Navidad, 20--
Esa mañana se despertó tarde y lo supo: algo los había seguido a casa desde Rusia.
Holly supuso que esa información indefinida le había sido revelada en un sueño; el atisbo de una verdad que arrastraba consigo desde hacía... ¿cuánto?
¿Trece años?
¡Trece años!
Hacía trece años que lo sabía y no lo sabía... o eso le pareció mientras yacía en la cama, medio dormida, la mañana de Navidad. Se levantó, angustiada, y recorrió el pasillo hasta la habitación de su hija para ver si seguía allí, todavía dormida, sana y salva.
Sí, allí estaba Tatiana, su pálido brazo sobre la pálida colcha, el cabello oscuro desparramado en la almohada. Tan quieta que podría haber sido una pintura. Tan tranquila que podría haber estado...
Pero no. Tatiana estaba bien. Más serena, Holly volvió al dormitorio, se acostó de nuevo junto a su marido... y, sin embargo, en cuanto lo hizo, pensó en ello una vez más: ¡los había seguido a casa!
Era algo que, al parecer, ya sabía en el fondo de su corazón, o en su subconsciente, o dondequiera que la información como aquélla se escondiese durante años, hasta que algo devolvía a la conciencia lo que había olvidado, reprimido o... ¿o lo había pasado por alto a propósito? Ahora estaba segura: ¡algo los había seguido a casa desde Rusia!
Pero ¿qué?
Y entonces pensó: «Tengo que escribirlo antes de que se me olvide.» El deseo casi histérico de escribir sobre algo apenas vislumbrado, de fijarlo en una página antes de que volviera a esfumarse, había sido una sensación habitual cuando era más joven. Había llegado a sentir náuseas por esa ansia de arrancárselo de dentro y ponerlo por escrito antes de que se escondiese en lo más profundo de su ser, detrás de algún órgano, un órgano parduzco como un hígado o unas branquias, donde se viera obligada a hurgar, como para extirparlo de una carcasa de pavo. Así solía sentirse Holly cuando escribía un poema y ésa era la razón de que hubiese dejado de escribirlos.
Dios mío, pensó, aquella idea era como un poema: un secreto, una verdad fuera de nuestro alcance. Necesitaría tiempo para arrancárselo y examinarlo a la luz, pero lo llevaba dentro, lo hubiese sabido o no hasta entonces. Como un poema que quería ser escrito. Una verdad empeñada en que la reconociesen.
¡Algo los había seguido a casa desde Rusia!
¡Aquello explicaba tantas cosas...!
La gata, arrastrándose. Las patas traseras, la cola.
Y su marido. El bulto en el dorso de la mano, como si le creciera un tercer puño diminuto, ¡el puño de un homúnculo! Les habían dicho que era benigno, pero ¿cómo podía ser benigno algo así? Les habían dicho que no le diesen importancia, pero ¿cómo? Algo germinaba en el interior de su marido o intentaba salir a zarpazos. ¿Cómo no iban a darle importancia?
(Aunque, para ser justos con la doctora Fujimura, habían aprendido a no darle importancia y finalmente dejó de crecer, tal como ella les había dicho.)
Y la tía Rose. El modo en que había cambiado su forma de hablar. Había empezado a expresarse en un idioma extranjero. Holly había dejado de responder a sus llamadas porque ya no lo soportaba más, y sus primos se habían enfadado mucho: «Le encantaba hablar contigo. Eras su favorita. La abandonaste cuando agonizaba.»
Y luego las gallinas. Se habían confabulado para atacar a la gallina que tan estúpida, tan frívolamente, Holly había llamado Sally. Seis semanas, y después...
«No pienses en Sally. No vuelvas a pensar en esa gallina ni en su espantoso nombre.»
Y la mancha de humedad con forma de cara en la mesa del comedor, aunque nunca averiguaron por dónde se había filtrado el agua en el tejado de impermeabilización garantizada. Los de la empresa instaladora habían pisoteado el comedor con sus botas sucias y la mirada clavada en el techo, negándose a hacerse responsables.
Inexplicablemente, también se había despegado el papel pintado del baño. Sólo en ese rincón. Era imposible mantenerlo en su sitio. Habían probado todos los adhesivos del mercado, pero el papel pintado de margaritas resistía justo tres días y después volvía a despegarse.
¡Tenía que anotar esos detalles, esas pruebas! La gata, la tía Rose, el bulto en la mano de su marido, las gallinas, la mancha de humedad, el papel pintado... junto con la clave que le había facilitado su sueño: algo los había seguido a casa desde Rusia.
¿Cuánto hacía desde la última vez que se había despertado con la necesidad de escribir? Dios, cuánto había necesitado escribir... Ahora volvía a necesitarlo. ¿Qué hora era? Continuaba en la cama o había vuelto a la cama. ¿Se había levantado para echar un vistazo a su hija? ¿O lo había soñado? ¿Había regresado a la cama y se había quedado dormida? Quizá. Ahora no tenía que abrir los ojos para saber que ya había amanecido y que nevaba.
¿Tenía un bolígrafo en el dormitorio? Si encontraba uno antes de que Eric y Tatiana se levantasen, ¿sería capaz de sentarse a escribir? Esa costumbre interrumpida. Esa necesidad abandonada.
Holly pensó que sí, sería capaz de escribir. Lo presentía, notaba ese deseo amargo. También notaba una presión horrible en los pulmones, como si se le hubiese atrancado algo en el torso. Se imaginó vomitándolo como si vomitara un cisne: algo con un cuello largo y curvo alojado en su garganta, que la asfixiaba con sus plumones y sus huesudos cálamos. Qué aliviada se sentiría después, echada en el suelo del dormitorio junto al cisne que había vomitado y traído al mundo.
Fuera, el viento soplaba como un nervio arrancado de un árbol. Era la mañana de Navidad, pero no era temprano. Debían ser casi las nueve. ¡Nunca dormían hasta tan tarde la mañana de Navidad! Demasiado ponche de huevo con ron la noche anterior. ¿Tatty seguía durmiendo? La palidez de su brazo y la colcha, y la almohada, salpicada de cabello oscuro, inmóvil. Holly había ido a verla, eso lo recordaba, pero hacía horas, ¿verdad? Seguro que Tatty ya se había levantado y los estaba esperando para abrir los regalos. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había entrado en la habitación para despertarlos?
Porque tenía quince años, claro. Seguramente seguía durmiendo. Ya no se repetirían aquellas mañanas de Navidad en que Tatty se levantaba al alba y les abofeteaba la cara con suavidad con sus manitas nuevas y húmedas. Esa mañana, por el contrario, todos se habían quedado dormidos y Holly se había despertado con la idea espantosa de que algo los había seguido a casa desde Rusia.
¿Algo maligno?
Quizá no fuera maligno. Pero los había consumido. Aún los consumía.
«Bueno, eso es la maternidad —diría Thuy—. Eso es ser madre, los niños son vampiros que chupan la energía...»
Sin embargo, no había que olvidarse de la gata. El papel pintado. La tía Rose. Incluso cuando estaba algo lúcida, incluso cuando sus palabras eran las habituales en inglés, a Holly le había parecido que la tía Rose recitaba versos de «El sermón de fuego»: «En las arenas de Margate no puedo relacionar nada con nada las uñas rotas de manos sucias mi pueblo humilde pueblo que no espera nada lalá...»
Y también estaba lo de sus CD, ¿verdad? Todos sus favoritos habían aparecido rayados, como si de la noche a la mañana... ¿aunque no habría sido con el paso del tiempo? Todos y cada uno de sus CD favoritos estaban destrozados y nunca se habían molestado en reemplazarlos. Los habían dejado ahí, en el estante, como los libros que ya nunca leían y a los que ni siquiera les quitaban el polvo.
¡Y hablando de polvo! Dios mío, había por todas partes. Era agotador. Aunque parecía imposible, seguía flotando impregnado de pelo de gato, después de tantos años sin gato, así como de los largos cabellos negros de Tatiana. Cuando Holly se quejaba del polvo, Eric juraba que ni lo veía ni lo notaba y le sugería que, si tanto le molestaba, contratase otra vez a una asistenta.
Y sí, podría haber contratado a una asistenta, pero no se sentía con fuerzas, no después de la última y del accidente que sufrió en la escalera de atrás, cuando resbaló en el hielo mientras sacaba la basura. Y antes de eso las alergias, la urticaria, y su sensación de culpabilidad por pagar a otra mujer, una más pobre, una que hablaba en español, para que hiciese por ella aquel trabajo tan personal que habría sido perfectamente capaz de hacer por sí misma.
Polvo, cansancio, estaba en el aire: algo los había seguido a casa desde Rusia.
Repítelo, pensó. Es un estribillo. Como en un poema. Escríbelo. Escribe que por fin la sombra de un rostro se ha asomado por una esquina esta mañana de Navidad (¡habían dormido hasta tan tarde...!) y se ha dejado ver.
Algo que llevaba allí todo el tiempo. Dentro de la casa. Dentro de ellos. Los había seguido todo el camino a casa desde Rusia.
Pero ¡no era la pequeña! ¡No era la pequeña Tatty! Desde luego que no. A la pequeña Tatiana la habían traído ellos desde Rusia. Su hija no era ninguna perseguidora, ninguna aparición, ninguna maldición procedente de otro país.
No. Desde luego que no era la pequeña Tatty, envuelta en su manta mugrienta, la bella Tatty. La preciosa bailarina rusa, su monito, su cariño, su trotamundos, el amor de sus vidas. No era Tatiana.
No. Era otra cosa. Y lo único que tenía en común con su hija era que había regresado con ellos desde Rusia.
Holly todavía intentaba despertarse, imaginarse con un bolígrafo en la mano, escribiendo... ¿Era muy tarde? ¿Serían ya las diez? ¿Por qué continuaba medio dormida, o había vuelto a dormirse, la mañana de Navidad? Tanteó el espacio donde debía de estar Eric. «Por favor, que se haya ido», pensó. Si se hubiera ido, tendría un momento de soledad para escribir. Casi había conseguido abrir los pesados párpados. «Por favor, que Eric se haya llevado a Tatty al aeropuerto para recoger a sus padres. Por favor, necesito media hora para escribir, para comprender, para observar ese algo.» De lo contrario lo olvidaría, seguro, y después ya no sabría lo que sabía ahora. Nunca sería una idea completa, ni mucho menos un poema, ese algo que...
¡Que había roto tres de las copas tornasoladas de su madre! Y rayado todos y cada uno de sus CD, como con una navaja. Estropeados. Irreemplazables. Ni siquiera los habían descargado en iTunes (¿alguna vez habrían sacado tiempo para hacerlo?). Música acuática. Las cuatro estaciones. Patti Smith. Incluso los Beatles. ¿Había vuelto a oír esas canciones, ni que fuera en la radio de un coche que le había pasado por al lado? Era como si esos temas (Norwegian Wood, I Want to Hold Your Hand) nunca se hubiesen escrito ni interpretado.
Y la gata. Menudo espanto. Y, antes, su gallina favorita. Cómo la habían atacado las otras... No la habían matado a picotazos, sólo la habían agredido hasta dejarla agonizante, convertida en un amasijo olvidado, abandonado, mientras las demás seguían con su vida.
Y el cuaderno de poemas que le habían robado con el bolso en una cafetería, y el portátil lleno de poemas que le habían robado en un hotel de California... ¡de la mismísima caja fuerte!
Y Concordia, la asistenta a la que Tatty tanto quería, pero que sufría de alergias y eccemas desde que había empezado a trabajar para ellos y luego se había torcido el tobillo al resbalar en el hielo en la escalera de atrás (sacando la basura, llena de botellas de plástico que Holly tendría que haber reciclado), y ya no había vuelto.
Y, madre mía, casi se había olvidado de la hija de Kay, su compañera de trabajo, a la que habían atropellado con veintidós años cuando cruzaba un paso de peatones en un día soleado. De qué forma tan irracional y absoluta había sentido Holly que tenía parte de culpa... A fin de cuentas, nunca le había gustado Kay, y el día antes del accidente le había dejado en la mesa un manual del empleado, recomendándole que lo leyera (estaba tan harta de la parsimonia de su compañera, de los almuerzos prolongados, de las llamadas personales... aunque, en realidad, ¿qué importancia tenía todo aquello?). Esa noche, Kay se había ido a casa con el manual, llorando, y (¿quién sabe?) quizá le había contado a su hija los problemas que tenía en el trabajo y tal vez la hija iba corriendo por la calle al día siguiente preocupada por su madre y había cruzado sin mirar.
—Eso es una locura —le había dicho Eric—. Si el universo funciona así, entonces eres Dios. Y yo creía que tú eras la atea, la que no tenía supersticiones...
Pero ¿y si no había sido una locura? ¿Y si se habían traído algo de Rusia? Algo malévolo. ¿O algo que estuviera desesperado por volver a sus orígenes? ¡A lo mejor quería regresar!
¿No los había advertido una de las cuidadoras rusas? ¿No lo había intentado, al menos? La que tenía un párpado caído y el cabello de una princesa renacentista, peinado a un lado en una trenza dorada que parecía impregnada de aceite.
¿Se llamaba Theodota?
Era la que llevaba algo extraño dentro de una burbuja de cristal prendida en el pecho. Una rosa seca, le explicó a Holly, de la tumba del santo patrón de las dolencias de estómago, dolores que Theodota llevaba sufriendo casi toda la vida. El objeto de la burbuja le había recordado a una especie de tumor, algo marchito e interno, y se había quejado con dureza a Eric de las manías religiosas de las cuidadoras siberianas. ¿No se suponía que en ese lugar dejado de la mano de Dios habían acabado con la religión?
—No, ésos somos nosotros —replicó Eric—. Confundes a los rusos con los estadounidenses. Son los estadounidenses quienes han renunciado a Dios; los rusos lo han reencontrado.
Eric siempre defendía la religión, aunque no iba a la iglesia ni rezaba a ningún dios. Era una forma de defender a sus padres, suponía Holly, pues Eric siempre creía que ella los criticaba cuando criticaba la religión, los valores anticuados o los encurtidos.
¿Fue en Siberia donde le salió el bulto en la mano a su marido? ¿Fue allí donde empezó a crecerle bajo la piel? Holly guardaba un vago recuerdo de una de esas cuidadoras del orfanato Pokrovka n.º 2, quizá fuera la misma Theodota: se había quedado mirándole la mano, negando con la cabeza, intentando comunicarles algo en un ruso lento y esmerado, idioma del que ellos no entendían ni una palabra.
De Tatiana, Theodota les había dicho:
—No. No poner nombre ruso. Pon nombre americano. O ella volverá.
En el orfanato la llamaban «Sally» y les habían explicado:
—Le ponemos nombre americano para que tanto en la vida como en la muerte esté tranquila en América y no quiera volver a Rusia.
—Pero queremos que esté orgullosa de sus orígenes rusos —les había explicado Holly a su vez, sin saber si entendían su inglés—. Queremos llamarla «Tatiana» porque es un nombre ruso precioso, para una niñita rusa preciosa.
La cuidadora había torcido el gesto y negado con la cabeza con vehemencia.
—Niet, Niet. «Sally.» O... —Entonces se ablandó, como intuyendo que quizá debían transigir un poco—. Le ponéis «Bonnie». Bonnie y Clyde, ¿no?
Holly había sonreído, pero le estaba costando mantener un tono distendido.
—No. «Tatiana.»
—No —había atajado la cuidadora.
—¡Madre mía! —le había dicho Holly después a Eric—. ¿Qué le pasa a esta gente?
Incluso Eric, en ese momento, había recobrado lo suficiente el sentido del humor para negar con la cabeza, con incredulidad, ante las supersticiones de esa gente de Siberia.
Sin embargo, ¡eso no había sido todo! En su segundo viaje al orfanato, esa vez en tren desde Moscú, el revisor, que quería practicar su pésimo inglés, les había revelado que bajo el uniforme siempre llevaba un cilicio, el cual, en su caso, resultó ser una cruz de alambre de espino. El funcionario se desabrochó los botones de la camisa para mostrarles una cruz, primitiva y grande como la mano de un niño, colgada de una cadena, junto con los arañazos que las púas le habían dejado en el torso lampiño (¿tendría siquiera treinta años?). Les contó que las vías del Transiberiano pasaban por encima de las tumbas de los prisioneros que las habían construido, como si eso explicara la necesidad de llevar pegada a la piel una cruz de espino.
Holly estaba horrorizada, pero a Eric le había encantado. Ninguno de los dos esperaba semejantes cosas de los rusos. Quizá habían imaginado reflectores, botellas de vodka y alambradas, y también a unos ciudadanos antipáticos y militaristas; aunque la verdad era que su imaginación no había llegado tan lejos. ¿Habían creído siquiera en la existencia de Rusia, de Siberia, antes de llegar allí? Tal vez pensaron que, al decir «Siberia», la agencia de adopción simplemente estaba utilizando una expresión descriptiva, pues para Holly aquella palabra siempre había descrito un sitio, no pensaba que en realidad se tratara de un lugar. Quizá había creído, incluso cuando la agencia de adopción ya tenía los billetes de avión, que con «Siberia» sólo se refería a «un lugar remoto» o «desolado»; no a que el orfanato estuviera en Siberia.
Sin embargo, era en Siberia donde se encontraban. Siberia existía. Había botellas de vodka, reflectores y alambradas, tal como Holly esperaba, y también mujeres con babushkas, carros de paja, hombres adustos y uniformados, algunas jóvenes bellísimas con gorros de piel; nada de eso la sorprendió, pero sí todo lo demás. Todo. Especialmente lo supersticiosos que eran. Como los bebés del orfanato Pokrovka n.º 2 tenían tos y fiebre, el personal los había avisado de que deberían llevar ajos alrededor del cuello. Y en efecto les habían ofrecido dientes de ajo colgados de un cordel gris. ¿Para ahuyentar los gérmenes? ¿O...?
En cualquier otro sitio, Holly se habría negado, pero en el orfanato Pokrovka nº. 2 se colgó los ajos del cuello, feliz y agradecida. En aquel momento habría hecho lo que fuera (abrirse una vena, atiborrarse de cenizas, entregar su alma al Diablo) con tal de abrazar al bebé por el que habían viajado desde tan lejos.
Y cuyo nombre, seguro, no sería «Sally». Ellos siempre habían sabido que la llamarían «Tatiana». Significaba «reina hada» en ruso.
Su pequeña Tatty.
—Éste es el bebé —dijo una cuidadora que apareció de pronto en el umbral.
Holly había esperado una hora de papeleo. O un largo trayecto por un pasillo. Se había imaginado a ella y a Eric detrás de una puerta acorazada mientras un vigilante abría un cerrojo. Sin embargo, en cuanto se pasaron los collares de ajo por la cabeza y se sentaron en la sala de espera, oyeron que una voz musical y femenina, pero con mucho acento, pronunciaba las palabras: «Éste es el bebé.»
Al levantar la vista hacia la puerta abierta, Holly descubrió que entraba muchísima luz por una ventana, o una pared acristalada, situada en algún lugar detrás de la cuidadora, cuyo cabello claro y muy corto resplandecía como un halo. Esa cuidadora (a la que nunca volvieron a ver, aunque preguntaron por ella) tenía un rostro angelical y una sonrisa deslumbrante, de dientes rectos y labios lustrosos. Podría haber salido de una nube o de una película, con esa niña en brazos. Podría haber sido cualquier clase de ser sobrenatural —ángel, hada, diosa— o una actriz contratada para interpretar ese papel. Era difícil apartar la vista de su rostro y mirar lo que llevaba en brazos.
Eric siempre decía que les presentaron a Tatty envuelta en una manta azul, pero Holly sabía que no era así. Su hija iba arropada con una manta de color gris sucio y le había parecido que el sol trataba de limpiarla, blanquearla, bendecirla. El sol intentaba que el bebé brillase. El sol deseaba que Holly quisiera a la niña, que se compadeciese de ella, que se la llevara a casa. Cómo iba a saber el sol que no necesitaba esforzarse. Al dirigir la mirada del rostro de la cuidadora al bebé envuelto en gris que llevaba en brazos, Holly tuvo que contenerse para no hincarse de rodillas y romper a llorar. Tuvo que agarrarse tan fuerte a Eric que después, cuando se alejaban del orfanato, bromearon diciendo que le había dejado el brazo lleno de moratones y magulladuras, lo que, de hecho, era verdad. Cuando esa noche Eric se quitó la camisa, tenía un cardenal en forma de concha pequeña justo encima del codo.
En cuanto la cuidadora entró en la habitación, Holly se levantó y le pusieron al bebé en los brazos.
Abrazó a su hija y antes de verla, sentirla u oírla, la quiso, como si hubiese un órgano y una parte del cerebro que se correspondiera con el ojo o la nariz o el oído del amor. El primer sentido. Nunca lo había necesitado hasta ese momento. Entonces se dio cuenta de que era el más agudo de todos.
El segundo sentido: el olfato. Siempre asociaría a su hija y su amor por ella con esa impresión sensorial secundaria del acre e intenso Allium sativum, la turbia impronta del diente de ajo que, con la piel medio arrancada, le colgaba del cuello, sobre el pecho, entre ella y su bebé. Con el olor a pañal sucio. Y a leche agria y cereal remojado del cuello húmedo del vestido harapiento que le habían puesto, como si se la quisieran vender —¡como si tuviesen que persuadirlos para que se la llevaran!—, estampado con unas cuantas margaritas ajadas, para mayor efecto.
Y recordó cómo, también entonces, había querido escribirlo. Había querido expresarlo sobre papel antes de que las palabras se perdiesen. Pero, claro, no había tiempo. Ni siquiera en el cuarto de baño, tras devolver a su hija a la cuidadora y marcharse, pudo Holly escribirlo. Con el culo desnudo en la fría porcelana, rebuscando en el bolso mientras oía los pasos de su marido al otro lado de la fina puerta, no pudo encontrar un bolígrafo.
Ahora tenía que encontrar un bolígrafo para escribir que algo los había seguido a casa desde Siberia.
Desde el orfanato. El orfanato Pokrovka n.º 2.
Necesitaba un bolígrafo y media hora a solas, antes de que llegara la familia política, antes del asado y los Cox. Madre mía, los Cox, que se sentarían a la mesa y esperarían que los distrajese. Y su espantoso hijo, que parecía haber nacido sin alma. Holly llevaba semanas, meses, años, sin querer escribir, y si no escribía ahora, si no lograba despertarse del todo y encontrar un bolígrafo, si no se dedicaba media hora a ella misma, aquel deseo de escribir pasaría y quizá nunca volvería, jamás.
Movió una mano por la cama, hacia el lado de Eric, el lugar que confiaba en encontrar vacío, el lugar que necesitaba encontrar vacío, las sábanas frías, Eric ausente, para tener un momento a solas...
Sin embargo, allí estaba él, y Holly sintió que se despertaba sobresaltado. Eric se incorporó tan rápido que el cabezal golpeó contra la pared, y entonces ella a su vez se despertó del todo al distinguir que había demasiada luz en el dormitorio. Eric, que también se dio cuenta, se levantó de un salto y le gritó:
—¡Mierda, nos hemos dormido! Son las diez y media. Mis padres ya estarán esperando en el puto aeropuerto y los malditos Cox llegarán dentro de una hora. ¿Dónde está Tatiana? ¿Por qué no nos ha despertado? Joder, Holly. ¡Tengo que irme!
Y se fue.
Ella apenas había puesto los pies en el suelo cuando oyó el coche en el garaje y la puerta que se abría. Eric no era de los que derrapan en la gravilla, pero esta vez lo hizo, algo que Holly interpretó como lo que era: una insinuación de que le echaba la culpa. Por supuesto. Por supuesto, si sus padres ya estaban esperando en el aeropuerto, preocupados o enfermos o quejándose, de un modo u otro era culpa de Holly. Los hermanos de Eric dirían después: «¿Por qué diantres Eric no ha llegado a tiempo para recoger a papá y mamá?», como si la pregunta fuese en sí la respuesta, porque ambas iban dirigidas a ella.
Y, como había dicho Eric, ¿dónde demonios estaba Tatiana? ¿Continuaba durmiendo? ¿Se había asomado ella a la habitación de su hija hacía tan sólo una o dos horas (brazo pálido, colcha pálida), o lo había soñado? ¿Holly se había despertado antes o después, sabiendo que algo los había seguido...?
Aún sentía la necesidad de escribirlo, y le sorprendió y complació seguir sintiéndola. Pero ¿qué quería escribir, exactamente? ¿Que algo había regresado con ellos desde Siberia? ¿Que algo, a saber cómo, los había seguido? ¿Era ésa la explicación con que se había despertado, la Cosa que esclarecía las tragedias inexplicables de los últimos trece años?
¿Y qué eran esas tragedias? ¡Nada! A fin de cuentas todos seguían vivos, ¿verdad? ¿Qué más había, entonces, aparte de las desgracias habituales que se sufren a lo largo de trece años en un típico pueblo estadounidense? ¿De las calamidades normales de una familia normal? ¡Esos trece años les habían dado muchas más alegrías que tristezas!
Sí, le habían robado el bolso y el portátil. Pero el ladrón que se llevó su bolso en la cafetería no iba detrás de sus poemas. Iba detrás de su dinero. A muchas mujeres les roban el bolso cuando lo dejan en la mesa para ir a buscar otro café. Y qué estupidez por su parte dejar el portátil (¡sin tener una copia de seguridad del disco duro!) en el hotel de una gran ciudad y confiar en que estuviese seguro en la caja fuerte.
¿Y el resto? ¿La asistenta? ¿El accidente de la hija de Kay? La gata había muerto como cualquier animal doméstico que se escapa y se lanza a la carretera. ¿Y la gallina, Sally? ¿Qué esperaban? Holly y Eric no sabían nada de gallinas ni de sus costumbres cuando las compraron. Era algo que todo el vecindario había descubierto al mismo tiempo, cuando el ayuntamiento de su pueblo de académicos e informáticos, gente que nada sabía de esos asuntos, había aprobado la ordenanza que les permitía tener gallinas en el patio trasero.
¿Y los cambios en su matrimonio? Bueno, Eric y ella sencillamente eran más viejos. A Holly a veces se le olvidaba. En lugar de fijarse a diario en la cara de Eric o en el reflejo de la suya en el espejo, se había acostumbrado a mirar todas las mañanas los rostros del pasado que estaban enmarcados en la pared del pasillo, junto al baño: Eric y ella trece años antes, delante de la pared desnuda del orfanato Pokrovka n.º 2 mientras, en los brazos de Holly, la pequeña Tatty clavaba la vista en los ojos de su nueva madre. Esa fotografía ya insinuaba quiénes serían trece años después. El cabello pelirrojo de Eric empezaba a encanecer en las sienes, y su estado f
