INTRODUCCIÓN
Acabo de leer este libro por cuarta vez, y estoy más convencido que nunca de que es el mejor thriller que he leído en mi vida y de que, con Lionel Davidson fallecido, es poco probable que lea otro que lo supere.
Tiene una estructura clásica. Adopta la antigua forma de la búsqueda: el protagonista viaja a un lugar remoto, consigue algo valioso y regresa. Jasón y los Argonautas, La isla del tesoro y Las minas del rey Salomón son sólo tres de la multitud de relatos que siguen este patrón básico. Quizá el ejemplo moderno más famoso sea El señor de los anillos; el valioso objetivo que consigue el protagonista, Frodo, en el momento culminante de su peligroso viaje, es la destrucción del Anillo Único, con el que sólo se puede acabar arrojándolo al Monte del Destino.
La idea de la búsqueda ha sido objeto de numerosos análisis, llevados a cabo prácticamente desde todos los puntos de vista, incluidos el psicológico, el antropológico y el literario. En cuanto a la técnica del relato, en mi opinión existen tres normas que toda buena narración debe respetar: la búsqueda debe ser ardua, debe ser fácil de entender y el desenlace debe dejar muchas cosas pendientes.
No sé si Lionel Davidson tuvo en mente alguno de estos elementos de manera consciente, pero Bajo los montes de Kolima es una de las búsquedas mejor contadas que he leído. El protagonista, Johnny Porter, tiene que viajar desde Canadá hasta un instituto científico de Siberia, oculto en un lugar remoto y protegido por un fuerte sistema de seguridad, y averiguar la razón por la que un antiguo amigo suyo le ha pedido con tanta urgencia que acuda a un sitio tan desolado. Y luego, naturalmente, debe regresar. De modo que el relato se divide, de forma natural, en tres partes: la llamada y el viaje de ida, lo que sucede allí y el viaje de vuelta. Un relato con esta estructura tiene un atractivo irresistible... si se cuenta bien.
Sin embargo, se han escrito y publicado miles de historias de búsquedas, y la mayoría de ellas se olvidarán. Una estructura clásica no lo es todo por sí sola. Que esté «bien contada» implica varias cosas, por supuesto, y la calidad de esas cosas es lo que hace que Bajo los montes de Kolima sea un relato tan memorable. Una de ellas, muy importante, es el protagonista. Jean-Baptiste Porter, o el doctor Johnny Porter, es un indio de etnia gitksan, originaria de la región del río Skeena, en la Columbia Británica. Dotado de un talento prodigioso para los idiomas, a los trece años no sólo habla la lengua de su tribu e inglés, sino también varias más, entre ellas el tsimshian, «una lengua tan singular que los lingüistas no han logrado relacionarla con ninguna otra del mundo». También domina el coreano, el japonés, el ruso y varios dialectos de los pueblos nativos de Siberia. Además, está licenciado en Biología, le conceden una beca Rhodes para estudiar en Oxford y, antes de graduarse, publica Silabario de tsimshian corregido, obra con la que gana una medalla de oro. Por si fuera poco, sabe luchar y es un ingeniero hábil y con experiencia. Y encima resulta sumamente atractivo a las mujeres.
Los héroes tienen que ser notables. Únicos y extraordinarios. Si conociéramos a alguien como Johnny Porter, nos quedaríamos menos impresionados al encontrarnos con un héroe en un libro. Supongo que un lector particularmente escéptico alzaría una ceja ante esta increíble lista de logros; en cambio, a mí me ha convencido, siempre.
Los demás personajes de la novela también son vívidos, cada uno en su estilo. Rogachev, el anciano director del misterioso centro científico, con su oscuro secreto; Lazenby, el académico de Oxford de cabeza bamboleante; la coqueta y provocativa Lidia Yakovlevna, que quiere irse a casa con Johnny y «hacer de todo» con él; la dulce y ciega Ludmila, que quizá sea el personaje más extraordinario de todo el libro; Komarova, la fría y reservada doctora, que sabe más de lo que parece; el brutal contramaestre japonés del Suzaku Maru... Todos ellos están bien dibujados y llenos de vida.
Tal vez los pasajes más destacables del relato sean los que cuentan cómo llega Johnny Porter a Siberia y su partida. El viaje de ida es espantoso, no sólo tiene que soportar dolor —una violenta pelea con el abominable contramaestre, maravillosamente relatada—, sino también un sufrimiento todavía peor, tan repugnante como ingenioso. El viaje de vuelta, en el que Porter intenta hasta desesperarse llegar al estrecho de Bering con temperaturas de cincuenta grados bajo cero, mientras sus enemigos se acercan cada vez más, es una de las mejores persecuciones que se han escrito.
Son los detalles lo que más impresiona. Por ejemplo, no tengo ni idea de si existe un bobik; Wikipedia cree que es el apodo de un vehículo blindado, pero eso no tiene nada que ver. A lo mejor a Davidson le gustó el nombre y se inventó un vehículo para llamarlo así. Pero ese todoterreno feo, cuadradote, inmensamente duro y capaz de soportarlo todo, con neumáticos medio inflados, y que además cuenta con una excelente calefacción, es justo lo que haría falta para viajar por esas regiones, y cuando Porter necesita uno... En fin, en manos de un escritor menos dotado, se limitaría a robarlo. Sin embargo, aquí hace algo mucho mejor. Y debido a la acumulación de detalles de ingeniería convincentes, acabamos creyéndonos hasta la última palabra, y nuestra admiración por Porter —y por el autor— crece aún más.
Dondequiera que miremos, sea cual sea el pasaje que estemos leyendo, hallamos profundidad en los detalles, están pensados a fondo, resultan del todo verosímiles. Para un escritor, el peligro de los detalles radica en cargar demasiado las tintas en ellos: el autor está tan enamorado de la investigación que ha llevado a cabo que desea que el lector se enamore también. Sin embargo, rara vez lo hace. En el momento en que el cariño del autor por tanta información sobrepasa el interés del lector, éste deja el libro y enciende la televisión.
En Bajo los montes de Kolima hay mucha descripción del ambiente, pero en este caso los detalles no son sólo un elemento decorativo. ¿Cómo finge Porter que es un marinero coreano y se incorpora a la tripulación de un barco japonés? ¿Cómo, tras haber llegado a Siberia con un disfraz, cambia su apariencia física y sus modales de forma tan creíble? ¿Cómo penetra al fin en la fortaleza del instituto científico, situado cerca de las negras aguas del lago Tchorni Vodi? Cada paso es necesario, cada detalle hace que el argumento avance. Si el resultado ha sido fruto de la investigación, nos inclinamos ante la diligencia de Lionel Davidson. Si, en cambio, ha sido fruto de su imaginación, nos inclinamos todavía más. (Cuando se escribe ficción, el objetivo de la investigación siempre es llevar la imaginación hasta un punto en el que sea capaz de inventar cosas tan parecidas a la realidad que el lector no pueda notar la diferencia.)
Venga de donde venga, ya sea porque Davidson viajó a lo más remoto de Siberia, pasó muchas horas en la biblioteca o porque simplemente se sentó a su mesa y se lo inventó todo, la totalidad del material está al servicio de uno de los talentos narrativos más grandes del mundo del thriller. Como relato puro de aventuras, esta novela tiene muy pocos rivales. Como historia de amor, valentía, peligro y un frío terrible, es una obra maestra. Ahora bien, el breve episodio que tiene lugar en el corazón del misterio, el callado encuentro entre Johnny Porter y la tierna y herida Ludmila, eleva Bajo los montes de Kolima por encima de cualquier otro thriller que yo haya leído. Éste es el mejor que existe.
PHILIP PULLMAN
PRÓLOGO
¡Cuánto tiempo, querido amigo, cuánto tiempo! ¡Te espero con gran ilusión! Han ocurrido tantas cosas —tantas que no se me pueden olvidar— que aprovecho este rato para realizar un recuento. Y para hacerte una advertencia. Todo lo que sigue te va a parecer muy extraño. Te insto a que recuerdes nuestras conversaciones y a que, por encima de todo, tengas en cuenta dos cosas.
Cada vez que te tropieces con una dificultad a lo largo de este relato, ten por seguro que también me la he encontrado yo. Donde tú dudes, también yo habré dudado. Lo que aquí se narra no son suposiciones.
No son suposiciones. Pero tampoco lo he buscado. Ha sido cuestión de suerte. Pero ¿de suerte «ciega»? Ya lo verás. Poco después de nuestro último encuentro, volví a casa y me tomé unas breves vacaciones con mi mujer en Pitsunda, junto al mar Negro. Allí tuvimos un accidente de tráfico. Ella falleció y yo sufrí heridas graves. Pasé varias semanas en el hospital y otra temporada más en un sanatorio, víctima de una profunda depresión. Mis amigos, mis colegas, todos me instaron a que volviera al trabajo. Y lo hice, pero me resultaba imposible trabajar. Mi instituto ya no significaba nada para mí, mis antiguos intereses habían dejado de interesarme.
Me diagnosticaron una depresión de tipo «clínica», ¡y por consiguiente me trasladaron a una! Allí me sometieron a diversos tratamientos, pero ninguno de ellos sirvió de nada. Poco después, empezó a visitarme cierto académico.
Ese hombre a mí me resultaba sólo vagamente familiar y, sin embargo, enseguida se hizo obvio que sentía un vivo interés por mis asuntos y que estaba muy bien informado sobre ellos. Había consultado a mis médicos a conciencia, estaba al tanto de mi situación personal y, por supuesto, conocía las obras que yo había publicado. A lo largo de una serie de conversaciones, se cercioró de que yo seguía estando al corriente de lo que sucedía en mi campo, y al final me hizo una proposición.
Me dijo que en un centro de investigación situado en el norte necesitaban un director nuevo. El actual se encontraba en un estado de salud muy precario y no le quedaba mucho tiempo de vida. La labor que se realizaba en aquel centro era valiosísima, de modo que habían formado un comité que, ayudado por varios miembros de los «órganos del Estado», llevaba algún tiempo estudiando posibles candidatos. De ello deduje que dicha labor debía de estar relacionada con la seguridad. Así me lo confirmó el académico, y luego prosiguió.
La parte del trabajo que interesaba a los «órganos» no contaría con la aprobación de todos los círculos científicos, por lo que sería perfectamente comprensible y razón suficiente para que cualquiera se negase a realizarla. Él desconocía de qué se trataba, pero tenía entendido que era algo parecido a los estudios que se llevaban a cabo en Fort Detrick, en Estados Unidos, y en Porton Down, en Inglaterra, es decir, investigación de materiales para la guerra con armas químicas y bacteriológicas.
El siguiente aspecto negativo no era menos importante: la persona nombrada para aquel puesto nunca podría dejarlo, porque el retorno a la vida normal no estaba permitido. Eso no quería decir que equivaliera a vivir en una cárcel, nada más lejos, pero ese factor debía tomarse en cuenta, junto con otros dos: la ubicación del centro de investigación y sus condiciones meteorológicas (de lo cual deduje que se trataba de un lugar remoto donde hacía muy mal tiempo).
Al margen de eso, los demás aspectos eran todos positivos. Las condiciones de vida en la estación no eran simplemente buenas, sino lujosas. En el plano profesional, se disponía de un presupuesto casi ilimitado; por lo menos, él nunca había visto que el comité rechazase ninguna solicitud del actual titular. (Y dado que ya ha muerto, puedo decir cómo se llamaba: L. V. Zhelikov.)
Con el programa de investigación ocurría lo mismo que con el presupuesto: era casi infinito. El académico habló largo y tendido de ese tema y cuando ya se iba añadió una última cosa: los anteriores directores del centro habían sido objeto de una rigurosa investigación. La finalidad era, sobre todo, determinar si los candidatos estaban psicológicamente preparados para llevar aquella existencia. Muchos resultaron no estarlo, e incluso entre los seleccionados hubo un porcentaje de fracasos. Nada se pudo hacer por esos desdichados. No podían marcharse, por supuesto, de modo que tuvieron que quedarse allí, infelices de por vida.
En mi caso, dicha investigación no iba a ser necesaria. Sin embargo, dijo, al decidir yo debía tener en cuenta la situación de aquellos «desdichados». Él ya no iría a verme más. Después de pensar con detenimiento sobre el asunto, sólo debía enviarle una tarjeta con un «sí» o un «no». Le contesté que así lo haría.
Le contesté que así lo haría y así lo hice: le envié una tarjeta con un «sí», aunque la verdad es que no lo medité en absoluto. En cuanto lo oí hacerme su proposición, supe que aceptaría. Mis razones eran simples: estaba seguro de que mi dolencia anímica no iba a continuar. La vida sigue, es lo que hace siempre. Y también estaba seguro de que había llegado el momento de cambiarla de un modo definitivo. Además, estaba lo del «lugar remoto donde hacía muy mal tiempo»; era Siberia, desde luego. Pero de esto hablaré más adelante.
Por el momento, diré que envié la tarjeta y que seis semanas más tarde, de manera muy precipitada, sin apenas tiempo para despedirme de mi familia o decirles adónde iba —porque no lo sabía—, viajé escoltado hasta el centro de investigación.
Allí descubrí a qué se debía tanta prisa. A Zhelikov le quedaban sólo unos días de vida. Estaba invadido por el cáncer. Se hallaba en su magnífico apartamento subterráneo, el mismo en el que me encuentro yo ahora, sentado en la silla-cama móvil que él había diseñado —«silla eléctrica», la llamaba—, sumido en un estado de dolor, agotamiento e impaciencia considerables. Aquel día, para poder mantener la cabeza despejada, no se había tomado la morfina. Casi de inmediato empezó a darme instrucciones detalladas sobre cómo debía abordar un problema que había surgido aquella misma semana.
El problema era la recuperación de un mamut. En aquella zona se han encontrado muchos ejemplares de esta especie extinta y lo primordial siempre es llegar a la escena antes que los cazadores nativos, que los utilizan para comer —y que además dirigen un lucrativo comercio de tallas de marfil—. Poco antes, el Gobierno había prohibido estas prácticas y se consideraba delito el hecho de no denunciarlas. Pero esto no tuvo ningún efecto en los nativos de las tribus, que no se «delatan» unos a otros; en cambio, afectó de modo significativo a las labores de construcción. Como entre las grandes cuadrillas de operarios abundan los chismorreos, los hallazgos se notifican de inmediato... y de inmediato van seguidos de una orden de pararlo todo hasta que se hayan inspeccionado debidamente.
Pero éste no es el único aspecto importante. Los animales que encuentran los cazadores están en el interior de cuevas o en otros lugares abrigados donde el calor corporal de un animal muerto se va disipando despacio y los tejidos blandos se deterioran de forma inevitable. Nunca habían encontrado un mamut entero, congelado al instante, por así decirlo, con los tejidos blandos intactos. Lo que emocionaba a Zhelikov era la posibilidad de que en esa ocasión tal vez tuviera un ejemplar con esas características al alcance de la mano.
En un cabo situado al norte del centro de investigación se estaba preparando un emplazamiento para una construcción de gran tamaño. Durante las excavaciones, el suelo había cedido y había dejado al descubierto una grieta. Dentro de ésta había una cornisa y en la cornisa se veía un mamut. Estaba atrapado en el hielo. Era evidente que había caído desde una gran altura y que había muerto en el acto. ¡Un mamut congelado al instante!
Con una impaciencia furiosa, Zhelikov insistía en que yo acudiera de inmediato a la grieta. Demasiado enfermo para viajar él mismo, y receloso de sus ayudantes, llevaba cuatro días esperándome. Dos de esos días yo ya los había pasado viajando, de modo que en aquel momento me sentía casi al límite de mi resistencia física. Pero tal era la fuerza de su carácter que cuando apenas habían transcurrido un par de horas de mi llegada, ya había vuelto a enviarme al frío, a desempeñar una misión sumamente trascendental.
En esa época del año —era febrero— nuestra región tiene casi veinticuatro horas de oscuridad y una temperatura media de cincuenta grados bajo cero. Además, sufre vendavales muy violentos y muy localizados. Al cabo de media hora nos tropezamos con uno de ellos, y aunque el helicóptero era un aparato grande y robusto, estaba ya tan maltrecho de tanto volar entre la ventisca que el piloto se vio obligado a alcanzar una altitud muy superior a la que permitía el contacto visual con el suelo.
Cuando llegamos al emplazamiento, encendimos todas las luces del aparato. Desde tierra nos informaron por radio de que habían encendido también las suyas, pero aun así nos resultó imposible vernos unos a otros. El piloto inició el descenso con precaución, distinguiendo apenas en la ventisca el rombo que formaban las luces, pero en cuanto notó la tremenda embestida que soportaban las palas del rotor, volvió a ascender con rapidez y solicitó instrucciones.
El ayudante principal de Zhelikov y los técnicos de nuestro grupo opinaban que debíamos abortar el intento y regresar de inmediato al centro con el combustible que nos quedaba. Yo, por radio, le pedí una segunda opinión a Zhelikov, sabiendo con toda seguridad lo que iba a decirme. Y no hubo sorpresa. Aquel hombre obsesionado, que se aferraba a la vida por una sola razón, nos dijo que no perdiéramos un tiempo que era precioso y nos ordenó que hiciéramos un único intento, pero uno «bueno», de aterrizar. En cuanto hubiéramos recuperado el mamut, podríamos retrasar la vuelta hasta que mejorase el temporal.
El piloto frunció el ceño, apretó los dientes y descendió de nuevo entre la furiosa ventisca, bamboleándose con violencia por encima de la pista iluminada, hasta que por fin se posó en el suelo manteniendo apenas el equilibrio. Incluso en tierra nos vimos tan zarandeados que, sin desabrocharnos los cinturones, tuvimos que esperar que unos vehículos vinieran a buscarnos para recorrer los doscientos metros que nos separaban del edificio residencial.
En el interior del mismo nos aguardaba una embestida tremenda de calor y de luz. Las estufas de chapa metálica estaban al rojo vivo y los operarios descansaban tumbados en sus literas vestidos sólo con pantalones y camiseta. Al vernos, se lanzaron sobre nosotros como perros ansiosos, pues tras la orden de paralización que había dado Zhelikov llevaban casi una semana inactivos.
Sin dejar que me quitase las pieles, ni siquiera el gorro, me obligaron a examinar de inmediato los planos técnicos de la grieta y de la cornisa en la que se encontraba el mamut, y pocos minutos después estaba otra vez fuera, dirigiéndome hacia allí a toda prisa, a bordo de un «tanque para nieve».
En el emplazamiento de la obra se había excavado una hondonada en forma de cuenco, de paredes muy profundas en su parte central, donde estaba la grieta. Ésta se hallaba rodeada de pilotes de escasa altura, sobre los cuales se habían montado los reflectores que normalmente permitían trabajar en la obra las veinticuatro horas del día. Había también una grúa con dos arneses colgantes en los que nos metimos el ayudante de Zhelikov y yo, luego nos abrocharon las correas a toda prisa y nos bajaron, primero hasta la hondonada y luego, con mayores precauciones, hasta el interior de la grieta.
Arriba había sido imposible hablar, dado el tremendo rugir y ulular del viento, pero a medida que íbamos bajando, el ruido fue disminuyendo y dentro de la grieta quedó reducido a un aullido lejano. El ayudante y yo pronto empezamos a hacer comentarios en tono normal, incluso bajo, porque la estrechez de aquella sima de hielo parecía invitar a ello. Yo llevaba una linterna, dado que hasta allí no llegaba la luz de los focos, y el ayudante —al que llamaré V— llevaba un equipo de comunicación.
Fuimos descendiendo lentamente hasta la cornisa, que al principio sólo parecía un bloque de hielo de forma irregular. Mientras V iba dando instrucciones por el equipo de radio, fuimos girando a izquierda y derecha y hacia abajo, a fin de examinar a la luz de la linterna la estructura del hielo y la forma desdibujada del animal que estaba atrapado en él. El mamut había caído sobre el costado izquierdo, de cara a la sima y con las extremidades hacia dentro, de modo que sólo se distinguía con claridad uno de los colmillos y nada del tronco. Era muy poco lo que se podía apreciar, aparte de su tamaño aproximado, que sería de unos dos metros y medio de largo —lo cual indicaba que era un ejemplar joven—, y la característica elevación de los cuartos traseros hacia el bulto del abdomen. Desde arriba, las varias capas de hielo, de unos setenta centímetros de profundidad en total, tan sólo nos permitían una visión opaca, pero a través de una estrecha apertura que había en un costado era posible distinguir mechones del denso pelaje del mamut.
Estuvimos desplazándonos hacia delante y hacia atrás, arriba y abajo, mientras V, experto en las propiedades del hielo, iba tomando nota de las fallas y tensiones que había en la grieta y sugería modificaciones al plan de rescate que había ideado Zhelikov. A continuación, pedimos que nos izaran e impartimos las órdenes necesarias para que comenzara la operación.
Dos equipos bajaron hasta la grieta armados con ganchos y mangueras de vapor, y en el transcurso de un par de horas cortaron y subieron el inmenso bloque de hielo, que a continuación fue rodeado con las lonas que habíamos llevado y sujeto con cadenas. Dicho trabajo se realizó con la máxima dificultad, en medio del constante azote del viento y la nieve; y justo cuando se terminó, la tormenta cesó y dio paso a una calma gélida, tal como suele ocurrir en esas regiones.
Subimos al helicóptero de inmediato, esperamos mientras amarraban la carga y los rotores la levantaban con cuidado, y después despegamos. Y así, volando a ras de suelo y muy despacio —a cámara lenta, casi como si se tratara de un solemne funeral de Estado—, transportamos al mamut hasta el centro de investigación.
Lo transportamos y lo colocamos con cuidado en el sitio que habíamos preparado para él en el túnel. Cuando acabábamos de retirar las lonas, apareció Zhelikov avanzando erráticamente por la rampa, sentado en su silla.
Durante nuestra ausencia habían obligado al viejo, agotado por el dolor, a tomarse los medicamentos. Aun así, solo en su habitación, en un estado de semiinconsciencia, se había enterado de nuestra llegada y se había «escapado». Empezó a dar vueltas y más vueltas alrededor del bloque de hielo, intentando en vano incorporarse para ver al animal. V y yo le aseguramos que no había nada que ver aparte de un colmillo, pero él, aturdido y ansioso, sospechó que le estábamos ocultando algo, que el bloque se había fracturado durante el traslado y el mamut había sufrido daños. Nosotros insistimos en que nada de eso había ocurrido, pero no lo convencimos.
En el interior del túnel, aquella figura pequeña pero indómita, envuelta en pieles, daba la impresión de haber encogido otro poco desde la última vez que la habíamos visto. Su cabeza no era más grande que un pomelo. Y aun así, intentaba imponer su voluntad. Furioso, repitió que no había que intentar reparar los desperfectos hasta que se hubiera llevado a cabo su operación de rayos X y fotografías del animal. ¡Y dicha operación debía ponerse en práctica de inmediato!
V y yo estábamos tan agotados que casi le revelamos el secreto allí mismo. Experimentamos un alivio inmenso cuando aparecieron a toda prisa su médico y un ayudante y se lo llevaron. Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante un momento, pues éramos conscientes de que la impresión podría haberlo matado al instante.
Bajo la iluminación intensa y uniforme del túnel era posible ver mucho mejor a través de la pequeña apertura de hielo transparente. Se habían desprendido unos fragmentos de escarcha, y ahora se distinguía con nitidez el pelaje del mamut. Pero no era el pelaje de un mamut, sino el de un oso. Los osos no se habían extinguido, al contrario, los había en abundancia, y toda la comunidad de científicos sostenía que llevaban millones de años sin cambiar de forma. Sin embargo, lo que parecían tener delante era un oso con un colmillo.
Aun así, lo dejamos estar por esa noche.
Dormí el sueño de los exhaustos, y a la mañana siguiente, temprano, supervisé la operación de rayos X y la toma de fotografías. Zhelikov seguía durmiendo, muy sedado. Las primeras placas se revelaron en unos minutos y al momento ordené a los miembros del pequeño equipo que guardasen silencio hasta que el propio Zhelikov, tras la preparación adecuada, fuera informado de los resultados. Pero tal cosa no llegaría a suceder. Aquel esforzado guerrero, a la cabeza de los mejores científicos, no regresó del lugar al que se había marchado, fuera el que fuese, y poco antes de las doce del mediodía su manto pasó a cubrir mis hombros. Y, con él, el problema del animal que teníamos en el túnel.
En las jornadas que siguieron, hice que lo fotografiaran una y otra vez, desde todos los ángulos y empleando los medios más avanzados. Pero ya desde la primera placa había quedado claro lo que allí sucedía. No nos habíamos equivocado con lo del pelaje de oso ni con el colmillo. Y, sin embargo, aquello tampoco era un oso con un colmillo: había otros animales, además de los osos, que vestían pieles de oso.
Aquel animal era humano. Una hembra. Medía 1,89 metros, estaba embarazada de treinta y cinco semanas y ya había parido antes.
Estos últimos datos y algunos otros los averigüé más tarde, pero voy a señalar ahora los más importantes.
Sibir —así la llamamos, la «durmiente»— es una hembra bien parecida, incluso hermosa, de cutis claro y facciones regulares. Tiene los ojos grises, ligeramente oblicuos —es el único rasgo «mongol», porque los párpados no presentan el pliegue característico—, y los pómulos elevados y un poco planos. Se podría decir, pues, que pertenece a la raza eslava, si es que dichos términos poseen algún significado, lo que, por supuesto, no es el caso. Ella es anterior, en varias decenas de miles de años, a los eslavos y a todos los pueblos que existen en la actualidad, porque su muerte se produjo hace casi cuarenta mil años.
Según nuestros cálculos, tenía dieciocho cuando se cayó en la grieta y se rompió el cuello. Acababa de ingerir una comida a base de pescado, del cual llevaba más en una bolsa de gran tamaño fabricada con piel de reno. La bolsa colgaba de un trineo, del que ella iba tirando, y el colmillo —en realidad un cuarto de colmillo, la parte curva y terminada en punta— estaba unido al trineo a modo de patín. El otro colmillo-patín, obviamente a consecuencia del impacto, se rompió y cayó a la grieta, más abajo. La fuerza del choque desplazó la carga del trineo y la repartió alrededor del cuerpo y por encima de él, lo que producía la impresión de abultamiento y longitud que habíamos visto.
Sibir había caído sobre su costado izquierdo, con el brazo izquierdo —era zurda— extendido, quizá en un intento de proteger al hijo que llevaba dentro. Aquel feto, responsable del pronunciado «bulto», le habría causado de todas formas problemas en el momento del parto, porque tenía una cabeza muy grande: resultaba obvio que el padre era un neandertaloide (no el neandertal especializado que vivía en Europa, sino uno anterior y más generalizado, que poseía un cráneo más grande; en este sentido, su sucesor europeo suponía un retroceso; la evolución no avanza siempre en línea recta).
Aparte del brazo y el cuello rotos, no había sufrido más lesiones. Se había congelado rápidamente, con lo que el daño cerebral fue mínimo. Y era perfecta. Y además estaba entera: labios, lengua, carne, órganos —el aparato digestivo se había detenido en plena asimilación del pescado—, todo fresco y sano, congelado al instante. Hasta tenía saliva en la boca. Dejando de lado su estatura, parecía moderna en todos los sentidos. Y, sin embargo, en todos los sentidos no lo era. De esto también hablaré más adelante.
Ahora he de decir dos cosas. La primera: de todas las tierras habitadas que existen en el mundo, esta región, dotada de hielos prehistóricos, es la única en la que se podría producir un hallazgo semejante. La segunda: dicho hallazgo tuvo lugar precisamente en el momento en que podía ser de utilidad, hemos procedido con sumo cuidado y Sibir apenas ha sufrido daños. Nunca me permitiría desfigurarla.
La contemplo con frecuencia. Sigue en mi túnel, serena e intemporal, detenida para siempre en sus dieciocho años. Ya la verás. Así pues, éste el final de una larga cadena de coincidencias y el comienzo de otra... Esta otra, tan trascendental, es la razón por la que estás aquí.
No dudo de que tendrás muchas cosas que contarme en relación con esto. Bien, espero que me las cuentes.
Ahora vamos a empezar.
UNO
EL CARTERO Y EL PROFESOR
1
A las nueve menos diez de una mañana de junio, una mañana resplandeciente y luminosa que auguraba un día de mucho calor, una mujer de sesenta y tres años recorría las calles de Oxford en bicicleta.
Iba pedaleando despacio, corpulenta y majestuosa como una antigua reina de Holanda, con un sombrero para el sol que se agitaba con el bamboleo y un vestido de flores que ondeaba con la brisa. Sus muslos floreados subían y bajaban hasta que, al doblar por la calle principal, se detuvieron para hacer un alto ante un semáforo que estaba cambiando a rojo. Al momento, la mujer se bajó del sillín y apretó el freno, si bien un poco tarde, lo que hizo que sus pies, calzados con sandalias anchas, dieran una serie de saltitos mientras sujetaba la bicicleta.
Mala coordinación. Oh, schrecklich, schrecklich. El día estaba siendo espantoso, y no digamos su dolor de cabeza. Aprovechó la oportunidad para quitarse el sombrero y abanicarse, y también para coger un pico de la falda, que se le pegaba a la piel, y sacudirla un poco.
Su hermana le había aconsejado que ese día se quedara en la cama. Ni hablar. Habiendo rebasado en tres peligrosos años la edad de jubilación, no podía consentir que un resfriado le impidiera levantarse de la cama. Su jefe no iba a quedarse acostado, y había otras personas que codiciaban su puesto de trabajo. La señorita Sonntag no se resfriaba en invierno, como el resto de la gente, sino en verano, durante las olas de calor, y con una pasmosa intensidad. Cuando el mundo entero estaba lleno de flores y encanto, ella se transformaba en una lerda. Ahora tenía calor y después frío, se sentía mareada y aturdida, una completa idiota.
El semáforo cambió, y ella se subió de nuevo al sillín y volvió a pedalear con aire regio. En la ciudad de las bicicletas, ese día no había muchas. En la universidad estaban de vacaciones, pero el profesor para el que ella trabajaba todavía no. Mientras él no las cogiera —cosa que no sucedería hasta que el río Spey tuviera más salmones—, ella no tendría tiempo libre. ¡Ay!
Pasó por delante de Brasenose y también de Oriel y All Souls. Entró en la calle sin salida cuando todos los relojes empezaban a dar las nueve. El pequeño y asfixiante patio delantero estaba desierto; no había ninguna bicicleta en los soportes. Puso la cadena a la suya y entró con gesto cansado. El conserje había ordenado el correo y había separado el que correspondía al profesor sujetándolo con una goma elástica. Ella se quitó el sombrero y estornudó.
El ambiente de su despacho estaba enrarecido pero era fresco. Intentó apagar el aire acondicionado pero no pudo, de modo que en vez de eso abrió la ventana. Enchufó el hervidor y buscó el correo del profesor. Pero no lo encontró. Sin embargo, lo había dejado en alguna parte. Se sentía la cabeza tan embotada que ya no recordaba dónde. ¿En el vestíbulo, tal vez, cuando había llegado? Salió y miró fuera. Nada.
El hervidor de agua estaba silbando, así que volvió a entrar, se preparó una taza de café y colgó el sombrero. Debajo de él, en la silla, estaba el correo. Lo observó, aburrida, y se sonó la nariz. Después bebió un sorbo de café y se puso a trabajar, pero casi al instante la interrumpió el teléfono. Contestó sin dejar de desplegar las cartas y tirar los sobres a la papelera, y cuando colgó ya había terminado con todas. Entonces cayó en la cuenta de que pasaba algo raro con el correo. Había seis sobres, pero sólo cinco cartas.
Las revisó con gesto inexpresivo y luego miró por el suelo y en la papelera. Dentro estaban los seis sobres extranjeros, y también otros diez británicos, todos vacíos. Supo que ése iba a ser un día realmente espantoso. Y también que había llegado su jefe; su figura, larga y encorvada, acababa de pasar por delante del cristal de la puerta. Se sentó en el suelo sobre los talones y durante unos momentos pensó en el consejo que le había dado su hermana, pero se tranquilizó y luego, de forma un tanto atolondrada, empezó a emparejar cartas y sobres para averiguar qué era lo que faltaba.
Había diez sobres británicos y diez cartas británicas; tres sobres de Estados Unidos y tres cartas de Estados Unidos; dos sobres de Alemania y dos cartas de Alemania; un sobre de Suecia y ninguna carta de Suecia. Miró de nuevo este último. Parecía barato. Habían escrito la dirección en un trozo de papel de seda y después lo habían pegado con cinta adhesiva. Estaba vacío. Al cabo de un rato, incapaz de entender nada, se limitó a llevárselo todo al profesor y decirle que faltaba una carta.
Él levantó la vista, extrañado.
—¿Que falta una carta, señorita Sonntag?
—En este sobre no hay ninguna carta.
El profesor lo inspeccionó.
—Gotemburgo, Suecia —dijo—. ¿Qué hay en Gotemburgo, Suecia?
—¿La universidad, quizá?
—¿Con profesores distraídos, quizá?
Ese mismo pensamiento se le ocurrió a ella justo cuando él lo mencionó, y maldijo su resfriado. Si las circunstancias hubieran sido otras, lo habría pensado ella primero y habría dejado el sobre donde estaba —cosa que, tal como pensó más tarde, seguramente había hecho por lo menos en una ocasión anterior—. El embotamiento la había impulsado a rebuscar en la maldita papelera.
Aún tenía la cabeza aturdida, pero replicó impasible:
—Pues a mí no me parece que la carta la haya enviado un profesor. Quiero decir, ya sé que no hay carta, pero...
—No pasa nada, señorita Sonntag.
El profesor se quitó la chaqueta. Su insólita cabeza, grande y bamboleante, se movía en diversas direcciones inesperadas, estaba más calva que un huevo. Y ahora aparecía reluciente.
—Aquí dentro hace un calor horrible —se quejó—. ¿Funciona el aire acondicionado?
—Sí, sí. —La señorita Sonntag estornudó con gesto defensivo, sonándose con un Kleenex—. Para que no se me vaya el resfriado.
Observó cómo su jefe se ajustaba las gafas detrás de las orejas y examinaba el sobre con más detenimiento.
La dirección estaba escrita a bolígrafo, en letras mayúsculas y temblorosas:
PROFESOR G. F. LAZENBY
OXFORD
INGLATERRA
El profesor Lazenby echó un vistazo a la parte posterior del sobre y luego volvió a mirar el anverso. Lo levantó para escrutarlo al trasluz. Era de avión, muy delgado, casi transparente. Miró dentro, y un instante después, sacó un trocito de papel de seda que estaba parcialmente adherido al fondo.
—¡Vaya! —exclamó la señorita Sonntag—. No había visto eso.
—No pasa nada, señorita Sonntag.
En el trocito de papel no había nada escrito. Lazenby puso el sobre boca abajo y le dio unos leves golpes con el dedo, cuidadosamente.
—¿No estará pensando que ahí dentro había algo y que yo lo he tirado a la papelera? —dijo la señorita Sonntag, alarmada.
—Podemos ir a mirar.
—¡Yo me encargo, no se preocupe! Lo siento muchísimo, no se me ha ocurrido que...
Miraron en la papelera los dos juntos. Recuperaron los sobres y los fueron sacudiendo uno por uno. Los sacaron todos, pero en la papelera no había nada más que otro trocito de papel de seda en el fondo.
En ese momento, la señorita Sonntag se acordó de que cuando estaba abriendo el primer sobre había sonado el teléfono, y que aquel primer sobre, que por consiguiente fue el primero en ir a la papelera, era el de Suecia. Empezó a explicárselo a su jefe, pero Lazenby se limitó a contestarle:
—No pasa nada, señorita Sonntag.
Luego, ambos regresaron al despacho acristalado que quedaba enfrente del laboratorio principal. A aquellas horas había allí unos cuantos estudiantes de posgrado trabajando, era el Departamento de Microbiología.
Lazenby se sentó en su sillón y se alisó la corbata. Luego contempló los dos trocitos de papel y los olfateó.
—Son papeles de liar cigarrillos —declaró. Tomó uno para mostrárselo a la señorita Sonntag y miró el sobre de nuevo—. La dirección también está escrita en un papel de fumar —dijo.
—¡Vaya! Yo no entiendo de estas cosas... No sé qué se espera que haga —dijo la señorita Sonntag con voz débil. No percibía ningún olor en aquel papelito.
—¿Qué tal si me trae una taza de café? —contestó Lazenby—. Y... llame también a ese tipo de los Servicios Científicos. Ya tiene su teléfono.
Con el rabillo del ojo, miraba uno de los papeles. En él no había nada, pero se le ocurría que a lo mejor sí contenía algo. En la superficie se distinguían unas levísimas muescas.
—Por supuesto. Enseguida, profesor. Pero me gustaría decir —añadió la señorita Sonntag en tono formal— que si no tuviera este resfriado no habría cometido semejante error. No es algo que...
—¿Qué error? No ha cometido ningún error, Dora —respondió Lazenby con amabilidad, y también con mucho acierto—. Ha sido usted muy aguda al darse cuenta de ese detalle, muy aguda. Tiene mi admiración.
—¿No me diga? Vaya, gracias. Sí. Café —respondió la señorita Sonntag, y por poco salió volando en dirección a su propio despacho, toda ruborizada.
No recordaba cuándo había sido la última vez que el profesor la había llamado Dora. Recuperó milagrosamente el sentido del olfato. Ahora olía a flores por todas partes y también percibió el agua de lavanda que se había echado, y por la ventana abierta vio Oxford, tan maravilloso, y más allá el resto de aquella campiña, la más amable y bondadosa de todas las que existían en el mundo.
La señorita Sonntag y su hermana, Sonia, que era unos años mayor que ella, procedían de Alemania y habían encontrado en Inglaterra un remanso de paz justo antes de la guerra, gracias al «patrocinio» de un amigo de su padre, médico como él, que las acogió en su casa de Oxford mientras duró el conflicto y más adelante se tomó mucho interés por su bienestar. En Alemania, Sonia abrigaba la ambición de llegar a ser médico y a Dora la atraía el mundo académico, dos sueños inalcanzables para ellas en aquel país, y tampoco fáciles de conseguir en Inglaterra, dado que llevaban varios años de retraso en los estudios. Al final, Sonia terminó siendo enfermera y Dora empezó a trabajar de administrativa en la universidad, sin casarse ninguna de las dos, hasta que el profesor Lazenby se llevó a Dora a su propio instituto. Eso sucedió quince años atrás, y Dora estaba con él desde entonces.
Tres azucarillos en el café. Lo removió con la cuchara, todavía eufórica tras recibir aquel elogio por ser tan concienzuda en el trabajo. De repente se acordó de la otra cosa que le había pedido el profesor: que llamara al tipo de los Servicios Científicos.
2
El tipo de los Servicios Científicos era un antiguo alumno de Lazenby al que éste recordaba, principalmente, como una persona un tanto chapucera en su trabajo pero muy hábil a la hora de cubrir las apariencias cuando un experimento salía mal. Se había graduado con un decepcionante tercer puesto en su promoción y había conseguido un empleo en el antiguo Ministerio de Agricultura y Pesca. De allí pasó a otro trabajo, y a partir de entonces Lazenby le perdió la pista. Volvió a aparecer, solicitando ayuda urgente e invitando al profesor a almorzar, unos días antes de que éste pronunciara una conferencia en Viena. Aunque tenía muchos asuntos de los que ocuparse, Lazenby no pudo negarse a atender la súplica de un antiguo alumno. Sin embargo, se sorprendió muchísimo al ver la opípara comida con que lo obsequió. Durante el almuerzo, el antiguo alumno lo invitó, según le pareció entender, a que se hiciera espía.
—No, nada de eso, profesor. Ésa es una palabra demasiado fuerte.
—¿Quieres que informe de lo que me diga la gente en privado en Viena?
—No de los asuntos personales, por supuesto. Sólo de los programas, de las partidas caras para el presupuesto. Hay una cantidad inmensa de duplicaciones, y eso no puede ser bueno para la ciencia, profesor.
—¿Quieres que averigüe si alguien está copiando mi trabajo y te lo diga a ti?
—Podrían averiguarlo otros y decírnoslo a nosotros. Y en ese caso los Servicios Científicos se lo dirían a usted.
—¿Los Servicios Científicos son un organismo del Gobierno?
—Una especie de organismo del Gobierno.
—Ya veo.
Había oído decir que en Estados Unidos existía un organismo de ese tipo. Lo llamaban CIA, y lo cierto era que muchos científicos americanos le prestaban ayuda del modo que ellos dos habían mencionado. Rezó para que aquel mal no prendiese en Inglaterra.
—Bueno —dijo—, gracias por el almuerzo, Philpott. Lo he disfrutado de verdad.
—¡Inténtelo, profesor! Deje que le envíe material de su especialidad.
—Por nada del mundo. ¿Quién se lo ha facilitado?
—Bueno... personas que usted conoce. Todas de alto nivel.
—¿Y por qué no me lo han dado a mí?
—Porque no son conscientes de la importancia que tiene, espero. Hay que ordenarlo un poco, ya sabe. Son cosas sueltas por aquí y por allá.
—Ya. —«Cosas sueltas.» Aquello olía mal—. De acuerdo, podría interesarme —dijo.
—Le interesará, profesor, se lo prometo. Es un material sumamente útil, sobre todo teniendo en cuenta los presupuestos actuales. Todos nuestros colaboradores están de acuerdo.
—Y si decido no colaborar, ¿seguiré recibiendo ese material tan útil? —preguntó Lazenby.
—Es por el bien del país, profesor.
—¿Del país?
—De la ciencia. —Philpott parpadeó—. Que no conoce fronteras. Eso me lo enseñó usted mismo. La República de la Ciencia. El hecho es que... algunos fragmentos sueltos no le sirven de nada a una persona, pero resulta que le son de gran utilidad a otra. Eso ocurre con mucha frecuencia. Sinceramente, profesor, lo hacen todos.
—¿Quiénes?
—Los extranjeros. Esperan que se haga. Y se sorprenderían mucho si supieran que usted todavía no colabora con personas como nosotros. ¡Se lo aseguro!
—Está bien, te tomo la palabra. Y el material —añadió Lazenby con seriedad.
Para su sorpresa, aquel material resultó ser útil, en efecto. Eran cosas sueltas, como había dicho Philpott, pero reunidas con habilidad. Y era cierto que revelaban una posible duplicación de algunos trabajos previstos. No era mucho, pero sí lo suficiente como para hacerle pensar.
Había accedido a la petición de Philpott con un leve sentimiento de culpa. Pero no estaría traicionando la confianza de nadie, tan sólo se trataba de datos sueltos que podrían resultar de interés para alguna que otra persona de la «república». Además, aquellos datos sueltos llegaban hasta él intercalados con otros, en los boletines que recibía de forma periódica de los Servicios Científicos. Esos boletines no llegaban por correo, sino por mensajero, acompañados de una nota que sugería que debían ser leídos prontamente y rogaba que no se fotocopiasen.
Hubo una ocasión en que un boletín se quedó varias semanas traspapelado, sin leer, y la señorita Sonntag se asombró al descubrir que había desaparecido todo lo que estaba escrito en él. Con el fin de impedir que se repitiera aquella desgracia, cuando llegó el siguiente boletín la mujer lo fotocopió. La fotocopia salió en blanco y el original también se borró. Ese incidente —y la forma en que los extranjeros hacían las cosas— fue lo que causó que Lazenby se acordara de Philpott mientras contemplaba aquellos papeles de fumar.
Lazenby quedó con su antiguo alumno para tomar una copa en el Mitre. Philpott había solicitado que se vieran con urgencia, en el instituto o en Londres. Lazenby no tenía intención de desplazarse hasta Londres y no quería que Philpott fuera al instituto. El Mitre era un lugar mucho más discreto, ya que aún no había muchos turistas y los alumnos estaban de vacaciones. Se sentaron en silencio en un rincón y Philpott fue sacando, uno tras otro, varios papeles de su maletín. Uno de ellos era una foto del sobre de Suecia y de los trocitos de papel de fumar; otro, una ampliación de la dirección, y otros mostraban los diversos tratamientos que se habían empleado.
—El sobre y la cinta adhesiva son suecos —dijo Philpott—; en cambio, el bolígrafo no. Los papeles de fumar son rusos, pensamos que los envió un marinero. Seguramente le dieron los cigarrillos y le dijeron que los abriese, retirase el tabaco, metiera los papeles en un sobre y los enviara por correo. La dirección iba en este tercer papel. Estaba escrita a lápiz, muy flojo, y probablemente usted no se percató.
—Así es —reconoció Lazenby.
—Bueno, pues ahí estaba. La mina del lápiz también es rusa. Lo que ocurrió fue que se escribió algo en una capa de papel para que quedase grabado en la capa de debajo. Las capas inferiores se liaron en forma de cigarrillos y se le entregaron al marinero, el presunto marinero, junto con este otro papel para la dirección. El hombre debía pegarlo al sobre con cinta adhesiva y luego repasar lo escrito a lápiz con un bolígrafo.
—Excelente. Muy ingenioso.
—Sí. Esto es lo que ha aparecido en los papeles.
Lazenby observó la fotografía ampliada. Las muescas se veían más grandes y mostraban una serie de números:
01 17 16 (01 18 01-05) 04 05 22 (31 27 12-15)
10 05 19 (46 10 49-52) 20 01 12 (18 11 13-14)
Y había varias filas más.
—¿Qué es esto? —preguntó Lazenby.
—Como puede ver, está dividido en segmentos, cada uno de los cuales empieza por un grupo de tres números. No haga caso de los que están entre paréntesis. El primer grupo es uno, dieciséis, quince; el siguiente, cuatro, cinco, veintiuno; el siguiente, diez, cinco, dieciocho... Es una clave alfabética. El uno representa la letra A, el dos la B. ¿Ve lo que va saliendo?
Lazenby lo intentó durante un minuto entero y acabó perdiéndose.
—El primer grupo dice A-P-O —explicó Philpott—. El segundo dice J-E-R, el tercero D-E-U... Son libros de la Biblia. Los dos primeros números del paréntesis indican el capítulo y el versículo, y los que van con un guión identifican las palabras buscadas. Aquí lo tiene.
Lazenby observó lo que había en otra hoja.
Yo soy el que vive / todavía estoy vivo / en el país del norte / en oscuras aguas / en la naturaleza inhóspita donde aúlla el viento / ¿Por qué razón no me respondes? / He aquí las cosas nuevas que vengo a declarar / los ojos de todos / serán abiertos / Envíame, pues, al hombre / que entiende la ciencia / de todo ser viviente / Déjame oír tu voz respecto a esto / el primer día a medianoche / Voice of America.
—¿La cadena Voice of America aparece en la Biblia? —preguntó Lazenby, divertido.
—Bueno, no —confesó Philpott—. Ese grupo de números dio como resultado «VOA», que no corresponde a ningún libro de la Biblia. Sin embargo, es fácil de deducir por el contexto.
—Ah. Igual que la mención de la ciencia, ¿no?
—¿La ciencia? No, eso está en el libro de Daniel. —Philpott consultó otro papel—. Sí, Daniel, capítulo uno, versículo cuatro.
—Bien. —Lazenby se terminó la copa—. Bueno es saberlo —comentó.
—¿Tiene alguna idea de lo que quiere decir esto, profesor?
—Ninguna en absoluto. Cuéntame la que tienes tú.
—Pues... —Philpott frunció el ceño— estamos convencidos de que se trata de un científico ruso, un biólogo, alguien especializado en ciencias de la vida. Es evidente que lo conoce, personalmente o de oídas. Ha intentado ponerse en contacto con usted en otras ocasiones. Ha dado con algo que le parece muy importante y quiere que usted le haga saber si lo ha recibido y lo ha entendido. Y tiene acceso a Voice of America. Eso es, más o menos, lo que deducimos que significa el texto.
Lazenby reflexionó unos instantes.
—¿Habéis tenido en cuenta la posibilidad de que ese tipo sea un chiflado? —preguntó.
—Se ha tomado muchas molestias, profesor.
—Los chiflados se toman muchas molestias.
—Puede. Pero, en este caso, da la casualidad de que sería un chiflado judío o alguien de origen judío.
—¿Por haber recurrido a la Biblia?
—No, por sus pulgares. Dejó dos huellas bien claras en cada uno de los papeles.
—¿Se puede distinguir a un judío por el dedo pulgar? —preguntó Lazenby, mirándolo fijamente.
—Al parecer, existe un rasgo denominado «espiral judía». Los israelíes son expertos en él. Sí, Departamento de Criminología —leyó Philpott—, Tel Aviv. En esa parte del mundo se les da muy bien distinguir a un judío de un árabe. Genéticamente es un rasgo dominante, de manera que tiende a aparecer incluso cuando hay mezcla de razas. Aquí, lo interesante es que, como puede ver, esta persona quiere hacer hincapié en que está viva, como si se diera por supuesto que ha muerto. Tenemos la esperanza de que usted se acuerde de algún biólogo judío que lleve unos años desaparecido. Creemos que él sí lo conoce a usted personalmente, desde luego le habla de una forma muy directa, como si pensara que recordará quién es. Eso significaría que él ha viajado al extranjero para dar conferencias, dado que usted nunca ha visitado la antigua Unión Soviética.
Lazenby intentó recordar cuándo le había dicho a Philpott que nunca había visitado la antigua Unión Soviética y llegó a la conclusión de que no se lo había dicho.
—Lo pensaré —dijo.
—Le estaríamos muy agradecidos. De hecho, ya se han llevado a cabo algunas investigaciones preliminares. ¿Puede decirme qué sabe usted de estas personas? —le preguntó su antiguo alumno, pasándole una lista de nombres.
Eran unos diez y a Lazenby todos le resultaron vagamente familiares; todos estaban de alguna manera relacionados con la biología.
—De este tal Stolnik sé una cosa —dijo, fijándose mejor—: que ha muerto. Falleció hace ya unos años, creo.
—Sí. Tenemos las necrológicas, pero yo no me preocuparía mucho por eso. Puede que haya tenido que desaparecer.
—Ah... ya. Bueno, ha pasado mucho tiempo, claro está —comentó Lazenby. Sin duda, había pasado mucho tiempo. De hecho, creía que la mayoría de las personas que figuraban en la lista estaban muertas. Desde luego, una de ellas había sufrido un accidente de tráfico grave—. Supongo que los he conocido a todos.
—¿Es posible que figuren en su agenda?
—Yo no tengo agenda.
—Entonces en la de la señorita Sonntag. En la agenda de reuniones.
—¿En qué fecha?
—Hace cinco años. Quizá diez.
—Es más que improbable. De todas formas, ¿qué es lo que esperas encontrar?
—Citas, reuniones que tal vez podamos reconstruir.
Y quizá alguna mención a otra persona.
—¿Qué otra persona?
—El autor de este mensaje quiere que usted le envíe a alguien. —Philpott buscó el momento exacto en el texto—. «Envíame, pues, al hombre / que entiende la ciencia / de todo ser viviente.» ¿Otra copa, profesor?
—Está bien, pero muy floja. Y con mucha gaseosa.
Philpott trajo las copas.
—La impresión que tenemos —dijo al tiempo que se sentaba— es que debe de tratarse de un tipo muy particular. Alguien que usted conoció o con el que habló dentro de un grupo. ¿Podría ser?
—Sí, supongo que sí.
—¿Es posible que encontremos algo en su correspondencia?
—En diez años de cartas...
—Bueno, en eso podríamos echarle una mano, por supuesto —replicó Philpott.
Lazenby bebió un sorbo de su copa con gesto pensativo. Aunque su antiguo alumno no era una lumbrera para la ciencia, nunca le había parecido idiota del todo. Por fuerza tenía que resultarle obvio que aquello era obra de un bromista.
—Philpott, ¿por qué crees que alguien iba a escribirme un mensaje en papel de fumar? —le preguntó.
—Cuando no se tiene otra alternativa, si es que ése era su caso, no es mala opción. Además, si te descubren, el cigarrillo tiene la ventaja de que te lo puedes fumar.
—Ya. Entonces, ¿para qué iba a molestarse en escribir el mensaje en clave?
—Por si acaso lo descubren a usted y no puede fumárselo.
—Pues, por lo que veo, la clave no le ha dado mucho trabajo a tu gente.
—Cuando descubrieron que se trataba de la Biblia, no. Pero las personas que no la han estudiado en el colegio no lo tendrán tan fácil, desde luego. Además, la Biblia rusa no es como la inglesa; los nombres de los libros varían, según tengo entendido, y la forma de indicar los capítulos y los versículos es otra. En cualquier caso, quien sea ha actuado con precaución. Es un tipo cuidadoso.
—Hum. —Lazenby volvió a reflexionar—. Que le envíe un hombre —dijo—. ¿Cómo voy a hacer eso?
—Bueno, los americanos opinan que...
—¿Los americanos?
—Este tipo quiere que le responda a través de Voice of America, una emisora de radio americana... Bueno, ellos opinan que primero hay que encontrar a la persona en cuestión. Seguro que después encontraremos el cómo. Esa persona sabrá cómo proceder.
—¿Y no te parece que sería más sensato que le hubiera enviado los papelitos de fumar a ese otro tipo?
—Sí, sería mucho más sensato —convino Philpott—. Lo cual nos hace pensar que no sabe dónde se encuentra ese otro hombre en cuestión, o duda que tenga los contactos que usted tiene.
—¿Que no tenga nadie a quien enseñarle los papeles de fumar?
—Exacto.
—Ya.
Lazenby se quedó mirando los documentos. Estaba claro que para todas las preguntas que formulase tendrían ya una respuesta a punto. Aún le quedaban algunas, pero decidió no plantearlas. Faltaban muy pocos días para que se marchara al río Spey, y nada, sobre todo nada tan disparatado como le estaba empezando a parecer aquel asunto, iba a interferir en sus planes.
—Profesor —dijo Philpott—, ¿me permitiría acceder a sus archivos ahora mismo? Es por ir adelantando trabajo... si es que usted no tiene inconveniente.
—Tengo todos los inconvenientes. Por supuesto que no, Philpott.
—Eh... ¿y a los de la señorita Sonntag?
—Se lo preguntaré. ¿Qué es lo que buscas, exactamente?
—Cualquier cosa relacionada con los hombres de la lista. Pensamos que tiene que ser uno de ellos.
—¿Por qué?
—Porque todos han estado en contacto con usted en algún momento. Y porque en la actualidad todos se encuentran fuera de circulación. No están en un hospital ni han estado recientemente. No se han jubilado. Por lo menos no cobran pensión. Y tampoco han fallecido, a excepción de un par de casos dudosos. Casi con toda certeza, están trabajando en algo.
—Ya. ¿Y quién dice todo eso?
—Los americanos. Son, con mucho, los mejores en este campo —contestó Philpott, asintiendo con la cabeza—. Y cuentan con un Departamento Biográfico excepcional, sumamente especializado y actualizado. Por ejemplo, conocen la ubicación y el personal directivo de todos los centros de trabajo del sector... Bueno, de diferentes sectores. Esa persona no está en ninguno de ellos, por tanto debe encontrarse en algún otro que ellos desconocen. Y eso los fastidia. Los fastidia mucho. Quieren ponerse a trabajar en ello enseguida, en cuanto nosotros tengamos por dónde empezar.
—Ya veo —contestó Lazenby con el ceño fruncido.
Lo que veía, sobre todo, era que si permitía que aquel asunto continuara creciendo, iba a hacerle perder muchísimo tiempo.
—¿La señorita Sonntag podrá ponerse con ello de inmediato?
—Se lo preguntaré, desde luego.
—Es un asunto de máxima urgencia. Y hay otra cuestión. ¿Alguna vez ha ocurrido algo parecido a esto, es decir, ha recibido otro sobre que pareciera no tener nada dentro? Seguramente no procedía de Gotemburgo, sino más bien de Hamburgo o de Róterdam. Es más probable que de Róterdam.
—También puedo preguntárselo a la señorita Sonntag. ¿Por qué?
—En este momento no se lo puedo decir, pero lo haré en cuanto me autoricen. Y al mismo tiempo le entregaré mucha más información. Por supuesto, si recuerda algo, profesor, espero que se ponga en contacto conmigo inmediatamente.
—Desde luego, desde luego, Philpott —respondió Lazenby, y a continuación borró todo aquel asunto de su cabeza.
No quería seguir pensando más en ello, lo tenía muy claro. Mensajes en clave, centros de trabajo desconocidos... Que se encargaran ellos de todas esas cosas.
Y, de hecho, eso era lo que ya estaban haciendo.
3
Se suponía que el centro de investigación desconocido era de biología y que la labor que se llevaba a cabo en él tenía que ver con la biología militar. De momento eso era lo que más interesaba a la CIA, y en sus oficinas centrales de Langley, situadas a trece kilómetros de Washington, había un equipo de especialistas dedicados a localizarlo.
Empezaron suponiendo que debía de contar con un suministro independiente de electricidad y de agua, y también con almacenes de productos químicos, corrales para animales, centrales de descontaminación, y que dispondrían de diferentes medidas de seguridad. Todo ello requería personal y espacios de alojamiento, así como alguna vía de acceso, probablemente una pista de aterrizaje. Pero, por encima de todo, requería un emplazamiento remoto.
La «naturaleza inhóspita donde aúlla el viento» del «país del norte», que obviamente era Siberia, seguía siendo incluso en tiempos modernos un lugar del planeta que no tenía rival como región remota. Por sí sola, la zona que ocupaban los bosques ya era un tercio más grande que todo Estados Unidos. En invierno el suelo estaba siempre cubierto de una gruesa capa de nieve y hielo y en verano predominaban las ciénagas pantanosas, de ahí que el sistema de carreteras fuera tan rudimentario que el transporte debía ser sobre todo aéreo o fluvial, y el acceso a las zonas de seguridad estaba restringido a quienes contaran con un permiso oficial.
Eso planteaba el primer problema. Si tan difícil era llegar a ese sitio, ¿cómo suponía el desconocido autor del mensaje que una persona procedente del exterior iba a poder acceder a él? Y otro problema igual de importante: ¿cómo había conseguido sacar algo de allí?
Especialistas en transporte a escala mundial ofrecieron una posible respuesta al enigma. En la Siberia continental, el sistema de vías navegables era muy extenso. Sólo en el noroeste había dos ríos, el Obi y el Yeniséi, que contaban con varias decenas de puertos y tenían otros más en construcción, debido a la magnitud del gigantesco depósito de gas natural, el más grande del mundo, que estaba situado entre ambos cursos de agua. Cuando la producción de petróleo de Rusia disminuyó, se pensó en el gas como sustituto, tanto para satisfacer la demanda interna como para la exportación. Para ambos fines se necesitaba el producto con urgencia; y, tal como la observación vía satélite había revelado, estaban trabajando contrarreloj para conseguir el objetivo.
Para financiar el proyecto —que incluía un túnel hacia Europa Occidental de casi cinco mil kilómetros de largo—, se habían negociado enormes préstamos extranjeros que se pagarían con gas y se estaban cobrando en forma de equipos. La dimensión de dichos equipos era impresionante. Aparte de las torres y la maquinaria de extracción, estaban todas las tuberías que debían ir por dentro del túnel. Había también compresores gigantes y estaciones de bombeo ubicadas a intervalos regulares, miles de máquinas excavadoras y decenas de miles de tractores.
En la agitada maraña de pedidos, las compañías navieras occidentales no se habían quedado atrás. El equipo necesario para el yacimiento original se había llevado sobre todo en barcos de la antigua Unión Soviética, pero para el nuevo proyecto, el consorcio director había especificado que, siempre que fuera posible, la maquinaria debía transportarse a bordo de cargueros que fueran propiedad de los países que la suministrasen.
Esos países eran Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Holanda. Todos ellos enviaron barcos con su cargamento, siguiendo la ruta del Ártico. Unos rompehielos rusos garantizaban que dicha ruta permaneciera expedita desde principios de junio hasta principios de octubre, aunque esta última era una fecha que podía variar dependiendo del grosor de la capa de hielo. Un dato que llevó a los expertos a hacer predicciones.
Actualmente estaban en la primera semana de julio y el hielo ya empezaba a formarse. Según las predicciones, no cabía esperar recibir nada del corresponsal desconocido hasta pasado el mes de agosto. Las navieras occidentales, reacias a poner en peligro sus cargueros, incluso en un mes «garantizado», como era septiembre, estaban cediendo su parte del negocio a la flota mercante rusa. No se creía que el mensaje lo hubiera enviado un miembro de dicha flota. Tenía que haberlo hecho un marino extranjero, que debía de estar más familiarizado con los puertos de otros países y dispondría de mayor intimidad para andar manipulando cigarrillos un tanto ambiguos. Por consiguiente, no actuaría pasado agosto.
Pero esto planteó otras preguntas.
Los puertos abiertos a buques extranjeros eran Dudinka e Igarka, en el río Yeniséi, y Noviy Port y Salejard, en el Obi. Dado que las autoridades rusas garantizaban un tiempo de carga y descarga rápido en dichos puertos, no había instalaciones en tierra para alojar a las tripulaciones extranjeras. Por otra parte, nadie tenía permitido desembarcar.
Si los marineros no tenían permiso para bajar a tierra, ¿cómo se las había ingeniado uno de ellos para recoger el mensaje?
Para eso también tenían posibles respuestas. El mensaje había sido entregado al marinero a través de un intermediario. Éste debía de haber tenido tiempo para entablar relación con el marinero, que debía de ser alguien que hiciera aquella ruta de forma habitual. Pero, por habitual que fuera, los únicos habitantes locales con los que el marinero podía verse eran los que tuvieran permiso para subir al barco, normalmente los funcionarios del puerto o los trabajadores de los muelles. Sin embargo, aquélla era una zona de seguridad, en la que ni los funcionarios portuarios ni los trabajadores de los muelles tenían libertad para entrar y salir a su antojo. De modo que el intermediario tenía que proceder de fuera. Y tener acceso al barco... y también al centro de investigación. ¿Qué clase de intermediario podía ser?
Los expertos sugirieron un transportista. Los buques extranjeros no salían de los puertos rusos sin carga. Algunos llevaban a bordo material especializado, que tal vez pudiera permitir que un trabajador especializado subiera a bordo. Tras un examen más concienzudo de los puertos en cuestión, se vio que Dudinka, en el Yeniséi, era el que más probabilidades tenía de gestionar cargamentos especializados. Era el puerto de Norilsk, una gran población industrial y minera, cuyos productos principales eran el níquel y las piezas de precisión fabricadas con aleaciones de ese metal.
Se solicitó un informe acerca del transporte de piezas fabricadas con aleaciones de níquel y, mientras tanto, se plantearon tres propuestas de trabajo:
1. Un marinero que hacía la ruta del Ártico con frecuencia había mandado el mensaje por correo.
2. Dicho mensaje se lo había entregado un intermediario que tenía acceso a su barco.
3. El intermediario era un trabajador especializado cuyas funciones le permitían la entrada al centro de investigación y al puerto.
Estas propuestas —todas acertadas, tal como se vio más adelante— se abordaron a continuación con gran tesón.

«Déjame oír tu voz respecto a esto el primer día a medianoche, VOA» era lo que había pedido el desconocido autor del mensaje. La cadena Voice of America era una filial de la CIA, que era su propietaria, de modo que en ese sentido no había problema. El primer día, en términos bíblicos, era el domingo, y la VOA emitía un programa religioso grabado. Se prep
