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Epílogo
Agradecimientos
Glosario
Créditos
Les ennemis du vin sont ceux qui ne le conaissent pas.
(«Los enemigos del vino son los que no lo conocen.»)
Cita atribuida al profesor Dr. Sellier, Journal de Médecine (Vlok Delport: Boland, Wynland, Nasionale Boekhandel, 1955) y al profesor Portman, probablemente profesor Michel Portmann, doctor en Medicina, de Burdeos (www.alpes-flaveurs.com).
«En un contexto clínico, algunos individuos con depresión muestran una elevada tendencia a la culpa del superviviente, es decir, culpa por haber sobrevivido a la muerte de un ser querido, o culpa por estar mejor que otros.»
Lynn E. O’Connor, Jack W. Berry, Joseph Weiss y Paul Gilbert: «Guilt, fear, submission, and empathy in depression», Journal of Affective Disorders, 71 (2002), pp. 19-27.

1
Cielo y tierra conspiraron para sacar a la luz el cadáver de Ernst Richter; al parecer, el universo se empeñaba en echar una mano a la justicia.
Primero vino la tormenta del 17 de diciembre, que se desató poco después de las ocho de la mañana. Fue un temporal poco corriente pero no extraordinario, generado por una borrasca convectiva de presiones bajas: una monstruosa nube azul oscuro que llegó atronando desde el océano Atlántico, justo al norte de la isla Robben.
Las masas nubosas lanzaron unas lenguas bífidas blancas espectaculares sobre el mar y la tierra, arrastrando consigo una densa cortina de lluvia. En menos de media hora, una precipitación de 71 milímetros inundó Bloubergstrand y Parklands, así como Killarney Gardens y Zeezicht.
Hubo daños por las riadas y caos circulatorio. Los principales medios y las redes sociales hablaron sin cesar del gran causante: el calentamiento global.
Sin embargo, en relación con el cadáver que la tormenta dejó al descubierto, la contribución del planeta fue más modesta; se limitó a que el contorno del veld que se extiende más allá de Blouberg —donde el viento del sudeste había moldeado las dunas al azar, como un escultor ciego— canalizara el agua, y ésta se llevara la arena en torno a los pies de Ernst Richter: uno estaba descalzo y con aspecto trágico, mientras que del otro colgaba, cómicamente, como a media asta, un calcetín negro.
El último eslabón en la cadena de casualidades fue el destino, que hizo que un cámara de veintinueve años llamado Craig Bannister se detuviera a las 11.17 h junto a Otto du Plessis Drive: la carretera costera entre Blouberg y Melkbosstrand. Bannister bajó de su vehículo y evaluó las condiciones meteorológicas. El viento había amainado y las nubes empezaban a abrirse. Quería probar su nuevo dron radiodirigido, el DJI Phantom 2 Vision Plus con cámara de vídeo de alta resolución estabilizada. El Phantom, llamado «cuadrirrotor», era un milagro tecnológico en miniatura. Estaba equipado con GPS y conexión wifi, lo que permitía a Bannister controlar la cámara con su iPhone y ver el vídeo en la pantalla del móvil sólo unos milisegundos después de que el Phantom lo grabara desde el cielo.
Justo pasadas las 11.31 h, Bannister vio una imagen extraña que le hizo torcer el gesto. Maniobró para que el Phantom volara más bajo y se aproximara. Lo mantuvo en el aire a sólo un metro de la anomalía hasta que estuvo seguro.
Arena, plástico negro y pies: estaba muy claro.
No dijo nada. Levantó la mirada del iPhone para determinar con precisión dónde se hallaba suspendido el Phantom y echó a andar hacia allí a paso ligero. Le parecía como si la imagen del vídeo fuera ficción, una escena de telefilme increíble. Siguió una ruta serpenteante, entre matorrales, subiendo y bajando por las dunas. Hasta que llegó a lo alto de la última no lo vio con sus propios ojos. Se acercó más, dejando una línea solitaria de pisadas en la arena compactada por la lluvia.
Los pies asomaban por debajo del grueso plástico negro en el que aparentemente habían envuelto el cadáver. El resto continuaba enterrado en la arena.
—Mierda.
Bannister sacó el teléfono, que estaba todavía conectado al radiocontrol. Se dio cuenta de que el Phantom continuaba suspendido un metro por encima del suelo, grabándolo todo en vídeo. Aterrizó el cuadrirrotor y lo desconectó. Entonces hizo la llamada.
A las 13.14 h, en el Ocean Basket de Kloof Street, sonó el teléfono del capitán de la policía Benny Griessel, que miró la pantalla y vio que lo llamaba la comandante Mbali Kaleni: su nueva jefa en la Unidad de Delitos Graves y Violentos de la Dirección de Investigaciones Criminales Prioritarias (DICP, más conocida como los Halcones). Una posible escapatoria. Respondió con rapidez, ligeramente esperanzado.
—Benny, siento interrumpirte la comida...
—No importa —dijo.
—Te necesito en Edgemead. Farmersfield Road. Vaughn también va en camino.
—Llegaré en veinte minutos.
—Por favor, discúlpame con tu familia.
Kaleni sabía de la «ocasión especial» que Alexa Barnard, la novia de Benny, había preparado.
—Lo haré.
Colgó. Alexa, Carla y el joven Van Eck habían oído la conversación. Estaban mirándolo. Su hijo, Fritz, aún tenía la nariz enterrada en el teléfono móvil.
—Ai, pappa —dijo Carla, su hija, con una mezcla de comprensión y decepción en la voz.
Alexa le tomó la mano y se la apretó para mostrarle su apoyo.
—Lo siento —dijo Benny, y se levantó. Notó la punzada en el costado y en el brazo, aunque no le dolía tanto como por la mañana—. Tengo que ir a Edgemead.
—¿Una masacre? —preguntó Van Eck, el nuevo «amigo» de Carla, un doble de Jesucristo con el pelo largo hasta los hombros y barba rala.
Griessel no le hizo caso. Sacó la cartera y a continuación su tarjeta de crédito. Se la pasó a Alexa. Se sintió aliviado cuando ella asintió y la cogió.
—Anda, dame un beso, mi gran detective.
En el veld al este de Otto du Plessis Drive desenterraron meticulosamente los restos de Ernst Richter, mientras el viento subrayaba el drama soplando unas cuantas ráfagas fuertes durante unos minutos antes de aplacarse otra vez. El sol emergió de repente entre las nubes con un brillo cegador, ardiente, reflejándose en las dunas onduladas y en el todavía turbulento océano Atlántico.
La unidad de vídeo del Servicio de Policía de Sudáfrica (SPS) llevaba a cabo sus grabaciones y el equipo forense se ocupaba de recoger arena con cuidado alrededor del cadáver y ponerla en bolsitas de plástico bien etiquetadas.
Al mando estaba el agente Jamie Keyter, de Table View. Había ordenado acordonar la zona en un radio de diez metros alrededor del cadáver y había solicitado a dos agentes de uniforme que controlaran el tráfico en Otto du Plessis Drive y mantuvieran alejados a los curiosos. Después, con el tono receloso y vagamente acusador que reservaba para ocasiones como ésa, había interrogado a fondo a Craig Bannister.
—¿Por qué ha venido a probar su avioncito aquí?
—No hay ninguna ley que lo prohíba.
—Ya lo sé. Pero ¿por qué no fue a Vlei Road, donde hacen volar los aviones teledirigidos?
—Eso es para los aficionados.
—¿Y?
—Mire, acabo de comprarlo. Soy un profesional. Es un...
—¿Qué clase de profesional?
—Director de fotografía. Trabajo en producciones de televisión y cine. Esto es lo último en cámaras aéreas, es un dron con una cámara de alta definición. Necesito practicar sin tener que andar esquivando un centenar de avioncitos.
—¿Tiene licencia?
—¿Licencia? No hace falta licencia para un dron pequeño.
—¿Así que simplemente paró aquí?
—Eso es.
—Menuda coincidencia —dijo Jamie Keyter en su mejor exhibición de ironía.
—¿Qué está insinuando?
—No estoy insinuando nada. Estoy preguntando.
—Mire, he conducido hasta encontrar un lugar con buenas vistas —explicó Bannister con una paciencia extrema—. La carretera, el mar, la montaña; eche un vistazo. Es espectacular. Necesito practicar para hacer volar este chisme, pero también quería probar la cámara con algo que mereciera la pena. Como este paisaje.
Jamie Keyter se levantó las gafas de sol Ferrari de la nariz para dirigirle a Bannister su mirada de lince.
El otro se quedó quieto, esperando con incomodidad.
—¿Así que lo tiene todo grabado? —preguntó Keyter por fin.
—Sí.
—Muéstremelo.
Miraron el vídeo juntos en el teléfono móvil. Dos veces.
—Muy bien —dijo Keyter, y pidió a Bannister que lo esperase en su coche.
El agente volvió a colocarse las gafas Ferrari sobre la nariz. Llevaba un polo de golf negro que mostraba sus bíceps abultados y unos chinos Edgars con un cinturón de cuero negro. Puso los brazos en jarras y miró los dos pies que somaban por debajo del plástico negro.
Estaba satisfecho consigo mismo. Los pies, a pesar de la decoloración post mortem, eran claramente los de un hombre blanco. Eso significaba atención de los medios.
A Jamie Keyter le encantaba la atención de los medios.
Benny Griessel, cuarenta y seis años, alcohólico en rehabilitación, con seiscientos dos días de sobriedad a sus espaldas, estaba mirando por el parabrisas de su coche, atascado en el tráfico de Buitengracht.
Por lo general, odiaba diciembre.
Por lo general, maldecía entre dientes aquel manicomio de veraneantes con un «Jissis». Sobre todo, a los fokken engreídos de Gauteng, que llegaban escopeteados a Ciudad del Cabo en sus nuevos y relucientes BMW, con sus carteras abultadas, listos para pulirse todos los bonos que habían cobrado para Navidad con aquella actitud de «vamos a reventar el Cabo»; y también a toda la población de los barrios residenciales del norte de la ciudad, que abandonaban sus inhibiciones habituales y salían en manada a las playas, junto con las hordas de europeos que huían del frío invierno.
Por lo general, meditaba con resentimiento sobre las consecuencias de aquella invasión. No había aparcamiento, el tráfico era un suplicio, los precios se doblaban y las estadísticas de delitos aumentaban al menos un doce por ciento, porque todos bebían como cosacos y eso desataba los peores demonios.
Eso, por lo general. Pero ese año no: notaba la opresión encima, y a su alrededor, como una nube de desconsuelo. Otra vez. Todavía.
El alivio momentáneo que había sentido al huir del restaurante acababa de esfumarse. Camino del coche había captado la melancolía en la voz de Mbali: el desaliento silencioso, acentuado por su intento de camuflarlo. Un acusado contraste con el espíritu positivo que había tratado de irradiar durante los últimos dos meses al mando del grupo.
«Te necesito en Edgemead. Farmersfield Road. Vaughn también va en camino.»
Algo malo se estaba cociendo. Y él ya no tenía fuerzas para afrontar el desastre.
Así pues, ese día la locura de diciembre y la lentitud del tráfico eran más una bendición que una espina.
El equipo forense había dejado al descubierto el cadáver de Ernst Richter.
El agente Jamie Keyter pidió a la unidad de vídeo que se acercara para poder grabarlo: la gruesa bolsa de plástico que envolvía el cadáver (aunque no era lo bastante grande como para cubrir los pies) y el cordel de color rojo sangre con que lo habían atado tan a conciencia cerca de la cabeza, en torno a la cintura y alrededor de los tobillos.
Keyter había visto al fotógrafo del periódico tratando de sacar fotos con un teleobjetivo desde Otto du Plessis Drive. Por eso estaba con las piernas separadas y los brazos en jarras: la imagen de un policía que controla el escenario del crimen. No les quitó ojo a los agentes que filmaban hasta que se convenció de que la grabación cubría todos los ángulos posibles.
—Muy bien —dijo—. Ya está.
Luego se dirigió a los analistas forenses y les hizo una señal con la mano.
—Córtenla.
Los dos analistas eligieron las herramientas adecuadas de su equipo, levantaron la cinta policial que delimitaba el escenario del crimen y se arrodillaron junto a la víctima. Uno cortó cuidadosamente la cuerda. El otro la recogió y la guardó en una bolsa de pruebas.
Jamie Keyter pasó también por debajo de la cinta y se acercó a la víctima.
—Vamos a retirar el plástico.
Tardaron casi diez minutos, porque tenían que trabajar con cautela y la lámina de plástico parecía interminable. Los forenses la doblaban cada dos metros para limitar la contaminación.
Los agentes de uniforme, la unidad de vídeo, los dos agentes de la policía, los camilleros de la ambulancia, todos se acercaron con curiosidad.
Al fin, el cadáver quedó al descubierto.
—No lleva aquí mucho tiempo —dijo uno de los forenses.
Había relativamente pocos signos de descomposición, sólo un oscurecimiento general de la piel y la red entre azul y amoratada de la lividez post mortem, visible en los pies y la parte inferior del cuello; los granos de arena se pegaban al cuerpo de los pies a la cabeza.
La víctima era un hombre delgado, de estatura media y cabello espeso castaño oscuro, vestido con camiseta negra (con la frase «Me niego a participar en una batalla de ingenio con una persona desarmada» en letras grandes y blancas) y tejanos.
—Una semana más o menos —dijo el otro forense, y pensó que aquel rostro le resultaba vagamente familiar, pero en ese momento no pudo situarlo. Contuvo el impulso de decir algo.
Fue lo más cerca que estuvo alguien de identificar a Ernst Richter en el escenario del crimen.
—Lo han estrangulado —dijo el otro analista forense, señalando la profunda decoloración que rodeaba la garganta.
—Es evidente —contestó Jamie Keyter.
2
Farmersfield Street transmitía una sensación de tranquilidad de clase media en esa tarde de miércoles: filas de casas de color blanco y crema, de tres habitaciones, tejas y césped bien cortado. La tormenta matinal había dejado un rastro de ramas y hojas en la calle.
Griessel no tuvo que buscar la dirección. Vio a los vecinos de pie al otro lado de la calle, en abatidos corrillos, y varios coches de policía aparcados juntos. Se detuvo a unos pocos metros de distancia. Permaneció sentado, con las manos en el volante y la mirada baja. No tenía ganas de salir.
Algo había alterado la normalidad del barrio residencial de Edgemead; algo que sabía que incrementaría la opresión que había sentido durante esos últimos meses. También había una furgoneta de la unidad de élite del CSI provincial (PCSI). ¿Qué estaban haciendo allí? ¿Y por qué los habían llamado a Vaughn y a él si eran de los Halcones?
Respiró profundamente y, muy despacio, soltó el volante. Bajó del coche a regañadientes y se encaminó hacia la casa.
Un muro blanco le bloqueaba la visión, de manera que primero tuvo que rodearlo hasta el sendero de entrada, donde un policía controlaba el acceso.
La casa se parecía a casi todas las demás casas de la calle. Más policías de uniforme del SPS formaban un círculo junto a la puerta, con las cabezas bajas.
Un agente lo detuvo con la palma en alto. Griessel mostró su identificación.
El agente lo miró sorprendido.
—Oh, capitán Griessel. El capitán Cupido ha pedido que espere aquí. Lo llamaré enseguida...
—¿Para qué? —preguntó Benny, y esquivó al hombre.
—No, capitán, por favor —dijo, inquieto—. Ésas fueron sus órdenes. Iré a llamarlo.
—Vaya, pues —contestó, enfadado; no estaba de humor para los trucos de Vaughn.
El policía gritó a los uniformados de la puerta que llamaran al «capitán de los Halcones». Uno de ellos se apresuró a entrar.
Griessel esperó con impaciencia.
Cupido salió con su uniforme de agente rebelde: tejanos, camiseta amarilla, chaqueta azul y la declaración estridente de sus deportivas amarillas y naranja, que había elogiado con tanto entusiasmo el día anterior:
—Nike Air Pegasus Plus, pappie —le había dicho—. Cuestan casi mil rands, pero Tekkie Town las tenía de rebajas. Comodidad en tecnicolor; es como caminar en el aire en un sueño erótico. Te mueves sin esfuerzo. Pero el auténtico plus es que estas zapatillas van a cabrear mucho a la comandante Mbali.
Vaughn llevaba dos semanas protestando contra las estrictas normas de indumentaria que había impuesto la comandante Mbali (recalcando con sarcasmo el «comandante» cada vez). El lunes anterior, durante una reunión de grupo, Kaleni había dicho con solemnidad: «Si quieres ser profesional, debes parecer profesional. Tenemos una responsabilidad con la ciudadanía.» Y luego les había pedido que llevaran traje y corbata y «zapatos formales», o al menos camisa y chaqueta. Para Cupido, al que ya le estaba costando aceptar el nombramiento de Kaleni como jefa del grupo, ésa fue la gota que colmó el vaso:
—¿A ti te parece una coincidencia que la hayan nombrado justo después de las elecciones? Yo no. Es zulú, eso es discriminación étnica positiva; es la hora del presidente Zuma, todas las horas lo son, Benna. Tú y yo tenemos más experiencia, más años de servicio, más tablas, ¿y ella consigue el ascenso?
Griessel sabía que el verdadero problema era que a Cupido le preocupaba que la nueva jefa no soportara sus tonterías. Mbali era meticulosa y prudente. Vaughn no. Así que Griessel dijo que, dadas las circunstancias, ella era la persona adecuada para el puesto.
Su opinión no había cambiado nada.
A pesar de su prisa y la indumentaria colorida, Cupido se acercó con expresión sombría.
—Benna, no hace falta que entres. Nuestro trabajo aquí ya ha acabado.
Griessel percibió el tono en la voz de su colega, la falsa nota de formalidad que escondía su consternación.
—No he venido hasta aquí para... ¿Qué pasa, Vaughn? ¿Qué ha ocurrido?
—Confía en mí, Benna, por favor. El caso está cerrado. Vamos.
Cupido puso una mano protectora en el hombro de Griessel. Benny empezó a cabrearse. ¿Qué le pasaba a Cupido? Se sacudió la mano del hombro.
—¿Vas a decirme qué está pasando, o tengo que ir a verlo yo mismo?
—Benna, por una vez en tu vida, confía en mí —contestó su compañero con una desesperación que inflamó aún más las sospechas de Benna.
—Jissis! —exclamó Griessel, y echó a andar hacia la puerta de la casa.
—Es Vollie —dijo Cupido.
Griessel se quedó de piedra.
—¿Vollie?
—Ja. Nuestro Vollie. Vollie el Pescador. Y su familia.
El agente Tertius Van Vollenhoven había trabajado con ellos cuando todavía existía la División Provincial de Investigadores. Vollie, que soltaba sus refranes de la costa oeste con acento de Namaqualand cuando la noche era demasiado larga y tenía la moral demasiado baja. Vollie el Pescador, natural de Lamberts Bay, que volvía a casa los fines de semana y los lunes traía marisco para todo el equipo, con instrucciones precisas para cocinarlo, porque «cocinar mal una langosta, eso es un sacrilegio, amigo mío».
El hombre había pillado a dos asesinos en serie en Cape Flats en cuatro años, gracias a una paciencia y una dedicación infinitas. Y luego se había marchado a la comisaría de Bothasig. Decía que ya había cumplido, que prefería una vida más tranquila; quería salvar su matrimonio, ver crecer a sus hijas. Pero todos sabían que era por el trauma de las investigaciones, encontrarse mes tras mes con el cuerpo mutilado de una nueva víctima, sabiendo que hiciera lo que hiciese sólo un golpe de suerte pararía a los monstruos.
La antigua sensación de injusticia se despertó en Griessel, el rencor hacia los responsables.
—¿Un robo?
—No, Benna...
—¿Qué ha pasado, Vaughn?
La voz de Cupido era apenas un susurro. No podía mirar a Griessel a los ojos.
—Vollie les disparó, anoche, y luego se suicidó.
—¿Vollie?
—Sí, Benna.
Griessel recordó a las dos niñas, preciosas, apenas adolescentes, y a la mujer de su antiguo compañero, rolliza, fuerte, comprensiva. Mercia o Tersia... No quería visualizar esa imagen, sino simplemente rechazarla: Vollie con la pistola de servicio en la cabecera de la cama infantil.
—Joder, Vaughn —dijo, y sintió otra vez la opresión de la claustrofobia sofocándolo.
—Ya lo sé.
Griessel quería seguir hablando; quería librarse de aquella opresión.
—Pero ¿por qué? ¿Qué pasó?
Cupido señaló a los agentes de uniforme de la puerta.
—La comisaría de Bothasig encontró ayer a una chica en el veld, al otro lado de Richwood. El segundo caso, el mismo modus operandi que hace un mes. Es un asesino en serie. Mal asunto, Benna, un cabrón muy jodido. Vollie estuvo allí.
Con una mano en la nuca, Griessel encajó todas las piezas. Trató de comprender lo ocurrido: todos los demonios regresando para devorar a Vollie desde dentro.
—Venga, Benna. Vamos.
Griessel siguió allí, paralizado. Cupido vio que su colega palidecía.
—Benna, será mejor que...
—Espera... —Miró bruscamente a Cupido—. ¿Por qué nos ha mandado aquí Mbali?
—El comisario de Bothasig le ha pedido que lo supervisáramos. Ha dicho que quería asegurarse de que a ellos no se les pasaba nada, porque los medios...
—Ya. —Y entonces dijo—: ¿Por qué quieres mantenerme alejado de esto, Vaughn?
Cupido lo miró a los ojos y se dio un golpecito con el dedo índice en la sien.
—Porque todavía no estás bien, Benna. Lo sé.
Jamie Keyter y los dos analistas forenses habían revisado todos los bolsillos de los pantalones de la víctima. No habían encontrado nada.
Keyter había ordenado introducir el cuerpo en la gran bolsa negra para cadáveres. Habían subido la cremallera y pedido la camilla para meterlo en la ambulancia. Los del equipo forense lo habían recogido todo y habían etiquetado cuidadosamente la lámina de plástico negra y la cuerda roja. Uno de ellos cogió el detector de metales y empezó a caminar en círculos concéntricos por el escenario del crimen con los auriculares puestos.
El otro se quedó con Jamie Keyter. No había nadie cerca que pudiera oírlos.
—Me resulta familiar —dijo el forense.
—Claro. Trabaja contigo —dijo Keyter, frunciendo el ceño detrás de sus gafas oscuras.
—Él no, la víctima.
—¿Lo conoces?
—No, no lo conozco. Sólo sé que...
—¿Es famoso?
—Sólo sé que lo he visto antes.
—No me sirve una mierda si no sabes dónde... ¿Crees que es policía?
El hombre lamentó haber abierto la boca.
—No, eh... Puede que me equivoque. Quizá se parece a alguien que...
El analista que manejaba el detector de metales se detuvo.
—Aquí hay algo —dijo.
Estaba a tres metros de donde habían encontrado a la víctima.
El otro cogió una pala pequeña y pasó por debajo de la cinta amarilla. Desmenuzó la arena de debajo del sensor con las manos y luego la retiró cuidadosamente con la pala. Al principio no encontró nada.
—¿Estás seguro? —le preguntó a su colega.
—Sí, aquí hay algo.
Cuarenta centímetros por debajo de la superficie, notó el metal. Retiró la arena con los dedos y allí estaba.
—Jis, es un móvil.
Se levantó, cogió un cepillo de su caja de herramientas y se agachó otra vez para apartar la arena.
Entretanto, Jamie Keyter llamó a la unidad de vídeo.
—Un iPhone cinco —dijo el analista forense mientras pulsaba un botón del teléfono, pero no ocurrió nada—. Parece que está más seco que un drol.
Eran las 15.07 h del miércoles 17 de diciembre.
3
Transcripción de entrevista: abogada Susan Peires con el señor François du Toit
Miércoles, 24 de diciembre; 1604 Huguenot Chambers, 40 Queen Victoria Street, Ciudad del Cabo
Archivo de sonido 1
Abogada Susan Peires (SP): ... Puede negarse, por supuesto. Entonces, sólo tomaré notas. Pero la grabación es un registro mucho más fiable, y se trata exactamente con la misma discreción. Lo haré transcribir, y eso también servirá como notas de referencia. La confidencialidad abogado-cliente continúa aplicándose.
François du Toit (FdT): Incluso si no acepta mi caso.
SP: Así es.
FdT: ¿Quién lo transcribirá?
SP: Mi secretaria, que también está sujeta al secreto de confidencialidad.
FdT: Muy bien, grábeme, pues.
SP: Gracias, señor Du Toit. ¿Puede decir su nombre completo, fecha de nacimiento y profesión para que conste?
FdT: Soy François du Toit, nacido el veinte de abril de 1987. Soy vinicultor de la finca Klein Zegen, en Stellenbosch... En Blaauklippen Road.
SP: Ahora tiene... ¿veintisiete años?
FdT: Eso es.
SP: ¿Casado?
FdT: Sí. Con San... Susanne... Tenemos un hijo de seis semanas. Guillaume.
SP: Gracias. Entiendo por su abogado que la policía lo está esperando ahora mismo. ¿En la finca?
FdT: Sí...
SP: Y quiere pedirme consejo respecto a cómo manejar la situación.
FdT: Sí.
SP: ¿Sobre qué está investigando la policía?
FdT: Gustav... Mi abogado... ¿no se lo ha contado?
SP: Entiendo que es algo importante, pero le he pedido al señor Kemp que no me contara los detalles. Prefiero escuchar directamente al cliente.
FdT: Es... está relacionado con el asesinato de Ernst Richter.
SP: ¿El hombre que desapareció? ¿El de Alibi?
FdT: Exacto.
SP: ¿Y usted está implicado?
FdT: La policía seguramente no... Lo siento. Es... es una historia larga... Debo contárselo todo... Por favor.
SP: Ya veo... Señor Du Toit, antes de que siga, deje que le dé el discurso que doy a todos mis clientes. Llevo veintiocho años trabajando como abogada, y en este tiempo he representado a más de doscientas personas en casos penales. Asesinato, homicidio involuntario, violación, fraude, de todo. Mi consejo es siempre el mismo, y la experiencia me ha demostrado una y otra vez que es un buen consejo: no tiene que ser sincero conmigo, pero en última instancia la sinceridad hace que mi labor sea mucho más fácil. No...
FdT: Pretendo ser sincero...
SP: Déjeme terminar, por favor. No estoy aquí para juzgarlo; estoy aquí para garantizar que recibe la mejor representación legal que puedo ofrecer. Creo incondicionalmente en un sistema de justicia donde un acusado es inocente hasta que la fiscalía demuestra lo contrario más allá de toda duda razonable. Una de mis mayores responsabilidades es poner el criterio de duda razonable lo más alto posible. He aceptado casos en los que el acusado me ha dicho que es culpable, y he peleado por él con la misma fuerza que por aquellos que proclamaron su inocencia, porque el sistema sólo puede funcionar si todos somos iguales ante la ley. Por lo tanto, no objetaré nada si es culpable.
FdT: (Inaudible.)
SP: Por favor, señor Du Toit...
FdT: Llámeme François...
SP: No, lo llamaré señor Du Toit. No somos amigos; somos abogada y cliente. Es una relación oficial, profesional, por la cual me pagará mucho dinero. Y debo mantener la distancia y la objetividad. Quería decir que tampoco objetaré nada si es inocente. No habrá ninguna diferencia en mi dedicación ni en la calidad de mi trabajo. Hago todo lo posible, porque por eso me paga. No puedo obligarlo a ser sincero conmigo, pero me gustaría señalar las implicaciones que eso tiene para usted. La información no revelada busca una vía de salida. No siempre, pero con mucha frecuencia. Y cuando sale en un momento inapropiado, puede causar un daño incalculable a la defensa. En lo que a mí respecta, sólo puedo asumir responsabilidad por aquello que sé. Sólo puedo construir su defensa basándome en lo que comparta conmigo. Si su decisión es presentarme una versión ficticia, no me queda elección, tendré que trabajar con eso. Pero en mi opinión, y considerando mi experiencia, eso casi nunca tiene una influencia positiva. En resumen, señor Du Toit, cuanto más franco sea conmigo, mayores serán las posibilidades de que no pise la cárcel. ¿Lo ha entendido?
FdT: Sí.
SP: ¿Le gustaría pensarlo primero?
FdT: No. Voy a contárselo todo. Todo.
SP: Muy bien. ¿Por dónde quiere empezar?
4
A las 15.48 h, Benny Griessel entró en el Fireman’s Arms, el segundo bar más antiguo de Ciudad del Cabo después del Perseverance Tavern de Buitenkant Street, según la leyenda.
El Fireman’s llevaba sirviendo a alcohólicos y otros grandes bebedores desde 1864, lo que significaba que ese miércoles 17 de diciembre el bar tenía unos ciento cincuenta años. A Griessel le importaba un pimiento la historia de los bares de Ciudad del Cabo. Lo que lo había hecho parar allí era el hueco para aparcar en Mechau Street.
Avanzó con aire decidido entre las mesas y los bancos de madera oscura hasta la larga barra, se sentó y esperó a que le sirvieran. Inhaló los aromas de la taberna. Liberaron un millar de recuerdos, todos ellos agradables.
Con los codos en la barra, se fijó en el tenue temblor de sus manos. Las entrelazó para que el camarero que se aproximaba no lo viera.
—Un whisky doble —dijo.
—¿Hielo?
—No, gracias.
El camarero asintió y se apartó para servirle el whisky. Volvió y le entregó el grueso vaso con dos dedos de líquido ambarino: movimientos mecánicos, expertos, completamente ajenos al significado de ese momento.
Griessel no dudó. No pensó en los seiscientos dos días que llevaba sin probar el alcohol. Cogió el vaso y bebió un trago largo.
El sabor fue como un amigo al que hacía mucho que había perdido de vista; el reencuentro, una alegría.
Sin embargo, siguió sin cambiar nada dentro de él.
Griessel sabía que el alivio no estaba en ese primer trago. El alivio y la anestesia y la calma y el orden y el sentido, la curación y el apaciguamiento y el equilibrio y la unidad con el universo sólo llegarían después, casi al final del divino segundo vaso.
Desde 2011, el Laboratorio de Ciencia Forense del Servicio de Policía de Sudáfrica estaba situado en Silverboom Avenue, Plattekloof, en una imponente construcción de acero y cristal de más de diecisiete mil metros cuadrados. La columna vertebral del edificio era una C mayúscula enorme, de cuatro pisos de altura, con cinco brazos gruesos que salían de ella, uno por cada uno de los departamentos de Balística, Análisis de ADN, Análisis Científico, Análisis Documental y Análisis Químico.
Mientras estaba en la cocina del Departamento de Análisis Científico, sirviéndose café en una taza, de repente le vino a la cabeza. El analista forense supo a quién le recordaba la cara moteada de arena de la víctima que habían encontrado en las dunas de detrás de Blouberg.
¿Podía ser?
No le dijo nada a su colega, sólo se apresuró a volver a su mesa de trabajo, dejó el café al lado del teclado y buscó un nombre en Google.
Abrió un enlace y esperó a que la foto se cargara. Lo sabía; no se había equivocado. Buscó en sus notas del día el número de teléfono de Jamie Keyter y lo marcó.
—Jamie —respondió el agente, con un tono que daba a entender que no quería que lo molestaran. Dijo su nombre alargando la «a».
Al analista, esa forma de pronunciarlo le pareció levemente afectada e irritante, como el propio agente.
Se identificó y dijo:
—Creo... Estoy razonablemente convencido de que la víctima es Ernst Richter.
—¿Quién es Ernst Richter? —preguntó Jamie Keyter.
—El tipo de Alibi que desapareció.
Keyter se quedó un momento en silencio. Luego, respondió aún más irritado:
—No tengo ni idea de a quién se refiere, colega.
—Entonces será mejor que llame a la comisaría de Stellenbosch.
Griessel se sentó y envolvió con las dos manos su segundo dop.
Pensó que sus vacaciones eran eso. No necesitaba nada más. Mbali podía dejarse de tonterías.
El lunes, ella había examinado su expediente.
—No has tenido vacaciones en tres años, Benny —dijo, inquieta; por el tono de voz de la comandante, era evidente que estaba preocupada por él.
—Estuve más de tres meses de baja por enfermedad después de...
Los dos sabían que se refería al incidente del tiroteo, en el que había muerto el predecesor de Mbali y Griessel había resultado herido.
—Eso no cuenta. Quiero que te tomes unos días entre Navidad y Año Nuevo. Necesitas unas vacaciones de verdad...
¿Unas «vacaciones de verdad»? Lo único que podía permitirse era sentarse en casa, y eso lo volvería loco al primer día.
—... y pasar tiempo con tus seres queridos.
El as en la manga de Kaleni. Sus seres queridos.
Antes de que Mbali lo hubiera llamado por teléfono esa tarde, Griessel llevaba veinte minutos sentado en el Ocean Basket con sus «seres queridos». Su hija, Carla, había hablado sin parar con Alexa sobre cosas de arte de las que él no entendía nada. Su hijo, Fritz, estaba sentado con el móvil, con los dedos bailando sobre la pantalla, esbozando una risita secreta de vez en cuando, al recibir un nuevo SMS o mensaje de WhatsApp o de Facebook o de Twitter o de BBM o lo que fuera que hacía que su teléfono sonara o vibrara. Como si su padre no existiera. Como si ésa no fuera una cena especial que a Alexa le había costado mucho organizar. Fritz, en el que iba a gastarse una fortuna para mandarlo a la escuela de cine al año siguiente, no una fortuna en sentido figurado, sino una fortuna literal. La AFDA le cobraba 5.950 rands sólo por la preinscripción. Y 10.000 rands de matrícula. Y 55.995 rands por las cuotas de enseñanza. Por curso. Se sabía las cifras; podía recitarlas en plena puta noche, porque había tenido que presentárselas al director de su banco. Y el banco había deliberado durante casi un mes antes de concederle el préstamo.
Pero Fritz no valoraba nada de eso, se limitaba a quedarse pegado al teléfono durante la cena especial, y Griessel no sabía qué hacer.
Sus dos hijos tenían una relación mucho mejor con su madre. A veces los oía hablar por teléfono con Anna, su ex. Conversaciones llenas de risas, experiencias compartidas e información íntima. ¿Y él? ¿Qué iba a hacer? Su trabajo era su vida, y no podía hablar de ello. A causa de su supuesto altruismo y su depresión, según la psicóloga.
Y ese Van Eck, el nuevo «amigo» de Carla, que estaba estudiando Teatro con ella en Stellenbosch (a 29.145 rands por curso, una suma que hasta el momento él había pagado sin ningún préstamo, pero con cierta dificultad y ahorrando al máximo). Griessel no soportaba a Vincent Van Eck. Había empezado a preguntarse si el anterior amor de su hija, Etzebeth, el jugador de rugby, no habría sido mejor partido. Al menos éste sabía cuándo cerrar la boca.
Van Eck nunca callaba, opinaba de todo y preguntaba cosas a las que Griessel no quería responder: «¿Cuál ha sido tu caso más interesante? ¿Qué te parece el veredicto de Pistorius? ¿Por qué nuestro índice de criminalidad es tan alto?»
Nada del respetuoso «oom», siempre lo tuteaba, y llevaba el pelo demasiado largo y tenía una mirada demasiado taimada, y Alexa decía que era un chico guapo y «dulce». Griessel no quería ser descortés, al fin y al cabo era el amigo de Carla, pero tenía cada vez más claro que Van Eck era un niñato consentido.
Vincent Van Eck. Casi podía oír la reacción de Vaughn Cupido: «¿Qué fokken nombre es ése? ¿Quién llama a su hijo Vincent con un apellido así?»
A las 16.28 h, el agente Jamie Keyter se sentó frente al abarrotado escritorio del coronel al mando de la comisaría del SPS en Table View y le anunció que era muy probable que el cuerpo que tan cuidadosamente habían desenterrado de la arena cerca de Blouberg fuera el de un hombre llamado Ernst Richter.
—¿Ese Ernst Richter? —quiso saber el coronel, que sonó preocupado.
Keyter se preguntó por qué todo el mundo menos él ya había oído hablar de Ernst Richter; tal vez debería leer los periódicos incluso cuando no salían noticias de ninguno de sus casos. Confirmó la información y explicó que se había denunciado la desaparición de Richter en Stellenbosch hacía poco más de tres semanas. El color del pelo y las facciones de la víctima tenían una gran semejanza con las dos fotografías que la comisaría de allí les había enviado hacía diez minutos. Y no sólo eso, el cadáver iba vestido con la misma ropa que Richter llevaba puesta justo antes de su desaparición.
—Buen trabajo —dijo el comisario, sumido en sus pensamientos.
—Gracias, coronel. Pero Stellenbosch está discutiendo la jurisdicción. Quiero decir, es nuestro caso, finish en klaar, ¿no es así?
—¿La identificación está confirmada?
—Voy a llamar a su madre para ver si puede venir a identificarlo, coronel. Pero lo encontraron en nuestra jurisdicción. Así que lo único que necesita Stellenbosch es un noventa y dos para cerrar el caso...
Keyter se refería al formulario 92 del SPS, que había que rellenar cuando se encontraba a una persona desaparecida.
El coronel se rascó la nuca mientras reflexionaba. Conocía los puntos fuertes y débiles de Jamie Keyter. Sabía que podía no ser el agente más brillante de Table View, pero se entregaba, era metódico y de fiar, y se había anotado algunos éxitos en unas pocas investigaciones de homicidios no muy complicadas.
La gran pregunta era: si se trataba de Ernst Richter, ¿podía confiarle el caso a él?
Por un lado, estaba el problema de la ambición de Keyter. Después de la mareante publicidad recibida tras destapar el caso de una banda de ladrones de coches hacía dos o tres años, Jamie había sobreestimado a menudo su propia capacidad y potencial. Y en la comisaría de Table View se cotilleaba mucho respecto a su apego a la atención de los medios (y su correspondiente afición a pasarse el rato delante del espejo).
Por otro lado, estaba el problema de la carga de trabajo. Table View era una de las zonas metropolitanas de la península que crecía más rápido. Y la población que aumentaba era de clase media baja: entre otros, miles de inmigrantes de Nigeria, Malaui y Zimbabue en la zona de Parklands, donde se cometían casi el sesenta por ciento de los delitos de los que su comisaría debía ocuparse. Si era definitivamente aquel Ernst Richter, tendría que desplegar muchos efectivos, porque la presión del comisario provincial iba a ser extrema en cuanto los medios acamparan delante de su puerta.
Unos efectivos que no tenía. Y una atención mediática que sólo deseaba Jamie Keyter.
—Jamie, deja que llame a Stellenbosch, a ver qué puedo hacer —mintió.
Acabado el tercer whisky, los dolores físicos de Griessel empezaron a disiparse. El dolor en el brazo, el dolor en el costado, la punzada sorda de las heridas de bala de hacía ya seis meses, cuando mataron al coronel Zola Nyathi, pero no a él.
Esa mañana, el dolor, alimentado por el clima tormentoso, se había avivado con ferocidad al recordar todo lo sucedido.
Y ahora estaba allí sentado, empezando a pensar en su cuarto whisky doble.
Había sabido de antemano que volvería a beber. Doc Barkhuizen, su padrino en Alcohólicos Anónimos durante años, también lo había visto venir.
—Conozco esos ojos vidriosos, Benny. Enfréntate al deseo. ¿Cuándo fue la última vez que viniste a una reunión de Alcohólicos Anónimos? Ve a hablar con la psicóloga otra vez. Céntrate.
Griessel no quería volver a la psicóloga. En primer lugar, lo habían obligado a ir a terapia justo después del tiroteo. En segundo lugar, había completado el proceso, contra su voluntad. En tercer lugar, los psicólogos no se enteraban de nada, se sentaban en sus pequeñas consultas, decoradas de forma irritante, cuidadosamente diseñadas para hacer que la gente asustada e inestable se sintiera a gusto, como en casa, con una caja de pañuelos de papel siempre a mano, como un insulto silencioso, y el osito de peluche sentado en el alféizar.
¡Un osito de peluche en el consultorio de una psicóloga que trataba a policías!
Todos recurrían a palabras grandilocuentes y se sabían la teoría, pero ¿alguno de ellos había estado delante de un cuerpo mutilado, una vez y otra y otra? ¿A alguno lo habían herido? ¿Alguno había visto la sangre salir a chorros, escurrirse, gotear, convencido de que iba a morir allí en el suelo, con su compañero? Sabiendo que no había nada que pudiera h
