PRÓLOGO
1
26 de diciembre de 1880
Miércoles
Diógenes Pendergast se lanzó al portal temporal en el último momento. Este lo expulsó con tal fuerza al pasado, a la ciudad de Nueva York en 1880, que cayó sobre los sucios adoquines del callejón. Con un movimiento instintivo, se retorció y echó a rodar para amortiguar el impacto, cubriéndose de barro y estiércol de caballo en el proceso. Al levantarse, miró hacia atrás, hacia el portal, a tiempo para ver un tenue destello justo cuando desaparecía. Se echó un breve vistazo a la ropa manchada y murmuró una maldición, pero ya no podía hacer nada al respecto. La presa a la que perseguía había atravesado el portal hacía unos momentos… y ahora había desaparecido. No debía permitir bajo ningún concepto que se esfumara en el Nueva York del siglo XIX.
Diógenes recogió la gran maleta de cuero que siempre llevaba consigo, la cual había perdido al caerse, y salió corriendo hacia una concurrida intersección de la ciudad de Nueva York. En su época, este lugar se llamaba Times Square, pero en aquellos tiempos primitivos aún conservaba el nombre del campo de cultivo que era antaño, Longacre. Tomó nota mental del callejón sin salida del cual acababa de salir, identificado por un letrero mugriento como Smee’s Alley, y miró a su alrededor para buscar a su hombre entre los carruajes tirados por caballos y los escaparates oscuros, mientras respiraba el fuerte olor a humo de carbón. Y allí estaba Gaspard Ferenc, que avanzaba deprisa por Broadway entre la marea de peatones.
Empezó a seguirlo a paso ligero. No le preocupaba que Ferenc se percatara de su presencia; aquel zoquete no tenía ni idea de que Diógenes existía, y mucho menos de que llevaba semanas espiando sus actividades… y de que lo había seguido a través del portal.
El motivo por el que había retrocedido en el tiempo para buscar a Ferenc era algo sobre lo que reflexionaría más tarde. Por ahora, se sentía extrañamente emocionado por haber dejado atrás su lamentable mundo.
No tardó en dar alcance a Ferenc y se puso a caminar detrás de él. El hombre vestía una ridícula mezcla de prendas, evidentemente improvisadas a partir de lo que tuviera a mano y pudiera parecer del siglo XIX: una camisa roja de leñador, pantalones cargo negros y botas Doc Martens. Al menos él había intentado disfrazarse para su desconocida misión; Diógenes no había tenido tiempo para prepararse. La suciedad de su ropa era una bendición perversa, ya que ayudaba a ocultar el jersey de cuello alto y los pantalones negros que llevaba cuando vivía en secreto en los recovecos de la mansión de su hermano en Riverside Drive. Un atuendo tan incongruente llamaría aún más la atención que el de Ferenc.
Diógenes se detuvo frente a un restaurante, pasó la mano por una pizarra que anunciaba manitas de cerdo y se untó el polvo de tiza en la cara. Esperaba que el efecto blanqueador lo hiciera parecer un artista de una de las numerosas obritas de vodevil que eran tan populares en el distrito teatral de la época. Luego siguió a Ferenc por Broadway y aprovechó la oportunidad para robar la cartera y el reloj de bolsillo a dos caballeros adinerados.
Ferenc entró en una casa de empeños situada unas doce manzanas al sur de Longacre Square, mientras que Diógenes se metió en una sastrería cercana y compró apresuradamente una camisa, una capa Inverness y un sombrero, que se puso enseguida. La maleta de cuero estaba tan raída y pasaba tan desapercibida que no necesitaba disfrazarla más. Tras abrocharse la capa hasta el cuello y bajarse el ala del sombrero, volvió a salir. Al pasar por delante de la casa de empeños, vio a Ferenc cerrando la venta de una figurita de jade —robada, por lo que parecía, de la colección de la familia Pendergast— a cambio de unos billetes, una capa y una gorra. Luego salió de la tienda y siguió caminando hacia el sur, con Diógenes pisándole los talones.
¿Qué tramaba? El misterio de su misión y la brusquedad con la que había comenzado fascinaban a Diógenes. Era obvio que estaba premeditado y que probablemente implicaba ganar mucho dinero —sabía que la codicia era uno de los puntos débiles de Ferenc—, pero ¿qué plan tenía? Sin saberlo, Ferenc podía arruinarlo todo, y lo más sensato sería eliminarlo de inmediato. Pero la curiosidad, entre otros pensamientos más nebulosos, se lo impedía. Dejaría que aquel hombre llevara a cabo su pequeño plan.
No tardó mucho en darse cuenta de lo que estaba haciendo. Minutos después, Ferenc cruzó la calle Veintiséis y entró en el New York Federal Bank of Commerce. Tras detenerse un momento en un mostrador reservado para rellenar formularios, se puso a la cola de una de las ventanillas. Diógenes se dirigió hacia otra. Pronto llegó el turno de Ferenc y, casi de inmediato, la transacción que pretendía realizar planteó algún problema. El cajero se alejó de la ventanilla, que contaba con barrotes de hierro. Luego regresó, se alejó una vez más y acabó volviendo con un empleado de mayor rango, pero ni siquiera este pudo satisfacer la petición de Ferenc.
Diógenes se había acercado lo suficiente como para oír la conversación, y cualquier misterio que pudiera velar el sórdido plan de Ferenc se disipó de inmediato. Estaba intentando cambiar cien dólares en billetes antiguos por veinticinco de las raras monedas de oro de cuatro dólares conocidas como «Stellas», pero, por desgracia, el banco solo tenía dos, y ambas en mal estado.
Diógenes sintió una oleada de desprecio. Así que la compleja y peligrosa excursión al pasado, donde un hombre con imaginación y audacia podía lograr tantas cosas, no era más que una cuestión de lucro deshonesto. Quería llevarse esas monedas raras al siglo XXI y venderlas para obtener enormes ganancias, pero ya estaba echándolo todo a perder. El jocoso desdén de Diógenes se mezclaba ahora con una decepción rayana en la ira. Mataría al estúpido hombrecillo en cuanto tuviera la oportunidad.
Observó que Ferenc, enfurecido por el fracaso de su plan, pagaba su ira con la mujer que estaba detrás de él en la cola. Un guardia se acercó y, en el forcejeo posterior, Ferenc dejó a la vista un reloj digital barato que llevaba en la muñeca y que obviamente había olvidado quitarse. Aquel objeto extraño convirtió el pequeño altercado en una pelea absurda que terminó con el desventurado Ferenc esposado y arrastrado hasta un furgón policial con barrotes de acero. Diógenes, que estaba observando junto al resto de la multitud, oyó a un policía decir que sería trasladado al hospital Bellevue. Cuando las puertas del furgón se cerraron, Ferenc empezó a gritar que venía del futuro… y llamó a Pendergast a voz en cuello.
Diógenes, que, al igual que Mitrídates, había logrado endurecerse contra casi todo, se sintió profundamente alterado al oír a Ferenc gritar de forma tan imprudente. Él y sus balbuceantes explicaciones podían echarlo todo por la borda.
Diógenes dio el alto a un taxi y siguió al furgón policial. Qué idiota era Ferenc. Cualquier buen numismático le habría dicho que las Stellas eran monedas «de muestra», cuya circulación nunca se autorizó, y que normalmente no se encontraban en los bancos comerciales. Mientras seguía al furgón, reflexionó sobre lo irónico que era que un hombre como Ferenc, cuya brillantez le había permitido participar en el diseño del astromóvil de Marte o, en este caso, reparar una máquina capaz de cruzar universos paralelos, fracasara en un plan estúpido para enriquecerse por la vanidad de una preparación inadecuada. Sic transit gloria mundi.
2
Después de un trayecto de quince minutos por calles bulliciosas y repletas de carruajes, el furgón policial se detuvo en una entrada trasera de Bellevue, un edificio cuyos gruesos muros de piedra se asemejaban más a la Bastilla que a un hospital.
El carruaje que llevaba a Diógenes estacionó al otro lado de la calle mientras Ferenc era conducido al hospital y la puerta metálica se cerraba de golpe tras él.
—Veinte centavos, por favor—dijo el cochero.
—Si no le importa, me gustaría esperar un rato —respondió Diógenes, adaptando la cadencia de su voz al ritmo ne varietur de la década de 1880—. Es posible que vuelva a requerir sus servicios.
Luego entregó al hombre un dólar de plata Morgan, que una hora antes estaba en el bolsillo de un corpulento caballero que paseaba por Broadway.
—De acuerdo, señor —respondió el cochero, más que satisfecho de pasar el rato con un pasajero dispuesto a pagar por ese privilegio.
Diógenes se quedó mirando la pesada puerta metálica tras la cual había desaparecido Ferenc. Era una verdadera lástima; debería haberlo matado cuando tuvo la oportunidad. Satisfacer su perversa curiosidad ya le había causado problemas antes.
Sopesó la situación. Dado que Ferenc había sido trasladado a Bellevue en lugar de a la comisaría más cercana, Diógenes sabía que lo llevarían al pabellón psiquiátrico. Teniendo eso en cuenta, ¿qué debía hacer? Aún podía intentar asesinarlo, aunque tendría que conseguir un disfraz, hacerse pasar por celador o limpiador y acceder al pabellón correspondiente. Nada de eso era un verdadero problema; lo más apremiante era el tiempo.
El tiempo… El tiempo, desde luego. Se miró los zapatos y los pantalones, las únicas prendas que le quedaban de su época y que habían pasado desapercibidas gracias al barro y la capa Inverness. Entonces vio, debajo del barro, las señales de unas quemaduras inusuales en los bajos de los pantalones y en las botas de trabajo. Sabía que Ferenc había activado en su máquina infernal una especie de temporizador que mantendría el portal abierto el tiempo suficiente para hacerse con las monedas y regresar. Pero aquellas quemaduras extrañas, junto con los chillidos y el humo de la máquina que Diógenes había visto mientras seguía a Ferenc hacia el interior del portal…
Sus cavilaciones se vieron interrumpidas cuando un gran carruaje negro se paró en otra entrada, en este caso reservada para el personal sanitario. Cuando se abrió la puerta, bajó un hombre con un atuendo elegante. Puede que «elegante» fuese un eufemismo: el desconocido llevaba una larga levita negra de doble botonadura con el cuello blanco almidonado, un pañuelo de seda con un alfiler de diamantes y un chaleco sobre el que una cadena de oro describía un arco brillante. En el ojal de la solapa izquierda, junto a un pequeño rizo de helecho, resaltaba una flor de Dendrobium púrpura.
Lo que más llamó la atención a Diógenes fue su rostro pálido y aguileño, con penetrantes ojos de color zafiro y unas gafas pequeñas en forma de rombo, así como el cabello rubio y los rasgos cincelados que distinguían a los miembros de su propia familia. Tenía una mirada distraída, preocupada o tal vez fría.
Diógenes supo de inmediato que tenía que ser el profesor Enoch Leng, célebre por su novedoso tratamiento contra la alienación mental mediante operaciones directas en el cerebro. También era conocido por otro nombre aún más distinguido, Antoine Leng Pendergast, descendiente de una antigua familia de Nueva Orleans y tío bisabuelo de Diógenes.
En ese momento vio que el cirujano consultor desaparecía entre los muros del Bellevue.
Lo que antes le parecía un mal resultado ahora podía convertirse en el peor posible. Diógenes estaba seguro de que, en breve, Leng conocería a Gaspard Ferenc, el «loco» que afirmaba haber llegado del futuro y se desgañitaba pidiendo auxilio a un hombre llamado Pendergast.
Entrar en el hospital ya no tenía sentido. Todo dependía de lo que hiciera Leng a continuación. Aunque el cochero le aseguró que no era necesario, Diógenes le dio otra moneda de plata y esperó.
En menos de una hora, Ferenc salió por la puerta de empleados. Apenas podía caminar y tuvo que ayudarlo un joven vestido de médico, tras el cual apareció Leng. En cuestión de segundos, el carruaje empezó a alejarse al trote y Diógenes dio instrucciones al conductor para que lo siguiera a cierta distancia.
El lustroso carruaje de Leng se abrió paso hacia el sur y se adentró en los barrios más pobres de la ciudad hasta llegar a Five Points, la zona marginal más famosa de Nueva York. Era un laberinto de callejuelas estrechas y sucias que albergaba a los residentes más desesperados y abandonados de la ciudad. El hecho de que un carruaje como el de Leng pudiera atravesar aquel antro de vicio y miseria sin ser molestado era revelador. El cochero de Diógenes se ganó sus dos dólares sacando una llamativa pistola para asegurarse de que su vehículo, menos elegante, no sufriese ningún percance.
El carruaje de Leng se detuvo cerca de un edificio neogótico en la calle Catherine. Ante él se había congregado una desagradable multitud, atraída por el cartel con letras doradas que había sobre la entrada: GABINETE DE PRODUCCIONES Y CURIOSIDADES NATURALES DE J. C. SHOTTUM. El carruaje permaneció inmóvil un momento. Los caballos daban pisotones mientras Leng salía rodeando al indefenso Ferenc con un brazo protector. Pero, en lugar de entrar en el gabinete por la puerta principal, desapareció al instante por un acceso lateral.
Diógenes pidió al cochero que llevara el carruaje a un lugar más seguro al final de la manzana y esperara de nuevo. Sabía muchas cosas sobre su antepasado Enoch Leng. Sabía que debajo del Gabinete Shottum —y, de hecho, bajo gran parte de Five Points— se extendía un entramado laberíntico de túneles y pasadizos, vestigios de una planta de abastecimiento de agua abandonada que Leng había reutilizado en secreto para sus aterradores experimentos.
Seguir a Leng hasta un lugar como aquel habría sido mucho más peligroso que colarse en el hospital, pero su carruaje aún estaba aparcado en la entrada. Lo que fuera a suceder sucedería pronto.
Transcurrida otra hora, Diógenes obtuvo la recompensa por su paciencia. Un hombre feo y deforme franqueó la puerta lateral y acompañó a una figura que iba delante de él por la acera embarrada hasta el carruaje de Leng. La figura iba envuelta en una manta de lana, pero, antes de que la obligaran a entrar, Diógenes distinguió brevemente unos pies pálidos, descalzos y de aspecto femenino. Tras una orden del hombre, el carruaje se puso en marcha una vez más y, momentos después, pasó junto al de Diógenes.
Mientras este decidía si seguirlo o no, reapareció Leng, que avanzaba con rapidez por la calle. Al principio, Diógenes pensó que estaba persiguiendo al carruaje, como si se hubiera marchado accidentalmente sin él, y le pidió a su cochero que se pusiera en marcha. Pero no; Leng tan solo se dirigía a la calle Ferry, una vía cercana y menos peligrosa en la que había taxis esperando en una parada. Leng se montó en uno y fue hacia el norte por los muelles.
Diógenes juzgó innecesario dar más órdenes al cochero, que ya estaba sacudiendo las riendas para que el caballo iniciara la marcha.
El taxi de Leng se dirigía a la parte alta de la ciudad a buen ritmo. Las avenidas se ensanchaban y enderezaban para formar una cuadrícula a medida que se internaban en la parte más moderna de Nueva York. Unos minutos más tarde, el taxi redujo la velocidad y Diógenes vio cuál era su destino, sorprendido de que Leng hubiera conseguido arrancar información a Ferenc en tan poco tiempo.
—Aminore —dijo Diógenes en voz baja—. Y sea tan amable de detenerse a la izquierda y esperar.
—Como usted diga, señor —respondió el cochero.
Vio a Leng apearse del carruaje y recorrer la acera. Luego se detuvo a observar algunos callejones que se ramificaban desde Broadway a la altura de Longacre Square. Sin duda, Leng estaba buscando uno en particular, el que contenía el portal, y a Diógenes se le heló la sangre.
Leng cruzó la Séptima Avenida, atravesando charcos de agua que salpicaron de barro y excrementos su costoso atuendo, y enfiló un pasaje al otro lado, el sucio callejón sin salida que llevaba por nombre Smee’s Alley.
—Espere aquí —dijo Diógenes, que salió y fue rápidamente hacia el mismo callejón. Al llegar a la entrada, ralentizó el paso y, fingiendo buscar el reloj de bolsillo para mirar la hora, se asomó. Pudo ver a Leng mirando a su alrededor y balanceando un bastón con mango dorado como si buscara algo invisible. Gracias a Dios, el portal no había vuelto a aparecer.
Al cabo de unos minutos, ya disipado el temor inmediato, Diógenes pasó por delante del callejón sin salida y entró en una taberna cercana, donde pudo sentarse y observar las actividades de Leng a través de una ventana salpicada de moscas.
El hombre caminó en una dirección y luego en otra. Se detuvo una docena de veces para mirar a su alrededor, a veces estirando el cuello para examinar una de las fachadas cubiertas de carteles y otras veces presionando la palma de las manos contra las paredes de ladrillo o agachándose para examinar los adoquines con unos golpes de bastón. En otros momentos, ondeaba el bastón en el aire. La tarde estaba avanzando y la oscuridad invernal empezó a cernirse sobre la ciudad. Al fin, Leng salió del callejón con evidente disgusto y, moviendo el dedo índice de un modo que a Diógenes le recordó al san Juan Bautista de Tiziano, llamó a otro taxi y se perdió enseguida en la penumbra.
Diógenes podría haberlo seguido, pero decidió no hacerlo. El desastre que se temía era un hecho. Era evidente que Ferenc estaba muerto o lo estaría pronto, pero Leng ya le había sacado toda la información que necesitaba. Eso significaba que Leng sabía lo de Pendergast, Constance y la máquina del tiempo. Sabía dónde había aparecido el portal y lo había estado buscando. Si hubiera logrado atravesarlo y llegar al siglo XXI, habría sido desastroso, ya que el destino de su mundo, su propio mundo, pendía de un hilo. Diógenes agradeció a la providencia que el portal hubiera desaparecido. Tenía la firme sospecha de que Ferenc había sobrecargado la máquina y la había dejado encendida demasiado tiempo mientras él permanecía en aquel universo alternativo. Incluso en el momento en que estaba persiguiendo a Ferenc a través del portal, la máquina se estaba sobrecalentando. Probablemente se había quemado y el portal había desaparecido, tal vez para siempre.
Diógenes estaba tan preocupado por el peligro inmediato que no se había parado a pensar en que ahora podría quedar atrapado para siempre allí con los demás.
Salió de la taberna y volvió a subir al carruaje.
—¿Adónde vamos ahora, jefe?
Diógenes guardó silencio unos instantes para ponderar la nueva situación. Con portal o sin él, quedaban muchas cosas pendientes. Lo primero era lo primero: tenía que montar un tablero de ajedrez en su mente, reflexionar sobre la colocación de las piezas y decidir cuáles serían sus próximos movimientos. Y para ello necesitaba una base de operaciones. Leng no solo estaba al tanto de la presencia de Constance Greene, sino también de la de su hermano Aloysius, y eso lo hacía infinitamente más peligroso.
Pero había otra cosa que Leng ignoraba por completo.
Diógenes carraspeó.
—Mi buen hombre —dijo—, ¿sabe usted de alguna habitación en alquiler? Preferiblemente tranquila y apartada, tal vez en un barrio donde la gente no se meta donde no la llaman.
—Sí, señor —respondió el cochero, que volvió a sacudir las riendas.
3
Unos dos kilómetros al nordeste, Vincent D’Agosta, el teniente de la policía de Nueva York, se balanceaba precariamente sobre un dintel de piedra bajo la ventana del primer piso de una mansión situada en la esquina de la Quinta Avenida y la calle Cuarenta y ocho. Estaba escalando la rugosa fachada con intención de entrar a hurtadillas, pero decidió reconsiderar su plan. Los bloques de piedra irregulares, que dibujaban formas oblongas en la negrura, estaban fríos como el hielo. Y estaba oscuro, más oscuro de lo que jamás hubiera imaginado que podía estar la Quinta Avenida. Eso era bueno y malo a la vez: bueno, porque ningún peatón o carruaje que pasara podría ver su patético intento de escalada, y malo, porque él mismo apenas veía lo que estaba haciendo.
Miró hacia la ventana del segundo piso, que estaba abierta y con las cortinas ondeantes. El sádico Munck, el asistente de Leng que recordaba a Igor, había emprendido la misma escalada y, tras abrir la ventana, acababa de entrar en la casa, justo lo que Pendergast le había dicho a D’Agosta que evitara.
Inició el ascenso al siguiente piso, utilizando el dintel para apoyar las manos y los pies, y llegó a una sección en la que solo ofrecían agarre las piedras salientes y el mortero descuidado. Trataba de ignorar los latidos de su corazón. Se impulsó de nuevo y luego se detuvo para recuperar el aliento, cuidándose de no mirar hacia abajo. Le temblaban los músculos a causa de tan inusual esfuerzo.
«No debe presentarse ante Constance bajo ninguna circunstancia —le había dicho Pendergast—. Si aparece Munck, deténgalo. Puede que tenga que matarlo». Pero no lo había detenido. Con la agilidad de un gato, Munck se había deslizado por la pared y había entrado en la casa antes de que D’Agosta pudiera reaccionar en su escondite, al otro lado de la calle. Sin embargo, el teniente no podía alertar a Constance Greene, que estaba dentro. Eso lo estropearía todo.
Entonces ¿qué estaba haciendo ahora? Intentar romperse el cuello.
Solo lo separaban tres metros de la ventana del segundo piso, pero los bloques de piedra ofrecían pocas oportunidades para agarrarse y trepar. Aun así, tenía que seguir adelante o se quedaría sin fuerzas y caería.
Se desplazó hasta el borde de su precaria ubicación sobre la ventana del primer piso. Cerca había una anilla, clavada en la piedra por los albañiles. Sin darse tiempo para pensar, reunió fuerzas para saltar y logró agarrarla. Luego se impulsó hacia arriba, puso el pie en la anilla, buscó a tientas el alféizar inclinado de la ventana y consiguió agarrarse al marco de madera. De repente, el mortero se desmoronó bajo sus pies y, presa del pánico, se impulsó con fuerza bruta, tras lo cual cruzó el umbral y cayó de cabeza en la habitación oscura. Se quedó jadeando en el suelo, con el corazón latiéndole con fuerza y las palmas, los dedos y las rodillas arañados y doloridos.
Todo había empezado por una discusión con su esposa, Laura. Ella se había marchado y, en un arrebato de ira, él había ido a ver a Pendergast y, aunque no era buena idea, había aceptado ayudarlo. Y, al final, esa pequeña discusión lo había llevado de su cómoda vida en el siglo XXI al siglo XIX, donde ahora yacía sin resuello mientras buscaba a un puto asesino que, por lógica, debería llevar más de cien años muerto.
Mierda, más le valía ponerse en marcha. Se levantó con esfuerzo en la habitación oscura y vacía, sacó el Colt 45 del bolsillo, se acercó de puntillas a la puerta y la abrió sin hacer ruido.
Al otro lado había un elegante pasillo, un hombre desplomado en el suelo y una alfombra empapada de sangre. Munck ya había asesinado a alguien.
Más cerca de D’Agosta, se abrió una puerta y salió una figura encapuchada. Era Munck y llevaba a una niña pequeña agarrada del cuello. Iba amordazada y tenía los ojos muy abiertos. Al darse la vuelta, Munck vio a D’Agosta y le puso rápidamente un cuchillo en la garganta a su cautiva.
—Suelta el arma ahora mismo —ordenó con un susurro.
D’Agosta se quedó quieto.
—Ahora —añadió Munck, que hundió la punta del cuchillo en la carne de la niña.
El teniente extendió el brazo y dejó que el arma oscilara por el guardamonte.
—Tírala a la alfombra —le dijo el hombre.
D’Agosta se arrodilló para hacer lo que le indicaba.
—Me voy de aquí —dijo Munck—. Si das la voz de alarma antes de que salgamos por la puerta, la degüello.
El hombre apartó el cuchillo y empezó a retroceder hacia la escalera. En ese momento, D’Agosta se dio cuenta de que, fueran cuales fueran las órdenes que había recibido, no tenía más remedio que actuar.
Se abalanzó sobre aquel cabrón, que lo atacó con el cuchillo. Al rechazar el golpe, D’Agosta sufrió un corte en el antebrazo. Todavía sujetando a la niña, Munck empezó a tambalearse, pero pudo recuperar el equilibrio y blandió el cuchillo con la intención de clavárselo a D’Agosta en la espalda. Pero la niña le estorbaba, y eso permitió a D’Agosta lanzar un puñetazo hacia arriba que impactó en el antebrazo de su adversario y lo estampó contra la pared, lo cual hizo volar el cuchillo.
De nuevo, Munck retrocedió hacia la escalera, arrastrando a la niña con él. En ese momento se movieron las cortinas decorativas de una pared y por una puerta apareció una mujer que avanzó hacia Munck con un espetón.
—Meurs, salaud! —gritó.
Pegando a la niña contra su cuerpo, Munck levantó la mano izquierda en un extraño saludo marcial y giró la muñeca. Entonces se oyó un tintineo de acero y, de repente, aparecieron tres cuchillas largas y delgadas de la manga. Era una gigantesca garra con resorte. La mujer atacó con el espetón, pero Munck se agachó y la hirió brutalmente en el torso con un movimiento lateral. Mientras ella caía hacia atrás, Munck se abalanzó con rapidez animal sobre D’Agosta, quien se apartó, pero, aunque la garra ensangrentada no lo alcanzó, su revestimiento metálico le impactó violentamente en la sien. Su visión quedó reducida a un remolino de estrellas y tuvo que apoyarse en la pared para no caerse. El hombre bajó corriendo las escaleras, arrastrando a la niña con él. Cuando se hubo recuperado, D’Agosta cogió su pistola del suelo y fue hacia las escaleras.
En ese momento pudo oír cómo la casa cobraba vida de inmediato. Al llegar al piso inferior, vio a Munck, que seguía arrastrando a la niña, cruzar el vestíbulo y atravesar la primera de las dos puertas que daban a la calle. D’Agosta levantó el arma, pero dudó, incapaz de apuntar al hombre sin correr el riesgo de alcanzar a su rehén.
De repente, de un salón en penumbra salió Constance empuñando un estilete, terrible en el silencio de su ataque. Munck llegó a la puerta exterior, agarró el picaporte y la abrió de un tirón, pero Constance la cerró con su cuerpo. D’Agosta vio un destello de acero y Munck retrocedió gritando con un gran corte en la cara. Tras recuperarse, se abalanzó sobre Constance y atacó con su espantoso artilugio el brazo con el que esta sostenía el cuchillo. Después abrió la puerta otra vez y salió con la niña a la fría noche de diciembre. Constance, con la manga desgarrada y empapada de sangre, cogió el cuchillo del suelo y emprendió la persecución.
D’Agosta intentó seguirla, pero, al llegar al umbral, un mareo lo obligó a detenerse, a pesar de que vio a Munck subiendo al compartimento de un elegante carruaje que acababa de detenerse frente a la mansión. Una mano enguantada ayudó a Munck a subir con la niña pegada a su cuerpo y entonces el caballo salió galopando a gran velocidad por la Quinta Avenida y desapareció en la oscuridad.
Vio a Constance bajar los escalones a toda prisa y correr hasta la esquina, donde se arrodilló en la nieve sucia, soltó un grito incoherente de rabia y dolor y extendió sus manos ensangrentadas hacia la noche, con el estilete brillando a la luz del gas.
La escena empezó a volverse difusa y D’Agosta se desplomó en la entrada. Entonces lo envolvió la negrura y perdió la lucha por mantener la consciencia.
D’Agosta no estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, pero no podía ser mucho. Estaba tendido en el suelo del salón mirando a Constance, que se encontraba de pie junto a él, con unos ojos violetas desorbitados.
El cochero llegó dando fuertes pisadas y observó rápidamente la escena.
—¡Su excelencia, está herida! —gritó con un tosco acento irlandés.
—Murphy, atienda a Féline —dijo Constance—. Y busque a Joe y póngalo a salvo. Puede que haya otros en la casa.
Empezaron a llegar otros miembros del servicio, alertados por el alboroto, pero Constance seguía mirando a D’Agosta con unos ojos ardientes que le hicieron olvidar las palpitaciones que notaba en la cabeza, la grave situación… y todo lo demás. D’Agosta quería decir algo, quería explicarse, pero no podía pensar con claridad. En lugar de eso, se incorporó a pesar del mareo.
Una doncella estaba vendándole al brazo a Constance con un paño de lino, pero ella había recuperado el estilete y estaba apuntando con él a D’Agosta.
—Antes de que lo mate —dijo con voz temblorosa—, quiero una explicación.
D’Agosta seguía sin encontrar las palabras. Mientras Constance se acercaba, pensó, con extraño desapego, si estaría a punto de cortarle el cuello. Desde muy lejos oyó el galope de un caballo y luego, mucho más fuerte, un golpe seco en la puerta.
—¡Abran! —gritó alguien desde el otro lado.
Constance se sobresaltó al oír la voz, cruzó el vestíbulo y abrió la puerta. Pendergast estaba allí, agitado por el cansancio.
—¡Tú! —Eso fue todo cuanto dijo.
Pendergast pasó junto a ella y, al ver a D’Agosta, se acercó rápidamente y se arrodilló a su lado.
—¿Tienen a Binky? —preguntó.
D’Agosta asintió.
Mientras Pendergast examinaba la herida de D’Agosta, le habló a Constance con frialdad.
—Tú y yo nunca debimos encontrarnos en este mundo —dijo—, pero, ya que lo hemos hecho, es mejor que lo sepas todo, y rápido. Leng conoce la existencia de la máquina. Sabe quién eres y sabe que has venido del futuro para matarlo. Lo sabe todo.
Constance se lo quedó mirando.
—Imposible.
—Absolutamente posible. Debemos prepararnos. No hay tiempo que perder.
—Ha secuestrado a Binky…
—Ha ido un paso por delante de nosotros en todo momento. Y esto es solo el principio. Ahora mismo no puedes permitirte el lujo de enfadarte. Tu hermana corre un grave peligro. Debemos…
Lo interrumpió un golpe en la puerta, cortés y vacilante. Todos se volvieron hacia el sonido.
—Parece que es una entrega, su excelencia —dijo el mayordomo, que había recuperado la compostura y estaba mirando por la mirilla.
—¡Dígales que se vayan! —gritó Constance.
—No —dijo Pendergast, que desenfundó su arma y, tras situarse junto a la puerta, hizo un gesto con la cabeza al mayordomo—. Abra.
En la puerta había un mensajero con una librea y una caja de regalo hermosamente envuelta, atada y adornada con lirios blancos.
—Entrega para su alteza, la duquesa de Ironclaw —dijo.
Constance se lo quedó mirando.
—¿Qué demonios es esto?
—Hay una nota, señora —dijo el mensajero, con los ojos desorbitados al ver la escena.
Constance le arrebató el paquete. Sosteniéndolo bajo el brazo, arrancó el sobre, lo abrió y sacó una tarjeta con borde negro. Mientras la leía, se quedó totalmente pálida. Luego dejó caer la tarjeta y arrancó el envoltorio dorado del paquete, esparciendo así las flores por el suelo y dejando al descubierto una pequeña caja de caoba. Quitó la tapa y, dentro, D’Agosta vio un destello plateado. Constance metió la mano y extrajo una urna de plata. Sosteniéndola con las dos manos, se la puso delante de la cara para ver el grabado. Por un momento, todo quedó en silencio, y entonces la urna se escurrió de los dedos y golpeó el suelo con estrépito. La tapa salió volando y la urna echó a rodar, dejando un reguero de cenizas grises tras ella. Finalmente, topó con la pierna de D’Agosta. El grabado estaba en la parte superior. Con la vista aún turbia, entrecerró los ojos para leerlo. Las palabras talladas en la plata eran profundas y nítidas:
MARY GREENE
FALLECIDA EL 26 DE DICIEMBRE DE 1880
A LA EDAD DE 19 AÑOS
POLVO ERES
Y EN POLVO TE CONVERTIRÁS
4
27 de diciembre de 1880
Jueves
D’Agosta descansaba en un sillón orejero, observando cómo el sol naciente se esforzaba en vano por penetrar en los postigos que envolvían el salón en la penumbra.
En las horas transcurridas desde el ataque, la casa se había sumido en un estado de conmoción. Féline, la mujer acuchillada por Munck en el piso de arriba, había sido suturada y vendada por Pendergast, quien le había administrado una inyección de antibióticos que el agente había traído del siglo XXI. Murphy, el cochero, había llevado al fallecido —el tutor de los niños— al sótano y había enterrado el cuerpo bajo un suelo de ladrillos recién colocado. Joe, el hermano de Constance, estaba arriba, atendido por una criada. El resto de la servidumbre se había retirado a sus habitaciones, salvo Gosnold, el mayordomo, que insistió en permanecer en su puesto en el salón.
La urna y las cenizas derramadas habían sido barridas y retiradas. La tarjeta que las acompañaba, en cambio, seguía en la mesa auxiliar donde Pendergast la había dejado después de leerla. Durante toda la noche, D’Agosta no se había atrevido ni a mirarla. Pero, a medida que el cielo seguía clareando, volvió dolorosamente la cabeza hacia la mesa, alargó la mano y la cogió.
Mi querida Constance:
Le presento, con mis condolencias, las cenizas de su hermana mayor. Vienen con mi agradecimiento. La cirugía fue todo un éxito.
Su plan era desesperado desde el principio. Presentí que me traicionaría; fue solo la mecánica de su traición lo que me desconcertó. Y entonces, mirabile dictu, el instrumento que podía poner al descubierto el plan fue entregado en Bellevue… y desde allí cayó en mis manos.
Usted tiene el arcano; yo la tengo a usted. O, mejor dicho, a su yo más joven. Deme la fórmula, verdadera y completa, y la chica le será devuelta intacta. Entonces, nuestro negocio habrá concluido… salvo por una cosa. Este no es su mundo, sino el mío. Usted y quienes la han seguido volverán al suyo inmediatamente. Abandonen este o sufrirán las consecuencias.
Me indicará su conformidad colocando una vela en un farol azul y colgándola en la ventana del dormitorio sudeste del tercer piso. Después me pondré en contacto con usted para darle más instrucciones.
Si no recibo esa señal en cuarenta y ocho horas, la joven Constance correrá la misma suerte que su hermana mayor.
Hasta nuestra próxima correspondencia, quedo a su disposición.
Su devoto, etc.
DR. ENOCH LENG
D’Agosta maldijo en voz baja y dejó la nota.
Después de que Munck escapara en el carruaje con Binky, Constance estaba furiosa y, a juicio de D’Agosta, al borde mismo de la locura. Su histeria salvaje era lo más inquietante que había presenciado jamás. Pendergast no había dicho nada, manteniendo un rostro tan inexpresivo y pálido como el mármol. Había escuchado sus imprecaciones y recriminaciones sin responder. Luego se había levantado para ocuparse de Féline, había supervisado en silencio la limpieza de la escena del crimen y había observado cómo se deshacían del cuerpo. De manera tácita, todos parecían coincidir en que no debían involucrar a las autoridades, lo que, como D’Agosta sabía, conduciría al desastre. Y ahora los tres permanecían silenciosos en el salón, sumidos en una mezcla de dolor, culpa y conmoción, mientras un nuevo e incierto día cobraba vida al otro lado de las ventanas enrejadas.
Tras su diatriba, Constance se había quedado callada de repente y así permaneció. Luego fue al piso de arriba y, al cabo de diez minutos, reapareció con un pequeño y desgastado cuaderno de cuero en las manos. Se volvió hacia el mayordomo, que seguía esperando en la entrada del salón.
—Encienda una vela en un farol azul y colóquelo en la ventana del último dormitorio a la derecha, tercer piso.
—Sí, su excelencia.
Gosnold dio media vuelta y desapareció.
—Un momento —dijo Pendergast, que se volvió hacia Constance—. ¿Esa es la fórmula para alargar la vida, el arcano?
—¿Creías que eras el único que tenía una copia? Olvidas que yo estaba allí cuando Leng lo desarrolló.
—¿Así que piensas obedecer sus instrucciones y entregarle el arcano, que le permitirá llevar a cabo su plan?
—No importará que tenga el arcano —dijo ella—, porque no vivir
