Mentira

Juan Gómez-Jurado

Fragmento

Nota de la editorial

Querido lector,

Este libro es el más importante de mi vida. No de mi carrera, de mi vida. Eva Ramos lleva el nombre de mi mejor amiga, a quien perdimos hace poco. Quise hacerle un homenaje bautizando como ella al mejor personaje que he creado. Eva —la Eva que vas a conocer— no es una persona fácil. No puedes confiar en ella y al principio te costará quererla. Ten paciencia, ha sufrido mucho. Pero cuando la comprendas…, ay, cuando la comprendas.

Este libro también es distinto a todos los anteriores. Son cuatro novelas en una. La primera parte, El juicio de Dios, nos presenta a Eva Ramos, mentirosa profesional, encargada de resolver asuntos turbios cambiando de identidades y mintiendo. Un thriller adrenalínico.

La segunda parte, El juicio de los hombres, dejará a Eva atrapada en una situación imposible bajo una falsa identidad. Aquí cambiará el ritmo del relato. Te obligaré a leer más despacio, con más atención. Te recrearás en el encierro de Eva, rodeada de lugareños poco recomendables, uno de los cuales es un asesino. Un thriller psicológico, de supervivencia y escape.

De la tercera parte, El juicio de la montaña, no te diré nada. Sólo que es un enigma clásico, un ¿quién lo hizo? que a ratos te recordará a los clásicos del género, pero al mismo tiempo es completamente distinto. Aunque eso, por supuesto, no es lo más importante.

Lo más importante es la cuarta novela, la que atraviesa a las otras tres. Las normas de la naturaleza humana, que son a la vez un manual de la mentira y la verdad sobre quién es realmente Eva Ramos y, sobre todo, cómo ha llegado a serlo.

Gracias por embarcarte en este viaje. Bienvenido, y no te fíes de nadie.

De nadie.

Firma de Juan Gómez-Jurado

Ilustración dividida en dos páginas de Eva arrastrándose en el suelo nevado hacia el coche volcado, este tiene el retrovisor roto.

Mi trabajo es mentir, pero contigo no voy a hacerlo.

Respeto demasiado tu inteligencia.

O quizás es el miedo a la muerte inminente lo que hace que te diga la verdad.

Abro los ojos. La sangre en mi frente se congela casi al instante. La noto como una costra rígida que me tira de la piel cuando intento fruncir el ceño. Parpadeo para aclarar la visión. El mundo es un lienzo en blanco salpicado por un único borrón negro: el BMW de alquiler, volcado a unos diez metros, con las ruedas girando todavía en el vacío como las patas de un escarabajo panza arriba.

Trato de moverme y el dolor me atraviesa.

Una costilla rota, al menos.

Mis dedos ya no responden cuando intento cerrar el puño. Mal asunto. El entumecimiento trepa por mis extremidades como una hiedra venenosa. La muerte por hipotermia comienza así: primero pierdes la sensibilidad, luego la movilidad, por último el sentido. Un modo casi amable de morir, si es que hay alguno.

—Muévete, Eva.

Mi voz suena amortiguada, ajena en este paisaje de algodón mortal. Me arrastro sobre la nieve, empujándome con los codos. Cada centímetro es una batalla contra mi cuerpo, que sólo quiere rendirse, acurrucarse y dejarse llevar por ese engañoso calor que precede al final.

El coche parece alejarse con cada esfuerzo que hago por acercarme yo. Una broma cruel del destino o de mi percepción deteriorada. No puedo fallar. No ahora.

Lo que hay en ese coche lo es todo para mí. Mi última oportunidad. Mi salvación o mi condena. Lo único por lo que vale la pena luchar contra esta blancura asesina que me rodea.

Mis piernas ya no existen. Son apéndices inútiles que arrastro como lastre. Mis manos son garras torpes. Pero sigo avanzando, gruñendo, mientras la nieve se tiñe de rojo a mi paso.

Fijo la mirada en la ventanilla.

Bogart, el Bogart de Sierra Madre, viene a consolarme, como tantas veces. A susurrarme al oído.

«¿Sabes?, lo peor no es tan malo cuando pasa. No es la mitad de malo de lo que imaginas».

Cállate, Bogart. No tienes ni puta idea.

El metal del coche volcado parece caliente en comparación con la nieve. Me detengo un momento, jadeando, viendo cómo mi aliento forma pequeñas nubes que se desvanecen demasiado rápido.

Tengo que entrar. Como sea.

Dentro del BMW está Pablo, mi hermano. Inmóvil. Con la cabeza ladeada contra el volante y un chorreón de sangre que le resbala por la comisura de los labios. Inconsciente o muerto.

Ruego a Dios, al Diablo, a quien sea que me escuche, que sea lo primero.

No hay infierno lo bastante caliente para mí si es lo segundo.

—¡Pablo!

Quiero un grito, pero no lo obtengo. Mi voz apenas supera el aullido del viento. Golpeo el vidrio con las manos entumecidas. Nada. Ni siquiera siento el impacto.

Salvo por el agujero de bala, la ventanilla está intacta, burlándose de mi desesperación. Ese cristal, ese puto cristal es lo único que me separa de él. Lo miro a través de la superficie helada, distorsionado como en un mal sueño. Su rostro pálido, la sangre oscura en contraste con la piel. Sus ojos cerrados.

El intermitente del coche, reflejado en la nieve, le ilumina la cara.

Parece aún más pequeño e indefenso que nunca. Como el niño que acaba de dejar de ser.

Busco a tientas a mi alrededor cualquier cosa con la que romper el vidrio. La nieve ha engullido todo lo que salió disparado del coche. Mis dedos escarban frenéticos, cavando pequeños agujeros que el viento vuelve a llenar casi al instante.

Araño la superficie blanca.

Mis uñas chocan contra algo duro. La llave del coche. La agarro como si fuera un tesoro, apretándola con dedos que apenas puedo sentir. Me arrastro de vuelta a la ventanilla.

Golpeo el cristal con la parte más ancha, donde se une al llavero. Una, dos, tres veces. Apenas hace mella. Mis brazos tiemblan por el esfuerzo y el frío. Cada impacto me cuesta un mundo.

Los dientes me castañetean.

Cambio de táctica. Enfoco cada gramo de fuerza en el extremo metálico de la llave y apunto a la esquina del vidrio por donde entró la bala. Mis dedos congelados tiemblan mientras presiono hacia abajo con más y más fuerza hasta que mis músculos chillan. El cristal emite un horrible crujido, pero se niega —obstinado, burlón— a ceder.

La sangre en la boca de Pablo parece más oscura ahora. ¿O es mi imaginación? No puedo perderlo. No así. No por mi culpa.

Mi culpa. Qué no lo es.

Golpeo de nuevo, esta vez con desesperación pura. Un sonido agudo de cristal agrietándose. Una pequeña victoria. Sigo golpeando el mismo punto, ampliando la grieta milímetro a milímetro.

Golpeo una última vez, y la grieta se extiende como una telaraña. Debería sentirme victoriosa, pero apenas puedo concentrarme. Un zumbido extraño me invade los oídos mientras manchas negras danzan en los bordes de mi visión.

—No…, ahora no —murmuro, sacudiendo la cabeza para alejar la oscuridad.

Mi cuerpo entero tiembla, pero ya no es sólo por el frío. Es mi sistema apagándose, célula a célula. La sangre que he perdido forma un rastro carmesí sobre la nieve, demasiada para seguir luchando mucho tiempo más.

Parpadeo con fuerza. La imagen de Pablo se distorsiona, se aleja, vuelve. Como si estuviera viéndolo a través de un túnel que se estrecha. Intento golpear otra vez el cristal, pero mi brazo cae pesado a un lado. Inútil. Toda yo, inútil.

—Pablo… —Su nombre apenas sale de mis labios agrietados.

La negrura avanza desde los bordes de mi campo de visión, devorando el blanco del paisaje.

Qué estupidez. Qué absoluta gilipollas. Debí escuchar las advertencias sobre la tormenta. Debí intentar otra ruta de escape. Pero no, Eva Ramos siempre tiene prisa, siempre cree saberlo todo, siempre piensa que puede engañar incluso a la naturaleza con sus mentiras.

Mis dedos se crispan inútiles sobre la nieve. Ya no siento frío ni dolor. Sólo una pesadez que me arrastra hacia abajo, como si la tierra misma tirara de mí para tragarme.

¿Será así el juicio de Dios? ¿Estará ahí, al otro lado de esta oscuridad que avanza, implacable?

Me pregunto qué cara pondrá el Creador al repasar mi vida. Tantas mentiras. Tantos engaños. Y ahora, mi mayor fracaso: no poder salvar a la única persona que me importa.

La negrura gana terreno. Ya sólo veo el rostro de Pablo a través de un pequeño círculo de luz que se reduce segundo a segundo. Lucho contra el desvanecimiento, araño desesperada los bordes de la conciencia, pero es como intentar agarrar humo.

—Por favor —suplico, sin saber aún a quién—. Sólo un minuto más.

EL JUICIO DE DIOS

EL JUICIO DE LOS HOMBRES

EL JUICIO DE LA MONTAÑA

La honestidad es el primer capítulo del libro de la sabiduría.

Thomas Jefferson

Diablo, tú ere’ una bellaquita igual que yo.

Perfumito nuevo, tú huele’ cabrón.

Bad Bunny

1

Relojes

El juicio de Dios se remontaría más en el tiempo, hasta mi pecado original. Pero yo no tengo ese lujo. Debo conseguir tu veredicto mucho antes.

¿Recuerdas que he dicho que a ti no voy a mentirte, verdad?

Pero vas a observarme mentir a otras personas.

Te garantizo que no has visto nunca nada igual.

Retrocedamos en el tiempo.

Con quince horas bastará.

Aún no había sangre ni frío, sólo incertidumbre y un trabajo que hacer.

Me remuevo en el asiento.

Mucho BMW, mucho BMW pero tengo el culo tan plano como la carpeta que llevaba al instituto. Que aún sigue en pie, por cierto, a un paseíto de nada de donde he aparcado el coche.

Siento la tentación de bajar y estirar las piernas, pero es demasiado riesgo. Me conformo con bajar la ventanilla y estirar un brazo.

Lo giro rápido un par de veces antes de que la chaqueta acabe empapada por la lluvia, y vuelvo a sostener los prismáticos.

El puerto de Gijón se despliega ante los lentes como un Lego metálico. Cincuenta aumentos dan para leer las matrículas de las grúas que se mueven con lentitud. De los camiones que ruedan cargados con contenedores de colores desvaídos. Incluso de los enormes cargueros en último término.

El aire apesta a la mezcla de salitre y diésel, ese aroma inconfundible que los guajes del barrio llamábamos marón.

Que se cuela por todas partes. La ropa, la piel, la memoria.

Que siempre me recuerda que estoy demasiado cerca de mi pasado.

Me lleno los pulmones. Detesto trabajar a tan poca distancia de casa.

Las calles de Gijón guardan demasiados recuerdos, demasiadas caras que podrían reconocerme, incluso después de dos décadas. Rostros que me vieron crecer, que adulaban a mi padre antes de que la cárcel hiciera que todos los cuellos se giraran a nuestro paso.

Pero el Barón insistió.

«Sólo tú puedes manejar esto, Eva Ramos», me dijo con esa sonrisa que nunca llega a sus ojos, esa mueca calculadora que me recuerda a Edward G. Robinson en Cayo Largo.

No me llamo Eva Ramos.

Tú vas a llamarme así.

¿Por qué?

Porque así luciría mi tarjeta de presentación inexistente:

EVA RAMOS

Mentirosa profesional

Por favor, no me pida referencias

Eva Ramos es mi identidad favorita.

Pero hoy no puedo ser ella.

Hoy debo inventarme a otra.

Dejo caer los prismáticos y observo mi reflejo en el retrovisor. Tiempo de ensayar. Mi rostro es un lienzo en blanco, listo para convertirse en quien necesite ser.

—Buenos días, soy Martínez, de seguridad portuaria —pronuncio con voz grave, endureciendo las consonantes, tensando la mandíbula como si llevara años mordiendo órdenes.

No, demasiado rígido. Cambio el tono, modero los bordes.

—Buenos días, Martínez, seguridad del puerto —esta vez más suave, enfatizando mi acento asturiano. De ordinario es apenas perceptible, como una brisa del norte que ahora hago soplar más fuerte—. Necesito revisar su documentación.

Mejor, pero aún no me convence. El personaje no termina de encajar en mi piel.

¿Demasiado autoritaria?

Debo proyectar confianza primero, para después derrumbarme con credibilidad cuando me descubran. Tengo que fallar, pero fallar bien. Que me descubran rápido, que admita estar allí para facilitar el intercambio de mercancía.

Ya sé lo que estás pensando. Yo también lo creo.

Pruebo otra vez, ahora cambiando al acento andaluz que usé en aquel trabajo en Málaga, cuando tuve que infiltrarme en aquella bodega.

—Buenas, ¿tienen autorización para esta zona? —Sonrío suave, ensayando una expresión de falsa amabilidad, ésa que dice «puedo ser tu amiga o tu peor pesadilla».

Sacudo la cabeza. Con el oficial del puerto no funcionará. Demasiado obvio, incluso para los patanes que me han caído en suerte hoy. Cambio de estrategia, ajusto mi postura.

—Carolina Vega, de Logística Atlántica —digo con tono profesional, modulando mi voz para sonar un poco nasal, como esas ejecutivas trasplantadas de Madrid, resfriadas a perpetuidad—. Vengo por el envío 7756177H.

Esta versión me gusta más. Me sienta como un guante. Adopto una pose distinta, practicando cómo sostendría una carpeta imaginaria, con esa seguridad impostada de quien maneja datos que no entiende. Cómo frunciría el ceño ante una irregularidad en los papeles, ese gesto de eficiencia irritada. Cómo, tras la inevitable confrontación, confesaría con fingido nerviosismo.

El bramido distante de una sirena me sobresalta.

Miro el reloj.

Es un Casio amarillo barato. Lo tengo desde hace la tira de años. El último regalo de mi padre, que no me quito salvo que sea imprescindible. Llevo un estuche con otras piezas, que uso en función del personaje que interpreto. Una ejecutiva sin imaginación: Rolex Datejust de platino. Una maestra tímida y pobretona: Viceroy de cuarzo con correa de polipiel.

Carolina Vega trabaja en los muelles, así que puedo quedarme el Casio amarillo, que me avisa de que falta media hora.

Treinta minutos para perfeccionar a Carolina Vega, para memorizar cada detalle de su vida inventada, cada inflexión de su voz. Es matar moscas a cañonazos, tan sólo necesito este personaje para un rato, pero nunca me ha gustado dejar nada al azar.

Un escalofrío me recorre la espalda.

No es el clima.

Es Gijón.

Es estar tan cerca del barrio donde crecí, donde mi padre me llevó por primera vez al cine Robledo, que ya cerró. Donde mi madre aún vive con Pablo.

Pablo. Mi hermano. Tan cerca y tan lejos.

Aprieto el volante con fuerza.

Concéntrate, Eva. No estás aquí por nostalgia. El regalito por fallar es un tiro en la nuca.

Vuelvo a levantar los prismáticos. El puerto sigue su rutina implacable. Yo sigo ensayando en silencio, repitiendo cada gesto, cada inflexión, cada mentira que podría salvarme la vida.

El muelle 6 permanece en calma engañosa. Tres furgonetas blancas han entrado en la última hora, dos han salido. Ninguna es la que espero.

Ajusto los prismáticos para enfocar mejor. Un grupo de estibadores descarga cajas de un carguero pequeño mientras el capataz revisa documentos. Nada fuera de lo común. Excepto…

Me tenso. Entre los trabajadores del muelle reconozco a Ramiro, el primo de la vecina del sexto.

Una vez me firmó en la carpeta de instituto de la que te hablaba antes. Puso su nombre y una carita sonriente al lado de una foto de Kirk Cameron recortada de la Súper Pop. Luego le dio vergüenza y me pintó una polla debajo, para compensar.

No es nadie importante, sólo un rostro del pasado que no debería estar aquí, no ahora. Giro los prismáticos. Entre los contenedores aparece Domingo, un antiguo compañero de mi padre. No pueden verme, pero su sola presencia me provoca un nudo en la garganta.

Bajo los prismáticos y me hundo en el asiento. Hay que joderse. Es como si el barrio entero hubiera decidido presentarse en mi encargo de hoy. La coincidencia me revuelve el estómago.

Calculo la distancia. Tendré que recorrer cincuenta metros hasta la puerta del muelle 6. Ellos estarán a ochenta.

Ni de coña me distinguen.

Pero… ¿Y si…?

Siento una presión creciente en el pecho, como si alguien hubiera colocado un bloque de hormigón sobre mí. Respiro hondo, intentando calmarme. Cierro los ojos un momento y pienso en Ingrid Bergman besando a Cary Grant en la bodega de la mansión de Encadenados. Siempre me hace sonreír recordar lo pésimo besador que era Grant.

Brrrrrrr.

El móvil vibra en el bolsillo de mi chaqueta.

Un zumbido insistente que corta mis pensamientos como una navaja. Lo ignoro. Vibra otra vez. Cojo aire, procurando mantener la concentración en el puerto, en la misión, en Carolina Vega y su acento nasal, en cómo iba a enseñar yo a besar a Cary Grant, dada la oportunidad.

Otra vibración.

—Mierda —murmuro—. Nunca se cansa.

Pongo el móvil boca abajo sobre el asiento para no ver la cara que acompaña al nombre.

No sirve de mucho.

Si no contesto, la culpa me comerá durante horas. Pablo podría estar peor. Podría ser una emergencia.

El puerto sigue ahí fuera, ajeno a mi dilema. Los contenedores se mueven como fichas en un tablero gigante. La operación está en marcha. Carolina Vega espera, paciente, a que yo vuelva a ponerme su piel.

—No ahora —susurro.

Deslizo el dedo sobre la pantalla y rechazo la llamada. El silencio regresa al coche como una bendición.

Guardo el móvil con más fuerza de la necesaria. Me ajusto la chaqueta, enderezando los hombros. Vuelvo a ser Eva Ramos, la profesional, la mentirosa, la que observa el puerto buscando el momento perfecto para convertirse en otra persona.

El teléfono emite otro zumbido, esta vez doble. Mensaje de texto. Lo ignoro.

Levanto los prismáticos de nuevo. El puerto sigue su danza mecánica, ajena a mis dramitas. El móvil vibra otra vez en mi bolsillo, insistente como un grito ahogado. Suspiro. Marisol no se rendirá tan fácil.

Con movimientos bruscos, saco el teléfono y lo miro. Tres llamadas perdidas y ahora una cuarta entrante. La foto de mi madre me contempla con esa mirada acusadora que perfeccionó tras la muerte de papá.

—Ahora no —murmuro, pero mi dedo traiciona mi determinación y desliza la pantalla.

—¿Eva? ¿Por qué demonios no contestas? —La voz de mi madre suena rasposa, como si hubiera estado gritando.

Aprieto el teléfono contra mi oreja y cierro los ojos. Una parte de mí quiere preguntar por Pablo, saber si está bien, si necesita algo. La otra parte, la profesional, la que sobrevive, sabe que no puedo permitirme esta distracción.

—Estoy trabajando —respondo con sequedad—. ¿Qué pasa?

—Siempre estás trabajando —replica ella con ese tono que mezcla desprecio y necesidad—. Tu hermano…

No llego a escuchar qué le pasa a Pablo. Mis ojos captan movimiento en el muelle 6. Una furgoneta negra, no blanca. Se detiene junto al almacén 71.

—Tengo que colgar —interrumpo.

—¡Ni se te ocurra! ¡Pablo está…!

Corto la llamada. El remordimiento me muerde el estómago por un segundo, pero lo empujo hacia abajo, hacia ese lugar donde guardo todas las culpas, entre el bazo y el hígado. Como decía Bogart en El halcón maltés: «No importa de qué lado de la ley estás, lo que importa es si puedes hacer el trabajo».

Gracias, Bogart. Tú siempre sabes qué decir.

Apago el móvil. Lo que sea que Pablo necesite tendrá que esperar. La prioridad ahora es convertirme en Carolina Vega y asegurarme de que no me asesinen.

—Lo siento, enano —susurro al aire, pensando en mi hermano—. Después me ocuparé de ti.

Vuelvo a enfocarme en el puerto. La furgoneta negra sigue estacionada junto al almacén, un intruso en el mar de vehículos blancos y grises. Dos hombres bajan y miran a su alrededor con la naturalidad de un concursante de First Dates. El más alto lleva una chaqueta que apenas consigue disimular el arma. El otro, bajito y nervioso, no deja de mirar su reloj.

Ajusto los prismáticos para enfocar mejor sus rostros.

Reconozco al Gato Delgado. Sabía que estaría aquí, aunque no debería. Esto es curro de peones, no de jefes. Algo en su actitud me inquieta. No es la mezcla de cautela y arrogancia. Eso lo he visto mil veces.

Hoy hay algo más.

Algo que me asusta.

Un escalofrío me recorre la espalda. No es el frío ni el viento que se cuela por la ventanilla entreabierta. Es otra cosa. Es esa sensación que te sube por la nuca cuando sabes que algo no encaja, aunque no puedas advertir qué.

Los hombres intercambian unas palabras. El bajito señala hacia una esquina del almacén donde no alcanzo a ver. Mi estómago se contrae. Esta operación debería ser sencilla: observar, identificar a los participantes, luego acercarme como Carolina Vega para facilitar el intercambio.

Rutina.

Ja.

El puerto entero parece contener la respiración. Las gaviotas callan. Incluso el rumor de las olas contra los muelles suena amortiguado. Todo augurios de mierda.

Me froto las sienes, intentando alejar el pensamiento. La intuición es una herramienta valiosa en mi trabajo, pero también puede ser una trampa. El miedo genera errores, y los errores generan cadáveres.

Meto los prismáticos en su estuche y la tapa se cierra con un chasquido seco. El sonido me sobresalta, como si fuera el disparo que inicia una carrera hacia el desastre.

Ahí están. Un nuevo furgón se acerca por la izquierda del muelle 6, avanzando con exasperante lentitud. Es blanco, con un logo descolorido de una empresa de pescado que no ha vendido ni un solo lenguado desde su fundación.

—A trabajar —murmuro.

Me observo en el espejo retrovisor una última vez. Ya no soy Eva Ramos. Mis ojos adoptan ese brillo eficiente, mi boca se tensa en una línea profesional. Carolina Vega ha tomado el control.

Ajusto mi blusa, me abrocho la chaqueta negra y compruebo que llevo la identificación falsa colgando de la solapa. Perfecta. Tan perfecta que incluso yo creería en su autenticidad. El Barón siempre se encarga de esos detalles.

El furgón se detiene junto al almacén, a unos metros de la furgoneta negra. Los dos tipos que vigilaba se tensan, como perros que olfatean a un extraño en su territorio. Del vehículo recién llegado bajan tres personas: dos hombres corpulentos y una mujer delgada con el pelo recogido y chándal verde de Adindas. Sí, lo he escrito bien.

Marga Sánchez. Es otra jefa. Es otro problema.

También es mi señal. Respiro hondo y cuento hasta tres, como me enseñó mi padre.

Nunca dejes que te vean el miedo, nena. Nunca.

Cojo la tablilla con clip que hay en el asiento del copiloto —con falsas autorizaciones de envío— y la sostengo como un escudo. Me miro en el retrovisor. El maquillaje me afea un poco y me echa un par de años sobre los treinta que tengo. Todo en orden.

Salgo del coche con esa seguridad impostada que he perfeccionado durante años.

Ha dejado de llover.

El marón trepa por mis fosas nasales. Salitre y diésel, con notas de peligro. Mis botas de trabajo resuenan contra el asfalto húmedo y resquebrajado mientras camino hacia el muelle 6, donde cinco personas desconocidas esperan a una sexta que no existe.

De ésas seis, sólo dos van a salir con vida.

Ilustración de Eva de espaldas caminando entre grandes pilas de contenedores del puerto. Em el gonfo hay un gran grúa y está lloviendo.

2

Rutinas

Tengo siete formas de caminar.

No necesitas que te lo explique, pero lo voy a hacer igual. La forma de caminar es lo más difícil de cambiar de una persona. Para alguien normal es algo automático, desconectado. Para mí no. Me siento muy orgullosa de ésta que estoy empleando. Pasos medidos, con prisa pero no con urgencia.

Es un equilibrio que he perfeccionado como quien afina un instrumento musical: con años de práctica y tobillos sangrantes.

A mi izquierda, el mar bate contra los pilotes con una cadencia hipnótica. Tengo que concentrarme para no ajustar mis pasos a ese ritmo, mantenerlo por encima.

El guarda en la puerta del muelle 6 no mira dos veces mi identificación falsa antes de volver a su garita. Como un caniche bien amaestrado, sabe que esta noche toca siesta, con los ojitos bien cerrados.

Mientras me acerco al almacén 71, siento cómo el espacio se expande a mi alrededor. El puerto ya no es un decorado de fondo; ahora es un monstruo de hormigón y metal que me engulle. Las grúas se recortan contra el cielo nocturno como esqueletos de dinosaurios. Los contenedores apilados forman callejones laberínticos.

La noche ha caído de golpe. Me asalta el impulso de dar media vuelta, correr al coche y desaparecer. Apresurarme a llegar a casa, atender a mi hermano, sentarme junto a él en el sofá y odiar en silencio a mi madre.

Sacudo la cabeza.

Carolina Vega no tiene un hermano enfermo. Carolina Vega no duda. Carolina Vega va a salir de ésta.

Aprieto los dientes y recompongo mi postura. Hombros rectos, barbilla elevada, mirada directa pero no desafiante.

El almacén 71 está al final del muelle 6. Edificio gris y desgastado, ventanas sucias, puerta metálica entreabierta, las dos furgonetas aparcadas con los faros encendidos y el motor en marcha. Me acerco hasta el rombo luminoso que crean las luces en el suelo. Dentro del rombo hay cinco figuras crispándose en los bordes de una discusión y no se vuelven a mirarme.

A la izquierda, el Gato Delgado. Justo detrás, su único guardaespaldas. El comprador.

A la derecha, Marga Sánchez, con sus dos gorilas. La importadora.

Él, nervioso como siempre, mueve las manos mientras habla con voz aguda, como la chapa de una botella de Fanta arañando el capó de un coche. Ella, hierática, resopla a través de los dientes que le faltan, con la elegancia de un maniquí en el escaparate de Proyecto Hombre.

—… y además te dije que no trajeras a ese cabrón —escucho decir al Gato, que señala a uno de los guardaespaldas de Marga.

—Es lo que hay —responde ella sin parpadear.

«Es lo que hay» es una de las peores frases en una negociación. Es peor que poner unas lentejas encima de la mesa, y todos sabemos lo que pasa cuando son lentejas. Es recordar, con escasa sutileza, que antes el menú incluía otra cosa y ahora, lentejas.

Uno de los dos matones —no sé si el que ha señalado el Gato, o el otro…, da un poco igual, ambos son primos de Marga— abandona la seguridad del grupo de la derecha y se adentra en la tierra de nadie entre facciones. Cuatro metros que parecen cuarenta. Lleva una mochila de deporte negra en la mano. Las venden en los chinos a doce euros. Es de las que no esperas que te devuelvan.

La sostiene frente a la cintura y luego la deja caer al suelo.

El secuaz del Gato se adelanta, recoge la mochila del suelo y se la entrega a su jefe. El Gato Delgado la sostiene un momento entre sus manos huesudas, calibrándola como si tuviera una báscula incorporada en las palmas.

—Cinco kilos —dice sin abrirla—. Quedamos en siete.

Marga se encoge de hombros. En el análisis de una negociación deficitaria, el encogimiento de hombros es peor que el «es lo que hay», sólo un milímetro por debajo de «me la suda tu opinión».

El Gato deja la mochila en el suelo y da un paso atrás, su espalda casi rozando la furgoneta en la que ha venido. Puedo ver cómo la vena de su sien comienza a palpitar.

—No juegues conmigo, Marga —dice con voz controlada, casi susurrante.

La tensión va subiendo como una cortina antes de la función, y no me gusta nada lo que se va a representar. Los guardaespaldas de ambos bandos se tensan, manos cerca de las chaquetas. El aire huele a sudor y a miedo.

—¿Jugando? —responde Marga con una sonrisa torcida—. El juego lo empezaste tú cuando fuiste a hablar con los colombianos. No me vas a saltar, Gato.

El Gato parpadea, un gesto mínimo pero revelador. Ella ha tocado un nervio. Veo cómo su mano izquierda se cierra y se abre, tres veces seguidas.

Marga no dice nada. Se limita a sacar otro cigarrillo del bolsillo de su pantalón de chándal y lo enciende con parsimonia. La pequeña llama ilumina su rostro anguloso, sus ojos calculadores.

Esto va a estallar en breve, como aquel espray de Elnett de mi madre que se me ocurrió un día dejar sobre la estufa del salón. Pero con mucha menos laca y más cocaína.

Qué buen momento elijo para carraspear con fuerza.

—Buenas noches. Carolina Vega, de Logística Atlántica.

La voz nasal con deje meseteño hace girar cinco cabezas hacia mí.

Marga y el Gato intercambian una mirada de confusión. Casi puedo ver los engranajes rodando en sus cerebros.

—¿Quién ha encargado al pibón? —pregunta Marga, arrojando la colilla al suelo y aplastándola con la punta de sus zapatillas Nieke. Sí, lo he escrito bien.

—No es cosa mía —responde el Gato antes de que yo pueda abrir la boca—. ¿Es cosa tuya, Marga?

Marga suelta una risa seca, y eso es todo.

Ahora todos me miran. Cinco pares de ojos, no sé cuántas armas bajo las chaquetas, y yo en medio como un blanco de tiro perfecto.

—Me pido tirarla al agua —sugiere el guardaespaldas del Gato, sin molestarse en bajar la voz.

Durante cinco segundos eternos, nadie dice nada. Siento sus miradas evaluándome, calculando riesgos, preguntándose si soy un problema que se soluciona con una bala o alguien a quien deben temer.

Mantengo mi expresión impasible, como Ilsa en Casablanca cuando finge no conocer a Rick. Calma exterior, aunque por dentro tengo más miedo que siete viejas.

—¿Y bien? —insiste el Gato, acercándose un paso hacia mí—. ¿Tú quién eres en realidad?

—Ya se lo he dicho. Carolina Vega, de logística Atlántica. Vengo por el envío 7756…

—Mientes —dice Marga, con calma.

Saca una navaja de mariposa. Del mismo bolsillo del chándal en el que lleva el tabaco. Es admirable que no le haga bolsas.

La navaja hace clic al desplegarse.

Mis ojos se abren un poco más de lo normal. Dejo que mi labio inferior tiemble un poco.

—Yo… —Mi voz vacila a propósito mientras dejo caer la tablilla con clip que sostenía.

Los papeles se desparraman a mis pies. Me agacho a recogerlos, torpe, con dedos temblorosos. Es un truco viejo pero efectivo: mostrar vulnerabilidad física para que bajen la guardia.

—Mierda —murmuro.

Cuando me incorporo, mi rostro ya no es el de Carolina Vega. He dejado caer la máscara.

—Vale, me habéis pillado —admito con voz más grave, más auténtica. Abandono el acento castellano y vuelvo a mi tono natural. Como si alguien hubiera cambiado de canal en mitad de un programa—. Me envía el Barón.

El Gato y Marga intercambian miradas. La tensión entre ellos se transforma, y no para bien. Ahora hay un nuevo elemento en la ecuación. Alguien le acaba de echar sal al café.

—¿El Barón? —El Gato suelta una risa seca—. El Barón no tiene nada que ver con este negocio.

Marga da un paso adelante. La cicatriz de su ceja derecha parece más profunda bajo esta luz.

—El Barón no mete las narices donde no le llaman —escupe las palabras—. No sin que alguien le pague.

Yo pongo cara de acelga hervida.

—Sólo estoy aquí para mediar —insisto—. Para que el trato salga bien.

—¿Y quién coño te ha contratado? —pregunta el Gato, acercándose tanto que puedo oler su colonia, bastante aceptable, por cierto—. Porque yo no he sido.

—Ni yo —añade Marga, sin soltar la navaja.

El guardaespaldas del Gato se acerca a su jefe y le susurra algo al oído. El Gato asiente.

—Uno de vosotros ha tenido que ser —afirmo, clavando los pies en el suelo como si fuera terreno seguro—. El Barón no hace nada gratis.

Les recuerdo lo importante que es el quién.

—Tú —el Gato extiende su dedo hacia Marga como una navaja—. Has sido tú.

—¿Yo? —Marga suelta una carcajada que golpea las paredes del almacén y vuelve como un eco envenenado—. No me jodas. Habrás sido tú, cabrón, que desconfías hasta del aire que respiras.

—Has sido tú. Para colarme cinco kilos al precio de siete.

Mierda. El Barón no me advirtió de que estos dos se odian a muerte.

La presión me oprime el pecho. Éste no es un simple intercambio comercial. Hay venganza, hay orgullo herido. El tipo de emociones que complican cualquier mentira que pueda fabricar. Carolina Vega deberá improvisar sobre la marcha.

Necesitan a alguien que mienta sobre su pasado, que construya un puente donde sólo hay un abismo de rencor. Carolina Vega tendrá que fabricar una verdad alternativa que les permita hacer negocios hoy sin matarse en el proceso.

Y yo pensaba que éste sería un trabajo sencillo.

—Siete por ciento treinta —insiste el Gato—. Si me das cinco, te doy noventa.

—El precio se mantiene —responde Marga, impasible como una piedra—. Y agradece que no te raje el cuello por lo de los colombianos.

—Eso fue un malentendido —responde él, moviendo las manos como si espantara moscas.

—Malentendido mi papo moreno. —Marga escupe al suelo—. Me jodiste el negocio y ahora pretendes que confíe en ti.

Algo no encaja. El Barón conoce a esta gente, sabe cómo funcionan. ¿Por qué me envió sin decirme quién era el cliente de los dos?

Los secuaces se miran entre sí. El ambiente se espesa como lentejas del día anterior. No te quejes de la metáfora, ya sé que hay demasiadas lentejas, me ha llevado un rato construirla, y además, la que está en medio de cinco narcos a punto de matarse soy yo, no tú.

Pienso en la llamada de mi madre que no he cogido. En lo que pasará con Pablo si no regreso.

¿Qué demonios pretende el Barón con esto? ¿Es una prueba?

—¿Y la mediadora qué dice? —pregunta de repente Marga, clavando los ojos en mí.

Todos me miran. Ahora mismo soy lo único que impide que se maten. Y que me maten a mí, de paso.

Empiezo a atar cabos. El Barón sabía que faltaría mercancía. Sabía que habría conflicto. Y me puso aquí, en medio, sin decirme quién era el cliente…

¿Por qué?

Necesito responder a esta pregunta. Y necesito hacerlo ya.

Cuando la desesperación amenaza con bloquearme, cierro los ojos y hago lo único que sé hacer en estos casos: recurrir a la única verdad fiable que conozco.

Creo que ha llegado el momento de que te hable de las normas.

Ilustración de trazos oscuros con el Barón apoyado en una muleta y con una pierna con un fijador mirando hacia el exterior desde una ventana. Da la espalda a Eva de niña, de la que la ilustración solo muestra las piernas y la parte baja de una falda. Ella calza unos mocasines con calcetines claros.

NORMA n.º 7 de la naturaleza humana:

LAS CREENCIAS SON INAMOVIBLES

De todas las cosas que el Barón me ha enseñado, la más valiosa, la más devastadora, es la norma n.º 7: las personas no cambian lo que creen, sólo encuentran nuevas formas de justificarlo.

Era una niña de catorce años el día que supe acerca de las normas. Hacía tres meses que llorábamos la pérdida de mi padre en la cárcel.

La llamada fría y burocrática llega un martes. Un funcionario cumpliendo con el trámite de informar a la familia. Mi madre llora durante horas, no por amor —ése se ha agotado hace tiempo— sino por rabia, por las deudas, por quedarse sola con una hija a la que odia y un hijo de seis meses al que ha diagnosticado una enfermedad rarísima. Y carísima.

Yo también lloro.

No delante de ella. Me encierro, a solas en mi cuarto, con la colección de películas clásicas en DVD que él me ha dejado como única herencia. No tengo tele propia, sólo un viejo reproductor con pantalla, de ésos que regalan con la suscripción a El Mundo.

Es más cómodo llorar con la cabeza en un extremo de la almohada y, en el otro, aquel trasto contándome historias en blanco y negro.

Noventa y tres noches de insomnio después aparece el Barón en nuestras vidas. Cómo, no voy a escribirlo aquí.

Digamos que la necesidad tiene caminos extraños, y que una tarde lluviosa me encontré ante su puerta.

El edificio es antiguo pero bien conservado, en una de esas calles de La Providencia donde los portales no tienen portero, sólo un discreto telefonillo. Llamo al timbre que llevo escrito con boli Bic en el brazo, protegido bajo la manga del jersey. El resto de mí está empapado por la lluvia, que me ha sorprendido sin paraguas.

La puerta se abre sin que nadie pregunte quién soy.

Subo las escaleras despacio, cada peldaño un paso más hacia algo que no comprendo del todo. En el tercer piso, una puerta entreabierta me espera. Respiro hondo y entro.

El apartamento huele a madera, a libros viejos y a ese perfume indefinible que sólo tienen los lugares donde el tiempo parece detenerse. Una lámpara de pie proyecta una luz cálida sobre un salón sobrio pero elegante.

No tengo miedo cuando entro en aquel salón.

Debería haberlo tenido.

Ojalá lo hubiera tenido.

Está de pie junto a la ventana, observando la lluvia como si pudiera leer en ella mensajes invisibles para el resto de los mortales.

El Barón.

Un hombre de estatura media, cabello negro con vetas plateadas peinado con pulcritud, y una postura que denota más confianza que arrogancia.

Entonces aún no usaba el bastón. Sólo una muleta en la que deja caer el peso de su pierna derecha. Una aberración retorcida y deforme, de la que emergen varillas y tornillos.

Se vuelve hacia mí con esa media sonrisa que nunca llega a sus ojos verdes.

Doy un paso en dirección a él, pero me detiene con un gesto.

Señala un sillón.

—Siéntate. Estás empapada.

Obedezco, dejando un pequeño charco en el suelo de madera. Me siento torpe, fuera de lugar en ese entorno refinado.

Yo sólo era una niña pequeña, ¿comprendes? Con catorce años aún era de las menos desarrolladas de mi clase. Tenía que rellenarme el sujetador con papel higiénico y pintarme las uñas con rotulador indeleble en un ridículo intento de parecer mayor.

El Barón renquea hasta una mesita y sirve algo en un vaso pequeño.

—Bebe —me ofrece—. Te calentará.

—No bebo alcohol.

Una luz fugaz cruza su rostro.

—Es té. Con limón y miel.

Tomo el vaso con manos temblorosas y bebo un sorbo. El calor se extiende por mi garganta, reconfortante.

—¿Sabes por qué estás aquí? —pregunta, sentándose frente a mí.

Dudo. Hay tantas respuestas posibles. Por desesperación. Por curiosidad. Porque no tengo a dónde más ir.

No espera a que me aclare.

—A partir de ahora te llamarás Eva Ramos —dice, y mi nuevo nombre en su boca suena a puerta abierta.

—Sí —respondo, porque no se me ocurre nada más inteligente.

No lo cuestioné.

—¿Sabes por qué estás aquí? —pregunta de nuevo.

—Por mi hermano —digo enseguida—. Porque necesita un tratamiento que no podemos pagar.

El Barón asiente, como si mi respuesta fuera obvia.

—¿Y qué estás dispuesta a hacer por él?

La pregunta flota en el aire como una nube de tormenta. Amenazante, inevitable.

—Lo que sea necesario —respondo, y en ese momento lo digo en serio.

Sus ojos se clavan en los míos, evaluándome, buscando la mentira o la duda. No encuentra nada.

—Entonces necesitarás aprender —dice, al cabo—. Aprender cómo funciona el mundo. No como te han dicho que funciona, sino cómo es en realidad.

Se levanta y vuelve a tomar la muleta. Avanza con dificultad hasta un pequeño secreter de madera repujada. Levanta la persiana circular y saca del interior del mueble una cajita de madera pulida. La coloca sobre la mesa entre nosotros y la abre con cuidado. Dentro hay una antigua baraja francesa, con los bordes gastados por el uso.

—La gente es predecible, Eva —dice mientras baraja las cartas con una habilidad que habla de años de práctica—. Todos creen que son únicos, especiales. Pero, en verdad, la mayoría sigue patrones tan rígidos como las reglas de un juego de cartas.

Extiende tres cartas boca abajo sobre la mesa.

—¿Quieres saber por qué? —pregunta, aunque no espera respuesta—. Porque las personas no actúan basándose en la realidad, sino en lo que creen que es real. Y lo más importante: una vez que creen algo, harán todo lo posible por mantener esa creencia, aunque la evidencia diga lo contrario.

Da la vuelta a la primera carta. Un rey de corazones.

—Éste es el hombre que cree que su mujer le es fiel —explica—. Aunque ella llegue tarde cada noche, aunque huela a perfume desconocido, aunque encuentre mensajes sospechosos en su teléfono. ¿Sabes qué hará?

Niego con la cabeza, hipnotizada por su voz pausada, por la cadencia de sus palabras.

—Dirá que trabaja hasta tarde, que el perfume es de una compañera de oficina, que los mensajes son malentendidos. Porque cambiar su creencia es demasiado doloroso. Prefiere la mentira cómoda a la verdad que destroza su mundo.

Da la vuelta a la segunda carta. Una reina de espadas.

—Ésta es la mujer que cree que su jefe la valora —continúa—. Aunque la ignore en las reuniones, aunque le niegue ascensos, aunque contrate a gente menos cualificada por encima de ella. ¿Qué hará?

Esta vez intento responder:

—¿Buscar otro trabajo?

El Barón niega despacio.

—No. Dirá que su jefe está ocupado, que los ascensos llegarán con el tiempo, que los otros empleados tienen conexiones que ella no tiene. Porque admitir que no la valoran significaría cuestionar su propia valía. Y eso es algo que muy pocos están dispuestos a hacer.

Da la vuelta a la tercera carta. Un as de picas.

—Y éste —dice, bajando su voz a un tono casi confidencial— es el criminal que cree que es más listo que el sistema. Cada vez que lo atrapan, no piensa «debería dejarlo». Piensa «la próxima vez seré más cuidadoso».

Un escalofrío recorre mi espalda. No puedo evitar acordarme de mi padre, en la cárcel, de todas las veces que había prometido que «esta vez sería diferente».

—La norma número siete de la naturaleza humana: el burro no cambia, sólo la manta —sentencia el Barón, recogiendo las cartas—. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, Eva?

—Creo que sí.

Y era verdad.

—Nadie, jamás, cambia lo que cree. Sólo encuentra nuevas formas de justificarlo.

—Pero entonces… —mi voz suena pequeña en aquella habitación— estamos atrapados…

El Barón sonríe, pero es una sonrisa triste, la de quien conoce una verdad amarga que debe compartir.

—La libertad, Eva, no está en no tener creencias. Está en entender las creencias de los demás y usarlas. Cuando comprendes que la gente ve lo que quiere ver, puedes darles justo eso. Puedes convertirte en lo que necesitan que seas.

Guarda las cartas en la caja con sus dedos finos y huesudos.

No había anillos en su mano, recuerdo que me fijé entonces. Sólo la sombra de uno.

—Eso es lo que te voy a enseñar. A ser quien necesites ser, cuando necesites serlo. A leer a las personas como yo leo estas cartas, a anticipar sus movimientos, a darles la historia que quieren creer.

—No entiendo por qué tengo…

Me silencia levantando un solo dedo. Ya entonces tenía ese poder.

—Vas a vivir una gran vida, una que no te correspondía.

Sacude un poco la cabeza, como si le costara concentrarse.

Estaba un poco bebido, creo. No mucho. Lo justo para superar los escrúpulos.

—Eva Ramos —repite, casi para sí mismo—. Ése es un gran nombre. Un gran nombre para una gran vida.

—¿Y todo eso va a ayudar a mi hermano? —pregunto, porque al final era lo único que importaba.

—Ganarás más dinero que el que la hija de una higienista dental en paro se podría permitir soñar —responde—. Pero te va a costar…

—¿Cuánto?

Sus ojos verdes me miran un momento y luego se apartan, casi con recato. Creo que incluso entonces sentía vergüenza por lo que iba a hacer conmigo.

Ojalá hubiera salido corriendo.

En su lugar me limito a esperar.

Necesitaba saber el precio.

—La ilusión de que existe una sola verdad. La comodidad de ser siempre la misma persona. La seguridad de las convicciones inquebrantables.

Trago saliva.

Algo en mi interior se retorció, como si mi alma supiera que estaba a punto de hacer un pacto irreversible. Pero de niña era ya gilipollas de concurso, y me pareció que podría con ello.

—¿Y a cambio?

—Sobrevivirás —dice sin más—. Y lo más importante, tu hermano también.

Esa tarde, bajo la lluvia que no cesaba, hice mi elección.

No fue heroica ni trágica.

Fue necesaria, como respirar, como comer.

Como mentir para seguir viva.

Si había empezado a saber, necesitaba saberlo todo.

—¿Y el resto de las normas?

La mirada del Barón se enturbia un poco.

Su sonrisa también.

—Las aprenderás cuando te las ganes.

Y vaya si me las gané.

Me hizo practicar durante meses antes de decirme la siguiente. La norma n.º 7 se volvió el cimiento. Aprender a identificar las creencias profundas de la gente y moldear mis mentiras para encajar en ellas como piezas de un puzle perverso.

Ahora, mientras observo a Marga y al Gato Delgado mirándose con odio mutuo en el puerto, lo primero que me viene a la cabeza es la norma n.º 7.

Ella cree que él siempre la ha querido hundir.

Él está convencido de que ella le traicionó primero.

Y ahora tengo que tomar una decisión crucial.

3

Rombos

—¿Y la mediadora qué dice?

Cuatro segundos de silencio.

Cuatro segundos son muchos cuando cinco narcos armados están mirándote con expectación.

Pero no tengo otra opción que ganar tiempo: necesito saber quién me ha contratado. Quién llamó al Barón y solicitó mi presencia aquí.

Marga Sánchez levanta la barbilla, con un aire muy Barbara Stanwyck en Perdición. En el supuesto de que Barbara hubiera preferido las cadenas de oro y pendientes del tamaño de una tapa de alcantarilla.

La expresión de Marga no es despreciativa ni sorprendida, sólo expectante.

Ella sabía desde el principio que faltaban dos kilos.

Demasiado fácil. Demasiado evidente.

El pulso me late en las sienes. Respiro profundo: uno inhalando, uno reteniendo, dos exhalando. El viejo truco del Barón para pensar con claridad.

La versión encaja. Marga conocía de antemano la cifra exacta. Fue la primera en preguntarme qué tenía que decir al respecto. Es lógico asumir que ella me llamó. Es lo más sencillo.

Y por eso mismo es falso.

Las uñas se me clavan en las palmas cuando cierro los puños, intentando espantar la duda.

Algo me dice que estoy mirando hacia el lado equivocado. Un pellizco en el estómago me avisa, como un perro tira de las perneras de su dueña: hay algo que no estoy viendo, una pieza esencial que he pasado por alto.

Giro el rostro hacia el Gato Delgado, enfocándolo como si cambiase la lente de una cámara.

Su traje gris fuera de lugar contradice la ansiedad de sus gestos. Los dedos tamborilean en su pierna con la impaciencia de un hombre esperando malas noticias. A pesar del vientu xelón, gotas de sudor brillan en su frente. Las mata con un pañuelo, meticuloso y brusco a la vez, como si intentase borrar cualquier rastro de emoción de su rostro.

—¿Y bien? —insiste el Gato, con una voz que suena a papel de lija contra metal oxidado.

Él cree, con absoluta certeza, que Marga le traicionará tarde o temprano.

No lo sorprendieron los kilos faltantes. Los esperaba. Los anticipaba con la paciencia de quien sabe que el pescado terminará pudriéndose si lo dejas demasiado al sol.

Quizás no estoy aquí para mediar en un conflicto imprevisto, sino para darle una salida digna a un escenario que él mismo anticipó. Contratarme sería la forma elegante de aceptar la pérdida sin arriesgar su reputación, cubriendo su orgullo herido con una mentira a medida.

¿Mi misión es salvar el ego de un narcotraficante paranoico que ha pagado para que yo haga justo esto?

Dos clientes potenciales, dos creencias opuestas. Y yo sólo puedo jugar con una a la vez.

Si escojo al equivocado, no lo contamos.

La boca se me seca.

Siento un ligero temblor, una náusea fugaz. El miedo que sólo yo noto.

Rompo los cuatro segundos de silencio.

—Está todo muy claro —digo, aunque aún no lo esté. Aunque aún no haya elegido.

Esto es lo que soy. Una apostadora profesional que usa la mentira como moneda.

Una que todavía está dando vueltas en el aire.

El riesgo no es accidental; es la esencia de lo que hago.

Mis ojos se clavan en Delgado con una firmeza fingida que incluso a mí me sorprende. He decidido apostar por él, por su paranoia. Construiré un puente para que cruce este río de humillación sin mojarse.

Me acerco despacio, interponiéndome entre ambos bandos como si estuviese curioseando en las estanterías del Zara.

—Esto es lo que ella espera —le susurro, señalando con la barbilla hacia Marga, sutil—. Que pierdas los papeles, que montes un numerito. Que les des un espectáculo.

El Gato tensa la mandíbula y sus ojos se estrechan, dos ranuras que intentan leerme como si fuera letra pequeña en un contrato de Movistar.

—Yo no vendí a Marga a los colombianos —dice con voz raspada, tan baja que parece una amenaza, pero sé que es una justificación.

—Quizás no fuiste tú en persona —cedo un poco, inclinándome hacia él como una conspiradora amable—. Pero ¿estás seguro de que nadie en tu círculo más cercano lo hizo? ¿Alguien que disfruta viendo cómo os destrozáis entre vosotros?

Una chispa de duda cruza fugaz por sus ojos. Siempre siempre hay alguien cerca de quien sospechar.

La puerta está entreabierta, sólo tengo que empujarla un poco más.

—Aceptar este cargamento ahora, aunque venga incompleto, es tu jugada maestra —le digo con una convicción prestada, más firme de lo que siento.

Noto cómo Delgado empieza a respirar más despacio, bajando revoluciones. Está escuchando. Buen chico, pienso, aliviada.

—Si aceptas ahora, frustras el plan que tienen preparado para ti. Demuestras en público que controlas incluso los accidentes, que nada puede tumbarte. Con tiempo de sobra para buscar la serpiente en tu propio jardín.

Él se humedece los labios, considerándolo. Estoy apostando todo lo que tengo en esta mano, pero es demasiado tarde para retroceder.

—Piénsalo —insisto con suavidad—. Éste es tu momento para convertirte en algo más fuerte que nunca. Cuando todos estén esperando que explotes, sonríes y aceptas. Sin gritos, sin aspavientos. Sólo calma y dominio absoluto.

—Comprendo, pero… —Aunque suena menos como una objeción y más como un penúltimo tanteo antes de aceptar rendirse, que es lo único que quería desde el principio.

Ya sólo me queda rematar su final de frase con alguna respuesta grandilocuente, algo con lo que sienta una conexión emocional profunda. Teniendo en cuenta su edad, su nivel cultural tirando a bajo… Su película favorita tiene que ser Gladiator. Seguro que cree que es lo más grande de la historia del cine.

—… es mucho dinero —concluye él, poniéndomelo a huevo.

—Es poder verdadero.

Y entonces, casi sin quererlo, en la comisura de sus labios se dibuja una sonrisa tenue. Apenas perceptible.

Y… ¡corten!

Siento un profundo alivio.

Parece que vamos a salir de aquí con vida.

Salvo que ya te he dicho antes que no es así, ¿verdad?

4

Sirenas

El Gato Delgado asiente.

Parece que le he convencido.

Con un movimiento sutil de su barbilla, ordena a su sicario que haga la entrega. Una bolsa de plástico del Opencor. El tipo la lleva pegada contra el pecho, al abrigo de su mandíbula prominente, tanto que le hace chaflán. Si lloviera un poco no llegaría a mojarse.

Tres pasos lentos, pesados.

El sicario se inclina y afloja su agarre contra la bolsa.

Puedo expulsar el aire que había estado conteniendo.

Entonces el mundo se va a la mierda.

Suena una sirena de policía.

Está a lo lejos, pero esto es Gijón, no Tokio. Un jueves a esta hora —salvo durante la Semanona, que hay fuegos artificiales—, si se te cae un vaso al suelo, nos enteramos a tres calles.

Y nuestros queridos narcotraficantes no se paran a preguntar, ni a gritar «traición». Ya estaban tensos como cuerdas de guitarra, como maroma de ancla o cualquier otro tópico que se te ocurra. Yo no soy escritora, ¿de acuerdo? No esperes una metáfora brillante en cada párrafo.

Sólo actúan.

El tiempo se ralentiza como en esas secuencias de Bonnie and Clyde donde cada fotograma parece durar una eternidad. La bolsa queda suspendida en el aire, a medio caer. Los ojos del sicario se dilatan. Veo cada músculo de su cara tensarse bajo la piel. Incluso distingo las gotas de sudor formándose en su frente, brillando bajo la luz mortecina del muelle.

El Gato Delgado reacciona primero. Su mano derecha se desliza bajo la chaqueta con una elegancia sorprendente. El metal de su pistola refleja la luz de los faros del almacén cuando aparece.

Marga, al otro lado, ya tiene un revólver en la izquierda. Sus labios se separan. Un par de piezas dentales, a juego con el collar de oro, protagonizan una mueca que no es sonrisa ni gruñido.

El primer disparo suena como una palmada contra el agua. No hay eco, sólo un estallido seco que parece absorber todo el oxígeno del muelle, dejándome sin aire. El revólver es pequeño, un .22, pero a esa distancia, tanto da.

Veo el agujero aparecer en la frente del sicario antes de registrar que ha sido Marga quien ha disparado. Mi cerebro procesa la imagen con cruel nitidez. Como si Dios —sabedor de mi odio por la violencia de cualquier clase, deseoso de castigarme por mis pecados— hubiera ajustado el enfoque para que no me pierda ni un detalle.

La bolsa de plástico resbala de las manos inertes del muerto, golpeando el suelo con un salpicoteo que me resulta obsceno.

La sangre no brota a chorros como en las películas. Sólo aparece un agujero escarlata casi perfecto, como la marca de un rotulador, antes de que el cu

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