NOTA DE LA AUTORA
Queridos lectores y lectoras:
Si estáis aquí, espero que sea por haber acompañado a estos personajes durante los libros anteriores. Recordad que este es el sexto libro de una serie y que no se puede leer de manera independiente. No es autoconclusivo. Hay personajes y parejas que tienen sus propias historias y arcos; el punto central de este libro no es su construcción, sino su conclusión. Para mejorar la experiencia lectora os sugiero que empecéis la serie por El cazador y sigáis con los otros cinco libros antes de empezar con El sindicato. Sin contexto, sin los cimientos preestablecidos, muchos de los personajes, parejas, dinámicas interpersonales y tramas no tendrán sentido. Este libro está escrito para los lectores y lectoras que hayan leído todos los libros anteriores.
Este es el último libro de la serie Dark Verse. Temáticamente, es el más oscuro de todos. La moralidad no existe y la humanidad es malvada. Por ello, hay ciertos temas oscuros en su contenido. Aquí tenéis una lista detallada de todos ellos, para que podáis decidir si vais a estar cómodos y cómodas con la lectura:
Escenas explícitas para adultos, contenido sexual en detalle, violencia explícita, sangre, muerte, duelo, asesinato, tortura, menciones al suicidio, menciones a la idealización del suicidio, tráfico de personas, esclavitud sexual, menciones a agresiones sexuales, complicaciones en el parto, posparto, menciones al aborto y a la pérdida de un bebé, menciones a la pérdida de un progenitor, menciones a la pérdida de un hermano o hermana, amnesia, consentimiento no consensuado, somnofilia consensuada, estrangulamiento consensuado, menciones a fantasías sexuales de embarazo y amamantamiento, incendio provocado, desorden de estrés postraumático, depresión, ansiedad, menciones a ataques de pánico.
Vuestra salud mental es lo que importa. 
Si decidís seguir leyendo, espero que disfrutéis de este último viaje por el Dark Verse conmigo.
Con amor,
RuNyx
LISTA DE REPRODUCCIÓN
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Así empieza el fin
Desconocido
Ciudad Tenebrae, 1985
En una noche fría y oscura de invierno en la que el viento aullaba y los cielos diluviaban, dos hombres de la Organización Tenebrae se reunieron en ninguna parte con dos hombres de Puerto Sombrío.
Él también estaba allí, un quinto hombre, un negociador. No sonreía, no era agradable, se mostraba infeliz…, un representante de una organización sobre la que casi nadie sabía nada. Asistir a aquella reunión no estaba en su lista de prioridades, sobre todo porque se estaba congelando hasta los huesos. Pero claro, convertirse en un dios tenía su precio. Estaba ascendiendo por el escalafón; casi se encontraba en lo más alto. Había ido pisando las cabezas de cabrones avariciosos y hambrientos, como los que asistían con él a aquella reunión. Hombres de negocios tan listos que acababan balbuceando como idiotas ante el primer atisbo de verdadero poder. Apenas habían probado una gota y ya estaban borrachos. «Necios».
Resopló por dentro al tiempo que sentía en su interior un cierto desapego. Mientras esperaba a que llegasen hasta él los coches, no se le ocurrió qué más podía intentar conseguir en la vida. Lo tenía todo: dinero, poder, influencia. Tenía una familia que le adoraba y un lugar en el que podía dar rienda suelta a sus perversiones. Era dos hombres a la vez: fiel esposo y enemigo descontrolado, padre amantísimo y demonio inhumano. Sin embargo, a todo se acostumbraba uno. Últimamente notaba un arrullo, una especie de letargo que se instalaba en su interior. Era como si se sintiese incompleto con todo, daba igual lo que hiciera o en lo que participara. Se alimentaba sin cesar, pero seguía hambriento. Últimamente se preguntaba qué sería lo que rompería aquella racha.
El hastío suponía el fin para todo el mundo.
Cualquiera habría sentido miedo, pero él no. Él pensaba de otra manera. El letargo con la vida era una oportunidad para encontrar algo nuevo, una oportunidad para sacudir el avispero y enseñarle al mundo algo que jamás se hubiese visto. Se apoyó en su coche y un viento frío le sopló en la cara. Los dos vehículos se detuvieron. Aquellos hombres que se creían aliados de la organización se bajaron. «Idiotas». Deberían saber que en aquel negocio no había aliados.
Últimamente tampoco había enemigos. Todo resultaba demasiado fácil.
Quizá de ahí nacía su aburrimiento. Necesita un adversario digno. Pero no había ninguno.
Quizá debería crearse uno a su medida.
Aquel pensamiento arraigó en su mente y empezó a dar vueltas y a crecer… hasta convertirse en una idea fea y retorcida.
Les dio la bienvenida a aquellos hombres con una sonrisa.
El hastío se agrietó.
parte i
HONTANAR
Esta cosa de la oscuridad la reconozco como mía.
William Shakespeare, La tempestad
1
Dainn
Gladestone
La oscuridad era como su hogar. No, se corrigió. La oscuridad era como una casa en la que hubiera vivido durante muchos años. Una casa cuyas habitaciones, huecos y grietas se conocía de cabo a rabo, tanto que podía deambular por ella con los ojos cerrados. El hogar, su hogar, era ella: una mujer pequeña y menuda con el cabello llameante, una risa extraña y un alma iluminada por la luz de la luna que despertaban en él las ganas de creer en ciertas ideas que hasta entonces solo había conocido como concepto teórico. Creencias que no había comprendido hasta que la conoció.
—¡Estás haciendo trampas! —exclamó ella, y le lanzó una mirada que habría matado a otro tipo de hombre.
Aquella mirada de ojos verdes estaba tan llena de vida que él se sintió orgulloso de habérsela devuelto. Se preguntó cuándo volvería a verla brillar, y sintió una punzada en el pecho con cada segundo que pasaba, pues sabía que su tiempo era limitado. Mientras contemplaba el diminuto ceño fruncido de concentración y aquellos labios apretados al concentrarse en las cartas, se preguntó hasta qué punto iba a cambiar todo. Porque todo iba a cambiar. En el mismo instante en que le dijera lo que iba a suceder, el instante en que su mundo se expandiera para incluir a otra gente que acabaría siendo importante para ella, todo cambiaría.
Cuando se trababa de aquella chica, a Dainn no le gustaban los cambios, sobre todo los que no podía controlar. Y, sin embargo, tenía que sacrificar algo sin sacrificarla a ella. Justo esa era su definición de amor, ¿no?
Tenía que decírselo. Pero, conociéndola, sabiendo cómo funcionaba su mente, hasta qué punto se la comía por dentro la ansiedad, Dainn supo que tenía que esperar hasta el último instante. De lo contrario, ella se pasaría todo el tiempo dándole vueltas a la cabeza hasta volverse disfuncional y, probablemente, ponerse enferma. Su pequeña flamma era fuerte, aunque no se diera cuenta de ello, pero ahora también estaba frágil. Su corazón, el diminuto órgano bajo aquellos deliciosos pechos, era demasiado grande, sentía demasiado y latía con demasiada rapidez. Y, sin embargo, si cesaba de hacer alguna de aquellas cosas exactamente como las hacía siempre, Dainn no sabía en quién acabaría convirtiéndose. Ella era su norte, su única constante, la única luz en su mundo tenebroso.
—No son trampas —le dijo mientras se grababa en silencio aquel momento en la memoria para volver a vivirlo durante el tiempo en que no la tuviera a su lado—. Tienes que aprender a tirarte mejor los faroles.
Ella puso un mohín, una expresión que le recordó a las pequeñas e inofensivas criaturas que el mundo solía considerar adorables. Joder, la verdad es que estaba adorable cuando se ponía así. No era una palabra que él hubiese pensado que usaría para describir a nadie. Los bebés, los cachorros y los gatos recién nacidos podían ser adorables, pero no le provocaban por dentro la calidez que ella sí conseguía, como si el frío jamás fuese a tocar sus huesos de nuevo mientras ella ardiese a su lado.
La chica tiró las cartas sobre la mesa, soltó un sonoro suspiro con aquella exasperación desmedida que tanto le divertía. Cuando no se salía con la suya se ponía de mala leche. «Adorable».
Un viento suave le acarició los rizos sueltos y los agitó perezosamente, como llamas en una chimenea. Estaban los dos sentados en el balcón de su suite en el hotel, en uno de los últimos pisos. Era tarde y, si por él fuera, se habría pasado todo el tiempo en la cama con ella, devorándola, profanándola, destruyéndola de un modo que se le quedaría grabado en los huesos, para que nada ni nadie pudiese sacarlo de su ser. Pero ella, sin saber lo que estaba a punto de pasar y para distraer la mente de las revelaciones a las que se había enfrentado en las últimas veinticuatro horas, había querido hacer algo normal, algo benigno, algo ridículamente rutinario. Así pues, Dainn había empezado a enseñarle a jugar a las cartas. Se moría de la risa, porque la chica era del todo incapaz de aprender a jugar. Su flamma sabía hacer muchas cosas, pero entre ellas no se contaban las habilidades de tahúr y farolera.
Ella miró por la ventana, hacia la oscuridad de Gladestone. La vista era bastante anodina. La ciudad, también. Era una jungla de cemento oscuro cuyo lustre estaba pulido de desesperación e indigencia. Edificio a edificio, calle a calle, callejón a callejón… Los centros corporativos e industriales escondían repugnantes horrores bajo la superficie. Ahora, aquella vista quedaba ante ella, justo a sus pies, listo para que la aplastase de un taconazo. Teniendo en cuenta todo lo que iba a hacer a su lado, resultaba casi poético verla contemplar todo lo que había abusado de ella, consciente e inconscientemente. Ahora estaba sentada en la cumbre junto a él, y miraba la misma ciudad que la había aplastado entre sus fauces para luego escupirla como una más de los incontables humanos sin rostro que la poblaban. Sin embargo, aquellos sin rostro no eran suyos. Ella, sí.
Aquella suave y reflexiva energía la rodeó. Alzó los pies para apoyarlos en la silla y se abrazó las rodillas, dejó caer la cabeza en ellas y miró por la ventana. Él se maravilló un instante al ver aquel movimiento; era capaz de plegarse sobre sí misma, hacerse tan pequeña que podría haberse escondido dentro de un mueble. Se preguntó si lo habría aprendido a lo largo de los años y si ahora lo hacía de manera inconsciente cuando se sentía ansiosa. Dejó las cartas sobre la mesa y la miró de arriba abajo. Tenía un aspecto etéreo, irreal, casi como un espectro que fuera a desaparecer si él parpadeaba.
Y así sería. Habían pasado casi veinticuatro horas desde que Dainn le envió el mensaje a Morana. El reloj no paraba de correr. El tiempo que le quedaba con ella, así, en un mundo compuesto solo por ellos dos, en el que existían puramente el uno con la otra, estaba a punto de acabar. Llegarían otros que también la amarían, que la querrían, que la protegerían. Él volvería a quedarse solo, existiría en las sombras mientras que ella viviría en la luz. Sintió un fuerte nudo en el pecho.
—¿Dainn?
Su voz atrajo la atención de Dainn exclusivamente de nuevo hacia ella. Al oír su nombre, sintió una explosiva oleada de dulzor en la lengua. Joder, iba a echar de menos la sensación física de oírla hablar, de sentirla cerca, de que estuviera presente. Resultaba increíble lo mucho que podía calmarlo y enloquecerlo a un tiempo. Le inspiraba el caos y la calma a partes iguales.
Dainn alargó la mano y le agarró un mechón de pelo. Sintió la suavidad entre los dedos.
—¿Sí?
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó al final.
Él sabía que había tardado un poco en procesarlo todo, y por eso le había concedido tiempo. Con Lyla había aprendido que la paciencia era la clave. Era como las rosas negras que le gustaba cultivar para regalárselas. Necesitaban el suelo adecuado; la cantidad adecuada de luz, de sol, agua y alimento; la cantidad adecuada de cuidados y paciencia… Todo ello para florecer. Y, lo que era más importante, al igual que las rosas, ella necesitaba a alguien dispuesto a arrancar las espinas, alguien dispuesto a sangrar por sus flores.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó él.
Era él quien había enviado el mensaje, sabiendo que era lo que Lyla necesitaba. Pero le bastaría una sola palabra por su parte para desaparecer con ella en menos de un latido hasta que se sintiera preparada. En lo más profundo, la parte más egoísta de él esperaba que aún no estuviera lista. Sin embargo, otra parte de él recordaba su definición de amor, de lo que necesitaba; esa parte sabía que necesitaba algo que él no le podía proporcionar. Y, aunque nunca se le había ocurrido que fuese necesario sacrificar sus deseos más egoístas, aunque nunca hubiera estado dispuesto a hacer algo así, Lyla era la única excepción.
Por ella estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Aunque odiase cada segundo del proceso.
Lyla giró el cuello y lo contempló. Aquella mirada le impactó entre las costillas. La vida, la vulnerabilidad, la confianza que destellaban en sus ojos le corrieron por las venas.
—No lo sé —susurró con palabras casi tentativas, temerosas.
No tenía nada que temer, mientras él siguiera con vida. Y Dainn planeaba vivir una larga vida con ella.
—¿Sigues confiando en mí? —preguntó.
El hambre que sentía su corazón, un hambre que le provocaba la confianza de Lyla, jamás se saciaba. Dainn no comprendía qué era lo que tenía su confianza, pero se había convertido en el elixir y la kriptonita de todo su ser.
Ella asintió. Aquel sencillo asentimiento le provocó una salvaje ráfaga de energía por dentro. El desánimo que había sentido por su inminente separación se esfumó. De todos modos iba a ser temporal. Si contaba con su confianza, sería capaz de hacer cualquier cosa. Apartó la mesa a un lado con una mano y, con la otra, la agarró de la cintura y se la acercó. A ella se le aceleró la respiración cuando Dainn se la puso encima. Pesaba algo más que cuando la encontró. Sus curvas se habían acentuado durante los meses que había pasado bajo su cuidado, gracias a las recetas que había aprendido a cocinar. Aun así, seguía siendo delgada. La sentó a horcajadas sobre sí y le llevó las manos al pecho. La camiseta que llevaba puesta —una de las muchas que le había robado de su lado del vestidor— se le subió por las caderas. Dainn pudo verle el coño desnudo junto a su entrepierna. Los separaba solo la tela de su chándal.
Sus manos pequeñas y suaves se deslizaron sobre los hombros de él, sobre el lateral del cuello. Sus caricias eran seguras, casi posesivas. Él disfrutó del contacto… Tanto de aquella posibilidad como de la callada seguridad que tenía con él.
—No sé por qué te pones siempre tan caliente —resopló ella en voz baja, con una suave sonrisa en la cara. Negó con la cabeza como si Dainn se estuviese comportando de forma ridícula.
Él la apretó contra sí. Sus manos le recorrieron la pequeña cintura. Ambos entrelazaron las miradas.
—Ya te lo he dicho. Tu confianza me pone cachondo.
Ella se limitó a negar con la cabeza una vez más, como si la mera idea fuera demasiado extraña como para comprenderla. Quizá era así. El cerebro de Dainn era diferente, sus procesos mentales eran distintos, así que quizá su apego también variaba. Quizá Lyla no lo entendía, pero lo aceptaba, lo aceptaba a él, tal y como era. «Qué idea tan novedosa».
—Tu hermano y sus amigos van a encontrarte —le dijo Dainn, que se limitó a contarle a las claras la verdad.
Aunque carecía de principios, de moral y de consciencia, prefería no mentirle. Sencillamente, era un modo de que Lyla comprendiese que era una excepción; de que entendiese que, aunque Dainn le mentía al resto del mundo, ella era la única excepción, la única cláusula especial, la única persona con la que él era sincero.
Por eso Dainn sentía que Lyla era la casa que nunca había tenido, su hogar.
Lyla le apretó con más fuerza los hombros, la primera señal de que empezaba a entrar en pánico creciente. Se le cambió la cara, aquella hermosa cara que no escondía nada ante cualquiera dispuesto a mirarla, un libro abierto y escrito en todos los idiomas conocidos por la humanidad.
—¿A qué te refieres? ¿Cómo que van a encontrarme?
El siguió agarrándola con firmeza de las caderas para mantenerla sujeta. Le contó la verdad:
—Morana, la chica de tu hermano, es una hacker. Es muy lista, y lleva tiempo peinando todos los rincones de la red en busca de algún rastro que lleve hasta ti. Anoche le mandé una pista importante.
Los ojos de Lyla se desorbitaron. Le clavó las uñas en los músculos de un modo que le recordó al sexo, sobre todo cuando le metía la polla, esa primera sensación al introducirle los piercings, cuando ella se la apretaba con fuerza
—Dainn —susurró su nombre en tono de puro pánico, una emoción que le dejó un sabor agrio en la boca.
Por más que le gustase aquel deje de miedo, sobre todo en situaciones sexuales, en realidad no le agradaba cuando se trataba de terror emocional. Dainn solo conocía un modo efectivo de convertir aquel miedo en algo más paladeable, un modo que había conseguido calmarla todas y cada una de las veces anteriores. Adelantó el cuello y le succionó el pezón por encima de la camiseta. La tela se humedeció y el pezón se puso duro. Lyla ahogó una exclamación y se apretó contra él de un modo muy familiar.
—Tenemos que hablar de todo esto —afirmó ella, y lo apartó. O más bien lo intentó.
—Pero si lo estamos hablando —dijo él, pegado a su pecho, y le dio un mordisco en el lateral.
Ella intentó mover las caderas, pero Dainn la inmovilizó. Percibió la humedad de su entrepierna sobre el chándal. Bajó los dedos y sintió sus jugos en la piel; su aroma era lo único que permitía que se le pegase. La abrió con los dedos y le acarició los bordes de la abertura, sin llegar a tocarle el clítoris, cada vez más pulsante, ni tampoco a introducírselos. A Lyla se le escapó un sonido parecido a un maullido, el mismo que solía emitir de deseo y frustración cada vez que Dainn jugueteaba con ella. Era un requerimiento, una queja, todo ello mezclado con una lujuria tan potente que Dainn sentía que se colocaba cada vez que lo oía. Aquello la distraía de su miedo, pero no podían escapar de aquella conversación.
Siguió acariciando de los bordes del clítoris un poco más y disfrutó de los ruidos que hacía Lyla, pero mantuvo la mente centrada.
—Morana habrá descubierto el mensaje que le envié mañana como muy tarde —le dijo, al tiempo que se acercaba a su cuello a sabiendas de que tocarle el punto justo bajo la oreja le provocaba una enorme excitación por todo el cuerpo.
Dainn se conocía el cuerpo de Lyla como si fuese su propio texto sagrado, rezaba cada día en su altar y recitaba sus versículos a cada oportunidad que se le presentaba. Sabía exactamente dónde besarla con ternura para derretirla, y dónde debía morderla con fuerza para humedecerla. Sabía dónde apretar, de dónde tirar, dónde arrodillarse, hasta que ella bendijese su existencia.
—¿Por qué lo has hecho? —consiguió pronunciar ella, y luego soltó un gemido.
Dainn le lamió aquel punto bajo la oreja, con los dedos ya empapados. El aroma de su piel, que era de flores y de fuego, lo inundó.
—Porque —la acarició con la nariz— lo deseas.
—¿Y qué pasa, que me das todo lo que deseo? Siempre cuando lo desee contigo, ¿no?
Lyla sabía bien las profundidades de su posesividad.
—Sí.
Ella le apartó las manos de los hombros y las bajó hasta los pantalones de chándal. Se lo apartó para sacarle la polla. Él le llevó la mano a las caderas al tiempo que Lyla se le acomodaba encima, carne contra carne. Se restregó contra él y empapó los piercings de metal de su polla, reclamando para sí el placer que quería de él, como si tuviera todo el derecho. Con la excitación, Dainn se sintió colmado de algo parecido al afecto o a la adoración. Para ser sincero, no sabía de qué se trataba, pero era suave, menos duro que su oscuridad habitual. Contempló cómo Lyla buscaba su placer, se contempló abiertamente a sí mismo y la sexualidad de ella. Era consciente del trauma que había sufrido y por eso se maravilló ante su resiliencia. Permitió que disfrutara un momento, paladeando la gloria de presenciar su confianza al haber dejado atrás ese trauma.
—¿Y qué pasará cuando me encuentren?
Pronunció aquella pregunta sin aliento. Movía sinuosamente las caderas con una fluidez innata que era parte inherente de ella.
—Creo que te llevarán con ellos a casa —afirmó.
Al oír aquellas palabras, Lyla se detuvo de pronto. El deseo en sus ojos menguó para dar paso a unas lágrimas incipientes que Dainn sintió como una cuchillada en las costillas.
—¿Vas a dejarme marchar? —Le temblaron los labios—. ¿Me vas a… abandonar? Dijiste que no lo harías.
De pronto se apartó de él; intentó alejarse con una energía frenética que Dainn supo que debía aplacar de inmediato. La agarró con más fuerza de la cintura con una mano al tiempo que con la otra la sujetaba de la barbilla para que se tranquilizase y estabilizase, con los ojos fijos en ella. A Lyla se le escapó del ojo derecho una lágrima que le corrió por la mejilla y cayó sobre la palma de la mano de Dainn, que le acariciaba el mentón.
—¿De verdad crees que estaría dispuesto a abandonarte? —le preguntó en tono quedo, con la voz fría por el hecho de que ella hubiese sido capaz de pensar algo así después de tanto tiempo—. ¿De verdad crees que te vas a librar de mí?
A ella le destellaron los ojos, pero se mordió el labio.
—No. Pero es que eso es lo que me estás diciendo. —Le salió como una leve acusación.
Él le dio un beso intenso, con toda su determinación, para contagiarle la misma obsesión que sufría… o lo que cojones fuera, porque ya ni siquiera él mismo reconocía lo que sentía por ella. Lyla le permitió besarla, se abrió, se desplegó, aceptó el beso.
—Prefiero que nos convirtamos en ceniza antes que separarnos —murmuró Dainn, pegado a su boca. A Lyla se le alteró la respiración. Él sabía que le gustan sus palabras, que le eran muy preciadas y las tenía siempre cerca del corazón—. Jamás pienso dejarte marchar.
Se echó hacia atrás y le acarició aquella pálida mejilla inmaculada con el dorso de los dedos, cubiertos de cicatrices de quemaduras.
—Piensa que es una aventura temporal.
Ella tragó saliva.
—¿Por qué? —preguntó, en tono inocente y acusador al mismo tiempo.
—Porque estás embarcada en un viaje de autodescubrimiento, de sanación. Tienes que alzarte de tus propias cenizas —le recordó—. Estás descubriendo quién eres, y tu mente por fin está lista para enfrentarse a tu pasado. Eres una criatura emocional, flamma. Necesitas todos esos pedazos para sentirte entera y feliz. Y resulta que a mí me gusta que seas feliz.
Ella le acarició el pelo con los dedos.
—Pero ¿y si jamás me siento entera? ¿Y si, después de pasar por todo, me siento… vacía?
Dainn le alzó las caderas y se metió poco a poco dentro de ella. Lyla puso los ojos en blanco y le clavó las uñas en los músculos. Sus paredes interiores se tensaron, dolientes, alrededor de la polla de Dainn. Incluso después de tanto tiempo, tardaba un poco en acostumbrarse a tenerlo dentro, a los piercings y a su tamaño y a la envergadura, que la llenaba hasta el borde de un modo al que sabía que se había vuelto adicta.
—¿Te sientes vacía? —le preguntó, y contempló atentamente su rostro en busca de alguna reacción.
A ella le temblaron los labios. Entornó los ojos.
—Contigo, no.
—Conmigo, nunca. Pase lo que pase, conmigo nunca estarás vacía.
Esta vez fue ella quien lo besó, pues sabía que sus palabras iban más allá de lo físico. Se inclinó hacia delante y capturó los labios de Dainn con los suyos.
—Te quiero —le dijo Lyla.
Aquellas palabras, su voz, su presencia, todo ello se convirtió en otro recuerdo fijo que se le grabó en lo más profundo del cerebro, que prendió fuego a su sinapsis e inundó sus neuronas con químicos que lo hicieron sentirse invencible. El órgano que tenía entre las costillas empezó a latir con más fuerza, con algo muy cercano a esa emoción que ella llamaba amor. Era lo más que él podía sentir, un amor como el que ella le había descrito.
—Ya lo sé —le dijo, como siempre le decía. La apretó contra sí, consciente de que Lyla comprendía que era una criatura rota, que comprendía que así era él, y lo amaba de todas maneras.
Luego empezó a moverse en su interior, a besarla con más fuerza, a paladear tanto su sabor como el recuerdo, pues sabía que cada vez les quedaba menos tiempo juntos.
2
Amara
Ciudad Tenebrae
Ser madre era agotador. Ser madre y esposa de un mafioso era el doble de agotador. Tempest, la luz de su vida, la alegría de su corazón, la fuerza de su alma, tenía los pulmones de una bestia. Amara la amaba pero, por Dios, Tempest hacía honor a su nombre. Y eso que solo tenía un año. Que Dios los amparase a todos cuando fuese mayor. Tanto Dante como ella estaban muy cansados, y no solo por los primeros dientes de su hija, que ya empezaban a salir y no les dejaban dormir.
Amara se crujió el cuello tras entrar en el nuevo centro de rehabilitación. Le dio las gracias al sentido común aquella mañana por haberse puesto zapatos planos en lugar de tacones. Con toda sinceridad, aquellos días no tenía fuerzas ni para salir de la cama. Gracias a su marido, su maravilloso y considerado marido, que le había permitido dormir unos preciados minutos extra mientras él se ocupaba del bebé y gracias a su madre, que era una auténtica experta a la hora de cuidar de la pequeña nieta, Amara se sentía algo más relajada ahora que había podido salir de la casa por primera vez en una semana.
El tiempo había empezado a cambiar poco a poco en la ciudad. Las vivas colinas verdes empezaban a adoptar un tono más rojizo y anaranjado. El frío de la nueva estación empezaba a soplar. Amara se arrebujó en su elegante chaqueta —una de las nuevas, que se adaptaba a su cuerpo más voluptuoso después del embarazo mucho mejor que las antiguas— y entró en el enorme complejo nuevo en el que habían instalado el centro de rehabilitación, a pocos kilómetros de la ciudad, no muy lejos del complejo de los Maroni donde estaba su hogar.
El nuevo centro, al que Amara denominaba «New Haven» en su mente, había abierto hacía pocas semanas, apenas un año después de empezar. Estaba construido en un gran terreno, propiedad de la familia Maroni, que ahora era su apellido, tal y como ella misma tenía que recordarse a veces. Dante había cedido aquel terreno para el proyecto. Era un buen comienzo para lo que Amara esperaba que con el tiempo fuese algo a mucha mayor escala. De momento, había tres edificios con personal de seguridad en el complejo. Dos de ellos en residencias diseñadas para dar cobijo a los niños rescatados de las garras del tráfico de personas que operaba el Sindicato. Un edificio se destinaba a las clases, a la comida y a los despachos del personal, que incluía psicólogos, profesores y administrativos. En comparación, era un proyecto a menor escala, pero lo prioritario había sido levantarlo lo antes posible, no hacerlo grande. Por suerte, dado que Amara era la esposa del jefe de la organización, cumplir plazos a gran velocidad no había sido problema.
Amara había supervisado personalmente todos los diseños de aquel lugar, y había trabajado junto con el personal que lo había construido desde los cimientos. Era un proyecto que nacía de su propia pasión. Lo albergaba en el corazón, así como a todos sus seres queridos.
—Buenos días, doctora Maroni.
Amara se detuvo en el recibidor y vio a Nellie, la señora de mediana edad que había contratado ella misma para gestionar el complejo y que se ocupase de todo a diario. Nellie, que había nacido en Tenebrae, ya había trabajado en un puesto similar en un internado masculino. Aunque la rodeaba un aire de estricta disciplina, Amara había percibido de inmediato su bondad interior, y había comprendido que era la opción perfecta para ocuparse de los niños que vivirían allí, esperaba que temporalmente.
—Buenos días, Nellie —la saludó Amara con una cálida sonrisa—. Siento haber estado ausente toda la semana. A Tempest le están saliendo los dientes y pronto va a cumplir un año. Ha sido todo más que frenético. ¿Me he perdido algo? Hazme un resumen, por favor.
Nellie se llevó las manos a su camisa gris, un gesto que Amara ya había visto que solía hacer por costumbre antes de lanzarse a hablar. Usaban un atuendo sencillo para el personal, de manera que los niños se sintiesen algo más en casa.
—Contando con la última remesa, tenemos un total de treinta y seis chicos ahora mismo, de entre cuatro y catorce años —empezó a decir Nellie mientras las dos recorrían el recibidor—. Todos tienen reuniones con nuestros tres terapeutas una vez por semana, y reciben diferentes clases grupales, entre tres y cinco veces a la semana. A todos les encantan las películas que ponemos el fin de semana. Hemos sacado a algunos al exterior. La habitación de juegos también está lista. Estamos esperando a que usted le eche un vistazo para abrirla.
Amara digirió toda la información y se encaminó al amplio espacio abierto que llevaba a los tres edificios. Miró en derredor y vio a varios niños jugando al pillapilla. Por desgracia, en el año que llevaban buscando apenas habían encontrado remesas de niñas; solo habían rescatado a aquellos niños. Algunos estaban sentados en la hierba mientras disfrutaban del sol. Varios cuidadores, a los que Amara había contratado personalmente y Dante había aprobado, los tenían vigilados para asegurarse de que todo el mundo estuviera a salvo. Era fin de semana, y esos días no había ni clases ni sesiones de terapia. Ponían películas y dejaban que los niños fueran niños. La escena le calentó el corazón de un modo que jamás habría imaginado si no fuese madre. Tanto amar a un bebé como perder a otro la habían cambiado por dentro. Inspiró el aire fresco y se ancló a sí misma en el presente.
—Ha llamado el detective —prosiguió Nellie mientras contemplaban a los niños. Dos chicos de apenas cinco años jugaban a las peleas en la hierba entre risas; el sonido tintineaba en el viento como hermosas campanillas.
—¿Alguna novedad? —preguntó Amara al tiempo que saludaba con la mano a un chico que le sonrió.
Todos los niños la conocían. Era ella quien hablaba con todos en un primer momento, antes de presentarles a los demás doctores. Algunos días les llevaba dulces y sabía que justo por eso les gustaba más que los otros. Pero le daba igual. Le gustaba ser su favorita, le gustaba el modo en que se iluminaban los ojos de todos ellos cuando la veían. Era algo tan puro, tan precioso, que a Amara no le entraba en la cabeza que aquellos monstruos hubieran intentado mancillar y arruinar la luz de aquellas miradas.
—Han localizado a las familias de tres de los chicos —le dijo Nellie—. Dos de ellas habían denunciado las desapariciones, pero la otra, no. El detective está investigando a esa tercera familia, pero de momento, cuando las otras dos vengan, recogerán a los chicos. Seguramente será mañana.
Amara asintió. Sentía felicidad en el corazón al pensar que las familias que habían perdido a sus seres queridos se reunirían al fin con ellos. Sabía de primera mano lo que dolía verse separada de la gente a la que una amaba. Y aún peor era, lo sabía bien gracias a Tristan, perder a un ser querido sin saber su paradero. Cada vez que iba una familia a recoger a su hijo, Amara recuperaba la fe en que algún día, tarde o temprano, todos acabarían reunidos y sanándose con amor, curándose de las heridas que les habían infligido tanto el tiempo como la distancia.
—Por favor, asegúrate de que todo vaya bien —repuso Amara, aunque no hacía falta decirlo. Nellie no solo era buena en su trabajo, sino que también era apasionada y protegía mucho a aquellos niños. Era algo que Amara respetaba mucho de ella.
Al principio, cada vez que llegaba una familia, Amara había querido estar presente. Pero ser madre primeriza, esposa y gestora de todo el centro había empezado a pasarle factura. Había sido entonces cuando Nellie había tomado las riendas. Amara sabía que si Nellie percibía que había algo raro, no permitiría que ningún niño se marchase antes de llamar a Amara o al propio Dante. Sabía lo que se jugaban, por eso Amara sentía que podía confiar en que cargase con la gestión.
—¡Doctora Amara! —gritó un chico desde el césped, y corrió hacia ella tan rápido por la ligera pendiente que acabó estrellándose contra ella de pura emoción.
Amara se quedó sin respiración e intentó estabilizarse, al tiempo que agarraba al pequeño de siete años para que no se cayese de culo.
—Ve con cuidado, Lex —le riñó, para luego ablandarse.
Tenía debilidad por aquel chico. Era uno de los primeros con los que había establecido un vínculo en aquel lugar, el único que quedaba de la primera remesa que habían encontrado. Había formado parte del grupo de Xander y, aunque este había pasado a formar parte de su familia mucho más que cualquiera de los otros chicos, que habían terminado regresando a sus hogares, Lex era el único que seguía allí sin familia. Era huérfano; su familia había muerto en un accidente de coche. Lo había criado su abuela, que había fallecido el año anterior y lo había dejado muy vulnerable. Amara sentía una debilidad especial por Lex debido tanto a su historia como al hecho de que fuera el único chico que quedaba del primer grupo, además de haber visto que todos los demás se iban pero él se quedaba. Lex era un chico muy hermoso con un corazón especial. Amara sabía que su familia había muerto y que no tenía a nadie ahí fuera. Había sufrido todo tipo de horrores de los que ella estaba al tanto gracias a sus sesiones de terapia y, sin embargo, tenía una sonrisa muy contagiosa y un corazón completamente iridiscente. Amara lo amaba igual que amaba a Xander.
Hablando de él…
—¿Puedo hablar con Xander, por favor? —preguntó Lex como si le hubiera leído el pensamiento a Amara.
Sus ojos y cabellos oscuros resplandecían de buena salud. La miró con un aire angelical suplicante. Ponía esa expresión cada vez que Amara iba de visita. A los chicos no se les permitía usar teléfonos; por eso Lex iba a buscarla a ella. Sabía que Xander estaba con sus amigos, así que le pedía que lo llamase para poder hablar con él. Resultaba bastante adorable.
—Ya que me lo preguntas con tanta educación… —Amara le sonrió, sacó el teléfono y marcó un número que estaba en su lista de contactos frecuentes gracias a aquel chico.
El timbre sonó dos veces, y contestaron.
—Hola —dijo una voz calmada y joven.
Xander era un enigma, una palabra que Amara jamás había pensado que usaría para describir a un niño. Había visto sus evaluaciones psicológicas, porque Tristan y Morana le habían dado acceso a sus archivos, y se había quedado sin palabras. El pasado de Xander era un absoluto misterio. No había registros de su nacimiento ni de su vida antes de que lo encontrasen. La edad que tenía ahora era una estimación, porque nadie la sabía a ciencia cierta y él tampoco parecía capaz de decirla. Tenía una inteligencia exagerada, lo cual dificultaba aún más establecer su edad correctamente, así como una personalidad algo más oscura, más sombría de lo que correspondía a ningún chico joven. Siempre era muy callado, siempre respetuoso, y siempre observaba. No es que estuviese en el espectro autista, ni que tuviese altas capacidades. La intuición de psicóloga de Amara le decía que había algo más que ninguno de ellos sabía especificar. Esperaba, por el bien de todos, que esa parte oculta no acabase trayendo el peligro a su puerta.
—Hola, Xander. Aquí Amara.
—Ya sé que eres Amara —dijo el chico en el mismo tono apagado—. Tengo guardado tu contacto.
Por supuesto que sí. Amara lo llamaba tres veces por semana. Morana le había dado un teléfono para él solo, para que pudiera llamar a cualquiera de ellos en todo momento. Aunque el pasado de Xander inquietaba a Morana, ella también sentía un gran respeto por su inteligencia y se negaba a tratarlo como a un niño pequeño. Tristan, por su parte, se comportaba con él… como Tristan.
—Lex quiere hablar contigo —empezó a decir Amara, y el niño alargó la mano para que le diera el teléfono.
Ella soltó una risa entre dientes y le pasó el móvil al chico, que retrocedió unos pasos para hablar en privado con su amigo.
—¡Hola, Xan! ¿Cómo estás? ¿Me echas de menos? Quería hablarte de…
La voz de Lex se perdió mientras este se alejaba hasta el borde del claro y se sentaba en la hierba. Era algo que hacía cada pocos días, y Amara se lo permitía por lo que sabía sobre él. Había algo hermoso en el vínculo que habían forjado los chicos en sus circunstancias y a aquella temprana edad. Amara quería alentar aquella relación, esperaba que creciese de forma orgánica y poderosa, que se convirtiese con el paso del tiempo en una amistad como la que tenían Dante y Tristan. Tener a un verdadero amigo cerca suponía una gran diferencia, sobre todo en épocas difíciles. Amara lo sabía por experiencia propia, por eso deseaba que los dos chicos siguiesen nutriendo aquella relación.
Sintió una punzada en el corazón al pensar en sus amistades. Vin, uno de sus amigos más íntimos y antiguos, se había infiltrado dentro del Sindicato hacía casi un año. Le enviaba a Dante noticias cada vez que podía, pero Amara le echaba muchísimo de menos, sobre todo porque hacía tiempo que no sabía nada de él. Esperaba que saliese de aquella operación sin sufrir daño alguno, pero aunque no fuera así, estaba dispuesta a ayudarle a curarse, del mismo modo que él la había ayudado hacía mucho tiempo. Las cicatrices en sus muñecas, escondidas bajo las pulseras, le hormiguearon con el feo recuerdo de su pasado.
Apartó de sí esos pensamientos y contempló a Lex hablar por teléfono mientras jugueteaba con la hierba. Decidió preguntarle por él a Nellie:
—¿Qué tal le va?
—Sorprendentemente bien —respondió ella—. Se porta de maravilla y se asegura de que los demás que están con él también lo hagan. Se ha convertido en la persona que mantiene el buen humor en el grupo e interrumpe las peleas. Los chicos acuden a él cuando necesitan algo.
—Es un líder —musitó Amara mientras contemplaba al chico hablar con total concentración.
Nellie asintió.
—El doctor Armstrong cree que o bien es una fachada o reprime lo que siente, pero es demasiado pronto para decirlo a ciencia cierta. Necesita más tiempo para tener una evaluación concluyente.
Amara lo comprendía. Incluso en general, aquellas evaluaciones podían ser peliagudas, y mucho más con niños. Era importante tomarse su tiempo y asegurarse antes de dar algún tipo de diagnóstico. Se jugaban mucho y podían llegar a tener un impacto grandísimo en la vida de cualquier niño, o peor aún, en sus traumas. Por experiencia propia, Amara sabía de buena tinta que cualquier chico que hubiese pasado por todo lo que había experimentado Lex tendría varios traumas encima, conscientes o inconscientes. Sin el cuidado adecuado, esos traumas podían manifestarse de muchísimas maneras, algunas de ellas extremadamente peligrosas.
—Mantenle un ojo echado, por favor —le pidió a Nellie—. Quiero saber si sufre algún cambio de comportamiento, el que sea.
Esperaba que no fuese así, o al menos no muy negativo. Confiaba en que le fuese bien, en que tuviese una vida fabulosa, llena de amor y alegría. Estaba dispuesta a hacer todo lo que estuviera en su mano para asegurarse de que así fuera.
Algunos otros chicos la saludaron de viva voz o con la mano. Amara paseó la vista por el pequeño complejo, contempló las vidas en las que tanto había impactado una única entidad malvada. No sabía mucho sobre el Sindicato. De hecho, ninguno de ellos había sabido nada de la organización hasta que Morana había entrado a formar parte de sus vidas. Cuando Morana y Tristan empezaron su relación, fue como abrir la caja de Pandora, con la ayuda del Segador y el Hombre Sombra, que los habían guiado hasta el Sindicato. La organización llevaba en activo desde hacía décadas. De hecho, el trauma de Amara era culpa de ellos, si bien solo lo había ocasionado Xavier, su padre biológico, que era miembro de la organización. Y, sin embargo, no habían descubierto la existencia del Sindicato hasta hacía poco. Había demasiadas incógnitas sobre la mesa, variables sobre las que no sabían nada.
Además, el tipo del aeropuerto de Morana, que estaban seguros de que se trataba del Hombre Sombra, parecía saber mucho, pero no estaba dispuesto a compartir nada. Amara se preguntó a qué estaba jugando aquel tipo. ¿Era un narcisista que jugueteaba con ellos o bien un vigilante que operaba en las tinieblas? ¿Se trataba de un juego de poder o lo alimentaba algo distinto? ¿Sería el Hombre Sombra su aliado o enemigo? ¿Por qué lo temía tanto aquella organización malvada? ¿Era un mal mayor o menor? ¿Cómo iba a ser un mal menor si él mismo aterrorizaba a los monstruos? Aunque él también era una incógnita, Amara tenía la sensación de que podía confiar en él. Hasta ahora les había ayudado, e incluso había salvado las vidas tanto de Morana como de Zephyr. También los había guiado hasta el primer grupo de niños. Sin embargo, Alfa, la única persona del grupo que había hablado largo y tendido con él, no tenía la menor idea de quién era o qué buscaba.
«Valiente hijo de puta críptico», eran las palabras exactas que había usado su cuñado. Amara no estaba segura de qué pensar sobre él, pero cuanto mejor lo conocía, más comprendía que tendía a centrarse en sus objetivos. Desde un punto de vista psicológico, Alfa resultaba fascinante de un modo muy académico. A Amara le habría gustado hablar más con él para comprender mejor sus motivaciones y su psique.
Lex regresó corriendo con el teléfono e interrumpió sus pensamientos.
—¿Ha sido una buena charla? —le preguntó Amara, al tiempo que cogía el móvil. Pulsó sobre una notificación de su email y vio que era correo no deseado, así que lo borró.
—Sí —dijo el chico—. Creo que lo han adoptado.
Amara enarcó las cejas. Por supuesto que aún no lo habían adoptado. Sabía que Morana estaba intentando mover el papeleo, pero resultaba muy difícil teniendo en cuenta el trasfondo y los registros de Xander. Morana se lo había contado la otra noche, en una videollamada a tres junto con Zephyr. Aunque la relación entre las dos era algo tensa —porque Morana tenía que gestionar su propia identidad y se sentía culpable por la muerte de Zenith, al tiempo que Zephyr gestionaba la oscuridad de su mundo y lloraba la pérdida de su hermana—, Amara había empezado a hacer videollamadas entre las tres cada dos noches. Ambas mujeres necesitaban curarse, y eso no iba a suceder si seguían aisladas. Se necesitaban las unas a las otras, sobre todo si la situación iba a empeorar, tal y como les había advertido el Hombre Sombra. Amara estaba dispuesta a creer en su palabra… para consternación de los demás, que se comportaban de forma más emocional que racional. Sin embargo, el Hombre Sombra sabía más que cualquiera de ellos, y hasta el momento no se la había jugado. Así pues, Amara había adoptado la misión de mantener juntas a las chicas. La tensión acabaría por desaparecer, pero todas tendrían que pasar aquel trance unidas.
Por eso volvió a preguntarse: ¿cómo sabía Xander lo de la adopción? Amara sabía que Morana no se lo había contado.
—¿Y por qué piensa eso? —pronunció en voz alta la pregunta.
Lex se encogió de hombros.
—No me lo ha dicho, pero se alegra por ello.
Muy interesante.
Otro chico llamó a Lex, que se alejó a la carrera y gritó:
—¡Gracias, doctora Maroni!
Amara lo vio marcharse. Su mente intentaba comprenderlo todo, pero se estrellaba una y otra vez contra un muro. Le habría gustado tener todas las respuestas. Le habría gustado poder interrogar al Hombre Sombra para poner fin a todas aquellas preguntas. Le habría gustado hablar con Vin para comprender lo que estaba sucediendo. Paseó entre los chicos y comprobó cómo estaban. Cómo le gustaría que todos se curasen algún día. Y una parte más oscura de ella deseaba que, en algún momento, en el futuro, los culpables tuvieran la muerte dolorosa que se merecían. Lo esperaba de todo corazón.
3
Alfa
Los Fortis
—Hector ha muerto —afirmó Victor, su mano derecha, sin un atisbo de remordimiento en la voz.
Alfa lo examinó, sentado en la silla en el despacho, en busca de alguna grieta. Victor había visto demasiado traicionada su confianza como para no andarse con cautela en todo momento. Hector, el hombre que en su día Alfa había considerado su mejor amigo y mano derecha, lo había traicionado de la peor manera posible. Y todo
