Infiltrada

D. B. John

Fragmento

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Contenido

Portada

Dedicatoria

Mapa

Prólogo

PRIMERA PARTE

1

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SEGUNDA PARTE

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Epílogo

Nota del autor

Glosario de términos coreanos utilizados en el libro

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En memoria de Nick Walker, 1970-2016

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En Corea del Norte muchas cosas son más extrañas que la ficción. Es una monarquía marxista hereditaria cuya población está encerrada, aislada del mundo exterior. Se les dice a sus habitantes que viven en una tierra de abundancia y libertad, pero mandan a los niños a campos de prisioneros por los «crímenes de pensamiento» de sus padres y el régimen utiliza las hambrunas como medio de control político. Dado que a lo largo de los años el Estado norcoreano se ha comportado de un modo que los extranjeros pueden encontrar muy difícil de creer, y aún más difícil de comprender, tal vez los lectores estén interesados en conocer qué elementos de la novela se basan en hechos reales.

Con este fin, hay una nota del autor al final del libro, aunque sólo debería leerse una vez terminada la novela, ya que contiene algunos spoilers.

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Prólogo

Isla de Baengnyeong, Corea del Sur

Junio de 1998

El mar estaba en calma el día en que Soo-min desapareció.

Observó al chico, que preparaba una fogata con maderas arrastradas por el mar. La marea estaba subiendo y llegaba acompañada de nubes altas que empezaban a adquirir un tono rosado pálido. Soo-min no había visto ni un solo barco en todo el día y en la playa no había nadie más. Tenían el mundo para ellos solos.

Enfocó con su cámara y esperó a que el chico volviera la cabeza.

—¿Jae-hoon...?

Después, la fotografía que tomó Soo-min mostraría a un joven de diecinueve años, de miembros fuertes y sonrisa tímida. Tenía la piel oscura para ser coreano y una capa de sal le cubría los hombros, como si fuera un pescador de perlas. Soo-min le pasó la cámara y el chico le hizo una foto a ella.

—¡No estaba lista! —protestó la joven, riendo.

En esta fotografía, Soo-min aparecería apartándose la larga melena de la cara, con los ojos cerrados y una expresión de pura alegría.

El fuego se avivaba ya, la madera crujía y se quebraba. Jae-hoon colocó una sartén abollada encima del fuego, la equilibró sobre tres piedras y le echó un poco de aceite. Luego se tumbó al lado de su amiga, donde la arena estaba blanda y caliente, justo por encima de la marca de la marea alta. Se apoyó en el codo y la miró. El collar de Soo-min, que más tarde habría de suscitar tanto sufrimiento y tantos recuerdos, le llamó la atención. Era una fina cadena de plata con un pequeño colgante, también de plata, que representaba el tigre coreano. Jae-hoon tocó la figura con la yema del dedo. Soo-min le cogió la mano y la apretó contra su pecho, y empezaron a besarse con las frentes muy juntas, acariciándose con las lenguas, con los labios. Él olía a océano y a hierbabuena y a sepia y a Marlboro. Su barba rala le rascaba la barbilla. Ella le estaba contando ya a su hermana esos detalles, todos y cada uno de ellos, en la carta que iba redactando de manera inconsciente en su cabeza, y que pensaba enviarle por correo aéreo.

El aceite empezó a chisporrotear en la sartén. Jae-hoon salteó una sepia y se la comieron con salsa de guindillas y bolas de arroz, mientras contemplaban cómo se hundía el sol en el horizonte. Las nubes se habían convertido en puro humo y llamas, y el mar era una extensión de cristal carmesí. Cuando terminaron de comer, Jae-hoon sacó su guitarra y empezó a cantar Rocky Island con su voz clara y tranquila, mirándola con la luz de la hoguera reflejada en los ojos. La canción replicaba el ritmo de las olas, y Soo-min supo que recordaría esa maravillosa escena toda la vida.

De pronto, Jae-hoon interrumpió la canción.

Estaba mirando hacia el mar con el cuerpo tenso, como un gato. Dejó la guitarra a un lado y se levantó de un salto.

Soo-min siguió la línea de su mirada. A la luz de la hoguera, la arena parecía cubierta de cráteres lunares. No veía nada. Sólo las olas que rompían en una tenue espuma blanca que se derramaba por la arena.

Y entonces lo vio.

En una pequeña zona más allá de la rompiente, a un centenar de metros de la orilla, el mar estaba empezando a agitarse y a burbujear, el agua se convertía en una espuma pálida. Estaba brotando un surtidor, apenas visible bajo aquella luz agonizante. Luego, un gran chorro de espuma salió propulsado hacia arriba con un bufido, como el aliento del espiráculo de una ballena.

Soo-min se levantó y buscó la mano de Jae-hoon.

Las aguas agitadas empezaron a separarse ante sus miradas, como si el mar estuviera partiéndose, y apareció un objeto negro y brillante.

A Soo-min se le revolvieron las entrañas. No era supersticiosa, pero su intuición le decía que algo maléfico estaba a punto de manifestarse ante ellos. Todos sus instintos, todas las fibras de su cuerpo le decían que echara a correr.

De pronto, una luz los cegó. Un foco rodeado por un halo naranja estaba saliendo del mar y su luz caía directamente sobre ellos, deslumbrándolos.

Soo-min se volvió y tiró de Jae-hoon. Trastabillaron en la arena suave y profunda y dejaron atrás sus posesiones, pero no habían dado más que unos pocos pasos cuando otra visión los dejó paralizados.

De las sombras de las dunas emergían unas figuras con pasamontañas negros que corrían hacia ellos con cuerdas en las manos.

Fecha: 22 de junio de 1998. Ref. Caso: 734988/220698

TRANSMITIDO POR FAX

INFORME de la Policía Metropolitana de Incheon, a petición de la Agencia de Policía Nacional, Seodaemun-gu, Seúl.

Las órdenes recibidas consistían en determinar si las dos personas desaparecidas, vistas por última vez a las 14.30 h del 17 de junio, habían salido de la isla de Baengnyeong antes de su desaparición. El inspector Ko Eun-tek manifiesta lo siguiente:

1. Las imágenes de las cámaras de seguridad proporcionadas por la terminal del ferry de la isla de Baengnyeong establecen con un elevado grado de certeza que nadie con el aspecto de las personas desaparecidas subió al transbordador durante ninguno de sus viajes dentro del período indicado. Conclusión: las personas desaparecidas no salieron de la isla en transbordador.

2. La guardia costera no informó de ningún otro barco en la zona en el momento en que las personas desaparecidas fueron vistas por última vez. Debido a la proximidad de la isla con Corea del Norte, el tráfico marítimo se encuentra sumamente restringido. Conclusión: las personas desaparecidas no salieron de la isla en ningún otro barco.

3.Un residente local encontró ayer, junto a los restos de un fuego de campamento en la playa de Condol, una guitarra, calzado, prendas de ropa, una cámara y dos carteras que contenían dinero en efectivo, billetes de regreso en transbordador, documentos de identidad y carnets de biblioteca pertenecientes a las personas desaparecidas. Los documentos de identidad de ambas personas coinciden con los datos proporcionados por la Universidad Sangmyung. Correspondían a: Park Jae-hoon, varón, 19 años, con residencia permanente en el distrito de Doksan de Seúl, cuya madre vive en la isla de Baengnyeong. Williams Soo-min, mujer, 18 años, ciudadana de Estados Unidos llegada al país en marzo para matricularse en la universidad.

4. A las 7.00 h de hoy, la guardia costera ha empezado una operación de búsqueda marítima en helicóptero en un radio de cinco millas náuticas. No se ha encontrado rastro alguno de las personas desaparecidas.

Conclusión: ambas personas se ahogaron de forma accidental mientras nadaban. El mar se hallaba en calma, pero las corrientes eran inusualmente fuertes según la guardia costera. Los cadáveres podrían haber sido arrastrados hasta una distancia considerable.

Con su aprobación, suspendemos a partir de ahora la búsqueda por helicóptero y recomendamos que se informe a las familias de las personas desaparecidas.

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PRIMERA PARTE

«La semilla de los faccionalistas o enemigos de clase, sean quienes sean, debe ser eliminada durante tres generaciones.»

Kim Il-sung, 1970

Año 58 de la Era Juche

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1

Georgetown, Washington D. C.

Primera semana de octubre de 2010

Jenna se despertó sobresaltada por el sonido de su propio grito.

Respiraba con dificultad, con los ojos muy abiertos y la visión distorsionada por el prisma de la pesadilla. En los segundos de confusión entre sueño y vigilia nunca podía mover el cuerpo. Poco a poco, las dimensiones borrosas de la habitación cobraron forma. El vapor silbaba con suavidad en los radiadores, y las campanas distantes de la torre del reloj anunciaron la hora. Suspiró y cerró los ojos otra vez. Se llevó una mano al cuello. Seguía allí, el fino collar de plata con el pequeño tigre, también de plata. Siempre lo llevaba puesto. Apartó el edredón y sintió que el aire gélido se tendía como un velo de lino sobre su cuerpo sudado.

El colchón se hundió silenciosamente a su lado en la cama. Unos ojos de un tono verde ambarino reflejaron como espejos la tenue luz. Cat había aparecido de la nada, desde otra dimensión, como convocado por las campanadas.

—Hola —dijo Jenna, acariciándole la cabeza.

En el reloj de la radio saltó un dígito.

«... cretaria de Estado ha condenado el lanzamiento como “un claro acto de provocación que amenaza la seguridad de la región...”»

Las baldosas de la cocina estaban heladas bajo sus pies descalzos. Le sirvió leche al gato, calentó en el microondas el café que quedaba en la cafetera y bebió un sorbo, preparándose para oír los mensajes pendientes en el buzón de voz de su teléfono. El doctor Levy había llamado para confirmar su cita de las nueve de la mañana. El editor del East Asia Quarterly quería hablar de la publicación de su artículo y preguntaba, en un tono inquietante, si había oído las noticias de la mañana. Los mensajes más antiguos eran en coreano y todos los había dejado su madre. Los pasó hasta llegar al primero de todos: una invitación a comer en Annandale el domingo. En el mensaje, la voz de su madre sonaba muy digna y dolida, y Jenna sintió el ascenso de la culpa por su garganta como un reflujo ácido.

Con el café entre las manos miró hacia la penumbra del patio, pero sólo vio el reflejo en la ventana del interior iluminado de la cocina. Tuvo que obligarse a aceptar que aquella mujer demasiado delgada y de ojos hundidos que le devolvía la mirada era ella misma.

Localizó sus zapatillas y sus pantalones de correr debajo del taburete del piano, se recogió el pelo en un moño y salió al frío de O Street, donde se cruzó con la mirada seria del cartero. «Así es, colega, soy negra y vivo en este barrio.» Empezó a correr en la penumbra de los árboles, hacia el camino de sirga del canal. Aquella mañana, Georgetown parecía contagiarse del ambiente de Sleepy Hollow. Un viento frío del nordeste acarreaba las hojas por un cielo del color del acero pulido. Las calabazas miraban con malicia desde las ventanas y los portales. Jenna empezó a esprintar sin haber calentado siquiera, y la brisa del canal le sacudió del cabello la pesadilla.

El hombre le sonrió con un punto de hastío.

—Si te niegas a hablar conmigo, no llegaremos a ninguna parte.

Por debajo del tono persuasivo, Jenna percibió el trasfondo de su aburrimiento. El hombre dibujaba garabatos distraídamente en la libreta que tenía apoyada en la rodilla. Ella no podía apartar la mirada de una miga de hojaldre alojada en la barba del doctor, justo a la derecha de su boca.

—¿Dices que es la misma pesadilla?

Jenna soltó el aire, despacio.

—Siempre hay pequeñas variaciones, pero es básicamente lo mismo. Lo hemos repasado muchas veces.

De manera inconsciente, se tocó el collar en la garganta.

—Si no llegamos al corazón del asunto, seguirás teniéndola.

Jenna recostó la cabeza en el diván. Miró al techo buscando las palabras adecuadas, pero no encontró ninguna.

El doctor se frotó el puente de la nariz por debajo de las gafas y la miró con una mezcla de exasperación y alivio, como si, alcanzado ya el borde del mapa, se dispusiera a abandonar el viaje con la conciencia tranquila. Cerró su libreta.

—A veces pienso si no te iría mejor con un psicólogo especializado en la pérdida. ¿Quizá sea eso lo que está fallando? Todavía sufres por tu pérdida. Han pasado doce años, lo sé, pero a algunos el tiempo nos cura más despacio.

—No, gracias.

—Entonces, ¿qué hacemos hoy?

—Se me ha acabado la prazosina.

—Ya hemos hablado de eso —dijo él, armándose de paciencia—. La prazosina no soluciona el trauma original que está causando tu...

Jenna se levantó y se puso la chaqueta. Llevaba una blusa blanca y pantalones negros ajustados, su ropa de trabajo. Se había recogido la melena negra y brillante en un moño suelto.

—Lo siento, doctor Levy, tengo clase en unos minutos.

Él suspiró y volvió a coger la libreta de su escritorio.

—Todos mis pacientes me llaman Don, Jenna —dijo, garabateando—. Ya te lo he dicho.

La imagen apareció como a través de una ventana en el espacio. China era un millón de puntos de luz; sus nuevas ciudades, racimos chillones de halógeno y neón. Ciudades y pueblos innumerables brillaban como diamantes en antracita. En la parte inferior derecha de la pantalla del proyector, los astilleros y depósitos de contenedores de Nagasaki y Yokohama resplandecían como lámparas de sodio en la noche. Entre el mar del Japón y el mar Amarillo, Corea del Sur estaba bordeada de relucientes arterias costeras; su inmensa capital, Seúl, relucía como un crisantemo. El centro de la imagen, en cambio, era una faja de oscuridad. No se trataba de ningún océano; era un país, una tierra montañosa de oscuridad y sombra, donde sólo la capital emitía una tenue incandescencia, un ascua entre las cenizas.

La clase, sentada en gradas semicirculares en torno al atril, contemplaba en silencio la imagen del satélite.

—Como todos habéis oído esta mañana —dijo Jenna—, los norcoreanos lanzaron ayer otro cohete Unha-3. Si, como aseguran, la tecnología es pacífica y el satélite Kwangmyongsong está en órbita para monitorizar cultivos, entonces ésta es la visión que tendrán de su país por la noche...

—¿Kwangmyongsong, «estrella brillante»?

Jenna encendió la lámpara del atril. Lo había preguntado una chica coreano-estadounidense. El nombre sonaba paradójico. En la galaxia de luces de la pantalla, Corea del Norte era un agujero negro.

—Sí, estrella reluciente o estrella guía —contestó Jenna—. Ese nombre es muy simbólico en Corea del Norte. ¿Alguien sabe por qué?

—Por el culto a los Kim —dijo un chico con una gorra de los Red Sox; otro coreano, un desertor al que ella había recomendado para una beca.

Jenna se volvió hacia la pantalla y fue pasando imágenes de los bulevares sin tráfico de Pyongyang, de arcos triunfales y festivales gimnásticos de masas, hasta que encontró la que estaba buscando. Un temblor de risas se extendió por el aula, pero a juzgar por sus rostros los estudiantes estaban absortos. En la fotografía se veían hileras grises de ciudadanos en formación inclinándose ante una imagen sobredimensionada de un hombre corpulento y sonriente, con una chaqueta ocre ajustada y pantalones a juego. Estaba rodeado por un despliegue de begonias rojas, y debajo de él un eslogan en escritura coreana de color rojo rezaba: «¡KIM JONG-IL ES LA ESTRELLA GUÍA DEL SIGLO XXI!»

—Según la mitología oficial del Estado —explicó Jenna—, el Amado Líder nació en mil novecientos cuarenta y dos en una base secreta de la guerrilla, dentro de la Corea ocupada por los japoneses. La aparición de una nueva estrella brillante en el firmamento por encima del monte Paektu predijo su nacimiento. Él mismo es llamado en ocasiones Estrella Guía, Kwangmyongsong.

Desde el fondo del aula, alguien dijo:

—¿Su madre era virgen?

La clase se echó a reír.

En ese momento, las luces cenitales parpadearon y el decano entró en el aula. El profesor Runyon, jefe de Jenna, tenía cincuenta y tantos años, pero los hombros encorvados y su vestimenta —pajarita y chaqueta de pana— le hacían aparentar setenta, y su voz, apergaminada y débil, lo acercaba más a los ochenta.

—¿Me he perdido algún chiste? —preguntó, mirando a la clase por encima de sus gafas. A continuación, inclinándose hacia Jenna, le dijo al oído—: Lamento interrumpir, doctora Williams. ¿Puede acompañarme, por favor?

—¿Ahora?

Una vez en el pasillo, Runyon dijo:

—El rector acaba de llamarme. Ha venido a vernos un representante de... no sé qué cuerpo «opaco» del gobierno. —Le dedicó una sonrisa de perplejidad—. Quiere verla. ¿Sabe algo de esto?

—No, señor.

La Biblioteca Riggs era una cámara gótica abovedada que albergaba los libros antiguos. Estaba vacía, salvo por un hombre de traje gris oscuro al que vieron de perfil al entrar. Sostenía una taza de café y contemplaba un partido de fútbol improvisado que se estaba disputando en el césped del campus.

El profesor Runyon carraspeó y el hombre se volvió hacia ellos. Sin esperar una presentación, dio un paso adelante y estrechó afablemente la mano de Jenna.

—Charles Fisk —dijo—, del Instituto de Estudios Estratégicos.

Era alto, de constitución fuerte, y aparentaba unos sesenta años. Tenía una nariz ligeramente bulbosa con un pequeño hoyuelo en la punta, y el cabello plateado y ondulado como una alfombra de cuerda.

—La doctora Williams es profesora adjunta en nuestra Escuela del Servicio Exterior —aclaró Runyon, todavía con un rastro de perplejidad—. Tenemos personal más experto que podría ser de mayor...

—Gracias señor, es todo —lo interrumpió el hombre, entregándole la taza.

Runyon miró la taza un momento antes de inclinar la cabeza como si le hubieran hecho un cumplido, y se retiró hacia la puerta sin darse la vuelta, como un cortesano mandarín.

Cuando cerró la puerta tras él y se quedaron solos, el único pensamiento de Jenna fue que se había metido en algún lío. El tal Fisk estaba observándola con una intensidad extraña. Todo en él, el porte caballeroso, el apretón de manos que casi le había hecho crujir los huesos y su formal cordialidad, decía a gritos la palabra «militar».

—Discúlpame por sacarte de clase. —Su voz era profunda y estaba bien modulada—. ¿Puedo llamarte Jenna?

—¿Puedo preguntar de qué se trata?

Fisk sonrió y frunció el ceño al mismo tiempo.

—¿Mi nombre no te resulta familiar? ¿Tu padre nunca me mencionó?

Jenna mantuvo su mirada neutral, serena, pero se sintió levemente alarmada, como le ocurría cada vez que alguien revelaba incluso el conocimiento más trivial de su familia.

—No. No recuerdo que mi padre mencionara nunca a ningún Charles Fisk.

—Serví con él en inteligencia de señales. En el Octavo Ejército de Estados Unidos en Seúl. Eso fue... bueno, hace ya muchos años, antes de que tú nacieras. Él era el afroamericano de más alto rango del regimiento. ¿Lo sabías?

Jenna no dijo nada y se limitó a sostenerle la mirada. Un recuerdo se estaba removiendo en el fondo de su mente. La imagen de su tío Cedric, el hermano de su padre, echando tierra en el ataúd cuando lo bajaban a la sepultura, mientras ella sujetaba con fuerza a su madre, que sollozaba. El aire estaba cargado de un olor a hojas húmedas y, de pie, a una distancia respetuosa, junto al cortejo, había una fila de hombres con largos abrigos militares y las cabezas descubiertas bajo la lluvia mientras sonaba una corneta. Luego volvieron a colocarse las gorras, con las viseras casi tapándoles los ojos. Con la certeza que la intuición podía darle, Jenna supo que ese hombre había estado entre ellos.

Sonó una campana en la torre del reloj. Jenna miró el suyo.

—No tienes más clases hasta las tres —dijo Fisk—. He pedido al rector que reorganice tu horario.

—¿Qué?

—Le he dicho que necesitaba tu consejo sobre una cuestión de seguridad nacional.

Jenna estaba demasiado sorprendida para contenerse.

—¡Venga ya!

Fisk la miró con benevolencia, como miraría un tío abuelo sabio a una sobrina rebelde.

—Te lo explicaré durante el almuerzo.

Jenna siguió la ancha espalda de Fisk mientras el maître los conducía a su mesa. El restaurante, en la calle Treinta y seis, se hallaba en una mansión de estilo federal decorada con antigüedades ecuestres y con platos de porcelana de Limoges. Los retratos de los Padres Fundadores dirigían las miradas hacia un comedor con paredes recubiertas de paneles de madera, donde bullía un murmullo de conversaciones masculinas. Jenna estaba incómoda y se sentía fuera de lugar. El hombre que afirmaba haber conocido a su padre, ese completo desconocido que le había secuestrado el día, había eludido sus protestas con la facilidad de quien sabe que, invariablemente, va a salirse con la suya.

—El bogavante de Maine es muy bueno —dijo, abriendo su servilleta y sonriéndole como si la comida fuera su regalo de cumpleaños.

—La verdad es que no tengo hambre...

—Pidamos una docena de ostras para empezar.

Tras interrogar al camarero a propósito de los méritos de algunas salsas en particular, pidieron una botella de Saint-Émilion, la probaron y les llenaron las copas (una vez más, las protestas de Jenna quedaron descartadas con una sonrisa). Era una ostentosa muestra de categoría, y Jenna se preguntó en qué medida se trataba de una exhibición destinada a ella. Poco a poco, después de tomar un sorbo cauteloso de vino y de reconocer la futilidad de resistirse a tan abrumadora cortesía, Jenna sintió que su enojo daba paso a la curiosidad.

—Mi padre nunca hablaba de sus amigos o colegas del ejército. Siempre supuse...

—Era un hombre reservado, como bien sabes.

A Jenna se le pasó por la cabeza que tal vez todo aquello fuera un timo sofisticado.

—¿Lo conocía muy bien?

—Lo bastante para ser el padrino de su boda.

Eso la pilló por sorpresa. La mente de Jenna evocó de inmediato la miserable iglesia luterana de ladrillo rojo de Seúl donde se habían casado sus padres. Siempre había imaginado que estaban sólo ellos dos y un pastor. La familia de su madre ni se había acercado, y se había negado a ofrecerle una segunda boda coreana, como era costumbre, llegando incluso al extremo de renunciar a verla durante años.

—Cuando llevó a tu madre a Virginia seguí en contacto con él. Después, servimos juntos de nuevo en Fort Belvoir...

Fisk empezó a rememorar, recordando leyendas y anécdotas sobre el padre de Jenna de antes de que ella naciera, o de cuando era muy pequeña. Algunas las conocía, de otras nunca había oído hablar, pero cada vez resultaba más evidente que aquel hombre sabía muchas cosas. Incluso estaba familiarizado con la historia más reciente, el declive de la fortuna de su familia: la afición a la bebida de su padre y su baja del ejército, el modesto negocio que había puesto en marcha su madre como planificadora de bodas para llegar a fin de mes... Fisk relató esos detalles en el tono amable de un viejo amigo que recordaba la saga familiar, mirándola a ella ocasionalmente cuando echaba vinagre y zumo de limón en una ostra antes de llevársela a la boca. Y, de pronto, Jenna empezó a ver, con pánico creciente, adónde conducía todo aquello. Fisk se estaba acercando, patinando en círculos lentos y cada vez más cerrados, al tema del cual ella no pensaba hablar, un abismo al que no iba a asomarse.

El hombre se dio cuenta de su turbación y se detuvo con el tenedor en alto. Suspirando, se recostó en el asiento y le ofreció una sonrisa derrotada, como para anunciarle que se disponía a abandonar toda pretensión. En un tono amable, dijo:

—Temes que mencione a tu hermana.

Las palabras cayeron de su boca como piedras. Jenna se quedó muy quieta. El zumbido de la conversación y el tintineo de la plata contra la porcelana se desdibujaron en un segundo término. Podía oír su propia respiración.

Sirvieron el siguiente plato, pero Jenna no dejó de mirar a Fisk.

—Mira —añadió él con suavidad—, a veces creo que las cosas de las que la gente no quiere hablar son precisamente las que importan de verdad.

Jenna intentó que su voz sonara firme al preguntar:

—¿Quién es usted?

La expresión de Fisk cambió ligeramente, tornándose más fría, más seria.

—Soy un espía, y es cierto que conocí a tu padre. Hace tiempo que te observo de manera profesional. No hace falta que te muestres tan sorprendida. —Partió un trozo de pan y untó un poco de mantequilla, mirándola. Sus ojos eran de un gris de piedra pómez y habían adquirido una franqueza inquietante—. Te licenciaste con notas excelentes. Obtuviste una mención de honor nacional y cuentas con el mayor coeficiente intelectual registrado en Virginia. Tu tesis doctoral fue tan excepcional que te garantizó una carrera académica por la vía rápida. «La evolución del Partido de los Trabajadores como instrumento de poder de la dinastía Kim, de 1948 a la actualidad.» Sí, la he leído. Creciste bajo la influencia de dos culturas y eres bilingüe. El año pasado estuviste tres meses en la provincia de Jilin, China, perfeccionando tu conocimiento del dialecto norcoreano. Estás en forma y eres atlética. Fuiste finalista en la liga júnior de taekwondo. Corres. Eres reservada y sabes guardar un secreto. Eres muy independiente. Un conjunto de talentos y virtudes que no podíamos pasar por alto.

—¿Quiénes?

—Somos la Agencia, Jenna. La CIA.

Jenna soltó un pequeño gemido. Tenía la sensación de haber sido engañada, y se sentía estúpida por no haberlo visto venir. Este sentimiento se vio seguido por un destello de rabia al darse cuenta de que habían utilizado el recuerdo de su padre como un cebo.

—Señor... —Dejó los cubiertos al lado del primer plato, que apenas había tocado—. Está desperdiciando su tiempo y el mío. —Tocó el teléfono en su bolsillo, preguntándose si era demasiado tarde para deshacer los cambios que aquel hombre había hecho a su programa de clases—. Debería volver a mis clases.

—Relájate —dijo en tono cordial—. Sólo estamos hablando.

Jenna se colgó el bolso del hombro y empezó a levantarse.

—Gracias por la comida.

El registro grave de la voz de Fisk se impuso fácilmente a los sonidos del restaurante, a pesar de que habló en voz baja.

—Ayer a las seis en punto, hora de Corea, se disparó el cohete Kwangmyongsong desde la base de lanzamiento de satélites de Tonghae, en el noreste de Corea del Norte. Fue una clara violación de múltiples resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El cohete no transportaba ningún satélite. Su tecnología era completamente hostil.

Jenna se quedó paralizada.

—Seguimos el lanzamiento. El tercer segmento del cohete cayó en el mar de Filipinas, de donde fue recogido por nuestra Séptima Flota antes de que los norcoreanos pudieran recuperarlo. Estaban probando el escudo térmico para un misil termonuclear de largo alcance, que pronto apuntará a nuestra costa oeste. Se te está enfriando la comida. —Fisk había empezado a comer—. Róbalo a la parrilla con salsa de champán... —Cerró los ojos—. ¡La perfección!

La mente de Jenna estaba repasando hipótesis. Apenas era consciente de que había vuelto a sentarse.

—Dios mío —susurró. Tuvo una imagen repentina de una estrella fugaz sobre el Pacífico. Kwangmyongsong—. Eso significa...

—Quiero que trabajes para mí. —Fisk hablaba con la boca llena de comida humeante—. En el servicio clandestino.

Jenna parpadeó dos veces.

—Yo no... Yo no estoy hecha para la CIA. Usted creerá saberlo todo sobre mí, pero ignora que voy al psiquiatra una vez por semana. Tomo medicación para las pesadillas.

Fisk respondió con una sonrisa amable y ella se dio cuenta de que eso también lo sabía.

—Llevo décadas reclutando agentes y en cierto modo eso me ha dado un don para la psicología. Tú, doctora Williams, podrías ser una de las candidatas más prometedoras que he conocido nunca. —Se inclinó hacia ella como si fuera a revelarle una confidencia—. Y no sólo eres lista, tienes una poderosa motivación personal para servir a tu país.

Jenna lo miró con cautela.

—Ya sabes a qué me refiero. —Su voz estaba de nuevo llena de compasión—. No tengo respuestas para ti. Puede que nunca conozcas la verdad de lo que le ocurrió a tu hermana en aquella playa. Pero yo te ofrezco secretos. Te ofrezco la posibilidad de que un día pueda abrirse una puerta y llegues a saber algo. Su desaparición te persigue. Tengo razón, ¿no? Te ha vuelto fría y solitaria. Ha hecho que no confíes en nada ni en nadie, sólo en ti.

—Soo-min se ahogó —susurró Jenna con un hilo de voz—. Eso es todo lo que hay que saber.

La voz de Fisk se redujo a un murmullo. Ahora se mostraba cauteloso.

—No se encontró ningún cadáver. Tal vez se ahogara... —Estudió a Jenna, interpretando su expresión—. Pero no puedes descartar la otra posibilidad...

Jenna cerró los ojos. Estaban cuestionando su más íntimo artículo de fe.

—Se ahogó. Sé que se ahogó... —Suspiró con tristeza—. Si supiera cuántos años me ha costado decir estas palabras...

Se detuvo y respiró hondo. De repente, estaba luchando por contener las lágrimas y tuvo que apartar la mirada.

Se marchó del restaurante antes de que Fisk pudiera detenerla. Salió a la calle y, respirando grandes bocanadas de cielo, echó a andar de nuevo hacia la universidad lo más deprisa que pudo, con el viento agitándole el pelo y el abrigo y arremolinando hojas a su alrededor.

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2

Condado de Baekam, provincia
de Ryanggang Corea del Norte

La misma semana

La señora Moon estaba buscando setas en el pinar cuando cayó el globo. Lo vio deslizarse entre los árboles y aterrizar en un sendero sin producir el menor sonido. El cuerpo del globo resplandeció y la luz brilló a través de él, pero la señora Moon sabía que no era un espíritu. Al acercarse vio un cilindro de polietileno de unos dos metros de longitud que se estaba deshinchando y una bolsa de plástico unida a él por varias cuerdas. «Qué extraño», pensó, arrodillándose con dificultad. Y, sin embargo, casi había estado esperando algo así. Durante las últimas tres noches había visto un cometa en el cielo, al oeste, aunque no estaba segura de si eso auguraba algo bueno o algo malo.

Aguzó el oído para cerciorarse de que estaba sola. Nada. Sólo el crujido del bosque y una tórtola que aleteó y levantó el vuelo de repente. La señora Moon abrió la bolsa de plástico con su cuchillo de buscar setas y palpó el interior. Para su sorpresa, sacó dos pares de calcetines nuevos de lana muy gruesos, luego una pequeña linterna eléctrica con una dinamo de manivela, y después un paquete de encendedores de plástico. Pero había algo más: una caja roja de cartón con la imagen de una galleta de chocolate en la tapa. Dentro había doce galletas con chillones envoltorios rojos y blancos. Cogió una y entrecerró los ojos: «Choco Pie», leyó, moviendo los labios, «Producido en Corea del Sur». La señora Moon se volvió y miró hacia la zona de la que había llegado el globo. ¿El viento había impulsado ese objeto desde el Sur? ¡Unos ri más allá y habría aterrizado en China!

En el este, el cielo se desangraba con su luz rojiza a través de las copas de los árboles, pero la señora Moon no vio más globos, sólo una bandada de gansos en formación que llegaban para pasar el invierno. Eso sí era un buen presagio. El bosque susurraba y suspiraba, advirtiéndole que era el momento de irse. Miró el Choco Pie que sostenía en la mano. Incapaz de resistirse, abrió el envoltorio y dio un bocado. Sabores de chocolate y malvavisco se fundieron en su boca.

«Ah, mis queridos antepasados.»

Se llevó la galleta al pecho. Era muy valiosa.

Temblando de excitación, enseguida volvió a meterlo todo en la bolsa; luego la escondió en su cesta, debajo de la leña y de los brotes de helecho. Enfiló renqueante por el sendero del bosque, lamiéndose los labios, y cuando ya casi había alcanzado el camino que discurría a lo largo de los campos de cultivo, oyó a varios hombres que gritaban.

Tres figuras iban corriendo por los campos en dirección al bosque: el mismísimo director de la granja, uno de los boyeros y un soldado con un rifle a la espalda.

«Mierda.»

Habían visto caer el globo.

Trabajó todo el día en el campo sin decir nada, arrancando tallos de maíz con las mujeres de su cuadrilla de trabajo y avanzando por los surcos marcados por estandartes rojos. Se habían visto globos del enemigo en el cielo al amanecer, dijo una de las mujeres. Los soldados los bajaban a balazos y la radio había advertido de que nadie debía tocarlos.

Un viento cortante llegaba de las montañas. Los estandartes se agitaban. A la señora Moon le dolía la espalda y las rodillas estaban matándola. Mantuvo su cesta cerca y no dijo nada. Aquella mañana, en el otro extremo del campo sólo había un guardia, que fumaba aburrido. Se preguntó si los otros estarían buscando globos.

Cuando a las seis sonó la sirena en la torre de vigilancia, se apresuró a volver a casa. La cima distante del monte Paektu estaba adquiriendo un tono carmesí, con sus peñascos perfilándose en el cielo del atardecer. Las casas del pueblo, en cambio, al abrigo de una ladera del valle, estaban ya sumidas en las sombras. El rostro del Partido estaba en todas partes: en letras grabadas en placas de piedra; en un mural de cristal coloreado que mostraba al Amado Líder en medio de un campo de trigo dorado; en el alto obelisco que proclamaba la vida eterna de su padre, el Gran Líder. El humo del carbón salía de las chimeneas de las chozas, que formaban una larga y ordenada hilera blanca con sus techos de teja y sus pequeños cultivos de hortalizas en la parte trasera. Había tanto silencio que la señora Moon podía oír a los bueyes mugiendo en la granja. La temperatura estaba descendiendo con rapidez. Tenía una dolorosa hinchazón en las rodillas.

Abrió la puerta y se encontró a Tae-hyon sentado en el suelo con las piernas cruzadas, fumando tabaco negro liado. Bajo la bombilla desnuda, su rostro exhibía tantas arrugas y surcos como un campo marchito.

Se notaba que no había hecho nada en todo el día. Sin embargo, como para ella era importante evitar el bochorno de un marido, sonrió y dijo:

—Qué contenta estoy de haberme casado contigo.

Tae-hyon apartó la mirada.

—Me alegro de que uno de los dos esté contento.

Ella dejó la cesta en el suelo y se quitó las botas de goma. Sabiendo que la electricidad se cortaría en cualquier momento, encendió una lámpara de queroseno y la colocó en la mesa baja. Su suelo de cemento estaba impecable, las esteras de dormir enrolladas; los tarros de kimchi fermentado formaban una hilera junto a la cocina de hierro, y los rostros aerografiados de la pared, los retratos de los Líderes, Padre e Hijo, estaban inmaculados. Les había quitado el polvo con un trapo especial.

Tae-hyon estaba mirando la cesta. La señora Moon no había encontrado ni un solo champiñón en el campo y no tenía nada más que brotes de helecho y tallos de maíz para agregar a la sopa, pero esa noche, al menos, su marido no se sentiría decepcionado. Sacó la bolsa de plástico de la cesta y se la mostró.

—En un globo —explicó, bajando la voz—. Del «pueblo de abajo».

Tae-hyon abrió los ojos de par en par al oír el eufemismo para referirse a Corea del Sur, y su mirada siguió la mano de su esposa mientras ella iba sacando cada uno de los objetos y los colocaba en el suelo, delante de él. Entonces la señora Moon abrió la caja de galletas y le dio la mitad que le quedaba de su Choco Pie. Tae-hyon movió la boca con lentitud mientras comía y degustaba los sabores celestiales, y, en un gesto que a ella le partió el corazón, alargó un brazo para tocarle la mano.

La señora Moon dijo que al día siguiente esparciría sal como ofrenda a los espíritus de las montañas y viajaría a Hyesan para vender las galletas. Con el dinero que ganaría podría...

Se oyeron tres fuertes golpes en la puerta.

Ambos sintieron un escalofrío de terror. La señora Moon lo metió todo debajo de la mesa baja y abrió la puerta. En el umbral había una mujer de unos cincuenta años, sosteniendo un farol que funcionaba con pilas. Llevaba la cabeza envuelta en una pañoleta sucia y lucía un brazalete rojo en la manga del mono. Su rostro era inexpresivo como un muro.

—Han encontrado un globo del enemigo en el bosque y falta el paquete —dijo—. El Bowibu nos advierte de que no los toquemos. Llevan sustancias químicas venenosas.

La señora Moon inclinó la cabeza.

—Si lo vemos informaremos de inmediato, camarada Pak.

La dura mirada de la mujer se desplazó de la señora Moon a la habitación que quedaba a su espalda; sus ojos se entrecerraron con desdén al ver a Tae-hyon sentado en el suelo.

—Todo el mundo en el salón a las ocho —dijo, dándose media vuelta. La luz de su farol danzó por el sendero—. ¡El tema de esta noche son las actitudes revolucionarias correctas en el puesto de trabajo...!

La señora Moon cerró la puerta.

—Sustancias químicas venenosas, y un cuerno —dijo entre dientes.

Encendió la cocina para preparar la cena, mientras Tae-hyon estudiaba cada uno de los objetos del globo, sosteniéndolos cerca de la lámpara de queroseno.

Tae-hyon palpó los calcetines y se acercó la lana a la mejilla, giró la pequeña manivela de la linterna eléctrica e iluminó con ella el techo, y pasó el dedo por encima de las etiquetas y marcas registradas de aquel misterioso universo paralelo, el Sur. Entonces la bolsa de plástico le llamó la atención.

—Aquí hay algo más —dijo mientras la abría.

En su prisa por salir del bosque aquella mañana, la señora Moon no se había fijado en el manojo de octavillas sueltas al fondo de la bolsa. Sostuvo una bajo la luz.

—«¡A nuestros hermanos y hermanas del Norte, de vuestros hermanos del Sur! Siempre os tenemos presentes en nuestras oraciones. Os echamos de menos y compartimos vuestro sufrimiento. Esperamos con gozo el día en que el Norte y el Sur se reúnan amparados por el amor de Nuestro Señor Jesucristo...»

Tae-hyon miró la octavilla con los ojos entrecerrados. Su voz reflejó una extrema cautela.

—«Acelera la llegada de ese día. Levántate contra el mentiroso que asegura que sois prósperos y libres, cuando en realidad vivís en la miseria y encadenados. Hermanos y hermanas, ¡Kim Jong-il es un tirano! Su crueldad y ambición de poder no tienen límites. Mientras morís de hambre y frío, él vive en palacios como un empe...»

La octavilla fue arrancada de su mano antes de que pudiera acabar de pronunciar aquella palabra. La señora Moon oyó el sonido entrecortado de su propia respiración. De repente, recogió el resto de las octavillas del regazo de su marido y, en un solo movimiento, cruzó la habitación, abrió la portezuela de la cocina y las arrojó a las brasas.

Tae-hyon se quedó mirando los retratos de la pared con la boca abierta, y en ese momento se fue la luz. Bajo el parpadeo de la lámpara, los ojos de los líderes parecían brillar, y una expresión funesta apareció en el rostro de Tae-hyon.

—El Bowibu... —susurró.

Empezó a mesarse el cabello, como hacía siempre que ocurría algo que no deseaba.

—Lo sabrán... —Su voz era ronca—. Sabrán que hemos leído esas palabras. Lo verán en nuestros rostros. Nos harán confesar... —Miró a su mujer con un temor animal—. Devuelve todo eso. Déjalo donde lo encontraste...

Pero la señora Moon estaba mirando las llamas detrás del pequeño cristal de la cocina económica, viendo cómo las octavillas se ennegrecían y se rizaban.

Algo en aquellas palabras la había hecho retroceder en el tiempo. Una vida entera había pasado desde que había oído ese nombre, cincuenta años al menos.

Nuestro Señor Jesucristo... Un nombre borrado de la historia. De repente, el recuerdo se abrió como un cajón secreto: su madre y un grupo de adultos en una sala con la puerta y las ventanas cerradas, un versículo leído de un libro grande y pesado, una vela encendida y palabras entonadas al unísono... Y cantadas. Un canto suave y dulce.

«Un cordero avanza, resignado, cargado con la culpa de todos los hombres...»

Siguiendo una vieja costumbre, la señora Moon empujó otra vez el recuerdo a la oscuridad y lo encerró con todos los demás. Se volvió hacia su marido, que se había tapado la cara con las manos.

—Nadie lo sabrá —le dijo.

Abrió la puerta y salió al frío. Las estrellas brillaban en lo alto, y allí, en el cielo bajo del oeste, por encima de las montañas, estaba el cometa con sus dos colas brillantes.

9788417384203-8

3

Annandale, Virginia

La madre de Jenna aún vivía en la misma casa en la que se habían criado ella y su hermana. La hilera de bungalós de tablones desvaídos estaba al final de una calle bordeada de castaños de Indias. El césped delantero se veía descuidado y sembrado de hojas, pero la bandera colgaba de su asta: el orgullo de una estadounidense de primera generación.

La figura regordeta de Han estaba en la puerta cuando el coche de Jenna se detuvo delante del sendero. Llevaba puesto su delantal, recuerdo de la isla de Jeju, y un nuevo lápiz de labios fucsia, que, junto con sus ricitos de permanente, la hacían parecer una flor en una maceta. Jenna se inclinó para besarla y notó el olor a franchipán.

—Estás delgada como un palillo —dijo Han, sujetando la cara de Jenna con las dos manos.

Examinó a su hija de arriba abajo, como si buscara pistas —un vestido nuevo, una mayor atención al peinado, un poco de maquillaje— que pudieran revelar si era feliz o, puestos a llamar a las cosas por su nombre, si estaba saliendo con alguien.

Los complejos aromas de la carne de buey a la parrilla y de algo caramelizado y con jengibre inundaban la casa.

—Omma, huele de maravilla —dijo Jenna mientras cruzaba el pequeño comedor—. No deberías haber trabajado tan...

De repente, todas sus alarmas se dispararon.

La mesa estaba puesta para tres. Con la mejor vajilla, el mejor mantel y una docena de coloridos cuencos de banchan con brotes de alubias, kimchi, rábanos amarillos macerados, algas tostadas y pescadito frito, todo colocado en una bonita disposición. Cuando vio la botella congelada de soju en el aparador —el alcohol se permitía en la casa sólo muy de tanto en cuando—, Jenna supo que se había metido en una encerrona.

—¿Cariño...? —Han acababa de quitarse el delantal, revelando una blusa elegante y una falda demasiado ajustada.

Había alzado la cara con su mejor sonrisa de anfitriona y estaba mirando al salón por encima del hombro de su hija. Jenna se volvió.

Había un hombre de unos cuarenta años en el otro extremo de la sala, junto a la mesa de cerezo con las fotografías familiares. La saludó con una leve inclinación, revelando una coronilla calva.

—Es un placer conocerla, Jee-min yang —dijo.

Jenna se estremeció.

—Es Sung Chung-hee —explicó Han con voz aguda y afectada—. Tiene una agencia inmobiliaria en Fairfax. —Tomó la mano de Jenna y la condujo hacia él—. Ha sido muy amable y ha venido a tasar la casa hoy.

—¿En domingo?

—Le he dicho al doctor Sung que, si quiere quedarse a comer, será bienvenido. —Han siempre recurría al uso del «doctor» cuando le parecía conveniente dorarle la píldora a alguien. En un falso susurro, añadió—: Conozco a la respetable tía de Sung en Seúl; su hermano menor es un ejecutivo contable de Samsung Electronics.

—Me encantaría —dijo el hombre—, siempre que a Jee-min yang le parezca bien.

Hablaba el coreano de su país natal, no el lenguaje torpe de segunda generación, salpicado de inglés y jerga. Sólo su madre la llamaba Jee-min.

Se oyó un chisporroteo de grasa caliente procedente de la cocina.

—Disculpe —dijo Han, acentuando un poco más su sonrisa de anfitriona—. Tengo que ocuparme de la comida. Jee-min, ¿por qué no le muestras la casa al doctor Sung?

«Lo ha sincronizado todo a la perfección», pensó Jenna.

En medio de un silencio que ella no hizo ningún esfuerzo por romper, el hombre movió los dedos con nerviosismo, como si necesitara fumar. Los ocupó quitándose las gafas y limpiándolas con un pañuelo.

—Su madre me ha contado que tiene un apartamento en uno de esos sótanos ingleses típicos de Georgetown. Se paga un alquiler muy alto por esas viviendas tan pequeñas.

—Me gano la vida, señor Sung, y mi gato ocupa muy poco espacio.

No había usado la forma honorífica requerida, pero Sung pareció no notarlo. Al contrario, sonrió como si le dieran pie.

—Tal vez pronto necesite una casa con mucho espacio. Los niños ocupan más que los gatos.

A Jenna aquella idea le pareció de lo más deprimente.

—Ahora mismo estoy más bien centrada en la enseñanza.

Los ojos del señor Sung se endurecieron muy levemente, y de nuevo se hizo el silencio entre ellos.

Si alguien le hubiera preguntado cuál era su tipo ideal, Jenna no habría sabido describirlo con precisión, pero tenía muy claro que no era uno de los señores Sung del mundo, un emigrante con todo el bagaje familiar patriarcal tras él. Muy pocos hombres la atraían, pero, por alguna deprimente ley de proporción inversa, muchos se sentían atraídos por ella. Pretendientes que evaluaban los posibles atractivos y defectos de la frígida chica mestiza que ya tenía treinta años.

Desde una de las fotografías enmarcadas que había en una mesa, la mirada de su hermana se encontró con la suya, como si le enviara un aviso. En torno al cuello de la joven, la cadena de plata resplandecía sobre su piel, que era de un hermoso tono jengibre, del color de los gofres y el sirope, mucho más oscuro que el rostro de porcelana de su madre, Han, que aparecía a su lado en la foto.

El señor Sung siguió su mirada.

—Su graduación del instituto —dijo, inclinándose para examinar la fotografía.

Jenna pensó en corregirlo, pero se le calentó la boca.

—Mire, señor Sung, mi madre tiene buenas intenciones. Se preocupa por mí y se siente obligada a... organizar citas. Pero no quisiera hacerle perder el tiempo.

Una expresión de sorpresa apareció por unos instantes en el rostro de Sung, y Jenna casi pudo ver cómo se obligaba a recordar que ya no estaba en Corea. El hombre reaccionó y asintió, listo para negociar.

—Habla usted con claridad conmigo, y eso me gusta. No tengo ninguna paciencia con las señoras que se tapan la boca con la mano cuando sonríen y toleran cualquier cosa que dicen los hombres. Pero Jee-min yang, si puedo ser franco con usted...

El teléfono de Jenna sonó en el bolsillo de sus tejanos. Sabía que responder delante de él sería una grave falta de respeto. Respondió.

Reconoció la voz de Charles Fisk de inmediato.

—Ponga el canal NewsAsia... ¡ahora! —Y colgó.

—No quisiera ser poco delicado —seguía diciendo el señor Sung—, pero en cuanto concierne a establecer una relación deseable con una familia de buena posición, me perdonará si digo que hay factores que deben pasarse por alto...

Jenna levantó el mando a distancia de la tele y fue cambiando de canal hasta que lo encontró.

—N

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