hizo caso del aviso y, cuando emprendió el vuelo, quiso ir cada vez más alto. Finalmente, el sol acabó derritiendo la cera e Ícaro cayó al mar y murió.
Margot repetía en su cabeza cada palabra que pronunciaban Silveria, la madre de Almudena, y el inspector Gutiérrez.
—¿Notó usted que faltara algo en especial de su hija cuando desapareció hace cinco años?
—Se fue con lo puesto, pero en su bolso se llevó el documento de identidad. ¿No cree que veinticinco años son pocos años para irse por ahí, lejos de su familia?
—No sabría responderle. —En su pensamiento estaba de acuerdo con que su hija hubiera tomado la determinación de irse, si es lo que quería—. ¿Notaron si faltó algo de dinero?
—En su momento ya les dije que no.
—Perdone si repetimos las preguntas, pero debe entender que, con esta nueva pista, debemos recopilar toda la información que sea necesaria. ¿Sabe si se veía con alguna persona? ¿O mantenía alguna amistad que no correspondiera a su círculo?
Silveria tardó unos segundos en contestar. Parecía que buscaba las palabras adecuadas.
—Ella tenía cualidades para el dibujo y por eso entró en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. También era socia del Ateneo de Madrid. Lo dejó todo cuando empezó a pintar: clases, amigas, familia… Desconozco si había alguna persona especial para ella en esos ámbitos. Siempre ha sido muy reservada.
Margot siguió preguntando por temas menores para que la marquesa se tranquilizara. Finalmente, pidió ver su habitación. Una persona del servicio la acompañó hasta la primera planta y pudo observar que el cuarto de la joven seguía intacto. Tal y como quedó el día de su desaparición. Pensó que algo se les había pasado por alto en la primera investigación. Abrió el armario y vio su ropa colgada, como si fuera a regresar de un momento a otro. Observó que alguno de los trajes tenía la etiqueta de Cristóbal Balenciaga. Sabía que la moda le gustaba mucho, como a su madre. Abrió cajones y repasó uno a uno sus papeles. Lo había hecho hacía cinco años, pero los miró con mayor atención. También abrió uno a uno los libros que había en las estanterías. Casi todos eran de pintura, con alguna que otra novela y una guía de París. La persona del servicio la dejó sola durante unos minutos mientras Gutiérrez se quedaba conversando con la marquesa. Margot aprovechó para sentarse en la cama y observar con detenimiento los zapatos.
—¿Con quién te fuiste? ¿Y por qué te interesa Ícaro? —llegó a decir en voz alta.
De nuevo abrió los cajones más personales, que contenían sus camisones y su ropa interior. Los tocó a fondo. Regresó a los zapatos y los sacó otra vez uno a uno. Al llegar a las botas tobilleras, las observó de cerca y tuvo la necesidad de darles la vuelta. En ese momento, cayó un papelito. Lo recogió y lo leyó: «Al menos que el amor nos salve. ¡Huyamos!» Estaba escrito a pluma, pero sin firma. Miró hacia la puerta y se lo guardó en el bolso del que no se desprendía nunca.
«Al menos que el amor nos salve… ¡Huyamos!». ¿Por qué habría guardado en el botín derecho ese papelito con esa frase? Se trataba de una invitación en toda regla a dejarlo todo. La letra era muy estilizada, de alguien con muy buena caligrafía. Regresó al salón para encontrarse con la marquesa de Montero y su compañero, el inspector Gutiérrez.
—He visto que muchos de los trajes de su hija están confeccionados por Balenciaga.
—Y los míos también. Íbamos juntas a París al menos dos veces al año.
—Entonces esta es la primera noticia que tiene de su hija en cinco años…
—Sí. —Sus contestaciones cada vez eran más escuetas. Después de tanto tiempo sin llorar, las lágrimas brotaban en tromba.
—¿Qué sabe usted del pintor Ángel Torres? —preguntó a bocajarro mientras se ponía de pie.
—No sé qué decirle —contestó muy nerviosa.
—Era profesor de Almudena y desapareció justo en la misma fecha que su hija. Se fue de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando despidiéndose de la noche a la mañana de sus alumnos. A su mujer tan solo le dijo que el amor se había acabado y que se iba justamente a París a encontrarse consigo mismo y empezar de nuevo. ¿Se fue con su hija?
—¿Y por qué no le hacen a él esa pregunta? —replicó Silveria Ramón.
—El pintor está en paradero desconocido —contestó Margot.
—Parece que se lo haya tragado la tierra o haya cambiado de identidad —añadió Gutiérrez.
—Veo que la policía anda tan perdida como el primer día… —La marquesa cortó la conversación con un tono de decepción al mismo tiempo que alzaba la mirada hacia el reloj de pared—. No puedo seguir hablando del tema, lo siento. Estoy esperando una visita que me impide seguir atendiéndolos.
—No se preocupe, ya nos íbamos —dijo Margot—. Muchas gracias por haber avisado a la policía tras la llamada de Balenciaga.
—Después de hoy tengo la esperanza de encontrar a mi hija.
—La mantendremos informada en todo momento —comentó Margot mientras se despedían.
El inspector Gutiérrez y la detective se fueron de la casa de los marqueses de Montero con el optimismo de pensar que el caso no solo no se cerraba, sino que volvía a reactivarse.
A la salida, Margot se despidió de su compañero. Le dijo que ella regresaría a comisaría avanzada la tarde. Se alejó de la residencia de los marqueses, pero, cuando se aseguró de que estaba sola, regresó tras sus pasos y esperó por los alrededores para comprobar si era cierto que Silveria Ramón esperaba una visita. A los diez minutos apareció por allí un hombre muy bien vestido con un traje oscuro y un sombrero de fieltro. Su estatura era media y parecía delgado, de unos cincuenta y cinco o sesenta años. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, con una raya en el medio, y la barba recortada, bien cuidada. Miró su reloj de bolsillo antes de tocar el timbre. La detective sacó su cámara y le hizo varias fotos. Solo pudo sacarlo de perfil.
A Margot le sonaba aquel hombre. Estaba convencida de que lo había visto en alguna reunión o fiesta de la alta sociedad. ¿Quién sería? Revelaría las fotos en el laboratorio de la policía para averiguar su identidad. Antes de marcharse, apareció otro individuo, también con traje. Parecía más joven que el anterior. Tenía el pelo negro, rizado. Llevaba una caja consigo, que protegía con los brazos. Llamó al timbre e, igual que el anterior, pasó al interior en cuanto le abrieron la puerta. A este Margot sí que lo conocía. Era un hombre de moda: Diego Benítez Gambín, marqués de Araciel. Un vidente reconocido entre políticos, empresarios y artistas. Se lo había encontrado alguna vez en Londres. Sabía que de vez en cuando visitaba el palacio de Buckingham. A la reina Isabel II le gustaba que le hablaran del futuro. Deseaba estar preparada para todo lo que le deparara el destino. Además, en Londres, una familia sí y otra no, confiaban en la astrología y en la lectura del horóscopo, y les atraía el espiritismo.
Margot se preguntó qué harían ambos hombres en casa de los marqueses de Montero. ¿Estaría Silveria intentando saber algo más del paradero de su hija tras la llamada de Balenciaga?
Mientras abandonaba el paseo del Pintor Rosales, se acercó caminando hasta la Gran Vía imbuida en aquellos pensamientos. Según llegaba a su casa, comenzó a sentir un dolor de estómago que nada tenía que ver con el hambre. Estaba nerviosa por la presencia de Parker en Madrid. Subió a su domicilio para cambiarse de ropa y arreglarse un poco más de lo normal. Sátur la obligó a sentarse a la mesa y comer algo. No esperó a la noche y, a las dos horas de estar allí, decidió ir a la brigada. Sabía que el jefe de seguridad de la embajada aparecería en cualquier momento. Estaba segura. En el fondo tenía curiosidad por verlo. Se perfumó, se dejó el pelo suelto y se puso su traje de chaqueta oscuro más nuevo. Estaba más delgada que hacía cinco años. También se colocó el sombrero más vistoso de los que tenía. Nada que ver con los sencillos que utilizaba para hacer seguimientos de maridos y mujeres infieles. No era el día ni el momento para hacer caso de los consejos de Vicente Cerezo.
—Señorita, lo va a ver, ¿verdad?
—¿A quién te refieres? —preguntó como si no supiera de quién le hablaba.
—¡Al inglés!
—¡Sátur, por favor! Parker ya forma parte de mi pasado.
—O de su presente —advirtió la mujer—. Hacía tiempo que no la veía arreglarse ni vestirse tanto. Ese traje que se ha puesto le hace un señor tipazo.
—Voy a la brigada. Nada más.
—¿Y el perfume que se huele a distancia?
Margot se puso colorada. Se sentía como una niña a la que pillan mintiendo.
—¡No digas tonterías! Es el de siempre.
—Ya… —Sátur no dijo nada más—. No venga tarde, que el hecho de que no esté Camila me deja a mí con más responsabilidad.
Le dio un beso en la cara y sonrió. En realidad, a Sátur era difícil engañarla.
—¡Deberías ser policía! No se te escapa una —bromeó Margot.
—Con una en la casa es suficiente. ¡Cuídese! A mí ese chico me gustaba. No puedo imaginar el motivo por el que rompió con él.
—¡No empieces! No rompí nada. No llegó a empezar. Simplemente, lo que hubiera se extinguió. Bueno, espero no llegar después de las doce de la n
