Noche

Bernard Minier

Fragmento

9788417384005-1

Contenido

Portada

Dedicatoria

Lema

Preludio

KIRSTEN

1. Mariakirken

2. 83 souls

3. Teleobjetivo

MARTIN

4. Fulminado

5. En una región contigua a la muerte

6. Despertar

7. Sefar

8. Visita nocturna

KIRSTEN Y MARTIN

9. Todavía era de noche

10. Equipo

11. Noche

12. Noche 2

13. Sueño

14. Saint-Martin

15. Escuela

16. Regreso

17. Huellas

18. Conmociones

19. Bang

20. Gold Dot

21. Belvedere

22. Retrato robot

MARTIN

23. La madre naturaleza, esa perra sangrienta

24. El árbol

25. Un encuentro

GUSTAV

26. Contactos

27. Una aparición

28. El chalet

29. Implacable

30. Pájaros

31. Abandona todo orgullo, tú que penetras aquí

32. La cautiva de ojos claros

33. Un golpe de suerte

34. Alimentos

35. Bilis

36. H

MARTIN Y JULIAN

37. Los hijos nos vuelven vulnerables

38. Como lobo rodeado de corderos

39. Margot

40. Dos menos

41. Confianza

42. Alpes

43. Preparativos

44. El cebo

45. Vivo o muerto

46. Hombre muerto

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Dedico a Laura Muñoz esta novela,
que también es la suya.

Y a Jo

¿Quién cabalga tan tarde

a través de la noche y el viento?

Es el padre con su hijo.

GOETHE

Otra vez.

Todavía era de noche.

YVES BONNEFOY

Preludio

Mira el reloj. Falta poco para medianoche.

Tren nocturno. Los trenes nocturnos son como fallas espacio-temporales, universos paralelos: la vida queda de repente en suspenso, reina el silencio, la quietud. Los cuerpos se entumecen, invadidos por el sopor, el sueño, los ronquidos... Y luego, el traqueteo regular de las ruedas sobre los raíles, la velocidad que traslada los cuerpos —esas existencias, esos pasados y porvenires— hacia otro lugar todavía oculto en las tinieblas.

¿Acaso alguien sabe lo que puede suceder entre el punto A y el punto B?

Un árbol caído en la vía, un viajero malintencionado, un conductor soñoliento... Piensa en todo eso, pero sin angustiarse, más por distraerse que por miedo. Viaja sola en el vagón desde que han parado en Geilo y, que ella haya visto, nadie ha subido hasta el momento. Ese tren para en todas partes. Asker. Drammen. Hønefoss. Gol. Ål. A veces incluso en estaciones que se reducen a un par de barracones simbólicos, y cuyos andenes no tardarán en desaparecer bajo la nieve, como en Ustaoset, donde se ha bajado una sola persona. Distingue luces a lo lejos, minúsculas en medio de la inmensa noche noruega. Unas cuantas casas aisladas donde dejan encendidos toda la noche los faroles de la entrada.

No hay nadie en el vagón: es miércoles. Con la llegada del invierno, de jueves a lunes el tren va bastante abarrotado, sobre todo de jóvenes y de turistas asiáticos, porque cubre la ruta de las estaciones de esquí. Y en verano, los cuatrocientos ochenta y cuatro kilómetros de la línea Oslo-Bergen tienen fama de ser uno de los tramos de ferrocarril más espectaculares del mundo, con ciento ochenta y dos túneles, viaductos, lagos y fiordos. Sin embargo, en pleno otoño nórdico, en una noche glacial como ésa, entre semana, no hay ni un alma. El silencio que reina de una punta a otra del pasillo central, entre las hileras de asientos, es sin duda un poco opresivo, como si una señal de alarma hubiera vaciado el tren sin que ella se hubiera percatado.

Bosteza. A pesar de la manta y el antifaz que le han dado, no consigue dormir, no del todo. Siempre está al acecho en cuanto sale de casa. Su profesión se lo exige. Y ese vagón vacío no la ayuda para nada a relajarse.

Aguza el oído. No detecta ninguna voz, ni siquiera el ruido de un cuerpo que cambia de postura, de una puerta que alguien empuja o de un equipaje movido de sitio.

Desplaza la mirada por los asientos vacíos, los paneles grises, el pasillo central, desierto, y los cristales oscuros. Suspira y, con esfuerzo, cierra los ojos.

El tren rojo surge del túnel negro, como la lengua de una boca en el paisaje helado. En el azul pizarra de la noche, el negro opaco del túnel, el blanco azulado de la nieve y el gris un poco más oscuro del hielo. Y luego, de repente, una franja de color rojo vivo... Como si un reguero de sangre se extendiera hasta el borde del andén.

La estación de Finse. A mil doscientos veintidós metros de altitud. El punto culminante de la línea.

Los edificios de la estación estaban atrapados bajo un caparazón de nieve y hielo, y los tejados, cubiertos por edredones blancos. Una pareja y una mujer esperaban bajo las farolas amarillas del andén, transformado en una pista provisional de esquí de fondo.

Kirsten despegó la cara del cristal y fuera todo volvió a sumirse en la oscuridad, eclipsado por la iluminación del interior del tren. Oyó el susurro de la puerta y percibió un movimiento en el límite de su campo visual, en el extremo del pasillo. Era una mujer de unos cuarenta y tantos años, como ella. Kirsten volvió a abstraerse en la lectura. Había logrado dormir cerca de una hora, pese a que hacía más de cuatro que habían salido de Oslo. Habría preferido coger el avión, o dormir en el coche cama, pero sus superiores le habían asignado un billete sencillo de tren nocturno, con una plaza de asiento. Cosas de las restricciones presupuestarias. Las notas que había tomado en el teléfono aparecían en ese momento en la pantalla de su tableta: habían encontrado un cadáver en una iglesia de Bergen. Mariakirken, la iglesia de Santa María. Una mujer había sido asesinada en el altar, rodeada por los objetos de culto. Amén.

—Perdona.

Kirsten levantó la vista. La mujer que había subido al tren estaba parada frente a ella, sonriente, con el equipaje en la mano.

—¿Te importa que me siente delante de ti? No te molestaré, es que... bueno, en un tren nocturno tan vacío... No sé, me sentiría más segura.

Sí le importaba. Correspondió sin entusiasmo a su sonrisa.

—No, no, no me importa. ¿Vas a Bergen?

—Eh... sí, sí, Bergen. ¿Tú también?

Volvió a leer las notas. El tipo de Bergen no le había contado mucho por teléfono. Kasper Strand. Se preguntaba si sería tan poco meticuloso investigando. Según él, estaba anocheciendo cuando un sin techo que pasaba cerca de Mariakirken había oído gritos en el interior de la iglesia. En lugar de ir a ver qué ocurría, había considerado más prudente salir corriendo y, en ésas, prácticamente se había dado de bruces con una patrulla que pasaba por allí. Los dos policías habían querido saber adónde iba y por qué lo hacía tan deprisa. Entonces les había hablado de los alaridos que venían de dentro de la iglesia. Según Kasper Strand, los dos agentes no habían intentado disimular su escepticismo (por el tono y determinadas alusiones, a Kirsten le había parecido captar que el sin techo era bastante conocido en la comisaría), pero esa noche hacía frío y había humedad y, además, se aburrían de mala manera; puestos a elegir, incluso la nave glacial de una iglesia era preferible a ese viento y esa lluvia «llegados de ultramar». (Ésa había sido la expresión que había utilizado Kasper Strand; «un poeta en la policía», había pensado Kirsten.)

Dudó si mirar en la tableta el breve vídeo grabado en la iglesia que le había enviado Strand. Por la mujer que tenía delante. Kirsten suspiró. Había abrigado la esperanza de que su acompañante diera una cabezada, pero, en lugar de eso, parecía más despierta que nunca. Kirsten le dirigió una mirada furtiva. La mujer la observaba, con una sonrisa sutil en los labios que Kirsten no acababa de saber si era amistosa o burlona. Y con los ojos entornados. Luego bajó la vista hasta la pantalla de la tableta, con el ceño fruncido; era evidente que intentaba descifrar lo que había escrito.

—¿Eres policía?

Kirsten reprimió una reacción malhumorada y miró en la esquina de la pantalla el símbolo del león y la corona acompañado de la palabra «POLITIET» en pequeño. Luego posó en la mujer una mirada que no era ni hostil ni afable, y esbozó con los finos labios una sonrisa lo más mesurada posible sin llegar a resultar ofensiva. En la comisaría de Oslo, Kirsten Nigaard no destacaba por su calidez.

—Sí.

—¿De qué departamento, si no es indiscreción?

«Sí lo es», pensó.

—Del Kripos, el servicio nacional de investigaciones criminales.

—Ah, ya entiendo; bueno, no, no lo entiendo... Es un oficio poco común, ¿verdad?

—Sí, según se mire.

—Y vas a Bergen por... por...

Kirsten estaba decidida a no facilitarle las cosas.

—Por... bueno, ya sabes, eh... pues por un crimen, ¿no?

—Sí.

Tono seco. Tal vez la mujer se dio cuenta de que había ido demasiado lejos, porque negó con la cabeza al tiempo que apretaba los labios.

—Perdona, no es asunto mío, la verdad.

Señaló su equipaje.

—Tengo un termo lleno de café. ¿Quieres?

Kirsten dudó.

—De acuerdo —aceptó al final.

—Va a ser una noche larga —dijo la mujer—. Me llamo Helga.

—Kirsten.

—Así que vives sola y no sales con nadie en este momento.

Kirsten le dirigió una mirada prudente. Había hablado demasiado. Sin darse cuenta, había dejado que Helga le tirara de la lengua. Esa Helga era más entrometida que una periodista. Al ser investigadora, Kirsten sabía que, incluso en las relaciones más banales, el hecho de escuchar a alguien guardaba siempre relación con la búsqueda de la verdad. Por un instante, pensó que a la tal Helga se le habrían dado de maravilla los interrogatorios de testigos y en un primer momento le había hecho gracia la idea; conocía agentes del Kripos que eran mucho menos hábiles en ese sentido. Ahora ya no le hacía ninguna. Ahora, la indiscreción de Helga empezaba a ponerla de los nervios.

—Helga, creo que voy a dormir un poco —dijo—. Mañana me espera un día largo. O más bien hoy —rectificó tras consultar el reloj—. Quedan menos de dos horas para llegar a Bergen. Tengo que dormir.

Helga la miró de un modo extraño antes de asentir.

—Claro. Si es eso lo que quieres.

La desconcertó la sequedad de su tono. Había algo en aquella mujer... pensó, algo que no había advertido al principio, pero que entonces se le hizo evidente: no le gustaba que la contrariaran, que le plantaran cara. Tenía muy poca tolerancia a la frustración, una tendencia manifiesta al arrebato, una visión maniquea del mundo: «personalidad histriónica», concluyó. Se acordó de las clases en la academia de policía, donde les enseñaban la actitud que había que adoptar ante diferentes tipos de personalidad.

Cerró los ojos con la esperanza de poner así fin a la conversación.

—Perdona —dijo de pronto Helga, desde el otro lado de sus párpados cerrados.

Los volvió a abrir.

—Perdona que te haya molestado —repitió—. Me voy a sentar en otra parte.

Helga resopló con una sonrisa condescendiente y las pupilas dilatadas.

—No debes de hacer muchas amistades —continuó.

—¿Cómo has dicho?

—Con ese carácter que tienes, con esa manera de cortar a la gente, esa arrogancia... No me extraña que estés sola.

Kirsten se puso rígida. Iba a contestar cuando Helga se levantó de repente y cogió la bolsa que había colocado en el compartimento que quedaba por encima de ella.

—Perdona que te haya molestado —insistió con aspereza mientras se alejaba.

«Perfecto —se dijo Kirsten—. Vete a buscar a otro a quien darle la lata.»

Se había adormilado. Estaba soñando. Y en el sueño, una voz insinuante y ponzoñosa le silbaba al oído «missserable, odiosssa». Se despertó con un sobresalto. Y el sobresalto fue en aumento cuando descubrió a Helga muy cerca de ella. Sentada a su lado, con la cara inclinada sobre la de Kirsten, la observaba igual que un científico examina una ameba en el microscopio.

—Pero ¿qué haces? —preguntó con sequedad.

¿Le había dedicado Helga realmente aquellos insultos? ¿La había llamado «miserable» y «odiosa»? ¿Había pronunciado aquellas palabras o la había insultado en sueños?

—Sólo quería decirte que te vayas a tomar por saco.

Kirsten sintió que la rabia se adueñaba de ella, una rabia monumental, negra como un nubarrón de tormenta.

—¿Qué has dicho?

El tren entró en la estación de Bergen a las 7.01 horas. «Diez minutos de retraso, no está mal para la NSB», pensó Kasper Strand mientras recorría de nuevo el andén. Era noche cerrada y, con un cielo tapado como aquél, así seguiría siendo hasta las nueve de la mañana. La vio bajar del estribo y apoyar la punta de un zapato en el suelo. Ella levantó la cabeza y lo localizó enseguida entre las escasas personas que había a esa hora en la estación.

«Poli», leyó en su mirada cuando la detuvo en él. Y supo lo que veía: un policía un poco palurdo, medio calvo, mal afeitado y con la barriga cervecera despuntando bajo una chaqueta de cuero pasada de moda.

Avanzó hacia ella, tratando de no mirarle demasiado las piernas. Estaba un tanto sorprendido por su atuendo. Debajo del abrigo de invierno con capucha ribeteada de piel, bastante corto por lo demás, llevaba un traje de chaqueta muy sobrio, unas medias de color carne y unos botines de tacón. Igual eso era lo que estaba de moda ese otoño en la policía de Oslo. Le parecía que iba vestida como para salir de una sala de conferencias del Radisson Plaza, cerca de la estación central, o de un edificio del DnB NOR Bank. En todo caso era guapa, sin lugar a dudas. Calculó que tendría entre cuarenta y cincuenta años.

—¿Kirsten Nigaard?

—Sí.

Le tendió la mano enfundada en un guante y él dudó si apretarla o no, de lo blanda que la notaba, como si no tuviera huesos, como si el guante estuviera lleno de aire.

—Kasper Strand, de la policía de Bergen —dijo—. Bienvenida.

—Gracias.

—¿No se te ha hecho largo el viaje?

—Sí.

—¿Has podido dormir?

—Casi nada.

—Ven, acompáñame.

Alargó una manaza colorada hacia el asa de la bolsa de Kirsten, pero ella hizo un gesto con la barbilla para darle a entender que no hacía falta, que prefería llevarla ella misma.

—Podrás tomarte un café en la comisaría. También hay pan, embutido, zumo y queso brunost. Después entraremos en materia.

—Antes querría ver el escenario del crimen. Está cerca de aquí, si no me equivoco, ¿verdad?

Strand se volvió hacia ella mientras caminaban bajo el gran techo de cristal y, al tiempo que enarcaba una ceja, se frotó la barba de seis días.

—¿Cómo? ¿Ahora mismo?

—Sí, si no te importa.

Kasper trató de disimular la irritación, pero no se le daba bien. Vio que ella sonreía. Era una sonrisa fría, que no iba dirigida a él, pero que seguramente confirmaba la idea que, de entrada, se había hecho del policía. «Mierda.»

Un andamio y una cubierta de lona inmensa ocultaban el gran reloj luminoso que se había erigido en honor del Bergens Tidende. El periódico más importante de Noruega occidental consagraría sin duda la primera plana al asesinato en la iglesia. Torcieron a la derecha en el vestíbulo y, tras pasar frente a la tienda de comestibles Deli de Luca, se adentraron bajo la pequeña bóveda ventosa y húmeda delante de la cual se encontraba la parada de taxis. No había ni un solo taxi a la vista, como de costumbre, pese a la media docena de clientes que esperaban mientras se mojaban a causa de la lluvia que caía en diagonal. Había aparcado su Saab 9-3 al otro lado de la calle, sobre la calzada de adoquines. Aquellos jardines y edificios, modestos al fin y al cabo, tenían un innegable aire provinciano. En todo caso, provinciano en el sentido que debían de asignar a esa palabra en Oslo.

Kasper tenía hambre. Había permanecido toda la noche al pie del cañón, junto con el resto del equipo de investigación de Hordaland.

Cuando ella se dejó caer a su lado, se le abrió el abrigo oscuro y la falda se le subió y dejó al descubierto unas rodillas hermosas bajo la luz cenital del coche. El cabello rubio se le enredaba en rizos rebeldes sobre el cuello del abrigo, pero el resto de la melena caía bien lisa y separada por una raya hecha con pulcritud en el lado izquierdo de la cabeza.

No era rubia natural. Kasper distinguía un tono más oscuro en las raíces y las cejas, que se había depilado para hacerlas más finas. Tenía los ojos de un azul casi perturbador, la nariz recta y un poco larga y los labios delgados pero bien perfilados. Y un lunar en la punta de la barbilla, algo descentrado hacia la izquierda.

En aquella cara todo irradiaba determinación.

Parecía una mujer que se sabía controlar, tranquila, obsesiva.

Aunque la conocía tan sólo desde hacía diez minutos, se sorprendió al pensar que no le habría gustado tenerla como compañera. No creía que pudiera soportar mucho tiempo su carácter, ni tener que estar evitando constantemente la visión de sus piernas.

KIRSTEN

1
Mariakirken

Una luz tenue iluminaba la nave. A Kirsten le extrañó que hubieran dejado los cirios ardiendo justo al lado del escenario del crimen, acotado por un cordón naranja y blanco que prohibía el acceso al sagrario y al coro.

El olor de la cera caliente le produjo un cosquilleo en la nariz. Sacó del abrigo una caja metálica plana; dentro había tres cigarrillos enrollados. Sostuvo uno entre los labios.

—Aquí no se puede fumar —advirtió Kasper Strand.

Ella le dirigió una sonrisa y, sin decir ni una palabra, encendió el cilindro fino e irregular con un mechero barato. Después paseó la mirada por la nave y la detuvo en el altar. El cadáver ya no estaba allí. Tampoco la tela blanca que debía de haber cubierto el altar. Imaginó los regueros pardos y las grandes manchas que habrían impregnado el lienzo y lo habrían dejado tieso tras secarse.

Kirsten no había vuelto a ir a misa desde que era niña, pero le parecía recordar que, cuando el sacerdote entraba en el presbiterio para celebrarla, se inclinaba y besaba el altar. Al acabar el servicio, antes de abandonar la iglesia, lo besaba de nuevo.

Cerró los ojos, se frotó los párpados, maldijo a la mujer del tren, dio una calada y los volvió a abrir. Las salpicaduras arteriales no habían manchado el gran crucifijo que colgaba más arriba, pero sí habían alcanzado a la Virgen con el Niño y el tabernáculo, situados un poco más abajo. Percibía lo que parecían constelaciones de manchas diminutas de un color rojo amarronado y chorretones largos y negruzcos en los recubrimientos dorados y en el rostro indiferente de María. A poco menos de tres metros: la distancia que había recorrido el géiser.

Los vikingos quemaban a los muertos de noche en unos barcos que transformaban en ataúdes. Loki era el dios del fuego y la malicia. Jesús convivía con Odín y Thor cuando los cristianos evangelizaron a la fuerza a los pueblos paganos del norte, les cortaban manos y pies, los enucleaban y los mutilaban, mientras los príncipes vikingos se convertían al cristianismo por puro interés político. Fue el final de una civilización. Pensaba en todo eso rodeada del silencio de la iglesia.

Fuera, la ciudad dormía aún bajo la lluvia. Igual que el puerto, donde un enorme carguero erizado de antenas y grúas, pintado de gris como los navíos de guerra, permanecía anclado delante de las casas de madera del barrio de Bryggen. ¿Había que invocar al genio del lugar? El pasado de aquella iglesia se remontaba a épocas mucho más lejanas que aquellas que habían dejado huellas visibles en Oslo. Allí no había ni Teatro Nacional, ni Palacio Real, ni premio Nobel de la Paz, ni parque Vigeland. Remontaba a comienzos del siglo XII. Allí siempre había estado presente el salvajismo de los tiempos antiguos. A cada indicio de civilización le corresponde un indicio de barbarie, toda luz combate una noche, cada puerta que abre un hogar iluminado oculta una puerta que da a las tinieblas.

Tenía diez años cuando había pasado junto a su hermana las vacaciones de invierno en casa de su abuelo, en una aldea cercana a Trondheim llamada Hell. Ella adoraba a su abuelo; tenía una cara singular, les contaba un sinfín de historias divertidas y le gustaba que las dos nietas se le sentaran juntas en el regazo. Esa noche les había pedido que llevaran de comer a Heimdall, el pastor alemán que dormía en el granero. Hacía un frío terrible, un frío capaz de helar la sangre en las venas, cuando salió de la granja bien caldeada a la noche glacial de diciembre. Las botas forradas hacían crujir la nieve a cada paso y, precedida por su sombra, que la luna proyectaba con forma de mariposa gigante, se dirigió al granero. No las tenía todas consigo cuando entró, pues estaba completamente a oscuras. Su abuelo había sido un sádico al mandarla allí en plena noche. Heimdall la había recibido ladrando y tirando de la cadena. Había acogido con agradecimiento las caricias de Kristen y le había lamido afectuosamente la cara. Ella se había pegado a su cuerpo caliente y palpitante, y había hundido el rostro en su pelo oloroso; le parecía una crueldad dejarlo dormir fuera en una noche como aquélla. Después había oído los ladridos... Eran tan débiles que, si Heimdall no se hubiera callado un instante, no los hubiera percibido. Provenían del exterior... Se le pusieron los pelos de punta cuando, con su fértil fantasía de niña, imaginó a una criatura que, con voz lastimera, trataba de atraerla fuera con intención de saltar encima de ella. Aun así, había salido. Entonces, a la izquierda, en la esquina entre el granero y el cobertizo, había vislumbrado el débil destello que despedían en la oscuridad los barrotes de una jaula. Kirsten se acercó, con el corazón acelerado y una sensación creciente de opresión a medida que aquellos ladridos se intensificaban, tan agudos que casi parecían chillidos. Tenía un mal presentimiento. Después de dar media docena de pasos en la nieve, sus dedos alcanzaron los barrotes y fijó la mirada entre ellos. Allí, en el fondo, arrimada a la pared de cemento, había una forma. Entornó los ojos y entonces lo vio. Un perro joven, poco más que un cachorro. Un perrillo de raza indefinida, hocico alargado, orejas gachas y pelo corto y rojizo. Tenía la cabeza casi pegada al cemento del muro porque su collar estaba sujeto a una argolla. Con el trasero directamente apoyado en la hierba y la nieve, la miraba mientras lo sacudían temblores violentos. Todavía entonces recordaba la mirada dulce, afectuosa e implorante que le había dirigido aquel cachorro. Una mirada que decía: «Ayúdame, te lo suplico.» Era lo más triste que había visto en su vida. Sintió como su corazón inexperto, su corazón intacto de niña, se rompía en mil pedazos. Al cachorro ya no le quedaban fuerzas para ladrar; a duras penas podía emitir aquellos lamentos débiles y desgarradores, y abría y cerraba los ojos bajo el peso de la fatiga. Kirsten se había agarrado a aquellos barrotes helados; habría querido abrir la jaula, romperla, liberarlo y huir con él en los brazos. En aquel momento, enseguida. Había corrido, vacilante, ebria de dolor y de desesperación, hasta la granja, y había suplicado al abuelo. Sin embargo, éste se había mostrado inflexible. Por primera vez no había cedido a sus caprichos. Era un perro callejero, un chucho, que no tenía dueño y merecía un castigo: les había robado carne. Ella sabía que, si no hacía nada, el cachorro moriría antes del amanecer; imaginándose el sufrimiento del joven animal, su tristeza y soledad, lloró, gritó y vociferó delante de su hermana, que, estupefacta y asustada, también se echó a llorar. Su abuela intentó calmarla, pero el abuelo la miró con severidad y, por espacio de un segundo, se vio en el lugar del cachorro, encerrada en la jaula, con un collar en el cuello sujeto a la argolla metálica de la pared.

—¡Enciérrame en la jaula! —chilló—. ¡Enciérrame con él!

—Estás loca, pobrecita mía —soltó el abuelo con una voz dura e implacable.

Se acordó de aquel episodio cuando se enteró por los periódicos de que el Estado noruego acababa de crear un cuerpo de policía encargado de luchar contra la crueldad animal... El primero del mundo.

En el hospital, poco antes de que el abuelo muriera, había esperado a que su hermana y el resto de la familia que había acudido se encontraran a cierta distancia para inclinarse sobre el anciano y susurrarle algo al oído. Había visto su mirada afectuosa cuando se había acercado a él.

—Viejo cabrón —había murmurado—. Espero que vayas al infierno.

Había utilizado la palabra inglesa, hell, que coincidía con el nombre del pueblo del abuelo, pero estaba segura de que lo había comprendido.

Contemplando el púlpito, el retablo, el gran crucifijo y las pinturas murales, se acordó de que incluso Agnes Gonxha Bojaxhiu —más conocida con el nombre de Madre Teresa— había pasado la mayor parte de su vida en la noche profunda de la fe, de que en sus cartas había hablado de un «túnel», de una «oscuridad terrible dentro de uno mismo, como si todo estuviera muerto». ¿Cuántos creyentes vivirían de esa forma, en la oscuridad más completa? ¿Avanzando en medio de un desierto espiritual que mantenían en secreto?

—¿Todo bien? —preguntó Strand a su lado.

—Sí.

Tocó la pantalla de la tableta y las imágenes del breve vídeo de la policía de Bergen volvieron a aparecer.

Ecce homo.

1.º La mujer yacía tendida encima del altar, boca arriba, arqueada como si la traspasara un arco eléctrico o estuviera a punto de tener un orgasmo.

2.º La cabeza colgando fuera del altar, en el vacío, con la boca abierta y la lengua fuera como si esperara la hostia con la cabeza del revés.

3.º En un primer plano blanquecino que el técnico de Identificación Judicial debió de tomar con el zoom de la cámara HD, se apreciaba que la cara estaba roja y tumefacta, casi todos los huesos —nasal, cigomático, etmoides, maxilar superior, mandíbula— rotos y había un hundimiento rectilíneo y profundo en medio del frontal que creaba la impresión de que hubieran cavado un canalón; un hundimiento sin duda provocado por un golpe de extrema violencia descargado con un objeto contundente alargado, es probable que con una barra metálica.

4.º La ropa estaba desgarrada en parte, a excepción de la bota derecha, que estaba ausente y dejaba al descubierto un calcetín de lana blanco, con el talón sucio.

Kirsten absorbía cada detalle. «Es una escena impregnada de una profunda verdad», se dijo. La verdad de la humanidad. Doscientos mil años de barbarie y la esperanza de un hipotético más allá donde los hombres supuestamente serían mejores.

De acuerdo con las primeras comprobaciones, la mujer había recibido una paliza mortal: primero con una barra de hierro con la que le habían hundido la caja torácica y el cráneo, y después con la custodia. Los técnicos habían llegado a esa última conclusión debido a la presencia del objeto volcado y ensangrentado sobre el altar... Y sobre todo al particular trazado de las heridas: la custodia estaba rodeada de unos rayos que le conferían el aspecto de un sol, y dichos rayos habían dejado laceraciones profundas en la cara y las manos de la víctima. La degollación, que había hecho que la sangre brotara en la dirección del tabernáculo antes de que el corazón dejara de latir, debía de haberse producido justo después. Kirsten se concentró. En todos los escenarios del crimen hay un detalle que tiene más valor que los otros.

«La bota...» Una bota de senderismo North Face, negra con motivos blancos y una suela de color amarillo chillón... La habían encontrado del revés al pie de la tarima, a dos metros largos del altar. ¿Por qué?

—¿Llevaba la documentación?

—Sí. Se llamaba Inger Paulsen. No estaba fichada en el registro central de penados.

—¿Edad?

—Treinta y ocho años.

—¿Casada? ¿Hijos?

—Soltera.

Miró a Kasper. No llevaba alianza, pero quizá se la quitaba para trabajar. Se comportaba como un hombre casado. Kirsten se le acercó un poco más, pasando de la distancia personal a la distancia íntima —menos de cincuenta centímetros— y notó que se ponía rígido.

—¿Habéis averiguado a qué se dedicaba?

—Trabajaba en una plataforma petrolífera en el mar del Norte. Y... eh... los análisis de sangre han revelado un índice de alcoholemia elevado...

Kirsten se conocía de memoria todas las estadísticas. Sabía que la tasa de homicidios de Noruega era apenas inferior a la de Suecia, una vez y media más baja que en Francia, casi la mitad que en Gran Bretaña y siete veces inferior a la de Estados Unidos. Sabía que incluso en Noruega, el país con la tasa de desarrollo humano más elevada del mundo, según Naciones Unidas, la violencia guardaba una estrecha relación con el nivel educativo, que sólo un 34 % de los asesinos trabajaban, que el 89 % eran hombres y el 46 % actuaban bajo la influencia del alcohol en el momento de los hechos. Había, por consiguiente, una probabilidad nada despreciable de que el asesino fuera un hombre y una posibilidad entre dos de que hubiera consumido alcohol, al igual que su víctima. Había otra, no tan elevada, de que fuera un allegado: cónyuge, amigo, amante, compañero de trabajo... No obstante, el error que cometían todos los policías novatos era dejarse cegar por las estadísticas.

—¿En qué piensas? —preguntó, echándole el humo en la cara.

—¿Y tú?

Sonrió y reflexionó un momento.

—Una pelea —dijo—, un encuentro clandestino y una pelea que acabó mal. Mira la ropa desgarrada; casi le han arrancado el cuello de la camisa que lleva debajo del jersey y sobre todo esa bota lejos del altar... Se pelearon y el otro llevó las de ganar. Luego, enfurecido, la mató. La puesta en escena es sólo para divertir al público.

Se quitó una hebra de tabaco de los labios.

—¿Qué hacían en la iglesia, según tú? ¿No debería haber estado cerrada?

—Uno de los dos tenía una copia de las llaves, sin duda —confirmó él—, porque la iglesia está cerrada casi siempre. Y hay algo más.

Le indicó que lo siguiera. Kirsten se limpió la ceniza que le había caído en el abrigo, se lo abotonó para protegerse del frío y echó a andar tras él. Salieron por donde habían entrado: una puerta lateral. Kasper señaló las huellas de pasos en la delgada capa de nieve —la primera de la temporada había caído antes ese año— que la lluvia empezaba a borrar. Kirsten se había fijado en ellas cuando habían llegado por el camino que había delimitado la Policía Científica entre las lápidas. Dos rastros en un sentido y uno en el contrario.

—El asesino ha seguido a su víctima hasta el interior de la iglesia —dijo él, como si le leyera el pensamiento.

¿Habían llegado juntos o por separado? ¿Serían ladrones que se habían disputado el botín? ¿Dos personas que habían quedado allí? ¿Una adicta a las drogas y su camello? ¿Un sacerdote? ¿Unos amantes que encontraban excitante follar en una iglesia?

—Esa tal Paulsen, ¿era cristiana practicante?

—Ni idea.

—¿En qué plataforma trabajaba?

Kasper se lo dijo. Ella apagó el cigarrillo en la pared de la iglesia, lo que dejó un rastro negro en la piedra. Luego, con la colilla en el hueco de la mano, echó un vistazo a las ventanas iluminadas del edificio de enfrente. Eran las nueve de la mañana y todavía estaba oscuro. Las casas de madera típicas del barrio de Bryggen, que databan del siglo XVIII, relucían bajo la lluvia. Las gotas provocaban destellos a la luz de las farolas y le mojaban el pelo.

—¿Supongo que habréis interrogado a los vecinos?

—No hemos sacado nada de esos interrogatorios —confirmó Kasper—. Aparte del sin techo, nadie vio ni oyó nada.

Cerró la puerta de la iglesia con llave y volvieron al coche tras cruzar la verja, que se había quedado abierta.

—¿Y el obispo?

—Lo hemos sacado de la cama. Lo están interrogando en este momento.

Kirsten se acordó de la barra de hierro que llevaba consigo el asesino y se le ocurrió una idea.

—¿Y si fuera al revés? —dijo.

Kasper la miró de reojo mientras metía la llave en el contacto.

—¿Al revés el qué?

—¿Y si primero llegó el asesino y la víctima lo siguió?

—¿Una trampa? —preguntó Kasper, frunciendo el ceño.

Kirsten lo miró sin decir nada.

Comisaría de Hordaland. En el séptimo piso, la jefa de policía Birgit Strøm escrutaba a Kirsten con sus ojillos hundidos en medio de su cara de mero, achatada y ancha, cuya boca, fina como una ranura, se negaba con obstinación a curvar los extremos hacia arriba o hacia abajo.

—¿Una pelea? —repitió con una voz que sonó como un rallador oxidado.

«Abuso de tabaco», pensó Kirsten.

—En ese caso —continuó la jefa—, si no fue premeditado, ¿por qué habría acudido el asesino a una iglesia con una barra de hierro?

—Sí lo fue, está claro —la corrigió Kirsten—. Pero Paulsen se defendió. Tiene cortes en las palmas de las manos que le provocó la custodia y que indican que se defendió. Se pelearon y, en un momento dado, durante el forcejeo, Paulsen perdió una bota.

Kirsten advirtió un destello fugaz en los ojos del mero. La mirada de la jefa de policía se posó en Kasper antes de volver a concentrarse en Kirsten.

—Muy bien. Entonces, ¿cómo explicas que hayamos encontrado esto en uno de los bolsillos de la víctima?

Se echó hacia atrás para coger una bolsa transparente del borde del escritorio sobre el que había apoyado su voluminoso trasero, lo cual hizo sobresalir todavía más su pecho, también generoso. Kasper y los otros agentes del equipo de investigación de la policía de Hordaland observaron el gesto como si se tratara de Serena Williams a punto de servir la bola de partido.

Kirsten cogió la bolsa de pruebas que le tendió la jefa de policía.

Ya sabía qué había dentro. Ésa era la razón por la que la habían llamado a ella para que fuera desde Oslo. La habían hecho entrar en la comisaría no por la entrada principal, la Allehelgens gate, sino por la puertecilla blindada de atrás, la Halfdan Kjerulfs gate, en la que había que marcar un código, como si les preocupara que alguien la viera.

Era un trozo de papel, con algo escrito a mano, en mayúsculas. Kasper se lo había dicho el día anterior por teléfono, cuando aún estaba en la sede del Kripos, menos de una hora después del descubrimiento del cadáver, así que no podía llevarse una sorpresa, porque ya lo sabía.

Era su nombre el que figuraba en ese trozo de papel.

KIRSTEN NIGAARD

2
83 souls

El helicóptero volaba a todo gas entre las ráfagas, propulsado por las dos potentes turbinas Turbomeca. En la penumbra, Kirsten distinguía la nuca de los dos pilotos, sus auriculares y sus cascos.

El piloto que estaba al mando iba a tener que recurrir a todas sus facultades esa noche, porque fuera la tormenta era tremenda. Eso era lo que había pensado, embutida en el traje de supervivencia, sentada detrás, mientras un único limpiaparabrisas expulsaba a duras penas las rachas de lluvia que abofeteaban el cristal, detrás del cual era ya noche cerrada. A la luz de los instrumentos de a bordo, las gruesas gotas rodaban hacia arriba con la presión del aire. Kirsten sabía que el último accidente en el que había estado implicado uno de los helicópteros que mantenían la comunicación con las plataformas marinas se había producido en 2013. Un Super Puma L2. Dieciocho personas iban a bordo. «Cuatro muertos.» Antes de eso, un Puma AS332 se había estrellado cerca de las costas escocesas en 2009. «Dieciséis muertos.» Y otros dos incidentes más, sin víctimas, habían tenido lugar en 2012.

En los días precedentes, las condiciones meteorológicas habían dejado aislados a más de dos mil trabajadores offshore entre Stavanger, Bergen y Florø. Esa tarde, los helicópteros habían podido despegar por fin y habían llevado a todo el mundo a casa. Con todo, las condiciones seguían siendo difíciles.

Miró de soslayo a Kasper. Sentado a su derecha, tenía los ojos vidriosos y la boca abierta. Kirsten volvió a fijar la vista al frente. Y por fin la vio. Surgida de las tinieblas, encaramada veinte metros por encima de la superficie invisible del océano, parecía flotar en la noche, como una nave espacial.

Latitud: 56,07817°.

Longitud: 4,232167°.

A doscientos cincuenta kilómetros de la costa. Un poco menos aislada de lo que hubiera estado perdida en el espacio...

Debajo, la oscuridad era total y Kirsten trató en vano de vislumbrar las altas pilonas de acero que debían de hundirse directamente en el oleaje encrespado. Sabía que tocaban el fondo ciento cuarenta y seis metros más abajo, lo que correspondía a la altura de un rascacielos de cuarenta y ocho pisos, con la diferencia de que, en lugar de un edificio sólido, allí eran sólo cuatro grúas metálicas y frágiles, rodeadas de un océano feroz y embravecido, las que sostenían aquella ciudad flotante.

Cuanto más se aproximaba el helicóptero, más le parecía que la plataforma Statoil era un desorden indescriptible, una montaña caótica y precaria. No había ni un centímetro libre entre los puentes, las pasarelas, las escaleras, las grúas, los contenedores, los kilómetros de cables, de tubos, de barreras, las torres de perforación y, para rematar, los seis pisos de zonas habitables apiladas como los barracones de las obras. El conjunto estaba muy iluminado, pero sólo en ciertas partes, algo que daba lugar a una alternancia de zonas de brillo deslumbrador y zonas invisibles, engullidas por la oscuridad.

Una ráfaga más violenta que las demás desvió la trayectoria del aparato.

«Qué mierda de noche», pensó.

Treinta nacionalidades convivían allí dentro: polacos, escoceses, noruegos, rusos, croatas, letones, franceses... Noventa y siete hombres y veintitrés mujeres, repartidos en equipos de noche y de día. Una semana trabajaban de noche, otra semana de día, hacían rotaciones de doce horas, y así durante un mes. Al cabo de cuatro semanas, ¡bingo!: el derecho a disfrutar de veintiocho días de vacaciones. Algunos se iban a hacer surf a Australia, otros a esquiar a los Alpes, otros volvían con la familia, y los divorciados —los más numerosos— se iban de marcha, disfrutaban a lo loco y dilapidaban buena parte del dinero que habían ganado, o se iban a Tailandia a buscar una compañera nueva que apenas hubiera entrado en la pubertad. Ésa era la ventaja de aquel trabajo: te ganabas bien la vida, tenías mucho tiempo libre y la posibilidad de viajar con las millas de avión que ibas acumulando. Aparte quedaban el estrés, los problemas de salud mental y los conflictos, que seguramente eran frecuentes allí dentro y acerca de los cuales los responsables debían de evitar hacer demasiadas preguntas, dedujo Kirsten. Desde luego, allí no faltaban las personas temerarias, las que padecían trastorno borderline y las que mostraban personalidad de tipo A. Se preguntó si Kasper la habría catalogado ya dentro de una de aquellas categorías. «En la de cargante, seguro que sí.» Él, por su parte, con su apariencia de oso de peluche, pertenecía sin duda a la personalidad de tipo B: necesidad baja de logros, ausencia de agresividad, tolerancia... Calmado, demasiado calmado. Aunque se había producido, aun así, una excepción. Esa misma noche, desde que habían abandonado tierra firme, se había despojado por fin de su aspecto bonachón para adoptar, pese a su corpulencia, la apariencia de un niño.

Ya sólo quedaban treinta metros. El área de aterrizaje —¿o había que decir «amerizaje»?— consistía en un hexágono mal iluminado con una «H» muy grande en el centro, cubierta de una red tensada a ras del suelo y suspendida en el vacío en un extremo de la plataforma. Una escalera metálica descendía en una pendiente pronunciada hacia la superestructura. Kasper tenía la vista clavada en la «H» que se balanceaba en la noche, al compás de sus oscilaciones, igual que un objetivo móvil de un videojuego, y los ojos estaban a punto de salírsele de las órbitas.

Kirsten percibió la llama que ardía en lo alto de una torre de perforación. El hexágono se aproximó. El H225 giró sobre sí mismo y la pista de aterrizaje desapareció por un instante de su campo visual. Luego, después de dar un último bandazo, los patines tocaron el helipad y a ella le pareció oír, a pesar del estruendo, que Kasper emitía un hipido. El piloto era un as, no cabía duda, pensó.

Lo que los aguardaba fuera no era menos violento: la lluvia helada los fustigó en cuanto pusieron un pie en tierra, y el viento que le tiraba del pelo soplaba con tanta fuerza que dudó si no sería capaz de hacerla caer por la borda. En cuanto Kirsten se puso en marcha notó la red bajo las suelas. La pista estaba hundida en la penumbra, que tan sólo mitigaban los fluorescentes que había dispuestos en el suelo. Un individuo provisto de un casco y unos protectores de orejas voluminosos surgió sin previo aviso y la agarró del brazo.

—¡No te pongas de cara al viento! —gritó, obligándola a que girara sobre sí misma como una peonza—. ¡No te pongas de cara al viento!

De acuerdo, pero ¿de dónde venían las ráfagas? A ella le parecía que aquel viento furibundo soplaba de todas partes a la vez. El hombre la empujó hacia el lugar donde arrancaba la escalera de acero. Entre los escalones se veía el vacío, y a Kirsten le dio vértigo cuando descubrió los treinta metros que los separaban de la superficie: un hervidero de olas desmesuradas que levantaban el océano y chocaban contra las pilonas de la plataforma antes de proseguir su carrera a través de las tinieblas del mar del Norte.

—¡Joder! —exclamó Kasper a su espalda.

Al volverse, lo vio agarrado a la barandilla.

Quiso bajar el escalón siguiente, pero no lo consiguió. Imposible. El viento, que le daba de cara, era como un muro, y la lluvia, una granizada que le acribillaba las mejillas. Tuvo la impresión de haber entrado por error en un túnel de pruebas de aerodinámica.

—¡Mierda, mierda, mierda! —gritó, avergonzada pero incapaz de avanzar.

Dos manos la empujaron por la espalda y por fin franqueó el obstáculo, escalón tras escalón.

El capitán de la plataforma —un individuo alto, con barba, de unos cuarenta y tantos años— los esperaba al pie de la escalera, en compañía de otro hombretón que agitaba ante ellos unos trajes naranjas cubiertos de bandas reflectantes.

—¿Están bien? —preguntó, bajo el casco, el barbudo.

—Buenos días, capitán. Kirsten Nigaard, agente del Kripos, y él es Kasper Strand, miembro del equipo de investigación de la policía criminal de Hordaland —se presentó, tendiéndole la mano.

—Jesper Nilsen. ¡No soy el capitán, soy el supervisor! Pónganse esto. ¡Es obligatorio!

El tono era autoritario, y su cara, inexpresiva. Kirsten cogió el pesado traje, que le resultó incómodo y excesivamente grande: sus manos desaparecieron en el interior de las mangas.

—¿Dónde está el capitán?

—¡Está ocupado! —gritó Nilsen para hacerse oír entre el estruendo, y les indicó con un gesto que lo acompañaran—. ¡Aquí siempre vamos con prisas, nunca paramos! Es un trabajo muy serio, teniendo en cuenta lo que cuesta al día el mantenimiento de una plataforma. ¡No hay tiempo que perder!

Quiso ir tras él, pero el viento la proyectó contra la barandilla y la hizo doblarse casi en dos. Lo siguió de todas formas, agarrándose a las barreras, propulsada de un lado a otro, cegada por la lluvia. Giraron a la derecha y luego a la izquierda, y de nuevo torcieron a la derecha. Después bajaron unos escalones y recorrieron una pasarela con un suelo de enrejado metálico y pasaron por detrás de un gran contenedor que, por un momento, los protegió de los embates del viento. Unos hombres con casco y gafas de protección iban y venían. Kirsten levantó la cabeza. Allí todo era vertical, vertiginoso y hostil. Un laberinto de fluorescentes y de acero cercado por las tempestades del mar del Norte. Por todas partes había prohibiciones: «PROHIBIDO FUMAR», «PROHIBIDO QUITARSE EL CASCO», «PROHIBIDO SILBAR» (quizá porque, a pesar del estrépito, cualquier ruido inhabitual podía representar un peligro y constituir, pues, una información importante), «PROHIBIDO PASAR». La estructura vibraba, gruñía y rugía... con el estruendo del entrechocar de los tubos, el escándalo de las máquinas y las embestidas del mar abajo. Derecha, izquierda, derecha... Por fin una puerta y se encontraron a resguardo de la lluvia en una especie de esclusa provista de bancos y taquillas. El supervisor abrió una. Luego se quitó el casco, los guantes y el calzado de seguridad.

—Aquí todo el mundo debe velar por la seguridad —dijo—. Los accidentes no son frecuentes, pero a menudo son graves. El peligro siempre acecha en una plataforma. Ahora estamos llevando a cabo una operación de soldadura en el drill floor, se trata de una reparación urgente. Es lo que llamamos el hot work, «el trabajo caliente». Es una fase delicada que no puede posponerse. Y como no quiero tenerles por medio mientras tanto, van a hacer exactamente lo que vamos a indicarles —añadió con un tono que no admitía objeción.

—No hay inconveniente —respondió ella—, siempre y cuando tengamos acceso a todo.

—No creo que eso vaya a ser posible —contestó él.

—Eh... Jesper, ¿no? Estamos aquí por una investigación criminal y la víctima era una de sus...

—No han entendido lo que acabo de decirles —la atajó con sequedad—. Para mí, la prioridad es la seguridad y no su investigación. ¿He hablado claro ahora?

Kirsten se secó la cara y reparó en la expresión ceñuda de Kasper. Igual que ella, había calado al supervisor y al capitán: eran como gatos, habían meado por todas partes para marcar el territorio antes de su llegada. Debían de haber acordado la estrategia que iban a seguir con los mandamases de la empresa: ellos eran los únicos dueños a bordo y, por consiguiente, la policía noruega sólo actuaría en el perímetro y las condiciones que ellos fijaran. Kirsten iba a intervenir cuando Kasper preguntó con tono plácido:

—¿El capitán consigue dormir en algún momento?

El barbudo de aire de camorrista lo miró con condescendencia.

—Por supuesto.

—Y en ese caso, ¿lo sustituye alguien?

—¿Adónde quieres ir a parar?

—Te he hecho una pregunta.

El tono no sólo sobresaltó al supervisor, sino también a Kirsten. A fin de cuentas, no era tan B como parecía, el tal Kasper Strand.

—Claro.

Kasper se aproximó entonces al hombre, que le sacaba casi un palmo, hasta situarse tan cerca que el otro se vio obligado a retroceder.

—¿Que adónde quiero ir a parar? ¿Adónde quiero ir a parar? ¿Tenéis un sitio para las reuniones?

El barbudo asintió con la cabeza, con recelo.

—Muy bien. Entonces voy a explicarte lo que vas a hacer...

—Un momento. ¿No habéis oído lo que acabo de decir? Me parece que no lo captáis, ni el uno ni el otro. Vais a tener...

—Cierra el pico.

Kirsten sonrió. Nilsen abrió los ojos como platos y empezó a ponerse rojo.

—¿Me escuchas ahora? —dijo Kasper.

Nilsen asintió, mudo, con las mandíbulas apretadas y la mirada furibunda.

—Perfecto. Vas a llevarnos a esa sala de reuniones. A continuación, quiero que tu capitán y todos los responsables de la gestión del personal de esta plataforma se unan a nosotros. Todas las personas cuyo trabajo a esta hora no sea de importancia vital, ¿me has comprendido? Me tiene sin cuidado eso del «trabajo caliente». Esta plataforma es noruega y aquí la única autoridad que rige es la del Ministerio de Justicia noruego y la Policía Nacional de Noruega. ¿Me he explicado bien o no?

El capitán Tord Christensen tenía un tic del que tal vez no era consciente: se pellizcaba las aletas de la nariz cada vez que algo lo contrariaba. Y la presencia a bordo de aquellos dos policías lo contrariaba sobremanera. Estaban reunidos él mismo, Nilsen, el médico de a bordo, varios jefes de equipo que no estaban ocupados con la operación que se estaba llevando a cabo, una mujer morena que —si Kirsten no había entendido mal— era la coordinadora de mantenimiento y una rubia que le habían presentado como la supervisora de seguridad laboral.

—Han transcurrido más de veinticuatro horas desde que Inger Paulsen, una trabajadora de esta plataforma, murió a consecuencia de una paliza en una iglesia de Bergen —empezó a explicar Kirsten—. Disponemos de la autorización pertinente de la fiscalía para proseguir con el caso aquí, y dicha autorización implica que todo el personal debe ponerse a nuestra disposición para facilitar la investigación.

—Mmm, siempre y cuando dicha investigación no ponga en peligro de una manera u otra al personal que trabaja en esta plataforma —objetó con sequedad la rubia que llevaba un chaleco azul sin mangas encima de un jersey blanco—. De lo contrario, yo, personalmente, voy a oponerme.

Sin duda, todo el mundo allí se las daba de gallito, pensó Kirsten. Incluso los ovarios de aquellas señoras segregaban suficiente testosterona como para fabricar un regimiento de participantes en Míster Universo.

—No tenemos ninguna intención de poner en peligro a nadie —contestó con diplomacia Kasper—. Todos los que no puedan abandonar sus tareas serán interrogados más tarde.

—¿Inger Paulsen dormía en una cabina individual? —preguntó Kirsten.

—No —respondió Christensen—. Las cabinas de los técnicos de producción se comparten entre dos personas: una con turno de día y otra de noche...

—¿Tiene la lista de los hombres que se encontraban en tierra ayer?

—Sí. Se la daré después.

—¿Regresaron todos?

El capitán se volvió hacia el supervisor.

—Eh, no —respondió este último—. A consecuencia del mal tiempo, todavía tiene que llegar un helicóptero, aún hay que trasladar a siete personas. En principio, no tardarán en volver.

—Doctor, ¿tiene pacientes que presenten perfiles psiquiátricos problemáticos? —preguntó Kirsten al médico de a bordo.

—Eso es secreto médico —contestó el hombre menudo, observándola desde detrás de unas gafas redondas.

—Que se puede revelar en caso de investigación criminal —replicó ella en el acto.

—De ser así, habría solicitado de inmediato que el paciente fuera relevado de sus funciones.

—Entonces, ¿hay pacientes que presenten problemas psicológicos más leves?

—Es posible.

—¿Eso significa «sí» o «no»?

—Sí.

—Necesitaré la lista.

—No sé si puedo...

—Yo asumo la responsabilidad. Si se niega, será a usted a quien declaren no apto.

Era un farol, desde luego, pero vio que el médico se estremecía.

—¿Cuántos hombres hay a bordo esta noche?

El capitán le mostró algo que al principio Kirsten había tomado por un reloj rotatorio. El número 83 aparecía destacado bien grande, en blanco sobre un fondo negro. Luego vio lo que había escrito encima, en inglés: Souls on platform.

—Es indispensable por motivos de seguridad —les explicó el capitán—. Es preciso conocer en todo momento el número exacto de personas que hay a bordo.

—¿Cuántas mujeres? —preguntó Kasper.

—Veintitrés en total.

—¿Y cuántas cabinas?

—Unas cincuenta dobles. Además de las cabinas individuales del capitán, los supervisores, los jefes de equipo y los ingenieros.

Kirsten se quedó pensando un momento.

—¿Y cómo hacen para saber dónde se encuentra cada persona en todo momento?

—La sala de control —respondió entonces la mujer rubia—. Todas las tareas que se realizan a bordo están sometidas a una autorización previa. Eso permite que los de la sala de control sepan dónde se encuentra cada cual y qué está haciendo.

—Comprendo. Y los que no trabajan en este momento, ¿qué hacen?

Christensen esbozó una leve sonrisa.

—Dada la hora que es, creo que duermen.

—Bien. Pues despiértenlos, sáquenlos de las cabinas y reúnanlos en alguna parte. Luego prohíban el acceso a las cabinas. Vamos a registrar la de Inger Paulsen y después todas las otras.

—¡Están de broma!

—¿Usted cree?

La cabina de Inger Paulsen

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos