El camino del perdón

David Baldacci

Fragmento

Capítulo 1

1

«Pito, pito, colorito.»

La agente especial del FBI Atlee Pine alzó la mirada para contemplar la lúgubre fachada del complejo penitenciario que albergaba a algunos de los depredadores humanos más peligrosos del planeta.

Había venido hasta allí esa noche para visitar a uno de ellos.

La cárcel de Florence estaba a unos ciento sesenta kilómetros al sur de Denver y era la única prisión de máxima seguridad reforzada del sistema federal. El módulo de máxima seguridad era uno de los cuatro edificios independientes que formaban este complejo correccional federal. Había un total de novecientos internos encarcelados en este polvoriento lugar.

Desde el cielo, con las luces de la prisión encendidas, Florence podía parecer un puñado de diamantes sobre fieltro negro. Los hombres que se encontraban allí, tanto los guardias como los internos, eran tan duros como esa piedra preciosa. No era un lugar para los débiles de espíritu o para quienes se dejaban intimidar con facilidad; sin embargo, los muy perturbados eran bienvenidos.

En ese momento, en esta prisión de máxima seguridad cumplían condena, entre otros, el Unabomber, el terrorista de la maratón de Boston, varios terroristas del 11-S, algunos asesinos en serie, uno de los cómplices del atentado de Oklahoma City, diversos espías, líderes supremacistas blancos y un variado repertorio de jefes de los cárteles de la droga y de la mafia. Buena parte de los internos morirían en esa prisión federal, mientras cumplían múltiples cadenas perpetuas.

La cárcel estaba en mitad de la nada. Nadie había logrado jamás escapar, pero si alguien lo hiciera algún día, no tenía donde esconderse. La topografía alrededor de la prisión era llana y de campo abierto. En el entorno del complejo no crecía ni una brizna de hierba, ni un solo árbol o arbusto. Todo el perímetro estaba rodeado por muros de tres metros y medio de alto coronados con alambre de espino, con detectores de movimiento intercalados. A su alrededor circulaban patrullas armadas con perros de ataque las veinticuatro horas de los siete días de la semana. Cualquier preso que llegase hasta allí acabaría falleciendo casi con toda seguridad víctima de los colmillos o las balas. Y a muy poca gente le importaría que un asesino en serie, un terrorista o un espía terminara muerto con la cara contra la tierra de Colorado.

En el interior del recinto, las ventanas de las celdas, incrustadas en los gruesos muros de cemento, eran de diez centímetros de ancho por un metro de largo, y desde ellas solo se podía ver el cielo y los tejados del complejo. La prisión de Florence estaba diseñada para que ningún recluso pudiera saber en qué parte del edificio estaba encerrado. Las celdas eran de 2 x 3,5 metros y en ellas prácticamente todo, excepto los reclusos, era de cemento. El agua de las duchas se cortaba de forma automática, las puertas de los lavabos no se podían cerrar con pestillo, las paredes estaban insonorizadas para que los reclusos no pudieran comunicarse entre sí, las puertas dobles de acero se abrían y cerraban mediante un mecanismo hidráulico y la comida se introducía en las celdas a través de una pequeña abertura en el metal. La comunicación con el exterior estaba prohibida salvo en la sala de visitas. Para los presos más indisciplinados, o en caso de una crisis, había un módulo de castigo conocido como «el Agujero Negro». Las celdas de esa zona permanecían siempre a oscuras y las camas de cemento tenían correas de sujeción.

De hecho, aquí el confinamiento solitario no era algo excepcional, sino más bien la norma. La prisión de máxima seguridad reforzada no estaba pensada para que los reos hicieran nuevas amistades.

Para permitirle acceder al complejo, los guardias habían parado y revisado el todoterreno ligero de Atlee Pine y habían comprobado su nombre y su documento de identidad en el listado de visitantes. Superados estos trámites, la escoltaron hasta la entrada principal, donde tuvo que enseñar a los guardias que custodiaban la puerta sus credenciales de agente especial del FBI. Tenía treinta y cinco años y los últimos doce los había pasado con una reluciente placa en el bolsillo. El escudo dorado estaba coronado por un águila con las alas desplegadas, bajo la cual aparecía la Justicia sosteniendo una balanza y una espada. Pine consideraba muy apropiado que en la insignia del organismo de seguridad más relevante del mundo apareciera una figura femenina.

Tuvo que entregar la Glock 23 a los guardias. Había dejado en el coche la Beretta Nano que solía llevar en una pistolera en el tobillo. Era la primera ocasión en que recordaba haber entregado de forma voluntaria el arma. Pero la única prisión de máxima seguridad reforzada de Estados Unidos tenía sus propias reglas, a las que debía amoldarse si quería entrar allí, y lo cierto es que deseaba esto último con todas sus fuerzas.

Era alta: descalza medía casi un metro ochenta. La altura le venía de su madre, que pasaba del metro ochenta. Pese a su estatura, Pine no era ni ágil ni esbelta. Jamás habría podido trabajar como modelo de pasarela ni aparecer en la portada de una revista. Era corpulenta y musculosa, debido a que levantaba pesas a diario. Sus muslos, pantorrillas y glúteos eran roca pura, tenía los hombros y los deltoides esculpidos, los brazos fibrosos y con la musculatura marcada, y sus abdominales eran de hierro. Había participado en competiciones de artes marciales mixtas y de kickboxing, y conocía prácticamente todas las técnicas mediante las cuales una persona de menor tamaño podía dominar y bloquear a otra más fornida.

Todas estas habilidades las había aprendido y pulido con una única motivación en la cabeza: la supervivencia en un mundo mayoritariamente masculino. La fuerza física, la dureza y la confianza que le aportaban eran una necesidad. Tenía un rostro anguloso que resultaba muy atractivo, casi hechizante. Llevaba el cabello negro hasta la altura de los hombros y los ojos de un azul turbio transmitían una impresión de gran profundidad.

Era la primera vez que accedía a la prisión de Florence y mientras dos corpulentos guardias que no se habían dignado a dirigirle la palabra la escoltaban por el pasillo, lo primero que le llamó la atención fueron el silencio y la tranquilidad casi inquietantes que reinaban en el lugar. Como agente federal, había visitado muchas cárceles a lo largo de su vida. Lo habitual era que fuesen una cacofonía de ruidos, gritos, silbidos, maldiciones, obscenidades, insultos y amenazas, con manos agarradas a los barrotes y miradas amenazantes emergiendo de la oscuridad de las celdas. Si no eras un animal al entrar en una prisión de máxima seguridad, te habrías convertido en uno al salir. De lo contrario, eras hombre muerto.

Era El señor de las moscas.

Con puertas de acero y lavabos.

Y, sin embargo, aquí parecía que estuviera en una biblioteca. Pine estaba impresionada. Era toda una proeza para unas instalaciones que albergaban a un grupo de hombres que, en su conjunt

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