PRÓLOGO
El lunes, 22 de febrero de 2001, fue uno de esos días de mediados de invierno sorprendentemente cálidos que profetizaban falsamente la llegada de la primavera para los habitantes de la costa atlántica. El sol brillaba desde Maine hasta la punta de los cayos de Florida, y asombrosamente ofrecía una diferencia de temperatura entre uno y otro extremo inferior a los diez grados centígrados. Estaba destinado a ser un día normal y feliz para la gran mayoría de los habitantes de este extenso litoral, aunque para dos individuos excepcionales marcaría el comienzo de una serie de acontecimientos que, en última instancia, harían que sus vidas se cruzaran trágicamente.
Hora: 13.35
Cambridge, Massachusetts
Daniel Lowell apartó la mirada de la hoja rosa que tenía en la mano. Había dos cosas en la nota que la hacían única: primero, la persona que había hecho la llamada era el doctor Heinrich Wortheim, director del departamento de química de Harvard, que reclamaba la presencia del doctor Lowell en su despacho, y segundo, la casilla de URGENTE aparecía marcada con una cruz. El doctor Wortheim siempre se comunicaba por carta y esperaba recibir una respuesta escrita. Como uno de los más eminentes químicos mundiales que ocupaba el sillón directivo del lujoso y muy bien remunerado departamento de Harvard, era un personaje excéntricamente napoleónico. En contadas ocasiones trataba directamente con el vulgo que incluía a Daniel, a pesar de que Daniel era el titular de su propio departamento, sometido a la autoridad de Wortheim.
—¡Eh, Stephanie! —gritó Daniel a través del laboratorio—. ¿Has visto el aviso de llamada que está en mi mesa? Es del emperador. Quiere verme en su despacho.
Stephanie apartó la cabeza de los oculares del estereomicroscopio que estaba utilizando y miró a Daniel.
—No tiene buena pinta —comentó.
—Tú no le dijiste nada, ¿verdad?
—¿Cómo podría tener la oportunidad de decirle nada? Solo le he visto en dos ocasiones mientras hice el doctorado: cuando defendí la tesis y cuando me entregó el diploma.
—Seguramente se huele algo de nuestros planes —opinó Daniel—. Supongo que no debería sorprenderme, si tengo en cuenta la cantidad de personas con las que he hablado para que formen parte de nuestro consejo científico asesor.
—¿Piensas ir?
—No me lo perdería por nada del mundo.
Solo era un breve paseo desde el laboratorio hasta el edificio que albergaba las dependencias administrativas del departamento. Daniel tenía claro que caminaba hacia una confrontación, pero en realidad no le importaba. Al contrario, era algo que esperaba con interés.
En cuanto Daniel entró en la oficina, la secretaria del departamento le indicó que pasara sin más al despacho de Wortheim. El viejo ganador del Nobel le esperaba sentado al otro lado de su mesa escritorio antigua. Los cabellos blancos y el rostro afilado hacían que Wortheim pareciera más viejo de los setenta y dos años que decía tener. Pero su apariencia no disminuía en nada su autoritaria personalidad, que irradiaba de él como un campo magnético.
—Por favor, siéntese, doctor Lowell —dijo Wortheim, que miró a su visitante por encima de las gafas de montura metálica. Aún conservaba un muy leve rastro de acento alemán a pesar de que había vivido casi toda su vida en Estados Unidos.
Daniel aceptó la invitación. Era consciente de que una débil y despreocupada sonrisa, que sin ninguna duda no escaparía a la mirada del director del departamento, se mantenía en su rostro. A pesar de su edad, las facultades de Wortheim seguían siendo tan agudas como siempre y atentas a cualquier desliz. El hecho de que Daniel tuviera que rendir pleitesía a este dinosaurio era en parte el motivo de haber acertado en su decisión de abandonar la vida académica. Wortheim era brillante, y había obtenido el premio Nobel, pero continuaba empantanado en la química inorgánica sintética del siglo pasado. La química orgánica en forma de proteína y sus respectivos genes era el presente y el futuro del campo.
Fue Wortheim quien rompió el silencio después del cruce de miradas entre los dos hombres.
—Deduzco de su expresión que los rumores son ciertos.
—¿Podría ser un poco más específico? —replicó Daniel. Quería tener la seguridad de que sus sospechas eran correctas. No pensaba hacer el anuncio hasta dentro de un mes.
—Ha estado formando un consejo de asesores científicos —añadió Wortheim. Dejó la silla y comenzó a pasearse por el despacho—. Un consejo asesor solo puede significar una cosa. —Se detuvo para mirar a Daniel con un desdén hostil—. Tiene la intención de presentar su renuncia, y ha fundado o está a punto de fundar una empresa.
—Culpable con todas las de la ley —proclamó Daniel. No pudo evitar una sonrisa de oreja a oreja mientras el rostro de Wortheim mostraba un color rojo subido. Era evidente que Wortheim equiparaba su proceder con la traición cometida por Benedict Arnold durante la guerra de la Independencia norteamericana.
—Hice lo imposible en su favor cuando lo contratamos —replicó Wortheim, furioso—. Incluso le construimos el laboratorio que exigió.
—No me llevaré su dichoso laboratorio —manifestó Daniel. No podía creer que Wortheim intentara hacerle sentirse culpable.
—Su insolencia es insultante.
—Podría disculparme, pero no sería sincero.
Wortheim volvió a sentarse.
—Su marcha me pondrá en una situación difícil como presidente de la universidad.
—Lo siento mucho, y esta vez lo digo con toda sinceridad. Pero todos esos tejemanejes burocráticos forman parte de las razones por las que no lamentaré abandonar la vida académica.
—¿Qué más?
—Estoy harto de sacrificar mis investigaciones para dedicarme a la enseñanza.
—Usted es uno de los que menos clases dan de todo el departamento. Fue algo que negociamos cuando se sumó al equipo.
—Así y todo me roba tiempo a mi trabajo. Sin embargo, no es ese el tema principal. Quiero recoger los beneficios de mi creatividad. Ganar premios y publicar artículos en las revistas científicas no es suficiente.
—Quiere convertirse en una celebridad.
—Supongo que esa es una manera de decirlo. El dinero tampoco me vendrá nada mal. ¿Por qué no? Hay personas con la mitad de mi talento que lo han hecho.
—¿Alguna vez ha leído Arrowsmith de Sinclair Lewis?
—No tengo muchas ocasiones de leer novelas.
—Quizá tendría que buscarse un hueco para hacerlo —sugirió Wortheim despectivamente—. Pudiera ser que se replanteara su decisión antes de que sea irreversible.
—Ya lo he pensado todo lo que hacía falta y más. Creo que es lo correcto.
—¿Quiere saber mi opinión?
—Me parece que ya sé cuál es su opinión.
—Creo que será un desastre para ambos, pero sobre todo para usted.
—Muchas gracias por sus palabras de aliento —dijo Daniel. Se levantó—. Nos veremos por el campus —añadió, y luego salió del despacho.
Hora: 17.15 Washington
—Gracias a todos por venir a verme —manifestó el senador Ashley Butler con su cordial deje sureño. Con una sonrisa pintada en su rostro fofo, estrechó las manos de un grupo de hombres y mujeres de expresión ansiosa que se habían levantado al unísono en el momento en que entró en su pequeña sala de reuniones en el edificio del Senado en compañía del jefe de su equipo. Los visitantes estaban agrupados alrededor de la mesa que ocupaba el centro de la sala. Eran los representantes de una organización de pequeños empresarios de la capital del estado del senador que pretendían conseguir una reducción de impuestos, o quizá una rebaja en los seguros. El senador no recordaba exactamente cuál de las dos, y no figuraba en su agenda como correspondía. Tendría que llamarle la atención al encargado de su despacho por el fallo—. Lamento llegar tarde —añadió mientras estrechaba vigorosamente la mano del último de los visitantes—. Esperaba con gran interés la ocasión de reunirme con ustedes, y quería ser puntual, pero hoy ha sido uno de esos días en que todo se complica. —Puso los ojos en blanco para dar más énfasis a la disculpa—. Desafortunadamente, debido a la hora y a otro compromiso urgente, no puedo quedarme. Lo siento. De todas maneras, les dejo con Mike. Es fabuloso.
El senador dio una palmada en el hombro del miembro de su equipo asignado a atender al grupo, e insistió en que el joven se acercara hasta que sus muslos tocaron el borde de la mesa.
—Mike es el mejor de mis ayudantes. Él escuchará sus problemas y después me informará. Estoy seguro de que podemos ayudarlos, y queremos hacerlo.
El senador volvió a palmear varias veces el hombro de Mike, y le dedicó una sonrisa de admiración como si fuese un padre orgulloso en la graduación de su hijo.
Los visitantes agradecieron a coro la atención del senador al recibirlos, sobre todo a la vista de su recargada agenda. Todos los rostros mostraban idénticas sonrisas de entusiasmo. Si los había desilusionado la brevedad de la visita y el hecho de que hubiesen tenido que esperar casi media hora, no lo demostraron en lo más mínimo.
—Ha sido un placer —afirmó Ashley—. Estamos aquí para servir. —Se volvió para dirigirse a la puerta. Antes de salir, repitió un gesto de despedida. Los visitantes de su estado le respondieron de la misma guisa.
—Ha sido fácil —le murmuró Ashley a Carol Manning, su jefa de personal, que había salido de la sala al mismo tiempo que su jefe—. Tenía miedo de que me retuvieran con una letanía de historias a cuál más penosa y unas peticiones imposibles de atender.
—Parecían unas personas agradables —comentó Carol con un tono vago.
—¿Crees que Mike podrá apañárselas con ellos?
—No lo sé —admitió Carol—. No lleva mucho tiempo por aquí, así que no tengo idea.
El senador caminó con paso rápido por el largo pasillo hacia su despacho privado. Miró su reloj. Eran las cinco y veinte.
—Supongo que tienes presente dónde me llevarás ahora.
—Por supuesto. Vamos de nuevo a la consulta del doctor Whitman.
El senador miró a Carol con una expresión de reproche al tiempo que apoyaba el índice en sus labios.
—No es una información para consumo general —susurró, irritado.
Sin hacer el menor caso de su jefa de despacho, Dawn Shackelton, Ashley cogió al vuelo las hojas que ella le ofreció cuando pasó junto a su mesa y entró en su despacho. En las hojas aparecían un esbozo de las actividades del día siguiente junto con una lista de las llamadas recibidas durante el tiempo que había estado en la sala de sesiones para una votación de última hora, y la transcripción de una entrevista improvisada con alguien de la CNN que lo había pillado en los pasillos.
—Será mejor que vaya a buscar el coche —dijo Carol después de mirar la hora en su reloj—. Tenemos que estar en la consulta a las seis y media, y nadie sabe cómo estará el tráfico cuando salgamos de aquí.
—Buena idea. —Ashley fue a sentarse en su silla mientras leía la lista de llamadas.
—¿Le recojo en la esquina de C y la Segunda?
El senador respondió con un gruñido. Varias de las llamadas eran importantes, dado que las habían hecho los jefes de algunos de sus muchos comités de acción política. Para él, recaudar fondos era la parte más importante de su trabajo, sobre todo cuando tenía por delante la campaña para la reelección en noviembre del año siguiente. Escuchó el suave chasquido de la puerta cuando salió Carol. Por primera vez en todo el día, se encontró inmerso en el silencio. Miró en derredor. También, por primera vez en todo el día, estaba solo.
Inmediatamente, la ansiedad que había notado en cuanto había abierto los ojos aquella mañana se extendió por todo su cuerpo como un incendio fuera de control. La notaba desde la boca del estómago a la punta de los dedos. Nunca le había gustado ir al médico. Cuando era un niño, había sido sencillamente el miedo a las inyecciones o a cualquier otra experiencia dolorosa o vergonzante. Pero a medida que se había hecho mayor, el miedo había cambiado y se había convertido en más fuerte y angustioso. Visitar al médico se había convertido en un desagradable recordatorio de su mortalidad y el hecho de que ya no era un jovenzuelo. Ahora era como si el mero hecho de acudir al médico aumentase las posibilidades de tener que enfrentarse a algún diagnóstico espantoso como el cáncer o, peor todavía, el síndrome de Lou Gehrig.
Unos pocos años atrás, a uno de los hermanos de Ashley le habían diagnosticado dicha enfermedad después de experimentar unos vagos síntomas neurológicos. Tras el diagnóstico, el hombre, de recia complexión física y aficionado a los deportes, que había sido la viva imagen de la salud, se había convertido rápidamente en un inválido y había fallecido en cuestión de meses ante la impotencia de los médicos.
Ashley dejó los papeles sobre la mesa con aire ausente y miró a la distancia. Él también había comenzado a tener unos vagos síntomas neurológicos desde hacía un mes. Al principio no les había hecho caso, y los había atribuido al estrés del trabajo, a beber demasiado café o a no haber dormido bien. Los síntomas eran más o menos claros pero nunca desaparecían del todo. En realidad, poco a poco parecían ir empeorando. Lo más preocupante eran los temblores intermitentes en su mano izquierda. En algunas ocasiones había tenido que sujetarla con la derecha para evitar que alguien se diera cuenta. Después estaba la sensación de tener arena en los ojos, cosa que les hacía lloriquear de una forma llamativa. Por último, había una ocasional sensación de rigidez que le obligaba a realizar un esfuerzo físico y mental para levantarse y caminar.
Una semana antes, el problema le había impulsado a ver a un médico a pesar de su supersticiosa renuencia a hacerlo. No había acudido al Walter Reed o al Centro Médico Naval de Bethesda. También tenía miedo de que los periodistas descubrieran que algo no iba bien. Ashley no quería esa clase de publicidad. Después de casi treinta años en el Senado se había convertido en una fuerza para tener en cuenta, a pesar de su reputación como un obstruccionista que regularmente incumplía con las orientaciones de su partido. Gracias a su apoyo a cuestiones fundamentalistas y populistas como los derechos de los estados y la oración en las escuelas, además de su postura en contra de la acción afirmativa y el aborto, había conseguido desdibujar las posturas del partido al tiempo que se había hecho con una legión de partidarios cada vez mayor. La reelección para el Senado no le plantearía ningún problema gracias a su bien aceitada maquinaria política. La meta de Ashley era presentarse a candidato a la Casa Blanca en el 2004. No necesitaba que nadie se interesara o hiciera correr rumores referentes a su salud.
En cuanto superó su renuencia a buscar una opinión profesional, Ashley fue a visitar a un internista particular en Virginia que ya le había atendido en el pasado y que era un modelo de discreción. El internista a su vez lo había enviado inmediatamente al doctor Whitman, un neurólogo.
El doctor Whitman no había querido comprometerse, aunque después de escuchar los miedos específicos de Ashley, había manifestado sus dudas de que el problema pudiera estar relacionado con el síndrome de Lou Gehrig. Después de una revisión a fondo y de enviarle a que le hicieran una serie de pruebas, incluida una resonancia magnética, el médico no le había ofrecido un diagnóstico sino que le había recetado una medicación para ver si le aliviaba los síntomas. Luego le había dicho que volviera al cabo de una semana cuando ya dispondría de los resultados de las pruebas. Añadió que quizá para entonces ya estaría en condiciones de darle un diagnóstico. Era esta visita la que tanto preocupaba ahora a Ashley.
El senador se pasó la mano por la frente. Sudaba a pesar de la temperatura fresca de la habitación. Notaba el pulso acelerado. ¿Qué pasaría si al final tenía el síndrome? ¿Qué pasaría si tenía un tumor cerebral? A principios de los setenta, cuando Ashley era senador de su estado, uno de sus colegas había sido víctima de un tumor cerebral. Intentó en vano recordar cuáles habían sido los síntomas. Lo único que recordaba era haber visto cómo el hombre se convertía en una sombra de sí mismo antes de morir.
La puerta de la oficina exterior se abrió y Dawn asomó la cabeza que mostraba un peinado impecable.
—Carol acaba de llamar por el móvil. Estará en el punto de encuentro en cinco minutos.
Ashley asintió. Afortunadamente, se levantó sin dificultad. El hecho de que la medicación que le había recetado el doctor Whitman parecía haber obrado un milagro era para él la única nota alegre de todo el asunto. Los síntomas que tanto le preocupaban habían desaparecido salvo un ligero temblor de la mano cuando faltaban unos minutos para tomar la dosis. Si el problema se podía tratar con tanta facilidad, quizá no tendría sentido preocuparse tanto. Al menos eso fue lo que se dijo para convencerse.
Carol, tal como esperaba Ashley, se presentó puntualmente. Llevaba trabajando con él los últimos dieciséis años de su casi treinta en el Senado, y una y otra vez le había dado sobradas muestras de su capacidad, su dedicación, y su lealtad. Mientras se dirigían a Virginia, Carol intentó aprovechar el tiempo del viaje para discutir los acontecimientos del día y la agenda del día siguiente, pero no tardó en darse cuenta de que Ashley no le prestaba atención y guardó silencio. Así que se concentró en conducir en medio de un tráfico infernal.
La ansiedad de Ashley fue en aumento a medida que se acercaban a la consulta. Cuando se apeó del coche, estaba bañado en sudor. El senador había aprendido a lo largo de los años a escuchar a su intuición, y ahora sonaban todos los timbres de alarma. Había algo malo en su cerebro, él lo sabía, y lo que hacía ahora era pretender negarlo.
La cita había sido fijada para conveniencia de Ashley después del horario normal de la consulta, y un silencio sepulcral reinaba en la desierta sala de espera. La única luz la suministraba la pequeña lámpara en la mesa de la recepcionista. Ashley y Carol esperaron un momento, sin saber qué hacer. Luego se abrió una puerta y la brillante luz de los fluorescentes inundó la sala. En el umbral apareció la silueta recortada del doctor Whitman.
—Lamento esta bienvenida poco hospitalaria —manifestó el doctor Whitman—. Todo el mundo se ha ido a casa. —Accionó el interruptor. Vestía una impecable bata blanca. Su actitud era absolutamente profesional.
—No es necesario que se disculpe —respondió Ashley—. Agradecemos su discreción. —Miró el rostro del médico, con la ilusión de ver algo en su expresión que pudiera interpretarse como un buen augurio. No vio nada.
—Senador, por favor pase a mi despacho. —El doctor Whitman hizo un gesto—. Señorita Manning, si tuviese usted la bondad de esperar aquí...
El despacho del médico era un ejemplo de la pulcritud compulsiva. El mobiliario consistía en una mesa y dos sillas para los pacientes. Los objetos sobre la mesa estaban cuidadosamente alineados, mientras que los libros en la estantería estaban ordenados por su tamaño.
El doctor Whitman le señaló una de las sillas antes de sentarse. Apoyó los codos en la mesa, y unió las puntas de los dedos. Esperó a que el senador se sentara antes de mirarlo. Hubo una pausa inquietante.
Ashley nunca se había sentido tan incómodo. Su ansiedad había llegado al límite. Había dedicado la mayor parte de su vida a conseguir el poder, y lo había conseguido en una medida que superaba todas sus expectativas. Sin embargo, en este momento, estaba absolutamente indefenso.
—Me comentó cuando hablamos por teléfono que la medicación le había ayudado —comenzó el doctor Whitman.
—Ha sido fantástico —exclamó Ashley, que se animó inmediatamente al ver que el doctor Whitman había comenzado por el lado positivo—. Han desaparecido casi todos los síntomas.
El médico asintió como si hubiese esperado la respuesta afirmativa. Su expresión continuó siendo indescifrable.
—Yo hubiese dicho que es una buena noticia —añadió el senador.
—Nos ayuda a formular el diagnóstico —replicó el doctor Whitman.
—Bueno... ¿qué es? —preguntó Ashley después de una pausa que se le hacía eterna—. ¿Cuál es el diagnóstico?
—La medicación contiene levadopa —respondió el médico con el tono de un profesor—. El cuerpo la convierte en dopamina, que es una sustancia activa en la transmisión neuronal.
Ashley respiró con fuerza. Un súbito estallido de rabia amenazó con salir a la superficie. No quería que le dieran una conferencia, como si fuese un estudiante. Quería un diagnóstico. Tenía la sensación de que el médico jugaba con él como un gato que juega con un ratón acorralado.
—Ha perdido unas cuantas células que actúan en la producción de la dopamina —prosiguió el doctor Whitman—. Estas células están en una parte de su cerebro que recibe el nombre de substancia nigra.
Ashley levantó las manos como si se rindiera. Suprimió el deseo de cantarle cuatro frescas y tragó saliva.
—Doctor, vayamos al grano. ¿Cuál es el diagnóstico?
—Estoy seguro en un noventa y cinco por ciento que tiene usted la enfermedad de Parkinson —contestó el médico. Se echó hacia atrás. Un chirrido de la silla acompañó al movimiento.
Ashley permaneció callado durante unos momentos. No sabía gran cosa de la enfermedad de Parkinson, pero no sonaba bien. En su mente aparecieron las imágenes de algunos famosos que padecían la enfermedad. Al mismo tiempo, respiró más tranquilo al saber que no tenía un tumor cerebral o el síndrome de Lou Gehrig. Se aclaró la garganta.
—¿Es algo que se puede curar? —se permitió preguntar.
—En la actualidad no tiene cura —respondió el doctor Whitman—. Pero como usted ha podido comprobar con la medicación que le receté, se puede controlar durante un tiempo.
—¿Eso qué significa?
—Podemos mantenerle relativamente libre de los síntomas durante un tiempo, quizá un año, o quizá más. Desafortunadamente, dado su historial de unos síntomas que se desarrollan relativamente rápido, diría, de acuerdo con mi experiencia, que los medicamentos perderán su efectividad a un ritmo más rápido que en muchos otros pacientes. A partir de ese momento, la enfermedad le irá debilitando progresivamente. No nos quedará otra cosa que enfrentarnos a cada circunstancia a medida que aparezca.
—Esto es un desastre —murmuró Ashley. Se sentía abrumado por las implicaciones. Sus peores temores se habían convertido en realidad.
1
Miércoles, 20 de febrero de 2002. Hora: 18.30.
Un año más tarde.
A Daniel Lowell le pareció que el taxi se había detenido inútilmente en el mismo centro de la calle M en Georgetown, Washington, una arteria de cuatro carriles con un tráfico endemoniado. A Daniel nunca le había gustado viajar en taxi. Le parecía el colmo de la ridiculez confiarle la vida a un desconocido que casi siempre provenía de algún distante país del Tercer Mundo y que frecuentemente parecía más interesado en hablar por su teléfono móvil que en estar atento a la conducción. Estar sentado en medio de la calle M en hora punta, en la oscuridad y con los coches que pasaban a gran velocidad por ambos lados mientras el conductor hablaba desaforadamente en un idioma desconocido era la encarnación de sus pesadillas. Daniel miró a Stephanie. Parecía relajada y le sonrió en la penumbra. Ella le apretó la mano cariñosamente.
Solo cuando se inclinó hacia delante para mirar a través del parabrisas Daniel vio el semáforo que permitía un giro a la izquierda en mitad de la manzana. Al mirar al otro lado de la calle, vio una entrada de coches que conducía a un edificio que parecía una caja sin ninguna característica especial.
—¿Ese es el hotel? —preguntó Daniel—. Si lo es, no se parece mucho a un hotel.
—Esperemos a hacer nuestra evaluación hasta que dispongamos de más datos —respondió Stephanie, con un tono juguetón.
Cambió la luz y el taxi salió disparado como un caballo de carreras en la salida. El conductor sujetaba el volante con una sola mano mientras aceleraba en el giro. Daniel se sujetó para no verse lanzado contra la puerta del coche. Después de un gran salto al atravesar el desnivel entre la calle y el camino de entrada, y otro violento giro a la izquierda para situarse debajo de la marquesina, el conductor frenó con la brusquedad necesaria para tensar el cinturón de seguridad de Daniel. Un segundo más tarde, se abrió la puerta de Daniel.
—Bienvenidos al Four Seasons —les saludó alegremente un portero de librea—. ¿Se alojarán ustedes en el hotel?
Daniel y Stephanie dejaron el equipaje en manos del portero, entraron en el vestíbulo y se dirigieron a la recepción. Pasaron junto a una serie de esculturas dignas de un museo de arte moderno. La alfombra era gruesa y mullida. Casi todas las butacas de terciopelo estaban ocupadas por personas vestidas con mucha elegancia.
—¿Cómo me has convencido para que me aloje aquí? —preguntó Daniel—. El exterior puede ser feo, pero el interior sugiere que esto no tiene nada de barato.
Stephanie obligó a Daniel a detenerse.
—¿Pretendes sugerir que has olvidado nuestra conversación de ayer?
—Ayer hablamos de mil cosas —murmuró Daniel. Se fijó en una mujer que pasó a su lado con un caniche en brazos y que lucía una alianza con un diamante del tamaño de una pelota de ping-pong.
—¡Sabes perfectamente bien a qué me refiero! —proclamó Stephanie. Sujetó la barbilla de Daniel y le obligó a girar la cara—. Decidimos sacar el máximo provecho de este viaje. Nos quedaremos dos noches en este hotel. Vamos a disfrutarlo y espero que disfrutemos también el uno del otro.
Daniel no pudo evitar la sonrisa al captar la divertida lujuria de Stephanie.
—Mañana tendrás que responder a las preguntas del subcomité de política sanitaria del senador Butler, y no será precisamente una experiencia agradable —añadió Stephanie—. Eso está claro. Pero a pesar de lo que pase allí, al menos vamos a llevarnos de regreso a Cambridge el recuerdo de unos momentos gloriosos.
—¿No podríamos haber disfrutado de unos momentos gloriosos en algún hotel un poco menos extravagante?
—Ni hablar —declaró Stephanie—. Aquí hay gimnasio, masajistas y un servicio de habitaciones de primera. Nosotros lo aprovecharemos todo. Así que relájate y deja de sufrir. Además, yo pagaré la cuenta.
—¿Lo harás?
—¡Claro que sí! Con el sueldo que estoy cobrando, me parece justo devolverle una parte a la compañía.
—¡Ese ha sido un golpe bajo! —exclamó Daniel con un tono divertido, al tiempo que fingía apartarse de una bofetada imaginaria.
—Escucha —dijo Stephanie—. Sé que la compañía no ha podido pagarnos nuestros sueldos durante un tiempo, pero me ocuparé de que este viaje lo carguen a la cuenta de gastos de la compañía. Si mañana las cosas salen mal, algo que es muy posible, dejaremos que cuando nos declaremos en quiebra el juzgado decida cuánto cobrará el Four Seasons por nuestra indulgencia.
La sonrisa de Daniel dio paso a una franca carcajada.
—¡Stephanie, nunca dejas de sorprenderme!
—Todavía no has visto nada —replicó Stephanie con una sonrisa—. La pregunta es: ¿Vas a desmelenarte o qué? Incluso en el taxi, vi que estabas tenso como la cuerda de una guitarra.
—Eso fue porque me preocupaba saber si llegaríamos aquí sanos y salvos, y no cómo íbamos a pagar todo esto.
—Vamos, manirroto —dijo Stephanie, y empujó suavemente a Daniel hacia la recepción—. Subamos a nuestra suite.
—¿Suite? —exclamó Daniel, mientras se dejaba arrastrar hacia la recepción.
Stephanie no había exagerado. La habitación daba a una parte del Chesapeake y al canal de Ohio, con el río Potomac al fondo. En la mesa de centro de la sala había un cubo de hielo con una botella de champán. En la cómoda del dormitorio y en la repisa del enorme cuarto de baño de mármol había jarrones con flores frescas.
En cuanto salió el botones, Stephanie abrazó a Daniel. Sus ojos oscuros miraron los ojos azules del hombre. Una leve sonrisa apareció en sus labios carnosos.
—Sé que te preocupa mucho lo de mañana —comenzó—, así que te propongo una cosa. ¿Qué te parece si me dejas a mí a cargo de todo? Ambos sabemos que de aprobarse el proyecto de ley del senador Butler tu brillante procedimiento se convertirá en ilegal, tras lo cual cancelarán el segundo tramo de la financiación de la compañía, con las lógicas y desastrosas consecuencias. Dicho esto, y ahora que lo tenemos claro, vamos a olvidarnos de todo por esta noche. ¿Puedes hacerlo?
—Puedo intentarlo —manifestó Daniel, aun a sabiendas de que sería imposible. El fracaso era algo que le aterrorizaba.
—Eso es todo lo que te pido —insistió Stephanie. Le dio un beso antes de ocuparse de abrir el champán—. ¡Este es el programa! Nos tomaremos una copa, y luego a la ducha. Luego, iremos a un restaurante que se llama Critonelle que según me han dicho es fantástico, y donde ya tenemos reservada una mesa. Después de una maravillosa cena, volveremos aquí y haremos el amor hasta el agotamiento. ¿Qué dices?
—Que estaría loco si pusiera pegas —replicó Daniel, y levantó las manos como si se rindiera.
Stephanie y Daniel vivían juntos desde hacía algo más de dos años. Se habían fijado el uno en el otro a mediados de los ochenta, cuando Daniel había vuelto a la vida académica y Stephanie estudiaba biología en Harvard. Ninguno de los dos había hecho nada para satisfacer su mutua atracción porque las relaciones entre profesores y alumnos estaban en contra de la política universitaria. Además, ninguno de los dos tenía la menor idea de que sus sentimientos eran recíprocos, al menos hasta que Stephanie había completado su doctorado y había entrado a formar parte del profesorado, cosa que les había dado la oportunidad de tratarse en un nivel más igualado. Incluso sus respectivas áreas científicas se complementaban. Cuando Daniel abandonó la universidad para fundar su compañía, fue algo absolutamente natural que Stephanie lo acompañara.
—No está nada mal —opinó Stephanie cuando acabó la copa y la dejó en la mesa—. ¡Venga! Sorteemos a quién le toca primero la ducha.
—No hace falta sortearlo —dijo Daniel. Dejó su copa junto a la de Stephanie—. Te la cedo. Tú primero. Mientras te duchas, yo me afeitaré.
—Trato hecho.
Daniel no sabía si era el champán o el entusiasmo contagioso de Stephanie pero se sentía mucho menos tenso, aunque no menos preocupado, mientras se enjabonaba la cara y comenzaba a afeitarse. Como solo había tomado una copa, decidió que era Stephanie. Tal como ella había comentado, quizá mañana se produciría el desastre, un miedo que le recordaba inquietantemente la profecía de Heinrich Wortheim el día en que había descubierto que Daniel se reincorporaba a la industria privada. En cualquier caso, Daniel intentaría que dichos pensamientos no le estropearan la visita, al menos por esta noche. Intentaría dejarse llevar por Stephanie y divertirse.
Al mirar en el espejo más allá de su rostro enjabonado, vio la sombra de la silueta de Stephanie a través de la mampara de la bañera empañada de vapor. Escuchó la canción que cantaba por encima del estruendo del agua. Tenía treinta y seis años pero aparentaba diez años menos. Tal como él le había comentado en más de una ocasión, había sido afortunada en la lotería genética. Su alta y bien formada figura era delgada y firme como si hiciera gimnasia a diario, cosa que no hacía, y su piel morena no tenía casi ninguna imperfección. La abundante cabellera oscura a juego con los ojos negro azabache completaban la figura.
Stephanie abrió la puerta de la mampara y salió de la ducha. Se secó el cabello enérgicamente, sin preocuparse en absoluto de su desnudez. Durante un momento se dobló por la cintura para dejar que los cabellos colgaran libremente mientras se los secaba frenéticamente con la toalla. Luego se levantó bruscamente para que sus cabellos volaran hacia atrás como un caballo que sacude las crines. Cuando comenzó a secarse la espalda con un provocativo meneo de las caderas, vio que Daniel la miraba en el reflejo del espejo. Se detuvo.
—¡Eh! —exclamó—. ¿Qué miras? Se supone que te estás afeitando. —De pronto sintió vergüenza y se envolvió rápidamente con la toalla como si fuese un minivestido sin tirantes.
Daniel superó la vergüenza de haber sido sorprendido como un mirón; dejó la maquinilla de afeitar y se acercó a Stephanie. La sujetó por los hombros y miró sus ojos que parecían hechos de ónice líquido.
—No he podido evitarlo. Eres terriblemente sensual y absolutamente seductora.
Stephanie inclinó la cabeza hacia un lado para mirar a Daniel desde una nueva perspectiva.
—¿Estás bien? —le preguntó.
—Muy bien —respondió Daniel, y se echó a reír.
—¿No habrás vuelto al salón para pulirte la botella de champán tú solo?
—Lo digo en serio.
—No has dicho nada parecido desde hace meses.
—Decir que me carcomía la preocupación es poco. Cuando se me ocurrió fundar la compañía, nunca imaginé que conseguir fondos me ocuparía el ciento diez por ciento de mis esfuerzos. Ahora, como si aquello fuese poco, aparece esta amenaza política, que bien podría acabar destrozando toda la operación.
—Lo comprendo. De verdad que sí, y no me lo he tomado como algo personal.
—¿De verdad que han pasado meses?
—Confía en mí —dijo Stephanie, y asintió con la cabeza para recalcar las palabras.
—Me disculpo, y como muestra de mi arrepentimiento, me gustaría presentar una moción para cambiar el programa de la noche. Propongo que nos vayamos a la cama ahora mismo, y dejemos la cena para más tarde. ¿Alguien la secunda?
Daniel se inclinó para darle a Stephanie un beso juguetón, pero ella le apartó el rostro enjabonado apoyando la punta de su dedo índice en la nariz. Su expresión sugería que tocaba algo en extremo repugnante, sobre todo mientras se limpiaba la espuma que le manchaba el dedo en el hombro de su compañero.
—Las reglas parlamentarias no conseguirán que esta dama se pierda una buena cena —afirmó—. Me costó lo mío conseguir la reserva, así que se mantienen los planes para la noche tal como se votaron y aprobaron en su momento. ¡Ahora acaba de afeitarte! —Le dio un vigoroso empujón hacia el lavabo, y ella ocupó el contiguo para secarse el cabello.
—Bromas aparte —gritó Daniel para hacerse escuchar por encima del aullido del secador cuando acabó de afeitarse—. Estás preciosa. Algunas veces me pregunto qué ves en un viejo como yo. —Se hizo un masaje con loción para después del afeitado.
—No se puede decir que nadie con cincuenta y dos años sea viejo —gritó Stephanie a su vez—. Sobre todo cuando se es tan activo como tú. En honor a la verdad, tú también eres muy sexy.
Daniel se miró en el espejo. No tenía mal aspecto, aunque no iba a engañarse a sí mismo con la idea de que era un tipo sexy. Muchos años atrás, se había reconciliado con el hecho de que estaba en el lado negativo de la ecuación de la vida, después de crecer como un prodigio científico desde sexto grado. Stephanie solo pretendía ser amable. Siempre había tenido el rostro delgado, así que al menos no tendría el problema de que le saliera papada o incluso arrugas, salvo algunas discretas patas de gallo en las comisuras de los ojos cuando sonreía. Se había mantenido activo físicamente, aunque no mucho durante los últimos meses, debido al poco tiempo que le dejaba buscar financiación para su compañía. Como miembro del profesorado de Harvard, había aprovechado al máximo las instalaciones deportivas y había frecuentado las canchas de squash y balonmano, además de practicar el remo en el río Charles. A su juicio, el único problema real en su apariencia eran las entradas cada vez más grandes y la calvicie en la coronilla, junto con las canas que salpicaban sus cabellos castaños, pero eso era algo que no podía solucionar.
Cuando terminaron de acicalarse, se pusieron los abrigos, y salieron del hotel guiados por las sencillas indicaciones que les había dado el conserje para ir al restaurante. Cogidos del brazo, caminaron varias manzanas en dirección oeste por la calle M, y pasaron por delante de una amplia variedad de galerías de arte, librerías y tiendas de antigüedades. La noche era fresca pero no demasiado fría y se veían las estrellas en el cielo despejado a pesar de las luces de la ciudad.
En el restaurante un camarero los acompañó hasta una mesa situada en un lateral que les permitía un cierto grado de intimidad en la sala llena a rebosar. Pidieron la comida y una botella de vino, y se dispusieron a disfrutar de una cena romántica. Después de que les hubiesen servido los entrantes y que ambos se divirtieran recordando su mutua atracción antes de que comenzaran a salir, disfrutaron de un cómodo silencio. Desafortunadamente, Daniel lo rompió.
—Quizá no sea el momento más oportuno para sacar a colación el tema... —comenzó.
—Pues entonces no lo hagas —le interrumpió Stephanie, que adivinó de inmediato cuál era el tema.
—Debo hacerlo —replicó Daniel—. De hecho, tengo que hacerlo, y ahora mejor que más tarde. Hace ya unos cuantos días, dijiste que investigarías a nuestro torturador, el senador Ashley Butler, con la intención de encontrar algo que pudiera ayudarme en la audiencia de mañana. Sé que lo hiciste, aunque no has dicho ni pío. ¿Cómo es eso?
—Si no recuerdo mal estuviste de acuerdo en olvidarte de la audiencia por esta noche.
—Acepté intentar olvidarme de la audiencia —le corrigió Daniel—. No le he conseguido. ¿No has sacado el tema porque no has encontrado nada que pueda ayudarme o qué? Ayúdame ahora y nos olvidaremos del asunto durante el resto de la noche.
Stephanie desvió la mirada durante unos segundos mientras ordenaba sus pensamientos.
—¿Qué quieres saber?
Daniel soltó una breve carcajada.
—Me lo estás poniendo más difícil de lo necesario. A fuer de sincero, no sé qué quiero saber, porque no sé ni siquiera lo suficiente como para formular las preguntas.
—El hombre es un hueso.
—Ya teníamos esa impresión.
—Lleva en el Senado desde 1972, y su antigüedad hace que tenga mucha influencia.
—Eso ya me lo suponía, dado que es el presidente del subcomité. Lo que necesito saber es qué lo hace funcionar.
—En mi opinión se acerca mucho al típico demagogo sureño pasado de moda.
—Así que un demagogo —repitió Daniel. Se mordió el interior del carrillo por un momento—. Supongo que debo admitir mi desconocimiento en este punto. He escuchado antes la palabra «demagogo», pero si quieres saber la verdad, no sé exactamente lo que significa más allá de su sentido peyorativo.
—Se refiere a un político que se vale de los prejuicios y los miedos populares para conseguir y retener el poder.
—Te refieres, en este caso, a algo así como la preocupación pública en lo que respecta a la biotecnología en general.
—Así es —admitió Stephanie—. Sobre todo cuando la biotecnología involucra palabras como «embriones» y «clonación».
—Que la gente interpreta como fábricas de embriones y el monstruo de Frankenstein.
—Efectivamente. Se aprovecha de la ignorancia y los peores temores de la gente. En el Senado, es un obstruccionista. Siempre resulta más sencillo estar en contra de lo que sea que a favor. Lo ha convertido en su oficio, incluso no ha tenido inconveniente en echar por tierra proyectos de su propio partido en numerosas ocasiones.
—No parece una perspectiva que nos favorezca —se lamentó Daniel—. Descarta cualquier intento de convencerlo con argumentos racionales.
—Me duele decir que comparto tu impresión. Por eso mismo no te mencioné lo que había averiguado. Resulta deprimente que alguien como Butler pueda estar en el Senado, y más todavía que tenga tanto poder y peso. Se supone que los senadores deben ser líderes, no personas que están allí para beneficiarse del poder.
—Para mí lo que resulta deprimente es que este palurdo tenga el poder de frenar mis prometedores y creativos trabajos científicos.
—No creo que sea un palurdo —señaló Stephanie—. Todo lo contrario. Es un tipo muy creativo. Incluso diría que es maquiavélico.
—¿Cuáles son los otros temas que defiende?
—Todos los fundamentalistas y conservadores. Los derechos de los estados, por supuesto. Ese es su caballo de batalla. Pero también está en contra de la pornografía, la homosexualidad, el matrimonio entre personas del mismo sexo, y cosas por el estilo. Ah, sí, también está contra el aborto.
—¿El aborto? —repitió Daniel, sorprendido—. ¿Es un demócrata y no está a favor de la libertad de elección? A mí me parece un miembro de la extrema derecha republicana.
—Te dije que no le espanta ponerse en contra de su partido cuando le conviene. Está decididamente en contra del aborto, aunque en algunas ocasiones ha tenido que dar marcha atrás. De la misma manera, ha estado metiéndose con los derechos civiles. Es un tío listo, marrullero, y un populista conservador que, a diferencia de Strom Thurmond y Jesse Helms, no ha abandonado el Partido Demócrata.
—¡Sorprendente! —declaró Daniel—. Cualquiera creería que la gente acabaría por verle como es en realidad, un aprovechado a quien solo le interesa el poder, y dejaría de votarlo. ¿Por qué crees que el partido no se ha unido en su contra si ha cambiado de bando en temas esenciales?
—Es demasiado poderoso —manifestó Stephanie—. Es una máquina de recaudar dinero, con todo un entramado de comités de acción política, fundaciones, e incluso corporaciones que trabajan en beneficio de sus variados temas populistas. Los demás senadores le tienen verdadero miedo a la vista del dinero que puede disponer para las campañas de relaciones públicas. No le preocupa ni le asusta utilizar sus arcas contra cualquiera al que tenga entre ceja y ceja cuando se presenta a la reelección.
—Esto pinta cada vez peor —murmuró Daniel.
—Me enteré de algo curioso —añadió Stephanie—. Se podría decir que es una coincidencia, pero tú y él tenéis algunas cosas en común.
—¡Oh no, por favor! —protestó Daniel.
—Para empezar, ambos sois hijos de familias numerosas. Es más, ambos sois de familias con nueve hijos, y ambos sois los terceros con dos hermanos mayores.
—¡Eso es una coincidencia! ¿Cuáles son las probabilidades de que ocurra algo así?
—Muy pocas. Sería lógico asumir que sois más parecidos de lo que crees.
La expresión de Daniel se ensombreció.
—¿Hablas en serio?
—¡No, por supuesto que no! —Stephanie se echó a reír—. ¡Bromeaba! ¡Relájate! —Tendió la mano, cogió la copa de vino de Daniel, y se la ofreció. Luego cogió su copa—. ¡Se acabó hablar del senador Butler! Brindemos a nuestra salud y por nuestra relación, porque suceda lo que suceda mañana, al menos tenemos eso, y ¿qué es más importante?
—Tienes razón. ¡Por nosotros! —Sonrió, pero en su interior notaba un nudo en la boca del estómago. Por mucho que lo intentara, no podía disipar el espectro del fracaso que se cernía como una nube negra.
Chocaron las copas y bebieron, mientras se miraban a los ojos.
—Eres realmente preciosa —afirmó Daniel, en un intento por recuperar el momento en el baño del hotel cuando Stephanie había salido de la ducha—. Hermosa, inteligente, y absolutamente sensual.
—Eso está mucho mejor —dijo Stephanie—. Tú también.
—Además de ser una provocadora —añadió Daniel—. Así y todo, te quiero.
—Yo también te quiero.
En cuanto acabaron de cenar, Stephanie se mostró ansiosa por volver al hotel. Caminaron deprisa. Después del calor en el restaurante, el frío de la noche atravesó sus abrigos. Solos en el ascensor del hotel, Stephanie besó a Daniel apasionadamente, lo empujó contra un rincón, y se apretó contra su cuerpo.
—¡Para! —exclamó Daniel con una risa nerviosa—. Probablemente haya una cámara de vigilancia aquí dentro.
—¡Vaya! —murmuró Stephanie, mientras se apartaba rápidamente y se arreglaba el abrigo. Observó el techo del ascensor—. No se me había ocurrido.
El ascensor se detuvo en su piso. Stephanie cogió la mano de Daniel y le animó a caminar velozmente por el pasillo hasta la puerta de la habitación. Sonrió mientras introducía la tarjeta magnética en la cerradura. Una vez en el interior, buscó con muchos aspavientos el cartel de NO MOLESTAR y lo colgó en el pomo. Hecho esto, volvió a coger la mano de Daniel y lo llevó al dormitorio.
—¡Abrigos fuera! —ordenó, al tiempo que arrojaba el suyo sobre la silla que tenía más cerca. Luego empujó a Daniel y lo hizo caer sobre la cama. Se montó sobre su compañero con las rodillas a cada lado del pecho y comenzó a aflojarle la corbata. De pronto, se detuvo. Vio las gotas de sudor que perlaban su frente.
—¿Estás bien? —le preguntó, preocupada.
—Estoy teniendo un sofoco —confesó Daniel.
Stephanie se apartó y tiró de Daniel para sentarlo en la cama. Él se enjugó la frente y miró el sudor en su mano.
—También estás pálido.
—Me lo imagino. Creo que estoy teniendo una minicrisis del sistema nervioso autónomo.
—Eso suena a jerigonza médica. ¿Podrías explicarlo en inglés normal?
—Estoy demasiado nervioso. Me temo que acabo de tener una descarga de adrenalina simpática. Lo siento, pero creo que han quitado el sexo del programa.
—No tienes que disculparte.
—Creo que sí. Sé que lo estabas esperando, pero mientras veníamos hacia aquí, tuve la sensación de que quedaba descartado.
—No pasa nada —insistió Stephanie—. No nos estropeará la velada. Me interesa mucho más asegurarme de que estarás bien.
Daniel exhaló un suspiro.
—Estaré perfectamente después de mañana, cuando sepa lo que va a suceder. La incertidumbre y yo nunca nos hemos llevado muy bien, especialmente cuando está de por medio algo malo.
Stephanie lo acunó entre sus brazos. Notaba con toda claridad la fuerza y la velocidad de los latidos de su corazón.
Más tarde, después de que Stephanie permaneciera inmóvil el tiempo suficiente para confirmar que se había dormido, Daniel apartó las mantas y se levantó de la cama. No había podido conciliar el sueño con la mente intranquila y el pulso acelerado. Se puso una bata del hotel y fue a la salita. Se acercó a la ventana para contemplar la vista.
Le acuciaba el recuerdo de la condena de Heinrich Wortheim y el hecho de que el desastre que le había profetizado pudiera convertirse en realidad. El problema radicaba en que Daniel había quemado los puentes cuando se había marchado de Harvard. Wortheim no volvería a admitirle en la universidad y quizá incluso podía poner trabas a su ingreso en otras instituciones. Para colmo, también se había cerrado otras puertas cuando se había marchado de Merck en 1985 para reincorporarse a la vida académica a raíz de aceptar el puesto en Harvard.
Vio la botella de champán en el cubo de hielo. La sacó del agua; el hielo se había fundido hacía tiempo. La sostuvo a la luz que entraba por la ventana. Todavía quedaba media botella. Se sirvió una copa y bebió un sorbo. El champán había perdido las burbujas, pero estaba fresco. Bebió un poco más mientras volvía a mirar a través de la ventana.
Sabía que el miedo a regresar a Revere Beach, en Massachusetts, era irracional, pero eso no lo hacía menos real. Revere Beach era el lugar donde había crecido, en el seno de una familia encabezada por un empresario de poca monta que culpaba de sus fracasos a su esposa y su prole, en particular a aquellos que le avergonzaban. Desafortunadamente, casi siempre había sido Daniel, que había tenido la desgracia de tener a dos hermanos mayores que habían sido los mejores atletas del instituto, un hecho que había ofrecido un cierto solaz al frágil ego del padre. Por contra, Daniel había sido un chiquillo debilucho, más interesado en jugar al ajedrez y a producir hidrógeno a partir de agua, limpiatuberías y papel de aluminio en el laboratorio que había instalado en el sótano. El hecho de que Daniel hubiese sido admitido en el Boston Latin, donde sobresalió en los estudios, no había tenido el más mínimo efecto en su padre, que había continuado utilizándolo sin piedad como chivo expiatorio. Las becas que había ganado Daniel para cursar estudios en la Universidad Wesleyan y después en la facultad de medicina de Columbia habían servido para apartarlo de sus hermanos.
Daniel se acabó la copa y se sirvió otra. Mientras bebía el champán, pensó en el senador Ashley Butler, que era su nueva bête noire. Stephanie le había dicho que bromeaba cuando había sugerido que él y el senador tenían más cosas en común de lo que creía. Se preguntó si ella lo creía de verdad, dado que era mucha coincidencia que él y el senador tuvieran familias similares. En el fondo de la mente de Daniel, estaba el pensamiento de que quizá había algo de verdad en la idea. Después de todo, Daniel debía admitir que envidiaba el poder del hombre que podía poner en peligro su carrera.
Dejó la copa en la mesa de centro y se dirigió al dormitorio. Caminó con precaución en la oscuridad de un entorno desconocido. No creía que pudiese conciliar el sueño mientras su intuición le avisaba de la inminencia del desastre. Sin embargo, no quería pasar la noche en pie. Se metería en la cama y procuraría relajarse. Si no podía dormir, al menos descansaría.
2
Jueves, 21 de febrero de 2002.
Hora: 9.51
La puerta del despacho del senador Ashley Butler se abrió violentamente, y el senador salió como una tromba escoltado por su jefa de personal. Cogió al paso la hoja de papel que le ofreció su secretaria, Dawn, sin moverse de su mesa.
—Es su declaración de apertura de la audiencia del subcomité —le gritó la mujer al senador, que se alejaba por el pasillo en dirección a la puerta principal de la oficina. Dawn estaba acostumbrada a que no le prestara atención, y no se lo tomaba como algo personal. Dado que era ella quien mecanografiaba el programa del día del senador, sabía que Butler llegaba tarde. Ya tendría que haber estado en la sala donde se celebraría la audiencia para poder empezar a las diez en punto.
Butler se limitó a gruñir después de leer el primer párrafo del escrito y se lo pasó a Carol para que le echara una ojeada. Carol era algo más que la jefa de personal de Ashley, la que contrataba y despedía a sus empleados. Cuando llegaron a la sala de espera de la oficina, y el senador se detuvo para saludar y estrechar las manos de la media docena de personas que esperaban ser atendidas por sus ayudantes, Carol tuvo que intervenir para llevárselo hacia la puerta, si no querían llegar todavía más tarde.
Apuraron el paso en cuanto llegaron al vestíbulo de mármol del senador. A Butler le resultó un tanto difícil, porque notaba una cierta rigidez en las piernas a pesar de la medicación que le había recetado el doctor Whitman. Butler había descrito la rigidez como la sensación de alguien que intenta caminar con el fango hasta la cintura.
—¿Qué te parece la declaración de apertura? —preguntó Butler.
—No está nada mal hasta donde he leído —respondió Carol—. ¿Cree que Rob y Phil le han echado una ojeada?
—Eso espero —replicó el senador con un tono brusco. Caminaron unos metros en silencio antes de que Butler añadiera—: ¿Quién demonios es Rob?
—Es su relativamente nuevo asesor principal en el subcomité de política sanitaria —le explicó Carol—. Estoy segura de que lo recuerda. Destaca en medio de cualquier multitud. Es un pelirrojo muy alto que trabajaba en el equipo de Kennedy.
Butler se limitó a asentir. Aunque se vanagloriaba de su facilidad para recordar los nombres, ya le resultaba imposible retener los de todas las personas que trabajaban para él dado que había más de setenta en su equipo; sin contar con los inevitables cambios. Phil, en cambio, era alguien bien conocido, ya que llevaba con él casi tanto tiempo como Carol. Era su principal analista político y una figura muy importante, dado que todo lo que figuraba en las transcripciones de las audiencias y en las actas del congreso pasaba por sus manos.
—¿Se ha tomado la medicación? —le preguntó Carol. Los golpes de sus tacones contra el suelo de mármol sonaban como disparos.
—Ya la tomé —respondió el senador, irritado. Para estar absolutamente seguro, metió la mano disimuladamente en el bolsillo de la chaqueta. Tal como sospechaba, no encontró la píldora que se había metido en el bolsillo a primera hora de la mañana; por lo tanto, era obvio que se la había tomado antes de salir del despacho. Quería tener un buen nivel de la droga en la sangre durante la audiencia. Le espantaba la posibilidad de que alguien de los medios pudiera advertir cualquiera de los síntomas, como que le temblara la mano durante la sesión, sobre todo ahora que tenía un plan para solucionar el problema.
Al doblar en una esquina, se encontraron con varios senadores muy liberales que caminaban en dirección opuesta. Butler se detuvo y con toda naturalidad utilizó su típico y meloso deje sureño para alabar los peinados, los trajes de última moda, y las corbatas de colores chillones. Comparó con un tono divertido la elegancia de sus atuendos con su traje y corbata oscuros, y la vulgar camisa blanca. Vestía con el mismo estilo desde que había ingresado en la cámara en 1972. Butler era animal de costumbres. No solo vestía con el mismo estilo de prendas, sino que continuaba comprándolas en la misma tienda de su ciudad natal.
En cuanto se despidieron de los senadores, Carol comentó la amabilidad de su jefe.
—Solo les estaba dando coba —replicó Butler despectivamente—. Necesitaré sus votos cuando presente mi proyecto de ley la semana que viene. Ya sabes que no soporto todas esas ridiculeces, sobre todo los trasplantes capilares.
—Por eso mismo me sorprendió tanta amabilidad.
Cuando ya estaban muy cerca de la entrada lateral de la sala de audiencias, Butler acortó el paso.
—Hazme un rápido repaso de todo lo que vosotros averiguasteis del primer testigo de la mañana. Se me ha ocurrido un plan muy especial y quiero que funcione.
—Sus antecedentes profesionales son realmente fantásticos —dijo Carol. Cerró los ojos por un momento mientras hacía memoria—. Ha sido un prodigio científico desde el instituto. Fue el número uno de su promoción en la facultad de medicina, y su tesis doctoral obtuvo el cum laude. ¡Eso es algo impresionante! Además, se convirtió rápidamente en el más joven de los directores científicos de Merck antes de que lo contrataran para un puesto de prestigio en Harvard. El hombre debe tener un coeficiente de inteligencia estratosférico.
—Tengo presente su curriculum vitae. Pero no es eso lo que me interesa ahora. Háblame de la valoración que hizo Phil de la personalidad del hombre.
—Recuerdo que, según Phil, es egocéntrico y presuntuoso a la vista de cómo desprecia el trabajo de sus colegas científicos. Me refiero a que la mayoría, incluso si piensan de esa manera, se lo calla. Él no se corta ni un pelo.
—¿Qué más?
Llegaron a la puerta y vacilaron. Más allá, en la entrada principal de la sala, había un grupo de personas que esperaban, y el rumor de sus voces llegó hasta ellos. Carol se encogió de hombros.
—No recuerdo mucho más, pero tengo conmigo el informe que preparó el equipo donde están las opiniones de Phil. ¿Quiere repasarlo antes de que comience la audiencia?
—Esperaba que me hablases de su miedo al fracaso —replicó el senador—. ¿Lo tienes presente?
—Sí, ahora que lo menciona. Creo que fue uno de los puntos que recalcó Phil.
—¡Bien! —Butler miró en dirección al grupo—. Si lo sumamos a un ego desmesurado, me parece que podré apretarle a fondo. ¿Tú qué opinas?
—Lo supongo, aunque no lo tengo muy claro. Recuerdo que Dan comentó que su miedo al fracaso era desproporcionado en relación a sus logros y su extraordinaria inteligencia. Después de todo, probablemente tendría éxito en cualquier cosa que quisiera hacer, siempre y cuando se concentrara en ella. ¿Por qué su miedo al fracaso le parece una ventaja? ¿Para qué necesita esa ventaja?
—Quizá pueda hacer cualquier cosa que le interese, pero aparentemente ahora mismo quiere convertirse en un empresario de primera fila, algo que no ha tenido el menor reparo en manifestar descaradamente en una de sus entrevistas. Para conseguirlo, ha hecho una jugada profesional y financiera muy arriesgada. Necesita que la explotación comercial de sus descubrimientos científicos sea un éxito por razones muy personales.
—Entonces, ¿qué es lo que quiere hacer? —preguntó Carol—. Phil quiere que figure en actas su postura en contra de la aplicación de dichos descubrimientos. Así de sencillo.
—Las circunstancias han hecho que todo esto sea un poco más complicado de lo que parece. Quiero que el buen doctor haga algo que, sin la menor duda, no querría hacer.
La preocupación apareció instantáneamente en el rostro de Carol.
—¿Phil está enterado?
Butler sacudió la cabeza. Le hizo un gesto a Carol para que le diera el texto de la declaración de apertura.
—¿Qué quiere que haga el doctor?
—Tú y él lo sabréis esta noche —respondió el senador, mientras comenzaba a leer el texto—. Me llevaría demasiado tiempo explicártelo ahora mismo.
—Esto me asusta —admitió Carol en voz alta. Miró a un extremo y otro del pasillo mientras Butler leía el discurso. Cambió el peso de un pie a otro. La meta final de Carol y la razón por la que había sacrificado tanto de su propia vida a su actual posición era su propósito de presentarse como candidata a suceder a Ashley cuando él se retirara, algo que prometía ocurrir dentro de un futuro próximo a la vista de que le habían diagnosticado la enfermedad de Parkinson. Estaba más que calificada para el puesto, después de haber sido senadora del estado antes de venir a Washington para llevar los asuntos de Ashley, y a estas alturas, con la meta a la vista, no quería que él la hiciera víctima de alguna jugarreta como había hecho Bill Clinton con Al Gore. Desde aquella fatídica visita al doctor Whitman, Butler se había mostrado preocupado e imprevisible. Tosió discretamente para llamar la atención de su jefe—. ¿Cómo piensa conseguir que el doctor Lowell haga algo que él no quiere hacer?
—Le haré creer que ha conseguido sus propósitos y luego se lo echaré todo a rodar —respondió el senador. Miró a Carol y le dedicó una sonrisa de complicidad—. Estoy librando una batalla, y pretendo ganarla. Para conseguirlo, utilizaré un antiguo consejo de El arte de la guerra; buscaré los puntos más propicios para librar la batalla, y me presentaré allí con una fuerza abrumadora. Déjame ver los informes financieros de su compañía.
Carol buscó entre los muchos documentos que llevaba en el maletín y le entregó los informes. El senador les echó una rápida ojeada. Ella le observó, atenta a cualquier cambio en su expresión que le pudiera dar una pista. Se preguntó si debería llamar a Phil por el teléfono móvil a la primera oportunidad y avisarle de que se preparara para lo inesperado.
—Esto está b
