Prólogo
16 de diciembre de 1987
Hoy, en la barranca, sucedió algo terrible.
Tuve que matar a papá.
No sé cómo tengo fuerzas para escribir. Siento como si estuviera sumergido en una gran pecera de agua oscura que rodea mis sentidos.
Ahora estoy en mi habitación y escucho las voces nerviosas de los de la casa, que ya están preguntando por él. Es lógico. Por lo general papá está en casa antes de las ocho, para presidir la ceremonia de la cena. Son las nueve y media y no aparece. Creo percibir el ruido nervioso que produce Reba cuando habla, esa mezcla de susurro con respiración asmática. “¿Se habrá retrasado en el muelle? ¿Se quedó hablando con los peones? ¿Llamo a lo de Farías?”
No va a volver, Reba. No insistas.
Papá está tirado boca arriba y con los ojos abiertos. Se los pude ver desde la distancia. Nada parece indicar que está muerto, excepto cierto ángulo extraño en una de sus piernas. Tiene en su cara esa expresión varonil de suficiencia que le conozco de siempre, ahora mezclada con una imprevista sombra de sorpresa.
Voy a ordenar mi recuerdo de lo que pasó para que el episodio quede consignado claramente en este diario.
Desde temprano cumplí mis tareas como cualquier día normal. La crecida ya no era tan fuerte, los islotes ya no estaban anegados y el aire tenía de nuevo el olor seco que a mí me gusta. Siempre trato de terminar la recorrida rápido para tener más tiempo en el taller. Así que me apuré a volver, y mientras remaba con ritmo sostenido trataba de espantar los mosquitos que se pegaban al sudor de mi cara. Atraqué el bote, me metí por el caminito de lajas y sin que nadie me viese entré al taller.
Al rato estaba tranquilo, sosteniendo una pieza fundida para que no se me cayese, con el calor del metal que se formaba dándome de lleno en los ojos, cuando a través del ventanal que da al oeste lo vi a papá parado entre los dos gomeros grandes. Estaba de espaldas, como casi siempre que mi vista se encontraba con él. De espaldas o ligeramente de perfil, siempre pensando en vaya a saber qué, siempre en una postura que parece despreciar hasta al mismo aire a su alrededor. Podía verle la nuca, donde arrancaba el pelo cortado a cepillo que subía por su cabeza maciza, gris, con dos orejas finas que apenas parecían sostener sus anteojos, con ese armazón de carey que tenía el color de un caracol avejentado por el mar. No me sorprendió ver que su mano derecha estaba alzada y en ella sostenía un viejo broche de madera para ropa. Con el pulgar y el índice presionaba el broche para abrirlo, transfiriendo luego el ejercicio a cada dedo de su mano, pulgar y mayor, pulgar y anular, hasta que el esfuerzo de presionar el broche entre pulgar y meñique me generaba a mí dolor de dedos con solo verlo. Papá nunca olvidaba ejercitar sus dedos para el violín, aunque desde que murió mamá ya casi no tocaba.
Dejé la tenaza y la pieza que estaba moldeando en el piletón y me acerqué al ventanal. En ese momento papá se dio vuelta y me miró. Como yo suponía, él ya me había visto y después le había vuelto la espalda al taller, hasta que yo notase que estaba ahí. Hacía lo mismo con todo el mundo, con Reba, con los peones, hasta con Cordelia. Esperaba siempre que uno lo descubriese como a un elemento de la naturaleza que está en el paisaje desde siempre, un árbol, una montaña, un río.
Con un ademán me indicó que saliese. Me saqué los guantes de lona y fui a su encuentro.
Papá nunca me miraba de frente cuando me hablaba. Parece mentira el repertorio de gestos que los miembros de una familia conocen para molestarse sin necesidad de palabras. Cuando le contestaba, tampoco me miraba, y entonces yo me preguntaba si escuchaba lo que le decía o habría que repetirlo. Era muy irritante.
Me doy cuenta de que estoy usando el tiempo pasado para escribir esto. Tendré que irme acostumbrando.
Intercambiamos los monosílabos de rigor, él guardó el broche de ejercicios en el bolsillo de su campera y empezó a caminar, lo cual significaba que uno debía seguirlo. Rodeamos el taller y el invernadero, con sus vidrios teñidos de anaranjado por la luz de la tarde, como a Cordelia y a mí nos gustaba.
Era la hora en la que los pájaros arreciaban con sus ruidos, en un último esfuerzo por parar la noche.
Caminamos hacia el río, pasando el tanque australiano. Me preguntó sobre mi día, sobre mis obligaciones, con la neutralidad metódica de costumbre, aunque me pareció notar un tono diferente en el arrastrar de algunas palabras.
Eso me puso en guardia.
Papá siempre daba rodeos antes de ir al punto, pero cuando fijaba su objetivo, se lanzaba y ya no paraba, como un torero en el momento de la verdad.
No sé si recuerdo todo lo que me dijo, o de qué me empezó a hablar antes de que la situación se complicase. Creo recordar un repetido sermón sobre ordenar mi vida, que yo ya tenía 21 años, que la prórroga del servicio militar se vencía y había sido inútil porque no la había usado para estudiar nada, y un etcétera largo. Mi cabeza se alejó de ahí rápidamente y me encontré viajando por otros lugares y mientras oía el monótono discurso de papá pensaba en Cordelia y en sus hombros, y en la marca de la vacuna BCG que parecía un pequeño golpe de cincel en su piel color ámbar.
Entonces me di cuenta de que papá también estaba pronunciando el nombre de Cordelia.
Levanté la vista y me encontré con los ojos de él que miraban directamente dentro de los míos. No recordaba que algo así hubiese pasado alguna vez. Su mirada era imposible de sostener, así que, avergonzado, volví a bajar la vista. Sentía un ardor en la cara más agudo y potente que el de la fragua del taller. Papá estaba hablando y su boca se movía en gestos de desprecio, y yo empecé a sentir que mi cuerpo se volvía de vidrio, esos vidrios enormes que ponen en los locales de la calle principal, y que si uno hace demasiada presión seguro se rompen, y los fragmentos afilados que caen en cascada primero te cercenan un dedo y después el resto del cuerpo, cortándolo de mil maneras distintas hasta que lo reducen a nada.
Papá estaba diciendo “basta”, y no dejaba de mirarme. “Basta”, repetía, y por un momento vi en su cara, disimulado por la indignación y la furia, un resto de cansancio que me sorprendió. Vi su vejez y vi claramente que quizás ya no tenía más ganas de hacer esfuerzos por una vida, una familia, una estancia. Quizás lo que papá quería era ir al pueblo, entrar al bar de Farías y pedir una caña, y sentarse en la mesita de fórmica que está cerca de la cortadora de fiambre, esperando que algún habitué le empezara a hablar, y comenzar una conversación matizada con chistes verdes y comentarios de fútbol.
Eso era lo que papá quería; no sostener una situación sin salida con su hijo.
Sentí ganas de abrazarlo en ese momento, pero sabía que me rechazaría y eso sería demasiado doloroso. Además ya era tarde. Papá se había metido de lleno en el tema, y estaba monologando y planeando mi futuro. Hablaba sobre la elección de mi carrera y sobre el viaje a Europa. En Milán había una escuela de arte excelente, de la cual mamá siempre le había contado. Yo tenía la oportunidad única de estudiar y formarme en “el centro de todo”, como le gustaba decir a mamá.
Percibí que el terreno estaba ascendiendo mientras caminábamos, y eso significaba que estábamos cerca de la barranca. Papá se paró a un par de metros del borde, mirando hacia la lejanía. El río no se veía desde nuestro ángulo, pero sí se nos presentaba el panorama de los islotes que se fundían en la distancia. “Ya se puso el sol”, dijo. Y después de un momento agregó: “Mañana sin falta empezá a organizarte para irte”.
La vista se me empezó a nublar con las constelaciones verdes que siempre llenaban mis ojos cuando me los frotaba con fuerza.
Sentí cómo mis labios formaban la palabra “no”.
Papá me miró. Esta vez el desprecio se leía más claramente.
“Mañana te vas a ir de acá. O lo haces calladito, o te llevo hasta la estación a los sopapos.”
Se dio vuelta otra vez, mirando hacia el viento.
No me acuerdo qué pensé en ese momento. De nuevo le miraba la nuca. Por un instante tuve la idea de que esa nuca era en realidad la cara de papá. Era como la talla de un antiguo ídolo a la que el tiempo le había borrado las facciones.
No aguanté más y avancé hacia él. Apoyé mis manos en su espalda y seguí avanzando. Quizás la sorpresa le impidió decir algo. Por un momento sus talones parecieron querer afirmarse en la tierra, pero solo lograron deslizarse inútilmente. Después ya no hubo nada debajo de él que lo sostuviese. Me tiré para atrás mientras caía.
No escuché ningún grito, apenas un tomar aire, un suspiro, como cuando alguien se tira en una pileta o en el río, acumulando aliento. Esperé unos segundos. Tampoco escuché el ruido de un impacto, fue como si se hubiese disuelto.
Pasó un rato hasta que me decidí a mirar por sobre el borde y lo vi abajo, tirado.
Y esperaba no verlo ahí, porque no hubo ruido; pensé que en una de esas se había quedado flotando en el aire, mirándome con el rictus de desprecio de siempre.
Pero ahí abajo estaba el cuerpo de papá. Inmóvil.
No podía estar vivo, ni siquiera él podría sobrevivir a una caída así.
Lo miré un poco más, le di la espalda a la barranca y me encaminé hacia el taller. En ese momento pisé algo en el suelo y al bajar la vista descubrí el broche de madera. Se le habría caído mientras forcejeábamos. Me lo guardé en el bolsillo.
Empecé a caminar de nuevo, sin apuro pero tampoco demorándome demasiado.
La barranca se ve desde la orilla de enfrente, que también es de nuestra propiedad, por eso salvo algún peón rezagado nadie pudo ver lo que pasó. Solo me pareció ver una vaca, que pudo haber contemplado muda la escena mientras masticaba.
Yo mismo me asombro de la frialdad de mi actuación mientras volvía al invernadero, daba la vuelta y entraba al taller, cerrando la puerta, apoyándome con alivio en la vieja madera. Me quedé en el taller una hora más, como hacía siempre, para que nadie detectara un cambio en mis costumbres. Después saqué el diario de su escondite y me vine para la pieza.
Y ahora estoy acá, esperando.
El fondo de la barranca está a diez metros de la orilla del río, y ahí el agua no crece por la noche. No va a pasar más de un día sin que lo vean, porque si no lo descubren de arriba, algún botero lo tiene que ver seguro.
Ahora que lo pienso solo es cuestión de horas para que se descubra el accidente, porque cuando papá siga sin aparecer, Reba va a mandar a los peones, a Cordelia y a mí a buscarlo. Si ya llamó a lo de Farías, si en el atracadero no lo vieron, Reba se va a inquietar. Nos va a obligar a buscarlo, y quizás yo mismo tenga que ejecutar la parodia de encontrarlo, aunque prefiero que lo haga algún peón.
Ahora Reba pregunta por él. Me parece escuchar la voz suave y profunda de Cordelia contestándole. También estarán por ahí Amadeo y quizás Lautaro. Tendré que salir para disimular.
Me pregunto si se notará lo que pasó, si mi cara me delatará. Debería tener un espejo acá adentro. Voy a ver si hago uno en el taller. Mejor dos, así le regalo uno a Cordelia.
Los días que se vienen van a ser difíciles. Tendré que tomar la responsabilidad de este lugar. Quizás sea mejor de esta forma.
Tengo que acordarme de esconder este cuaderno junto con los demás. De aquí en más es muy importante que no lo encuentren.
No sé qué decir. Quizás esto le suene desagradecido a papá, pero me siento aliviado.
¿Por dónde andará él ahora? Supongo que no merece estar con Dios. Pero su perdón es infinito.
Miro su viejo broche de madera, ese con el que fortalecía los dedos. Empiezo a presionar el broche entre el índice y el pulgar de la mano derecha. Luego mayor y pulgar, luego anular y pulgar. A medida que voy pasando a los dedos más frágiles, el esfuerzo se hace insoportable.
Se convierte casi en una tortura.
FASE UNO
EL MES MÁS CRUEL
1
4 de abril de 1999
Unos días antes de que se llevasen a su hija, Fabián Danubio estaba atrapado en un sueño, pero confiaba en que iba a salir pronto.
Nunca recordaba sus sueños y tampoco estaba seguro de que las personas todas las noches fueran visitadas por sueños que después olvidaban. Nunca había leído una revista científica que presentara pruebas contundentes sobre el asunto. Fabián pensaba todo esto con esa lucidez oblicua que solo se manifiesta en los sueños, mientras se abría paso a través de una atmósfera pegajosa que demoraba sus movimientos.
Caminaba por una calle de un barrio indeterminado, de noche. Sabía que Lila y Moira estaban cerca, aunque no lograba verlas. En el sueño no había pisos que de pronto succionaban los pies ni interminables caídas. No había gente en la calle y los negocios estaban cerrados, pero en una segunda mirada comprobó que en realidad estaban abandonados, sus puertas estaban abiertas y adentro todo arrumbado, solo se veía alguna máquina registradora en desuso o un mostrador roto, estanterías vacías y el empecinado titilar de un tubo fluorescente.
Como en todos los sueños, el cuerpo de Fabián sabía hacia dónde se dirigía pero su mente lo ignoraba. Tenía la vaga idea de estar escapando, pero no lograba saber de quién ni hacia dónde. En ese momento Fabián creyó escuchar las voces cercanas de Lila y Moira. Se detuvo a mitad de una cuadra, frente a lo que parecía el puesto de un cajero automático abandonado, que luego resultó ser un ascensor de paredes de vidrio. Estaba seguro de que adentro estaban ellas. Parecían hacerle gestos para que se apurase. Fabián trató de correr, pero cuando llegó hasta la cabina las puertas se cerraron. Del otro lado del vidrio Moira lo miraba, Lila también pero luego le dio la espalda. La luz de la cabina se apagó, y él apoyó la palma de su mano en el vidrio, tratando de verlas. Pero adentro estaba muy oscuro. Vio entonces que en la oscuridad se definía otra figura y cuando se acercó, se topó con dos ojos azules sin cara, unos ojos de hombre o animal, que lo miraban fijamente.
Con un gruñido Fabián salió del sueño golpeando el piso de parquet, al costado de la cama. Era la primera vez que le pasaba algo así: caerse de la cama por culpa de un sueño.
Miró a Lila para ver si se había despertado con el ruido, pero ella dormía. Se levantó con cuidado, salió de su habitación y se asomó a la de Moira. Su hija dormía también, abrazada a un muñeco que intentaba imitar al Pepe Grillo de Disney. Tenía el sombrerito del original, pero más patas y un cuerpo más alargado, su forma era más salvaje, como si Pepe Grillo se hubiera vuelto menos humano y más insecto. Era el muñeco favorito de Moira.
Se acercó a su hija para corroborar si se había hecho pis. Milagrosamente, no. Eso explicaba por qué no se había pasado de su cama a la de ellos.
Todas las noches, entre las dos y las tres de la madrugada, Moira se hacía pis, estrategia infalible para abandonar su cama y mudarse a la de sus padres.
El psiquiatra de Lila les había recomendado una psicóloga infantil, a la que estaban consultando por este tema. La mujer les aseguraba que era una etapa que debía superarse pronto. Claro que ella no tenía que lavar sábanas todos los días.
Fabián caminó hacia la cocina. Había silencio total, incluso en la calle, lo cual era notorio. Se dio cuenta de que era domingo. Volvió al dormitorio y se acostó de nuevo. Tocó el hombro de Lila levemente. Ella se movió, apartando una sombra inexistente. Al rato Fabián dormía nuevamente, esta vez sin sueños.
2
Quiero ir al árbol —dijo Moira. Tenía cuatro años y ya sus ojos eran idénticos a los de la madre, rasgados y marrón oscuro, con una leve inclinación hacia abajo que les daba por momentos un aire de indefinible nostalgia. De vez en cuando, al arquear las cejas, su cara se llenaba de perplejidad. Ese era el gesto favorito de Fabián.
Abril ya empezaba y el calor daba paso a días frescos y llenos de sol. Caminaban por la plaza, alejándose de la avenida Álvarez Thomas hacia el sector de juegos. Lila hojeaba el diario que recién habían comprado y ni miraba por dónde pisaba, tropezándose contra el borde del camino de polvo de ladrillo.
Los dos seguían a Moira que caminaba rápidamente hacia el lugar en el que estaba “su árbol”, un palo borracho joven, con las espinas aplastadas para que los nenes indefensos y los distraídos no se cortasen. Moira se había acercado al árbol la primera vez que fueron a la plaza, al mes de mudarse al departamento de Álvarez Thomas. Había quedado hechizada por el color verde del tronco, que parecía casi artificial. Podía pasar de los juegos, la bicicleta con rueditas y el arenero, pero nunca dejaba de visitar su árbol.
Cuando llegaba enero, en el día del cumpleaños de Moira, Fabián le sacaba una foto junto al árbol. Ya lo habían hecho cuatro veces y Fabián confiaba en repetir anualmente el ritual, que Moira siguiese cumpliéndolo de grande, e incluso que la costumbre pasara a sus hijos y a sus nietos.
Lila y Fabián se sentaron en uno de los bancos de piedra debajo de la pérgola de hormigón, sitio desde el que podían ver a Moira. Fabián nunca hubiese diseñado una plaza así, pero el lugar estaba bien cuidado y tenía una cierta amabilidad que se agradecía. Además, no iba mucha gente.
Lila apoyó el diario sobre el tablero de ajedrez pintado en la mesa y separó el suplemento de espectáculos. Fabián de vez en cuando se levantaba de su asiento de piedra cuando perdía de vista a Moira detrás de algún cantero, y se volvía a sentar cuando la veía reaparecer, inquieta y hablando hacia el aire como era su costumbre. La nena ahora entraba al sector de juegos y se trepaba al tobogán tubular de plástico. Una vez Lila recibió a su hija a la salida del túnel-tobogán, y al hacer contacto con ella gritó por el golpe de la electricidad estática que traía la ropa de la nena. Desde entonces no la había vuelto a tocar cuando usaba ese tobogán, y Moira se había fogueado en el aterrizaje forzoso sobre la arena.
Fabián empezó a leer la sección de noticias policiales del diario.
—Este año dan Turandot en el Colón —comentó Lila.
—Mataron a una tarotista en San Telmo —dijo Fabián.
Al parecer la mujer no había logrado prevenir su propio destino pese a su sabiduría con las cartas. Su ex marido la había golpeado una docena de veces con un martillo, dejándola sin vida cuando estaba todavía sentada en la mesa. “Con el naipe del ahorcado recién salido del mazo”, completó Fabián, que se apasionaba agregando detalles ficticio-dramáticos a las crónicas policiales que leía. Horas después, en una pensión de la calle Montevideo, el asesino fue apresado sin ofrecer resistencia. El martillo estaba guardado, con sangre seca y pelos de la mujer muerta adheridos, en su mesita de luz.
Había otra noticia sobre otra mujer, de 35 años, que faltaba de su casa hacía tres meses. Fabián recordaba el caso, y lo había seguido con curiosidad. La mujer tomó un micro desde su trabajo en el centro hacia su casa en La Plata. Nunca llegó. El marido había hecho la denuncia tres horas después. Nadie la vio bajar del micro en ningún punto intermedio, pero nadie la vio salir tampoco de la estación de destino. Misterio. Fabián supuso que si pronto no había novedades, la noticia dejaría de aparecer en el diario. Se imaginó al marido de la mujer dentro de un año, sin que ella hubiese aparecido. Quizás ya habría dejado atrás el dolor y la impotencia, y estaría tomando un café en un bar del barrio y mirando por la ventana hacia la noche, esperando verla de nuevo, en un deseo absurdo.
Fabián anuló la viñeta trágica porteña y se imaginó a un tipo al cual la salida de escena de su mujer le había caído como maná del cielo. Vivir con ella ya era insoportable y el azar había venido en su ayuda en forma inesperada. Ahora, en la imagen mental de Fabián, el tipo está sentado en un bar dándose cuenta de que hace meses lleva una máscara de sufrimiento que no siente. En realidad está mejor sin ella. Estuvo mal al principio, claro. Pero ahora está a punto de decidir cuánto más disimula, cuánto tiempo más de luto lleva por su esposa desaparecida antes de dar rienda suelta a la plenitud y el éxtasis.
Fabián se acomodó en el banco y pasó a la página del horóscopo. Leyó su signo, el de Lila y el de Moira. Para su hija: época ideal para dar un golpe de timón a su vida. Para Lila: posibles tensiones de pareja pero solo pasajeras. Para él: un año solar lleno de acontecimientos. Eso era lo que expresaba el empleado de limpieza que seguramente se encargaba de redactar la sección astrológica.
Fabián cerró el diario, levantó la vista y observó a su esposa. Siempre que la miraba mientras ella leía recordaba que esa era su actitud cuando la vio por primera vez. Él estaba esperando para dar un examen en el pasillo que daba al espacio central de la facultad de arquitectura. En realidad estaba casi decidido a no dar el examen. Lo habían aplazado en la fecha anterior y no estaba seguro de que su preparación esta vez fuese mejor. De repente la vio a ella, sentada en un banco alto, acodada en el borde de madera de la baranda, leyendo quién sabe qué, y sintió una puntada placentera y casi angustiosa.
Pese a estar sentada se la notaba alta (un metro setenta y dos, supo después Fabián). Daba vuelta morosamente cada página de su libro, jugueteando de vez en cuando con un pendiente en forma de lágrima azul que colgaba de su oreja. Su piel era muy blanca y su pelo era de un negro azabache lustroso que a Fabián ridículamente le había recordado el brillo de la grupa de un caballo negro.
Ella había levantado la vista y lo había mirado.
No se acordaba bien cómo siguió la cosa, cuál fue la primera palabra o el primer gesto que ejecutó para acercarse. Sí recordaba estar hablando con ella de su inminente examen, aferrándose a una excusa para oír su voz y mirar cómo movía los labios. Se rieron bastante, él entró a dar el examen, lo dio bien, y a la salida ella todavía estaba afuera, y cuando Fabián más tarde estaba esperando el colectivo 160, ya tenía su teléfono.
Se viven tiempos excesivamente rápidos. Dos semanas después ya planeaban mudarse a un departamento de dos ambientes con un alquiler razonable.
Habían pasado siete años. Fabián salió de su recuerdo y volvió a concentrarse en la mujer que leía el diario del otro lado de la mesa.
—Abrieron un restaurante armenio hace poco —observó Fabián, intentando instalar un tema de conversación que quebrara el automatismo conyugal en el cual estaban sumergidos.
Lila dejó el diario y después miró hacia Moira, y luego más allá de los juegos y más allá de la calle Delgado, donde por arriba de las casas se desplomaba el cielo azul, y si miró algo más allá todavía, Fabián no pudo discernirlo.
—¿En qué consiste la comida armenia? —dijo Lila.
—Debe ser igual que la árabe, pero con otros nombres. No sé. Averigüémoslo. Mañana dejemos a Moira con Cecilia y vamos.
—Bueno.
—¿Tenés ganas o no?
—Debe ser caro.
—No te preocupes.
Lila levantó levemente la comisura de los labios y se pasó la mano por los ojos.
—La cena es para hablar sobre nosotros, ¿no?
—La cena es para comer, en principio. Pero ya que lo decís, podríamos hablar de algunos temas.
—¿Cómo cuáles?
Como, por ejemplo, que no cogemos hace tres meses, pensó Fabián, mientras arrugaba lentamente las páginas del diario que tenía entre las manos.
—No sé. Sobre la pareja.
—Ya fuimos varias veces a cenar y no terminamos hablando de nada —aseguró Lila, con un gesto casi de hastío que empezó a molestar a Fabián.
—Bueno, esta vez deberíamos hablar.
—¿Estás sonando muy dramático o me parece a mí?
Fabián miró a Lila durante dos segundos.
—Dejá, no vayamos a cenar.
—Ahora te ofendés y no hay retorno. Ya sé.
—Es increíble. Domingo a la mañana, recién cruzamos tres frases y ya me quemás la cabeza.
Lila no contestó. Por lo general no se involucraba en este tipo de discusiones. Sus cejas se arquearon.
—¿Moira dónde está?
Fabián miró hacia los juegos y no la vio. Había un nene hamacándose con la camiseta de fútbol de la selección argentina, una señora de jogging violeta que sería la madre y a unos metros una chica con jeans y remera negra que sujetaba a un perro dóberman para que no se metiese en la arena.
En el tobogán de plástico no estaba. Fabián dio la vuelta a la hilera de arbolitos bajos que servían de borde para el sector. En el terreno de césped que daba a la calle no había nadie. A la calle ella no iba a ir porque ya sabía que era peligroso. Seguramente estaba en alguno de los caminitos de ladrillo que cruzaban la plaza. Bordeó la esquina, asomándose al lugar donde estaba el busto del prócer que daba nombre a la plaza. Nadie. Fabián empezó a sentir un vacío en la boca del estómago. ¿Dónde se había metido?
Vio a Lila buscando del otro lado de la pérgola.
Volvió al sector de juegos. La señora de jogging lo miraba. La chica del dóberman ya no estaba.
—¿No vio una nena que estaba jugando? ¿Remera verde y short?
La mujer negó con la cabeza, con una cara de angustia que parecía sobreactuada. Se acercó más a su propio hijo, que ya no se hamacaba.
Fabián volvió a la pérgola. En la mesa de ajedrez el diario que habían leído se volaba desarmado, repartiendo sus secciones por los alrededores. Lila salió de atrás de una planta y miró a Fabián con la cara desencajada.
—No la encuentro…
—Moira, la puta madre… —murmuró Fabián mientras buscaba a su hija. Ahora el vacío se le había trasladado a los testículos.
Solamente durante el primer año de Moira, Fabián sufrió esa colección de temores obsesivos que caracterizan a los padres primerizos. Golpes, caídas, secuestros, atragantamientos, muertes súbitas… El segundo año todo se atenuó y Fabián se sintió orgulloso de su aplomo paterno. Los miedos se depositaban en algún ángulo del costado del cerebro y ya no ejercían efectos intimidatorios. Pero ahora el pánico ancestral que sentían los padres estaba irrumpiendo con toda su fuerza.
Fabián corrió, ya sin oír los llamados de Lila, tratando de pensar qué podía haber pasado.
Subió por el sendero de ladrillo, buscando con la vista. Había gente en la plaza y el ojo podía engañar en situaciones así. Muchas veces la había tenido a Moira a pocos metros, sin verla. Trató de calmarse, de parar esa cabeza que empezaba a encabritarse.
Se acercó al sector de la fuente seca. Si Moira no estaba ahí, el siguiente paso era hablar con un policía que ya tenía divisado en la esquina de Álvarez Thomas y Zabala.
Entonces vio a su hija, de espaldas, al borde de la fuente. Se relajó de golpe, y hasta sintió algo de vergüenza por haber reaccionado como reaccionó.
Corrió hacia ella y de nuevo sintió adentro un dolor fuerte y corto, traicionero, imaginando que la giraba tomándola del hombro y resultaba ser otra nena, como en una previsible película de suspenso.
Pero era Moira. La sacudió del bracito mientras le gritaba. Atrás de él llegó Lila y la alzó con un suspiro.
—Nena, nenita… ¿por qué no nos dijiste que venías acá? ¡Nos asustaste! —dijo, abrazándola.
Fabián obligó a la nena a mirarlo a los ojos.
—¡No hagas más eso! ¿Me escuchás, Moira?
La misma mirada de la madre cuando no contestaba. Fabián insistió.
—¿Me escuchás, Moira?
—Vine con el hombre —dijo la nena.
—¿Qué hombre? —preguntó Fabián.
—El hombre del jardín.
—Es algo que está sacando de programas de la tele —dijo Lila—. Está asustada porque le gritaste.
—¿Qué, tengo la culpa yo ahora?
—Mejor vamos a casa.
Fabián le habló a su hija más de cerca.
—¿Un hombre te trajo hasta acá? Decime la verdad.
—No puedo decir nada porque es del jardín.
—¿Me podés contestar bien, por favor? Ya tenés cuatro años.
Moira lo miró y le rodeó el cuello con las manos. Lila dejó que la nena pase a los brazos del padre.
Más adelante Fabián iba a recordar muchas veces esta situación, pensando en todos los signos que no pudo ver.
Pero… ¿Quién descifra algo así de antemano? Casi siempre el significado de los signos nos resulta claro cuando ya es demasiado tarde.
3
Esa noche, Fabián acostó a Moira y empezó a leerle un cuento. Moira era empecinada a la hora de dormir. Fabián tenía que acostarse a su lado con el libro abierto, y ella pedía que le leyera una y otra vez la misma historia. Era imposible que alguna página fuese pasada por alto, porque su memoria, casi fotográfica, no lo permitía. En determinado momento el libro se cerraba y Moira se acomodaba de costado en la cama, de cara a la pared donde una miríada de stickers formaba un mosaico decorativo que evidenciaba la evolución cultural de la nena en los últimos dos años. Luego, Fabián tenía que quedarse al lado de ella hasta que se durmiese. Muchas veces escuchaba la respiración atenuarse, empezaba a levantarse despacio y de pronto sentía una manito implacable que atenazaba su brazo, una manito que parecía pertenecer a un mecanismo automático equipado con sensores de movimiento que impedía la fuga del cautivo.
Esta vez el cuento no se leyó tan detenidamente porque Moira sabía que papá estaba enojado por lo que había pasado en la plaza. Tardó en dormirse, eso sí. Fabián optó por cerrar los ojos para que ella siguiese el ejemplo, y esperó a que lentamente claudicase. El vecino chileno del cuarto piso tenía el grabador puesto a un volumen que justificaba un conflicto limítrofe, pero Moira no era detallista con los ruidos, así que lo dejó estar. Una hora después, Fabián se levantó, arropó a su hija, apagó la lámpara y salió de la habitación.
Lila también estaba dormida, por supuesto. Fabián era el único de esa casa que realizaba rondas nocturnas mientras los demás dormían, como un vigilante insomne que recorre los cuartos preguntándose por qué él no duerme, qué angustia velada le impide descansar al ritmo de los demás.
Tenía que terminar una documentación de obra en computadora porque al otro día pasaban temprano a retirarla por el estudio. Necesitaba adelantar trabajo. Su PC era un ejemplo de discapacidad tecnológica difícil de superar. Se sentó en la silla del hall después de entornar la puerta de su cuarto. El ruido fatigoso de la computadora al encenderse le quitó las ganas de trabajar, así que volvió a apagarla y fue al living a ver televisión. Terminaría el trabajo al otro día y el cliente tendría que esperar. Supuso que a su jefe, Carreras, eso no le causaría gracia, pero las cosas eran así.
Estuvo recorriendo los canales de cable casi una hora. Se preparó un vaso de Walker con dos hielos. La botella se la había traído su hermano Germán de Canadá. Él jamás hubiese comprado un whisky tan caro. Se sintió como un fanfarrón inconsistente al tomarlo, como cumpliendo con un gesto que perteneciera menos a él que a su hermano mayor.
Tenía la intención de que el whisky lo embotase lo suficiente como para no pensar, pero se dio cuenta de que iba a necesitar media botella para evitar una sesión de lamentos introspectivos.
Así que siguió pasando maquinalmente canales en la televisión mientras en el vaso los hielos se ahogaban y se disolvían, rigurosos.
4
La idea de ir a cenar al día siguiente se postergó, por una cosa o por otra. Finalmente Lila claudicó ante la insistencia de Fabián, y un lunes, pasando la mitad de abril, la mesa en el restaurante armenio ya estaba reservada. Fabián se levantó más temprano que de costumbre. Preparó el mate para Lila en la cocina, al tiempo que masticaba una tostada. Le dejó el termo con agua caliente y el mate hecho, rozó con sus labios las caras de sus dos mujeres dormidas y salió.
Afuera, la luz de la mañana parecía un crepúsculo.
Caminó hasta el subte. No iba en auto al microcentro, no lo soportaba. Prefería dejarle el auto a Lila, pero hacía tiempo que ella tampoco lo usaba. Se había puesto muy nerviosa en una ocasión en la que estaba parada en un semáforo, esperando que cambiara la luz, y al coche que estaba al lado del suyo lo chocó violentamente un camión sin frenos. Ese brusco contacto con la lotería de la fatalidad inhabilitó a Lila para seguir manejando. De cualquier forma, pensaba Fabián mientras se bajaba en la estación Carlos Pellegrini, ella siempre encontraba un motivo perfecto para ir quemando naves y abandonándolas: la carrera, el trabajo… Hasta ahora las obligaciones que imponía Moira no habían caído bajo su dejadez. Habían tenido que contratar a Cecilia para que los ayude, y eso le daba a Lila más tiempo libre. Podía ir a caminar, a mirar librerías como le gustaba (Lila leía un cantidad de libros inabarcable para él, que solo hojeaba algún par y durante las vacaciones), podía encontrar tiempo para pensar cómo retomar algo de lo que había dejado. De todos modos, la presencia de Cecilia en la casa no había generado en Lila un cambio notorio. Más de una vez Fabián pensó en ir a hablar con Levín, el psiquiatra de Lila, pero si ella se enteraba hubiese sido para más problemas.
Entró al edificio de la calle Suipacha, saludó al encargado, cambió dos palabras con el ascensorista, estaba en la oficina.
Había luz en el cubículo de Carreras. Eso significaba que se había olvidado de apagarla la noche anterior o que había llegado temprano. El característico carraspeo de su jefe sonó, gutural, en el silencio de la oficina. Fabián puteó por lo bajo y se sentó frente a la computadora. Hubiese preferido estar solo hasta terminar el trabajo.
—Buenas —dijo Carreras.
Se había asomado y se acomodaba el pantalón tratando de que su barriga se rodease mejor con el cinturón. Llevaba los tres primeros botones de la camisa desabrochados, lo que le daba el aspecto de un veterano bailarín disco de los setenta. Mirándolo, ni siquiera la persona más astuta u observadora hubiese podido deducir que Carreras era arquitecto.
—¿Cómo va eso? —preguntó Carreras.
—Ya lo termino.
—Acordate que hay que plotearlo para que lo pasen a buscar. ¿Para cuánto tenés?
—Media hora, cuarenta minutos. Mejor deciles que lo pasen a buscar por el estudio donde lo van a imprimir, así ganan tiempo.
Carreras volvió a su cubículo. Fabián vio en su cara el leve rastro de contrariedad reprimida que en algún momento cristalizaría en un reproche lanzado como al pasar. Pero por ahora lo dejaba trabajar tranquilo.
Una hora más tarde había terminado y los del estudio que hacía ploteo de planos ya se habían llevado los diskettes. Hubiese preferido mandarlos por mail, pero la conexión telefónica era muy lenta y Carreras no quería ocupar la línea.
Fabián entró al pequeño office y se preparó un café instantáneo. Carreras apareció y se desperezó aparatosamente, chocando con una mano un estante donde unas botellas de colores decorativas tintinearon peligrosamente. Le sonrió a Fabián desde su metro noventa de altura.
—Anoche soñé algo con una mina.
—¿Otra vez?
—Y sí. Pero esta vez fue feo.
—¿Querés café?
—Bueno. No me pongas azúcar. Estábamos con esta mina en el sofá, franeleando, y era un momento hermoso. Yo le estoy acariciando la parte de atrás de la cabeza, le estoy tocando el pelo, largo y lacio, color caoba.
—¿Caoba?
—Sí, caoba, ¿qué tiene?
—Nada, seguí.
—Bueno, entonces la acaricio en la nuca y empiezo a sentir que es una nuca rara. Toco con mis dedos algo que no corresponde a una nuca, ¿entendés?
Fabián juzgó prudente contestarle que sí, que entendía.
—Primero pienso que quizás está lastimada, porque se siente como el borde de algo carnoso y húmedo. Entonces no aguanto más y la doy vuelta a la mina.
—Ya sé. En la nuca la mina tenía una concha. Con dientes.
—¿Qué? No. ¿De dónde sacás eso? Tenía otra cara. Lo que estaba tocando eran los labios de otra cara que la mina tenía en la nuca. Una cara con boca, ojos, nariz…
—¿Y cómo era esa cara?
—No me acuerdo. Creo que era horrible. No quería mirarla.
Carreras emitió un siseo con los labios y apuró un sorbo de café. Levantó las cejas hacia Fabián, interrogándolo.
—¿Qué te parece que puede significar?
Fabián aprovechó el pie que le había dado Carreras.
—Está clarísimo —contestó—. Tenés que aumentarme el sueldo.
—¿Vos nunca soñás nada?
—Sueño que me caigo.
—Qué poco original. ¿De verdad necesitás un aumento?
—La vida está cara.
Carreras asintió, suspirando.
—Pensar que hace tres años éramos… ¿Cuántos? ¿Doce, trece? Ahora solo estamos vos y yo. Por suerte lo tenemos al ingeniero que nos está dando todo el tema de la documentación. Si no fuese por eso ya hubiéramos cerrado el estudio.
—Pero esta es la última torre.
—¿Vos creés? Yo voy a hablar con Guilstein a ver cómo viene la mano.
—De paso preguntale si necesitan un supervisor de obra.
—Sí, ya sé. Estás harto de la computadora.
—Y qué querés que te diga…
—Menos mal que estás vos con eso, yo no podría. No puedo ni mirar la pantalla, se me cruzan las líneas. ¿Es ese el futuro? A mí dejame con mi tablero y mi portaminas.
—Son los cambios que se trae el nuevo siglo.
—Me cago en el nuevo siglo. ¡Salud!
Carreras apuró un traguito de licor y se puso el attaché bajo el brazo.
—¿Me hacés un favor? Te dejé impuestos para pagar arriba de mi tablero.
—Cambié de opinión. No me des un aumento. Mejor tomá a un cadete.
—Y bueno… Viste cómo estamos, ¿no?
—No te preocupes.
—¿Todo bien? ¿Lila? ¿Moira?
—Todo bien.
—Ci vediamo.
Carreras abrió la puerta y salió al pasillo. Empezó a silbar “Luna tucumana” mientras cerraba. El silbido se alejó.
Fabián se quedó un momento inmóvil frente a la computadora, con el vaso de café en la mano. Aborrecía dibujar en computadora, pero años atrás había tenido que aprender para actualizarse, y los trabajos se sucedieron sin darle tiempo a decidir si quería hacerlos o no. Ahora era un dibujante copista virtual que se contentaba con pasar lo que otros diseñaban.
Se encontraba en una situación que ya conocía: todo se iba desarmando a su alrededor y el único que resistía hasta último momento era él. Odiaba esa sensación. Escritorios vacíos, llamadas de teléfono que no ocurrían. Las obras nuevas de las que hablaba Carreras que quizá no llegarían. Fabián pensó cómo afrontar la falta de trabajo, en esos momentos en los que él era el único sostén de su hogar, con Lila deprimida.
La tarde transcurrió lentamente. Hacia las seis llamó Carreras diciendo que no volvía al estudio y se iba directo a casa. Fabián apagó la PC, se frotó los ojos y se impulsó con los pies para que la silla de rueditas girara sobre su eje, completando tres vueltas. Se acordó de que finalmente Carreras no le había dado una respuesta sobre el aumento.
Fue al baño y se miró en el espejo. Encontró una cara de frente amplia, con entradas en el pelo y esos ojos celestes aguachentos que nunca lo habían convencido del todo. Iba a cumplir los 30 en un mes. ¿Daba esa edad? ¿Menos?
Apagó la luz del botiquín y borró la cara del espejo.
Caminó por Corrientes y entró a un par de disquerías. En una había una oferta muy interesante de dos CD por uno. No compró nada.
Decidió seguir hasta Abasto y recién después tomar el subte. Abril ya era época de clases y la calle estaba llena de adolescentes vertiginosos.
Se dio cuenta de que la perspectiva de la cena de esa noche empezaba a preocuparlo, y que de alguna manera ese era el motivo por el cual estaba retrasando su regreso a casa.
Mientras eludía a la gente que caminaba en dirección contraria, Fabián pensaba en la manera más acertada para encarar la conversación que iba a tener con Lila.
Ella venía deprimida, pero la palabra no aplicaba para describir un estado de ánimo. Era una realidad psiquiátrica. Había algo en la mente de Lila que hacía unos años no funcionaba como debía. Era una especie de desconexión, algo difícil de medir en una impresión superficial. La mayor parte del tiempo, la mirada de Lila hacia el mundo era como la de una persona que contempla en la televisión una película que ya ha visto varias veces. Pero a la que además esa película no le gusta. Quizás la excepción a este filtro era Moira. No se le podía reprochar nada en cuanto a su cuidado, pero por momentos Lila parecía cumplir solo un papel que le habían asignado en un reparto existencial, sin decidirse a vivirlo de lleno.
Según el doctor Levín, el bajón comenzó durante el embarazo. Fabián estaba de acuerdo con eso. Con el nacimiento de Moira hubo una mejoría notoria, y en los primeros tiempos parecía que Lila alcanzaba el nivel de energía habitual en ella. Pero entrando en el segundo año de la chiquita, el gráfico descendió de nuevo.
Lila llevaba tres años sin trabajar. Desde que se recibió había estado en un estudio de diseño gráfico, pero nunca volvió de la licencia por maternidad. Salía con sus amigas, paseaba a Moira, cocinaba, pagaba impuestos. Leía todo el tiempo que podía. Su mesita de luz tenía siempre una pila desordenada de libros. Fabián se dio cuenta de que hacía tiempo que solo él tomaba la iniciativa a la hora de tener sexo. Lila respondía, y Fabián se olvidaba de comentárselo. Pasaban semanas y ahí él tomaba la iniciativa de nuevo.
Lila empezó a ser una mujer que dormía en la oscuridad, pero que parecía alejarse. Cada vez más.
Él empezó a despertarse en medio de la noche, empezó a caminar silenciosamente por la casa inmóvil. Empezó a ser testigo de algo que se parecía a una familia, pero que si se miraba de cerca consistía en dos personas que sostenían el convenio de cuidar a una nena, dos extraños cada vez más aislados que fingían conocerse. Él estaba convencido de que amaba a su mujer pero no se lo decía, porque tenía miedo de decírselo y encontrar en sus ojos algo que ya no pudiera creer.
Atardecía y las luces de los autos ganaban en color. Entró al subte y viajó ensimismado, con cierta tensión que lo fastidiaba.
Abrió la puerta de su casa usando el llavero dorado que le regaló, en un hermoso gesto, el banco que le había otorgado el crédito. Moira estaba en el living mirando televisión y Cecilia estaba en la cocina.
Cecilia era una chica peruana de unos 22 años. Según los parámetros del porteño medio, todas las mujeres peruanas eran morochas regordetas que vendían frutas sentadas en una vereda, y todos los hombres peruanos tenían el aspecto de antiguos guerreros incaicos decadentes, ahora dedicados a atiborrar pensiones en el Bajo Flores y a construir un futuro imperio del tráfico de drogas. Cecilia no entraba en esos parámetros. Era muy linda, de facciones delicadas y ojos verdes y grandes. Era agradable y suave y cuando escribía notas para recordarles que compraran jabón para ropa o virulana, su letra tenía una caligrafía exquisita, que parecía hecha por un escriba español durante la fundación de Lima.
—Hola, Ceci —dijo Fabián, descolgándose la mochila y dejándola sobre la silla.
—Hola, señor.
Para Cecilia no había posibilidad de tutearlos, ni a él ni a Lila. Era la hija de una señora que había trabajado para Ernesto, el padre de Fabián. Cecilia no era muy buena limpiando, a decir verdad, y cocinando se defendía pero sin llegar a deslumbrar. Pero era muy dulce con Moira, y la cuidaba mucho. La nena hablaba por momentos con el acento de Cecilia, mezclado con el castellano neutro de los dibujos animados con doblaje, y usaba vocablos que sin duda provenían de otras latitudes. En lugar de decir “mosquitos” decía “moscos”, y la conjugación casi siempre era digna de una telenovela de la tarde, pero era otro rasgo que, según la psicóloga de Moira, ya iba a pasar.
Fabián pensó que si él también empezaba terapia, como se venía proponiendo en los últimos diez años, iban a constituir una simpática familia carne de diván.
—¿Qué hacés, hermosa? —Fabián se agachó y besó a su hija.
—Papi…
Desde el televisor partía un bombardeo de ruidos, colores y heroínas japonesas con ojos de psicóticas.
Fue hacia su habitación, que tenía la puerta entornada. Lila se arreglaba usando el espejo del armario.
—¿Cómo estás?
—Hola. ¿Llamaste al restaurante?
—Sí, ya reservé.
—Hay que dejarle la plata a Cecilia.
—Ya sé.
Fabián se la quedó mirando. Lila se estudiaba en el espejo con la misma expresión que ponía cuando leía. Se probaba un collar que tenía piedras ovales de un color anaranjado que al recibir rayos de luz destellaba como un fuego mágico. Recordó que era el collar que ella se había puesto la primera vez que salieron, y eso lo animó. Ella giró la cabeza y lo miró.
—Qué —dijo ella.
—Nada —contestó él.
Una sonrisa nació en una punta de los labios de Lila, pero no alcanzó a llegar a la otra punta.
—Ya casi estoy lista.
Eran las ocho. Fabián fue a la cocina mientras se abrochaba el último botón de la camisa limpia que acababa de ponerse. Se sirvió un vaso de jugo, volvió al living y se sentó al lado de Moira, frente al televisor. La nena de inmediato se sentó sobre Fabián.
—Pon Cartoon, papi —requirió.
—Se dice poné.
—Bueno, poné.
Fabián buscó con el control remoto hasta que llegó al canal pedido. Arrancaba el programa favorito de Moira. Ni bien empezó, Fabián recordó con aprensión lo que había pasado en la plaza. El programa se llamaba El jardín de Joseph y estaba rompiendo los índices de audiencia infantiles. Era sobre un nene de ocho años, el susodicho Joseph, que encontraba en el fondo de su nueva casa un jardín prácticamente infinito. En el jardín, en el cual siempre Joseph tenía sus aventuras, convivían seres fantásticos de todas las mitologías. Unicornios, gorgonas, dragones chinos, ídolos aztecas. Joseph se había hecho de muchos amigos en el jardín, entre ellos, “el hombre de los abetos”, un enigmático personaje delgado como una sombra que podía comunicarse con los árboles.
Ese, supuso Fabián, era “el hombre del jardín” que había mencionado Moira durante el incidente de la plaza.
La nena miraba el televisor con una concentración casi profesional. En su mano sostenía el infaltable grillo salvaje que llevaba a casi todas partes. Tenía las manos largas y con nudillos puntiagudos, algo que se veía extraño para su edad. Iba a ser alta como la madre, y seguramente heredaría también el andar elástico, la flexibilidad de bailarina y los hombros cortantes que en una adolescente se ven demasiado masculinos pero en una mujer son signo de una concreta fuerza sensual. Pese a sus cuatro años, la cara de Moira se proyectaba hacia adelante como una flecha, bebiéndose la imagen de la pantalla con unos ojos encendidos que se movían oscilantes e inteligentes, no perdiendo detalle del mundo.
Le habían puesto Moira por sugerencia de Lila. Había leído en algún lado que el nombre era una variación celta de María, y además uno de los nombres que los griegos daban al destino. A Fabián la explicación le pareció lo suficientemente impresionante como para dejarse convencer.
—¿Y con quién se enfrenta Joseph hoy?
—Con unos dinosaurios.
—Uy, qué miedo.
—No, tonto, son buenos.
—¿Me dijiste tonto?
—No.
—Sí, me dijiste tonto.
—No te dije tonto, tonto.
Fabián apoyó su mentón en el pelo negro brilloso de la cabecita de Moira.
—Decime una cosa. ¿Te acordás hace unos días en la plaza, cuando te nos perdiste un rato, que hablaste del hombre del jardín?
—Sí —Moira no sacaba la vista de la TV.
—Ese hombre del jardín del que hablaste en la plaza, ¿es el hombre de los abetos que ves en la tele?
—No. Es otro hombre.
En la cocina se escuchó el ruido de un vaso al romperse. Fabián se sobresaltó. “Vasos comprados en Disco. Juego de seis. Quedan dos”, pensó. Se asomó y vio a Cecilia juntando los pedazos con la pala.
—Perdón, señor. Se me resbaló.
—¿Te cortaste?
En las piernas de Fabián se enredó Moira, alarmada.
—¿Te cortaste? —imitó casi igual el tono de su padre al repetir la pregunta.
—No, mi amor, estoy bien —contestó Cecilia.
Lila llegó a la cocina. Tenía puesto un vestido beige a tono con el collar que a Fabián le gustaba muchísimo, pero que ella llevaba con indolencia, como si lo hubiera encontrado tirado en un camino solitario y se lo hubiese puesto para no pasar frío. Usaba zapatos de taco bajo. Cuando usaba tacos altos casi sobrepasaba el metro setenta y ocho de Fabián.
Moira se colgó del collar de Lila.
—Cecilia se lastimó, mami.
—No, señora, no me hice nada.
—Soltame el collar, Moira. Barré bien los vidrios, Ceci.
—Sí, señora.
—Bueno, ¿vamos? —preguntó Fabián.
—Vamos.
—No. No quiero que se vayan —dijo Moira.
—Te vas a quedar con Ceci viendo la tele y después a dormir
—dijo Lila.
—Nooo… —Moira inició un lamento perfectamente ensayado, con la boca abierta, mirándose al espejo del pasillo.
Fabián y Lila salieron a la vereda. El kiosco de revistas que quedaba a unos metros de la entrada del edificio ya estaba cerrando. Mario, el kiosquero de pelo rojo, los saludó con un gesto.
Fabián le abrió a Lila la puerta del auto para que entrase. Mientras la miraba lo asaltó una súbita excitación, y decidió que cuando volviesen a casa después de cenar quebrarían la veda sexual, fuese como fuese. Era eso o buscar una puta en una página web que le había enseñado Carreras.
Se sentó en el asiento del conductor y le sonrió a Lila.
—Hola, hermosa —la besó en la boca.
Lila sonrió del todo, después de mucho tiempo, y se acomodó en el asiento con un gesto de de
